viernes, 18 de septiembre de 2026

El viejo sale caro

 

Esta vez el más joven (¡o menos rancio!) llegó primero a la banca de siempre. Cuando no era a la par, quien lo solía hacer era el mayor de aquellos setentones. De no llover, sin falta cada uno hacía cuarenta y tantos minutos de caminata matutina por el parque y finalizaba con una tanda de estiramientos recetados.

Allá se conocieron más de diez años atrás cuando, con algo de fatiga, terminaron la primera dosis prescrita.

—«Tiene que caminar, y a buen ritmo, al menos cuarenta minutos y hacer estiramientos al final, para evitar que se le endurezcan las articulaciones y le avancen o aparezcan otras maluquencias, ¡propias de la edad y el sedentarismo del pensionado!»

Cada uno recordaba lo que le enfatizó su respectivo internista al consultarlo tras las primeras maluquezas asomadas unos meses después de jubilarse y sentirse achacoso, amén de estorboso.

Por esta última razón, el sentirse estorbosos… o que así les hacían sentir en sus respectivos apeñuscados apartamentos los amañados allegados que aún vivían con ellos, tras la caminata y los ejercicios a veces duraban ‘garlando carajadas’ ahí, ‘amojonados’, casi hasta el mediodía.

Hablaban y despotricaban de todo, sobre todo de los temas en remojo o de los que se ponían de moda y eran noticia o titulares desinformativos:

—Más que encaminados para atembar conciencias, ¡aún más! —solía rematar el más viejo.

De vez en cuando se comentaban que algunas jovencitas (aquellas que tuviesen menos años que ellos), cada vez con más indiscreta y hasta por demás descarada manera, al enterarse de que eran pensionados les coqueteaban y les hacían insinuaciones, no solo amorosas, sino libidinosas y sin siquiera preguntarse ni menos preocuparse en si eran o no casados o si vínculos afectivos con alguien tenían.

—¿Qué atractivo podrán atisbar en nosotros esas ‘muchachitas’?

Le preguntó alguna vez el menos viejo al otro cuando la cuarentona del apartamento de enfrente de la banca donde solían llegar comenzó a abrir su ventana y a colocar la canción ‘Senderito de amor’. Cuando terminaba la tonada salía al parque, siempre ataviada con prendas deportivas más que ajustadas, quizá para llamar su atención. La cual, al parecer, nunca obtuvo de ninguno de ellos.

—A estas alturas, compañero de caminatas matutinas, nuestro único atractivo lejos está de ser la escapada lindura de nuestros envejecidos y desgastados físicos. Tampoco les viene a importar si todavía aquel amigo nos funciona bien o no.

—¿Entonces?

—Ellas solo se fijan en nuestras mesadas que, de hacerles siquiera un tilín de caso, pleitearían y hasta heredarían cuando estiremos la pata —refunfuñó el mayor.

—Con los consabidos problemas que esto les acarrearía a nuestros allegados.

Cuando el más joven llegó esa mañana, por demás despejada, soleada y con brisa refrescante, se extrañó al no ver por ningún lado al más viejo, ni siquiera en el sendero por el cual aquel solía llegar, casi siempre primero que él.

Cerca de una hora después lo atisbó a lo lejos, precisamente cuando se levantó y se disponía a regresar a su domicilio. Entonces, sonrió, se sentó y lo esperó los treinta y tantos minutos que esa vez demoró en llegar, más casi otro cuarto de hora mientras aquel hizo de manera acelerada las tres recortadas rutinas de estiramientos, justo cuando la vecina aquella les colocó, una vez más, ‘Senderito de amor’.

—Pensé que no me esperarías —le dijo al terminar la rutina, enjuagarse el sudor y beber de su vítrea cantimplora el agua enriquecida con calcio y colágeno.

Suplementos estos, de al menos seis o siete más que tomaba en casa, también recomendados extra consulta por sus especialistas que lo atendían de cuantas dolamas que a diario le aparecían... o se inventaba. Peor, todavía, que al saber de alguien que decía que de aquello otro sufría, al rato él también creía padecerlo o que de verdad recién le amanecía.

En una cantimplora parecida el más joven también solía llevar preparados similares sugeridos o recomendados, cuando no era por alguno de los médicos que lo atendían, por un familiar o un amigo. Como aquel del parque a quien ya le sentía un afecto fraternal entrañable, más, todavía, al ser correspondido. Los dos así lo experimentaban, aunque nunca de palabra lo comentaban.

—El viernes pasado acordamos que hoy lunes, de no llover a chorros, como todo este mes, nos encontraríamos e iríamos a tomar café. Por eso viene… pese a todo. ¿Cómo te iba a incumplir la cita?

—Luego… ¿qué te pasó?

—Cuando nos despedimos el viernes tenía en progreso un ligero malestar estomacal.

—¡Ah, carambas! ¿Qué era? ¿Fuiste al médico, me imagino?

—Te acuerdas cuando te conté que, ante tantas deficiencias y malas atenciones de mi dispensario formal, me afilié al plan complementario de salud que me recomendaste hace tiempo.

