‘Ser maestros…’ *
‘El aula, fuente de
investigación’**
Víctor Eligio Espinosa Galán*
El recién llegado, con un café igual al que bebía
quien, en una mesa contigua leía ‘Los nombres de Feliza’, se sentó, puso su
bebida sobre el tablero, al lado del portátil que sacó de su mochila y, tras abrirlo,
prenderlo y seleccionar un archivo en Word, comenzó a teclear.
—«¡Sí!, es un escritor o un periodista —se dijo el
viejo que leía—. Debe estar escribiendo algo así como una novela, un relato
largo o, quizá, un artículo para publicar en alguna parte, por el número de
palabras que observo en la barra de estado y la temática expuesta de lo que
alcancé a fisgonear».
Cincuenta años de experiencia en las lides de la
docencia literaria y su formación profesional inherente le permitieron hacer estas
cábalas, amén de la postura corporal y mirada escrutadora del recién llegado,
unos seis u ocho años menor que él, aunque algo menos achacado.
—«Este casi setentón, tal vez, ¡no haya pasado por
ninguna cirugía ni sufrido tantas amargas experiencias como las mías!» —se dijo
mientras le respondía a su sobrina por WhatsApp que, en ese momento, luego de
la ceremonia de grados, estaba en aquel centro comercial leyendo y disfrutando
su café diario.
—Disculpe, señor, ¿es usted escritor… o algo así? —sin
quererse quedar con la intriga el envejecido lector le preguntó al recién
llegado.
—Como usted dice, sí, «¡algo así!» —respondió el
aludido dejando de escribir para beber un sorbo y ponerle atención al
desconocido—. ¿Por qué lo pregunta, señor?
—Gracias, caballero. Soy profesor investigador y acabo
de salir de un evento de grados de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la
Universidad Pedagógica Nacional. Una familiar recibió el título de Magister en
Estudios Contemporáneos en Enseñanza de la Biología.
—¡Felicitaciones! ¡Qué interesante! Es profesor e
investigador… ¿qué enseña y sobre qué temas investiga, si puedo saber?
—¡Lo hacía!
—Le entendí que era profesor e investigador.
—Por más de cuarenta años ejercí la docencia
universitaria y la investigación a partir del aula; como le escuché hace rato a
una de las licenciadas que acaba de obtener el mismo título de maestría de mi
familiar.
—¿Qué le escuchó a la maestra?
Marlene Enciso** y Jairo Robles Piñeros***
—Aquella docente, recién pensionada y tal vez unos
tres años mayor que nosotros, les comentó a sus colegas, todos más jóvenes que ella,
que, en su trabajo de grado demostró cómo el aula de clase es una fuente de
investigación invaluable para el docente que se lo proponga. Aseveró haberlo
plasmado así en su tesis que tituló, sin la memoria no me falla, ‘El bosque
seco tropical escenario de vida para la vida’**. Trabajo este elogiado por el coordinador
académico de dicha maestría el licenciado Jairo Robles Piñeros***. Hasta les
tomé unas fotos. Si gusta se las comparto.
—Estoy de acuerdo con esto de que el aula es una de
las fuentes primordiales para la investigación. Pero, volviendo a su caso, profesor,
¿por qué dejó su oficio?
—Porque un decano quisquilloso, recién llegado a la
facultad, tal vez por miedo a que algún día yo lo pudiese desbancar de ese
cargo burocrático que para nada me interesa, al tener yo muchos más títulos, textos,
publicaciones indexadas, por ende: ¡experiencia docente e investigativa pero…
esos sí, menos los alcances y contactos politiqueros que él, me cogió entre
ojos, me hizo la vida imposible, urdió investigaciones disciplinarías en contra
mía, por lo que, faltándome poco para cumplir las semanas para pensión, me hizo
destituir e inhabilitar para ejercer la docencia… ¡Fue cuando me infarté y casi
me voy para el otro lado! ¡Me han operado tres veces!
—Lo lamento, ¡profesor! ¿Apeló la destitución?
—En eso ando hace cinco años. El problema es la plata
para seguirle pagando a los abogados… ya he tenido tres. El actual dice que el
proceso está próximo a fallar a favor mío… ojalá sea antes de que estire la
pata.
—Estoy seguro de que usted es inocente y ganará la apelación.
