lunes, 6 de diciembre de 2021

El regalo esperado




Ese sábado 20 de noviembre Anita llegó por demás animada a la casa del poeta y su esposa. Cuando la patrona le preguntó por el motivo de tanta euforia, le respondió:

—Imagínese, doña Maribel, que, por fin, este año, me toca armar el pesebre y el árbol de Navidad donde los García Jiménez... este fin de semana compran todo y entre el miércoles y el viernes de la otra semana me encargaron hacerlo...

—Pero, no entiendo tanta dicha, Anita—la interrumpió la patrona—, porque, la semana pasada, cuando le dije que lo tenía que hacer hoy aquí, y casi todos los años cuando llegan estas fechas, también donde los Rubiano, siempre deja entrever disgusto, lo mismo que en enero al momento de recoger, empacar y guardar. Además, siempre se alegraba porque los García Jiménez no celebraban esas festividades.

Anita llevaba más de doce años asistiendo dos días por semana en la casa de los Botero. Suele ir los martes y sábado a realizar las labores de arreglo y aseo del apartamento. Esta pareja, tras la partida de los hijos mayores, conviven con la intermedia, quien decidió ser soltera y sin hijos. Trabaja en una multinacional comercial desde cuando se graduó en Negocios Internacionales, por lo que, antes de la pandemia, se la pasaba casi todo el tiempo viajando por el mundo, actividad andarina que tras la supuesta nueva normalidad va retomando paulatinamente, por lo que los viejos regresaron a su callada soledad de pareja en senectud.

El poeta Botero, como Anita escucha que llaman al patrón, es un sesentón pensionado de una universidad pública en la ciudad, parco, nada hablador. Ahora se dedica, casi todo el tiempo, a leer y escribir en su estudio, con vistas al intenso y plomizo sur de la ciudad. De allí solo sale a tomar el sol o a sus pausas activas cuando su esposa, doña Maribel, le dice que Anita va a limpiar, que el almuerzo está servido u otros menesteres que a veces se presentan.

—Su esposo, señora Maribel —le dijo la empleada un día—, casi no habla ni sale del estudio, creo que tampoco escucha ni le importa lo que nosotras garlamos... ¡es silencioso como un gato pardo y parece una sombra!

—Estoy acostumbrada, es como si fuera sordomudo. Habla lo estrictamente necesario... ¡a veces ni siquiera responde lo que se le pregunta! Anda en su mundo con sus amigos de toda la vida: ¡los libros! Por tal razón, me gusta que venga, ojalá fueran más días, para tener con quien ejercitar la lengua... porque a usted no la calla nadie, habla hasta por los codos, ¡más que yo!, cosa que le agradezco, Anita.

Los lunes y jueves Anita hace lo propio en la casa del coronel Carlos Rubiano y su señora Rosana. Los miércoles y viernes va al apartamento de los García Jiménez, la pareja más joven y acomodada de las que tres que atiende.

Anita, entre la selva de chismes en la que suele tranzarse con la esposa del poeta, alguna vez le compartió que doña Rosana: «¡La que no hace nada!, como ella misma se presenta», enfatizó la empleada, se casó cuando aquel tan solo era capitán. Han estado juntos desde entonces, y hasta cuando, al no ser llamado a general, se retiró de coronel antiguo. Durante toda su carrera aquel oficial cargó con ella de guarnición en guarnición. Por esa razón, se resignó a eso... a ser la esposa de un militar, cuidar de sus hijos, administrar el hogar y no hacer nada más que acompañarlo a donde quiera que él era trasladado. Un año después de retirado del servicio activo el Gobierno le encargó al coronel Rubiano la Dirección Nacional Civil de Rescate de Víctimas, un establecimiento público adscrito al sector Defensa para la asistencia de la sociedad en todo tipo de emergencias.

En otra charla, Anita también le contó a doña Maribel que los García Jiménez, los dueños de la cadena MERCA-G.J., no tenían hijos y que jamás vestían el arbolito de Navidad, tampoco armaban pesebres, ponían luces ni celebraban esas festividades. A diferencia de los otros dos hogares en donde Anita trabajaba y le tocaba, en noviembre, sacar, desempolvar, limpiar y armar esos cachivaches y, en enero, quite, limpie, empaque y guarde.

—Esa gente ricachona es bien extraña —le dijo esa vez Anita a doña Maribel—, aunque hay motivos de fondo para ser como son, hasta donde doña Gladys me ha compartido. A ella le gusta hablar conmigo, como usted, señora Maribel, porque, siendo la contadora del negocio, atiende desde el apartamento que les arreglo, por lo que sacamos raticos para platicar. Diferente a don Pedro, quien sale temprano y regresa bien tarde, de lunes a lunes. Él es el gerente general y está al frente de los ocho locales que hay regados por la ciudad.  

—Dígame una cosa, Anita —le preguntó esa vez doña Maribel—, ¿le han contado la razón de fondo por la cual no tienen hijos ni celebran las fiestas de Navidad?

—Así es, en estos últimos ocho años, así como usted, ella saca sus ratos de entre los libros de contabilidad y me cuenta a pedazos la historia, no solo de su matrimonio con don Pedro, sino lo de la triple tragedia que vivió en el 85, con la avalancha del volcán nevado...

—¡Ay!, ¡por Dios!, acaso...

—Ella no solo fue una de las víctimas del lodo que produjo aquel volcán que arrasó y sepultó su pueblo y toda su familia en el 85, sino que, como si fuera poco, al sobrevivir y ser encontrada entre le barro que casi se la traga, cuando tan solo tenía cinco años y unos meses, fue llevada a un albergue, casi inconsciente, muy confundida, con la mente nublada, y así duró por largo rato. Ahí, en ese sitio, ese mismo día de su rescate, algún parroquiano, al verla, le dijo a los socorristas y a las autoridades que atendían la emergencia, que esa niña, al parecer, era Gladys, la hija de los Jiménez, quienes vivían a menos de una cuadra arriba de la iglesia, sector que quedó bajo metros de lodo y piedra...

—Bueno, al menos ella sobrevivió y alguien la reconoció...

—El problema, doña Maribel, es que ella no se llamaba Gladys Jiménez, ni vivía al lado de la iglesia, sino mucho más abajo, donde también las casas quedaron sepultadas, pero no tanto como las otras.

—Me perdí, Anita... ¡me perdí! ¿Cómo así que ella no era Gladys Jiménez, como, según me cuenta, así aún se llama?

—Así es, señora Maribel. Ella dice que su verdadero nombre es Juanita Sierra. Que es hija de una madre soltera y con quien vivía en una casa de familia donde aquella humilde mujer atendía los quehaceres domésticos. Que ella se salvó porque su dormitorio, el que compartía con su mamá, quien esa noche aún no subía a acostarse, quedaba en un zarzo, en la parte más alta de la casa, que fue lo único que quedó medio visible después de la avalancha. Allá la encontraron exhausta... los demás habitantes murieron, incluida su madre.

Según le dijo doña Gladys a Anita esa vez que hablaron sobre ese tema, y ante la misma pregunta que, al respecto, también le hizo doña Maribel a su empleada:

—Los rescatistas le colocaron en la planilla oficial el nombre de Gladys Jiménez, y así le tocó quedarse de por vida. La razón: así lo aseguró el parroquiano que dijo haberla reconocido, quien jamás volvió a aparecer. Además, porque, tanto los Jiménez como la familia donde trabajaba su mamá, todos murieron, no quedó huella de ninguno. Por ende, dieron por desaparecida, porque jamás encontraron el cuerpo, a la niña de la empleada de servicio, es decir, a ella, a Juanita Sierra, además de no estar bautizada ni registrada en ninguna parte. Cuando, al fin se le fue despejando la mente y trató de explicar quién era ella, repitiendo sin ser escuchada que su nombre era Juanita Sierra, además de tan solo ser una muchachita de menos de seis años, afectada por la catástrofe, nadie le hizo caso.

