Mi preferencia por el equipo
albirrojo se dio por variables casuales y ambiguas circunstancias sociales propias
de aquel entonces. Corría el amanecer de los años setenta y recién había
llegado de mi pueblo del alma en calidad de desplazado social. Entiéndase esta
expresión como la visión que mi madre tuvo en cuenta para evitarnos que
nosotros, sus hijos, siguiésemos las sendas que ella y la abuela enfrentaron,
con carencias y dificultades socioeconómicas por doquiera; amén del riesgo de
que, al llegar a volantones, de pronto las huestes de los chusmeros o de otros incipientes
grupos armados irregulares nos echasen el ojo, llevasen a la fuerza y pusiesen al
servicio de la revolución que le pondría fin a todas las problemáticas del país,
como proponían, justificaban y por doquiera decían a grito de metralla, machete
y fusil. Cruel como impelido destino que a tantos les tocó. Muchos murieron de
viejos en la manigua o entre el morichal. Otros a cualquier edad abatidos
serían por la artillería o los bombarderos de las fuerzas del orden y la
libertad. De la mayoría de estos nunca se supo su suerte, paradero ni lugar de sepultura,
si es que ya se fueron para el otro toldo, probable, muy probable.
Al arribar a la ciudad capital
nos guarecimos en la casa de una tía quien estuvo dispuesta a darnos abrigo,
por algún tiempo, mientras mamá se ubicaba laboralmente. El mundial del 70
estaba por comenzar y una multinacional comercializadora de electrodomésticos pasó
por el barrio dejando televisores que, precisamente, unas semanas antes de
iniciarse el certamen fue a recogerlos de las casas donde no quisieron o
tuvieron para comprarlos. Por doquiera se hablaba de futbol, desde luego, del
gran Pelé, quien, a la postre les daría el tricampeonato a los brasileños,
arrebatándoles la victoria a los italianos.
Desde entonces, sin ser el futbol
la mayor de mis pasiones me entró un gusto discreto y una atracción disimulada,
como hasta ahora, por ese deporte. Más, cuando, tanto el odioso de mi primo, el
hijo de mi tía y dueña de casa, y ella misma, eran hinchas furibundos del encopetado
equipo albiazul, el rival local del albirrojo. A este equipo, en callada
admiración, tanto mi abuela como mi madre, «¡De estirpe liberal!», solían asegurar,
ya no tano al llegar a la caótica y fría ciudad capital, me insinuaron sin
decirlo, para no entrar en contradicción con mi tía y mi primo, evitaban un
inesperado desalojo, que ellas preferían a este equipo: «¡El rojo! ¡El otro nos
recuerda a los godos que tanto daño nos hicieron en el pueblo!» Tal vez por
esto me incliné por el que me insinuaron mamá y mi abuela.
Onceno al cual quería ir a ver
al estadio. Sin embargo, como la boleta más barata era cara e inalcanzable para
nosotros, además de quedar lejos donde jugaban, al norte, en la cincuentaisiete,
algún día el odioso de mi primo me dijo:
—Si quiere ver jugar a esas
‘rangas’ madrugue y haga cola para que lo dejen entrar a la tribuna de
gorriones donde van los niños pobres de la ciudad… por no decir ‘gamines’.
Tiempo después encontré que la
alcaldía de la capital en 1951 expidió un decreto, el 523, donde, precisamente,
en su artículo 5, establecía que las tribunas 4 y 5, norte bajas o inferiores,
tenían esa jurídica destinación, ‘para niños pobres’.
Al siguiente domingo de haber sabido
tal posibilidad jugaban los rojos. Muy temprano le dije a mamá que me iba para
el estadio. Lo hice a píe. Por el camino, cuando la NQS solo era la Treinta,
antes de llegar me compré un almuerzo colombo-francés, adicionado con proteína
veleña (un bocadillo). Me gasté en este piscolabis casi la totalidad de los centavos
que me dio mamá.
