sábado, 2 de mayo de 2026

'Ser maestros...'*

 

Ser maestros…’ *

‘El aula, fuente de investigación’**

Víctor Eligio Espinosa Galán*

El recién llegado, con un café igual al que bebía quien, en una mesa contigua leía ‘Los nombres de Feliza’, se sentó, puso su bebida sobre el tablero, al lado del portátil que sacó de su mochila y, tras abrirlo, prenderlo y seleccionar un archivo en Word, comenzó a teclear.

—«¡Sí!, es un escritor o un periodista —se dijo el viejo que leía—. Debe estar escribiendo algo así como una novela, un relato largo o, quizá, un artículo para publicar en alguna parte, por el número de palabras que observo en la barra de estado y la temática expuesta de lo que alcancé a fisgonear».

Cincuenta años de experiencia en las lides de la docencia literaria y su formación profesional inherente le permitieron hacer estas cábalas, amén de la postura corporal y mirada escrutadora del recién llegado, unos seis u ocho años menor que él, aunque algo menos achacado.

—«Este casi setentón, tal vez, ¡no haya pasado por ninguna cirugía ni sufrido tantas amargas experiencias como las mías!» —se dijo mientras le respondía a su sobrina por WhatsApp que, en ese momento, luego de la ceremonia de grados, estaba en aquel centro comercial leyendo y disfrutando su café diario.

—Disculpe, señor, ¿es usted escritor… o algo así? —sin quererse quedar con la intriga el envejecido lector le preguntó al recién llegado.

—Como usted dice, sí, «¡algo así!» —respondió el aludido dejando de escribir para beber un sorbo y ponerle atención al desconocido—. ¿Por qué lo pregunta, señor?

—Gracias, caballero. Soy profesor investigador y acabo de salir de un evento de grados de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad Pedagógica Nacional. Una familiar recibió el título de Magister en Estudios Contemporáneos en Enseñanza de la Biología.

—¡Felicitaciones! ¡Qué interesante! Es profesor e investigador… ¿qué enseña y sobre qué temas investiga, si puedo saber?

—¡Lo hacía!

—Le entendí que era profesor e investigador.

—Por más de cuarenta años ejercí la docencia universitaria y la investigación a partir del aula; como le escuché hace rato a una de las licenciadas que acaba de obtener el mismo título de maestría de mi familiar.

—¿Qué le escuchó a la maestra?

Marlene Enciso** y Jairo Robles Piñeros***

—Aquella docente, recién pensionada y tal vez unos tres años mayor que nosotros, les comentó a sus colegas, todos más jóvenes que ella, que, en su trabajo de grado demostró cómo el aula de clase es una fuente de investigación invaluable para el docente que se lo proponga. Aseveró haberlo plasmado así en su tesis que tituló, sin la memoria no me falla, ‘El bosque seco tropical escenario de vida para la vida’**. Trabajo este elogiado por el coordinador académico de dicha maestría el licenciado Jairo Robles Piñeros***. Hasta les tomé unas fotos. Si gusta se las comparto.

—Estoy de acuerdo con esto de que el aula es una de las fuentes primordiales para la investigación. Pero, volviendo a su caso, profesor, ¿por qué dejó su oficio?

—Porque un decano quisquilloso, recién llegado a la facultad, tal vez por miedo a que algún día yo lo pudiese desbancar de ese cargo burocrático que para nada me interesa, al tener yo muchos más títulos, textos, publicaciones indexadas, por ende: ¡experiencia docente e investigativa pero… esos sí, menos los alcances y contactos politiqueros que él, me cogió entre ojos, me hizo la vida imposible, urdió investigaciones disciplinarías en contra mía, por lo que, faltándome poco para cumplir las semanas para pensión, me hizo destituir e inhabilitar para ejercer la docencia… ¡Fue cuando me infarté y casi me voy para el otro lado! ¡Me han operado tres veces!

—Lo lamento, ¡profesor! ¿Apeló la destitución?

—En eso ando hace cinco años. El problema es la plata para seguirle pagando a los abogados… ya he tenido tres. El actual dice que el proceso está próximo a fallar a favor mío… ojalá sea antes de que estire la pata.

—Estoy seguro de que usted es inocente y ganará la apelación.

—¿Por qué lo dice, si apenas me conoce?

—Soy lector de historias y lo veo en su pupila, postura corporal y halo personal.

—¡Interesante! Pero… ¿qué es lo que lee o ve en mis ojos y aureola?

—Profesor, en el diario de su vida, el cual se asoma a sus ojos y transpira todo su ser, queda en evidencia que usted es un hombre honesto, que dedicó toda su vida a ese bonito, pero duro oficio de la docencia, a ser profesor… lo cual, como me consta, más que un simple oficio, ¡es un verdadero y espinudo reto que, además de ser desagradecido, pocos reconocen tras la nota final o el aprobado de la tesis! Casi todos olvidan a sus maestros

—Estamos de acuerdo en esto de que, ser profesor es más que un oficio desagradecido, a más de todo un reto, no solo hoy, con mayor razón lo será en el futuro. Mire que, precisamente, sobre este tema, lo cual me gustaría que usted o alguien documentara y difundiera por el mundo, el vicerrector académico de la UPC, Bogotá*, hoy, en el discurso del evento de grados que le conté, tocó este tema.

