viernes, 13 de marzo de 2026

Sonrisa vespertina

*Foto Cortesía de la familia Garzón para esta publicación
Héctor Garzón Leal*, un Aeroamigo fiel, de grata recordación y siempre sonrisa vespertina, aunque las cosas estuviesen difíciles, partió a lontananza al compás del toque de la diana de este jueves 12 de marzo de 2026… inmarcesible sonido que llevamos inmerso en el alma desde hace cuarentaiocho años. Entrompetadas notas estas interpretadas por alguno de los ‘carretos’ para que nos despertáramos, levantáramos y comenzáramos las actividades diarias. Desde entonces, siempre a esa hora suena en nuestro subconsciente y nos pone alertas… y este jueves no fue la excepción: sonó para avisarnos que uno de nosotros no lo hizo. Este otro ‘carreto’ se quedó dormido, envuelto en la cobija gris y franja tricolor que nos guarecía del frío sabanero madrileño.

Esta vez las notas de la diana nos avisaron que se nos adelantó ‘Pite’, como con cariño le decíamos los que compartimos más de cerca con él, desde aquel marzo del 78, nuestro paso de esperanza por la inmarcesible ESUFA, nuestra alma máter en la gloriosa Fuerza Aérea Colombiana que nos formó y preparó para casi todo… menos para momentos como este, el más seguro que tenemos: partir a la siga de aquel Ícaro en escultura de bronce que, allá en el Comando Aéreo de Mantenimiento (CAMAN), presagia el destino de los caballeros del aire.

Vuela alto, muy alto, querido Aeroamigo Héctor Garzón Leal. Márcanos el camino por el cual, no solo tu amada familia, sino tus allegados y Aeroamigos, algún día te seguiremos en el vuelo que hoy emprendiste, ¡muchacho de sonrisa vespertina!

miércoles, 8 de octubre de 2025

De esos besos...

 

Embelecos del destino hoy tu recuerdo trajo. Te creía olvidada, ida, ausente, lejos. De nuevo tu perfume mi alma conquistó. Ese, tan tuyo… de infinita y jamás prodigada entrega.

 ¡Seductor efluvio que irradias, tal vez sin darte cuenta!

 Evoqué este día… ¡Bendita fecha esta! Chispeantes atardeceres de julio cuando, sin compromiso alguno, ¡qué bien que la pasamos!

 ¡Momentos, como aquellos, ninguno!

 Tal vez este lánguido susurro que emana de mi añoranza añeja llegue hasta ti cual brisa errabunda y te robe un beso…

 ¡De esos besos prohibidos! ¡De esos con sabor a amigo!

 De esos besos transparentes, y nunca dados. De esos que quedan labrados con pasión indeleble en las tibias rinconeras del olvido.

 ¡En las meras intenciones que tuve de hacerte mía!

 Entonces, tal vez, quizá, me extrañes, como yo a ti, o te haga falta, como tú a mí. ¡Insoportable ausencia en los años idos!

 ¡Irreversible presencia de intenciones fallidas!

 Tal vez este lánguido susurro, yerto, frío, que emana del recuerdo ido y las pasiones rotas, que nunca fueron, alcance tu regazo, devore tu boca…

¡Te robe un beso… de esos besos que nunca fueron!

domingo, 7 de septiembre de 2025

Los sueños de Hilda*

 

Era un fin de semana, el día exacto no lo recuerdo, pero sí el lugar. Íbamos camino a la quebrada Las Sardinas. Paramos para la foto a la salida de Chaguaní, por la carretera rumbo a San Vicente.

La cerca de guadua, refaccionada y vertical, ya no entrecruzada con coquetería como entonces, todavía existe, así como el lote de atrás con matas de plátano y otras más enmontadas. Por ahí poco ha cambiado, casi todo se mantienen igual, cual acuarela del pasado impresa en mi alma y esperanzas envejecidas.

