sábado, 1 de agosto de 2026

Narración romántica No. 178

 

Irene, diosa griega*

Confieso que al leer una historia armo en mi mente la figura y compostura de los personajes. Echo mano, en parte, de las descripciones de los autores. Por lo general, tales fantasías suelen cautivar mi ensoñación; a tal punto que, no pocas veces, de estas quedo prendado. Sobre todo, cuando son protagonistas de alguna de las obras de la inmarcesible literatura universal y, con mayor placer, si de la griega antigua se trata.

Acomodo a criterio y placer las facciones y personalidades que de pronto el magno autor dejó de estos para que lo lectores se los ingenien. O que estando narrados al detalle me parecen que podrían tener este o aquel otro retoque para mi recóndita fascinación. Tal vez, por mi exigente pasión, casi nunca, o me fue intrascendente hasta ahora, me topé con un ser real que se pareciera a algunas de mis más que guardadas quimeras.

Sin embargo, mientras sangre nos fluya por las venas, para todo habrá siempre una primera y ensortijada vez.  

De las más apreciadas y escondidas creaciones que mi mente ha gestado, está aquella desde cuando me embarqué en el más sublime de los poemas épicos rumbo al Jónico. Piélago que aquella virtuosa de la fidelidad conyugal, desde su encrespada isla contempló durante veinte años a la espera de ver aparecer el barco de su amado marido. Solía hacerlo tejiendo y destejiendo la tela para evitar los arteros lances del ejército de sus aciagos pretendientes.

Divina creación pincelada en letras como una de las mejores de las acuarelas que haya escrutado en obras literarias. Por mi manía de retocar personajes, en mi mente ideé a la esposa del rey de Ítaca como una beldad sin parangón... y solo para mí, los dos a solas en los socavones del hedonismo.

Jamás imaginé que alguna vez me toparía con un ser real que a mi literaria fantasía representase tanto... ¡y de qué mágica manera!

Pero... así fue, y precisamente ocurrió durante la celebración virtual en un cumpleaños que un grupo de amigos de letras, de al menos tres continentes, le hicieron a la escritora, poeta y traductora griega Irene Doura-Kadavia, residente en Atenas. Evento al cual fui invitado.

En algunas ocasiones similares, vía Internet, habíamos coincidido. Sin que en esas oportunidades a mi observación hubiese, del todo, pasado inadvertida. Algo del bucle de su luz, entonces, alcancé a vislumbrar y, en principio, hasta llegué a fantasear con mi vieja creación de musa helénica. Eso sí, sin dejar que tal entelequia se asomara siquiera a las pupilas de la cárcel de mis sentimientos, donde hasta entonces pernoctaba.

Pero, esta vez, cuando fue la protagonista del evento, sin poder esconder su asombrosa figura y atributos intelectuales entre las imágenes difusas de los demás participantes que titilaban en la pantalla del procesador, tuve la develada certeza de que aquella diosa griega existía, además, con el nombre que hoy más que nunca el mundo necesita y aclama: Irene, la mensajera de la paz. 

*Foto cortesía de Irene Doura-Kadavia, Atenas, Grecia.

sábado, 4 de julio de 2026

Solo libros

 

Biblioteca Municipal Bituima, Cundinamarca

Producto, según los expertos, del inestable e incierto cambio climático, aquella mañana capitalina era friolenta y lloviznosa. Cuando al fin amainó la ventisca los dos viejos conocidos salieron de sus apeñuscados conjuntos residenciales y se dirigieron al parque cercano. Allá se encontraron tras unos veinte minutos de medicada caminata.

Se saludaron y abrazaron con marcada efusividad. Luego, como solían hacerlo, buscaron una banca para sentarse y hablar un rato antes de regresarse a sus respectivas prisiones caseras… sus domicilios. Así, sin decírselo a nadie, cada uno lo consideraba tras jubilarse.

—Bueno, ¿y cómo le fue a tu candidato en estas elecciones? —preguntó el de, al parecer, menor edad; tal vez dos o tres años.

—Creo que quedó como de quintas; a más de un millón y piola de votos de los dos que puntearon en esta vuelta.

—Era de esperar. En este país del Espíritu Santo las maquinarias sí que son efectivas.

—Estas, desde luego, logran tal efectividad electorera gracias a la infalible combinación entre insipiencia política y la manipulación mediático-estomacal de las ahuchadas masas que salen a votar, ¡incluso uniformadas!; tal y como les inculca este o aquel otro quimérico profeta social… en particular, el peor tartufo de la política actual.