—¡Qué interesante!

—Incluso, mire, me le acerqué a la tarima tras la ceremonia y le pedí una copia… aquí la tengo, por si le interesa.

—Puede ser.

—Sería oportuno hacer de esto alguna reseña. De pasada, como lo deja entrever el vicerrector en alguno de los pasajes del discurso, les advierte a los que quieran ser maestros, a los que ya lo son, serán y, desde luego, a quienes siguen en la jornada diaria en las aulas, no solo de los retos, satisfacciones, responsabilidades y placeres que implica la docencia; también, que estén atentos y eviten, en la medida de lo posible, que en cualquier momento del ejercicio algún decano o directivo inepto y envidioso, de tantos que hay por ahí, se enamore de alguno de ellos y lo saque de nómina… ¡tal y como me pasó!

—¡Sí!, suele pasar, desafortunadamente… y usted sí que lo está padeciendo en carne propia. Me gustaría saber, en esencia, qué otros mensajes hay en esas páginas.

El profesor le facilitó las hojas que el vicerrector leyó esa mañana. Tras hojearlas, ante la mirada escrutadora del menudo y famélico profesor, comentó:

—¡Qué interesante! Como usted dice, profesor, este documento sí que vale la pena ser difundido. Si me lo permite, lo compartiré con alguien para que escriba una reseña y la publique en alguna parte… y, por favor, hágame llegar la foto aquella a mi WhatsApp; en esta tarjeta está mi número.

—Le agradezco, señor, por prestarme atención y hacer lo posible para difundir este mensaje docente. Le enviaré esa y otras fotos.

—Si me lo permite… ¿de qué área del saber fue profesor?

—¡De literatura y otras yerbas para enfermedades similares!

—¡Qué interesante! Déjeme echarle una lectura algo más a fondo a este discurso, por favor. Creo que este encuentro casual, en esta plazoleta de comidas, su historia, junto con estas letras de colofón, bien pueden hacer parte de una columna.   

—Bien pueda. Tómese el tiempo que sea necesario…

—Usted que es profesor de literatura, ¿qué título le pondría a un relato que incluya una síntesis de su historia, este encuentro casual y las palabras del vicerrector?

—Me gusta la primera parte del que le puso el licenciado Espinosa Galán a su discurso.

—Se refiere a…

—‘Ser maestro’*, ¡lo dice todo!

—Estamos de acuerdo, gracias, profesor, quedo en deuda con usted.

—Con que escriban algo sobre mi caso y difundan estas palabras es más que suficiente.

—Mientras lo leo con detenimiento, por favor, disfrute su café, no lo deje enfriar.

Durante unos diez minutos el más joven… ¡o menos viejo!, se enfrascó en la lectura del discurso. De vez en cuando soltaba palabras de admiración o gesticulaba de la emoción que le causaba cada frase que leía.

—Interesante y ajustado a las circunstancias que hoy enfrentan los docentes.

—Desde cuando usted llegó y se sentó a mi lado tuve la premonición de que estas palabras, y mi caso injusto de destitución a semanas de mi pensión, harían parte de un escrito que alguien publicará y difundirá.

—Es una promesa. Veré qué puedo hacer, profesor. Sé que alguien algo escribirá y publicará sobre esto.

 

Días después, al conocer la historia y tener las palabras del vicerrector, decidí que el siguiente relato que publicaría tendría al inicio, además del título resumido que propuso el profesor de literatura, una síntesis de su caso inaudito de destitución en vísperas de su pensión, así como del encuentro casual de aquellos dos viejos desconocidos en la plaza de comidas de un centro comercial cualquiera tomando café; leyendo, uno, escribiendo, el otro. De colofón, como acordaron aquellos, ensamblaría por completo, con su respectivo título, las palabras, más que pertinentes y en versión prosa larga*, que el vicerrector académico de la Universidad Pedagógica UPC, Bogotá, leyó la mañana del 24 de abril de 2026 durante la ceremonia de grado de algunos de los licenciados, magísteres y doctores: ¡maestros! de esta famosa e importante institución de educación superior formadora de pedagogos.

 

Ser maestros(as) en tiempos de incertidumbre… *

 

Hoy, quizá como en pocas épocas de la historia, asistimos a una profunda reconfiguración de la vida, del sentido y de las instituciones que antes parecían firmes. Ustedes son hijos e hijas de un tiempo marcado por la incertidumbre, por el miedo y, también, por un cierto cansancio del mundo. Pero en medio de todo ello, hay algo que nos une: ustedes y yo compartimos una misma condición, una misma vocación. Somos maestros.

 

Cada época ha puesto delante de los maestros desafíos distintos. A ustedes les corresponde uno especialmente exigente: educar en un mundo incierto. Un mundo que ha multiplicado la información, pero que sigue teniendo una necesidad urgente de verdad, de autenticidad. Porque nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento… y, sin embargo, nunca había sido tan difícil discernir lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, lo humano del sufrimiento.

 

Hay una pregunta que hoy resuena con una mezcla de nostalgia y de inquietud: ¿Seguirán existiendo maestros? Puede parecer una pregunta incómoda para un día como este. Esta pregunta no apunta al final de la profesión docente, sino a algo más profundo: al posible declive de una cierta figura tradicional del maestro, de ese maestro que tal vez ustedes mismos conocieron. Y por eso la pregunta verdadera no es si existirán maestros(as), sino qué tipo de maestros serán ustedes.