Ese día estaba estrenando, no solo ropa y botines, también, aquel sombrerito que mamá me regaló de cumpleaños. Me sentía tan feliz y seguro con ella, ¡además de amado!, razón por la cual, en ese momento, de manera instintiva la abracé y ella extendió su brazo protector sobre mí.

¡Mágico momento para el jamás olvido!

Ese día ella lucía, no solo aquel bonito y florido vestido que Lola le confeccionó con un retazo de tela que alguien le trajo de la capital, también, su precioso rostro lo iluminaba esa esquiva y magnética sonrisa con la cual instaba esconder la nostalgia social que atragantaba su existencia. Ignoraba, o tal vez del todo no lo comprendía, que mamá mantenía una inquebrantable como interminable lucha contra el destino, a la siga del bocado diario de comida, con la esperanza de un mejor mañana para su empobrecido núcleo familiar.

Lucha en solitario, incansable, ¡admirable!, que esta chaguaniceña simpar daría hasta aquel 7 de septiembre de 2021 cuando, podría decirse, también en solitario, a la una de la mañana, en una fría camilla de una clínica en la capital, se cansó y partió a lontananza.

En aquel julio del 67, así, abrazados, pese a todo, fuimos felices y sonreímos para la foto. Momento, sonrisa y felicidad de mi madre que conservo como el más preciado e invaluable de mis momentos idos y tesoros apetecidos.

Varios folletos en una mesa

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Esquiva dicha que, tal vez, mamá solo volvería a dejar aflorar a su tierno rostro allá, en el Teatro Heredia, en Cartagena, Colombia, cuando, maravillado por una efusiva manifestación de felicidad, el periodista Fausto Pérez V., de El Universal, se inspiró para escribir ese artículo que, cada vez que lo leo, inexorable, a mis ojos lágrimas saca y a mi corazón sus latidos alborotan: Los sueños de Hilda*, en especial estas frases: La alegría de Hilda María Enciso era inocultable. Había bajado del escenario del Teatro Heredia con una alegría que no le cabía en su rostro. Unos minutos antes había ofrecido una hermosa presentación de danza… la Loca Margarita… Ni qué decir de esta otra perla que mamá compartió esa vez con el periodista: Fue necesario llegar a vieja para comprender que vivir ha valido la pena…

Gracias, mamá.

*El Universal, Cartagena, Colombia, 17 de agosto de 2001/3A

viernes, 5 de septiembre de 2025

Poda de capullos

 

Esta historia hace parte de 'Momentos idos, narraciones románticas II'

La poda de capullos, de brotes que crecen hacia afuera o con características parasitarias, así como de flores y ramificaciones avejentas o enfermas se hace para favorecer la floración, crecimiento y, en general, la salud de las plantas. Además de prevenir enfermedades, se busca garantizar que sus siguientes retoños, flores y frutos tengan mayor energía, crezcan saludables, duren y produzcan más y mejor.  

Proceso que implica, desde luego, además de nutrientes y riegos inherentes, hacerlo en el momento preciso, con los utillajes y en los lugares adecuados y, sobre todo, mediante un corte limpio y preciso para evitar dañar, deformar o contaminar la esencia de la planta. Práctica válida y justificable solo en esta especie: la flora, no en otras, menos si se trata de la humana.

Con una poda adecuada es posible, de ser, por ejemplo: rosas, geranios, lavandas, petunias, pensamientos, alegrías, dalias, fucsias, magnolias, tulipanes… mantener y disfrutar de un jardín sano, con hojas y flores hermosas y abundantes durante gran parte, o estación, del año y por un tiempo más largo.

¿A quién no le gusta ver y estar en contacto directo con un vergel florecido y con esmero y cariño cuidado? Ojalá se tuviese por siempre alguno cercano para la inspiración y el extasío. Profundo respiro del alma que a sus tristezas propician calma.

