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viernes, 18 de septiembre de 2026

El viejo sale caro

 

Esta vez el más joven (¡o menos rancio!) llegó primero a la banca de siempre. Cuando no era a la par, quien lo solía hacer era el mayor de aquellos setentones. De no llover, sin falta cada uno hacía cuarenta y tantos minutos de caminata matutina por el parque y finalizaba con una tanda de estiramientos recetados.

Allá se conocieron más de diez años atrás cuando, con algo de fatiga, terminaron la primera dosis prescrita.

—«Tiene que caminar, y a buen ritmo, al menos cuarenta minutos y hacer estiramientos al final, para evitar que se le endurezcan las articulaciones y le avancen o aparezcan otras maluquencias, ¡propias de la edad y el sedentarismo del pensionado!»

Cada uno recordaba lo que le enfatizó su respectivo internista al consultarlo tras las primeras maluquezas asomadas unos meses después de jubilarse y sentirse achacoso, amén de estorboso.

Por esta última razón, el sentirse estorbosos… o que así les hacían sentir en sus respectivos apeñuscados apartamentos los amañados allegados que aún vivían con ellos, tras la caminata y los ejercicios a veces duraban ‘garlando carajadas’ ahí, ‘amojonados’, casi hasta el mediodía.

Hablaban y despotricaban de todo, sobre todo de los temas en remojo o de los que se ponían de moda y eran noticia o titulares desinformativos:

—Más que encaminados para atembar conciencias, ¡aún más! —solía rematar el más viejo.

De vez en cuando se comentaban que algunas jovencitas (aquellas que tuviesen menos años que ellos), cada vez con más indiscreta y hasta por demás descarada manera, al enterarse de que eran pensionados les coqueteaban y les hacían insinuaciones, no solo amorosas, sino libidinosas y sin siquiera preguntarse ni menos preocuparse en si eran o no casados o si vínculos afectivos con alguien tenían.

—¿Qué atractivo podrán atisbar en nosotros esas ‘muchachitas’?

Le preguntó alguna vez el menos viejo al otro cuando la cuarentona del apartamento de enfrente de la banca donde solían llegar comenzó a abrir su ventana y a colocar la canción ‘Senderito de amor’. Cuando terminaba la tonada salía al parque, siempre ataviada con prendas deportivas más que ajustadas, quizá para llamar su atención. La cual, al parecer, nunca obtuvo de ninguno de ellos.

—A estas alturas, compañero de caminatas matutinas, nuestro único atractivo lejos está de ser la escapada lindura de nuestros envejecidos y desgastados físicos. Tampoco les viene a importar si todavía aquel amigo nos funciona bien o no.

—¿Entonces?

—Ellas solo se fijan en nuestras mesadas que, de hacerles siquiera un tilín de caso, pleitearían y hasta heredarían cuando estiremos la pata —refunfuñó el mayor.

—Con los consabidos problemas que esto les acarrearía a nuestros allegados.

Cuando el más joven llegó esa mañana, por demás despejada, soleada y con brisa refrescante, se extrañó al no ver por ningún lado al más viejo, ni siquiera en el sendero por el cual aquel solía llegar, casi siempre primero que él.

Cerca de una hora después lo atisbó a lo lejos, precisamente cuando se levantó y se disponía a regresar a su domicilio. Entonces, sonrió, se sentó y lo esperó los treinta y tantos minutos que esa vez demoró en llegar, más casi otro cuarto de hora mientras aquel hizo de manera acelerada las tres recortadas rutinas de estiramientos, justo cuando la vecina aquella les colocó, una vez más, ‘Senderito de amor’.

—Pensé que no me esperarías —le dijo al terminar la rutina, enjuagarse el sudor y beber de su vítrea cantimplora el agua enriquecida con calcio y colágeno.

Suplementos estos, de al menos seis o siete más que tomaba en casa, también recomendados extra consulta por sus especialistas que lo atendían de cuantas dolamas que a diario le aparecían... o se inventaba. Peor, todavía, que al saber de alguien que decía que de aquello otro sufría, al rato él también creía padecerlo o que de verdad recién le amanecía.

En una cantimplora parecida el más joven también solía llevar preparados similares sugeridos o recomendados, cuando no era por alguno de los médicos que lo atendían, por un familiar o un amigo. Como aquel del parque a quien ya le sentía un afecto fraternal entrañable, más, todavía, al ser correspondido. Los dos así lo experimentaban, aunque nunca de palabra lo comentaban.

—El viernes pasado acordamos que hoy lunes, de no llover a chorros, como todo este mes, nos encontraríamos e iríamos a tomar café. Por eso viene… pese a todo. ¿Cómo te iba a incumplir la cita?

—Luego… ¿qué te pasó?

—Cuando nos despedimos el viernes tenía en progreso un ligero malestar estomacal.

—¡Ah, carambas! ¿Qué era? ¿Fuiste al médico, me imagino?

—Te acuerdas cuando te conté que, ante tantas deficiencias y malas atenciones de mi dispensario formal, me afilié al plan complementario de salud que me recomendaste hace tiempo.

—Sí, me dijiste que lo hiciste, entre otras cosas, porque, también, además de las nuevas restricciones que autorizó el gobierno para dañar, aún más, esa prestación vital, tu dispensario queda al otro lado de la ciudad y es toda una odisea y un gran riesgo, además de costoso, ir hasta por allá. Mientras que el servicio complementario privado, aunque bastante caro, por lo que dices y me consta, cuenta con un centro médico de nivel medio de especialistas a unas cuadras de donde vivimos. Pero ¿entonces?

—Pues, que la tal molestia esa se hizo tan insoportable después de almuerzo, por lo que decidí pedir una cita prioritaria por medicina general para que me viera un médico en ese centro asistencial, por cuenta del plan complementario; el mismo que tú tienes.

—Me imagino que, si la molestia era ‘tan insoportable’, como dices, el pensar en atravesar la ciudad para ir a tu dispensario te hizo tomar tal decisión… así te tocara pagar la consulta extra.

—¡Exacto! Además, con la posibilidad de que, allá en el sanatorio al cual voy desde muchacho, no me atendieran o no hubiese cupo prioritario o me mandaran para urgencias y por mi cuenta al hospital central.

—Como suele pasar… además de tener que atravesar la megaciudad, esta vez, no de norte a sur sino de este a oeste, para ver si por urgencias les da la regalada gana de atenderlo a uno... por lo general cinco o seis horas después; si es que se cuenta con suerte. Bueno, pero, entonces, ¿cómo te fue en este centro de atención complementario que te recomendé?

—Me atendieron pronto, desde luego, tras pagar el bono de la extra…

—¿Qué te encontró el médico?

—Que algo que comí entre jueves y viernes me intoxicó.

—De cuidado, de todas maneras. Me imagino que ahí mismo te estabilizaron…

—De inmediato. Me ordenaron e hicieron exámenes de sangre, orina y coprológico, ¡también con cargo extra, pero rápido, eso sí!

—¡Qué te encontraron?

—Un bicho en gestación. Pero me canalizaron y me dejaron esa noche y el sábado en observación. Salí en la tarde, mucho mejor, desde luego, por efecto de los medicamentos que me ordenó el gastroenterólogo y que sigo tomando… Hoy ya estoy bastante recuperado, como lo puedes ver.

