lunes, 1 de junio de 2026

Aquel día

Que al final de los adioses del olvido alguien disperse por doquiera mis cenizas, para que la brisa que besa el Alto del Vino se impregne con sonatas, versos y sonrisas…

Bucólico paraje donde, en una lomita, ¿recuerdas?, quise hacerte un tibio nido, para encerrarnos allá, en soledad furtiva, a gritar con letras y besos este amor vivido.
Esa tarde, al final de los adioses del olvido, prohibidas quedan misas, coronas y tristezas. Que sean frases de mis autores preferidos las galas de mi alegre y eterna despedida.
Aquel día, que nadie sufra ni llore mi partida. Que del todo, de este mundo no me habré ido. Escrita quedó nuestra historia… con sus heridas, junto al sinfín de momentos gratos compartidos.
Que al final de los adioses del olvido alguien disperse desde lo alto mis sentires. Que lo haga allá, donde quise fabricarte un nido, para arruncharnos, escribir, y ser aún más felices.

¡Que nadie esté triste ni llore mi partida! Ahí, en cada letra que escribí, plasmé mi vida, esa que, gracias a ti, amada mía, tuvo sentido. De no ser así, nada en mí igual hubiese sido.
Aquel día, que todos tiriten, pero de alegría. Que entonen lindas canciones y bellas poesías. Que evoquen siempre las historias que un día… ¿recuerdan?, les escribí e hice pasar por mías.
Para que entre la neblina sea mi postrer destino, que alguien verseando a Neruda disperse mis cenizas. Que lo haga desde la casa centinela del Alto del Vino. Así volarán mis letras en la rima del frío con la brisa.
Prohibidos quedan rezos, llantos, flores y flaquezas. Aquel día, quiero sentir en el aire el poema de tu voz. Que el frío viento se lleve en sus alas nuestro amor y les cuente a todos que fue un idilio de mágica belleza.
Que alguien disperse por doquiera mis cenizas…

La vida


 Intenta aprender…

Cuando apacigües el alma, cuando disfrutes la tarde caer, con corazón henchido de calma… Y esos recuerdos dejen de arder, la esperanza volverá, la carga se aliviará y la luz del mañana, sin prisa, te inspirará.

¡Esperado y esquivo momento de mero placer!

Para entonces, quizá estés muerto, o, por ahí, soñando despierto… Mas, no importa, habrás entendido que, aunque nacer no pedimos, la vida es un don incomprendido, del cual, buen uso… poco hicimos.

¡O no quisimos… o nada intentamos hacer!

Vivir es un arte que nadie te enseña. Requiere tesón y un tercio de leña, demanda pasión y alguito de maña, consume ilusión, que avinagra la saña… Por eso, impide que, al llegar la tarde, abrojos y penas tu cena te amargue.

¡Cuando, tal vez, ni puedas, o quieras comer!

La vida es un don, por nadie entendido, impresa en la flor, con la que se corteja, perenne en el viento, que ulula herido, latente en la lluvia, que acaricia la teja, vibrante en la sangre, que el arma derrama, ausente en el éter, que del alma desgrana.

Gracia, ¡que dejó de ser!

Vivir es un arte que poco entendemos. Oficio que, a fuerza de errores y llantos, cara factura nos pasa, tarde que temprano, cuando con qué pagar no tenemos, excepto lamentos, pesares, sueños y olvidos, que ninguno recuerda cuando dejas el nido.

¡Y a quién le importaría tu vida saber!

La dicha es efímera, para quien lo quiera. Nadie te obliga a sufrir, ser libre, feliz o morir. La añoranza es ajena, si de joven la alejas. Jamás endoses propios laureles o tus desventuras, son el resultado de miles afanes e ignotas venturas, que esculpirá la historia, tras tu mortal partir.

Y que, con suerte, alguien querrá leer…

Cuando por fin apacigües tu alma, ojalá no estés muerto, comprenderás que hay que vivir con calma, que la vida es un don, por cierto: ¡perfecto!, pero que poco y nada entendemos, ¡que la dicha es efímera, si así lo queremos!