Aquellas tribunas eran, en
efecto, gratuitas y había que hacer cola desde temprano. El cupo era reducido
y, sí, los que la hacíamos éramos ‘niños pobres’. Sin embargo, y pese a la poca
visibilidad desde aquellas graderías, sobre todo de lo que pasaba de la mitad
del campo hacia el sur, desde entonces casi nunca me perdía partido que jugara el
Expreso Rojo. Desde ahí puede ver y gozar de las atajadas de Ovejero, las
destrezas del Maestrico Cañón, las zancadas goleadoras de Campaz, Ernesto Díaz,
Šekularac, Pandolfi y otros tantos, así como las proezas del 70 y el 75,
año cuando dejé de ir al estadio por temas de edad y la rebuscada del sustento.
Pese a la ubicación marginal de aquellas dos
graderías, la 4 y la 5, las de ‘los gorriones’, ‘las de los niños pobres’, como
reza en aquel decreto de la alcaldía, allá disfruté momentos apasionantes de este
deporte, amén de adictivo ¡embriagante! También, algo, no solo de futbol, allá aprendí
y me contagié, así fuese de soslayo. En esas graderías ‘inferiores’ me entró la
gana de estudiar una carrera profesional, investigar y escribir para tratar de
entender las talanqueras que dividen a la humanidad y alimentan la desigualdad;
no tanto para encontrarle solución, aunque para entonces ignoraba la
inexistencia de cura para ese mal social universal, sino para, al menos, algún
día plasmarlo y dejárselo de reflexión a las siguientes generaciones.
Me acostumbré a observar, no solo el devenir
del mundo y las jugadas de las personas, públicas y privadas al alcance de mi
mirada escrutadora, también, las de los gobiernos y sus manejadores, de ayer y
de hoy. Lo hice amojonado en las graderías inferiores del estadio de la vida. Desde
entonces lo sigo haciendo de soslayada manera. Siempre me ubico en la tribuna para
‘niños pobres’, la de gorriones. Así las jugadas y los goles que hagan unos y
otros del medio campo para allá me los tenga que imaginar a partir de la
gritería, gestos y ademanes corporales de la alebrestada fanaticada apostada en
cualquiera de las otras locaciones preferenciales con mejor y completa visión
del campo de juego… y más caras. Lenguaje comportamental que suele ser más
diciente que las palabras y acciones de los personajes en el tinglado político,
social, económico, mediático y, en general, en cualquier parte sea donde estos
actúen a la siga de sus tapados, comprados o mandados intereses, casi siempre;
los de ayer, los de hoy, los de mañana.
Se estarán preguntando, con justa razón al acercarnos
a las tres cuartillas, ¿qué tiene que ver esto del equipo de mis preferencias
juveniles, el estadio de la cincuentaisiete y su tribuna de gorriones con los
gobiernos, en especial, con lo del actual, el del cambio y primero con
semántica nominación antagónica a todos los anteriores durante estos doscientos
y tantos años de gobernanzas encaminadas y desequilibradas?
Comencemos por lo de las tres cuartillas, parangón
con los casi tres años que el antagónico de turno lleva en el poder… por así
decirlo.
Al parecer, el actual gobierno, pese a sus
esfuerzos, al menos semánticos y de unas que otras rabietas televisadas, de
querer administrar de la mejor manera la cosa pública y resolver algunos de los
peores flagelos que a diario se juegan a muerte en el tinglado patrio, por la antípoda
posición ortodoxa, explosiva terquedad, ambigua ubicación en el ajedrez político
nacional y tangencial concepción ideológica de su adalid, amén de la
sistemática obstrucción que sus poderosos opositores ‘naturales’ le han colocado
y le seguirán colocando del medio campo para allá y que se espera le seguirán
haciendo, incluso tras el pitazo final, de aquel promisorio paquete de
iniciativas que presentó en su ardorosa campaña solo unas pocas las pudo, le
dejaron o quiso ejecutar con juicio. Lo hizo cuando aún jugaba a este lado de
la chancha, durante el primer tiempo del partido.