—¿Por qué lo dice, si apenas me conoce?
—Soy lector de historias y lo veo en su pupila,
postura corporal y halo personal.
—¡Interesante! Pero… ¿qué es lo que lee o ve en mis
ojos y aureola?
—Profesor, en el diario de su vida, el cual se asoma a
sus ojos y transpira todo su ser, queda en evidencia que usted es un hombre honesto,
que dedicó toda su vida a ese bonito, pero duro oficio de la docencia, a ser
profesor… lo cual, como me consta, más que un simple oficio, ¡es un verdadero y
espinudo reto que, además de ser desagradecido, pocos reconocen tras la nota
final o el aprobado de la tesis! Casi todos olvidan a sus maestros
—Estamos de acuerdo en esto de que, ser profesor es
más que un oficio desagradecido, a más de todo un reto, no solo hoy, con mayor
razón lo será en el futuro. Mire que, precisamente, sobre este tema, lo cual me
gustaría que usted o alguien documentara y difundiera por el mundo, el
vicerrector académico de la UPC, Bogotá*, hoy, en el discurso del evento de
grados que le conté, tocó este tema.
—¡Qué interesante!
—Incluso, mire, me le acerqué a la tarima tras la
ceremonia y le pedí una copia… aquí la tengo, por si le interesa.
—Puede ser.
—Sería oportuno hacer de esto alguna reseña. De
pasada, como lo deja entrever el vicerrector en alguno de los pasajes del
discurso, les advierte a los que quieran ser maestros, a los que ya lo son, serán
y, desde luego, a quienes siguen en la jornada diaria en las aulas, no solo de
los retos, satisfacciones, responsabilidades y placeres que implica la docencia;
también, que estén atentos y eviten, en la medida de lo posible, que en
cualquier momento del ejercicio algún decano o directivo inepto y envidioso, de
tantos que hay por ahí, se enamore de alguno de ellos y lo saque de nómina… ¡tal
y como me pasó!
—¡Sí!, suele pasar, desafortunadamente… y usted sí que
lo está padeciendo en carne propia. Me gustaría saber, en esencia, qué otros
mensajes hay en esas páginas.
El profesor le facilitó las hojas que el vicerrector
leyó esa mañana. Tras hojearlas, ante la mirada escrutadora del menudo y
famélico profesor, comentó:
—¡Qué interesante! Como usted dice, profesor, este documento
sí que vale la pena ser difundido. Si me lo permite, lo compartiré con alguien
para que escriba una reseña y la publique en alguna parte… y, por favor, hágame
llegar la foto aquella a mi WhatsApp; en esta tarjeta está mi número.
—Le agradezco, señor, por prestarme atención y hacer
lo posible para difundir este mensaje docente. Le enviaré esa y otras fotos.
—Si me lo permite… ¿de qué área del saber fue
profesor?
—¡De literatura y otras yerbas para enfermedades
similares!
—¡Qué interesante! Déjeme echarle una lectura algo más
a fondo a este discurso, por favor. Creo que este encuentro casual, en esta
plazoleta de comidas, su historia, junto con estas letras de colofón, bien
pueden hacer parte de una columna.
—Bien pueda. Tómese el tiempo que sea necesario…
—Usted que es profesor de literatura, ¿qué título le
pondría a un relato que incluya una síntesis de su historia, este encuentro
casual y las palabras del vicerrector?
—Me gusta la primera parte del que le puso el
licenciado Espinosa Galán a su discurso.
—Se refiere a…
—‘Ser maestro’*, ¡lo dice todo!
—Estamos de acuerdo, gracias, profesor, quedo en deuda
con usted.
—Con que escriban algo sobre mi caso y difundan estas
palabras es más que suficiente.
—Mientras lo leo con detenimiento, por favor, disfrute
su café, no lo deje enfriar.
Durante unos diez minutos el más joven… ¡o menos
viejo!, se enfrascó en la lectura del discurso. De vez en cuando soltaba palabras
de admiración o gesticulaba de la emoción que le causaba cada frase que leía.
—Interesante y ajustado a las circunstancias que hoy
enfrentan los docentes.
—Desde cuando usted llegó y se sentó a mi lado tuve la
premonición de que estas palabras, y mi caso injusto de destitución a semanas
de mi pensión, harían parte de un escrito que alguien publicará y difundirá.