Lo verás, tal vez con los años, si intentas crecer…

Lo verás, tal vez con los años, si intentas crecer… ¡Esperado y esquivo momento de mero placer! Si te llega, nace y de verdad lo quieres hacer, comienza ahora que todavía puedes comer, y, esa, tu vital gracia, no ha dejado de ser; así, muchos, tu historia, van a saber, exaltar, imitar, difundir y leer…

¡Intenta aprender!

Ahora que puedes


 Porque la vida es corta, ahora que puedes: ¡goza! Mañana quizá ya no estés, o el mundo gire al revés.

Ahora que puedes, amigo… baila, baila esta salsa a más no poder. De aquí solo llévate el placer; ven, te invito, danza conmigo.

Disfruta cada momento, porque dolor y tormento mejor dejarlos en el ayer, sin siquiera voltearlos a ver.

Sí, baila y canta esta salsa a placer. De aquí más nada vale la pena llevar, los malos ratos hay que olvidar. ¡Ven ya con tus amigos a festejar!

Porque la vida es corta, ahora que puedes: ¡goza! Mañana quizá ya no estés, o el mundo gire al revés.

Ven, canta y baila hasta el amanecer, y si te es posible allá en la eternidad; que ninguno apoque tu ser, que nada apague tu felicidad.

Cualquiera sea el camino que te marcó el destino, solo tú con flores o cardos adornas a diario tu paso.

Solo eres tú quien a tu canto algunas veces le pones risa… Otras tantas le impregnas llanto. Entonces: ¿Cuál es la prisa?

Que nada apague tu felicidad, que ninguno apoque tu ser, porque la vida es corta y gozarla es lo que importa.

¡Ven a bailar esta salsa a más no poder!
Porque, mira… ya casi termina el atardecer.

Un vacío en el alma

 

Por siempre Dibujo cortesía de Diego Ortiz Mimo, CDMX

Si lo es aquí en soledad, por impuesta y hasta conveniente distancia social, más difícil sería si tal vez me apareciese por allá, más que a riesgo, a expresar a grito herido esto que aflige y destroza mi corazón. Sé que algo similar le pasa a cualquiera al intentar juntar palabras, haya o no talanqueras de esto o aquello, tras la inexorable partida de una persona simpar. Peor cuando se trata de un amor prohibido, imposible, como en nuestro caso.
Aunque sobre decirlo… lo diré de todas formas, a ver si me sale. Un ser amado, al partir a lontananza, lo seguirá siendo por siempre; más si, como tú, fue ejemplar en todo el sentido de la palabra; aunque en tu caso hayas tenido un solo desvarío: amarme en silencio ignoto para corresponderle a mi travieso amor durante tantos años, llenándome de ilusión de vida e infinitas alegrías.
Por siempre estarás aquí a mi lado, doquiera sea, doquiera estés, doquiera vayas.
Permanecerás dentro de mí y de aquí nada ni nadie podrá sacarte, ni siquiera el tiempo, tampoco el avasallador olvido que suele castigar a algunos con implacable saña al traspasar el inexorable portal de la senectud… El que me hubiese gustado padecer al tiempo, los dos, juntitos. Como nos lo prometimos cuando nos conocimos y lo reiterábamos de cuando en vez. Más en estos últimos años al comenzar a sentir, y a padecer en silencio amargo, que éramos para nuestros respectivos allegados algo así como una carga, como un pereque del cual ninguno de ellos quería saber, menos echarse encima, encargarse, ¡envainarse! Como sí lo hicimos nosotros con ellos y casi por cincuenta años, a toda costa y sin pensar siquiera en recobros de ninguna índole.