—¿No te estarás refiriendo, como lo haces siempre, al sempiterno doctor Uribia Morales? En estas elecciones a la candidata que este impuso y apoyó abiertamente le fue como a los perros en misa.

—Vieja estrategia de gamonal subcontinental.

—¿A qué te refieres? Me parece que el reinado del viejo zorro aquel, durante casi cuatro décadas, llegó a su fin. Porque, además de la ínfima votación lograda por su pupila, los dos que partieron en punta están más que abiertos con él. No quieren saber nada que huela a su achacada y rimbombante colectividad seudodemocrática.

—Precisamente esa es la sensación que era menester inculcarle en la mollera a este pueblo ignaro. Llegó el momento de que aparezca otra nueva o reencauchada colectividad, con líder fresco al frente.

—¿Entonces?

—Detrás de este personaje, así como de casi todos los que en este país suelen figurar en el ámbito politiquero, están unos cuantos verdaderos poderosos… ¡los amos del país!

—¿Te refieres al poder económico?

—Tú lo sabes. Son ellos los que deciden y disponen todo lo que sucede en estas tierras tropicales, bueno o malo, real o fantástico, legal o ilegal, con tal de que sus bolsas insondables sigan creciendo en la impunidad, y sin control ni talanquera alguna.

—Entonces, ¿de qué se trata la nueva jugarreta?

—¡Nada nuevo!

—¡Explícate!

—Que nuestro sempiterno adalid, además de haber envejecido, presenta flaquezas fétidas e irregularidades inocultables, por lo que es el momento de buscarle un reemplazo tan efectivo, demagogo y perverso como él.

—Pero… ¡cómo así! ¿Quién sería?

—Mucho me temo que, precisamente, el que partió en punta en este proceso, al ser un aliado en todo aspecto del arrugado adalid de marras, pertenecer a la cofradía de amos del país y encarnar desde el comienzo de esta contienda electoral a su candidato en la sombra, vendría, también, a ser su reemplazo en poco tiempo.

—Si fuese como lo elucubras, ¿habría alguna posibilidad de que este, cuando le toque la Presidencia, resolviese el caos y las necesidades en las cuales se consume este país… o al menos la situación de las clases media y baja?

—La de la inmensa y mensa mayoría, querrás decir.

—Como quieras llamar a quienes siempre pagamos los platos rotos de tantos malos gobiernos que hemos tenido.

—Mira, los problemas de fondo, los que están acabando y volviendo añicos la vajilla completa de la hacienda patria, no los resolverá él ni nadie, en tanto este país que lo tenía todo, gobernado a fierro por tartufos al servicio de ególatras insaciables, siga padeciendo y engüerando en sus generaciones las dos peores flaquezas nacionales, al parecer incurables e irreversibles.

—¿A qué flaquezas te refieres?

—Al quebranto colectivo del libre albedrío y al peor de los cánceres sociales: ¡la carencia de amor patrio en contubernio con la dilución amañada de la memoria histórica!

—¡Ah!, ya veo. Pensé que ibas a decir que el desempleo, el subdesarrollo, la corrupción, la pobreza… entre otros tantos flagelos que nos agobian.

—Estas que mencionas, así como el sinnúmero de falencias que nos subyugan y hacen apolillar el crecimiento y la bienandanza sociales, tienen como papá irresponsable al desamor patrio y como celestina progenitora a la falta de libre albedrío, en concupiscencia con ‘El frío del olvido’*. Todos estos vienen siendo extirpados hace rato de nuestros genes nacionales. El termómetro más indicativo de tal ‘Entropía’** es la rampante e incontenible inseguridad, cada día más agresiva y cercana. De esta acabo de ser víctima.

—¡Cómo así!, ¿qué te pasó?

—Que mientras fuimos este domingo a ejercer nuestro derecho electoral, una banda de ladrones ingresó a los sótanos de la copropiedad donde quedan los parqueaderos y los depósitos de trebejos.

—¿Qué les robaron?

—A nosotros… ¡nada! Solo hicieron añicos la puerta del depósito y rompieron unas cuantas cajas y estantes que mantengo de piso a techo.

—¿Y el carro?

—Lo estábamos usando para ir a sufragar. A otros copropietarios les rompieron los vidrios de los carros y se les llevaron artículos costosos que allá tenían guardados.