—Si hubieses ido a tu servicio médico oficial, el de siempre, el que te corresponde, tal vez la recuperación se hubiese demorado un poco más.

—Con seguridad… todavía estaría esperando la asignación de cita por medicina general. O si me hubiese ido por urgencias al hospital, ¿quién sabe si habría pasado más allá del sistema de selección y clasificación de pacientes? Al menos me habría demorado unas ocho o diez horas para que me atendiera el especialista. Ni qué decir para lograr la autorización de los exámenes y los procedimientos que requería de urgencia y que me hicieron de inmediato al otro lado, ¡pagando!, en el centro médico privado del plan complementario.

—Pero, bueno, al menos tienes ese sistema alterno que te sacó de apuros, aunque hayas tendido que sacar unos cuantos billetes de tus preciados ahorros para la cita…

—También, para todos los procedimientos que me hicieron y los medicamentos que me aplicaron. Esos no los cubre dicho plan, salen del bolsillo de uno. Solo se los hacen y dan hasta cuando uno pasa la tarjeta.

—La de los ahorros.

—Sí, la de los ahorros depreciados. Estos cada día disminuyen al no haber de dónde ni cómo aumentarlos, porque la mesada, que no crece como los precios de las cosas, es cada día más flaca. Esta ni siquiera alcanza para lo del gasto básico.

—La mesada nos aumenta cada año lo del Índice de Precios al Consumidor.

—Cifra que, en la práctica social, al menos en nuestro caso, como lo hemos comprobado año tras años desde cuando nos jubilamos, está lejos de la realidad.

—En esto coincido contigo. No me explico por qué a los pensionados no nos aumentan de acuerdo con el verdadero crecimiento desbordado de la canasta familiar.

—La razón de la sinrazón del sistema y la economía la han dicho de una y otra manera, siempre con eufemismos, por lo general dolorosos cuando uno los entiende.

—Entiendo que es porque somos viejos que ahora no aportamos y, en cambio, cada día deben gastar más en nosotros.

—¡Qué descaro después de toda una vida de contribuciones al sistema y a la economía!

—Entonces, resulta que ahora el viejo sale caro, peor si es pensionado, porque hay que seguirle pagando lo que pagó con creces y desde joven.

—Dura y triste realidad, amigo. Pero no solo les salimos a deber al sistema y a la economía; a los que les servimos y soportamos durante más de cincuenta años, mientras nos consumíamos en vida sin darnos cuenta ni rezongar siquiera.

Los dos veteranos callaron, al tiempo que suspiraron. Lo hicieron, tal vez, para escuchar la última estrofa de la tonada escapada a través de la ventana del apartamento ubicado a unos metros de la banca del parque donde ellos estaban:

Amor, senderito del alma / Que vives en mi corazón / Sin ti yo he perdido la calma / Senderito del alma, senderito de amor.  

—Me imagino que estás pensando —minutos después reanudó el menos viejo al percatarse de que la cuarentona había cerrado la ventana—… porque te conozco, que también te refieres a la familia y a los allegados a quienes, además de salirles caro el viejo por tener que estar al tanto… ¡nos les volvimos achacosos y estorbosos!

—¡Triste, dura e inexorable como injusta realidad!

Volvieron a quedar callados durante otros cuantos minutos. Momento cuando aquella ‘jovencita’, la vecina de la ventana de enfrente, la de las prendas deportivas ajustadas al cuerpo, ¡sensuales!, pasó y los saludó con desbordada coquetería. Como lo hacía cada día que, al verlos juntos en la banca, después de aquella tonada que al más viejo le evocaba su niñez al lado de su madre quien solía cantarla a diario, salía de su apartamento a su supuesta práctica. Que solo la hacía cuando los dos viejos aquellos por allí aparecían.

—Pero, bueno, entonces tu demora… ¿me imagino que hoy madrugaste a cita de control? —retomó el más joven, una vez le correspondieron el saludo a la cuarentona, como siempre, apáticos y sin miramiento alguno... ¡al parecer!

—No. Esa cita la tengo allá mismo para este miércoles; la pedí para después de nuestra caminata matutina. El médico quiere valorar cómo evoluciono con los medicamentos que me recetó para tomar en casa. De igual manera, de mi bolsillo.

—¿Entonces?

—Madrugué y me fui para que me vacunaran contra el Herpes Zóster… allá mismo. Por mi cuenta. Imagínate que cada dosis cuesta un millón y piola y son dos. La segunda tiene que ser en menos de seis meses.

—¿Era urgente o esta tiene que ver con el mal de estómago que te dio? Acaso, ¿tal inoculación no daba espera?

—En absoluto, no hay relación directa entre la maluquera gástrica y la tal culebrilla, como le dicen a este otro bicho maloso.

—Entonces, ¿por qué te vacunaste allá, tan a prisa, sin esperar a que te la aplicaran gratis en tu dispensario asignado, el que te corresponde en tu calidad de pensionado?

—La inmunización contra este otro bicho tan terrible como común en esta sociedad subcontinental, ¡el Zóster!, tampoco la cubre el sistema de salud regular al cual pertenecemos, no solo los pensionados, tampoco aplica para los afiliados activos, ni para sus beneficiarios, ¡menos para la población en general!

—Pensé que, al ser un virus tan agresivo y cada vez más presente en la sociedad, esta hacía parte del esquema de vacunación vital gratuita.

—Desafortunadamente no. A veces hay campañas, muy esporádicas y poco publicitadas. La razón debe ser, me imagino, el lucro y el beneficio desproporcionados para los pocos privados que la ofertan y a tan onerosos precios; como en casi todo lo de salud en este país.

—Eso debe ser, ¿quién sabe? Pero… ¡un momento! ¡No entiendo!

—¿Qué?

—Si el mal de estómago que te dio poco o nada tiene que ver con el Herpes Zóster, entonces, ¿por qué te vacunaste tan de inmediato? Además, ¡pagando semejante precio y por partida doble!

—Sencillo.

—Te escucho.

La cuarentona, contoneándose con sensualidad, volvió a pasar cerca de ellos. Olía a flor de cera, casi visible, cual vaho verdoso que solía dejar a su paso*. Mas, esta vez tampoco ninguno le respondió siquiera la sonrisa. La ignoraron… o eso fue lo que, sin ponerse de acuerdo, intentaron hacer.

—El apartamento de aquí al frente donde ahora vive esta moza que nos serenatea cada que llegamos aquí le pertenecía a un personaje que trabajó conmigo los últimos treinta años —soltó de repente el más viejo.

—Algo al respecto me habías dicho.

—Ella ignora que yo lo conocía. Esta historia la supe por otro compañero de trabajo que me encontré en el dispensario y me la contó.

—Tal y como me compartiste hace algún tiempo, tu alebrestado excompañero sí le siguió el jueguito a esta ‘muchachita’.

—Al ser viudo, como nosotros, cuando la conoció en este mismo parque, se peleó con sus allegados y se la trajo a vivir con él.

—Poco tiempo después estiró la pata y ella heredó, no solo su mesada de retiro, también ese apartamento.

—Tal cual. Así lo determinó el juez, basado en que ya llevaban cerca de cinco años de convivencia conyugal.

—Me imagino que ahora, con la pérdida del poder adquisitivo de la mesada, el alza en la administración y los impuestos del apartamento y, en sí, en todos los gastos que debe tener, estará pensando en aumentar ingresos a costa de otro jubilado.