Bueno, ¡sí!, no dejan de haber por ahí algunos elfos a quienes estas maravillas de la naturaleza, y otras más, les disgusten, incomoden, generen repelencia o afecten de una u otra manera sus frondíos intereses. Sinrazón por lo cual prefieran o dispongan por interpuesto jardinero tartufo o maderero alquilado, no solo arrasar los capullos, las flores, los jardines, los bosques y hasta las selvas vírgenes que les incomoden o se opongan a sus objetivos particulares, para extraer su esencia, su leña, para sembrar en su lugar las yedras de la destrucción y la maldad, con tal de engrosar sus billeteras e inflamar sus carcomidos sentimientos megalómanos, bajo la mampara de entelequias como las del «libre mercado, crecimiento equilibrado, desarrollo económico armónico, la paz de las naciones y el bienestar general»; como suelen pregonarlo con gran cartel los beneficiarios e interesados y lo defienden a tajo y sesgo las organizaciones y carteles por estos mismos creados y patrocinados.

Es preciso insistir: poda de capullos justificable única y exclusivamente en la flora y con los propósitos mencionados. Jamás lo será para ninguna otra especie, mucho menos tratándose de seres humanos.

Sin embargo, con tristeza, al investigar y leer sobre los peores genocidios que ensangrientan la historia humana, cada vez más seguidos y virulentos que los horripilantes e injustificables de antaño, pese a que la mayoría pudo ser documentada (maquillada) por los ganadores, con las justificaciones de sus desmanes y debacles, o mantenida y ajustada por sus descendientes y seguidores para continuar disfrutando del heredado como supurante botín o del destilado salarial respectivo, el lector juicioso y objetivo (no alineado, alienado ni beneficiario directo, indirecto o a sueldo al servicio de alguno de estos) encontrará infinidad de ejemplos que involucran más que perversas podas de capullos de la más preciada y delicada especie existente sobre la faz de este puntico azul del universo, en préstamo por un ratico cósmico: ¡la infancia! Estos capullos, más que inermes, confían con ingenuidad en la sensatez y honestidad de los adultos, sin siquiera imaginarse el monstruo despiadado y cruel que puede agazaparse dentro de algunos. Peor cuando son poderosos, se vuelven intocables y han sobrepasado en la pirámide de las necesidades el último de los escalones, cayendo abruptamente hacia el del refocilo visceral (ese que Maslow dejó de mencionar, y es entendible) que les genera la devastación de sus congéneres…  y entre estos sufran más, tengan menos, se trate de niños o hayan sido desposeídos, mayor es el infame y corrosivo placer que les produce la sangre ajena derramada.  

Entre una infinidad de casos, por citar solo unas pocas de estas infames podas, encontramos la, vuelta Testamento, alabanza y cántico, ordenada por aquel emperador romano para salvaguardar su corroído trono e imperio en decadencia. O las de los infames campos de concentración para ‘depurar la raza’ y aniquilar a los sin casta. Ni qué decir de los quemados con napalm en desarrollo de la Teoría del Dominó, así como las de los brutales enfrentamientos en patios ajenos entre poderosos como intocables osos de un lado y otro; cada uno a la siga inicua del control geoestratégico, cuando no en el Gran Oriente Medio, en Europa Oriental, en Asia marginal, en África, en Latinoamérica y doquiera sea que queden recursos por explotar, saquear y a la gran potencia llevar; como oro, plata, diamantes, cobre y otros tantos y tantos erarios sisados durante la erosiva época de la fragosa Colonia, en países a uno y otro lado del majestuoso como insondable Atlántico, así como los ubicados entre el hechicero Índico y el atronador Pacífico.