Con el paso del tiempo Juanita se resignó y acostumbró a ese otro nombre, con mayor razón cuando, dos años después de la avalancha, el Bienestar Familiar la dio en adopción a una familia acomodada que estuvo dispuesta a las dos solicitudes que hizo: Que le mantuvieran esa identidad, la de Gladys Jiménez, y que nunca celebraran la Navidad en la casa a donde la llevaran, mucho menos que armaran pesebres o árboles navideños, ni que le dieran regalos por ningún motivo.

—Señora Gladys, discúlpeme —Anita le preguntó a su patrona cuando le comentó esa parte de la historia—, ¿Por qué?

—Antes de responderle, Anita —le dijo esa vez doña Gladys, y Anita le repitió la historia a la esposa del poeta Botero en su momento—, le anticipo que esta fue una de las dos condiciones que también le puse a Pedro para aceptarlo como marido, ya cuando crecí y me ennovié con él. La primera, que nada de navidades, regalos ni cosas relacionas. Tampoco, nada de hijos... al menos, hasta cuando lograra saber el contenido del regalo esperado aquel. Ese que alcancé a ver entre una caja rectangular que mi tío Gilberto Sierra y mi prima Asunción le llevaron a mamá días antes de la Navidad del 85, supuestamente para mí, pero que solo me entregarían el 25 de diciembre por la mañana al despertarme, cuando me hicieran bajar a la sala donde iban a colocar el pesebre, el árbol y los demás regalos para los de la casa... y el mío.

En la casa donde trabajaba la mamá de Juanita Sierra había tres niñas, hijas de los dueños, de cuatro, seis y ocho años. Cada una de ellas tenía muñecas de diversos materiales y motivos, entre una infinidad de juguetes que, hasta con cuarto aparte contaban, el que también sepultó la avalancha. Pero, las que a Juanita más le gustaban eran unas muñecas de fique, en especial, la de la niña mayor. Se trataba de una campesina vestida a la usanza de la región, tal vez de unos veinte a veinticinco centímetros de largo. Esa era muy tierna, con una carita angelical; llevaba un sombrero de ala ancha, trenzas largas, blusa de satín, cintas rojas, enaguas con arandelas de color blanco, faldón negro con ribetes y encajes de colorines, así como alpargatas y un ramito de flores en sus manitas.

Las hijas de los patrones nunca le permitían a Juanita jugar con las cosas de ellas, mucho menos con las muñecas. Situación que la mamá de Juanita se percató, porque solía encontrarla llorosa cada vez que las niñas le hacían mofas y le impedían siquiera tocar sus juguetes. Por esta razón, como lo pudo percatar a hurtadillas Juanita, su madre ese año comenzó a ahorrar en una alcancía de barro, de tal manera que, para comienzos de octubre, cuando en su presencia rompió el marranito y le dijo, mientras contaba las monedas y unos pocos billetes arrugados:

—Esto es para su regalo de Navidad... para que no le vuelva a pedir nada prestado a esas niñas engreídas.

A finales de octubre su tío Gilberto bajó de la capital, junto con su hija Asunción, dos años mayor que Juanita, a llevarle algunos encargos a su hermana. Además, una cajita rectangular envuelta en papel regalo, de unos treinta centímetros de largo por unos diez de alto y otro tanto de ancho. Juanita la alcanzó a ver antes de que su madre Juana la cogiera y guardara en un baúl, al cual le echó candado.

Ese baúl y su contenido misterioso también lo devoró el volcán.

—Entonces, Anita —retomó la charla inicial la esposa del poeta Botero frente a la efusividad de su empleada ese sábado 20 de noviembre cuando estaba programado armar el arbolito, el pesebre y colocar las luces en el balcón de aquel último piso del conjunto residencial con vistas al sur de la gran ciudad capital—, por lo que deduzco, ¿al fin doña Gladys... o Juanita Jiménez, resolvió el tema del regalo que ella supone que le llevó su tío una semana antes de la avalancha?, ¿cómo lo hizo?

—Señora Maribel —le respondió Anita—, así como le conté a usted parte de la historia de doña Gladys, quien prefiere seguirse llamando así: ¡Gladys!, también se la participé a la esposa del coronel. A él, a don Carlos, luego de colgar el uniforme, lo encargaron de la dirección de esa agencia que rescató a Juanita dentro del barro hace treinta y seis años, cuando le cambiaron el nombre. Parece ser que doña Rosana también le participó la historia a su marido. Él se interesó y por su conducto, y varias veces de forma directa, me sugirió que le preguntara y le precisara otros detalles a doña Gladys... sobre todo, del supuesto tío Gilberto y de su prima Asunción. Hasta donde tengo entendido, el tío murió, más no así la prima. A ella la ubicaron aquí en la capital y terminó por desenredar la piola; en especial, en cuanto al contenido y destinatario de la cajita, que, en efecto, según la prima de doña Gladys... era una muñeca de fique, una campesina que su tía le pidió a su padre que le comprara y le llevara para el regalo de Juanita en esa Navidad.

—Entiendo, por eso, entonces, Anita, este año vestirán el árbol y harán el pesebre donde los García Jiménez... ¿y lo de los hijos, ahora que se develó el misterio?

—Hasta hoy doña Gladys solo sabe que en la caja, en efecto, iba su muñeca campesina de fique que le mandó a comprar su madre. Con eso, como le dio su palabra a don Pedro antes de casarse, esa parte de su negación quedó sin efecto y va a cumplir de ahora en adelante vistiendo el pesebre y armando el arbolito... responsabilidad que, como en los otros dos apartamentos donde trabajo, son mías... Lo que no sabe doña Gladys es la segunda y tercera parte del caso resuelto.

—¡Ay, no!, Anita, cuente, cuente que me estallo.

—Para el 24 soy la encargada de preparar la cena... además de llevarle el primer regalo que recibirá doña Gladys; ese que tanto ha esperado en silencio...

—¡La muñeca de fique!, ¡la campesina!

—Así es, entre una cajita igual a la que le llevó su tío, envuelta en papel regalo. Pero, no solo eso...

—¡¿Hay más?!

—Ese mismo día, después de la entrega de los regalos, don Pedro le comunicará que está haciendo gestiones para adoptar dos niñas en el Bienestar, una de seis años, de nombre Juanita, y su hermanita de tres, Teresa. Son preciosas, ya fui a verlas.

—Me imagino que por la edad de doña Gladys... es poco aconsejable un embarazo.

—Sí, señora, así es.

—¡Qué historia tan simpática y humana, Anita! —se escuchó la voz sonora del poeta Botero, ahora parado en la puerta de su estudio—, ¡poesía social! Le agradezco que nos la hubiese compartido. Quizá se la cuente a un amigo cronista para que la escriba y publique, si los García Jiménez lo permiten... hágame el favor y les pregunta la siguiente vez que vaya a su casa.

 

          


sábado, 6 de noviembre de 2021

Dictadura global

 

Ese día tenía el segundo control de endodoncia, como me lo recordó la agenda de la aplicación de mi celular cuando me desperté al amanecer. Decidí ir y volver a la cita en taxi. Con el paso del tiempo me incomoda más conducir por la ciudad atafagada, cual selva de cemento, contagiada de nostalgia social, por ende, con cada vez más personas poco y nada civilizadas, apartadas de la racionalidad de la cual nos ufanamos.

En la esquina del conjunto abordé un taxi. De ahí al consultorio suelen ser veinte minutos, máximo treinta, según el tráfico. Puede llegar a ser más, dependiendo del clima social del momento. Por eso iba con casi dos horas de anticipación.

Por la forma educada como me saludó y preguntó mi destino, me percaté de que el conductor, bien vestido, era todo un personaje: «Tal vez por la edad... un poco mayor que yo, y hasta pensionado también debe ser, por lo que se distrae manejando taxi para no aburrirse en casa...», pensé con sorna.

—Muy gentil, señor —le respondí mientras me acomodaba en el asiento posterior, costado derecho, para tener mejor acceso a la conversación que, con toda seguridad vendría—, me puede llevar a la Clínica Odontológica de la EPSS Sanamos, por favor.

—Con inmenso placer, caballero, ¿alguna ruta de su predilección, o nos guiamos por la aplicación?

—¿Cómo está el tráfico?

—Algo complicado, por las lluvias de este octubre... debido al cambio climático, además del aumento de carros, motos, ciclas y gente afanada, por demás estresada por todo y por doquier.