—Debe ser. Espero que ese no sea ninguno de los dos.

—Volviendo a lo de tu vacuna…

—Sí, disculpa. Pensarás que te estoy dando rodeos para no contarte la razón por la cual me vacuné lo más rápido que pude para evitar riesgos al respecto.

—Ni más faltaba. Te escucho. ¿A cuales riesgos te refieres?

El más viejo se despachó y le compartió las vivencias que tuvo durante su estadía en la sala de recuperación y observación del centro médico de medicina del plan complementario donde le trataron la insipiente disentería. Le hizo énfasis en tres casos relacionados con pacientes víctimas del Herpes Zóster, uno de los cuales concluiría en tragedia.

—Es decir, si te entiendo, que, de los tres pacientes, uno de ellos falleció.

—Se suicidó allá mismo ante semejante ardor insoportable.

—Esto me lo tienes que contar con detalles.

—Mientras vamos hacia la cafetería a tomarnos el late que te ofrecí el viernes te resumiré las tres historias.

—Entonces, vamos, antes de que la ‘muchachita’ aquella vuelva pasar por aquí contoneando sus caderas.

—Sí, vamos, evitemos tentaciones insondables.

Durante ese viernes en la tarde y parte de la noche, igual, durante la mañana del siguiente día, el más viejo compartió con varios pacientes que estaban esperando ser atendidos, unos, en observación de evolución, otros, así como en convalecencia recuperativa las tres víctimas de la culebrilla.

—El más grave de todos, tal parecía por los sufrimientos que eran más que evidentes, vendría a ser un sesentón a quien el virus le floreció en la nuca, le recorrió la parte izquierda de su cabeza y le ‘reventó’, expresión usada por el mismo cuando me compartió su martirio, en su frente a la altura de su ojo.

—Tuvo que haber sido insoportable.

—Tanto, mi querido amigo, que no resistió y antes del amanecer del sábado, en un descuido de las enfermeras, se lanzó por una ventana desde el tercer piso al sótano.

—¡Qué terrible!

—Desde mi cubículo en el quinto piso alcancé a escuchar la algarabía.

—Entonces, es verdad lo de aquel padecer… según dicen, que es insoportable.

—Sobre todo cuando, como en su caso, le dejan coger ventaja al virus, por lo que, en menos de veinticuatro horas, en algunos, alcanza el clímax de la desesperación.

—Debió haberse puesto en manos de un médico tan pronto le aparecieron los primeros síntomas.

—Lo intentó.

—¿Entonces?

—Pues que, en su dispensario, como en casi todos los que operan en este país, la cita para ver a un médico toca pedirla por una aplicación por completo, no solo que es deshumanizada, sino demorada, engorrosa e ininteligible para nosotros, los viejos.

—En eso estoy de acuerdo. Es muy frustrante para uno tener que seguirle el hilo a esas aplicaciones que lo pasean de una opción a otra… que ni siquiera le permiten a uno entender cuál es la instrucción dada. Por lo que casi siempre lo regresan al comienzo, cuando no es que se corta la llamada.

—Fue lo que le pasó a ese paciente. Cuando le aparecieron los primeros síntomas intentó pedir cita… y en esas se gastó tres días. En síntesis, cuando por fin decidió pagar la complementaria, el nervio comprometido estaba afectado casi por completo.

—Pero, entiendo que alcanzó a que lo viera y medicara el doctor de la complementaria.

—Sí, hasta ese viernes en la tarde… pero, como te digo, aunque le comenzaron a dar medicación y terapia para el dolor, cuando la culebrilla pica en la cabeza, peor si llega a la cara… uno no alcanza a imaginarse el desespero… por eso, por más medicación y terapia, a la madrugada tomó aquella decisión fatal.

—Me decías que similar situación, en cuanto al virus ese, padecían otras pacientes en aquel centro médico complementario de servicios asistenciales.

—Aquellas veteranas, no sé si en algo les sirvió ser mujeres…

—En las mujeres, tengo entendido, el umbral del dolor es más alto, por lo que soportan mucho más que nosotros, dizque los del sexo fuerte.

—También les pasó algo parecido…

—En cuanto al virus…

—No solo que se les desarrolló de un momento a otro…

—¿Cuál es la causa?

—Según los médicos, todos, tras los cincuenta o sesenta años, cuando las defensas comienzas a flaquearnos, estamos propensos a desarrollarlo. En especial si de niños o jóvenes nos dio la varicela, se padece del VHI, del cáncer o si se ha recibido alguno órgano mediante un trasplante.

—¿Cómo sabe uno si sufrimos alguna vez de varicela?

—A esta edad es difícil recordarlo o que alguien nos lo confirme. Por eso, para evitar los padecimientos que vi y me contaron entre viernes y sábado, la mejor opción es pagar las dos dosis de la vacuna. ¿Ahora me comprendes?

—Había escuchado algo al respecto y, desde luego, no solo te comprendo el motivo para hacerte vacunar, también, que acabo de tomar la decisión de hacer lo mismo… por si acaso, uno nunca sabe.

—Nunca se sabe, es verdad.

—Pero, por favor, cuéntame algo más sobre los síntomas, por si en algún momento uno o alguien cercano los experimenta y poder tomar a tiempo la decisión de ir rápido al médico.

—Hasta donde me contaron aquellas personas que conocí en el centro médico, se comienza con una sensibilidad irresistible en todo el cuerpo, con énfasis en la parte o costado donde se desarrollará poco tiempo después, algo menos de una semana.

—Que es cuando, si no se está vacunado, es mejor consultar de inmediato en su respectivo dispensario o ir a urgencias a un hospital.

—El problema es, como les pasó a los pacientes de los que te estoy contando, que, para pedir cita, empezando por medicina general, ni qué decir con especialistas como el neurólogo, los dispensarios hacen todo lo posible para que el paciente, peor si es viejo, se le dificulte el acceso y mucho mejor, y más económico, si nunca se le atiende ni se le formula.

—En ese caso… dadas las circunstancias, hay que ir a urgencias…

—Donde, además de someterlo al humillante y engorroso proceso de clasificación de pacientes según la maluquera, algo le dan. Pero por no ser de vida o muerte el tema, lo remiten a consulta externa donde… vuelve y juega la pedida de la cita. Como lo hablamos al comienzo de esta charla que iniciamos en la banca del parque.

—De acuerdo, amigo. Ahora entiendo la razón por la cual, no solo te fuiste por la atención privada para que te trataran ese mal estomacal, también, el motivo para hacerte vacunar contra el Herpes Zóster tan rápido y pagando semejante precio.

—Mira, para concluir, ya que este tema no lo quiero continuar mientras nos tomamos un cafecito cuando entremos a esta cafetería, una sociedad donde el viejo se convierte en, además de pereque y estorbo: ¡en un costo!, poca o ninguna posibilidad tiene de reorientar su senda. Nos encaminamos a la sin salida, mi amigo del alma.

—Plenamente de acuerdo contigo, querido viejo.

*Historias guardadas, Enciso, Wilson Rogelio, wrenciso, 2023, pp. 54, 58, 101 y 119.

sábado, 4 de julio de 2026

Solo libros

 

Biblioteca Municipal Bituima, Cundinamarca

Producto, según los expertos, del inestable e incierto cambio climático, aquella mañana capitalina era friolenta y lloviznosa. Cuando al fin amainó la ventisca los dos viejos conocidos salieron de sus apeñuscados conjuntos residenciales y se dirigieron al parque cercano. Allá se encontraron tras unos veinte minutos de medicada caminata.