También lo son, con similar sordidez y desfachatez, las miserables podas de las guerrillas, grupos ilegales, ortodoxas facciones religiosas o dogmáticas que arrancan capullos de sus empobrecidos entornos para llevarlos a sus parcelas horrorosas, donde los entrenan, aleccionan y alienan, lejos de sus vergeles mientras crecen. De allá luego los sacan y ponen a batallar (y morir) en contra del enemigo que les inculcaron. Mientras que los aleccionados y bien pagos generales de la muerte de los ejércitos que enfrentan, pese a saber que su enclenque contrincante tiene de carne de cañón a tales infantiles capullos engrupidos, en supuesta defensa de la democracia, el orden establecido (por sus agazapados y orondos amos detrás del poder), la religión o los dogmas respectivos, disparan a discreción, bombardean sin contemplación y esparcen o escombran en mil pedazos sus inermes pétalos destrozados… o podados en tan ajena como carnicera confrontación.

Podas bárbaras, todas estas, que, al involucrar tanto a niños como a jóvenes, consecuencia de la mayor de las degradaciones del intelecto humano cuando se contagia de egolatría y ansias insondables e incontrolables por el poder, el control y el sometimiento de sus semejantes para saciar sus aberraciones más oscuras, por su monstruosidad simpar, ¡infame!, mereciesen condena, castigo y el señalamiento perpetuos, tanto para los responsables directos e indirectos, como para todos aquellos que conocieron de tal barbarie y nada hicieron, ni dijeron, solo voltearon a ver hacia otros lares.

Pero ¡no!

Resulta que, por este o aquel adeudo, manejo mediático, retoque histórico, justificación salarial, deuda ajena heredada o trasladada, empacho religioso, moral, racial o de cualesquiera otras razones esgrimidas por los poderosos asesinos o los testigos cómplices, en lugar de veto, condena y castigo, estos encuentran justificación, aplauso y hasta difusión de las imágenes con los inermes agredidos, engrupidos o, como lo dicen para que no suene tan feo: «¡Instrumentalizados!». Imágenes para el disfrute televisivo a nivel mundial, por cuenta de la pusilánime y cómplice sociedad enferma terminal de nostalgia social y desafectación humanitaria, que hasta se regocija sin chistar ni mu ante las dantescas imágenes de aquellos niños acribillados, heridos, temblorosos, desorientados, hambrientos, famélicos, llorando por el bramido de los misiles, las bombas, las balas o frente a los cadáveres destrozados de sus padres, familiares o vecinos…

¡Triste legado para la eternidad!

Nocivos efectos de estas podas que, si es que quedan brotes sobrevivientes, se encarnarán durante tres veces treinta y tres generaciones entre los directamente afectados, así como en los genes de los pusilánimes, doquiera sea que vean o sepan de tales aberraciones, la peor de las contaminaciones en la compostura humana: ¡la insolidaridad! Estadio final de la nostalgia social. Particularismo este, fatalmente contagioso, que autodestruye y corroe por dentro al ser que la contraiga, padezca y disperse por doquiera vaya, siendo insondable el dolor sentido cuando ataca la conciencia de cada uno. Inexorable como generalizado padecer callado, doloroso y letal, pocas veces aceptado y mucho menos confesado en busca de ayuda, tanto en los propiciadores intelectuales, materiales y mediáticos de tan perversas prácticas y sus inmundos beneficios logrados, como en el colectivo global…

Neoplasia maligna inmersa, no solo en el alma de los perpetuadores del desafuero contra sus congéneres, sobre todo cuando se trata de niños, también, en las de todos aquellos quienes, frente a tal debacle hicieron caso omiso, sin chistar siquiera. En adelante, a unos y a otros, aquel remordimiento hinchado les arañará sus vísceras, produciéndoles náuseas en las madrugadas, amén de heredarlo…

Carcinoma social impreso en los genes de sus siguientes brotes de capullo, cada vez más descoloridos, insípidos y enclenques.