El yerto precipicio de tu ausencia

A partir de este momento… y en adelante, ignoro cómo reponerme ante este, el cual será cada vez más grande, yerto precipicio de tu ausencia… Un vacío en el alma insondable al evocarte, al mencionarte, al llamarte y no escucharte, al buscarte y no encontrarte entre la bulliciosa soledad de mi entorno familiar y cercanos, que, aunque presentes, cuando más se les necesita… están ausentes o se hacen los disimulados. Y hasta los entiendo, en parte, porque ellos ahora estarán viviendo sus respectivas vidas, a su manera y acomodo; como lo hicimos tú y yo por tanto tiempo, en nuestro momento.
Por eso, de ahora en adelante mi estrategia será sencilla, simple. ¡Tal vez!, o eso espero.
Sea lo que sea, pase lo que pase, decidí incrustar nuestra historia de amor en mi corazón; así te llevaré por siempre aquí, adentro de mí. Desde ahora serás mi etérea y más cercana compañía. Hablaremos en el umbral de la agonía, calmarás las tristezas mías al recordarte con cada suspiro que salga de mi alma compungida. Llenarás, como antes, cada instante de mi vida con fantasías. Te visualizaré en cuanto destello ilumine mi camino, gritaré tu nombre y te encontraré hasta en el abismo de las sombras del envejecido olvido, cuando este aparezca por ahí, ya sea de noche, ya sea de día.
Así lo haré, como sé que tú lo harías, de ser al revés esta dura travesía, esta prueba de dolor inmarcesible que solo calma hallará cuando nos volvamos a ver, besar y abrazar allá… en la eterna alegría.
Gracias por tantos momentos inenarrables, más que compartidos, disfrutados con frenesí… aunque a raticos y siempre a escondidas.

Soledad

La doble contabilidad del escritor

Un escritorio con una silla negra

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

En casi todas las reuniones a las que últimamente voy, más temprano que tarde soy abordado con infaltables preguntas contables, en nada relacionadas con la temática literaria de mis obras, por parte de familiares, amigos, conocidos y extraños concurrentes.

 

—Y, ¿cómo te va con las novelas? —pregunta uno.

—¿Has vendido algo? ¿La gente todavía compra y lee libros? —replica el otro.

—¿Eso sí da plata? —insiste aquel.

—¿De eso se puede vivir? —cuestiona el de más allá.

—¿Vas a seguir con eso? —restriega el segundo.

 

A estas preguntas, las más comunes, y a otras tantas aún más ‘amenas e interesantes’ suelo responder siempre con una sonrisa atrapada entre mis caninos.

No solo es en esas reuniones protocolarias que me abordan al respecto. En la solemne intimidad de mi hogar y entorno familiar este también es tema de esquivas, incompletas e insatisfactorias conversaciones. Allá, sin decírmelo, lo sé, me llevan una milimétrica, recóndita y racional contabilidad entre lo que saben, o intuyen, que he desembolsado por conceptos de edición, publicación, impresión, distribución, publicidad, envíos y otros rubros inherentes, versus el flaco producto efectivo recibido por los ejemplares vendidos. Por lo que, al final de sus periódicos balances, en términos mercantiles, y sin exponerlo de manera abierta, lo cual no deja de ser claro en la luz intensa de sus familiares pupilas, el resultado siempre ha de ser el mismo: ¡Déficit! ¡Pérdida! ¡Mal negocio! ¡Perdedera de tiempo!

Esto, amén de los ejemplares que van con cargo directo al P&G del autor. Unos, porque los dono a las bibliotecas de los municipios, dentro de mi rocinante campaña: “Una novela para cada escuela” (wrenciso.com). Otro tanto, por los que obsequio con azarosos motivos promocionales.

Así las cosas, las sumas no les cuadrará. Debe y haber, que dentro de la lógica contable tendrían que arrojar sumas iguales, no lo serán. Les aparecerán dispares. El segundo, seguro, será mayor que el primero. ¡Déficit! ¡Pérdida! ¡Mal negocio! ¡Una perdedera de tiempo!, gritarán en silencio, no sin ese asfixiante y tan humano deseo de hacérmelo explícito, para recomendarme que deje tal industria que no me produce nada.

Desde luego que, tanto los de mi sagrado entorno familiar inmediato, así como los beneméritos asistentes a esas reuniones, ignoran que el verdadero balance que le interesa y concierne a un escritor es probable que aquellos no lo entiendan, ¡sientan! o les importe. Pues, este no tiene que ver con sumas iguales en términos mercantiles. A la partida doble, tratándose del negocio de un escritor, hay que darle una especial connotación, trato e interpretación. Lo cual, para algún conservador revisor fiscal o avezado contralor, quizá le suene a doble contabilidad. ¡Que lo es!, más no en términos legales y fiscales.

