martes, 31 de agosto de 2021

El invasor

 

Luego de un prolongado tiempo sin reunirse, como solían hacerlo al menos una vez al año, aquellos amigos de letras se volvieron a ver, pero a través de la pantalla.... y solo algunos de los que integraban el grupo base. A los demás fue imposible convencerlos para que se conectaran y acudieran a la cita. Estos lo lograron tras por fin entender a puño que, ante las adversas condiciones actuales, y sin saberse a ciencia cierta hasta cuando, los encuentros eran posibles de manera virtual; además de necesitarlos.

Eso sí, cada uno tuvo que valerse de alguien cercano que manejara esos vericuetos tecnológicos, y que estuviera dispuesto a brindar su apoyo durante la hora que programaron. Acordaron hacerlo así: virtual, al menos mientras pasaban los fieros embates del nuevo y reforzado contagio, o bajaba su intensidad y mortalidad. Algunas de las variantes que fueron apareciendo por doquiera, al parecer, no respetaban ni siquiera a los vacunados, así tuvieran el esquema básico completo. Protección que todos los del grupo tenían desde la segunda fase de inoculación inicial que dispuso el Gobierno para los mayores de sesenta años, además, porque cada uno de ellos padecía una o varias comorbilidades.

La algarabía suscitada al ir apareciendo uno a uno en pantalla fue casi infantil. Tampoco faltaron los comentarios subidos de tono, las bromas y hasta las lágrimas. Tenían acordado hablar sin agenda. Que cada uno dijera lo que quisiera, sin moderador, porque nadie le quiso ‘jalar’ a ese asunto. Tampoco, fueron enfáticos, hablarían de literatura, ninguno leería poemas ni apartes de sus obras. «¡Solo chismes!», precisó Tulia, la más veterana, en el grupo de WhatsApp que tenían, una vez aceptaron encontrarse de esa manera.

Regla que cumplieron en la primera media hora larga, durante la cual despotricaron del Gobierno por esto y por aquello, por hacer y no hacer. Criticaron la ambición y posición egocéntrica de las potencias, a quienes culparon de la actual debacle y de tener a la humanidad al borde de la extinción, no solo por lo del virus, sino por la contaminación del planeta a gran escala, residuo de sus patrocinadas guerras comercial y fría que agobiaban al resto del mundo, sobre todo a los de siempre, a los países pobres, que, según Rosendo:

—Los son todos, sacando a la veintena de siempre... y en especial a los siete u ocho poderosos y regentes del repelente club aquel de la ignominia mundial.

Luego, les dieron paso a noticias más cercanas, sobre todo, las de tantos muertos de familiares y conocidos por la acción del virus, que, dijo Tulia:

—Con el que, tal vez, tengamos que acostumbrarnos a convivir por siempre.

—Así como con otras tantas maluquencias asociadas y por llegar, según dicen —complementó Rosa.

Muertes, todas las que contaron, acaecidas en similares circunstancias dramáticas; y tan tristes y lamentables como las propiciadas, en casi mayor número a la del biológico engendro durante aquel lapso, por el imparable conflicto civil y armado no reconocido que desangraba a ese, a su país, el que le declaró la guerra a la paz, luego de haberla pactado tras casi un siglo de muerte.

—Fratricidio arreciado durante la pandemia, y que al resto del mundo parece no importarle un comino, pese a las visitas de entidades humanitarias internacionales, y a la infinidad de informes emitidos por organizaciones instauradas para tomarle el pulso a las imparables aberraciones humanas al interior de los regímenes democráticos, como suelen llamarse semánticamente la mayoría de dictaduras y corruptocracias, tanto de un extremo como del otro, sin faltar los que se dicen ser del centro, en gran parte de estos países subcontinentales —apuntó Rosa, la menor de aquellos escritores desconocidos, entrados en nostalgia social avanzada ante la pusilanimidad integral que también cundía por doquiera, con mayor acentuación en su atembado país, quizá por el perenne y ya consuetudinario fragor de las balas, que cuando no era por la televisión que las trasmitían los noticiarios al servicio de la plagada pauta comercial, cada vez más seguido se  escuchaban en las barriadas y calles cercanas, tanto en ciudades como en labrantías.