Historia publicada en RLNC, el 31-08-2025


martes, 5 de agosto de 2025

Una historia guardada

 

Hilda María Enciso

Hace algo más de media centuria, en pleno centro de Bogotá, en un triángulo formado entre la carrera 9° con calle 17 (la oficina del maestro), la carrera 13 con calle 14 (la emisora Radio Santafé) y la calle 17 con la misma carrera 13 (la pastelería Tony), fui testigo exclusivo: vi, sentí y disfruté varios momentos cuando el maestro José Alejandro Morales López estaba componiendo la canción: Me volví viejo.

Oficina y pastelería ya no existen. La emisora se trasladó de sede.

Por aquellas calendas trabajaba con el insigne compositor Morales, el mismo de Pueblito viejo, Campesina santandereana, Yo también tuve veinte años y otras doscientas diez canciones más.

Mi principal obligación laboral con él era casi periodística, tangencialmente literaria. Me correspondía ir a recoger los comunicados de prensa del Palacio de San Carlos, en ese entonces la sede del Gobierno nacional colombiano, ubicado en la calle 10 con carrera 5, dos cuadras arriba de la Plaza de Bolívar. De ahí, y de otros medios, el maestro montaba las noticias que difundía en un espacio noticioso (una de sus fuentes de ingresos, con lo que me pagaba) que tenía en la emisora Radio Santafé.

El resto de tiempo lo dedicaba a redactar y revisar sus composiciones, ahí, en su oficina. Por tal razón, en un pequeño escritorio ubicado cerca del suyo, a menos de dos metros, fui testigo privilegiado: lo escuché tararear la naciente canción, así como maldecir, refunfuñar, corregir y vuelva a corregir en las amarillentas hojas de un block aquellas inmortales estrofas, ¡toda una elegía a la vida!

Varias veces recogí del cesto de la basura hojas arrugadas, desechadas, con bellos versos que nunca fueron. Pero que, a mí, al leerlos, me parecían fascinantes… ¡obras maestras!

Fueron momentos inolvidables, indescriptibles y literariamente contagiosos, lo reconozco, y se lo agradezco, maestro Morales. Su fugaz e invaluable presencia en mi temprana juventud apalancó mi espíritu de escritor. Esos pocos meses bajo sus austeras órdenes, y esta sentida canción en especial: Me volví viejo, entre todas sus mágicas composiciones, marcaron mi derrotero. En especial ahora, en mi vida adulta, más de media centuria después.

En las noches, luego de terminar el radio periódico, solía encontrase con el prodigioso maestro Jaime Llano González en la pastelería Tony. Establecimiento de propiedad de un paisano suyo, algo mayor que él. Era don Antonio Moreno, quien, por encargo (de esto no estoy seguro, no lo pude comprobar) le habría pedido que escribiera y grabara ese tema para una dedicación. Don Antonio tenía una hermosa novia, la señorita Necha, unos veinte años, o tal vez más, menor que él. Pero ella como que no se decidía a formalizar la relación… «¡Tal vez por lo viejo!», le escuché alguna vez al novio decírselo a su paisano y contertulio. Lo cierto fue que aquella bella dama nunca se fue a vivir con él, nunca se decidió. El enamorado murió solo, sin ella, poco después de hacerlo el maestro Morales el 22 de septiembre de 1978.

Para cuando acaeció la irreparable pérdida del egregio compositor, yo estaba en las huestes del Estado, a su servicio, más precisamente en la Fuerza Aérea Colombiana, en el grupo de los Aeroamigos 52-22.

Laboré con el maestro Morales, pues mi madre, a su vez, era la repostera de la Tony, por lo que lo conocía y le solicitó trabajo para mí. Como mi jornada terminaba a las 6 de la tarde, siempre me dirigía hacia la pastelería, a cinco cuadras de la oficina, a esperarla. Ella salía sobre las 7:30 pm.