—Entonces, por favor, lo que diga la aplicación... ¡para eso existe!

—Eso es verdad —respondió el conductor, mientras programaba su celular con la información que le suministré.

De ahí al destino y siguiendo la mejor ruta que arrojó la búsqueda, con atajos y demás trucos que indicó el navegador digital de su dispositivo, serían treinta y ocho minutos, por lo que el conductor, tal vez para distraerme y hacer menos tedioso el viaje, me soltó uno tras otro, varios temas que capturaron mi atención y fascinación. Razón por la cual, apenas opinaba o respondía con un «¡Ajá!», o un: «¡Muy interesante!», así como con otras tantas interjecciones que me bulleron durante esos treinta y cinco minutos que al fin y al cabo duró el recorrido, debido a los charcos, trancones e indisciplina social subcontinental.

Tal vez por los temas entreverados que me compartió de manera más que hilada, propio de un experto en cada cosa que exponía aquel sesentón, solo fue hasta cuando estuve frente a la clínica, ya con un pie en el piso, mientras le pagaba el servicio, que se me ocurrió preguntarle por su verdadera profesión. Lo hice, porque su lucidez y dominio al respecto para nada encajaban con su rol de taxista. Fue cuando me soltó en un santiamén el atado que impresionó, aún más, mi imaginación literaria.

El primer tema que abordó don Aristóbulo Roldán, como supe que era su nombre porque así figuraba junto a su foto en la tabla oficial de tarifas ubicada detrás del asiento delantero del pasajero, fue el del cambio climático. Aseguró con firmeza y certeza que «Esta solo es una más de las estrategias de la guerra infame que sufre la humanidad. ¡Confrontación despreciable! —tildó—, arreciada desde comienzos de esta centuria, por demás convulsionada, por las mega potencias que se disputan la hegemonía para imponer ¡una dictadura global sin cortapisas ni oponentes a la vista!, ¡la triste y nueva esclavitud del hombre del siglo XXI!», dijo, sin perder la compostura ni la atención de la conducción por entre aquel enjambre caótico de vehículos.

Expuso con cifras, me imagino que son ciertas, pues citó fuentes, sobre el avance incontenible de la contaminación del agua. Trajo como ejemplo el pudrimiento paulatino del Mediterráneo y el de otros mares, ríos y lagos, producto de las toneladas y toneladas que allá son vertidas a diario: desechos industriales, aguas negras, basuras de toda especie, residuos químicos, nucleares y, en particular, las descomposiciones del petróleo y sus derivados. Cataclismo medioambiental propiciado por obra y gracia, en mayor proporción, por las potencias, por las civilizaciones más avanzados. «Dizque en aras de la economía, el desarrollo y el bienestar general, cuando lo que están logrando es matar la vida en las fuentes hídricas y, con esto, acabar con la mayor reserva estratégica para la humanidad y el equilibrio del planeta... Esto, señor, porque las gotas que se salven o sean conservadas, serán el botín de guerra para el triste ganador en unos pocos años...», sentenció.

Con facilidad e ilación saltó de este tema al de la hambruna generalizada y consecuente mortandad perenne de inermes en buena parte del mundo, a lo cual llamó: «Esta es la segunda forma vergonzosa de guerra global por cuenta de los mismos actores: los oscuros amos de las potencias, y con idéntico objetivo: la dominancia mundial a ultranza...».

Sustentó, también con cifras y fuentes, la manera como «...la pobreza en la mayoría de los países, a los cuales llaman eufemísticamente en vías de desarrollo —acentuó—, permite que esas potencias controlen a su antojo a las poblaciones más necesitadas a punta de migajas y miedo, no solo para que hagan y piensen como a aquellos más les conviene, sino en cuanto al número de personas, su ejército de obreros, que los son todos menos ellos, que es ‘pertinente’ que nazcan, existan, se mantengan, les produzca, se enfermen y mueran dónde, cómo y cuándo ellos lo determinen. De esa manera tan cruel engrosan las estadísticas tristes de la miseria humana en cada una de sus respectivas colonias. Lo que esgrimen, a su vez, como arma de poder para instar intimidar a la contraparte e infundir más miedo y autoridad impuesta entre sus vasallos, quienes los terminan idolatrando... ¡Los famélicos entienden que más vale una miga de pan o un salario de ruina que una muerte pendeja!», manifestó esto último algo apesadumbrado.

A esta altura del recorrido, casi a mitad de camino y en medio de un trancón monumental en plena autopista longitudinal que hiere la ciudad de extremo a extremo, aquel taxista, cual maestro orientando una cátedra magistral, juntó los dos temas anteriores con el siguiente, también con fuentes y datos, refiriéndose a este como: «La tercera estrategia de guerra inicua contra la humanidad inmersa en su marasmo es la capacidad de las potencias de atacar y controlar a la población con pestes y enfermedades incubadas de manera periódica, como la actual, lanzadas cuales misiles invisibles contra las trincheras masivas del rival indefenso alrededor del orbe, por cada una de las potencias enfrentadas... como si no les bastara la sinfonía de la miseria interpretada por doquiera para su deleite morboso. Esto lo hacen para demostrarse entre sí cuál es la más berraca, por ende, sanguinaria.», dejó escapar un ligero enojo en estas últimas palabras.

Este tema, el de la pandemia, por lo todavía supurante y amenazante, y tal vez por lo cerca de sus impactos; entre estos, varios familiares míos recientemente muertos por el virus e incinerados sin siquiera exequias; a diferencia de los dos primeros que sentía algo lejanos, «¡Problemas de otros!», solía decirme, me permitió dilucidar un poco mejor su postura e información que ya me reburujaba la mollera, sin saber lo que me tenía de colofón.

En ese momento la plataforma de apoyo de su celular indicó que en siete minutos y catorce segundos llegaríamos al destino, porque encontró un atajo con menos atascos.

—Sin embargo, señor —dijo una vez revisó la nueva ruta que aparecía en la pantalla de su celular, encaminándose hacia el desvío—, la peor de las guerras es esta cuarta: la pérdida de la privacidad y la esclavitud del ser humano por cuenta de la información que tragan y regurgitan estos bichos —mostró los cuatro dispositivos colocados de manera improvisada en el frontal del taxi.

—¿Se refiere, don Aristóbulo, a las redes?

—Es el arma perfecta de las potencias para atacar, contraatacar e intentar aniquilar al adversario poderoso, lo cual es poco probable que en el corto plazo suceda, porque cada uno de ellos tiene defensas y contramaniobras tecnológicas inimaginables para eludir cualquier ciber ataque y contraatacar a su vez. Por lo que, entonces, las potencias usan su frondío imperio, además de lo anterior, sobre todo para dominar y someter a sus antojos a las colonias, donde quiera que estén. Señor, el que controle la información, las rutinas y los secretos de la gente controla y se convierte en el amo del mundo. Esas corporaciones, en este momento, de lado y lado, saben todo de nosotros, mientras que nosotros de ellos casi no sabemos nada, ni siquiera nos importa.

—Eso es verdad —atiné a decir.

—¿Sabía usted, señor, que, por ejemplo, en este último año de pandemia, mientras la población mundial en general se empobreció, un buen trecho murió y la que se salvó lisiada quedó, no solo del tuste, también de sus gónadas, los cuatrocientos más ricos del mundo, de los que se tiene noticia, casi todos dedicados a la inteligencia artificial, por ende, a la captura y control de información, aumentaron en más de un cuarenta por ciento sus fortunas? A tal punto, que se tornaron intocables, inexpugnables.

—Algo escuché al respecto... no con tanta precisión de datos.

—Por esta razón, señor, si juntamos las cuatro guerras ajenas en las que está enfrascada la humanidad, que fue de lo que hablamos en este viaje que ya casi termina, todas al servicio de la sinrazón humana, la avaricia perpetua y la depredación del pedacito de universo que tenemos prestado para vivir, me temo que la única conclusión que de esto se puede sacar, es que estamos condenados a un régimen político universal en el que esa minoría poderosa, perversa y egocéntrica, ¡enferma del alma!, lo gobernará todo, con poder inmensurable: ¡el de la información!, sin someterse a ningún tipo de limitación. Además, esos cuatrocientos, tal vez quinientos ultra mega ricos, tendrán la facultad de promulgar y modificar leyes a su voluntad, por lo que todo terminará mal... y más pronto de lo pensado, incluso para ellos, así se escondan en los búnkeres sofisticados y lujosos que vienen construyendo y dotando o en las cápsulas espaciales actualmente en prueba.