—Sí, me dijiste que lo hiciste, entre otras cosas, porque, también, además de las nuevas restricciones que autorizó el gobierno para dañar, aún más, esa prestación vital, tu dispensario queda al otro lado de la ciudad y es toda una odisea y un gran riesgo, además de costoso, ir hasta por allá. Mientras que el servicio complementario privado, aunque bastante caro, por lo que dices y me consta, cuenta con un centro médico de nivel medio de especialistas a unas cuadras de donde vivimos. Pero ¿entonces?

—Pues, que la tal molestia esa se hizo tan insoportable después de almuerzo, por lo que decidí pedir una cita prioritaria por medicina general para que me viera un médico en ese centro asistencial, por cuenta del plan complementario; el mismo que tú tienes.

—Me imagino que, si la molestia era ‘tan insoportable’, como dices, el pensar en atravesar la ciudad para ir a tu dispensario te hizo tomar tal decisión… así te tocara pagar la consulta extra.

—¡Exacto! Además, con la posibilidad de que, allá en el sanatorio al cual voy desde muchacho, no me atendieran o no hubiese cupo prioritario o me mandaran para urgencias y por mi cuenta al hospital central.

—Como suele pasar… además de tener que atravesar la megaciudad, esta vez, no de norte a sur sino de este a oeste, para ver si por urgencias les da la regalada gana de atenderlo a uno... por lo general cinco o seis horas después; si es que se cuenta con suerte. Bueno, pero, entonces, ¿cómo te fue en este centro de atención complementario que te recomendé?

—Me atendieron pronto, desde luego, tras pagar el bono de la extra…

—¿Qué te encontró el médico?

—Que algo que comí entre jueves y viernes me intoxicó.

—De cuidado, de todas maneras. Me imagino que ahí mismo te estabilizaron…

—De inmediato. Me ordenaron e hicieron exámenes de sangre, orina y coprológico, ¡también con cargo extra, pero rápido, eso sí!

—¡Qué te encontraron?

—Un bicho en gestación. Pero me canalizaron y me dejaron esa noche y el sábado en observación. Salí en la tarde, mucho mejor, desde luego, por efecto de los medicamentos que me ordenó el gastroenterólogo y que sigo tomando… Hoy ya estoy bastante recuperado, como lo puedes ver.

—Si hubieses ido a tu servicio médico oficial, el de siempre, el que te corresponde, tal vez la recuperación se hubiese demorado un poco más.

—Con seguridad… todavía estaría esperando la asignación de cita por medicina general. O si me hubiese ido por urgencias al hospital, ¿quién sabe si habría pasado más allá del sistema de selección y clasificación de pacientes? Al menos me habría demorado unas ocho o diez horas para que me atendiera el especialista. Ni qué decir para lograr la autorización de los exámenes y los procedimientos que requería de urgencia y que me hicieron de inmediato al otro lado, ¡pagando!, en el centro médico privado del plan complementario.

—Pero, bueno, al menos tienes ese sistema alterno que te sacó de apuros, aunque hayas tendido que sacar unos cuantos billetes de tus preciados ahorros para la cita…

—También, para todos los procedimientos que me hicieron y los medicamentos que me aplicaron. Esos no los cubre dicho plan, salen del bolsillo de uno. Solo se los hacen y dan hasta cuando uno pasa la tarjeta.

—La de los ahorros.

—Sí, la de los ahorros depreciados. Estos cada día disminuyen al no haber de dónde ni cómo aumentarlos, porque la mesada, que no crece como los precios de las cosas, es cada día más flaca. Esta ni siquiera alcanza para lo del gasto básico.

—La mesada nos aumenta cada año lo del Índice de Precios al Consumidor.

—Cifra que, en la práctica social, al menos en nuestro caso, como lo hemos comprobado año tras años desde cuando nos jubilamos, está lejos de la realidad.

—En esto coincido contigo. No me explico por qué a los pensionados no nos aumentan de acuerdo con el verdadero crecimiento desbordado de la canasta familiar.

—La razón de la sinrazón del sistema y la economía la han dicho de una y otra manera, siempre con eufemismos, por lo general dolorosos cuando uno los entiende.

—Entiendo que es porque somos viejos que ahora no aportamos y, en cambio, cada día deben gastar más en nosotros.

—¡Qué descaro después de toda una vida de contribuciones al sistema y a la economía!

—Entonces, resulta que ahora el viejo sale caro, peor si es pensionado, porque hay que seguirle pagando lo que pagó con creces y desde joven.

—Dura y triste realidad, amigo. Pero no solo les salimos a deber al sistema y a la economía; a los que les servimos y soportamos durante más de cincuenta años, mientras nos consumíamos en vida sin darnos cuenta ni rezongar siquiera.

Los dos veteranos callaron, al tiempo que suspiraron. Lo hicieron, tal vez, para escuchar la última estrofa de la tonada escapada a través de la ventana del apartamento ubicado a unos metros de la banca del parque donde ellos estaban:

Amor, senderito del alma / Que vives en mi corazón / Sin ti yo he perdido la calma / Senderito del alma, senderito de amor.  

—Me imagino que estás pensando —minutos después reanudó el menos viejo al percatarse de que la cuarentona había cerrado la ventana—… porque te conozco, que también te refieres a la familia y a los allegados a quienes, además de salirles caro el viejo por tener que estar al tanto… ¡nos les volvimos achacosos y estorbosos!