Por ello, en ese lugar fui disimulado testigo de otras tantas infidencias inherentes a la composición de esa canción. Tan pronto terminaba el radio periódico, sobre las 6:45 p.m., el maestro Morales solía ir a encontrarse con su paisano y amigo en la cercana pastelería Tony. Allá, junto con el gran e irrepetible Jaime Llano González, dueño de unas virtuosas manos con las que interpretaba el piano, hablaban del avance de la canción, discutían, le hacían correcciones, ajustes musicales… Los que, al siguiente día, en su oficina, y conmigo como mudo, único e imperceptible testigo, volvía a tararear, maldecir, tachar, borrar, corregir, arrugar hojas y botar. Y yo a recogerlas, a desarrugarlas, a leerlas con avidez literaria y a guardarlas dentro de un cuaderno, como un tesoro, una vez él salía y se iba.

Creo que una veintena de esas amarillentas hojas las cargué, al menos durante diez años, hasta cuando en algún trasteo se esfumaron. Por lo que solo me quedó aquel perfume de flor de cera impregnado en las fosas nasales de mi inspiración.

 En ese entonces era yo un díscolo adolescente y mi madre una bella mujer en plena juventud adulta. Por lo que, aquella canción, al parecer, en nada nos tocaba:

 Me volví viejo de tanto esperarte/ me volví viejo esperando tu amor

 Sin embargo, hoy, cuando el viejo soy yo y mi madre me espera en lontananza, ¡cuánta dolida vigencia tiene cada uno de esos versos, maestro! Sobre todo, cuando:

 Me volví viejo y no podré olvidarte, / Que culpa tiene de esto el corazón…

 ¡Cuánto aprieta en el alma el no poder:

  borrar con las manos / tantos recuerdos de la juventud

 Para no tener:

  que llorar ya viejos, / las consecuencias de la ingratitud! /

 Por eso hoy viejo como aquellos libros, / que se envejecieron sin hallar lector / y paso a paso voy por mi camino, / musitando bajo mi triste canción.


miércoles, 2 de julio de 2025

Momentos idos

 

Esta narración hace parte y le da el título: ‘Momentos idos’, a la ‘Compilación de narraciones románticas II’

        Niñez, juventud y madurez pasaron veloces por su vera. Nunca pudo hacer con ella esa soñada visita placentera.

Cómo imaginarse entonces que, en esas etapas mágicas, vividas de prisa y sin apreciarlas ni un tantito, como ahora lo hacía, un poco tarde, lo reconocía, pese a todo fue feliz, ¡muy feliz! Lo hizo con el vigor y el ímpetu del alcaraván llanero en celo, sin percatarse de la importancia que cada una de estas tenía. Qué iba a pensar que aquellos maravillosos días de derroches desbocados, locuras, algarabías y sueños infundados, poco a poco absorbidos por agobiantes faenas laborales, tan solo en el recuerdo, ¡cada vez más difuso y esquivo!, quedarían.

Momentos idos, vividos, dolidos, para el jamás olvido.

Vistos con senil retrospectiva, los de su infancia algo sufridos en un entorno familiar en las vicisitudes sociales hundido, tanto o más que los de la adolescencia al percibir que la nostalgia social al futuro patrio traía refundido. Duros años aquellos los de la adultez temprana; en algo llevaderos… quizá por la menuda y más que refregada paga. Esta disimulaba el ceño nacional fruncido, producto de aquel entorno político, económico y laboral, a propósito, por los de siempre enrarecido. Astuta minoría que, pese a tenerlo todo, aunque el todo tampoco le satisfacía, a la atembada mayoría, los sin nada, con amañadas leyes y artimañas, bajo sus insidiosos caprichos productivos por siempre sumisa tenerla quería… que a la postre lograría. Incluso, de ser el más feliz y afortunado del mundo al país convencería y este a los cuatro vientos, al fragor del futbol, fermentos y fandangos por doquiera lo gritaría.

Un cruento y agorero invierno se tragó la primavera.