—«Hemos llegado al destino, a la Clínica Odontológica de la EPSS Sanamos. La segunda cita de control de endodoncia del pasajero es a las 9:15 a.m., consultorio 402, con la doctora Ayala. Está dentro del tiempo, ¡felicitaciones!» —se escuchó la voz femenina de la aplicación.

 Me quedé sin palabras, por lo que solo pude preguntar, antes de disponerme a salir, por el costo del servicio. Cuando me dijo, abrí mi billetera, extraje algunos billetes y se los pasé, al tiempo que colocaba un pie en el piso. Fue cuando le pregunté:

—Disculpe, don Aristóbulo, usted... ¿qué carrera universitaria estudió y dónde ejerció su profesión?

—Me gradué de economista, hice una maestría en temas históricos y tengo un costalado de otros tantos pergaminos por ahí. Trabajé cuarenta años en el Instituto de Ciencias Económicas en el área de historia aplicada, donde terminé siendo su director, hasta cuando me pensioné...

—Pero —lo interrumpí—, entonces, ¿por qué ahora maneja taxi?

—Porque la verdadera ciencia económica, la historia humana y por lo general todas las del área social solo se viven, aprenden y disfrutan, no solo tras un escritorio o como ratones en una biblioteca, sino compartiendo con personas comunes y corrientes... como usted. En esto llevo siete años y lo considero como la investigación de campo del doctorado que siempre quise hacer sobre el comportamiento inducido de la humanidad y su inapelable autodestrucción en ciernes.

Anonadado, no solo por la conversación que me hizo ameno el recorrido, sino por su formación, experiencia profesional y la conclusión inusitada que me compartió aquel hombre, le di las gracias, me terminé de bajar, cerré la puerta y volteé para subir al andén. Cuando regresé mi vista con ganas de llevarme en la mente la imagen del taxi que me transportó, tal vez cinco segundos después, la calle esta estaba vacía.

lunes, 1 de noviembre de 2021

Matarratón

 Matarratón (sinopsis)

Ca

Carlos Alfredo Pataquiva se enfrentó a la más abyecta de las corrupciones oficiales, encarnada en la persona de David Túnez Congótez, conocido como el Viejo Tigre Montesiano. Este, senador de la República y gestor de las Fuerzas de Autoridad, Defensa y Control de Concordia (FADCC). Además, inescrupuloso hombre de negocios, rico e influyente, gracias a sus zarpazos dentro y fuera de la Administración Pública, que controlaba a como diera lugar, ajustando las normas a la “legalidad” que garantizara sus propósitos y ambiciones… o, cuando la primera estrategia no era suficiente o eficiente, extrajudicialmente, es decir, con entronques burocráticos, manejos electorales, coimas, presiones y, llegado el caso, con el trepidar de las armas que empuñaban sus mercenarios esparcidos a lo largo y ancho del país.

 

Carlos y el Tigre cruzaron sus vidas en el desarrollo de unas actuaciones disciplinarias. Al no acceder a las pretensiones del senador, el investigador entró en la órbita de la ignominia oficial que aquel le tejió, hasta llevarlo tras las rejas, su postrer y fatal destino. Misión que Túnez Congótez le encargó a Oskartes de la Santísima Trinidad Tajada Torres, jefe de procesos disciplinarios en el ministerio público. Oskartes, tras la efectividad en ese encargo, fue promovido por el Viejo Tigre como ministro de la Justicia y la Seguridad Interna de aquel país, a la vez que le abrió espacio como segundo en la jerarquía de la organización criminal (FADCC) que el senador comandaba. También, lo lanzó como candidato a la presidencia.

 

Oskartes asciende en la estructura política, económica y paraestatal que domina al país, amén del soterrado terror y sometimiento que infunden subconscientemente las FADCC, mientras Carlos se consume en la ignominia judicial que cada día le hace más difícil vislumbrar una salida de la encrucijada carcelaria que le procuró Oskartes. Situación que cambia al ingresar al escenario una ONG internacional, en cabeza de Rafael Bornacelli, un viejo conocido de Carlos, quien, tras enterarse de su caso, asume su defensa y avanza rápidamente en procura de su liberación. Sin embargo, enterado Oskartes, procede por todos los medios, pero, no solo para detener la excarcelación...

 

Oskartes gana la presidencia de la República durante dos periodos consecutivos, y dos más como segunda fuerza electoral nacional. Esto lo convirtió en el expresidente con mayor poder e influencia mediática, política y “moral”, incluso tras su muerte, pese al irreversible “descuadernamiento” social, institucional y económico del que fue objeto aquel país subcontinental durante su gestión.



Novela disponible en las páginas de: Autoreseditores y wrenciso.com


jueves, 30 de septiembre de 2021

La guala

 


Entonces tendría siete años. En la casa todos me decían Cáscara de Quiña. Apodo que me puso mi abuela materna dizque por lo inquieto, desobediente y burlón que era.

—A todo le saca gracia y cuento el condenado este —solía decirle mi abuela a cuanta persona iba a la casa, o nos encontrábamos en el pueblo—. Es más, si se descuidan —les advertía a las mujeres, sobre todo a las jóvenes—, en un santiamén se agacha entre las naguas y les echa muela.

Ese domingo en la tarde íbamos de regreso para el pueblo luego de habernos refrescado en una quebrada cercana. Aquel carreteable polvoriento, camino al caserío municipal, tenía al lado y lado, además de curva tras curva, debido a la topografía montañosa, monte, chamizos y árboles de todos los tamaños y especies tropicales.

Como siempre que íbamos de paseo a la quebrada, corría, partía en punta para llegar primero. Cosa que a mi madre y abuela no les gustaba; dadas las entorchadas circunstancias sociales y culturales de la época en todo el país, pero con más ardor enchipado entre connacionales por aquellos lares. Ellas, y todos en el pueblo, sabían que debían tener el ojo avizor para evitar que alguien intentase “algo” terrible contra sus hijos. Muy común en ese entonces por allá, y por toda parte, al parecer.

Pero yo era necio, o tal vez no entendía e inadvertía el peligro. Por ende, poco caso hacía de las amonestaciones. Esa vez salí corriendo al llegar a una curva pronunciada del camino; quería desaparecérmeles y esperarlas adelante, pese al grito de la abuela:

—Muchacho, ¡en esa revuelta, al atardecer, se aparece la guala!

Desde luego que hice caso omiso. Seguí veloz carrera y di la vuelta en el recodo, desapareciendo de la vista de todos… Fue cuando, de la copa de un guamo gigantesco, un inmenso y terrorífico pajarraco negro, tal vez de un metro, o más de longitud, con una cabeza de color rojo encendido y sin plumas, al verme desplegó sus alas, como de tres metros de punta a punta, cubriendo el sol y haciendo que su sombra fría me alcanzara.

Me detuve en el acto. O mejor sería decir: quedé petrificado, sin poder dejar de verle esos ojos negros y chispeantes. Su sombra me cubría, sentí frío. Saqué fuerza de donde no la tenía e intenté avanzar. Le demostraría que no le tenía miedo.

Al adivinar mi intención, pues no pude mover un solo músculo, dio una zancada y puso su pezuña derecha a menos de un metro de donde me encontraba. La otra seguía en la copa del árbol. Expelía un insoportable y fétido olor a azufre. Al estar tan cerca, me percaté, o creo que eso fue lo que vi, que era la bruja horrible que mi abuela describía cuando al atardecer de los venados nos contaba historias de terror, sentados en el quicio del ranchito en el que vivíamos.

Solo desperté, según me dijeron, media hora después de haberme recogido y llevado al centro de salud en el pueblo.

—No tiene nada —dijo la enfermera—, sus signos vitales están en buenas condiciones. Tuvo que haber sido algo que comió y lo indigestó.