—Les propongo que dediquemos el rato que falta para hablar de nosotros, sobre todo, si a bien tienen, de lo bueno o malo que ha sido este lapso de casi dos años para nuestra actividad literaria. Algunas anécdotas que tengamos por ahí —intervino Abigail, promotora del evento, tanto los que hacían cada año, antes de la epidemia, de manera presencial, cada vez en un municipio distinto, como la impulsora de retomarlos virtualmente mientras se componían las cosas, si acaso eso llegase a pasar.

—Me parece interesante lo que propone Abigail —intervino Tulia—. Me imagino que todos tenemos algo para contar. Por lo menos, tengo que desahogarme con ustedes respecto de ese intruso que llegó con esta calamidad interminable.

—Creo saber de qué hablas, Tulia —repuso Alberto—. Tal vez, es el mismo que se hospedó en mi casa y que también tiene jodido a Rosendo, a quien este poco y nada lo deja avanzar en su nueva novela, como hemos hablado por teléfono varias veces.

—Debe ser el mismo camaján que me impide concretar los versos que ahora evitan entrar por mi balcón, desde donde converso con las montañas cuando quiero componer algo —apuntó Rosa.

—No sé si estén hablando del mismo entremetido que me tiene en ascuas desde cuando el Gobierno ordenó la cuarentena nacional y a mi hija le tocó trastear su oficina desde la comodidad infernal de su empresa a la minúscula sala de mi casa. Esto incrementó desorbitadamente los gastos de los servicios públicos y el del mercado, se perdió el silencio y la tranquilidad, por ende, la concentración y la inspiración —intervino Rosendo—, como algo al respecto hablamos con Alberto.

—Por un momento me desorienté —dijo María—, sin embargo, ya capto y creo saber de qué... o de quién están hablando. A mí también, ese invitado obligado me tiene en vilo y ha afectado, no solo mi producción literaria, también mis relaciones familiares.

—Me parece que todos —retomó la palabra Abigail—, de una u otra manera, coincidimos en que al tener que encerrarnos durante tanto tiempo en nuestras casas y vernos obligados a compartir espacios... o el ya no estar a solas durante gran parte del día, como antes, nos afectó en cuanto a la escritura y la convivencia.

—Les confieso que, desde cuando a mi hija le tocó trasladarse a trabajar a la sala de mi casa —retomó la palabra Rosendo—, todo cambió y nos afectó, tanto a mi señora como a mi hija y a mí.

—Cuéntanos, Rosendo —lo animó Miguel, el más parco de todos—, ¿qué pasó?, aunque, por mi experiencia, creo saber la respuesta.

—Mi hija trabaja en una corporación de abogados. Ella vive con nosotros desde la separación de su marido, hace unos años. Antes, todas las mañanas salía para su oficina y regresaba pasadas las ocho o nueve de la noche. Es decir, todo el día estaba por fuera, y en gran parte los fines de semana, los que solía pasar casi siempre con sus amigas. Mi esposa esperaba que yo regresara del gimnasio, al cual solía ir de cinco a ocho de la mañana, todos los días. Cuando llegaba, desayunábamos. Luego, ella también se iba para sus clases y ejercicios en el mismo lugar. Volvía sobre el mediodía para hacer el almuerzo o para salir conmigo a restaurantes cercanos. En las tardes se entretenía tejiendo para los nietos y haciendo otros quehaceres, hasta entrada la noche cuando, juntos, nos íbamos para la cocina a preparar la cena, ver televisión y esperar a nuestra hija. En síntesis, yo tenía más de ocho horas de emancipación en mi estudio para estar a solas y en conversación con el silencio. De esa manera solía toparme a diario con la voz de la inspiración, arrullo literario que solo es posible en la intimidad... ojalá en las mañanas y en las tempranas horas del atardecer, por lo menos en mi caso. ¡Era tan feliz así!, y desde cuando me retiré del trabajo y me dediqué a mis cosas: escribir y leer, hoy por hoy mi máxima satisfacción, además de seguir vivo y haber hecho bien todo lo que hice, sin menoscabar ni pisar a nadie... hasta cuando apareció aquel ruido intrusivo.