La respuesta, tanto para las incisivas preguntas como válidas preocupaciones mercantiles y fiscales de unos y otros, se sintetiza en una frase: Quien aspire a amasar de manera fácil, rápida y segura una gran fortuna, medible en unidades monetarias, debe escoger una senda que no sea la de escribir. Encamínese por un negocio distinto al del escritor. Esto no quiere decir la inexistencia de alguno, o algunos, que hayan prosperados en estos términos, o que lo vayan a hacer con este oficio. Los hay, mas no es el común, al menos al comienzo de la larga y tortuosa carrera por la enmontada senda de la literatura. Pocos lo logran, casi siempre cuando el lucero de la tarde comienza a despuntar en el poniente. Otros, al menos en nombre, tras esfumarse el olor esparcido por los incensarios durante su postrer adiós.

El escribir, más que negocio mercantil, es una goma, ganas, un deseo, una necesidad de carácter única y exclusivamente personal. Se trata de una fuerza inexorable e incontrolable que motiva, impulsa, obliga. El oficio de escribir implica y produce una satisfacción espiritual, antes que la seguridad de un futuro económicamente promisorio. Y el escritor lo sabe, o al menos lo intuye, y sin importarle mucho se arriesga. Para un escritor, escribir refocila su alma. Le trae paz, la cual se incrementa con cada frase terminada, publicada, leída, recordada por alguien.

La verdadera riqueza que puede acumular un escritor, y que en últimas es lo único que le importa, es el placer de ser leído. Que sus letras despierten insospechadas emociones en ignotos lectores perdidos en lontananza. Que sus párrafos obliguen o impulsen a alguien a entablar con el autor, a la distancia, indescriptibles y mudos diálogos. El verdadero tesoro del escritor lo constituye ese placer cuando sus frases le permiten al lector encontrar una respuesta difícil, escondida. La cual, tal vez, fuera del mundo de la literatura, esté prohibida, sea castigable, pecaminosa, fantástica, irreal.

El más grueso cheque que puede llegarle a las arcas de un escritor es saber que alguien quiera leerlo, que lo está haciendo, que lo ha leído y, mejor aún, que lo quiere volver a leer. Esto hace, entonces, que el escritor, por ese caro público, cada vez más escaso, sin importar cómo, sin escatimar en costos, que de alguna manera se resuelven, quiera y se sienta obligado a responderle, a ponerle en su mano más frases suyas. Sería inaceptable que por algún pretexto mercantil ese ávido lector no tenga la oportunidad de acceder a sus nuevas letras y a todas sus obras.

     Sin embargo, y volviendo a la lógica de la partida doble, válida preocupación del entorno familiar e inquietud indirecta del círculo de conocidos, el escritor, además de su mera satisfacción, debe tener en cuenta, no obviar por completo, aquel mercantil asunto. Por ello, tendrá que llevar una doble contabilidad. Lo que implica tener dos frentes productivos. Uno, necesariamente, el del sustento básico, personal y familiar, para su tranquilidad. De este, además, tendrá que disponer una parte para patrocinar y mantener vivo su vicio literario, desde su génesis hasta su publicación y entrega al lector.

En este frente productivo el balance, la relación ingresos versus costos, entradas frente a salidas, debe arrojar al final de cada periodo, como mínimo, sumas iguales. De juiciosos es evitar el déficit que conlleva a la sin salida que ofrece la amebiana alternativa financiera para sostener gastos insostenibles, con su invisible, más no por eso inexistente, cadena de réditos, casi a perpetuidad. Fatal círculo vicioso que termina, no solo con la paz del espíritu, sino con toda creatividad literaria, por ende, con cualquier posibilidad de seguirle cumpliendo al lector.

En la otra contabilidad, en la literaria, no importa que lo invertido, que lo gastado, siendo esta una parte de lo que deja la primera fuente, la productiva, sea infinitamente superior a lo recibido, en términos mercantiles. Esto, en tanto los beneficios recibidos con aquel vicio, es decir, el que haya lectores para lo que escribe, y a estos les genere satisfacción, se perciban, así no se reciban de inmediato... o en vida.