—¡Triste, dura e inexorable como injusta realidad!

Volvieron a quedar callados durante otros cuantos minutos. Momento cuando aquella ‘jovencita’, la vecina de la ventana de enfrente, la de las prendas deportivas ajustadas al cuerpo, ¡sensuales!, pasó y los saludó con desbordada coquetería. Como lo hacía cada día que, al verlos juntos en la banca, después de aquella tonada que al más viejo le evocaba su niñez al lado de su madre quien solía cantarla a diario, salía de su apartamento a su supuesta práctica. Que solo la hacía cuando los dos viejos aquellos por allí aparecían.

—Pero, bueno, entonces tu demora… ¿me imagino que hoy madrugaste a cita de control? —retomó el más joven, una vez le correspondieron el saludo a la cuarentona, como siempre, apáticos y sin miramiento alguno... ¡al parecer!

—No. Esa cita la tengo allá mismo para este miércoles; la pedí para después de nuestra caminata matutina. El médico quiere valorar cómo evoluciono con los medicamentos que me recetó para tomar en casa. De igual manera, de mi bolsillo.

—¿Entonces?

—Madrugué y me fui para que me vacunaran contra el Herpes Zóster… allá mismo. Por mi cuenta. Imagínate que cada dosis cuesta un millón y piola y son dos. La segunda tiene que ser en menos de seis meses.

—¿Era urgente o esta tiene que ver con el mal de estómago que te dio? Acaso, ¿tal inoculación no daba espera?

—En absoluto, no hay relación directa entre la maluquera gástrica y la tal culebrilla, como le dicen a este otro bicho maloso.

—Entonces, ¿por qué te vacunaste allá, tan a prisa, sin esperar a que te la aplicaran gratis en tu dispensario asignado, el que te corresponde en tu calidad de pensionado?

—La inmunización contra este otro bicho tan terrible como común en esta sociedad subcontinental, ¡el Zóster!, tampoco la cubre el sistema de salud regular al cual pertenecemos, no solo los pensionados, tampoco aplica para los afiliados activos, ni para sus beneficiarios, ¡menos para la población en general!

—Pensé que, al ser un virus tan agresivo y cada vez más presente en la sociedad, esta hacía parte del esquema de vacunación vital gratuita.

—Desafortunadamente no. A veces hay campañas, muy esporádicas y poco publicitadas. La razón debe ser, me imagino, el lucro y el beneficio desproporcionados para los pocos privados que la ofertan y a tan onerosos precios; como en casi todo lo de salud en este país.

—Eso debe ser, ¿quién sabe? Pero… ¡un momento! ¡No entiendo!

—¿Qué?

—Si el mal de estómago que te dio poco o nada tiene que ver con el Herpes Zóster, entonces, ¿por qué te vacunaste tan de inmediato? Además, ¡pagando semejante precio y por partida doble!

—Sencillo.

—Te escucho.

La cuarentona, contoneándose con sensualidad, volvió a pasar cerca de ellos. Olía a flor de cera, casi visible, cual vaho verdoso que solía dejar a su paso*. Mas, esta vez tampoco ninguno le respondió siquiera la sonrisa. La ignoraron… o eso fue lo que, sin ponerse de acuerdo, intentaron hacer.

—El apartamento de aquí al frente donde ahora vive esta moza que nos serenatea cada que llegamos aquí le pertenecía a un personaje que trabajó conmigo los últimos treinta años —soltó de repente el más viejo.

—Algo al respecto me habías dicho.

—Ella ignora que yo lo conocía. Esta historia la supe por otro compañero de trabajo que me encontré en el dispensario y me la contó.

—Tal y como me compartiste hace algún tiempo, tu alebrestado excompañero sí le siguió el jueguito a esta ‘muchachita’.

—Al ser viudo, como nosotros, cuando la conoció en este mismo parque, se peleó con sus allegados y se la trajo a vivir con él.

—Poco tiempo después estiró la pata y ella heredó, no solo su mesada de retiro, también ese apartamento.

—Tal cual. Así lo determinó el juez, basado en que ya llevaban cerca de cinco años de convivencia conyugal.

—Me imagino que ahora, con la pérdida del poder adquisitivo de la mesada, el alza en la administración y los impuestos del apartamento y, en sí, en todos los gastos que debe tener, estará pensando en aumentar ingresos a costa de otro jubilado.

—Debe ser. Espero que ese no sea ninguno de los dos.

—Volviendo a lo de tu vacuna…

—Sí, disculpa. Pensarás que te estoy dando rodeos para no contarte la razón por la cual me vacuné lo más rápido que pude para evitar riesgos al respecto.

—Ni más faltaba. Te escucho. ¿A cuales riesgos te refieres?

El más viejo se despachó y le compartió las vivencias que tuvo durante su estadía en la sala de recuperación y observación del centro médico de medicina del plan complementario donde le trataron la insipiente disentería. Le hizo énfasis en tres casos relacionados con pacientes víctimas del Herpes Zóster, uno de los cuales concluiría en tragedia.

—Es decir, si te entiendo, que, de los tres pacientes, uno de ellos falleció.

—Se suicidó allá mismo ante semejante ardor insoportable.

—Esto me lo tienes que contar con detalles.