 

Porque si hoy el conocimiento está disponible en múltiples formatos y plataformas, entonces la universidad no puede justificarse solo por transmitir información. Su tarea —y la de ustedes— es otra: formar el sentido de honestidad, de justicia y la responsabilidad. Formar personas capaces de discernir en medio de la incertidumbre y de responder éticamente por sus decisiones. Esa es la verdadera exigencia de nuestro tiempo.

 

La universidad es hoy uno de los últimos espacios donde todavía intentamos sostener la verdad en común. No forma solo profesionales, forma su capacidad de pensar, incentivamos su capacidad de amar, enseñamos a que no sean indiferentes, a que se preocupen por los más frágiles.

 

Pero ustedes se gradúan en un tiempo inquietante, en el que comienza a instalarse algo más peligroso que el error: una desconfianza sistemática hacia la ciencia, un cuestionamiento deliberado del conocimiento que durante décadas ha permitido ampliar derechos, proteger a los más vulnerables y hacer de la dignidad humana algo más que una promesa.

 

Y cuando una sociedad aprende a desconfiar de la ciencia, no solo pierde certezas: pierde humanidad. El sufrimiento del otro se vuelve discutible, la injusticia opinable, y la dignidad deja de ser un principio para convertirse en una utopía.

 

Entonces ocurre, casi sin ruido, lo más grave: empezamos a acostumbrarnos. Y cuando ya nada nos asombra, todo —incluso el abandono, incluso la violencia— se vuelve posible.

 

Es posible que algunos momentos de su paso por la universidad les hayan parecido improductivos. Que queden temas por aprender, caminos por recorrer. Pero hay algo de lo que pueden estar seguros: aquí no solo adquirieron saberes, aquí aprendieron —quizá sin darse cuenta— a mirar el mundo de otra manera. En estas aulas quedaron sembradas sus preguntas más hondas, sus inquietudes, sus compromisos. Aquí también quedaron sus silencios, sus dudas no resueltas y esas pequeñas victorias que nadie más vio. Todo eso forma parte de lo que hoy son.

 

Educar no es simplemente ejercer una profesión. Es responder a una vocación que tiene dos dimensiones inseparables: servicio y compromiso. Y es precisamente eso lo que dota de sentido a la labor docente en un tiempo en el que todo parece transformarse. Hoy el maestro no es solo quien sabe, sino quien narra, quien escucha, quien se atreve a sostener las conversaciones más difíciles de nuestro tiempo sin huir de ellas.

 

Tal vez por eso, la educación necesita recuperar algo de lo que está perdiendo: su dimensión más humana, más artesanal. La posibilidad de conversar sin mediaciones, sin cámaras, sin la urgencia del registro. Porque si la universidad se reduce a una transmisión en ‘streaming’, corremos el riesgo de convertir el pensamiento en espectáculo y el diálogo en simulacro.

 

Ustedes, como maestros, estarán expuestos. Serán cuestionados, refutados, interpelados. Tendrán que responder preguntas incómodas y enfrentar la fragilidad de no tener siempre respuestas definitivas. Pero es precisamente en esa vulnerabilidad donde nace el verdadero deseo de enseñar. Porque enseñar no es imponer certezas, sino abrir caminos de sentido.

 

Hannah Arendt escribió que la educación es el lugar donde decidimos si amamos al mundo lo suficiente como para asumir responsabilidad por él. Esa es, en el fondo, su tarea: ayudar a sostener un mundo que, en ocasiones, parece desmoronarse ante nuestros ojos. No para conservarlo intacto, sino para hacerlo habitable para quienes vienen después.

 

Y quizá, en medio de esa tarea, convenga recordar lo que Borges escribió: que somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. Ustedes serán parte de la memoria de sus estudiantes. En sus palabras, en sus gestos, en su manera de estar en el mundo, quedarán huellas que tal vez nunca vean, pero que persistirán.

 

Por eso, más allá de la incertidumbre, más allá del cansancio de la época, hay algo que sigue siendo profundamente esperanzador: que todavía hay quienes eligen enseñar.

 

Futuros maestros tengan presente que habitamos una época en la que, casi sin darnos cuenta, la experiencia humana se ha ido empobreciendo. Avanzamos, sí… pero como quien avanza en medio de una pérdida. Hemos perdido algo esencial: la capacidad de asombrarnos, de detenernos, de reconocer lo valioso en lo aparentemente simple. Vivimos bajo la presión constante de producir, de responder, de no detenernos nunca. Y en esa prisa, hemos comenzado a dejar de sentir. Nos hemos vuelto, poco a poco, indiferentes.

 

Y, sin embargo, ustedes han elegido una profesión que exige exactamente lo contrario.

Porque ser maestro hoy es resistir esa indiferencia. Es volver a abrir espacios donde el asombro sea posible. Es detener el tiempo en medio de la velocidad del mundo para decirle a otro: “mira esto, piensa esto, pregúntate por esto”. Es, en el fondo, devolverle al mundo su espesor humano.