Lo anterior me permite dar respuesta y explicación a otra de las reiteradas preguntas e inquietudes que suelen plantearme: ¿Por qué comenzó a escribir hasta los 57 años? Entonces, de nuevo, y con una sonrisa atrapada entre mis colmillos, les manifiesto que lo llevo haciendo desde los once o doce años. Desde cuando, en la biblioteca del Concejo de Bogotá, muy cerca de la Plaza de Bolívar, luego en la Luis Ángel Arango, cuatro cuadras más hacia el oriente, me hice amigo de, entre otros, Shakespeare, Dostoievski, Gógol, Cervantes, Dumas, Quevedo… Con quienes he tenido un diálogo fluido desde entonces a través de sus increíbles personajes que me contagiaron el vicio, no solo de la escribidera, sino de la lectura. Que son compadres indisolubles.

Sí, les manifiesto que con este vicio de la escribidera llevo más de cuarenta años. Razón por la cual tengo material que podría publicar muy seguido y durante un buen tiempo. Más de lo usual para un escritor. Sin embargo, debo contar con los remanentes del balance contable de mi actividad productiva principal: la pensión gubernamental, aumentada con la ausencia de afugias por tener que ir a trabajar y disponer del espacio suficiente para dedicarme a mis dos máximos placeres, después del amor, o el desamor, a esta edad como que los dos son lo mismo: leer y escribir.

En cuanto a publicar, en eso sí tienen razón. Tengo que reconocerlo. Comencé a los 57 cuando Ani Palacios, presidenta de Pukiyari Editores y Contacto Latino, me lo propuso en abril del 2016. Me ofreció sus servicios editoriales, con asequible cargo, para publicar La iluminada muerte de Marco Aurelio Mancipe, finalista en el Premio Internacional de Novela Contacto Latino. Después vino Con derrotero incierto, luego, en 2017, Amé en silencio, y en silencio muero y otras más, a razón de, al menos, una por año.

En síntesis, a publicar comencé desde el 2016, a los 57 años. A escribir, les preciso, desde cuando en la preadolescencia, a los once o doce años, contraje el virus de la literatura en aquellas dos bibliotecas bogotanas. Pasión por leer, delirio lector que estoy dispuesto a contagiarle a la mayor cantidad posible de jóvenes, al menos con mi campaña de llevar lectura a las bibliotecas municipales de Colombia… ¡en principio!

Tengo que agregar, para que quede claro el tema de ingresos y egresos, sobre todo por aquello de la doble contabilidad como escritor, que a la vez que contraje el virus literario, comencé a trabajar, inicié mi proyecto productivo. Desde luego, con dedicación y predominancia del productivo sobre el literario.

Es así como con el producto de esos más de cuarenta años de ardua e ininterrumpida labor, hoy puedo, en parte, garantizar que mi primera contabilidad, la de mis ingresos y egresos mercantiles, incluidos entre estos últimos los relacionados para mantener los literarios, al menos, al final de cada mes, sus sumas fiscales sean iguales. Sin déficit, aunque, tampoco, en ningún mes, arroje superávit.

Ahora bien, si algún día esto llega a suceder, que en la primera contabilidad haya utilidad, tal beneficio adicional será dedicado, de inmediato, para incrementar el virus literario en la juventud del mundo y, con ello, catapultar la satisfacción para los lectores. Pues, en este segundo balance, el de la contabilidad literaria, desde mayo de 2016, cuando publiqué mi primera novela, y no solo comencé a ser leído, sino que inicié a llevarla a algunas instituciones de educación pública en municipios de mi país y luego en otros lares, el superávit no ha parado de crecer.

Gracias, lectores, donde quiera sea que se topen sus personas. Ustedes son la razón de mi escribidera y de la doble contabilidad que llevo.

Tejedor de silencios*

 

Foto cortesía de José Luis Ortiz Güell

Las palabras y las letras, cuando están bien encauzadas, construyen puentes de paz, abren senderos de reconciliación y permiten disfrutar de las espectaculares vistas de la solidaridad en un mundo que, a menudo… o casi siempre, corre demasiado rápido. Razón por la cual, quizá, al individuo actual poco tiempo le queda o dedica para contemplar, escuchar, admirar o extasiarse con la inmensidad de cosas bellas y gratuitas que hay por ahí; tampoco, para leer y menos para entender o querer entender lo que pasa a su alrededor; aunque lo afecte. Su mundo pareciese reducirse al malhayo apéndice binario aquel que a toda hora lleva en la mano y que mira hasta cuando camina, come, ‘dialoga’, trabaja, ama…

Por fortuna para la humanidad todavía quedan unas cuantas personas que hacen de la pausa un arte, de la palabra un refugio y de sus letras fortines acogedores para guarecerse de la andanada alienante, cuando no belicosa, que campea por doquiera sea.