Rosendo hizo una pausa en su relato. Parecía consternado... ¡y lo estaba! Sus contertulios virtuales le respetaron su introspección, razón por la cual ninguno musitó palabra. Tal vez porque esa historia, y cada uno así lo asimiló en sus adentros, sin estar terminada; porque no necesitaban escucharla toda, tampoco su final para saber lo que restaba, en lo que terminaría; de alguna u otra manera era la propia, la que todos estaban viviendo... ¡padeciendo! a su manera y circunstancias, y con al menos un resultado común: la estaticidad en su producción literaria.

Ninguno de ellos, sin haberlo comentado, durante ese lapso que llevaba la pandemia que impuso en el hogar el teletrabajo y el estudio en casa, junto con la ruidosa estrechura de la vida familiar confinada, había logrado terminar, ni siquiera avanzar, el proyecto en curso, mucho menos alguno nuevo, precisamente por la irrupción en sus vidas y espacios de aquel inexorable intruso que ahuyentó a sus respectivas musas de sus lugares de acuartelamiento literario, ahora de encerrona social.

Parálisis literaria que les afectada peor que la peor de las maluquencias y dolamas de la tremebunda vejez que les coqueteaba en los huesos y vísceras, más lacerante que las estadísticas trágicas del amordazado conflicto connacional, ahora sumadas con las del contagio incubado, sobre lo cual todos ellos escribían con sentidos versos, unos, y supurantes párrafos de nostalgia social, los otros.

—Hemos escrito, ayer y hoy, y lo seguiremos haciéndolo hasta el fin, de alguna manera, sin importar que nadie nos lea, no solo por ser desconocidos, por no pertenecer al gran cartel de las vitrinas, al no hacerlo para alguno de los amos de la infamia, sino por aquel síndrome del propiciado desgano de lectura, sobre todo en la juventud, condenada esta al oscurantismo que conlleva la maraña tecnológica y la manipulación de la ignorancia dentro de las masas para mantener el poder en pocas manos, en las de siempre, en las de la artera minoría... —reiteró Abigail, como solía decirlo y cantarlo cuando se lo permitían, por lo general en aquellos refundidos encuentros literarios en pueblos apartados de la geografía nacional, al menos una vez al año y antes de desencadenarse la pandemia.

Cuando, al parecer, Rosendo remató su sentida disertación y entró en nueva introspección, los otros integrantes de aquella video conversación comprobaron lo imaginado desde el comienzo: la historia de su contertulio, y desde marzo de 2020 a la fecha, con algunas diferencias muy particulares, era similar a la de cada uno de ellos. Los espacios y libertades que hasta entonces conquistaron y que utilizaban después de viejos para, sobre todo en las mañanas cuando eran más productivos en cuanto al garrapateo de versos y frases errabundas, fueron invadidos por algunos de sus hijos, nietos u otros familiares quienes tuvieron que instalar en la sala, el comedor, las alcobas, las terrazas, los balcones y en cuanto espacio libre había, la parafernalia laboral o de estudio, para cumplir con sus obligaciones que antes hacían en sus empresas o establecimientos educativos.

No solo fue aquella bulliciosa intromisión la que afectó, y de qué manera, a estos escritores poco y nada conocidos en el mercantilizado mundo de las letras. Con esta se les incrementó el gasto doméstico integral en cada una de sus casas, se les disminuyó el ingreso familiar y, lo peor para estos, la inspiración se les volvió esquiva y celosa, porque esta poco aparece cuando hay ruido, menos, cuando el que escribe tiene apretujada compañía y telarañas en su pensamiento.

Tras una lánguida despedida, prometiendo volverse a conectar en un mes, ¡tal vez!, uno a uno fue cerrando el enlace hasta solo quedar conectada Abigail. Tras un suspiro añejo y profundo, y una lágrima que no pudo contener, por lo que esta rodó con prisa a través de las eras de sus mejillas acaricidas por la edad que se empeñaba en anunciarse a toda costa, la poetisa líder apagó su equipo y se hundió en la mar de la soledad interior donde mejor solía sentirse, mientras trataba de encontrar motivos para sobrellevar su compleja vida... y seguir plasmando en versos sus pasiones más que resecas.