Se saludaron y abrazaron con marcada efusividad. Luego, como solían hacerlo, buscaron una banca para sentarse y hablar un rato antes de regresarse a sus respectivas prisiones caseras… sus domicilios. Así, sin decírselo a nadie, cada uno lo consideraba tras jubilarse.

—Bueno, ¿y cómo le fue a tu candidato en estas elecciones? —preguntó el de, al parecer, menor edad; tal vez dos o tres años.

—Creo que quedó como de quintas; a más de un millón y piola de votos de los dos que puntearon en esta vuelta.

—Era de esperar. En este país del Espíritu Santo las maquinarias sí que son efectivas.

—Estas, desde luego, logran tal efectividad electorera gracias a la infalible combinación entre insipiencia política y la manipulación mediático-estomacal de las ahuchadas masas que salen a votar, ¡incluso uniformadas!; tal y como les inculca este o aquel otro quimérico profeta social… en particular, el peor tartufo de la política actual.

—¿No te estarás refiriendo, como lo haces siempre, al sempiterno doctor Uribia Morales? En estas elecciones a la candidata que este impuso y apoyó abiertamente le fue como a los perros en misa.

—Vieja estrategia de gamonal subcontinental.

—¿A qué te refieres? Me parece que el reinado del viejo zorro aquel, durante casi cuatro décadas, llegó a su fin. Porque, además de la ínfima votación lograda por su pupila, los dos que partieron en punta están más que abiertos con él. No quieren saber nada que huela a su achacada y rimbombante colectividad seudodemocrática.

—Precisamente esa es la sensación que era menester inculcarle en la mollera a este pueblo ignaro. Llegó el momento de que aparezca otra nueva o reencauchada colectividad, con líder fresco al frente.

—¿Entonces?

—Detrás de este personaje, así como de casi todos los que en este país suelen figurar en el ámbito politiquero, están unos cuantos verdaderos poderosos… ¡los amos del país!

—¿Te refieres al poder económico?

—Tú lo sabes. Son ellos los que deciden y disponen todo lo que sucede en estas tierras tropicales, bueno o malo, real o fantástico, legal o ilegal, con tal de que sus bolsas insondables sigan creciendo en la impunidad, y sin control ni talanquera alguna.

—Entonces, ¿de qué se trata la nueva jugarreta?

—¡Nada nuevo!

—¡Explícate!

—Que nuestro sempiterno adalid, además de haber envejecido, presenta flaquezas fétidas e irregularidades inocultables, por lo que es el momento de buscarle un reemplazo tan efectivo, demagogo y perverso como él.

—Pero… ¡cómo así! ¿Quién sería?

—Mucho me temo que, precisamente, el que partió en punta en este proceso, al ser un aliado en todo aspecto del arrugado adalid de marras, pertenecer a la cofradía de amos del país y encarnar desde el comienzo de esta contienda electoral a su candidato en la sombra, vendría, también, a ser su reemplazo en poco tiempo.

—Si fuese como lo elucubras, ¿habría alguna posibilidad de que este, cuando le toque la Presidencia, resolviese el caos y las necesidades en las cuales se consume este país… o al menos la situación de las clases media y baja?

—La de la inmensa y mensa mayoría, querrás decir.

—Como quieras llamar a quienes siempre pagamos los platos rotos de tantos malos gobiernos que hemos tenido.

—Mira, los problemas de fondo, los que están acabando y volviendo añicos la vajilla completa de la hacienda patria, no los resolverá él ni nadie, en tanto este país que lo tenía todo, gobernado a fierro por tartufos al servicio de ególatras insaciables, siga padeciendo y engüerando en sus generaciones las dos peores flaquezas nacionales, al parecer incurables e irreversibles.

—¿A qué flaquezas te refieres?

—Al quebranto colectivo del libre albedrío y al peor de los cánceres sociales: ¡la carencia de amor patrio en contubernio con la dilución amañada de la memoria histórica!

—¡Ah!, ya veo. Pensé que ibas a decir que el desempleo, el subdesarrollo, la corrupción, la pobreza… entre otros tantos flagelos que nos agobian.

—Estas que mencionas, así como el sinnúmero de falencias que nos subyugan y hacen apolillar el crecimiento y la bienandanza sociales, tienen como papá irresponsable al desamor patrio y como celestina progenitora a la falta de libre albedrío, en concupiscencia con ‘El frío del olvido’*. Todos estos vienen siendo extirpados hace rato de nuestros genes nacionales. El termómetro más indicativo de tal ‘Entropía’** es la rampante e incontenible inseguridad, cada día más agresiva y cercana. De esta acabo de ser víctima.

—¡Cómo así!, ¿qué te pasó?

—Que mientras fuimos este domingo a ejercer nuestro derecho electoral, una banda de ladrones ingresó a los sótanos de la copropiedad donde quedan los parqueaderos y los depósitos de trebejos.

—¿Qué les robaron?

—A nosotros… ¡nada! Solo hicieron añicos la puerta del depósito y rompieron unas cuantas cajas y estantes que mantengo de piso a techo.

—¿Y el carro?

—Lo estábamos usando para ir a sufragar. A otros copropietarios les rompieron los vidrios de los carros y se les llevaron artículos costosos que allá tenían guardados.

—Me alegra por ustedes y lamento la pérdida sufrida de sus vecinos… ¡Un momento! Me acabas de decir que tu depósito estaba atiborrado de cajas y que destrozaron algunas, pero que no se llevaron nada.

—Solo desgarraron unas cajas y revolcaron estantes. Lo demás ni lo miraron.

—Me mata la curiosidad…

—Pregunta.  

—¿No se llevaron nada, pese a tener el depósito lleno… verdad?

—Así fue.

—Pero, luego… ¿qué es lo que guardas entre ese montón de cajas y estantes? ¡¿Qué encontraron los cacos esos?!

—Solo libros. La mayoría de literatura universal: novela, teatro, cuento y poesía.

—En este país los delincuentes y la literatura poco y nada amigos son. Casi ninguno lee, mucho menos se ilustra.

—No solo los delincuentes, esta, nuestra sociedad subcontinental en general, de las bellas artes, menos si de leer se trata, nada quiere saber… ni siquiera de oídas.

—¡Qué triste, ¿verdad?! Entonces, o eso creo, por eso solo abrieron algunas cajas y las otras las dejaron intactas. 

—Como ya casi nadie lee, los libros dejaron de ser atractiva y nada rentable mercancía, por lo que en el comercio es poca, muy poca, casi nula su valía.

—Pareciera ser que, literatura, política y democracia, antagónicas son de la subcontinental como apestosa politiquería que por doquiera se practica hoy día.

—Lo dices tú. Nadie mejor, ni siquiera yo, así de claro lo concluiría.

* El frío del olvido, Enciso, Wilson Rogelio, Pukiyari Editores, 2019.   **Entropía, Enciso, Wilson Rogelio, wrenciso.com, 2024.


lunes, 4 de mayo de 2026

Semblanza de amor*

 

Foto cortesía de Elisa Mascia

            
        Sobre unas colinas escarpadas y venteadas, al sur de Italia, en la región del Molise, cerca del hechicero Adriático y ‘cruce de caminos’ hacia los encomiables Balcanes centro-orientales, se erige un bonito pueblo agrícola de nombre Santa Croce di Magliano.