Entre estos seres sensibles y cada vez más escasos está José Luis Ortiz Güell; un tejedor de silencios, un jardinero de emociones que, desde su Zaragoza natal, demuestra que la pluma y la voz pueden ser más poderosas que cualquier espada y más efectivas y penetrantes que este o aquel otro oneroso como horrendo mega misil...  Engendros del averno, luzcan el lábaro que sea o abriguen las ambiguas causas de estos o aquellos otros ‘Enfermos del alma’, quienes, en la vil afectación y en la muerte de inocentes, o no, encuentran fatua justicia, morbosa satisfacción o demostración carnicera de ambición sin límite y ebúrneo poder regional y orbital.

Cuando en 2024 José Luis, como arquitecto de la palabra, recibió un doble abrazo con el Premio César Vallejo en literatura y el Premio Europa en periodismo, no solo fue gratificado como autor, le celebraron la consagración de una vida entera dedicada a la trinchera más noble: ¡la de la conciencia!

No es fácil encontrar a alguien quien, con la humildad de los grandes, lleve décadas entregando su ser en cada línea. La trayectoria de Ortiz Güell no se mide en años, sino en la profundidad de las almas que ha tocado e impactado. Desde aquellos primeros versos susurrados a sus 13 años mantiene un timbre inconfundible: el del humanismo. Actitud filosófica, ética y estética que asimiló desde aquel entonces cuando "Juan Salvador Gaviota" y "El Principito" despertaron en su esencia la necesidad de volar con palabras. Principios impregnados en las sólidas columnas que hoy publica en medios de España y Latinoamérica, así como en reseñas como esa que, inexorable, le saca lágrimas al ama al leerla y que escribió para la ‘Compilación de narraciones románticas II Momentos idos’.

Quien lee a José Luis no solo lee noticias o historias; se asoma a un espejo donde la condición humana se refleja con sus luces y sus sombras. Bajo su propio nombre o tras el seudónimo de Paolo Da Santos ha explorado en novelas como Soledad querida dictadura y Puente en la niebla la complejidad del amor, la dictadura del vacío y la esperanza que emerge de nuestras propias cenizas.

Quizá lo más valioso de su obra no está solo en las estanterías, sino en el latido ético que impulsa cada uno de sus artículos periodísticos. Su compromiso con la paz no es una declaración grandilocuente, constituye una práctica diaria.

En una era de titulares estridentes fue invitado a participar en la Antología del Bicentenario de Centroamérica y en Canto Planetario. Magistrales compilaciones mundiales e irrepetibles gestadas, coordinadas y ejecutadas por el columnista y escritor nicaragüense, radicado en Costa Rica, don Carlos Javier Jaquín.

José Luis Ortiz ejerce el periodismo y escribe artículos con la serenidad de quien sabe que la verdadera revolución nace de la empatía. Como columnista internacional utiliza su tribuna, no para dividir ni gestar peleas insípidas, lo hace «para mejorar, en lo que esté a mi mano, esta sociedad en la cual todos somos iguales», reitera. Su pluma cruza océanos para recordarnos que la Tierra es un solo barrio y que, en él, estamos llamados a ser hermanos y vecinos solidarios.

La lucha de José Luis por un mundo mejor tiene rostro y corazón. No solo en las letras, sino en el trato directo con personas vulnerables, en el teatro que incomoda y hace pensar y en esa capacidad suya para abordar temas complejos con la valentía de quien no busca el ruido, va tras la luz de la verdad. El Premio César Vallejo y el Premio Europa llegaron en un momento crucial como un reconocimiento a esa constancia silenciosa, a esa manera de entender la cultura como un acto de servicio.