—Mientras vamos hacia la cafetería a tomarnos el late que te ofrecí el viernes te resumiré las tres historias.

—Entonces, vamos, antes de que la ‘muchachita’ aquella vuelva pasar por aquí contoneando sus caderas.

—Sí, vamos, evitemos tentaciones insondables.

Durante ese viernes en la tarde y parte de la noche, igual, durante la mañana del siguiente día, el más viejo compartió con varios pacientes que estaban esperando ser atendidos, unos, en observación de evolución, otros, así como en convalecencia recuperativa las tres víctimas de la culebrilla.

—El más grave de todos, tal parecía por los sufrimientos que eran más que evidentes, vendría a ser un sesentón a quien el virus le floreció en la nuca, le recorrió la parte izquierda de su cabeza y le ‘reventó’, expresión usada por el mismo cuando me compartió su martirio, en su frente a la altura de su ojo.

—Tuvo que haber sido insoportable.

—Tanto, mi querido amigo, que no resistió y antes del amanecer del sábado, en un descuido de las enfermeras, se lanzó por una ventana desde el tercer piso al sótano.

—¡Qué terrible!

—Desde mi cubículo en el quinto piso alcancé a escuchar la algarabía.

—Entonces, es verdad lo de aquel padecer… según dicen, que es insoportable.

—Sobre todo cuando, como en su caso, le dejan coger ventaja al virus, por lo que, en menos de veinticuatro horas, en algunos, alcanza el clímax de la desesperación.

—Debió haberse puesto en manos de un médico tan pronto le aparecieron los primeros síntomas.

—Lo intentó.

—¿Entonces?

—Pues que, en su dispensario, como en casi todos los que operan en este país, la cita para ver a un médico toca pedirla por una aplicación por completo, no solo que es deshumanizada, sino demorada, engorrosa e ininteligible para nosotros, los viejos.

—En eso estoy de acuerdo. Es muy frustrante para uno tener que seguirle el hilo a esas aplicaciones que lo pasean de una opción a otra… que ni siquiera le permiten a uno entender cuál es la instrucción dada. Por lo que casi siempre lo regresan al comienzo, cuando no es que se corta la llamada.

—Fue lo que le pasó a ese paciente. Cuando le aparecieron los primeros síntomas intentó pedir cita… y en esas se gastó tres días. En síntesis, cuando por fin decidió pagar la complementaria, el nervio comprometido estaba afectado casi por completo.

—Pero, entiendo que alcanzó a que lo viera y medicara el doctor de la complementaria.

—Sí, hasta ese viernes en la tarde… pero, como te digo, aunque le comenzaron a dar medicación y terapia para el dolor, cuando la culebrilla pica en la cabeza, peor si llega a la cara… uno no alcanza a imaginarse el desespero… por eso, por más medicación y terapia, a la madrugada tomó aquella decisión fatal.

—Me decías que similar situación, en cuanto al virus ese, padecían otras pacientes en aquel centro médico complementario de servicios asistenciales.

—Aquellas veteranas, no sé si en algo les sirvió ser mujeres…

—En las mujeres, tengo entendido, el umbral del dolor es más alto, por lo que soportan mucho más que nosotros, dizque los del sexo fuerte.

—También les pasó algo parecido…

—En cuanto al virus…

—No solo que se les desarrolló de un momento a otro…

—¿Cuál es la causa?

—Según los médicos, todos, tras los cincuenta o sesenta años, cuando las defensas comienzas a flaquearnos, estamos propensos a desarrollarlo. En especial si de niños o jóvenes nos dio la varicela, se padece del VHI, del cáncer o si se ha recibido alguno órgano mediante un trasplante.

—¿Cómo sabe uno si sufrimos alguna vez de varicela?

—A esta edad es difícil recordarlo o que alguien nos lo confirme. Por eso, para evitar los padecimientos que vi y me contaron entre viernes y sábado, la mejor opción es pagar las dos dosis de la vacuna. ¿Ahora me comprendes?

—Había escuchado algo al respecto y, desde luego, no solo te comprendo el motivo para hacerte vacunar, también, que acabo de tomar la decisión de hacer lo mismo… por si acaso, uno nunca sabe.

—Nunca se sabe, es verdad.

—Pero, por favor, cuéntame algo más sobre los síntomas, por si en algún momento uno o alguien cercano los experimenta y poder tomar a tiempo la decisión de ir rápido al médico.

—Hasta donde me contaron aquellas personas que conocí en el centro médico, se comienza con una sensibilidad irresistible en todo el cuerpo, con énfasis en la parte o costado donde se desarrollará poco tiempo después, algo menos de una semana.

—Que es cuando, si no se está vacunado, es mejor consultar de inmediato en su respectivo dispensario o ir a urgencias a un hospital.

—El problema es, como les pasó a los pacientes de los que te estoy contando, que, para pedir cita, empezando por medicina general, ni qué decir con especialistas como el neurólogo, los dispensarios hacen todo lo posible para que el paciente, peor si es viejo, se le dificulte el acceso y mucho mejor, y más económico, si nunca se le atiende ni se le formula.