—Es una promesa. Veré qué puedo hacer, profesor. Sé
que alguien algo escribirá y publicará sobre esto.
Días después, al conocer la historia y tener las
palabras del vicerrector, decidí que el siguiente relato que publicaría tendría
al inicio, además del título resumido que propuso el profesor de literatura, una
síntesis de su caso inaudito de destitución en vísperas de su pensión, así como
del encuentro casual de aquellos dos viejos desconocidos en la plaza de comidas
de un centro comercial cualquiera tomando café; leyendo, uno, escribiendo, el
otro. De colofón, como acordaron aquellos, ensamblaría por completo, con su
respectivo título, las palabras, más que pertinentes y en versión prosa
larga*, que el vicerrector académico de la Universidad Pedagógica UPC,
Bogotá, leyó la mañana del 24 de abril de 2026 durante la ceremonia de grado de
algunos de los licenciados, magísteres y doctores: ¡maestros! de esta famosa e
importante institución de educación superior formadora de pedagogos.
Ser maestros(as) en tiempos de incertidumbre… *
Hoy,
quizá como en pocas épocas de la historia, asistimos a una profunda
reconfiguración de la vida, del sentido y de las instituciones que antes
parecían firmes. Ustedes son hijos e hijas de un tiempo marcado por la
incertidumbre, por el miedo y, también, por un cierto cansancio del mundo. Pero
en medio de todo ello, hay algo que nos une: ustedes y yo compartimos una misma
condición, una misma vocación. Somos maestros.
Cada
época ha puesto delante de los maestros desafíos distintos. A ustedes les
corresponde uno especialmente exigente: educar en un mundo incierto. Un mundo
que ha multiplicado la información, pero que sigue teniendo una necesidad
urgente de verdad, de autenticidad. Porque nunca habíamos tenido tanto acceso
al conocimiento… y, sin embargo, nunca había sido tan difícil discernir lo
verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, lo humano del sufrimiento.
Hay
una pregunta que hoy resuena con una mezcla de nostalgia y de inquietud:
¿Seguirán existiendo maestros? Puede parecer una pregunta incómoda para un día
como este. Esta pregunta no apunta al final de la profesión docente, sino a
algo más profundo: al posible declive de una cierta figura tradicional del
maestro, de ese maestro que tal vez ustedes mismos conocieron. Y por eso la
pregunta verdadera no es si existirán maestros(as), sino qué tipo de maestros
serán ustedes.
Porque
si hoy el conocimiento está disponible en múltiples formatos y plataformas,
entonces la universidad no puede justificarse solo por transmitir información.
Su tarea —y la de ustedes— es otra: formar el sentido de honestidad, de
justicia y la responsabilidad. Formar personas capaces de discernir en medio de
la incertidumbre y de responder éticamente por sus decisiones. Esa es la
verdadera exigencia de nuestro tiempo.
La
universidad es hoy uno de los últimos espacios donde todavía intentamos
sostener la verdad en común. No forma solo profesionales, forma su capacidad de
pensar, incentivamos su capacidad de amar, enseñamos a que no sean
indiferentes, a que se preocupen por los más frágiles.
Pero
ustedes se gradúan en un tiempo inquietante, en el que comienza a instalarse
algo más peligroso que el error: una desconfianza sistemática hacia la ciencia,
un cuestionamiento deliberado del conocimiento que durante décadas ha permitido
ampliar derechos, proteger a los más vulnerables y hacer de la dignidad humana
algo más que una promesa.
Y
cuando una sociedad aprende a desconfiar de la ciencia, no solo pierde
certezas: pierde humanidad. El sufrimiento del otro se vuelve discutible, la
injusticia opinable, y la dignidad deja de ser un principio para convertirse en
una utopía.
Entonces
ocurre, casi sin ruido, lo más grave: empezamos a acostumbrarnos. Y cuando ya
nada nos asombra, todo —incluso el abandono, incluso la violencia— se vuelve
posible.