Más allá de los lauros, la humildad es lo que realmente distingue a este inquieto aragonés, hijo de aquellas tierras en donde casi todos sus ríos le tributan su poesía de vida al hechizante como majestuosos Ebro. José Luis hace de la humildad una forma de estar en el mundo sin aspavientos, sabiendo que la grandeza no solo está en el pedestal sino en la capacidad de transformar y emocionar a quienes se cruzan con sus palabras.

Como si fuera poco y adicional a su presidencia en la Unión Hispanomundial de Escritores, José Luis Ortiz Güell ahora asume la dirección europea de una prestigiosa organización literaria internacional. De esta manera la poesía y la lucha por la paz tienen un nuevo embajador en Europa. ¡Sí!, este periodista y emprendedor cultural español fue designado como nuevo miembro de la directiva mundial de "Poetas del Mundo", una de las uniones de escritores más influyentes del panorama internacional, dedicada a tejer puentes de entendimiento a través de la cultura. Este nuevo nombramiento llega en un momento apoteósico de su carrera tras ser galardonado con los Premios Europa en 2025, así como con los prestigiosos Premios César Vallejo de Literatura y Periodismo en 2023 y 2024.

Hoy, al celebrar estos galardones y nombramientos culturales, aplaudimos, también, la certeza de que la palabra, cuando nace del corazón, es el arma más efectiva para la paz, que ojalá pronto renazca e impere en la humanidad.

¡Tarea compleja tienes, mi querido y siempre bien ponderado amigo virtual de letras!

Ortiz Güell nos enseña y demuestra en cada artículo, en cada poema, en cada novela, en cada reseña que el amor con mayúsculas es el único camino posible hacia la convivencia armónica. La que todos nos merecemos… ¿será mucho pedirles a los señores generales de la escabrosa economía, la guerra y la muerte que nos den si quiera un ciclo de paz y recogimiento tranquilo para abrazar la felicidad y disfrutar las mieles del desarrollo y el crecimiento meramente humanos?

Aunque no lo diga, es probable que este polifacético actor, periodista, columnista y escritor ibérico, por su talante y características singulares, además de tener en proceso creativo varios proyectos novelescos; unos propios, otros a cuatro manos: las suyas y las de un resbaladizo y poco leído novelista latinoamericano; haya inspirado a más de un protagonista en otras tantas obras por ahí… alguna de estas, tal vez, camino a la publicación, otras en construcción. ¡Vaya uno a saber!

Gracias, José Luis Ortiz Güell, por recordarnos que en la niebla y en la incertidumbre siempre hay un puente y que se levanta con la palabra mezclada con dos de paciencia y tres de constancia. Además, por enseñarnos y dejarlo consignado por ahí, que: «…las palabras, cuando son verdaderas, no se escriben: se siembran. Y que a veces, solo a veces, florecen en el corazón del lector mucho después de que la última página se ha cerrado. Como el amor. Como el dolor. Como todo lo que realmente importa.» **

*   Relato inspirado y escrito a dos manos a partir de las conversaciones y detalles literarios compartidos con José Luis Ortiz Güel. 

** Párrafo de la Reseña introductoria escrita por José Luis Ortiz Güel para la ‘Compilación de narraciones románticas II Momentos idos’, 2025.

Sala de terapia

 

Jamás imaginé que algún día algo así me ocurriera… ¡y por partida doble!, tan de repente, dramático, doloroso y sin posibilidad de recuperación, ¡al parecer!

Durante mucho tiempo aposté a la dupla del querer, a la par con el poder. Ignoraba que en cualquier momento la ruleta de la vida me sentenciaría a tan duro padecer.  

Ni que me pasase a estas alturas de mi existencia que, desde ahora, la siento en declive, además de comenzar a percibir, por doquiera vaya, las brisas tibias del atardecer.

A la par fue la rotura del metacarpo de mi cuarto dedo de la derecha, a pocos días de tu partida, tras escribirme esa imperfecta décima, cual aparente bonito renacer:

 

     Aquellos amores*

 

Nunca diré que te amé.

Nadie sabrá que sufrí.

Sí, en silencio lo viví

y grandes penas pasé.

 

Alguna vez me pregunté:

¿Qué pasará si te olvido?

 

Me contestó el destino:

Asidos juntos estarán.

Los amantes no dejarán

aquel placentero nido.