Relato disponible en Revista Latina NC

domingo, 15 de agosto de 2021

Riu Bambu



Mi por siempre esposa mía, el azul ensueño de este mar sinigual, profundo de noche, transparente de día, así como la rumorosa brisa que por doquiera nos acompaña y refresca el cansancio que producen tantos pasos dados, parecen saber que, cuarentaicinco años atrás, nos juramos amor sincero... ¡el que a toda costa hemos mantenido incólume!

En ese entonces era difícil predecir por cuál camino la vida nos llevaría. Tampoco, por cuánto tiempo esta hermosa aventura duraría. Lo que sí los dos sabíamos, porque en los huesos lo sentíamos, era que, sin importar las tempestades ni las caídas, uno al lado del otro siempre estaría, no solo para brindarnos la mano y grata compañía, sino para reconfortarnos con esos besos y pasiones que... ¡y todavía!, nos estremecen como el viento a los cocoteros, así estemos a solas, a escondidas, como ahora en este hotel de quimeras refundidas que por doquiera impregna magia, romance, lírica, deseo... ¡ambrosía!

Amarnos y ser felices por siempre uno junto al otro nos juramos, que era lo único que en ese entonces teníamos y ofrecernos con devoción podíamos. Así lo sellamos con besos y caricias cuando, tras el magnánimo sí que me diste en aquel agosto, cuarentaicinco años hace, tan vívido, cual, si fuera hoy, al cielo miramos y estos mismos tres luceros centuriones vimos, los que siempre encima de nosotros titilan, do quiera estemos, como ahora aquí, en Playa de Arena Gorda, celebrando un nuevo aniversario.

Por todo lo vivido y por vivir, mi por siempre esposa mía, antes de aceptarle la invitación a esta noche de fantástico caribe para ir a travesear como cuando jóvenes, te reitero la promesa, no solo de amarte por el resto de nuestros días, también, que este renovado pacto de amor trascenderá nuestras corpóreas existencias. En constancia, queda impreso para la eternidad en cada rincón y espacio del Riu Bambu, testigo mudo de esta pasión perpetua que, inexorable, contagiará a cuanto enamorado transite por acá.


domingo, 1 de agosto de 2021

La tiendecita

 

Con esto de las comunicaciones en tiempo real la vida cambió dramáticamente, literal: ¡le dio una voltereta a la humanidad! Con mayor razón, con lo del inoculado virus, arma mortal en esta guerra prolongada, y por demás injusta, entre potencias a la siga de mayores rendimientos económicos a costa de la salud y hasta de la vida, sobre todo las de los sin nada, también las de los que dicen tener algo, pero que jamás les será suficiente, siendo esta su mayor pobreza, lastre social y condena inexorable. Es posible que este efecto, el del virus en letal soporosa mezcla con la abrumadora tecnología y la insatisfacción perenne, sea más notorio... ¡y dramático!, para los que llevan arriba de cinco décadas de vida.

Estos, de mozos, incluso de adultos jóvenes, por las décadas del setenta, ochenta y noventa, cómo, cuándo se iban a imaginar que alguien con algún tipo de aparato, desde allá, desde la intimidad de su hogar, o desde cualquier refundido rincón (con mayor razón en estos tiempos de encarcelada agonía cuando hay que andar huyendo del contagio vaporoso) escribiese un mensaje y este le llegase al instante a un montón de personas, impactándoles hasta los tuétanos.

Tanto para bien como para mal, la enredadera de la tecnología esto hoy lo hace posible... siempre y cuando haya conexión y el sistema imperante en cada país, mediante sus escuchas soslayadas, así lo permitan.

Es una realidad inapelable y la mayoría de cincuentenos, y otro tanto de ahí para arriba, lo están viviendo... y a veces sufriendo con añejada nostalgia. Como les pasó a varios amigos de antaño que pertenecen a uno de esos grupos de WhatsApp, entre la infinidad que existe alrededor de este mundo preso del fabricado biológico aquel, de la nostalgia social que desestabiliza el ánimo, así como de la maraña de la cual, tal parece, nadie escapa.

Uno de esos mensajes lo escribió Israel hace poco, tal vez sin imaginarse, como tampoco pretender el desencadenamiento que entre sus amigos provocó.