Es
posible que algunos momentos de su paso por la universidad les hayan parecido
improductivos. Que queden temas por aprender, caminos por recorrer. Pero hay
algo de lo que pueden estar seguros: aquí no solo adquirieron saberes, aquí
aprendieron —quizá sin darse cuenta— a mirar el mundo de otra manera. En estas
aulas quedaron sembradas sus preguntas más hondas, sus inquietudes, sus
compromisos. Aquí también quedaron sus silencios, sus dudas no resueltas y esas
pequeñas victorias que nadie más vio. Todo eso forma parte de lo que hoy son.
Educar
no es simplemente ejercer una profesión. Es responder a una vocación que tiene
dos dimensiones inseparables: servicio y compromiso. Y es precisamente eso lo
que dota de sentido a la labor docente en un tiempo en el que todo parece
transformarse. Hoy el maestro no es solo quien sabe, sino quien narra, quien
escucha, quien se atreve a sostener las conversaciones más difíciles de nuestro
tiempo sin huir de ellas.
Tal
vez por eso, la educación necesita recuperar algo de lo que está perdiendo: su
dimensión más humana, más artesanal. La posibilidad de conversar sin
mediaciones, sin cámaras, sin la urgencia del registro. Porque si la
universidad se reduce a una transmisión en ‘streaming’, corremos el riesgo de
convertir el pensamiento en espectáculo y el diálogo en simulacro.
Ustedes,
como maestros, estarán expuestos. Serán cuestionados, refutados, interpelados.
Tendrán que responder preguntas incómodas y enfrentar la fragilidad de no tener
siempre respuestas definitivas. Pero es precisamente en esa vulnerabilidad
donde nace el verdadero deseo de enseñar. Porque enseñar no es imponer
certezas, sino abrir caminos de sentido.
Hannah
Arendt escribió que la educación es el lugar donde decidimos si amamos al mundo
lo suficiente como para asumir responsabilidad por él. Esa es, en el fondo, su
tarea: ayudar a sostener un mundo que, en ocasiones, parece desmoronarse ante
nuestros ojos. No para conservarlo intacto, sino para hacerlo habitable para
quienes vienen después.
Y
quizá, en medio de esa tarea, convenga recordar lo que Borges escribió: que
somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón
de espejos rotos. Ustedes serán parte de la memoria de sus estudiantes. En sus
palabras, en sus gestos, en su manera de estar en el mundo, quedarán huellas
que tal vez nunca vean, pero que persistirán.
Por
eso, más allá de la incertidumbre, más allá del cansancio de la época, hay algo
que sigue siendo profundamente esperanzador: que todavía hay quienes eligen
enseñar.
Futuros
maestros tengan presente que habitamos una época en la que, casi sin darnos
cuenta, la experiencia humana se ha ido empobreciendo. Avanzamos, sí… pero como
quien avanza en medio de una pérdida. Hemos perdido algo esencial: la capacidad
de asombrarnos, de detenernos, de reconocer lo valioso en lo aparentemente
simple. Vivimos bajo la presión constante de producir, de responder, de no
detenernos nunca. Y en esa prisa, hemos comenzado a dejar de sentir. Nos hemos
vuelto, poco a poco, indiferentes.
Y,
sin embargo, ustedes han elegido una profesión que exige exactamente lo
contrario.
Porque
ser maestro hoy es resistir esa indiferencia. Es volver a abrir espacios donde
el asombro sea posible. Es detener el tiempo en medio de la velocidad del mundo
para decirle a otro: “mira esto, piensa esto, pregúntate por esto”. Es, en el
fondo, devolverle al mundo su espesor humano.
Pero
esta pérdida no es casual. Es el signo de una época que ha convertido la vida
en espectáculo. Todo aparece ante nosotros como imagen, como algo que se
muestra, que circula, que se consume… pero que rara vez se habita. Y así, sin
advertirlo, hemos pasado de ser protagonistas de nuestra existencia a ser
espectadores de ella. Miramos mucho, pero vivimos poco. Observamos, pero no nos
implicamos.
Y
es precisamente aquí donde su tarea se vuelve radical.
Porque
educar no es formar espectadores, sino despertar sujetos capaces de habitar el
mundo. No es enseñar a mirar desde la distancia, sino a comprometerse, a
pensar, a tomar posición. Allí donde el mundo empuja a la pasividad, el maestro
introduce una interrupción: una pregunta, una incomodidad, una posibilidad.
Hoy
vivimos rodeados de imágenes que ya no remiten a nada más que a sí mismas.