De un momento a otro la adultez tardía, por entre los sueños irresolutos, los proyectos inacabados y los molestos como incomprendidos achaques aparecidos, inexorable le llegaría. A la ventana de su enfriada alcoba se asomaría. Aunque sabía que lo haría, confiesa que en recóndito silencio a toda costa postergarla quería. Al menos hasta ir con ella a París para la más que retardada luna de mil de cuando novios ofrecida. Promesa hasta ahora incumplida que humilla su existencia; pese a todo lo batallado para hacerla efectiva. Aunque ella lo entiende y sabe todo lo que al respecto han luchado para lograrlo, es un tarugo atravesado en su garganta… que ni saliva le deja pasar, no solo de noche, cuando ni dormir tranquilo puede, también de día. Es la más dolorosa de sus promesas incumplidas. Aunque jamás se lo diga o incrimine, en el cada vez más esquivo como femenino fulgor de sus pupilas la lleva esculpida.

Entre arreboles se agazapa y gime un corazón herido.  

Sin poder… o querer que tal amordazado sentimiento lo sepa el mundo enloquecido. Este hace rato vaga con el freno perdido, en la colectiva tristeza hundido, tras los valores humanos, por algunos centavos, en subasta al mejor postor vendidos. Enfermos del alma en la sociedad de la mentira, en donde ni siquiera el afecto de los allegados es del todo sincero. Creen que suele ser prestado, en tanto haya algún inicuo motivo, interés, dinero en caja o en cualesquiera otros activos. Que los serán de aquellos tan pronto el juez sentencie incapacidad legal o accedan al escrito de defunción para hacerlos efectivos.

Incluso, viejas y secas, conserva sus hojas la palmera.

La senescencia con el paso de las horas hace su dolorosa presencia. Aunque ya no se reproduzca, aquel tronco altivo y áspero no ha muerto, tampoco su esencia, la cual ahora lleva las heridas del tiempo y la ingratitud en sus entrenudos, corazón y en parte de lo que le queda de existencia. Todavía siente y le duele, pero jamás lo dice, que, aunque ayer fue más que un símbolo que generó mercedes y admiración, ahora en su entorno consideren que en estorbo se convirtió, que incomoda a los que de su esplendor gozaron y se beneficiaron, por lo que ya es hora de erradicar la estorbosa datilera... o, al menos, de conseguirle en otra parte, lejos de todos, en un jardín ajeno, lejano, extraño, una pagada jardinera para que se encargue de sus chocheras. Maluquezas, todas, producto del avance de la ceguera, amangualada con la dificultad de entender y captar ligero al sumarse la sordera. Temas tristes estos, los añejos, que a nadie importarle nada pareciera; porque aún no los padecen. Ignoran, disimulan, piensan o esperan que, al llegar a viejos, si es que llegan, tal circunstancia les sea ajena.    

Una vida entera… camino al inexorable frío del olvido.

Pese a todo fue feliz en cada una de aquellas etapas de su vida, se lo dijo a su amante y compañera antes de que alguno de los dos a lontananza partiera o de que el frío del olvido con el infame manto de la amnesia los arropara. Esa vez ella le contestó que a su lado también lo había sido; incluso, en la más que dura postrera, aunque en esta tampoco apareció la escondida primavera, ni lograron celebrar en París la tan ansiada como amorosa y más que esquiva quimera: cenar en aquel hotel, oteando a lo lejos la metálica y seductora palmera.

Lo que sí parecía inexorable, ahora o pronto, que a otro jardín lejano a los dos juntitos sus allegados llevarían y al cuidado de manos extrañas y alquiladas dejarían. Por lo que, quizá, más rápido les llegaría, inexorable, el postrer y solitario estadio de sus días.

Niñez, juventud y madurez pasaron veloces por su vera.

Momentos idos, vividos, dolidos, para el jamás olvido.

Un cruento y agorero invierno se tragó la primavera.

Entre arreboles se agazapa y gime un corazón herido.