Desde el 2013, cuando allá se instauró el Premio Antonio Giordano, ese bucólico villorrio se convirtió en ‘residencia de artistas’. Por aquellos lares los virtuosos encuentran inspiración fresca para sus creaciones, además de la calidad y la hospitalidad de sus cerca de cinco mil habitantes. A partir de entonces, en cada verano aumentan las salas de arte al aire libre, con exhibición en las fachadas de las casas, las plazas, las escaleras y por doquiera sea. La creatividad pareciese contagiar a todo aquel que por Santa Croce di Magliano se tope, merodee, se esconda, refugie o anide.

Allá, setenta años atrás, el 13 de abril de 1956, ‘…el año en que la primavera fue la generosidad de un invierno…’ que arropó por completo las calles de aquel escondido paraíso municipal, nació Elisa Mascia, la preciada hija de Otimia Ada María Verillo y Pascuale Mascia. Pareja simpar que merece semblanza aparte, no solo por los diez años de diferencia en sus calendarios: él de 1916, ella de 1926; también, por otros tantos contrastes impactantes, como el del pretérito origen afectivo del nombre: ¡Elisa!, que aquel veterano de la Segunda Guerra Mundial le colocó a su hija, tan a pesar y en contra de lo que opinaba y sentía en su corazón y alma su bella esposa doña Otimia. Beldad que, para entonces, según algunos contados coterráneos sobrevivientes que la conocieron y otros más jóvenes que lo escucharon de sus ancestros y algo todavía por ahí cuentan, y se aprecia en fotos más que refundidas, poseía al unísono la donosura propia de las oriundas de aquella joya mediterránea (el Adríatico), fraguada con la esbeltez y la riqueza cultural e histórica de sus vecinas balcánicas... como Mirka Epifanía Vilicih, el amor difuso de Icardo Ardila Jardín durante ese… algo así como un viaje de ensueño por el mundo que emprenderían a la siga de la salvaguarda del medio ambiente y la vida en este granito azul del Universo que tememos en préstamo.  

Arrojo combativo y femeninas galas que, como es obvio y saltan a la vista, Elisa Mascia heredó y conserva de sus progenitores y lejanos ancestros yugoslavos, en especial de los arbëreshë.

Durante su infancia Elisa aprendió a amar y disfrutar la primavera que impregnó por siempre su corazón de poesía, al igual que al ‘invierno helado’ que le delineó y fortaleció su carácter y la concepción del mundo complejo que habría de enfrentar. Pero, solo fue durante su adolescencia que percibió y adoptó en su alma ‘El aroma y el color de las rosas de melocotón y de los almendros en flor…’. Esencias y prismas que, desde entonces, inspiran y perfuman sus letras, versos y artísticos quehaceres. Además de indicarle y conducirla hacia la benemérita docencia, entregándose por completo a la formación de los niños que siempre amó y apoyó, como aún lo hace, de alguna forma y cada que se le presenta la oportunidad o es preciso hacerlo.

Pinceladas artísticas y sentimientos humanistas que Elisa acrecentó y difundió por el mundo tras pensionarse y dedicarse de lleno al complejo, duro y por lo general ingrato oficio de la literatura y otros quehaceres afines con la comunicación, la traducción y el arte. Roles taciturnos que, aunque ejercía en segundo plano, tras las bambalinas de sus actividades laborales y temprana maternidad, estos esperaban con paciencia su turno. En especial, aquellos que tenían que ver con, además de ‘El amor por los niños y por la enseñanza…’, sus ‘…sueños más codiciados desde que era pequeña y en la escuela mi maestra me hacía recitar poemas, le gustaba mi declamación mejorada con el paso de los años y hoy recito en video… para muchos amigos’.

Impulso y apoyo cultural de su maestra que ahora; tras cumplir setenta años, allá, en el apacible San Giuliano di Puglia, circunvecino de su amado pueblo natal; amén de los méritos cosechados durante su labor docente, se evidencian en un precioso ramillete de resultados invaluables: más de trece obras publicadas, cerca de veinte antologías; una de ellas: ‘Canto Planetario, hermandad en la Tierra’; una decena de prestigiosos premios y galardones, contribuciones teatrales, traducciones literarias, programas y entrevistas en radio y otros tantos aportes a la cultura que circulan por ahí; además de encargos directivos asociados con la difusión y el apoyo de la poesía y las bellas artes.

Cada uno de estos logros y encargos, como cuando fue docente, tienen la rúbrica y la impronta personal de esa contagiosa semblanza de amor que Elisa Mascia a todo le imprime y que por doquiera contagia, así hable o escriba en italiano, su lengua natal, o en español, porque es bilingüe y excelente traductora.

Huella solidaria y afectiva aquella, seguramente, esculpida en su alma y remembranza maternal indeleble desde cuando, como lo comentó hace poco: ‘Decía mi madre que, con leche abundante, había alimentado a otros dos recién nacidos y de este recuerdo he asociado el haber absorbido, por este noble gesto de altruismo, el verdadero sentido de mi vida que está edificado sobre el valor de la generosidad. Todo regresa tarde o temprano en los lazos y las conexiones de la interconexión mental…’.

Su paso por el colegio donde se formó, gracias a una ‘beca encomiable’, al ella provenir de una familia humilde, no solo le dio la primera hoja de los pergaminos para ejercer la docencia: ¡ser profesora!, uno de sus más caros e inolvidables logros y mayores aportes para su entorno social; también, pasó ‘las pruebas para ser madre’. Que lo sería por cuatro veces con Nunzio, Pascuale, María Giuseppina y Giovanni Marco. Luego, suegra por partida doble, una de estas de una ecuatoriana, así como haber tenido la dicha inmensurable de ser abuela de dos rubíes invaluables para su adultez: Elisa y Alessandro.

Sin que tal vez lo sepa, o si se percata pareciese hacer caso omiso de esto, Elisa Mascia al ser observada o preguntada indirectamente por algún periodista camuflado o por uno que otro escurridizo investigador cultural, luce y se muestra feliz, ¡muy feliz!, además de satisfecha de haber hecho bien las cosas, de haber sido docente durante toda una vida, de haber logrado, junto con su esposo Umberto Persichillo, a pesar de tantas vicisitudes, confrontaciones y también logros, sacar avante a una familia, de poder seguir bailando, cantando, actuando y declamando, de cuando en vez, otras de sus pasiones escondidas, así como de tener amigos por doquiera sea; un buen número de estos a la distancia, es decir, virtuales, gracias a la ineluctable telaraña digital mundial.

Se siente satisfecha del deber cumplido y de haber hecho felices a quienes en su camino encontró, lo que seguirá haciendo por doquiera vaya o a través de las redes y medios, que es por donde, en estos frágiles tiempos binarios, mayor facilidad existe para interactuar con quien y donde quiera sea.

Con esa cautivante sonrisa esquiva que la caracteriza y le magnetiza su blanca y tersa faz ítalo-balcánica, tal vez sabiendo o imaginando el literario motivo y con ‘…un vaso medio lleno, quizás de buen vino rojo envejecido en barriles de roble para poder brindar por la felicidad…’, por ahí nos dejó explícito este mensaje para que el periodista y los investigadores que la auscultaron durante un tiempo nos lo hiciesen llegar:

‘Doy las gracias a todos los que me quieren, de modo especial a quienes han estado siempre presentes, sobre todo en los días más difíciles, independientemente de la distancia’.