—En ese caso… dadas las circunstancias, hay que ir a urgencias…

—Donde, además de someterlo al humillante y engorroso proceso de clasificación de pacientes según la maluquera, algo le dan. Pero por no ser de vida o muerte el tema, lo remiten a consulta externa donde… vuelve y juega la pedida de la cita. Como lo hablamos al comienzo de esta charla que iniciamos en la banca del parque.

—De acuerdo, amigo. Ahora entiendo la razón por la cual, no solo te fuiste por la atención privada para que te trataran ese mal estomacal, también, el motivo para hacerte vacunar contra el Herpes Zóster tan rápido y pagando semejante precio.

—Mira, para concluir, ya que este tema no lo quiero continuar mientras nos tomamos un cafecito cuando entremos a esta cafetería, una sociedad donde el viejo se convierte en, además de pereque y estorbo: ¡en un costo!, poca o ninguna posibilidad tiene de reorientar su senda. Nos encaminamos a la sin salida, mi amigo del alma.

—Plenamente de acuerdo contigo, querido viejo.

*Historias guardadas, Enciso, Wilson Rogelio, wrenciso, 2023, pp. 54, 58, 101 y 119.

sábado, 1 de agosto de 2026

Narración romántica No. 178

 

Irene, diosa griega*

Confieso que al leer una historia armo en mi mente la figura y compostura de los personajes. Echo mano, en parte, de las descripciones de los autores. Por lo general, tales fantasías suelen cautivar mi ensoñación; a tal punto que, no pocas veces, de estas quedo prendado. Sobre todo, cuando son protagonistas de alguna de las obras de la inmarcesible literatura universal y, con mayor placer, si de la griega antigua se trata.

Acomodo a criterio y placer las facciones y personalidades que de pronto el magno autor dejó de estos para que lo lectores se los ingenien. O que estando narrados al detalle me parecen que podrían tener este o aquel otro retoque para mi recóndita fascinación. Tal vez, por mi exigente pasión, casi nunca, o me fue intrascendente hasta ahora, me topé con un ser real que se pareciera a algunas de mis más que guardadas quimeras.

Sin embargo, mientras sangre nos fluya por las venas, para todo habrá siempre una primera y ensortijada vez.  

De las más apreciadas y escondidas creaciones que mi mente ha gestado, está aquella desde cuando me embarqué en el más sublime de los poemas épicos rumbo al Jónico. Piélago que aquella virtuosa de la fidelidad conyugal, desde su encrespada isla contempló durante veinte años a la espera de ver aparecer el barco de su amado marido. Solía hacerlo tejiendo y destejiendo la tela para evitar los arteros lances del ejército de sus aciagos pretendientes.

Divina creación pincelada en letras como una de las mejores de las acuarelas que haya escrutado en obras literarias. Por mi manía de retocar personajes, en mi mente ideé a la esposa del rey de Ítaca como una beldad sin parangón... y solo para mí, los dos a solas en los socavones del hedonismo.

Jamás imaginé que alguna vez me toparía con un ser real que a mi literaria fantasía representase tanto... ¡y de qué mágica manera!

Pero... así fue, y precisamente ocurrió durante la celebración virtual en un cumpleaños que un grupo de amigos de letras, de al menos tres continentes, le hicieron a la escritora, poeta y traductora griega Irene Doura-Kadavia, residente en Atenas. Evento al cual fui invitado.

En algunas ocasiones similares, vía Internet, habíamos coincidido. Sin que en esas oportunidades a mi observación hubiese, del todo, pasado inadvertida. Algo del bucle de su luz, entonces, alcancé a vislumbrar y, en principio, hasta llegué a fantasear con mi vieja creación de musa helénica. Eso sí, sin dejar que tal entelequia se asomara siquiera a las pupilas de la cárcel de mis sentimientos, donde hasta entonces pernoctaba.

Pero, esta vez, cuando fue la protagonista del evento, sin poder esconder su asombrosa figura y atributos intelectuales entre las imágenes difusas de los demás participantes que titilaban en la pantalla del procesador, tuve la develada certeza de que aquella diosa griega existía, además, con el nombre que hoy más que nunca el mundo necesita y aclama: Irene, la mensajera de la paz. 

*Foto cortesía de Irene Doura-Kadavia, Atenas, Grecia.

sábado, 4 de julio de 2026

Solo libros

 

Biblioteca Municipal Bituima, Cundinamarca

Producto, según los expertos, del inestable e incierto cambio climático, aquella mañana capitalina era friolenta y lloviznosa. Cuando al fin amainó la ventisca los dos viejos conocidos salieron de sus apeñuscados conjuntos residenciales y se dirigieron al parque cercano. Allá se encontraron tras unos veinte minutos de medicada caminata.

Se saludaron y abrazaron con marcada efusividad. Luego, como solían hacerlo, buscaron una banca para sentarse y hablar un rato antes de regresarse a sus respectivas prisiones caseras… sus domicilios. Así, sin decírselo a nadie, cada uno lo consideraba tras jubilarse.

—Bueno, ¿y cómo le fue a tu candidato en estas elecciones? —preguntó el de, al parecer, menor edad; tal vez dos o tres años.

—Creo que quedó como de quintas; a más de un millón y piola de votos de los dos que puntearon en esta vuelta.

—Era de esperar. En este país del Espíritu Santo las maquinarias sí que son efectivas.