Jamás a nadie le hablé de aquel premonitorio y terrorífico espanto.

Disponible en Revista Latina NC


martes, 28 de septiembre de 2021

¡Qué mujer!

 

Hilda María Enciso, 7-11-1935 / 07-09-2021


Ella es mi madre, una mujer sinigual, como ninguna, algo callada, quizá por el recuerdo de una infancia y juventud para nada fáciles, las que tuvo allá en su terruño natal. Pasado del cual pocos supieron; porque muy poco de ello se quejó. Su gran tristeza, esa que desde joven arrastró, que en silencio sufrió y lloró a más no poder, esa añoranza que solo a sus ojos dejaba asomar de cuando en vez, como sus trucos de magia, con nadie compartió.

Pese a su callado y abnegado pasado y por demás duro camino de la vejez fue un ser inmenso. Una mujer ejemplar de quien quiero exaltar sus grandes logros, de entre sus innumerables virtudes... Pero, discúlpenme. Son tantas las hazañas que mamá acumuló en el baúl de sus invaluables tesoros, que se me hace difícil seleccionar solo unas de estas. Sería injusto dejar de mencionar alguna; o dejar esta u otra en los recovecos del olvido, del sinfín de sus representativos aciertos cosechados a lo largo de su vida.

¡Ay!, ¡qué señora esta! Innumerables son sus virtudes y logros, pese a tantos tropiezos que también tuvo. Quizá entre sus más grandes hazañas está el hecho de no amilanarse frente a nada, de no apocarse, de no perder ese talante que a su vez inculcó en nosotros, en sus hijos. Enjundia que le permitió salir avante, soportando sola la pesada brega del destino, sin bajar nunca la cabeza al ser una mujer sin más apoyo que el de su férrea decisión de enfrentar la vida con infinita gratitud y gallardía.

Sí, que lo sepa el mundo: ella nos sacó adelante blandiendo airosa la espada de la honradez, el tesón y el amor por el trabajo digno, la superación, la constancia, la confianza en sí mismos y, sobre todo, la capacidad de crecer y superarnos sin necesidad de ofender ni dañar a nadie.

Familiares, conocidos, amigos: he aquí a una mujer de mil hazañas y arduas batallas dadas, casi todas ganadas a fieras dentelladas. Por lo que, quienes la conocimos y con ella convivimos, seguramente la llevaremos por siempre en el dintel de nuestros corazones, en el primer lugar, a flor de piel de nuestros recuerdos y afectos de infinita gratitud e inflamado orgullo. Máxima gratitud le adeudamos quienes estuvimos bajo su bondadosa y fiel protección, afecto, cercanía, ejemplo y armonía.

Por esto y todo lo que no he podido expresar en este momento, pues el sentimiento horada mi existencia y le desgrana lágrimas a mi compungida alma, así parezca y diga que he superado lo insuperable, madre mía, solo quiero agregar dos cosas para que el mundo lo sepa. Gracias por todo lo que en vida nos diste con desprendimiento y sin ambages de ninguna índole, sacándote el bocado de la boca... ¡literal! Gracias, mamá. Siempre estarás aquí, en mi corazón que desde hoy late a dúo con el tuyo, do quiera que estés y hasta cuando contigo me lleves bajo tu maternal abrigo. También, y porque muchas veces te fallé, además de no haberte logrado dar todo lo que te merecías y que en silencio infinidad de veces te prometí y el lomo me partí para conseguirlo, ¡sin éxito!, por favor… mamá linda, mil veces mil: ¡perdón!

Pronto estaremos de nuevo juntos... entonces será para siempre

martes, 31 de agosto de 2021

El invasor

 

Luego de un prolongado tiempo sin reunirse, como solían hacerlo al menos una vez al año, aquellos amigos de letras se volvieron a ver, pero a través de la pantalla.... y solo algunos de los que integraban el grupo base. A los demás fue imposible convencerlos para que se conectaran y acudieran a la cita. Estos lo lograron tras por fin entender a puño que, ante las adversas condiciones actuales, y sin saberse a ciencia cierta hasta cuando, los encuentros eran posibles de manera virtual; además de necesitarlos.

Eso sí, cada uno tuvo que valerse de alguien cercano que manejara esos vericuetos tecnológicos, y que estuviera dispuesto a brindar su apoyo durante la hora que programaron. Acordaron hacerlo así: virtual, al menos mientras pasaban los fieros embates del nuevo y reforzado contagio, o bajaba su intensidad y mortalidad. Algunas de las variantes que fueron apareciendo por doquiera, al parecer, no respetaban ni siquiera a los vacunados, así tuvieran el esquema básico completo. Protección que todos los del grupo tenían desde la segunda fase de inoculación inicial que dispuso el Gobierno para los mayores de sesenta años, además, porque cada uno de ellos padecía una o varias comorbilidades.

La algarabía suscitada al ir apareciendo uno a uno en pantalla fue casi infantil. Tampoco faltaron los comentarios subidos de tono, las bromas y hasta las lágrimas. Tenían acordado hablar sin agenda. Que cada uno dijera lo que quisiera, sin moderador, porque nadie le quiso ‘jalar’ a ese asunto. Tampoco, fueron enfáticos, hablarían de literatura, ninguno leería poemas ni apartes de sus obras. «¡Solo chismes!», precisó Tulia, la más veterana, en el grupo de WhatsApp que tenían, una vez aceptaron encontrarse de esa manera.

Regla que cumplieron en la primera media hora larga, durante la cual despotricaron del Gobierno por esto y por aquello, por hacer y no hacer. Criticaron la ambición y posición egocéntrica de las potencias, a quienes culparon de la actual debacle y de tener a la humanidad al borde de la extinción, no solo por lo del virus, sino por la contaminación del planeta a gran escala, residuo de sus patrocinadas guerras comercial y fría que agobiaban al resto del mundo, sobre todo a los de siempre, a los países pobres, que, según Rosendo:

—Los son todos, sacando a la veintena de siempre... y en especial a los siete u ocho poderosos y regentes del repelente club aquel de la ignominia mundial.

Luego, les dieron paso a noticias más cercanas, sobre todo, las de tantos muertos de familiares y conocidos por la acción del virus, que, dijo Tulia:

—Con el que, tal vez, tengamos que acostumbrarnos a convivir por siempre.

—Así como con otras tantas maluquencias asociadas y por llegar, según dicen —complementó Rosa.

Muertes, todas las que contaron, acaecidas en similares circunstancias dramáticas; y tan tristes y lamentables como las propiciadas, en casi mayor número a la del biológico engendro durante aquel lapso, por el imparable conflicto civil y armado no reconocido que desangraba a ese, a su país, el que le declaró la guerra a la paz, luego de haberla pactado tras casi un siglo de muerte.

—Fratricidio arreciado durante la pandemia, y que al resto del mundo parece no importarle un comino, pese a las visitas de entidades humanitarias internacionales, y a la infinidad de informes emitidos por organizaciones instauradas para tomarle el pulso a las imparables aberraciones humanas al interior de los regímenes democráticos, como suelen llamarse semánticamente la mayoría de dictaduras y corruptocracias, tanto de un extremo como del otro, sin faltar los que se dicen ser del centro, en gran parte de estos países subcontinentales —apuntó Rosa, la menor de aquellos escritores desconocidos, entrados en nostalgia social avanzada ante la pusilanimidad integral que también cundía por doquiera, con mayor acentuación en su atembado país, quizá por el perenne y ya consuetudinario fragor de las balas, que cuando no era por la televisión que las trasmitían los noticiarios al servicio de la plagada pauta comercial, cada vez más seguido se  escuchaban en las barriadas y calles cercanas, tanto en ciudades como en labrantías.

—Les propongo que dediquemos el rato que falta para hablar de nosotros, sobre todo, si a bien tienen, de lo bueno o malo que ha sido este lapso de casi dos años para nuestra actividad literaria. Algunas anécdotas que tengamos por ahí —intervino Abigail, promotora del evento, tanto los que hacían cada año, antes de la epidemia, de manera presencial, cada vez en un municipio distinto, como la impulsora de retomarlos virtualmente mientras se componían las cosas, si acaso eso llegase a pasar.