Honorable maestra Elisa Mascia, esperamos verla celebrar muchos más aniversarios con la plenitud física, mental, solidaria y artística como en estos ‘siete-cero’. Reciba, por favor, nuestro inmensurable reconocimiento y sentimiento grato por existir, por escribir, por hacer parte del Colectivo Literario Artístico Internacional siglo XXI (CLAI XXI), así como por, sin proponérselo ni saberlo, haber inspirado (encarnado) a la sigilosa dama del Lago de Como, en la región de Lombardía; una de las coprotagonistas de cierta novela en proceso de publicación, escrita por un autor deslizadizo que hace poco usted entrevistó y a quien le ha traducido y publicado varios de sus artículos.

*Este relato incluye apartes escritos entre comillas de Elisa Mascia, así como datos fragmentarios suministrados por el exegético gestor cultural planetario nicaragüense Carlo Javier Jarquín, residente en Costa Rica, del casi imperceptible investigador cultural chaguaniceño (Chaguaní, Colombia) Agapito Téllez Meléndez y del sigiloso periodista barés (Bari, Italia) Lorenzo Orcini Colonna, el LOCO.

sábado, 2 de mayo de 2026

'Ser maestros...'*

 

‘Ser maestros…’ *

‘El aula, fuente de investigación’**

Víctor Eligio Espinosa Galán*

El recién llegado, con un café igual al que bebía quien, en una mesa contigua leía ‘Los nombres de Feliza’, se sentó, puso su bebida sobre el tablero, al lado del portátil que sacó de su mochila y, tras abrirlo, prenderlo y seleccionar un archivo en Word, comenzó a teclear.

—«¡Sí!, es un escritor o un periodista —se dijo el viejo que leía—. Debe estar escribiendo algo así como una novela, un relato largo o, quizá, un artículo para publicar en alguna parte, por el número de palabras que observo en la barra de estado y la temática expuesta de lo que alcancé a fisgonear».

Cincuenta años de experiencia en las lides de la docencia literaria y su formación profesional inherente le permitieron hacer estas cábalas, amén de la postura corporal y mirada escrutadora del recién llegado, unos seis u ocho años menor que él, aunque algo menos achacado.

—«Este casi setentón, tal vez, ¡no haya pasado por ninguna cirugía ni sufrido tantas amargas experiencias como las mías!» —se dijo mientras le respondía a su sobrina por WhatsApp que, en ese momento, luego de la ceremonia de grados, estaba en aquel centro comercial leyendo y disfrutando su café diario.

—Disculpe, señor, ¿es usted escritor… o algo así? —sin quererse quedar con la intriga el envejecido lector le preguntó al recién llegado.

—Como usted dice, sí, «¡algo así!» —respondió el aludido dejando de escribir para beber un sorbo y ponerle atención al desconocido—. ¿Por qué lo pregunta, señor?

—Gracias, caballero. Soy profesor investigador y acabo de salir de un evento de grados de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad Pedagógica Nacional. Una familiar recibió el título de Magister en Estudios Contemporáneos en Enseñanza de la Biología.

—¡Felicitaciones! ¡Qué interesante! Es profesor e investigador… ¿qué enseña y sobre qué temas investiga, si puedo saber?

—¡Lo hacía!

—Le entendí que era profesor e investigador.

—Por más de cuarenta años ejercí la docencia universitaria y la investigación a partir del aula; como le escuché hace rato a una de las licenciadas que acaba de obtener el mismo título de maestría de mi familiar.

—¿Qué le escuchó a la maestra?

Marlene Enciso** y Jairo Robles Piñeros***

—Aquella docente, recién pensionada y tal vez unos tres años mayor que nosotros, les comentó a sus colegas, todos más jóvenes que ella, que, en su trabajo de grado demostró cómo el aula de clase es una fuente de investigación invaluable para el docente que se lo proponga. Aseveró haberlo plasmado así en su tesis que tituló, sin la memoria no me falla, ‘El bosque seco tropical escenario de vida para la vida’**. Trabajo este elogiado por el coordinador académico de dicha maestría el licenciado Jairo Robles Piñeros***. Hasta les tomé unas fotos. Si gusta se las comparto.

—Estoy de acuerdo con esto de que el aula es una de las fuentes primordiales para la investigación. Pero, volviendo a su caso, profesor, ¿por qué dejó su oficio?

—Porque un decano quisquilloso, recién llegado a la facultad, tal vez por miedo a que algún día yo lo pudiese desbancar de ese cargo burocrático que para nada me interesa, al tener yo muchos más títulos, textos, publicaciones indexadas, por ende: ¡experiencia docente e investigativa pero… esos sí, menos los alcances y contactos politiqueros que él, me cogió entre ojos, me hizo la vida imposible, urdió investigaciones disciplinarías en contra mía, por lo que, faltándome poco para cumplir las semanas para pensión, me hizo destituir e inhabilitar para ejercer la docencia… ¡Fue cuando me infarté y casi me voy para el otro lado! ¡Me han operado tres veces!

—Lo lamento, ¡profesor! ¿Apeló la destitución?

—En eso ando hace cinco años. El problema es la plata para seguirle pagando a los abogados… ya he tenido tres. El actual dice que el proceso está próximo a fallar a favor mío… ojalá sea antes de que estire la pata.

—Estoy seguro de que usted es inocente y ganará la apelación.

—¿Por qué lo dice, si apenas me conoce?

—Soy lector de historias y lo veo en su pupila, postura corporal y halo personal.

—¡Interesante! Pero… ¿qué es lo que lee o ve en mis ojos y aureola?

—Profesor, en el diario de su vida, el cual se asoma a sus ojos y transpira todo su ser, queda en evidencia que usted es un hombre honesto, que dedicó toda su vida a ese bonito, pero duro oficio de la docencia, a ser profesor… lo cual, como me consta, más que un simple oficio, ¡es un verdadero y espinudo reto que, además de ser desagradecido, pocos reconocen tras la nota final o el aprobado de la tesis! Casi todos olvidan a sus maestros

—Estamos de acuerdo en esto de que, ser profesor es más que un oficio desagradecido, a más de todo un reto, no solo hoy, con mayor razón lo será en el futuro. Mire que, precisamente, sobre este tema, lo cual me gustaría que usted o alguien documentara y difundiera por el mundo, el vicerrector académico de la UPC, Bogotá*, hoy, en el discurso del evento de grados que le conté, tocó este tema.

—¡Qué interesante!

—Incluso, mire, me le acerqué a la tarima tras la ceremonia y le pedí una copia… aquí la tengo, por si le interesa.

—Puede ser.

—Sería oportuno hacer de esto alguna reseña. De pasada, como lo deja entrever el vicerrector en alguno de los pasajes del discurso, les advierte a los que quieran ser maestros, a los que ya lo son, serán y, desde luego, a quienes siguen en la jornada diaria en las aulas, no solo de los retos, satisfacciones, responsabilidades y placeres que implica la docencia; también, que estén atentos y eviten, en la medida de lo posible, que en cualquier momento del ejercicio algún decano o directivo inepto y envidioso, de tantos que hay por ahí, se enamore de alguno de ellos y lo saque de nómina… ¡tal y como me pasó!