           

            Que más que preludio del amanecer, como pensé y creí al evocar esos besos de alelí que nos ofrendamos en invierno y primavera, fue el más aciago anochecer.

            Huele a tristeza y a dolor del alma, crepita nostalgia en el corazón baldío… Me duele, inmenso, tu pasado oscuro, ¡pero lo acepto! ¡Te fuiste al caer la tarde! **

¡Pese a todo! ¡Ay!, ¡me consume el hastío! Algo así como en ‘El Frío del olvido***’, la historia de un país que lo tenía casi todo, menos amor patrio ni libre albedrío.

Poco después fue esa caída con rotura de mi cuarto dedo de la mano derecha; tal vez por ir pensando en ti, al imposible lograrte sacar de aquí…

Ni poder… o querer borrar tu nombre de mi agobiado corazón, ahora más que partido… sufrido… ido… ¡Olvidarte no he logrado! ¡Ni modo!

            Dolor, prisas, ‘Procedimiento conservador —me dijo el especialista tras algunos rodeos— ¡sin cirugías!, por su edad y preexistencias: ¡mejor que el dedo sane solo!’

            Yesos, férulas, trauma, incomodidad, para laboral, demora, soledad, literaria improductividad… vacío en el alma* que por más que intenta no encuentra calma.

            Radiografías, controles, rehabilitación física, luego ocupacional, por la desplazada de los dedos y la pérdida de fuerza… no solo en mi diestra, ¡también en mi esencia!

            Durante las terapias para recuperar movilidad y zanjar rigidez, además del dolor físico, conocí un poco más el padecer de la ‘…amada patria’, de muerte también ‘herida’.

            Allá interactúe con una amable y experta facultativa, su gentil auxiliar y varios pacientes. Compatriotas todos con lesiones, no solo físicas, también en sus mentes.

            Amén de los de la sección de inmaturos, donde la guapa y cariñosa terapeuta les estimula a los ángeles anticipados la estructura sicomotora para su mágica existencia.

            Lesiones corporales en todos causadas, por lo general en el trabajo, en sus respectivos y álgidos campos de batalla, en la aridez de la calle o al nacer antes de tiempo.

            Como el de esa aguerrida piloto alcanzada por esquirlas de un dron que estalló cerca suyo, afectándole su humanidad, en parte su carrera y tranquilidad espiritual.

            Ni qué decir de aquel joven, víctima de la delincuencia. No le dieron tiempo siquiera de reaccionar. Lo acuchillaron por doquiera cuando iba rumbo a su trabajo.

            Congenié con un jovial integrante de una orquesta. Se cayó de su patineta eléctrica en un bache vial al salir de un entrenamiento. Sufrió lesiones similares a las mías.

            Su mayor preocupación, porque tocaba con genialidad la percusión, es que la lesión no le afecte en el futuro su máxima aspiración, inherente a su vocación.

            Varias damas, entre estas una espectacular rubia, padecían de estrés y sistemas nerviosos alterados, producto, no solo de su labor, especial… por el acoso diario. 

            Tremendo lo de ese oficial quemado con gasolina por rescatar a otro que la imbuida comunidad secuestró y le prendió fuego al considerarlo contrario a sus idearios.

Párrafo aparte merece un joven que perdió en un accidente profesional parte de su torso superior derecho, incluido su brazo. Pese a todo, ¡sonríe a ratos!, ¡cual si nada!

Escuchando y viendo a estos pacientes, no solo me enteré de estas y otras de sus historias complejas; algunos las gritaban con un silencio más que elocuente y triste.

Les afloraba nostalgia social, en contubernio con calvarios afectivos, secuelas de sus desdichas. Entonces, allá concluí que todos ‘Enfermos del alma**** andábamos.

Pero no solo los de esa sala de terapia. La patria desahuciada estaba, dividida de manera artera por unos que del dolor ajeno sus insondables y olorosos bolsos llenan.

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*Momentos idos, Compilación de narraciones románticas II, wrenciso, 2025, pág. 93.

**Amé en silencio, y en silencio muero, wrenciso, 2017, ‘El olor a la tristeza’, pág. 45.

***EL frío del olvido, wrenciso, Pukiyari, 2019.

****Enfermos del alma, wrenciso, Pukiyari,2018.