—Estas, desde luego, logran tal efectividad electorera gracias a la infalible combinación entre insipiencia política y la manipulación mediático-estomacal de las ahuchadas masas que salen a votar, ¡incluso uniformadas!; tal y como les inculca este o aquel otro quimérico profeta social… en particular, el peor tartufo de la política actual.

—¿No te estarás refiriendo, como lo haces siempre, al sempiterno doctor Uribia Morales? En estas elecciones a la candidata que este impuso y apoyó abiertamente le fue como a los perros en misa.

—Vieja estrategia de gamonal subcontinental.

—¿A qué te refieres? Me parece que el reinado del viejo zorro aquel, durante casi cuatro décadas, llegó a su fin. Porque, además de la ínfima votación lograda por su pupila, los dos que partieron en punta están más que abiertos con él. No quieren saber nada que huela a su achacada y rimbombante colectividad seudodemocrática.

—Precisamente esa es la sensación que era menester inculcarle en la mollera a este pueblo ignaro. Llegó el momento de que aparezca otra nueva o reencauchada colectividad, con líder fresco al frente.

—¿Entonces?

—Detrás de este personaje, así como de casi todos los que en este país suelen figurar en el ámbito politiquero, están unos cuantos verdaderos poderosos… ¡los amos del país!

—¿Te refieres al poder económico?

—Tú lo sabes. Son ellos los que deciden y disponen todo lo que sucede en estas tierras tropicales, bueno o malo, real o fantástico, legal o ilegal, con tal de que sus bolsas insondables sigan creciendo en la impunidad, y sin control ni talanquera alguna.

—Entonces, ¿de qué se trata la nueva jugarreta?

—¡Nada nuevo!

—¡Explícate!

—Que nuestro sempiterno adalid, además de haber envejecido, presenta flaquezas fétidas e irregularidades inocultables, por lo que es el momento de buscarle un reemplazo tan efectivo, demagogo y perverso como él.

—Pero… ¡cómo así! ¿Quién sería?

—Mucho me temo que, precisamente, el que partió en punta en este proceso, al ser un aliado en todo aspecto del arrugado adalid de marras, pertenecer a la cofradía de amos del país y encarnar desde el comienzo de esta contienda electoral a su candidato en la sombra, vendría, también, a ser su reemplazo en poco tiempo.

—Si fuese como lo elucubras, ¿habría alguna posibilidad de que este, cuando le toque la Presidencia, resolviese el caos y las necesidades en las cuales se consume este país… o al menos la situación de las clases media y baja?

—La de la inmensa y mensa mayoría, querrás decir.

—Como quieras llamar a quienes siempre pagamos los platos rotos de tantos malos gobiernos que hemos tenido.

—Mira, los problemas de fondo, los que están acabando y volviendo añicos la vajilla completa de la hacienda patria, no los resolverá él ni nadie, en tanto este país que lo tenía todo, gobernado a fierro por tartufos al servicio de ególatras insaciables, siga padeciendo y engüerando en sus generaciones las dos peores flaquezas nacionales, al parecer incurables e irreversibles.

—¿A qué flaquezas te refieres?

—Al quebranto colectivo del libre albedrío y al peor de los cánceres sociales: ¡la carencia de amor patrio en contubernio con la dilución amañada de la memoria histórica!

—¡Ah!, ya veo. Pensé que ibas a decir que el desempleo, el subdesarrollo, la corrupción, la pobreza… entre otros tantos flagelos que nos agobian.

—Estas que mencionas, así como el sinnúmero de falencias que nos subyugan y hacen apolillar el crecimiento y la bienandanza sociales, tienen como papá irresponsable al desamor patrio y como celestina progenitora a la falta de libre albedrío, en concupiscencia con ‘El frío del olvido’*. Todos estos vienen siendo extirpados hace rato de nuestros genes nacionales. El termómetro más indicativo de tal ‘Entropía’** es la rampante e incontenible inseguridad, cada día más agresiva y cercana. De esta acabo de ser víctima.

—¡Cómo así!, ¿qué te pasó?

—Que mientras fuimos este domingo a ejercer nuestro derecho electoral, una banda de ladrones ingresó a los sótanos de la copropiedad donde quedan los parqueaderos y los depósitos de trebejos.

—¿Qué les robaron?

—A nosotros… ¡nada! Solo hicieron añicos la puerta del depósito y rompieron unas cuantas cajas y estantes que mantengo de piso a techo.

—¿Y el carro?

—Lo estábamos usando para ir a sufragar. A otros copropietarios les rompieron los vidrios de los carros y se les llevaron artículos costosos que allá tenían guardados.

—Me alegra por ustedes y lamento la pérdida sufrida de sus vecinos… ¡Un momento! Me acabas de decir que tu depósito estaba atiborrado de cajas y que destrozaron algunas, pero que no se llevaron nada.

—Solo desgarraron unas cajas y revolcaron estantes. Lo demás ni lo miraron.

—Me mata la curiosidad…

—Pregunta.  

—¿No se llevaron nada, pese a tener el depósito lleno… verdad?

—Así fue.

—Pero, luego… ¿qué es lo que guardas entre ese montón de cajas y estantes? ¡¿Qué encontraron los cacos esos?!

—Solo libros. La mayoría de literatura universal: novela, teatro, cuento y poesía.