—Me alegra por ustedes y lamento la pérdida sufrida de sus vecinos… ¡Un momento! Me acabas de decir que tu depósito estaba atiborrado de cajas y que destrozaron algunas, pero que no se llevaron nada.

—Solo desgarraron unas cajas y revolcaron estantes. Lo demás ni lo miraron.

—Me mata la curiosidad…

—Pregunta.  

—¿No se llevaron nada, pese a tener el depósito lleno… verdad?

—Así fue.

—Pero, luego… ¿qué es lo que guardas entre ese montón de cajas y estantes? ¡¿Qué encontraron los cacos esos?!

—Solo libros. La mayoría de literatura universal: novela, teatro, cuento y poesía.

—En este país los delincuentes y la literatura poco y nada amigos son. Casi ninguno lee, mucho menos se ilustra.

—No solo los delincuentes, esta, nuestra sociedad subcontinental en general, de las bellas artes, menos si de leer se trata, nada quiere saber… ni siquiera de oídas.

—¡Qué triste, ¿verdad?! Entonces, o eso creo, por eso solo abrieron algunas cajas y las otras las dejaron intactas. 

—Como ya casi nadie lee, los libros dejaron de ser atractiva y nada rentable mercancía, por lo que en el comercio es poca, muy poca, casi nula su valía.

—Pareciera ser que, literatura, política y democracia, antagónicas son de la subcontinental como apestosa politiquería que por doquiera se practica hoy día.

—Lo dices tú. Nadie mejor, ni siquiera yo, así de claro lo concluiría.

* El frío del olvido, Enciso, Wilson Rogelio, Pukiyari Editores, 2019.   **Entropía, Enciso, Wilson Rogelio, wrenciso.com, 2024.


lunes, 1 de junio de 2026

Aquel día

Que al final de los adioses del olvido alguien disperse por doquiera mis cenizas, para que la brisa que besa el Alto del Vino se impregne con sonatas, versos y sonrisas…

Bucólico paraje donde, en una lomita, ¿recuerdas?, quise hacerte un tibio nido, para encerrarnos allá, en soledad furtiva, a gritar con letras y besos este amor vivido.
Esa tarde, al final de los adioses del olvido, prohibidas quedan misas, coronas y tristezas. Que sean frases de mis autores preferidos las galas de mi alegre y eterna despedida.
Aquel día, que nadie sufra ni llore mi partida. Que del todo, de este mundo no me habré ido. Escrita quedó nuestra historia… con sus heridas, junto al sinfín de momentos gratos compartidos.
Que al final de los adioses del olvido alguien disperse desde lo alto mis sentires. Que lo haga allá, donde quise fabricarte un nido, para arruncharnos, escribir, y ser aún más felices.

¡Que nadie esté triste ni llore mi partida! Ahí, en cada letra que escribí, plasmé mi vida, esa que, gracias a ti, amada mía, tuvo sentido. De no ser así, nada en mí igual hubiese sido.
Aquel día, que todos tiriten, pero de alegría. Que entonen lindas canciones y bellas poesías. Que evoquen siempre las historias que un día… ¿recuerdan?, les escribí e hice pasar por mías.
Para que entre la neblina sea mi postrer destino, que alguien verseando a Neruda disperse mis cenizas. Que lo haga desde la casa centinela del Alto del Vino. Así volarán mis letras en la rima del frío con la brisa.
Prohibidos quedan rezos, llantos, flores y flaquezas. Aquel día, quiero sentir en el aire el poema de tu voz. Que el frío viento se lleve en sus alas nuestro amor y les cuente a todos que fue un idilio de mágica belleza.
Que alguien disperse por doquiera mis cenizas…

La vida


 Intenta aprender…

Cuando apacigües el alma, cuando disfrutes la tarde caer, con corazón henchido de calma… Y esos recuerdos dejen de arder, la esperanza volverá, la carga se aliviará y la luz del mañana, sin prisa, te inspirará.

¡Esperado y esquivo momento de mero placer!

Para entonces, quizá estés muerto, o, por ahí, soñando despierto… Mas, no importa, habrás entendido que, aunque nacer no pedimos, la vida es un don incomprendido, del cual, buen uso… poco hicimos.

¡O no quisimos… o nada intentamos hacer!

Vivir es un arte que nadie te enseña. Requiere tesón y un tercio de leña, demanda pasión y alguito de maña, consume ilusión, que avinagra la saña… Por eso, impide que, al llegar la tarde, abrojos y penas tu cena te amargue.