—¡Sí!, suele pasar, desafortunadamente… y usted sí que lo está padeciendo en carne propia. Me gustaría saber, en esencia, qué otros mensajes hay en esas páginas.

El profesor le facilitó las hojas que el vicerrector leyó esa mañana. Tras hojearlas, ante la mirada escrutadora del menudo y famélico profesor, comentó:

—¡Qué interesante! Como usted dice, profesor, este documento sí que vale la pena ser difundido. Si me lo permite, lo compartiré con alguien para que escriba una reseña y la publique en alguna parte… y, por favor, hágame llegar la foto aquella a mi WhatsApp; en esta tarjeta está mi número.

—Le agradezco, señor, por prestarme atención y hacer lo posible para difundir este mensaje docente. Le enviaré esa y otras fotos.

—Si me lo permite… ¿de qué área del saber fue profesor?

—¡De literatura y otras yerbas para enfermedades similares!

—¡Qué interesante! Déjeme echarle una lectura algo más a fondo a este discurso, por favor. Creo que este encuentro casual, en esta plazoleta de comidas, su historia, junto con estas letras de colofón, bien pueden hacer parte de una columna.   

—Bien pueda. Tómese el tiempo que sea necesario…

—Usted que es profesor de literatura, ¿qué título le pondría a un relato que incluya una síntesis de su historia, este encuentro casual y las palabras del vicerrector?

—Me gusta la primera parte del que le puso el licenciado Espinosa Galán a su discurso.

—Se refiere a…

—‘Ser maestro’*, ¡lo dice todo!

—Estamos de acuerdo, gracias, profesor, quedo en deuda con usted.

—Con que escriban algo sobre mi caso y difundan estas palabras es más que suficiente.

—Mientras lo leo con detenimiento, por favor, disfrute su café, no lo deje enfriar.

Durante unos diez minutos el más joven… ¡o menos viejo!, se enfrascó en la lectura del discurso. De vez en cuando soltaba palabras de admiración o gesticulaba de la emoción que le causaba cada frase que leía.

—Interesante y ajustado a las circunstancias que hoy enfrentan los docentes.

—Desde cuando usted llegó y se sentó a mi lado tuve la premonición de que estas palabras, y mi caso injusto de destitución a semanas de mi pensión, harían parte de un escrito que alguien publicará y difundirá.

—Es una promesa. Veré qué puedo hacer, profesor. Sé que alguien algo escribirá y publicará sobre esto.

 

Días después, al conocer la historia y tener las palabras del vicerrector, decidí que el siguiente relato que publicaría tendría al inicio, además del título resumido que propuso el profesor de literatura, una síntesis de su caso inaudito de destitución en vísperas de su pensión, así como del encuentro casual de aquellos dos viejos desconocidos en la plaza de comidas de un centro comercial cualquiera tomando café; leyendo, uno, escribiendo, el otro. De colofón, como acordaron aquellos, ensamblaría por completo, con su respectivo título, las palabras, más que pertinentes y en versión prosa larga*, que el vicerrector académico de la Universidad Pedagógica UPC, Bogotá, leyó la mañana del 24 de abril de 2026 durante la ceremonia de grado de algunos de los licenciados, magísteres y doctores: ¡maestros! de esta famosa e importante institución de educación superior formadora de pedagogos.

 

Ser maestros(as) en tiempos de incertidumbre… *

 

Hoy, quizá como en pocas épocas de la historia, asistimos a una profunda reconfiguración de la vida, del sentido y de las instituciones que antes parecían firmes. Ustedes son hijos e hijas de un tiempo marcado por la incertidumbre, por el miedo y, también, por un cierto cansancio del mundo. Pero en medio de todo ello, hay algo que nos une: ustedes y yo compartimos una misma condición, una misma vocación. Somos maestros.

 

Cada época ha puesto delante de los maestros desafíos distintos. A ustedes les corresponde uno especialmente exigente: educar en un mundo incierto. Un mundo que ha multiplicado la información, pero que sigue teniendo una necesidad urgente de verdad, de autenticidad. Porque nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento… y, sin embargo, nunca había sido tan difícil discernir lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, lo humano del sufrimiento.

 

Hay una pregunta que hoy resuena con una mezcla de nostalgia y de inquietud: ¿Seguirán existiendo maestros? Puede parecer una pregunta incómoda para un día como este. Esta pregunta no apunta al final de la profesión docente, sino a algo más profundo: al posible declive de una cierta figura tradicional del maestro, de ese maestro que tal vez ustedes mismos conocieron. Y por eso la pregunta verdadera no es si existirán maestros(as), sino qué tipo de maestros serán ustedes.

 

Porque si hoy el conocimiento está disponible en múltiples formatos y plataformas, entonces la universidad no puede justificarse solo por transmitir información. Su tarea —y la de ustedes— es otra: formar el sentido de honestidad, de justicia y la responsabilidad. Formar personas capaces de discernir en medio de la incertidumbre y de responder éticamente por sus decisiones. Esa es la verdadera exigencia de nuestro tiempo.

 

La universidad es hoy uno de los últimos espacios donde todavía intentamos sostener la verdad en común. No forma solo profesionales, forma su capacidad de pensar, incentivamos su capacidad de amar, enseñamos a que no sean indiferentes, a que se preocupen por los más frágiles.

 

Pero ustedes se gradúan en un tiempo inquietante, en el que comienza a instalarse algo más peligroso que el error: una desconfianza sistemática hacia la ciencia, un cuestionamiento deliberado del conocimiento que durante décadas ha permitido ampliar derechos, proteger a los más vulnerables y hacer de la dignidad humana algo más que una promesa.

 

Y cuando una sociedad aprende a desconfiar de la ciencia, no solo pierde certezas: pierde humanidad. El sufrimiento del otro se vuelve discutible, la injusticia opinable, y la dignidad deja de ser un principio para convertirse en una utopía.

 

Entonces ocurre, casi sin ruido, lo más grave: empezamos a acostumbrarnos. Y cuando ya nada nos asombra, todo —incluso el abandono, incluso la violencia— se vuelve posible.

 

Es posible que algunos momentos de su paso por la universidad les hayan parecido improductivos. Que queden temas por aprender, caminos por recorrer. Pero hay algo de lo que pueden estar seguros: aquí no solo adquirieron saberes, aquí aprendieron —quizá sin darse cuenta— a mirar el mundo de otra manera. En estas aulas quedaron sembradas sus preguntas más hondas, sus inquietudes, sus compromisos. Aquí también quedaron sus silencios, sus dudas no resueltas y esas pequeñas victorias que nadie más vio. Todo eso forma parte de lo que hoy son.

 

Educar no es simplemente ejercer una profesión. Es responder a una vocación que tiene dos dimensiones inseparables: servicio y compromiso. Y es precisamente eso lo que dota de sentido a la labor docente en un tiempo en el que todo parece transformarse. Hoy el maestro no es solo quien sabe, sino quien narra, quien escucha, quien se atreve a sostener las conversaciones más difíciles de nuestro tiempo sin huir de ellas.

 

Tal vez por eso, la educación necesita recuperar algo de lo que está perdiendo: su dimensión más humana, más artesanal. La posibilidad de conversar sin mediaciones, sin cámaras, sin la urgencia del registro. Porque si la universidad se reduce a una transmisión en ‘streaming’, corremos el riesgo de convertir el pensamiento en espectáculo y el diálogo en simulacro.