Pantallas que nos conectan, pero que muchas veces nos aíslan. Somos parte de
“muchedumbres solitarias” que comparten información, pero no necesariamente un
mundo. Y en ese contexto, la crisis deja de ser solo cultural: se vuelve
profundamente ética.
Porque
cuando dejamos de sentir, dejamos también de responder.
Y
ahí, justamente ahí, aparece el maestro.
El
maestro como quien insiste en que el otro importa. Como quien se niega a
aceptar que la vida se reduzca a lo inmediato, a lo útil, a lo superficial.
Como quien, en medio de la saturación de imágenes, devuelve la palabra; y en
medio del ruido, recupera el sentido.
Ser
maestro hoy es, en última instancia, un acto de resistencia: contra la
indiferencia, contra la superficialidad, contra la pérdida del mundo.
Y
es precisamente aquí donde su compromiso, como maestros, se vuelve decisivo.
Porque
cuando el sufrimiento del otro se convierte en contenido, cuando lo consumimos
desde la distancia, protegidos por la pantalla, algo esencial se pierde. Nos
convertimos en espectadores que sienten por un instante… pero no responden. La
compasión se vacía, se vuelve un gesto rápido, casi automático, una forma de
tranquilizar la conciencia. Y mientras tanto, la reflexión se diluye, la
empatía se debilita, y el otro —ese otro que sufre— comienza a desaparecer ante
nuestros ojos.
Frente
a esto, el maestro no puede ser neutral.
Porque
educar, en un mundo así, no es solo transmitir saberes. Es resistir la
deshumanización. Es enseñar a ver cuándo todo empuja a mirar desde la
distancia. Es devolverle rostro al otro cuando el mundo insiste en olvidarlo.
Hoy
vivimos en un tiempo en el que el poder no solo gobierna, sino que clasifica,
jerarquiza, decide qué vidas importan y cuáles no. Decide quién merece ser
llorado… y quién puede ser eliminado sin duelo. Y cuando una vida deja de ser
reconocida como vida, su destrucción deja de escandalizar.
Por
eso, la violencia de nuestro tiempo no solo mata: borra.
Y
frente a ese borramiento, aparece la figura del maestro como alguien que
nombra, que recuerda, que insiste en que cada vida cuenta. Alguien que se niega
a aceptar que el mundo se acostumbre al horror.
Pero
no nos engañemos: esta tarea es difícil. A veces parecerá inútil. A veces
sentirán que lo que hacen no alcanza, que el mundo sigue su curso indiferente.
Como Sísifo, empujando una roca que siempre vuelve a caer.
Y,
sin embargo, ahí está la clave.
Porque
como nos enseñó Camus, en ese gesto aparentemente absurdo habita también la
dignidad. En la persistencia, en la negativa a rendirse, en la decisión de
seguir, incluso cuando no hay garantías.
Ser
maestro hoy es, en ese sentido, un acto revolucionario
Revelarse
contra la indiferencia.
Revelarse
contra el olvido.
Denunciar
todo aquello que intenta vaciar de sentido lo humano.
Su
tarea no es cambiar el mundo de una vez y para siempre. Es algo más silencioso
y, al mismo tiempo, más profundo: impedir que el mundo pierda completamente su
humanidad.
Sostener,
en medio del ruido, la posibilidad del pensamiento.
Sostener,
en medio del cansancio, la posibilidad del cuidado.
Sostener,
en medio del horror, la convicción de que cada vida importa.
Porque
mientras haya alguien que enseñe a mirar de verdad, a pensar de verdad, a
reconocer al otro como otro,
mientras
haya un maestro que se resista a la indiferencia,
no
todo está perdido.
Y
hoy… esos maestros comienzan a ser ustedes.
Gracias.
*
**Marlene Enciso, licenciada en Biología, especialista
en Gerencia de Instituciones Educativas y Magíster en Estudios Contemporáneos
en Enseñanza de la Biología, Universidad Pedagógica Nacional (UPN).
*** Jairo Robles Piñeros, Coordinador Académico de la
Maestría en Estudios Contemporáneos en Enseñanza de la Biología, Facultad de
Ciencia y Tecnología, Universidad Pedagógica Nacional (UPN), Bogotá.