Incluso, viejas y secas, conserva sus hojas la palmera.

Una vida entera… camino al inexorable frío del olvido.

Foto cortesía de Andrea Enciso Díaz, de su álbum personal.

domingo, 1 de junio de 2025

La carrera 2 bis

 

En sus respectivos hogares y en casas diferentes pero vecinas, durante toda la vida, desde niños, Adalberto y Eleonora vivieron en esa empinada y sesgada vía corta de una cuadra larga.

Cuando lotearon la inmensa finca Bello Horizonte, por sus vistas privilegiadas en ese entonces, y la convirtieron en el barrio popular donde sus primeros habitantes fueron trabajadores de la Empresa Capital de Servicios de Aseo, por ahí bajaba un impetuoso arroyo que en invierno lo inundaba todo y amenazaba la estabilidad de las cimentaciones, las vías y la megaempresa ladrillera, pocas cuadras abajo. Gran parte de sus turbulentas aguas iban a dar al plancito del potrero. En este, durante los setenta, o antes, tras soterrar aquel cauce, construyeron una cancha múltiple y le colocaron un nombre sugestivo. Ahí realizaban, y todavía, concurridos campeonatos de microfútbol.

En esa cuadra larga, la carrera 2 bis, viví por casi veinte años. Esto me permitió conocer de soslayo algunos fragmentos de las historias de sus habitantes antiguos, así como las de unos pocos nuevos, con quienes llegamos al sector durante los ochenta.

De Adalberto y Eleonora recuerdo que cada uno, para entonces, tenía su respectivo hogar y pareja, él con dos hijos, los de ella eran tres.

Adalberto enviudó unos años después de haberme aparecido en ese bullicioso y populoso sector, pero siguió viviendo solo, ahí mismo; sus hijos migraron en busca del sueño americano. Él tenía su casa ubicada hacia el final de la cuadra, esquina norte, por la otra acera en donde, en la mitad, casi al frente de la que compré con el préstamo que me hizo el Fondo de Ahorro de Empleados Nacionales, vivía Eleonora con su gentil esposo e hijos volantones.

Meses antes de vender aquel viejo caserón e irme para un apeñuscado apartamento al otro extremo de la ciudad, Eleonora enviudó, pero siguió viviendo en su casa, al igual que lo hizo Adalberto en la suya tiempo atrás al quedarse solo. Este, diez años mayor que ella y quien para ese momento lucía una cabellera por completo preñada de canas, sin que esto le quitara su caminado altivo, decidido y, ahora que lo evoco, hasta arrogante y presumido.

Al parecer, a Eleonora el luto marital le regaló una sonrisa que antes le era esquiva y traía apretada… o tal vez muy disimulada en público.

Para sorpresa de casi todos los habitantes de aquella empinada y sesgada vía corta de una cuadra larga, la carrera 2 bis, excepto para algunos pocos vecinos y muy cercanos a estos, tal vez sus más que reservados cómplices de tiempo atrás, quizá desde adolescentes, tres meses después de fallecido el esposo de Eleonora, el par de viudos desarroparon su añejado y preservado amor.

Desde entonces se les ve por la calle cogidos de la mano y darse besos como quinceañeros, tal vez como cuando a escondidas se enamoraron y juraron que, así les tocase otras parejas, como lo querían y les impusieron sus respectivos padres, porque aquellas familias eran rivales desde su llegada al improvisado barrio, por siempre se amarían y esperarían lo que fuese menester para hacerlo público y gritar a los cuatro vientos que, aunque en secreto, a escondidas, desde muchachos se amaron. Que, con mayor razón, ahora de viejos lo seguirían haciendo, pasara lo que pasara, dijeran lo que dijeran.

Ahora… ¡qué más daba!

El tiempo apremiaba.

A nadie importarle debía

Que aquellos viejos se amaran.

¡Qué más daba que se besaran!

Amores añejos sus almas unían.