¡Cuando, tal vez, ni puedas, o quieras comer!

La vida es un don, por nadie entendido, impresa en la flor, con la que se corteja, perenne en el viento, que ulula herido, latente en la lluvia, que acaricia la teja, vibrante en la sangre, que el arma derrama, ausente en el éter, que del alma desgrana.

Gracia, ¡que dejó de ser!

Vivir es un arte que poco entendemos. Oficio que, a fuerza de errores y llantos, cara factura nos pasa, tarde que temprano, cuando con qué pagar no tenemos, excepto lamentos, pesares, sueños y olvidos, que ninguno recuerda cuando dejas el nido.

¡Y a quién le importaría tu vida saber!

La dicha es efímera, para quien lo quiera. Nadie te obliga a sufrir, ser libre, feliz o morir. La añoranza es ajena, si de joven la alejas. Jamás endoses propios laureles o tus desventuras, son el resultado de miles afanes e ignotas venturas, que esculpirá la historia, tras tu mortal partir.

Y que, con suerte, alguien querrá leer…

Cuando por fin apacigües tu alma, ojalá no estés muerto, comprenderás que hay que vivir con calma, que la vida es un don, por cierto: ¡perfecto!, pero que poco y nada entendemos, ¡que la dicha es efímera, si así lo queremos!

Lo verás, tal vez con los años, si intentas crecer…

Lo verás, tal vez con los años, si intentas crecer… ¡Esperado y esquivo momento de mero placer! Si te llega, nace y de verdad lo quieres hacer, comienza ahora que todavía puedes comer, y, esa, tu vital gracia, no ha dejado de ser; así, muchos, tu historia, van a saber, exaltar, imitar, difundir y leer…

¡Intenta aprender!

Ahora que puedes


 Porque la vida es corta, ahora que puedes: ¡goza! Mañana quizá ya no estés, o el mundo gire al revés.

Ahora que puedes, amigo… baila, baila esta salsa a más no poder. De aquí solo llévate el placer; ven, te invito, danza conmigo.

Disfruta cada momento, porque dolor y tormento mejor dejarlos en el ayer, sin siquiera voltearlos a ver.

Sí, baila y canta esta salsa a placer. De aquí más nada vale la pena llevar, los malos ratos hay que olvidar. ¡Ven ya con tus amigos a festejar!

Porque la vida es corta, ahora que puedes: ¡goza! Mañana quizá ya no estés, o el mundo gire al revés.

Ven, canta y baila hasta el amanecer, y si te es posible allá en la eternidad; que ninguno apoque tu ser, que nada apague tu felicidad.

Cualquiera sea el camino que te marcó el destino, solo tú con flores o cardos adornas a diario tu paso.

Solo eres tú quien a tu canto algunas veces le pones risa… Otras tantas le impregnas llanto. Entonces: ¿Cuál es la prisa?

Que nada apague tu felicidad, que ninguno apoque tu ser, porque la vida es corta y gozarla es lo que importa.

¡Ven a bailar esta salsa a más no poder!
Porque, mira… ya casi termina el atardecer.

Un vacío en el alma

 

                Por siempre. Dibujo cortesía de Diego Ortiz Mimo, CDMX

    Si lo es aquí en soledad, por impuesta y hasta conveniente distancia social, más difícil sería si tal vez me apareciese por allá, más que a riesgo, a expresar a grito herido esto que aflige y destroza mi corazón. Sé que algo similar le pasa a cualquiera al intentar juntar palabras, haya o no talanqueras de esto o aquello, tras la inexorable partida de una persona simpar. Peor cuando se trata de un amor prohibido, imposible, como en nuestro caso.
    Aunque sobre decirlo… lo diré de todas formas, a ver si me sale. Un ser amado, al partir a lontananza, lo seguirá siendo por siempre; más si, como tú, fue ejemplar en todo el sentido de la palabra; aunque en tu caso hayas tenido un solo desvarío: amarme en silencio ignoto para corresponderle a mi travieso amor durante tantos años, llenándome de ilusión de vida e infinitas alegrías.
    Por siempre estarás aquí a mi lado, doquiera sea, doquiera estés, doquiera vayas.
    Permanecerás dentro de mí y de aquí nada ni nadie podrá sacarte, ni siquiera el tiempo, tampoco el avasallador olvido que suele castigar a algunos con implacable saña al traspasar el inexorable portal de la senectud… El que me hubiese gustado padecer al tiempo, los dos, juntitos. Como nos lo prometimos cuando nos conocimos y lo reiterábamos de cuando en vez. Más en estos últimos años al comenzar a sentir, y a padecer en silencio amargo, que éramos para nuestros respectivos allegados algo así como una carga, como un pereque del cual ninguno de ellos quería saber, menos echarse encima, encargarse, ¡envainarse! Como sí lo hicimos nosotros con ellos y casi por cincuenta años, a toda costa y sin pensar siquiera en recobros de ninguna índole.

