
En casi todas las
reuniones a las que últimamente voy, más temprano que tarde soy abordado con infaltables
preguntas contables, en nada relacionadas con la temática literaria de mis
obras, por parte de familiares, amigos, conocidos y extraños concurrentes.
—Y, ¿cómo te va con las novelas? —pregunta uno.
—¿Has vendido algo? ¿La gente todavía compra y lee libros?
—replica el otro.
—¿Eso sí da plata? —insiste aquel.
—¿De eso se puede vivir? —cuestiona el de más allá.
—¿Vas a seguir con eso? —restriega el segundo.
A estas preguntas, las más comunes, y a otras tantas aún
más ‘amenas e interesantes’ suelo responder siempre con una sonrisa atrapada
entre mis caninos.
No
solo es en esas reuniones protocolarias que me abordan al respecto. En la
solemne intimidad de mi hogar y entorno familiar este también es tema de
esquivas, incompletas e insatisfactorias conversaciones. Allá, sin decírmelo, lo
sé, me llevan una milimétrica, recóndita y racional contabilidad entre lo que
saben, o intuyen, que he desembolsado por conceptos de edición, publicación,
impresión, distribución, publicidad, envíos y otros rubros inherentes, versus el
flaco producto efectivo recibido por los ejemplares vendidos. Por lo que, al
final de sus periódicos balances, en términos mercantiles, y sin exponerlo de
manera abierta, lo cual no deja de ser claro en la luz intensa de sus
familiares pupilas, el resultado siempre ha de ser el mismo: ¡Déficit! ¡Pérdida!
¡Mal negocio! ¡Perdedera de tiempo!
Esto,
amén de los ejemplares que van con cargo directo al P&G del autor. Unos, porque
los dono a las bibliotecas de los municipios, dentro de mi rocinante campaña:
“Una novela para cada escuela” (wrenciso.com). Otro tanto, por los que obsequio
con azarosos motivos promocionales.
Así
las cosas, las sumas no les cuadrará. Debe y haber, que dentro de la lógica
contable tendrían que arrojar sumas iguales, no lo serán. Les aparecerán dispares.
El segundo, seguro, será mayor que el primero. ¡Déficit! ¡Pérdida! ¡Mal
negocio! ¡Una perdedera de tiempo!, gritarán en silencio, no sin ese asfixiante
y tan humano deseo de hacérmelo explícito, para recomendarme que deje tal
industria que no me produce nada.
Desde
luego que, tanto los de mi sagrado entorno familiar inmediato, así como los
beneméritos asistentes a esas reuniones, ignoran que el verdadero balance que
le interesa y concierne a un escritor es probable que aquellos no lo entiendan,
¡sientan! o les importe. Pues, este no tiene que ver con sumas iguales en
términos mercantiles. A la partida doble, tratándose del negocio de un
escritor, hay que darle una especial connotación, trato e interpretación. Lo
cual, para algún conservador revisor fiscal o avezado contralor, quizá le suene
a doble contabilidad. ¡Que lo es!, más no en términos legales y fiscales.
La
respuesta, tanto para las incisivas preguntas como válidas preocupaciones
mercantiles y fiscales de unos y otros, se sintetiza en una frase: Quien aspire
a amasar de manera fácil, rápida y segura una gran fortuna, medible en unidades
monetarias, debe escoger una senda que no sea la de escribir. Encamínese por un
negocio distinto al del escritor. Esto no quiere decir la inexistencia de
alguno, o algunos, que hayan prosperados en estos términos, o que lo vayan a
hacer con este oficio. Los hay, mas no es el común, al menos al comienzo de la
larga y tortuosa carrera por la enmontada senda de la literatura. Pocos lo
logran, casi siempre cuando el lucero de la tarde comienza a despuntar en el
poniente. Otros, al menos en nombre, tras esfumarse el olor esparcido por los
incensarios durante su postrer adiós.
El
escribir, más que negocio mercantil, es una goma, ganas, un deseo, una
necesidad de carácter única y exclusivamente personal. Se trata de una fuerza
inexorable e incontrolable que motiva, impulsa, obliga. El oficio de escribir
implica y produce una satisfacción espiritual, antes que la seguridad de un
futuro económicamente promisorio. Y el escritor lo sabe, o al menos lo intuye, y
sin importarle mucho se arriesga. Para un escritor, escribir refocila su alma. Le
trae paz, la cual se incrementa con cada frase terminada, publicada, leída,
recordada por alguien.
La
verdadera riqueza que puede acumular un escritor, y que en últimas es lo único
que le importa, es el placer de ser leído. Que sus letras despierten
insospechadas emociones en ignotos lectores perdidos en lontananza. Que sus
párrafos obliguen o impulsen a alguien a entablar con el autor, a la distancia,
indescriptibles y mudos diálogos. El verdadero tesoro del escritor lo
constituye ese placer cuando sus frases le permiten al lector encontrar una
respuesta difícil, escondida. La cual, tal vez, fuera del mundo de la
literatura, esté prohibida, sea castigable, pecaminosa, fantástica, irreal.
El
más grueso cheque que puede llegarle a las arcas de un escritor es saber que
alguien quiera leerlo, que lo está haciendo, que lo ha leído y, mejor aún, que
lo quiere volver a leer. Esto hace, entonces, que el escritor, por ese caro público,
cada vez más escaso, sin importar cómo, sin escatimar en costos, que de alguna
manera se resuelven, quiera y se sienta obligado a responderle, a ponerle en su
mano más frases suyas. Sería inaceptable que por algún pretexto mercantil ese
ávido lector no tenga la oportunidad de acceder a sus nuevas letras y a todas
sus obras.