Sin embargo, la mayoría de las medidas, sobre
todo las de índole social, que es donde más aprieta la chancleta de huequitos, gobernanzas
con las cuales conjuraría la mayoría de los peores como lastimeros entuertos
nacionales, de los cuales una afilada minoría desde siempre se ha beneficiado
al detal y al por mayor y todo parece que lo seguirá haciendo, al actual señor
presidente le tocó jugarlas… o acordó intentar sacarlas transcurrido el primer
tiempo del partido y adentro de camerinos. Se intuye o colige a partir de su
postura corporal ladeada y desganada, entre otros síntomas y mensajes comportamentales
y corporales similares, aclaro: oblicuamente visto desde la limitada gradería
de los gorriones, que lo hizo adrede, que dejó tal cual, ante el embeleco de un
golpe de estado, que frenó unas, que ajustó aquellas o negoció otras para
instar sacarlas a ver si algo consigue o le dejan hacer, en mínima parte,
durante la lánguida postrimería de su mandato.
Lo que ahora está haciendo, de la mitad de la
cancha para allá, hacia el sur del estadio patrio, pareciese estar condenado al
frío del olvido, junto con la fuerza enclenque de su gobierno que hipa en el poniente.
Lo intenta hacer a la hora del sol de los venados, que es cuando los nuevos cérvidos
se aprestan para el siguiente periodo de apareamiento: las borrascosas
elecciones. Estas, entre más pólvora, terror, miedo, incertidumbre y muerte (de
gorriones, de gente pobre) haya en vísperas, más sufragios, de los dos tipos, conseguirán
algunos, por lo general, los de siempre, los que ofrecen puño fuerte y alma abierta…
escondiendo sus bolsillos sin fondo y apetitos insaciables nauseabundos.
El señor presidente decidió, le tocó o sabía
que le tocaba hacerlo así y de la mitad de la cancha para allá, desde donde,
precisamente, ‘los niños pobres’, los ubicados en la gradería de los gorriones no
alcanzan a otear con precisión qué pasa, por lo que presto pierden interés u
olvidan lo prometido ante los incumplimientos consuetudinarios. Entonces, los
gorriones solo se enterarán de lo que pasó cuando lo sientan en carne viva o lo
lean y asimilen en la gritería y ademanes eufóricos de quienes ¡sí! tuvieron
cómo comprar las boletas de las graderías de preferencia, desde donde se domina
por completo y durante todo el partido el campo de juego y a sus jugadores,
árbitros y locutores… la mayoría parcializados, de sus respectivas nóminas,
fieles a la paga.
Desde las graderías inferiores de las tribunas
4 y 5 del estadio de mi vida fue poco lo que alcancé a ver con nitidez o
entender lo que hizo o le dejaron hacer al actual gobierno. Tampoco parece
claro lo que al parecer fincará en lo que resta del partido. Muy buenas intenciones
se vislumbraron al comienzo, cuando lo jugó a este lado de la cancha, cerca de
la tribuna de ‘los niños pobres’ y antes de que, incluso, algunos de su equipo,
fuego ‘amigo’, le hicieran zancadilla, negocillos amañados o arreglos solapados,
de pronto a sus espaldas y en contubernio con los tartufos de siempre: los
señores poderosos y reyes de la corruptocracia que se arropan con la maltrecha manta
de la democracia.
Es probable que la actual administración
nacional deje por ahí una que otra norma, como aquel decreto capitalino del 51,
en donde en algún articulillo les concedan a los ‘niños pobres’ del país, a los
gorriones, cada vez más por doquiera, uno que otro beneficio ‘esgalamido’,
siempre y cuando estén dispuestos a madrugar, hacer cola y ocupar alguna de las
graderías de la tribuna baja norte del estadio de la patria… al menos hasta
cuando, muy probable, llegue otra encopetada ‘administración’ y la arrase con órdenes
ejecutivas en contrario, como las de siempre.
Los frutos de esa rasguñada gestión durante ese
primer tercio gubernamental, más lo que logre cuajar durante el cuarto que
resta, espero poderlos disfrutar algún día con el común de mis connacionales,
gorriones y no gorriones. Ojalá pronto nos podamos subir a esos trenes del
progreso que, si los de siempre lo permiten, comenzarían a surcar la compleja
geografía nacional en pro del desarrollo y las oportunidades esquivas que tanto
necesita y se merece este atembado país para poder volver a gritar con emoción
juvenil algún ¡gol!, pero a favor de la patria, así sea desde las tribunas para
niños pobres.