El yerto precipicio de tu ausencia

    A partir de este momento… y en adelante, ignoro cómo reponerme ante este, el cual será cada vez más grande, yerto precipicio de tu ausencia… Un vacío en el alma insondable al evocarte, al mencionarte, al llamarte y no escucharte, al buscarte y no encontrarte entre la bulliciosa soledad de mi entorno familiar y cercanos, que, aunque presentes, cuando más se les necesita… están ausentes o se hacen los disimulados. Y hasta los entiendo, en parte, porque ellos ahora estarán viviendo sus respectivas vidas, a su manera y acomodo; como lo hicimos tú y yo por tanto tiempo, en nuestro momento.
    Por eso, de ahora en adelante mi estrategia será sencilla, simple. ¡Tal vez!, o eso espero.
Sea lo que sea, pase lo que pase, decidí incrustar nuestra historia de amor en mi corazón; así te llevaré por siempre aquí, adentro de mí. Desde ahora serás mi etérea y más cercana compañía. Hablaremos en el umbral de la agonía, calmarás las tristezas mías al recordarte con cada suspiro que salga de mi alma compungida. Llenarás, como antes, cada instante de mi vida con fantasías. Te visualizaré en cuanto destello ilumine mi camino, gritaré tu nombre y te encontraré hasta en el abismo de las sombras del envejecido olvido, cuando este aparezca por ahí, ya sea de noche, ya sea de día.
Así lo haré, como sé que tú lo harías, de ser al revés esta dura travesía, esta prueba de dolor inmarcesible que solo calma hallará cuando nos volvamos a ver, besar y abrazar allá… en la eterna alegría.
    Gracias por tantos momentos inenarrables, más que compartidos, disfrutados con frenesí… aunque a raticos y siempre a escondidas.

Soledad

La doble contabilidad del escritor

Un escritorio con una silla negra

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

En casi todas las reuniones a las que últimamente voy, más temprano que tarde soy abordado con infaltables preguntas contables, en nada relacionadas con la temática literaria de mis obras, por parte de familiares, amigos, conocidos y extraños concurrentes.

 

—Y, ¿cómo te va con las novelas? —pregunta uno.

—¿Has vendido algo? ¿La gente todavía compra y lee libros? —replica el otro.

—¿Eso sí da plata? —insiste aquel.

—¿De eso se puede vivir? —cuestiona el de más allá.

—¿Vas a seguir con eso? —restriega el segundo.

 

A estas preguntas, las más comunes, y a otras tantas aún más ‘amenas e interesantes’ suelo responder siempre con una sonrisa atrapada entre mis caninos.

No solo es en esas reuniones protocolarias que me abordan al respecto. En la solemne intimidad de mi hogar y entorno familiar este también es tema de esquivas, incompletas e insatisfactorias conversaciones. Allá, sin decírmelo, lo sé, me llevan una milimétrica, recóndita y racional contabilidad entre lo que saben, o intuyen, que he desembolsado por conceptos de edición, publicación, impresión, distribución, publicidad, envíos y otros rubros inherentes, versus el flaco producto efectivo recibido por los ejemplares vendidos. Por lo que, al final de sus periódicos balances, en términos mercantiles, y sin exponerlo de manera abierta, lo cual no deja de ser claro en la luz intensa de sus familiares pupilas, el resultado siempre ha de ser el mismo: ¡Déficit! ¡Pérdida! ¡Mal negocio! ¡Perdedera de tiempo!

Esto, amén de los ejemplares que van con cargo directo al P&G del autor. Unos, porque los dono a las bibliotecas de los municipios, dentro de mi rocinante campaña: “Una novela para cada escuela” (wrenciso.com). Otro tanto, por los que obsequio con azarosos motivos promocionales.