Pero esta pérdida no es casual. Es el signo de una época que ha convertido la vida en espectáculo. Todo aparece ante nosotros como imagen, como algo que se muestra, que circula, que se consume… pero que rara vez se habita. Y así, sin advertirlo, hemos pasado de ser protagonistas de nuestra existencia a ser espectadores de ella. Miramos mucho, pero vivimos poco. Observamos, pero no nos implicamos.

 

Y es precisamente aquí donde su tarea se vuelve radical.

 

Porque educar no es formar espectadores, sino despertar sujetos capaces de habitar el mundo. No es enseñar a mirar desde la distancia, sino a comprometerse, a pensar, a tomar posición. Allí donde el mundo empuja a la pasividad, el maestro introduce una interrupción: una pregunta, una incomodidad, una posibilidad.

 

Hoy vivimos rodeados de imágenes que ya no remiten a nada más que a sí mismas. Pantallas que nos conectan, pero que muchas veces nos aíslan. Somos parte de “muchedumbres solitarias” que comparten información, pero no necesariamente un mundo. Y en ese contexto, la crisis deja de ser solo cultural: se vuelve profundamente ética.

 

Porque cuando dejamos de sentir, dejamos también de responder.

Y ahí, justamente ahí, aparece el maestro.

 

El maestro como quien insiste en que el otro importa. Como quien se niega a aceptar que la vida se reduzca a lo inmediato, a lo útil, a lo superficial. Como quien, en medio de la saturación de imágenes, devuelve la palabra; y en medio del ruido, recupera el sentido.

 

Ser maestro hoy es, en última instancia, un acto de resistencia: contra la indiferencia, contra la superficialidad, contra la pérdida del mundo.

 

Y es precisamente aquí donde su compromiso, como maestros, se vuelve decisivo.

Porque cuando el sufrimiento del otro se convierte en contenido, cuando lo consumimos desde la distancia, protegidos por la pantalla, algo esencial se pierde. Nos convertimos en espectadores que sienten por un instante… pero no responden. La compasión se vacía, se vuelve un gesto rápido, casi automático, una forma de tranquilizar la conciencia. Y mientras tanto, la reflexión se diluye, la empatía se debilita, y el otro —ese otro que sufre— comienza a desaparecer ante nuestros ojos.

Frente a esto, el maestro no puede ser neutral.

 

Porque educar, en un mundo así, no es solo transmitir saberes. Es resistir la deshumanización. Es enseñar a ver cuándo todo empuja a mirar desde la distancia. Es devolverle rostro al otro cuando el mundo insiste en olvidarlo.

 

Hoy vivimos en un tiempo en el que el poder no solo gobierna, sino que clasifica, jerarquiza, decide qué vidas importan y cuáles no. Decide quién merece ser llorado… y quién puede ser eliminado sin duelo. Y cuando una vida deja de ser reconocida como vida, su destrucción deja de escandalizar.

Por eso, la violencia de nuestro tiempo no solo mata: borra.

 

Y frente a ese borramiento, aparece la figura del maestro como alguien que nombra, que recuerda, que insiste en que cada vida cuenta. Alguien que se niega a aceptar que el mundo se acostumbre al horror.

Pero no nos engañemos: esta tarea es difícil. A veces parecerá inútil. A veces sentirán que lo que hacen no alcanza, que el mundo sigue su curso indiferente. Como Sísifo, empujando una roca que siempre vuelve a caer.

 

Y, sin embargo, ahí está la clave.

 

Porque como nos enseñó Camus, en ese gesto aparentemente absurdo habita también la dignidad. En la persistencia, en la negativa a rendirse, en la decisión de seguir, incluso cuando no hay garantías.

 

Ser maestro hoy es, en ese sentido, un acto revolucionario

Revelarse contra la indiferencia.

Revelarse contra el olvido.

 

Denunciar todo aquello que intenta vaciar de sentido lo humano.

Su tarea no es cambiar el mundo de una vez y para siempre. Es algo más silencioso y, al mismo tiempo, más profundo: impedir que el mundo pierda completamente su humanidad.

Sostener, en medio del ruido, la posibilidad del pensamiento.

Sostener, en medio del cansancio, la posibilidad del cuidado.

Sostener, en medio del horror, la convicción de que cada vida importa.

 

Porque mientras haya alguien que enseñe a mirar de verdad, a pensar de verdad, a reconocer al otro como otro,

 

mientras haya un maestro que se resista a la indiferencia,

no todo está perdido.

 

Y hoy… esos maestros comienzan a ser ustedes.

 

Gracias. *

 ______________________________________________________________________

 *Víctor Eligio Espinosa Galán, Licenciado en Filosofía y Magíster en Desarrollo Educativo y Social, Vicerrector Académico de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN).

**Marlene Enciso, licenciada en Biología, especialista en Gerencia de Instituciones Educativas y Magíster en Estudios Contemporáneos en Enseñanza de la Biología, Universidad Pedagógica Nacional (UPN).