—Me parece interesante lo que propone Abigail —intervino Tulia—. Me imagino que todos tenemos algo para contar. Por lo menos, tengo que desahogarme con ustedes respecto de ese intruso que llegó con esta calamidad interminable.

—Creo saber de qué hablas, Tulia —repuso Alberto—. Tal vez, es el mismo que se hospedó en mi casa y que también tiene jodido a Rosendo, a quien este poco y nada lo deja avanzar en su nueva novela, como hemos hablado por teléfono varias veces.

—Debe ser el mismo camaján que me impide concretar los versos que ahora evitan entrar por mi balcón, desde donde converso con las montañas cuando quiero componer algo —apuntó Rosa.

—No sé si estén hablando del mismo entremetido que me tiene en ascuas desde cuando el Gobierno ordenó la cuarentena nacional y a mi hija le tocó trastear su oficina desde la comodidad infernal de su empresa a la minúscula sala de mi casa. Esto incrementó desorbitadamente los gastos de los servicios públicos y el del mercado, se perdió el silencio y la tranquilidad, por ende, la concentración y la inspiración —intervino Rosendo—, como algo al respecto hablamos con Alberto.

—Por un momento me desorienté —dijo María—, sin embargo, ya capto y creo saber de qué... o de quién están hablando. A mí también, ese invitado obligado me tiene en vilo y ha afectado, no solo mi producción literaria, también mis relaciones familiares.

—Me parece que todos —retomó la palabra Abigail—, de una u otra manera, coincidimos en que al tener que encerrarnos durante tanto tiempo en nuestras casas y vernos obligados a compartir espacios... o el ya no estar a solas durante gran parte del día, como antes, nos afectó en cuanto a la escritura y la convivencia.

—Les confieso que, desde cuando a mi hija le tocó trasladarse a trabajar a la sala de mi casa —retomó la palabra Rosendo—, todo cambió y nos afectó, tanto a mi señora como a mi hija y a mí.

—Cuéntanos, Rosendo —lo animó Miguel, el más parco de todos—, ¿qué pasó?, aunque, por mi experiencia, creo saber la respuesta.

—Mi hija trabaja en una corporación de abogados. Ella vive con nosotros desde la separación de su marido, hace unos años. Antes, todas las mañanas salía para su oficina y regresaba pasadas las ocho o nueve de la noche. Es decir, todo el día estaba por fuera, y en gran parte los fines de semana, los que solía pasar casi siempre con sus amigas. Mi esposa esperaba que yo regresara del gimnasio, al cual solía ir de cinco a ocho de la mañana, todos los días. Cuando llegaba, desayunábamos. Luego, ella también se iba para sus clases y ejercicios en el mismo lugar. Volvía sobre el mediodía para hacer el almuerzo o para salir conmigo a restaurantes cercanos. En las tardes se entretenía tejiendo para los nietos y haciendo otros quehaceres, hasta entrada la noche cuando, juntos, nos íbamos para la cocina a preparar la cena, ver televisión y esperar a nuestra hija. En síntesis, yo tenía más de ocho horas de emancipación en mi estudio para estar a solas y en conversación con el silencio. De esa manera solía toparme a diario con la voz de la inspiración, arrullo literario que solo es posible en la intimidad... ojalá en las mañanas y en las tempranas horas del atardecer, por lo menos en mi caso. ¡Era tan feliz así!, y desde cuando me retiré del trabajo y me dediqué a mis cosas: escribir y leer, hoy por hoy mi máxima satisfacción, además de seguir vivo y haber hecho bien todo lo que hice, sin menoscabar ni pisar a nadie... hasta cuando apareció aquel ruido intrusivo.

Rosendo hizo una pausa en su relato. Parecía consternado... ¡y lo estaba! Sus contertulios virtuales le respetaron su introspección, razón por la cual ninguno musitó palabra. Tal vez porque esa historia, y cada uno así lo asimiló en sus adentros, sin estar terminada; porque no necesitaban escucharla toda, tampoco su final para saber lo que restaba, en lo que terminaría; de alguna u otra manera era la propia, la que todos estaban viviendo... ¡padeciendo! a su manera y circunstancias, y con al menos un resultado común: la estaticidad en su producción literaria.

Ninguno de ellos, sin haberlo comentado, durante ese lapso que llevaba la pandemia que impuso en el hogar el teletrabajo y el estudio en casa, junto con la ruidosa estrechura de la vida familiar confinada, había logrado terminar, ni siquiera avanzar, el proyecto en curso, mucho menos alguno nuevo, precisamente por la irrupción en sus vidas y espacios de aquel inexorable intruso que ahuyentó a sus respectivas musas de sus lugares de acuartelamiento literario, ahora de encerrona social.

Parálisis literaria que les afectada peor que la peor de las maluquencias y dolamas de la tremebunda vejez que les coqueteaba en los huesos y vísceras, más lacerante que las estadísticas trágicas del amordazado conflicto connacional, ahora sumadas con las del contagio incubado, sobre lo cual todos ellos escribían con sentidos versos, unos, y supurantes párrafos de nostalgia social, los otros.

—Hemos escrito, ayer y hoy, y lo seguiremos haciéndolo hasta el fin, de alguna manera, sin importar que nadie nos lea, no solo por ser desconocidos, por no pertenecer al gran cartel de las vitrinas, al no hacerlo para alguno de los amos de la infamia, sino por aquel síndrome del propiciado desgano de lectura, sobre todo en la juventud, condenada esta al oscurantismo que conlleva la maraña tecnológica y la manipulación de la ignorancia dentro de las masas para mantener el poder en pocas manos, en las de siempre, en las de la artera minoría... —reiteró Abigail, como solía decirlo y cantarlo cuando se lo permitían, por lo general en aquellos refundidos encuentros literarios en pueblos apartados de la geografía nacional, al menos una vez al año y antes de desencadenarse la pandemia.

Cuando, al parecer, Rosendo remató su sentida disertación y entró en nueva introspección, los otros integrantes de aquella video conversación comprobaron lo imaginado desde el comienzo: la historia de su contertulio, y desde marzo de 2020 a la fecha, con algunas diferencias muy particulares, era similar a la de cada uno de ellos. Los espacios y libertades que hasta entonces conquistaron y que utilizaban después de viejos para, sobre todo en las mañanas cuando eran más productivos en cuanto al garrapateo de versos y frases errabundas, fueron invadidos por algunos de sus hijos, nietos u otros familiares quienes tuvieron que instalar en la sala, el comedor, las alcobas, las terrazas, los balcones y en cuanto espacio libre había, la parafernalia laboral o de estudio, para cumplir con sus obligaciones que antes hacían en sus empresas o establecimientos educativos.

No solo fue aquella bulliciosa intromisión la que afectó, y de qué manera, a estos escritores poco y nada conocidos en el mercantilizado mundo de las letras. Con esta se les incrementó el gasto doméstico integral en cada una de sus casas, se les disminuyó el ingreso familiar y, lo peor para estos, la inspiración se les volvió esquiva y celosa, porque esta poco aparece cuando hay ruido, menos, cuando el que escribe tiene apretujada compañía y telarañas en su pensamiento.

Tras una lánguida despedida, prometiendo volverse a conectar en un mes, ¡tal vez!, uno a uno fue cerrando el enlace hasta solo quedar conectada Abigail. Tras un suspiro añejo y profundo, y una lágrima que no pudo contener, por lo que esta rodó con prisa a través de las eras de sus mejillas acaricidas por la edad que se empeñaba en anunciarse a toda costa, la poetisa líder apagó su equipo y se hundió en la mar de la soledad interior donde mejor solía sentirse, mientras trataba de encontrar motivos para sobrellevar su compleja vida... y seguir plasmando en versos sus pasiones más que resecas.

Relato disponible en Revista Latina NC

domingo, 15 de agosto de 2021

Riu Bambu



Mi por siempre esposa mía, el azul ensueño de este mar sinigual, profundo de noche, transparente de día, así como la rumorosa brisa que por doquiera nos acompaña y refresca el cansancio que producen tantos pasos dados, parecen saber que, cuarentaicinco años atrás, nos juramos amor sincero... ¡el que a toda costa hemos mantenido incólume!

