domingo, 11 de octubre de 2020

Recuerdos de un paseo que no fue



Me quedé solo cuando el profesor Flaminio y los demás compañeros de la escuela partieron hacia la finca La Dorada; ¡aquella fue una sensación indescriptible!, ¡inolvidable!; me aguaita desde entonces.

—Es una salida ecológica —nos dijeron días antes—; deben llevar tres meriendas, bebidas y una gorra para protegerse del sol.

—Hijo, no hay plata —dijo mamá la tarde anterior… ¡y era verdad!, dramática y dura verdad—. El profesor Vásquez lo sabe y entenderá.

Aquel lunes, en lugar de quedarme en casa, madrugué a la escuela, camino a Melgas. Todos, menos yo, estaban listos y tenían lo que nos dijeron que lleváramos al paseo. ¡Un paseo!, eso era para mí la tal salida ecológica.

—Entonces, joven —me dijo el profesor—, le toca quedarse… o buscarse lo suyo. Si lo consigue, nos sigue; sabe dónde es, ¿verdad?

Pese a los casi nueve años que tenía nunca había visto la plaza parque del pueblo entre semana. La soledad y la tristeza deambulaban de la mano, enchipándose en mi alma. Fui a insistirle a mamá al almacén de los Macareno, donde trabajaba… también a Rogelio Pérez, mi papá, en el billar de la esquina noroccidental; sin éxito.

Parado frente a la casa de doña Bárbara; ahí por los años sesenta vendían ricas colaciones y masato; escuché que allá, en la revuelta de El Alto, muchachada y maestros generaban algarabía.

Los seguí.

Hora y media después, al sentirme perdido… me devolví.

Relato disponible en Revista Latina NC