*** Jairo Robles Piñeros, Coordinador Académico de la Maestría en Estudios Contemporáneos en Enseñanza de la Biología, Facultad de Ciencia y Tecnología, Universidad Pedagógica Nacional (UPN), Bogotá.

viernes, 13 de marzo de 2026

Sonrisa vespertina

*Foto Cortesía de la familia Garzón para esta publicación
Héctor Garzón Leal*, un Aeroamigo fiel, de grata recordación y siempre sonrisa vespertina, aunque las cosas estuviesen difíciles, partió a lontananza al compás del toque de la diana de este jueves 12 de marzo de 2026… inmarcesible sonido que llevamos inmerso en el alma desde hace cuarentaiocho años. Entrompetadas notas estas interpretadas por alguno de los ‘carretos’ para que nos despertáramos, levantáramos y comenzáramos las actividades diarias. Desde entonces, siempre a esa hora suena en nuestro subconsciente y nos pone alertas… y este jueves no fue la excepción: sonó para avisarnos que uno de nosotros no lo hizo. Este otro ‘carreto’ se quedó dormido, envuelto en la cobija gris y franja tricolor que nos guarecía del frío sabanero madrileño.

Esta vez las notas de la diana nos avisaron que se nos adelantó ‘Pite’, como con cariño le decíamos los que compartimos más de cerca con él, desde aquel marzo del 78, nuestro paso de esperanza por la inmarcesible ESUFA, nuestra alma máter en la gloriosa Fuerza Aérea Colombiana que nos formó y preparó para casi todo… menos para momentos como este, el más seguro que tenemos: partir a la siga de aquel Ícaro en escultura de bronce que, allá en el Comando Aéreo de Mantenimiento (CAMAN), presagia el destino de los caballeros del aire.

Vuela alto, muy alto, querido Aeroamigo Héctor Garzón Leal. Márcanos el camino por el cual, no solo tu amada familia, sino tus allegados y Aeroamigos, algún día te seguiremos en el vuelo que hoy emprendiste, ¡muchacho de sonrisa vespertina!

miércoles, 8 de octubre de 2025

De esos besos...

 

Embelecos del destino hoy tu recuerdo trajo. Te creía olvidada, ida, ausente, lejos. De nuevo tu perfume mi alma conquistó. Ese, tan tuyo… de infinita y jamás prodigada entrega.

 ¡Seductor efluvio que irradias, tal vez sin darte cuenta!

 Evoqué este día… ¡Bendita fecha esta! Chispeantes atardeceres de julio cuando, sin compromiso alguno, ¡qué bien que la pasamos!

 ¡Momentos, como aquellos, ninguno!

 Tal vez este lánguido susurro que emana de mi añoranza añeja llegue hasta ti cual brisa errabunda y te robe un beso…

 ¡De esos besos prohibidos! ¡De esos con sabor a amigo!

 De esos besos transparentes, y nunca dados. De esos que quedan labrados con pasión indeleble en las tibias rinconeras del olvido.

 ¡En las meras intenciones que tuve de hacerte mía!

 Entonces, tal vez, quizá, me extrañes, como yo a ti, o te haga falta, como tú a mí. ¡Insoportable ausencia en los años idos!

 ¡Irreversible presencia de intenciones fallidas!

 Tal vez este lánguido susurro, yerto, frío, que emana del recuerdo ido y las pasiones rotas, que nunca fueron, alcance tu regazo, devore tu boca…

¡Te robe un beso… de esos besos que nunca fueron!

domingo, 7 de septiembre de 2025

Los sueños de Hilda*

 

Era un fin de semana, el día exacto no lo recuerdo, pero sí el lugar. Íbamos camino a la quebrada Las Sardinas. Paramos para la foto a la salida de Chaguaní, por la carretera rumbo a San Vicente.

La cerca de guadua, refaccionada y vertical, ya no entrecruzada con coquetería como entonces, todavía existe, así como el lote de atrás con matas de plátano y otras más enmontadas. Por ahí poco ha cambiado, casi todo se mantienen igual, cual acuarela del pasado impresa en mi alma y esperanzas envejecidas.

Ese día estaba estrenando, no solo ropa y botines, también, aquel sombrerito que mamá me regaló de cumpleaños. Me sentía tan feliz y seguro con ella, ¡además de amado!, razón por la cual, en ese momento, de manera instintiva la abracé y ella extendió su brazo protector sobre mí.

¡Mágico momento para el jamás olvido!

Ese día ella lucía, no solo aquel bonito y florido vestido que Lola le confeccionó con un retazo de tela que alguien le trajo de la capital, también, su precioso rostro lo iluminaba esa esquiva y magnética sonrisa con la cual instaba esconder la nostalgia social que atragantaba su existencia. Ignoraba, o tal vez del todo no lo comprendía, que mamá mantenía una inquebrantable como interminable lucha contra el destino, a la siga del bocado diario de comida, con la esperanza de un mejor mañana para su empobrecido núcleo familiar.

Lucha en solitario, incansable, ¡admirable!, que esta chaguaniceña simpar daría hasta aquel 7 de septiembre de 2021 cuando, podría decirse, también en solitario, a la una de la mañana, en una fría camilla de una clínica en la capital, se cansó y partió a lontananza.

En aquel julio del 67, así, abrazados, pese a todo, fuimos felices y sonreímos para la foto. Momento, sonrisa y felicidad de mi madre que conservo como el más preciado e invaluable de mis momentos idos y tesoros apetecidos.