Así las cosas, las sumas no les cuadrará. Debe y haber, que dentro de la lógica contable tendrían que arrojar sumas iguales, no lo serán. Les aparecerán dispares. El segundo, seguro, será mayor que el primero. ¡Déficit! ¡Pérdida! ¡Mal negocio! ¡Una perdedera de tiempo!, gritarán en silencio, no sin ese asfixiante y tan humano deseo de hacérmelo explícito, para recomendarme que deje tal industria que no me produce nada.

Desde luego que, tanto los de mi sagrado entorno familiar inmediato, así como los beneméritos asistentes a esas reuniones, ignoran que el verdadero balance que le interesa y concierne a un escritor es probable que aquellos no lo entiendan, ¡sientan! o les importe. Pues, este no tiene que ver con sumas iguales en términos mercantiles. A la partida doble, tratándose del negocio de un escritor, hay que darle una especial connotación, trato e interpretación. Lo cual, para algún conservador revisor fiscal o avezado contralor, quizá le suene a doble contabilidad. ¡Que lo es!, más no en términos legales y fiscales.

La respuesta, tanto para las incisivas preguntas como válidas preocupaciones mercantiles y fiscales de unos y otros, se sintetiza en una frase: Quien aspire a amasar de manera fácil, rápida y segura una gran fortuna, medible en unidades monetarias, debe escoger una senda que no sea la de escribir. Encamínese por un negocio distinto al del escritor. Esto no quiere decir la inexistencia de alguno, o algunos, que hayan prosperados en estos términos, o que lo vayan a hacer con este oficio. Los hay, mas no es el común, al menos al comienzo de la larga y tortuosa carrera por la enmontada senda de la literatura. Pocos lo logran, casi siempre cuando el lucero de la tarde comienza a despuntar en el poniente. Otros, al menos en nombre, tras esfumarse el olor esparcido por los incensarios durante su postrer adiós.

El escribir, más que negocio mercantil, es una goma, ganas, un deseo, una necesidad de carácter única y exclusivamente personal. Se trata de una fuerza inexorable e incontrolable que motiva, impulsa, obliga. El oficio de escribir implica y produce una satisfacción espiritual, antes que la seguridad de un futuro económicamente promisorio. Y el escritor lo sabe, o al menos lo intuye, y sin importarle mucho se arriesga. Para un escritor, escribir refocila su alma. Le trae paz, la cual se incrementa con cada frase terminada, publicada, leída, recordada por alguien.

La verdadera riqueza que puede acumular un escritor, y que en últimas es lo único que le importa, es el placer de ser leído. Que sus letras despierten insospechadas emociones en ignotos lectores perdidos en lontananza. Que sus párrafos obliguen o impulsen a alguien a entablar con el autor, a la distancia, indescriptibles y mudos diálogos. El verdadero tesoro del escritor lo constituye ese placer cuando sus frases le permiten al lector encontrar una respuesta difícil, escondida. La cual, tal vez, fuera del mundo de la literatura, esté prohibida, sea castigable, pecaminosa, fantástica, irreal.

El más grueso cheque que puede llegarle a las arcas de un escritor es saber que alguien quiera leerlo, que lo está haciendo, que lo ha leído y, mejor aún, que lo quiere volver a leer. Esto hace, entonces, que el escritor, por ese caro público, cada vez más escaso, sin importar cómo, sin escatimar en costos, que de alguna manera se resuelven, quiera y se sienta obligado a responderle, a ponerle en su mano más frases suyas. Sería inaceptable que por algún pretexto mercantil ese ávido lector no tenga la oportunidad de acceder a sus nuevas letras y a todas sus obras.

     Sin embargo, y volviendo a la lógica de la partida doble, válida preocupación del entorno familiar e inquietud indirecta del círculo de conocidos, el escritor, además de su mera satisfacción, debe tener en cuenta, no obviar por completo, aquel mercantil asunto. Por ello, tendrá que llevar una doble contabilidad. Lo que implica tener dos frentes productivos. Uno, necesariamente, el del sustento básico, personal y familiar, para su tranquilidad. De este, además, tendrá que disponer una parte para patrocinar y mantener vivo su vicio literario, desde su génesis hasta su publicación y entrega al lector.

En este frente productivo el balance, la relación ingresos versus costos, entradas frente a salidas, debe arrojar al final de cada periodo, como mínimo, sumas iguales. De juiciosos es evitar el déficit que conlleva a la sin salida que ofrece la amebiana alternativa financiera para sostener gastos insostenibles, con su invisible, más no por eso inexistente, cadena de réditos, casi a perpetuidad. Fatal círculo vicioso que termina, no solo con la paz del espíritu, sino con toda creatividad literaria, por ende, con cualquier posibilidad de seguirle cumpliendo al lector.