—¡Cómo extraño aquellos tiempos en que en este grupo nos la pasábamos mamando gallo y compartiendo mensajes anodinos, a veces algunos pasados de pornografía, política destructiva, religión y, en general, cosas buenas, malas y regulares! Sin embargo, ahora mismo da tristeza abrir el chat y encontrar noticias lamentables de todos los talantes... entre otros, los que dan cuenta de la pérdida de amigos, familiares y conocidos a quienes atacó el COVID o alguna de las tantas maluquezas de la vejez.  Siento tristeza por personas que, como Jaime Lazo, parte para siempre. A pesar de que hace muchos años dejé de verlo, el aprecio por él se mantiene vivo, jamás disminuyó. Mis saludos a su familia, así como a cada uno de los integrantes de esta, la hoy tan golpeada comunidad de amigos, conocidos desde las postrimerías de los años setenta.

Mensaje que casi al instante Mauricio respondió desde alguna parte, tal vez desde su fortín de guerra virtual:

—Sí, Israel, muy cierto. Estas noticias parten el alma y el corazón. La tristeza nos embarga... pero es una realidad que día a día tenemos que vivir de ahora en adelante, cada vez más seguido e impactante, mientras nos llega el turno de salida. Por eso tenemos que estar preparados y en paz con todos y con todo, así como con nuestro Padre Celestial.

Poco menos de dos minutos después, y desde alguna otra parte, talvez desde el lugar donde prepara sus clases de electrónica aeronáutica, Carlos se despachó:

—Mauricio e Israel, cordial saludo, comparto sus escritos, todavía más por lo que acabo de pasar en mi dolorosa urgencia que me implicó someterme a un cateterismo, para el cual no estaba preparado... ¡¿y quién lo puede estar?! Sin embargo, lo superé... ¡gracias a DIOS! Por lo que ustedes dicen, y por muchas otras situaciones de la vida, es por lo que debemos disfrutar del día a día, ¡mientras podamos! Un saludo especial para todos y «compartamos un tintico virtual», como dice Jorge cada mañana por este canal, abrazos y saludos, amigos míos.

Descargado por fin de las labores de transportación aérea que ejerció desde los años ochenta hasta casi los veinte de esta desbordada centuria, y así como habla, Cañitas escribió, quién sabe desde dónde, tal vez desde su pueblo natal en las entrañas de las montañas en eterna primavera:

 —Doctor Israel... y también para todos mis Aeroamigos, muy bueno es recordar esos momentos hermosos que vivimos de cuando muchachones. Leyendo lo que publican evoqué cuando en los cursos de capacitación y promoción nos volvíamos a encontrar y, luego de clase, sobre todo los viernes, y no pocas veces entre semana, nos sentábamos en la tiendecita de don Augusto, era la primera después de nuestra alma máter, a disfrutar de unos muy buenos aguardienticos.

—Allá en esa tiendecita más de uno se pegó una que otra tremenda borrachera —replicó Pablo a la distancia ignota, seguramente muy abrigado para evitar el frío que tanto lo afecta y del que se debe cuidar para evitar posibles recaídas.

—Así fue, me consta, más de uno se emborrachó en esa tiendecita de don Augusto —apuntó Toño, quizá desde los Llanos de Oriente, su refugio desde cuando superó aquello que lo postró en la juventud y adultez temprana, por lo que, en agradecimiento, y para evitar reincidir, se dedicó a rescatar jóvenes de la calle, afectados con aquella complicación, tan rentable para los mercaderes de la muerte y la devastación social—. Además, porque a todos nos fiaba. Él sabía que cuando nos pagaban, allá caímos siempre, y no solo a saldar la cuenta, sino a pegarnos otra borrachera y a dejar gran parte del sueldo.

—A don Augusto, además, también le gustaba el aguardientico... recuerdo a dos jóvenes muy bonitas que nos atendían —agregó Eduardo, probablemente desde, según él: «la capital petrolera», refiriéndose a un caluroso y lejano poblado al sur del país. Por allá se compró una casa veraniega y se fue a pasar la cuarentena nacional huyéndole al contagio, el que al fin y al cabo lo atrapó por esos lares y casi se lo lleva, de no ser por su fortaleza física y las gestiones hospitalarias de una de sus hijas, la médica, amén de la cadena de oraciones del grupo.