Varios folletos en una mesa

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Esquiva dicha que, tal vez, mamá solo volvería a dejar aflorar a su tierno rostro allá, en el Teatro Heredia, en Cartagena, Colombia, cuando, maravillado por una efusiva manifestación de felicidad, el periodista Fausto Pérez V., de El Universal, se inspiró para escribir ese artículo que, cada vez que lo leo, inexorable, a mis ojos lágrimas saca y a mi corazón sus latidos alborotan: Los sueños de Hilda*, en especial estas frases: La alegría de Hilda María Enciso era inocultable. Había bajado del escenario del Teatro Heredia con una alegría que no le cabía en su rostro. Unos minutos antes había ofrecido una hermosa presentación de danza… la Loca Margarita… Ni qué decir de esta otra perla que mamá compartió esa vez con el periodista: Fue necesario llegar a vieja para comprender que vivir ha valido la pena…

Gracias, mamá.

*El Universal, Cartagena, Colombia, 17 de agosto de 2001/3A

viernes, 5 de septiembre de 2025

Poda de capullos

 

Esta historia hace parte de 'Momentos idos, narraciones románticas II'

La poda de capullos, de brotes que crecen hacia afuera o con características parasitarias, así como de flores y ramificaciones avejentas o enfermas se hace para favorecer la floración, crecimiento y, en general, la salud de las plantas. Además de prevenir enfermedades, se busca garantizar que sus siguientes retoños, flores y frutos tengan mayor energía, crezcan saludables, duren y produzcan más y mejor.  

Proceso que implica, desde luego, además de nutrientes y riegos inherentes, hacerlo en el momento preciso, con los utillajes y en los lugares adecuados y, sobre todo, mediante un corte limpio y preciso para evitar dañar, deformar o contaminar la esencia de la planta. Práctica válida y justificable solo en esta especie: la flora, no en otras, menos si se trata de la humana.

Con una poda adecuada es posible, de ser, por ejemplo: rosas, geranios, lavandas, petunias, pensamientos, alegrías, dalias, fucsias, magnolias, tulipanes… mantener y disfrutar de un jardín sano, con hojas y flores hermosas y abundantes durante gran parte, o estación, del año y por un tiempo más largo.

¿A quién no le gusta ver y estar en contacto directo con un vergel florecido y con esmero y cariño cuidado? Ojalá se tuviese por siempre alguno cercano para la inspiración y el extasío. Profundo respiro del alma que a sus tristezas propician calma.

Bueno, ¡sí!, no dejan de haber por ahí algunos elfos a quienes estas maravillas de la naturaleza, y otras más, les disgusten, incomoden, generen repelencia o afecten de una u otra manera sus frondíos intereses. Sinrazón por lo cual prefieran o dispongan por interpuesto jardinero tartufo o maderero alquilado, no solo arrasar los capullos, las flores, los jardines, los bosques y hasta las selvas vírgenes que les incomoden o se opongan a sus objetivos particulares, para extraer su esencia, su leña, para sembrar en su lugar las yedras de la destrucción y la maldad, con tal de engrosar sus billeteras e inflamar sus carcomidos sentimientos megalómanos, bajo la mampara de entelequias como las del «libre mercado, crecimiento equilibrado, desarrollo económico armónico, la paz de las naciones y el bienestar general»; como suelen pregonarlo con gran cartel los beneficiarios e interesados y lo defienden a tajo y sesgo las organizaciones y carteles por estos mismos creados y patrocinados.

Es preciso insistir: poda de capullos justificable única y exclusivamente en la flora y con los propósitos mencionados. Jamás lo será para ninguna otra especie, mucho menos tratándose de seres humanos.

Sin embargo, con tristeza, al investigar y leer sobre los peores genocidios que ensangrientan la historia humana, cada vez más seguidos y virulentos que los horripilantes e injustificables de antaño, pese a que la mayoría pudo ser documentada (maquillada) por los ganadores, con las justificaciones de sus desmanes y debacles, o mantenida y ajustada por sus descendientes y seguidores para continuar disfrutando del heredado como supurante botín o del destilado salarial respectivo, el lector juicioso y objetivo (no alineado, alienado ni beneficiario directo, indirecto o a sueldo al servicio de alguno de estos) encontrará infinidad de ejemplos que involucran más que perversas podas de capullos de la más preciada y delicada especie existente sobre la faz de este puntico azul del universo, en préstamo por un ratico cósmico: ¡la infancia! Estos capullos, más que inermes, confían con ingenuidad en la sensatez y honestidad de los adultos, sin siquiera imaginarse el monstruo despiadado y cruel que puede agazaparse dentro de algunos. Peor cuando son poderosos, se vuelven intocables y han sobrepasado en la pirámide de las necesidades el último de los escalones, cayendo abruptamente hacia el del refocilo visceral (ese que Maslow dejó de mencionar, y es entendible) que les genera la devastación de sus congéneres…  y entre estos sufran más, tengan menos, se trate de niños o hayan sido desposeídos, mayor es el infame y corrosivo placer que les produce la sangre ajena derramada.  