Sin
embargo, y volviendo a la lógica de la partida doble, válida preocupación del
entorno familiar e inquietud indirecta del círculo de conocidos, el escritor,
además de su mera satisfacción, debe tener en cuenta, no obviar por completo,
aquel mercantil asunto. Por ello, tendrá que llevar una doble contabilidad. Lo
que implica tener dos frentes productivos. Uno, necesariamente, el del sustento
básico, personal y familiar, para su tranquilidad. De este, además, tendrá que
disponer una parte para patrocinar y mantener vivo su vicio literario, desde su
génesis hasta su publicación y entrega al lector.
En
este frente productivo el balance, la relación ingresos versus costos, entradas
frente a salidas, debe arrojar al final de cada periodo, como mínimo, sumas
iguales. De juiciosos es evitar el déficit que conlleva a la sin salida que
ofrece la amebiana alternativa financiera para sostener gastos insostenibles,
con su invisible, más no por eso inexistente, cadena de réditos, casi a
perpetuidad. Fatal círculo vicioso que termina, no solo con la paz del
espíritu, sino con toda creatividad literaria, por ende, con cualquier
posibilidad de seguirle cumpliendo al lector.
En
la otra contabilidad, en la literaria, no importa que lo invertido, que lo
gastado, siendo esta una parte de lo que deja la primera fuente, la productiva,
sea infinitamente superior a lo recibido, en términos mercantiles. Esto, en
tanto los beneficios recibidos con aquel vicio, es decir, el que haya lectores
para lo que escribe, y a estos les genere satisfacción, se perciban, así no se
reciban de inmediato... o en vida.
Lo
anterior me permite dar respuesta y explicación a otra de las reiteradas
preguntas e inquietudes que suelen plantearme: ¿Por qué comenzó a escribir
hasta los 57 años? Entonces, de nuevo, y con una sonrisa atrapada entre mis
colmillos, les manifiesto que lo llevo haciendo desde los once o doce años.
Desde cuando, en la biblioteca del Concejo de Bogotá, muy cerca de la Plaza de
Bolívar, luego en la Luis Ángel Arango, cuatro cuadras más hacia el oriente, me
hice amigo de, entre otros, Shakespeare, Dostoievski, Gógol, Cervantes, Dumas,
Quevedo… Con quienes he tenido un diálogo fluido desde entonces a través de sus
increíbles personajes que me contagiaron el vicio, no solo de la escribidera,
sino de la lectura. Que son compadres indisolubles.
Sí,
les manifiesto que con este vicio de la escribidera llevo más de cuarenta años.
Razón por la cual tengo material que podría publicar muy seguido y durante un
buen tiempo. Más de lo usual para un escritor. Sin embargo, debo contar con los
remanentes del balance contable de mi actividad productiva principal: la
pensión gubernamental, aumentada con la ausencia de afugias por tener que ir a
trabajar y disponer del espacio suficiente para dedicarme a mis dos máximos
placeres, después del amor, o el desamor, a esta edad como que los dos son lo
mismo: leer y escribir.
En
cuanto a publicar, en eso sí tienen razón. Tengo que reconocerlo. Comencé a los
57 cuando Ani Palacios, presidenta de Pukiyari Editores y Contacto Latino, me
lo propuso en abril del 2016. Me ofreció sus servicios editoriales, con
asequible cargo, para publicar La iluminada muerte de Marco Aurelio Mancipe,
finalista en el Premio Internacional de Novela Contacto Latino. Después vino Con
derrotero incierto, luego, en 2017, Amé en silencio, y en silencio muero
y otras más, a razón de, al menos, una por año.
En
síntesis, a publicar comencé desde el 2016, a los 57 años. A escribir, les
preciso, desde cuando en la preadolescencia, a los once o doce años, contraje
el virus de la literatura en aquellas dos bibliotecas bogotanas. Pasión por
leer, delirio lector que estoy dispuesto a contagiarle a la mayor cantidad
posible de jóvenes, al menos con mi campaña de llevar lectura a las bibliotecas
municipales de Colombia… ¡en principio!
Tengo
que agregar, para que quede claro el tema de ingresos y egresos, sobre todo por
aquello de la doble contabilidad como escritor, que a la vez que contraje el virus
literario, comencé a trabajar, inicié mi proyecto productivo. Desde luego, con
dedicación y predominancia del productivo sobre el literario.
Es
así como con el producto de esos más de cuarenta años de ardua e ininterrumpida
labor, hoy puedo, en parte, garantizar que mi primera contabilidad, la de mis
ingresos y egresos mercantiles, incluidos entre estos últimos los relacionados
para mantener los literarios, al menos, al final de cada mes, sus sumas
fiscales sean iguales. Sin déficit, aunque, tampoco, en ningún mes, arroje
superávit.
Ahora
bien, si algún día esto llega a suceder, que en la primera contabilidad haya
utilidad, tal beneficio adicional será dedicado, de inmediato, para incrementar
el virus literario en la juventud del mundo y, con ello, catapultar la
satisfacción para los lectores. Pues, en este segundo balance, el de la
contabilidad literaria, desde mayo de 2016, cuando publiqué mi primera novela, y
no solo comencé a ser leído, sino que inicié a llevarla a algunas instituciones
de educación pública en municipios de mi país y luego en otros lares, el
superávit no ha parado de crecer.
Gracias,
lectores, donde quiera sea que se topen sus personas. Ustedes son la razón de
mi escribidera y de la doble contabilidad que llevo.