—Eduardo, me imagino que se refiere a Tatiana y a Adriana, las hijas de don Augusto —complementó Pablo.

—A mí me gustaba una que era gordita y blanquita —escribió Toño.

—Ella es Tatiana, la que le fiaba los almuerzos, Toño, —le precisó alguien más que participaba en la reunión virtual, pero quien aparecía sin nombre, solo su número del celular en el directorio del que seguía sin participar, también a distancia, la conversación escrita.

—Esas dos jóvenes terminaron casadas con colegas nuestros, de otros cursos... creo que todavía viven con ellos —precisó Pablo.

—En esa tiendita, además de aguardientico y almuerzos —Eduardo compartió un audio con un halo de nostalgia, casi visible—, vendían unos roscones muy ricos, así como los mejores bocadillos con queso que me haya comido en toda mi vida.

—En esa tiendecita —escribió Jorge, quizá al lado de su reina y su princesa—, disfrutamos mucho de los desayunos y almuerzos que vendían, hasta que por lo riguroso de las licencias les cancelaron el permiso de restaurante.

—Me contaron que a Pablo le gustaba una de las primas de las hijas de don Augusto, ¡la bizca! —irrumpió Juan, como siempre, con dejo de sarcasmo, como solía hacerlo.

A continuación, escribieron unos cuantos mensajes sobre aventuras donjuanescas de aquella época, así como chistes y bromas que se hacían unos a otros y, en especial, trajeron a colación lo de ciertas jóvenes muy populares en las inmediaciones de su aula máter, quienes buscaban en aquel grupo de amigos diversión pasajera, algunas, otras, quizá, la esperanza de un futuro promisorio con alguno de ellos.

—Definitivamente, yo era muy ingenuo, nunca me di cuenta de esas historias —escribió Lucho, tal vez desde su cómodo apartamento en el norte de la ciudad capital.

—Lucho, ¡pues claro!, porque eras el más joven, juicioso e inocente del grupo, ‘el chupo’, como te bautizamos —le respondió alguien—. Además, «yo llegué solo», o eso era lo que solías decir para evadir compromisos riesgosos cuando te proponíamos ciertas pilatunas que por tu edad nunca te animaste a hacer con nosotros, los mayores.

—¡Qué relatos tan bonitos! —escribió Mario resguardado en el Batán, ya bastante recuperado, y a quien fue el primero de aquel grupo a quien le dio el COVID que casi se lo lleva.

—Sé que se acuerdan de nuestro líder y querido amigo Eutimio, que en paz descanse, y quien para ese entonces decía andar sin plata —retomó la palabra escrita Cañitas tras dejar que los otros lo hicieran por un buen rato, algunos con nostalgia, otros con gracejo o burla, pero, eso sí, como fuera, la nostalgia se hacía cada vez más notoria en cada palabra que aparecía en la pantalla—. Él fue nuestro calanchín, por lo que, si donde don Augusto se acababa el guaro, iba y nos lo compraba en otra parte.

—En la siguiente tienda, pegada a la de don Augusto, también vendían cervecita y aguardiente —agregó Álvaro.

—Así es, Álvaro, allá también nos jalamos unas cuantas... —al rato le respondió Cañitas—. Lo cierto es que Eutimio, con sus orejitas pequeñas y su jeep viejo de color azul, me acuerdo cómo si fuera hoy, andaba con la Biblia bajo el brazo, porque desde antes de graduarnos se le dio por leerla toda, y varias veces. Con unas hojas se suponía que identificaba el salmo que de pronto nos quería compartir, o donde nos decía que iba o había parábolas interesantes.

Como Cañitas escribía mensajes entrecortados, entre otros tantos que se le cruzaron de otros participantes, uno fue el del Muñeco Sierra, el de la voz sonora que se escuchaba hasta cinco cuadras de distancia. Le decían así porque a todos sus amigos más cercanos los trataba de esa manera cariñosa: ¡mis muñecos!  