En la otra contabilidad, en la literaria, no importa que lo invertido, que lo gastado, siendo esta una parte de lo que deja la primera fuente, la productiva, sea infinitamente superior a lo recibido, en términos mercantiles. Esto, en tanto los beneficios recibidos con aquel vicio, es decir, el que haya lectores para lo que escribe, y a estos les genere satisfacción, se perciban, así no se reciban de inmediato... o en vida.

Lo anterior me permite dar respuesta y explicación a otra de las reiteradas preguntas e inquietudes que suelen plantearme: ¿Por qué comenzó a escribir hasta los 57 años? Entonces, de nuevo, y con una sonrisa atrapada entre mis colmillos, les manifiesto que lo llevo haciendo desde los once o doce años. Desde cuando, en la biblioteca del Concejo de Bogotá, muy cerca de la Plaza de Bolívar, luego en la Luis Ángel Arango, cuatro cuadras más hacia el oriente, me hice amigo de, entre otros, Shakespeare, Dostoievski, Gógol, Cervantes, Dumas, Quevedo… Con quienes he tenido un diálogo fluido desde entonces a través de sus increíbles personajes que me contagiaron el vicio, no solo de la escribidera, sino de la lectura. Que son compadres indisolubles.

Sí, les manifiesto que con este vicio de la escribidera llevo más de cuarenta años. Razón por la cual tengo material que podría publicar muy seguido y durante un buen tiempo. Más de lo usual para un escritor. Sin embargo, debo contar con los remanentes del balance contable de mi actividad productiva principal: la pensión gubernamental, aumentada con la ausencia de afugias por tener que ir a trabajar y disponer del espacio suficiente para dedicarme a mis dos máximos placeres, después del amor, o el desamor, a esta edad como que los dos son lo mismo: leer y escribir.

En cuanto a publicar, en eso sí tienen razón. Tengo que reconocerlo. Comencé a los 57 cuando Ani Palacios, presidenta de Pukiyari Editores y Contacto Latino, me lo propuso en abril del 2016. Me ofreció sus servicios editoriales, con asequible cargo, para publicar La iluminada muerte de Marco Aurelio Mancipe, finalista en el Premio Internacional de Novela Contacto Latino. Después vino Con derrotero incierto, luego, en 2017, Amé en silencio, y en silencio muero y otras más, a razón de, al menos, una por año.

En síntesis, a publicar comencé desde el 2016, a los 57 años. A escribir, les preciso, desde cuando en la preadolescencia, a los once o doce años, contraje el virus de la literatura en aquellas dos bibliotecas bogotanas. Pasión por leer, delirio lector que estoy dispuesto a contagiarle a la mayor cantidad posible de jóvenes, al menos con mi campaña de llevar lectura a las bibliotecas municipales de Colombia… ¡en principio!

Tengo que agregar, para que quede claro el tema de ingresos y egresos, sobre todo por aquello de la doble contabilidad como escritor, que a la vez que contraje el virus literario, comencé a trabajar, inicié mi proyecto productivo. Desde luego, con dedicación y predominancia del productivo sobre el literario.

Es así como con el producto de esos más de cuarenta años de ardua e ininterrumpida labor, hoy puedo, en parte, garantizar que mi primera contabilidad, la de mis ingresos y egresos mercantiles, incluidos entre estos últimos los relacionados para mantener los literarios, al menos, al final de cada mes, sus sumas fiscales sean iguales. Sin déficit, aunque, tampoco, en ningún mes, arroje superávit.

Ahora bien, si algún día esto llega a suceder, que en la primera contabilidad haya utilidad, tal beneficio adicional será dedicado, de inmediato, para incrementar el virus literario en la juventud del mundo y, con ello, catapultar la satisfacción para los lectores. Pues, en este segundo balance, el de la contabilidad literaria, desde mayo de 2016, cuando publiqué mi primera novela, y no solo comencé a ser leído, sino que inicié a llevarla a algunas instituciones de educación pública en municipios de mi país y luego en otros lares, el superávit no ha parado de crecer.

Gracias, lectores, donde quiera sea que se topen sus personas. Ustedes son la razón de mi escribidera y de la doble contabilidad que llevo.