—En este país los delincuentes y la literatura poco y nada amigos son. Casi ninguno lee, mucho menos se ilustra.

—No solo los delincuentes, esta, nuestra sociedad subcontinental en general, de las bellas artes, menos si de leer se trata, nada quiere saber… ni siquiera de oídas.

—¡Qué triste, ¿verdad?! Entonces, o eso creo, por eso solo abrieron algunas cajas y las otras las dejaron intactas. 

—Como ya casi nadie lee, los libros dejaron de ser atractiva y nada rentable mercancía, por lo que en el comercio es poca, muy poca, casi nula su valía.

—Pareciera ser que, literatura, política y democracia, antagónicas son de la subcontinental como apestosa politiquería que por doquiera se practica hoy día.

—Lo dices tú. Nadie mejor, ni siquiera yo, así de claro lo concluiría.

* El frío del olvido, Enciso, Wilson Rogelio, Pukiyari Editores, 2019.   **Entropía, Enciso, Wilson Rogelio, wrenciso.com, 2024.


lunes, 1 de junio de 2026

Aquel día

Que al final de los adioses del olvido alguien disperse por doquiera mis cenizas, para que la brisa que besa el Alto del Vino se impregne con sonatas, versos y sonrisas…

Bucólico paraje donde, en una lomita, ¿recuerdas?, quise hacerte un tibio nido, para encerrarnos allá, en soledad furtiva, a gritar con letras y besos este amor vivido.
Esa tarde, al final de los adioses del olvido, prohibidas quedan misas, coronas y tristezas. Que sean frases de mis autores preferidos las galas de mi alegre y eterna despedida.
Aquel día, que nadie sufra ni llore mi partida. Que del todo, de este mundo no me habré ido. Escrita quedó nuestra historia… con sus heridas, junto al sinfín de momentos gratos compartidos.
Que al final de los adioses del olvido alguien disperse desde lo alto mis sentires. Que lo haga allá, donde quise fabricarte un nido, para arruncharnos, escribir, y ser aún más felices.

¡Que nadie esté triste ni llore mi partida! Ahí, en cada letra que escribí, plasmé mi vida, esa que, gracias a ti, amada mía, tuvo sentido. De no ser así, nada en mí igual hubiese sido.
Aquel día, que todos tiriten, pero de alegría. Que entonen lindas canciones y bellas poesías. Que evoquen siempre las historias que un día… ¿recuerdan?, les escribí e hice pasar por mías.
Para que entre la neblina sea mi postrer destino, que alguien verseando a Neruda disperse mis cenizas. Que lo haga desde la casa centinela del Alto del Vino. Así volarán mis letras en la rima del frío con la brisa.
Prohibidos quedan rezos, llantos, flores y flaquezas. Aquel día, quiero sentir en el aire el poema de tu voz. Que el frío viento se lleve en sus alas nuestro amor y les cuente a todos que fue un idilio de mágica belleza.
Que alguien disperse por doquiera mis cenizas…

La vida


 Intenta aprender…

Cuando apacigües el alma, cuando disfrutes la tarde caer, con corazón henchido de calma… Y esos recuerdos dejen de arder, la esperanza volverá, la carga se aliviará y la luz del mañana, sin prisa, te inspirará.

¡Esperado y esquivo momento de mero placer!

Para entonces, quizá estés muerto, o, por ahí, soñando despierto… Mas, no importa, habrás entendido que, aunque nacer no pedimos, la vida es un don incomprendido, del cual, buen uso… poco hicimos.

¡O no quisimos… o nada intentamos hacer!

Vivir es un arte que nadie te enseña. Requiere tesón y un tercio de leña, demanda pasión y alguito de maña, consume ilusión, que avinagra la saña… Por eso, impide que, al llegar la tarde, abrojos y penas tu cena te amargue.

¡Cuando, tal vez, ni puedas, o quieras comer!

La vida es un don, por nadie entendido, impresa en la flor, con la que se corteja, perenne en el viento, que ulula herido, latente en la lluvia, que acaricia la teja, vibrante en la sangre, que el arma derrama, ausente en el éter, que del alma desgrana.

Gracia, ¡que dejó de ser!

Vivir es un arte que poco entendemos. Oficio que, a fuerza de errores y llantos, cara factura nos pasa, tarde que temprano, cuando con qué pagar no tenemos, excepto lamentos, pesares, sueños y olvidos, que ninguno recuerda cuando dejas el nido.

¡Y a quién le importaría tu vida saber!

La dicha es efímera, para quien lo quiera. Nadie te obliga a sufrir, ser libre, feliz o morir. La añoranza es ajena, si de joven la alejas. Jamás endoses propios laureles o tus desventuras, son el resultado de miles afanes e ignotas venturas, que esculpirá la historia, tras tu mortal partir.

Y que, con suerte, alguien querrá leer…

Cuando por fin apacigües tu alma, ojalá no estés muerto, comprenderás que hay que vivir con calma, que la vida es un don, por cierto: ¡perfecto!, pero que poco y nada entendemos, ¡que la dicha es efímera, si así lo queremos!