—Hola, ¡mis muñecos! —escribió, tal vez desde las orillas del río de la patria, en su tierra natal, donde fue candidato al concejo en las pasadas elecciones—, aprovecho para saludarlos y darles agradecimientos por el apoyo brindado a mi sobrino. En cuanto al comentario de la tienda de don Augusto, recuerden que ellos antes la tenían diagonal a la Virgen, al lado izquierdo. Era una casa de bahareque, de color blanco y verde. Allá nos prestaban una habitación para cambiarnos de ropa y descansar... De esa y de la nueva casa, pegada a nuestra alma máter, a donde luego se trasladaron, tengo un buen recuerdo de Chuchito Arteaga, que en paz descanse. Su partida aún no la supero, ¡casi que ni la creo! Ahí él solía quedarse a tomarse algunas cervezas, por lo que no entraba a clase de inglés. Le alcahueteé varias veces y le presenté trabajos y notas en grupo. En el 2008 me encontré en esa tienda a Eutimio, fue la última vez que lo vi. Entonces, lo invité a departir unas cervecitas. Estuvimos hablando y recordando viejos tiempos. Además, me dijo que estaba trabajando en la emisora del pueblo —a través de la lectura de su mensaje se percibía, no solo el murmullo del majestuoso río y su olor a bocachico, sino el hervor de la nostalgia con la cual estaba escribiendo, era evidente—. Ese recorderis fue muy agradable, así como emotivo es compartirlo ahora con ustedes, ¡mis muñecos del alma!

—En más de una ocasión me percaté de que esas hojitas dentro de la Biblia no eran para separar en donde iba, tampoco, para marcar parábolas especiales —continuo el mensaje entrecortado de Cañitas—, eran esquelas que Eutimio tenía para enviárselas a una amiguita del pueblo. Alguna vez me dijo: «Cañitas, ayúdeme a escribir algunos versos de amor. Usted sabe que poco coordino el pensamiento con los escritos que quiero enviarle a esa diva...». Por supuesto que le ayudé, ¡y más de una vez! ¡Ay!, cursitos, sí, lo hice más de una vez en esa gran mesa de la tienda de don Augusto donde nos reuníamos a departir... Qué ratos tan agradables vivimos en aquellos tiempos, doctor Israel Páez, Henrry: Tarzán, mi hermanito Eduardo, mi Guti del alma, Golondrino Torres, Israel López, quien también descansa en paz... y muchos más. No saben cuánto los extraño. Leyendo al doctor Páez me entraron ganas de un amarillito para calmar el vacío... porque cuando leo lo que todos escriben por aquí, siento sus voces en mis orejas y se me acelera el mango. Sí, lo reconozco, me dio nostalgia y recordé también al doctor Wilson, sobre todo por lo de los escritos que publica periódicamente y nos comparte... espero que este también lo plasme... ¡discúlpenme las berracas lágrimas!, con la tristeza que se siente al recordar aquellos momentos idos y que solo volverán al echar hacia atrás la mirada del recuerdo, o al leerlos de su pluma de oro... «Un súper abrazo para todos, toditos, todos», como dice Henry... y sin jamás olvidar a mi otro gran hermano Jorgito ‘Manotas’, también a Villalobos, otro integrante de nuestra hermosa mesa del recuerdo. ¡Son tantas las remembranzas de aquella época cuando los encuentros y los amigos eran reales y cercanos y las bebetas eran siempre en compañía! Bueno... y antes de que me dé la chilladera y me toque empacarme aquí solito otro amarillito en las rocas, recuerdos para sus hermosas familias, los quiero y los extraño mucho. Espero volverlos a ver... ¡siquiera una vez más!, como en aquellos tiempos y en torno a esa vieja mesa donde don Augusto, quien también descansa en paz.

 Tal vez por las evocaciones de los queridos y jamás olvidados Eutimio, Chuchito y Jaime, o quizá por lo tarde que era: once y media de la noche, de pronto por la nostalgia social que se hizo más notoria, casi visible y olorosa a rancio pasado, o por la recomendación del especialista en medicina familiar que todos en aquel grupo de WhatsApp, para entonces, consultaban por los achaques y la reformulación cuatrimestral, en el sentido de no trasnochar, ni tener sobresaltos u otras cuestiones para evitar peligrosas subidas de tensión, o infartos como el reciente que sufrió Carlos, la pantalla se fue quedando muda, en estridente silencio escrito.

Relato publicado en Revista Latina NC