En ese entonces era difícil predecir por cuál camino la vida nos llevaría. Tampoco, por cuánto tiempo esta hermosa aventura duraría. Lo que sí los dos sabíamos, porque en los huesos lo sentíamos, era que, sin importar las tempestades ni las caídas, uno al lado del otro siempre estaría, no solo para brindarnos la mano y grata compañía, sino para reconfortarnos con esos besos y pasiones que... ¡y todavía!, nos estremecen como el viento a los cocoteros, así estemos a solas, a escondidas, como ahora en este hotel de quimeras refundidas que por doquiera impregna magia, romance, lírica, deseo... ¡ambrosía!

Amarnos y ser felices por siempre uno junto al otro nos juramos, que era lo único que en ese entonces teníamos y ofrecernos con devoción podíamos. Así lo sellamos con besos y caricias cuando, tras el magnánimo sí que me diste en aquel agosto, cuarentaicinco años hace, tan vívido, cual, si fuera hoy, al cielo miramos y estos mismos tres luceros centuriones vimos, los que siempre encima de nosotros titilan, do quiera estemos, como ahora aquí, en Playa de Arena Gorda, celebrando un nuevo aniversario.

Por todo lo vivido y por vivir, mi por siempre esposa mía, antes de aceptarle la invitación a esta noche de fantástico caribe para ir a travesear como cuando jóvenes, te reitero la promesa, no solo de amarte por el resto de nuestros días, también, que este renovado pacto de amor trascenderá nuestras corpóreas existencias. En constancia, queda impreso para la eternidad en cada rincón y espacio del Riu Bambu, testigo mudo de esta pasión perpetua que, inexorable, contagiará a cuanto enamorado transite por acá.


domingo, 1 de agosto de 2021

La tiendecita

 

Con esto de las comunicaciones en tiempo real la vida cambió dramáticamente, literal: ¡le dio una voltereta a la humanidad! Con mayor razón, con lo del inoculado virus, arma mortal en esta guerra prolongada, y por demás injusta, entre potencias a la siga de mayores rendimientos económicos a costa de la salud y hasta de la vida, sobre todo las de los sin nada, también las de los que dicen tener algo, pero que jamás les será suficiente, siendo esta su mayor pobreza, lastre social y condena inexorable. Es posible que este efecto, el del virus en letal soporosa mezcla con la abrumadora tecnología y la insatisfacción perenne, sea más notorio... ¡y dramático!, para los que llevan arriba de cinco décadas de vida.

Estos, de mozos, incluso de adultos jóvenes, por las décadas del setenta, ochenta y noventa, cómo, cuándo se iban a imaginar que alguien con algún tipo de aparato, desde allá, desde la intimidad de su hogar, o desde cualquier refundido rincón (con mayor razón en estos tiempos de encarcelada agonía cuando hay que andar huyendo del contagio vaporoso) escribiese un mensaje y este le llegase al instante a un montón de personas, impactándoles hasta los tuétanos.

Tanto para bien como para mal, la enredadera de la tecnología esto hoy lo hace posible... siempre y cuando haya conexión y el sistema imperante en cada país, mediante sus escuchas soslayadas, así lo permitan.

Es una realidad inapelable y la mayoría de cincuentenos, y otro tanto de ahí para arriba, lo están viviendo... y a veces sufriendo con añejada nostalgia. Como les pasó a varios amigos de antaño que pertenecen a uno de esos grupos de WhatsApp, entre la infinidad que existe alrededor de este mundo preso del fabricado biológico aquel, de la nostalgia social que desestabiliza el ánimo, así como de la maraña de la cual, tal parece, nadie escapa.

Uno de esos mensajes lo escribió Israel hace poco, tal vez sin imaginarse, como tampoco pretender el desencadenamiento que entre sus amigos provocó.

—¡Cómo extraño aquellos tiempos en que en este grupo nos la pasábamos mamando gallo y compartiendo mensajes anodinos, a veces algunos pasados de pornografía, política destructiva, religión y, en general, cosas buenas, malas y regulares! Sin embargo, ahora mismo da tristeza abrir el chat y encontrar noticias lamentables de todos los talantes... entre otros, los que dan cuenta de la pérdida de amigos, familiares y conocidos a quienes atacó el COVID o alguna de las tantas maluquezas de la vejez.  Siento tristeza por personas que, como Jaime Lazo, parte para siempre. A pesar de que hace muchos años dejé de verlo, el aprecio por él se mantiene vivo, jamás disminuyó. Mis saludos a su familia, así como a cada uno de los integrantes de esta, la hoy tan golpeada comunidad de amigos, conocidos desde las postrimerías de los años setenta.

Mensaje que casi al instante Mauricio respondió desde alguna parte, tal vez desde su fortín de guerra virtual:

—Sí, Israel, muy cierto. Estas noticias parten el alma y el corazón. La tristeza nos embarga... pero es una realidad que día a día tenemos que vivir de ahora en adelante, cada vez más seguido e impactante, mientras nos llega el turno de salida. Por eso tenemos que estar preparados y en paz con todos y con todo, así como con nuestro Padre Celestial.

Poco menos de dos minutos después, y desde alguna otra parte, talvez desde el lugar donde prepara sus clases de electrónica aeronáutica, Carlos se despachó:

—Mauricio e Israel, cordial saludo, comparto sus escritos, todavía más por lo que acabo de pasar en mi dolorosa urgencia que me implicó someterme a un cateterismo, para el cual no estaba preparado... ¡¿y quién lo puede estar?! Sin embargo, lo superé... ¡gracias a DIOS! Por lo que ustedes dicen, y por muchas otras situaciones de la vida, es por lo que debemos disfrutar del día a día, ¡mientras podamos! Un saludo especial para todos y «compartamos un tintico virtual», como dice Jorge cada mañana por este canal, abrazos y saludos, amigos míos.

Descargado por fin de las labores de transportación aérea que ejerció desde los años ochenta hasta casi los veinte de esta desbordada centuria, y así como habla, Cañitas escribió, quién sabe desde dónde, tal vez desde su pueblo natal en las entrañas de las montañas en eterna primavera:

 —Doctor Israel... y también para todos mis Aeroamigos, muy bueno es recordar esos momentos hermosos que vivimos de cuando muchachones. Leyendo lo que publican evoqué cuando en los cursos de capacitación y promoción nos volvíamos a encontrar y, luego de clase, sobre todo los viernes, y no pocas veces entre semana, nos sentábamos en la tiendecita de don Augusto, era la primera después de nuestra alma máter, a disfrutar de unos muy buenos aguardienticos.

—Allá en esa tiendecita más de uno se pegó una que otra tremenda borrachera —replicó Pablo a la distancia ignota, seguramente muy abrigado para evitar el frío que tanto lo afecta y del que se debe cuidar para evitar posibles recaídas.

—Así fue, me consta, más de uno se emborrachó en esa tiendecita de don Augusto —apuntó Toño, quizá desde los Llanos de Oriente, su refugio desde cuando superó aquello que lo postró en la juventud y adultez temprana, por lo que, en agradecimiento, y para evitar reincidir, se dedicó a rescatar jóvenes de la calle, afectados con aquella complicación, tan rentable para los mercaderes de la muerte y la devastación social—. Además, porque a todos nos fiaba. Él sabía que cuando nos pagaban, allá caímos siempre, y no solo a saldar la cuenta, sino a pegarnos otra borrachera y a dejar gran parte del sueldo.

—A don Augusto, además, también le gustaba el aguardientico... recuerdo a dos jóvenes muy bonitas que nos atendían —agregó Eduardo, probablemente desde, según él: «la capital petrolera», refiriéndose a un caluroso y lejano poblado al sur del país. Por allá se compró una casa veraniega y se fue a pasar la cuarentena nacional huyéndole al contagio, el que al fin y al cabo lo atrapó por esos lares y casi se lo lleva, de no ser por su fortaleza física y las gestiones hospitalarias de una de sus hijas, la médica, amén de la cadena de oraciones del grupo.

—Eduardo, me imagino que se refiere a Tatiana y a Adriana, las hijas de don Augusto —complementó Pablo.