 

Ustedes, como maestros, estarán expuestos. Serán cuestionados, refutados, interpelados. Tendrán que responder preguntas incómodas y enfrentar la fragilidad de no tener siempre respuestas definitivas. Pero es precisamente en esa vulnerabilidad donde nace el verdadero deseo de enseñar. Porque enseñar no es imponer certezas, sino abrir caminos de sentido.

 

Hannah Arendt escribió que la educación es el lugar donde decidimos si amamos al mundo lo suficiente como para asumir responsabilidad por él. Esa es, en el fondo, su tarea: ayudar a sostener un mundo que, en ocasiones, parece desmoronarse ante nuestros ojos. No para conservarlo intacto, sino para hacerlo habitable para quienes vienen después.

 

Y quizá, en medio de esa tarea, convenga recordar lo que Borges escribió: que somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. Ustedes serán parte de la memoria de sus estudiantes. En sus palabras, en sus gestos, en su manera de estar en el mundo, quedarán huellas que tal vez nunca vean, pero que persistirán.

 

Por eso, más allá de la incertidumbre, más allá del cansancio de la época, hay algo que sigue siendo profundamente esperanzador: que todavía hay quienes eligen enseñar.

 

Futuros maestros tengan presente que habitamos una época en la que, casi sin darnos cuenta, la experiencia humana se ha ido empobreciendo. Avanzamos, sí… pero como quien avanza en medio de una pérdida. Hemos perdido algo esencial: la capacidad de asombrarnos, de detenernos, de reconocer lo valioso en lo aparentemente simple. Vivimos bajo la presión constante de producir, de responder, de no detenernos nunca. Y en esa prisa, hemos comenzado a dejar de sentir. Nos hemos vuelto, poco a poco, indiferentes.

 

Y, sin embargo, ustedes han elegido una profesión que exige exactamente lo contrario.

Porque ser maestro hoy es resistir esa indiferencia. Es volver a abrir espacios donde el asombro sea posible. Es detener el tiempo en medio de la velocidad del mundo para decirle a otro: “mira esto, piensa esto, pregúntate por esto”. Es, en el fondo, devolverle al mundo su espesor humano.

Pero esta pérdida no es casual. Es el signo de una época que ha convertido la vida en espectáculo. Todo aparece ante nosotros como imagen, como algo que se muestra, que circula, que se consume… pero que rara vez se habita. Y así, sin advertirlo, hemos pasado de ser protagonistas de nuestra existencia a ser espectadores de ella. Miramos mucho, pero vivimos poco. Observamos, pero no nos implicamos.

 

Y es precisamente aquí donde su tarea se vuelve radical.

 

Porque educar no es formar espectadores, sino despertar sujetos capaces de habitar el mundo. No es enseñar a mirar desde la distancia, sino a comprometerse, a pensar, a tomar posición. Allí donde el mundo empuja a la pasividad, el maestro introduce una interrupción: una pregunta, una incomodidad, una posibilidad.

 

Hoy vivimos rodeados de imágenes que ya no remiten a nada más que a sí mismas. Pantallas que nos conectan, pero que muchas veces nos aíslan. Somos parte de “muchedumbres solitarias” que comparten información, pero no necesariamente un mundo. Y en ese contexto, la crisis deja de ser solo cultural: se vuelve profundamente ética.

 

Porque cuando dejamos de sentir, dejamos también de responder.

Y ahí, justamente ahí, aparece el maestro.

 

El maestro como quien insiste en que el otro importa. Como quien se niega a aceptar que la vida se reduzca a lo inmediato, a lo útil, a lo superficial. Como quien, en medio de la saturación de imágenes, devuelve la palabra; y en medio del ruido, recupera el sentido.

 

Ser maestro hoy es, en última instancia, un acto de resistencia: contra la indiferencia, contra la superficialidad, contra la pérdida del mundo.

 

Y es precisamente aquí donde su compromiso, como maestros, se vuelve decisivo.

Porque cuando el sufrimiento del otro se convierte en contenido, cuando lo consumimos desde la distancia, protegidos por la pantalla, algo esencial se pierde. Nos convertimos en espectadores que sienten por un instante… pero no responden. La compasión se vacía, se vuelve un gesto rápido, casi automático, una forma de tranquilizar la conciencia. Y mientras tanto, la reflexión se diluye, la empatía se debilita, y el otro —ese otro que sufre— comienza a desaparecer ante nuestros ojos.

Frente a esto, el maestro no puede ser neutral.

 

Porque educar, en un mundo así, no es solo transmitir saberes. Es resistir la deshumanización. Es enseñar a ver cuándo todo empuja a mirar desde la distancia. Es devolverle rostro al otro cuando el mundo insiste en olvidarlo.

 

Hoy vivimos en un tiempo en el que el poder no solo gobierna, sino que clasifica, jerarquiza, decide qué vidas importan y cuáles no. Decide quién merece ser llorado… y quién puede ser eliminado sin duelo. Y cuando una vida deja de ser reconocida como vida, su destrucción deja de escandalizar.

Por eso, la violencia de nuestro tiempo no solo mata: borra.

 

Y frente a ese borramiento, aparece la figura del maestro como alguien que nombra, que recuerda, que insiste en que cada vida cuenta. Alguien que se niega a aceptar que el mundo se acostumbre al horror.

Pero no nos engañemos: esta tarea es difícil. A veces parecerá inútil. A veces sentirán que lo que hacen no alcanza, que el mundo sigue su curso indiferente. Como Sísifo, empujando una roca que siempre vuelve a caer.

 

Y, sin embargo, ahí está la clave.

 

Porque como nos enseñó Camus, en ese gesto aparentemente absurdo habita también la dignidad. En la persistencia, en la negativa a rendirse, en la decisión de seguir, incluso cuando no hay garantías.

 

Ser maestro hoy es, en ese sentido, un acto revolucionario

Revelarse contra la indiferencia.

Revelarse contra el olvido.

 

Denunciar todo aquello que intenta vaciar de sentido lo humano.

Su tarea no es cambiar el mundo de una vez y para siempre. Es algo más silencioso y, al mismo tiempo, más profundo: impedir que el mundo pierda completamente su humanidad.

Sostener, en medio del ruido, la posibilidad del pensamiento.

Sostener, en medio del cansancio, la posibilidad del cuidado.

Sostener, en medio del horror, la convicción de que cada vida importa.

 

Porque mientras haya alguien que enseñe a mirar de verdad, a pensar de verdad, a reconocer al otro como otro,

 

mientras haya un maestro que se resista a la indiferencia,

no todo está perdido.

 

Y hoy… esos maestros comienzan a ser ustedes.

 

Gracias. *

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 *Víctor Eligio Espinosa Galán, Licenciado en Filosofía y Magíster en Desarrollo Educativo y Social, Vicerrector Académico de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN).

**Marlene Enciso, licenciada en Biología, especialista en Gerencia de Instituciones Educativas y Magíster en Estudios Contemporáneos en Enseñanza de la Biología, Universidad Pedagógica Nacional (UPN).

*** Jairo Robles Piñeros, Coordinador Académico de la Maestría en Estudios Contemporáneos en Enseñanza de la Biología, Facultad de Ciencia y Tecnología, Universidad Pedagógica Nacional (UPN), Bogotá.