Lo verás, tal vez con los años, si intentas crecer…

Lo verás, tal vez con los años, si intentas crecer… ¡Esperado y esquivo momento de mero placer! Si te llega, nace y de verdad lo quieres hacer, comienza ahora que todavía puedes comer, y, esa, tu vital gracia, no ha dejado de ser; así, muchos, tu historia, van a saber, exaltar, imitar, difundir y leer…

¡Intenta aprender!

Ahora que puedes


 Porque la vida es corta, ahora que puedes: ¡goza! Mañana quizá ya no estés, o el mundo gire al revés.

Ahora que puedes, amigo… baila, baila esta salsa a más no poder. De aquí solo llévate el placer; ven, te invito, danza conmigo.

Disfruta cada momento, porque dolor y tormento mejor dejarlos en el ayer, sin siquiera voltearlos a ver.

Sí, baila y canta esta salsa a placer. De aquí más nada vale la pena llevar, los malos ratos hay que olvidar. ¡Ven ya con tus amigos a festejar!

Porque la vida es corta, ahora que puedes: ¡goza! Mañana quizá ya no estés, o el mundo gire al revés.

Ven, canta y baila hasta el amanecer, y si te es posible allá en la eternidad; que ninguno apoque tu ser, que nada apague tu felicidad.

Cualquiera sea el camino que te marcó el destino, solo tú con flores o cardos adornas a diario tu paso.

Solo eres tú quien a tu canto algunas veces le pones risa… Otras tantas le impregnas llanto. Entonces: ¿Cuál es la prisa?

Que nada apague tu felicidad, que ninguno apoque tu ser, porque la vida es corta y gozarla es lo que importa.

¡Ven a bailar esta salsa a más no poder!
Porque, mira… ya casi termina el atardecer.

Un vacío en el alma

 

                Por siempre. Dibujo cortesía de Diego Ortiz Mimo, CDMX

    Si lo es aquí en soledad, por impuesta y hasta conveniente distancia social, más difícil sería si tal vez me apareciese por allá, más que a riesgo, a expresar a grito herido esto que aflige y destroza mi corazón. Sé que algo similar le pasa a cualquiera al intentar juntar palabras, haya o no talanqueras de esto o aquello, tras la inexorable partida de una persona simpar. Peor cuando se trata de un amor prohibido, imposible, como en nuestro caso.
    Aunque sobre decirlo… lo diré de todas formas, a ver si me sale. Un ser amado, al partir a lontananza, lo seguirá siendo por siempre; más si, como tú, fue ejemplar en todo el sentido de la palabra; aunque en tu caso hayas tenido un solo desvarío: amarme en silencio ignoto para corresponderle a mi travieso amor durante tantos años, llenándome de ilusión de vida e infinitas alegrías.
    Por siempre estarás aquí a mi lado, doquiera sea, doquiera estés, doquiera vayas.
    Permanecerás dentro de mí y de aquí nada ni nadie podrá sacarte, ni siquiera el tiempo, tampoco el avasallador olvido que suele castigar a algunos con implacable saña al traspasar el inexorable portal de la senectud… El que me hubiese gustado padecer al tiempo, los dos, juntitos. Como nos lo prometimos cuando nos conocimos y lo reiterábamos de cuando en vez. Más en estos últimos años al comenzar a sentir, y a padecer en silencio amargo, que éramos para nuestros respectivos allegados algo así como una carga, como un pereque del cual ninguno de ellos quería saber, menos echarse encima, encargarse, ¡envainarse! Como sí lo hicimos nosotros con ellos y casi por cincuenta años, a toda costa y sin pensar siquiera en recobros de ninguna índole.

El yerto precipicio de tu ausencia

    A partir de este momento… y en adelante, ignoro cómo reponerme ante este, el cual será cada vez más grande, yerto precipicio de tu ausencia… Un vacío en el alma insondable al evocarte, al mencionarte, al llamarte y no escucharte, al buscarte y no encontrarte entre la bulliciosa soledad de mi entorno familiar y cercanos, que, aunque presentes, cuando más se les necesita… están ausentes o se hacen los disimulados. Y hasta los entiendo, en parte, porque ellos ahora estarán viviendo sus respectivas vidas, a su manera y acomodo; como lo hicimos tú y yo por tanto tiempo, en nuestro momento.
    Por eso, de ahora en adelante mi estrategia será sencilla, simple. ¡Tal vez!, o eso espero.
Sea lo que sea, pase lo que pase, decidí incrustar nuestra historia de amor en mi corazón; así te llevaré por siempre aquí, adentro de mí. Desde ahora serás mi etérea y más cercana compañía. Hablaremos en el umbral de la agonía, calmarás las tristezas mías al recordarte con cada suspiro que salga de mi alma compungida. Llenarás, como antes, cada instante de mi vida con fantasías. Te visualizaré en cuanto destello ilumine mi camino, gritaré tu nombre y te encontraré hasta en el abismo de las sombras del envejecido olvido, cuando este aparezca por ahí, ya sea de noche, ya sea de día.
Así lo haré, como sé que tú lo harías, de ser al revés esta dura travesía, esta prueba de dolor inmarcesible que solo calma hallará cuando nos volvamos a ver, besar y abrazar allá… en la eterna alegría.
    Gracias por tantos momentos inenarrables, más que compartidos, disfrutados con frenesí… aunque a raticos y siempre a escondidas.

Soledad