—A mí me gustaba una que era gordita y blanquita —escribió Toño.

—Ella es Tatiana, la que le fiaba los almuerzos, Toño, —le precisó alguien más que participaba en la reunión virtual, pero quien aparecía sin nombre, solo su número del celular en el directorio del que seguía sin participar, también a distancia, la conversación escrita.

—Esas dos jóvenes terminaron casadas con colegas nuestros, de otros cursos... creo que todavía viven con ellos —precisó Pablo.

—En esa tiendita, además de aguardientico y almuerzos —Eduardo compartió un audio con un halo de nostalgia, casi visible—, vendían unos roscones muy ricos, así como los mejores bocadillos con queso que me haya comido en toda mi vida.

—En esa tiendecita —escribió Jorge, quizá al lado de su reina y su princesa—, disfrutamos mucho de los desayunos y almuerzos que vendían, hasta que por lo riguroso de las licencias les cancelaron el permiso de restaurante.

—Me contaron que a Pablo le gustaba una de las primas de las hijas de don Augusto, ¡la bizca! —irrumpió Juan, como siempre, con dejo de sarcasmo, como solía hacerlo.

A continuación, escribieron unos cuantos mensajes sobre aventuras donjuanescas de aquella época, así como chistes y bromas que se hacían unos a otros y, en especial, trajeron a colación lo de ciertas jóvenes muy populares en las inmediaciones de su aula máter, quienes buscaban en aquel grupo de amigos diversión pasajera, algunas, otras, quizá, la esperanza de un futuro promisorio con alguno de ellos.

—Definitivamente, yo era muy ingenuo, nunca me di cuenta de esas historias —escribió Lucho, tal vez desde su cómodo apartamento en el norte de la ciudad capital.

—Lucho, ¡pues claro!, porque eras el más joven, juicioso e inocente del grupo, ‘el chupo’, como te bautizamos —le respondió alguien—. Además, «yo llegué solo», o eso era lo que solías decir para evadir compromisos riesgosos cuando te proponíamos ciertas pilatunas que por tu edad nunca te animaste a hacer con nosotros, los mayores.

—¡Qué relatos tan bonitos! —escribió Mario resguardado en el Batán, ya bastante recuperado, y a quien fue el primero de aquel grupo a quien le dio el COVID que casi se lo lleva.

—Sé que se acuerdan de nuestro líder y querido amigo Eutimio, que en paz descanse, y quien para ese entonces decía andar sin plata —retomó la palabra escrita Cañitas tras dejar que los otros lo hicieran por un buen rato, algunos con nostalgia, otros con gracejo o burla, pero, eso sí, como fuera, la nostalgia se hacía cada vez más notoria en cada palabra que aparecía en la pantalla—. Él fue nuestro calanchín, por lo que, si donde don Augusto se acababa el guaro, iba y nos lo compraba en otra parte.

—En la siguiente tienda, pegada a la de don Augusto, también vendían cervecita y aguardiente —agregó Álvaro.

—Así es, Álvaro, allá también nos jalamos unas cuantas... —al rato le respondió Cañitas—. Lo cierto es que Eutimio, con sus orejitas pequeñas y su jeep viejo de color azul, me acuerdo cómo si fuera hoy, andaba con la Biblia bajo el brazo, porque desde antes de graduarnos se le dio por leerla toda, y varias veces. Con unas hojas se suponía que identificaba el salmo que de pronto nos quería compartir, o donde nos decía que iba o había parábolas interesantes.

Como Cañitas escribía mensajes entrecortados, entre otros tantos que se le cruzaron de otros participantes, uno fue el del Muñeco Sierra, el de la voz sonora que se escuchaba hasta cinco cuadras de distancia. Le decían así porque a todos sus amigos más cercanos los trataba de esa manera cariñosa: ¡mis muñecos!  

—Hola, ¡mis muñecos! —escribió, tal vez desde las orillas del río de la patria, en su tierra natal, donde fue candidato al concejo en las pasadas elecciones—, aprovecho para saludarlos y darles agradecimientos por el apoyo brindado a mi sobrino. En cuanto al comentario de la tienda de don Augusto, recuerden que ellos antes la tenían diagonal a la Virgen, al lado izquierdo. Era una casa de bahareque, de color blanco y verde. Allá nos prestaban una habitación para cambiarnos de ropa y descansar... De esa y de la nueva casa, pegada a nuestra alma máter, a donde luego se trasladaron, tengo un buen recuerdo de Chuchito Arteaga, que en paz descanse. Su partida aún no la supero, ¡casi que ni la creo! Ahí él solía quedarse a tomarse algunas cervezas, por lo que no entraba a clase de inglés. Le alcahueteé varias veces y le presenté trabajos y notas en grupo. En el 2008 me encontré en esa tienda a Eutimio, fue la última vez que lo vi. Entonces, lo invité a departir unas cervecitas. Estuvimos hablando y recordando viejos tiempos. Además, me dijo que estaba trabajando en la emisora del pueblo —a través de la lectura de su mensaje se percibía, no solo el murmullo del majestuoso río y su olor a bocachico, sino el hervor de la nostalgia con la cual estaba escribiendo, era evidente—. Ese recorderis fue muy agradable, así como emotivo es compartirlo ahora con ustedes, ¡mis muñecos del alma!

—En más de una ocasión me percaté de que esas hojitas dentro de la Biblia no eran para separar en donde iba, tampoco, para marcar parábolas especiales —continuo el mensaje entrecortado de Cañitas—, eran esquelas que Eutimio tenía para enviárselas a una amiguita del pueblo. Alguna vez me dijo: «Cañitas, ayúdeme a escribir algunos versos de amor. Usted sabe que poco coordino el pensamiento con los escritos que quiero enviarle a esa diva...». Por supuesto que le ayudé, ¡y más de una vez! ¡Ay!, cursitos, sí, lo hice más de una vez en esa gran mesa de la tienda de don Augusto donde nos reuníamos a departir... Qué ratos tan agradables vivimos en aquellos tiempos, doctor Israel Páez, Henrry: Tarzán, mi hermanito Eduardo, mi Guti del alma, Golondrino Torres, Israel López, quien también descansa en paz... y muchos más. No saben cuánto los extraño. Leyendo al doctor Páez me entraron ganas de un amarillito para calmar el vacío... porque cuando leo lo que todos escriben por aquí, siento sus voces en mis orejas y se me acelera el mango. Sí, lo reconozco, me dio nostalgia y recordé también al doctor Wilson, sobre todo por lo de los escritos que publica periódicamente y nos comparte... espero que este también lo plasme... ¡discúlpenme las berracas lágrimas!, con la tristeza que se siente al recordar aquellos momentos idos y que solo volverán al echar hacia atrás la mirada del recuerdo, o al leerlos de su pluma de oro... «Un súper abrazo para todos, toditos, todos», como dice Henry... y sin jamás olvidar a mi otro gran hermano Jorgito ‘Manotas’, también a Villalobos, otro integrante de nuestra hermosa mesa del recuerdo. ¡Son tantas las remembranzas de aquella época cuando los encuentros y los amigos eran reales y cercanos y las bebetas eran siempre en compañía! Bueno... y antes de que me dé la chilladera y me toque empacarme aquí solito otro amarillito en las rocas, recuerdos para sus hermosas familias, los quiero y los extraño mucho. Espero volverlos a ver... ¡siquiera una vez más!, como en aquellos tiempos y en torno a esa vieja mesa donde don Augusto, quien también descansa en paz.

 Tal vez por las evocaciones de los queridos y jamás olvidados Eutimio, Chuchito y Jaime, o quizá por lo tarde que era: once y media de la noche, de pronto por la nostalgia social que se hizo más notoria, casi visible y olorosa a rancio pasado, o por la recomendación del especialista en medicina familiar que todos en aquel grupo de WhatsApp, para entonces, consultaban por los achaques y la reformulación cuatrimestral, en el sentido de no trasnochar, ni tener sobresaltos u otras cuestiones para evitar peligrosas subidas de tensión, o infartos como el reciente que sufrió Carlos, la pantalla se fue quedando muda, en estridente silencio escrito.

Relato publicado en Revista Latina NC