Entre una infinidad de casos, por citar solo unas pocas de estas infames podas, encontramos la, vuelta Testamento, alabanza y cántico, ordenada por aquel emperador romano para salvaguardar su corroído trono e imperio en decadencia. O las de los infames campos de concentración para ‘depurar la raza’ y aniquilar a los sin casta. Ni qué decir de los quemados con napalm en desarrollo de la Teoría del Dominó, así como las de los brutales enfrentamientos en patios ajenos entre poderosos como intocables osos de un lado y otro; cada uno a la siga inicua del control geoestratégico, cuando no en el Gran Oriente Medio, en Europa Oriental, en Asia marginal, en África, en Latinoamérica y doquiera sea que queden recursos por explotar, saquear y a la gran potencia llevar; como oro, plata, diamantes, cobre y otros tantos y tantos erarios sisados durante la erosiva época de la fragosa Colonia, en países a uno y otro lado del majestuoso como insondable Atlántico, así como los ubicados entre el hechicero Índico y el atronador Pacífico.

También lo son, con similar sordidez y desfachatez, las miserables podas de las guerrillas, grupos ilegales, ortodoxas facciones religiosas o dogmáticas que arrancan capullos de sus empobrecidos entornos para llevarlos a sus parcelas horrorosas, donde los entrenan, aleccionan y alienan, lejos de sus vergeles mientras crecen. De allá luego los sacan y ponen a batallar (y morir) en contra del enemigo que les inculcaron. Mientras que los aleccionados y bien pagos generales de la muerte de los ejércitos que enfrentan, pese a saber que su enclenque contrincante tiene de carne de cañón a tales infantiles capullos engrupidos, en supuesta defensa de la democracia, el orden establecido (por sus agazapados y orondos amos detrás del poder), la religión o los dogmas respectivos, disparan a discreción, bombardean sin contemplación y esparcen o escombran en mil pedazos sus inermes pétalos destrozados… o podados en tan ajena como carnicera confrontación.

Podas bárbaras, todas estas, que, al involucrar tanto a niños como a jóvenes, consecuencia de la mayor de las degradaciones del intelecto humano cuando se contagia de egolatría y ansias insondables e incontrolables por el poder, el control y el sometimiento de sus semejantes para saciar sus aberraciones más oscuras, por su monstruosidad simpar, ¡infame!, mereciesen condena, castigo y el señalamiento perpetuos, tanto para los responsables directos e indirectos, como para todos aquellos que conocieron de tal barbarie y nada hicieron, ni dijeron, solo voltearon a ver hacia otros lares.

Pero ¡no!

Resulta que, por este o aquel adeudo, manejo mediático, retoque histórico, justificación salarial, deuda ajena heredada o trasladada, empacho religioso, moral, racial o de cualesquiera otras razones esgrimidas por los poderosos asesinos o los testigos cómplices, en lugar de veto, condena y castigo, estos encuentran justificación, aplauso y hasta difusión de las imágenes con los inermes agredidos, engrupidos o, como lo dicen para que no suene tan feo: «¡Instrumentalizados!». Imágenes para el disfrute televisivo a nivel mundial, por cuenta de la pusilánime y cómplice sociedad enferma terminal de nostalgia social y desafectación humanitaria, que hasta se regocija sin chistar ni mu ante las dantescas imágenes de aquellos niños acribillados, heridos, temblorosos, desorientados, hambrientos, famélicos, llorando por el bramido de los misiles, las bombas, las balas o frente a los cadáveres destrozados de sus padres, familiares o vecinos…

¡Triste legado para la eternidad!

Nocivos efectos de estas podas que, si es que quedan brotes sobrevivientes, se encarnarán durante tres veces treinta y tres generaciones entre los directamente afectados, así como en los genes de los pusilánimes, doquiera sea que vean o sepan de tales aberraciones, la peor de las contaminaciones en la compostura humana: ¡la insolidaridad! Estadio final de la nostalgia social. Particularismo este, fatalmente contagioso, que autodestruye y corroe por dentro al ser que la contraiga, padezca y disperse por doquiera vaya, siendo insondable el dolor sentido cuando ataca la conciencia de cada uno. Inexorable como generalizado padecer callado, doloroso y letal, pocas veces aceptado y mucho menos confesado en busca de ayuda, tanto en los propiciadores intelectuales, materiales y mediáticos de tan perversas prácticas y sus inmundos beneficios logrados, como en el colectivo global…

Neoplasia maligna inmersa, no solo en el alma de los perpetuadores del desafuero contra sus congéneres, sobre todo cuando se trata de niños, también, en las de todos aquellos quienes, frente a tal debacle hicieron caso omiso, sin chistar siquiera. En adelante, a unos y a otros, aquel remordimiento hinchado les arañará sus vísceras, produciéndoles náuseas en las madrugadas, amén de heredarlo…

Carcinoma social impreso en los genes de sus siguientes brotes de capullo, cada vez más descoloridos, insípidos y enclenques.

Historia publicada en RLNC, el 31-08-2025


martes, 5 de agosto de 2025

Una historia guardada

 

Hilda María Enciso

Hace algo más de media centuria, en pleno centro de Bogotá, en un triángulo formado entre la carrera 9° con calle 17 (la oficina del maestro), la carrera 13 con calle 14 (la emisora Radio Santafé) y la calle 17 con la misma carrera 13 (la pastelería Tony), fui testigo exclusivo: vi, sentí y disfruté varios momentos cuando el maestro José Alejandro Morales López estaba componiendo la canción: Me volví viejo.

Oficina y pastelería ya no existen. La emisora se trasladó de sede.

Por aquellas calendas trabajaba con el insigne compositor Morales, el mismo de Pueblito viejo, Campesina santandereana, Yo también tuve veinte años y otras doscientas diez canciones más.

Mi principal obligación laboral con él era casi periodística, tangencialmente literaria. Me correspondía ir a recoger los comunicados de prensa del Palacio de San Carlos, en ese entonces la sede del Gobierno nacional colombiano, ubicado en la calle 10 con carrera 5, dos cuadras arriba de la Plaza de Bolívar. De ahí, y de otros medios, el maestro montaba las noticias que difundía en un espacio noticioso (una de sus fuentes de ingresos, con lo que me pagaba) que tenía en la emisora Radio Santafé.

El resto de tiempo lo dedicaba a redactar y revisar sus composiciones, ahí, en su oficina. Por tal razón, en un pequeño escritorio ubicado cerca del suyo, a menos de dos metros, fui testigo privilegiado: lo escuché tararear la naciente canción, así como maldecir, refunfuñar, corregir y vuelva a corregir en las amarillentas hojas de un block aquellas inmortales estrofas, ¡toda una elegía a la vida!

Varias veces recogí del cesto de la basura hojas arrugadas, desechadas, con bellos versos que nunca fueron. Pero que, a mí, al leerlos, me parecían fascinantes… ¡obras maestras!

Fueron momentos inolvidables, indescriptibles y literariamente contagiosos, lo reconozco, y se lo agradezco, maestro Morales. Su fugaz e invaluable presencia en mi temprana juventud apalancó mi espíritu de escritor. Esos pocos meses bajo sus austeras órdenes, y esta sentida canción en especial: Me volví viejo, entre todas sus mágicas composiciones, marcaron mi derrotero. En especial ahora, en mi vida adulta, más de media centuria después.

En las noches, luego de terminar el radio periódico, solía encontrase con el prodigioso maestro Jaime Llano González en la pastelería Tony. Establecimiento de propiedad de un paisano suyo, algo mayor que él. Era don Antonio Moreno, quien, por encargo (de esto no estoy seguro, no lo pude comprobar) le habría pedido que escribiera y grabara ese tema para una dedicación. Don Antonio tenía una hermosa novia, la señorita Necha, unos veinte años, o tal vez más, menor que él. Pero ella como que no se decidía a formalizar la relación… «¡Tal vez por lo viejo!», le escuché alguna vez al novio decírselo a su paisano y contertulio. Lo cierto fue que aquella bella dama nunca se fue a vivir con él, nunca se decidió. El enamorado murió solo, sin ella, poco después de hacerlo el maestro Morales el 22 de septiembre de 1978.

Para cuando acaeció la irreparable pérdida del egregio compositor, yo estaba en las huestes del Estado, a su servicio, más precisamente en la Fuerza Aérea Colombiana, en el grupo de los Aeroamigos 52-22.

Laboré con el maestro Morales, pues mi madre, a su vez, era la repostera de la Tony, por lo que lo conocía y le solicitó trabajo para mí. Como mi jornada terminaba a las 6 de la tarde, siempre me dirigía hacia la pastelería, a cinco cuadras de la oficina, a esperarla. Ella salía sobre las 7:30 pm.

Por ello, en ese lugar fui disimulado testigo de otras tantas infidencias inherentes a la composición de esa canción. Tan pronto terminaba el radio periódico, sobre las 6:45 p.m., el maestro Morales solía ir a encontrarse con su paisano y amigo en la cercana pastelería Tony. Allá, junto con el gran e irrepetible Jaime Llano González, dueño de unas virtuosas manos con las que interpretaba el piano, hablaban del avance de la canción, discutían, le hacían correcciones, ajustes musicales… Los que, al siguiente día, en su oficina, y conmigo como mudo, único e imperceptible testigo, volvía a tararear, maldecir, tachar, borrar, corregir, arrugar hojas y botar. Y yo a recogerlas, a desarrugarlas, a leerlas con avidez literaria y a guardarlas dentro de un cuaderno, como un tesoro, una vez él salía y se iba.

Creo que una veintena de esas amarillentas hojas las cargué, al menos durante diez años, hasta cuando en algún trasteo se esfumaron. Por lo que solo me quedó aquel perfume de flor de cera impregnado en las fosas nasales de mi inspiración.

 En ese entonces era yo un díscolo adolescente y mi madre una bella mujer en plena juventud adulta. Por lo que, aquella canción, al parecer, en nada nos tocaba:

 Me volví viejo de tanto esperarte/ me volví viejo esperando tu amor

 Sin embargo, hoy, cuando el viejo soy yo y mi madre me espera en lontananza, ¡cuánta dolida vigencia tiene cada uno de esos versos, maestro! Sobre todo, cuando:

 Me volví viejo y no podré olvidarte, / Que culpa tiene de esto el corazón…

 ¡Cuánto aprieta en el alma el no poder:

  borrar con las manos / tantos recuerdos de la juventud

 Para no tener:

  que llorar ya viejos, / las consecuencias de la ingratitud! /

 Por eso hoy viejo como aquellos libros, / que se envejecieron sin hallar lector / y paso a paso voy por mi camino, / musitando bajo mi triste canción.