viernes, 18 de septiembre de 2026

El viejo sale caro

 

Esta vez el más joven (¡o menos rancio!) llegó primero a la banca de siempre. Cuando no era a la par, quien lo solía hacer era el mayor de aquellos setentones. De no llover, sin falta cada uno hacía cuarenta y tantos minutos de caminata matutina por el parque y finalizaba con una tanda de estiramientos recetados.

Allá se conocieron más de diez años atrás cuando, con algo de fatiga, terminaron la primera dosis prescrita.

—«Tiene que caminar, y a buen ritmo, al menos cuarenta minutos y hacer estiramientos al final, para evitar que se le endurezcan las articulaciones y le avancen o aparezcan otras maluquencias, ¡propias de la edad y el sedentarismo del pensionado!»

Cada uno recordaba lo que le enfatizó su respectivo internista al consultarlo tras las primeras maluquezas asomadas unos meses después de jubilarse y sentirse achacoso, amén de estorboso.

Por esta última razón, el sentirse estorbosos… o que así les hacían sentir en sus respectivos apeñuscados apartamentos los amañados allegados que aún vivían con ellos, tras la caminata y los ejercicios a veces duraban ‘garlando carajadas’ ahí, ‘amojonados’, casi hasta el mediodía.

Hablaban y despotricaban de todo, sobre todo de los temas en remojo o de los que se ponían de moda y eran noticia o titulares desinformativos:

—Más que encaminados para atembar conciencias, ¡aún más! —solía rematar el más viejo.

De vez en cuando se comentaban que algunas jovencitas (aquellas que tuviesen menos años que ellos), cada vez con más indiscreta y hasta por demás descarada manera, al enterarse de que eran pensionados les coqueteaban y les hacían insinuaciones, no solo amorosas, sino libidinosas y sin siquiera preguntarse ni menos preocuparse en si eran o no casados o si vínculos afectivos con alguien tenían.

—¿Qué atractivo podrán atisbar en nosotros esas ‘muchachitas’?

Le preguntó alguna vez el menos viejo al otro cuando la cuarentona del apartamento de enfrente de la banca donde solían llegar comenzó a abrir su ventana y a colocar la canción ‘Senderito de amor’. Cuando terminaba la tonada salía al parque, siempre ataviada con prendas deportivas más que ajustadas, quizá para llamar su atención. La cual, al parecer, nunca obtuvo de ninguno de ellos.

—A estas alturas, compañero de caminatas matutinas, nuestro único atractivo lejos está de ser la escapada lindura de nuestros envejecidos y desgastados físicos. Tampoco les viene a importar si todavía aquel amigo nos funciona bien o no.

—¿Entonces?

—Ellas solo se fijan en nuestras mesadas que, de hacerles siquiera un tilín de caso, pleitearían y hasta heredarían cuando estiremos la pata —refunfuñó el mayor.

—Con los consabidos problemas que esto les acarrearía a nuestros allegados.

Cuando el más joven llegó esa mañana, por demás despejada, soleada y con brisa refrescante, se extrañó al no ver por ningún lado al más viejo, ni siquiera en el sendero por el cual aquel solía llegar, casi siempre primero que él.

Cerca de una hora después lo atisbó a lo lejos, precisamente cuando se levantó y se disponía a regresar a su domicilio. Entonces, sonrió, se sentó y lo esperó los treinta y tantos minutos que esa vez demoró en llegar, más casi otro cuarto de hora mientras aquel hizo de manera acelerada las tres recortadas rutinas de estiramientos, justo cuando la vecina aquella les colocó, una vez más, ‘Senderito de amor’.

—Pensé que no me esperarías —le dijo al terminar la rutina, enjuagarse el sudor y beber de su vítrea cantimplora el agua enriquecida con calcio y colágeno.

Suplementos estos, de al menos seis o siete más que tomaba en casa, también recomendados extra consulta por sus especialistas que lo atendían de cuantas dolamas que a diario le aparecían... o se inventaba. Peor, todavía, que al saber de alguien que decía que de aquello otro sufría, al rato él también creía padecerlo o que de verdad recién le amanecía.

En una cantimplora parecida el más joven también solía llevar preparados similares sugeridos o recomendados, cuando no era por alguno de los médicos que lo atendían, por un familiar o un amigo. Como aquel del parque a quien ya le sentía un afecto fraternal entrañable, más, todavía, al ser correspondido. Los dos así lo experimentaban, aunque nunca de palabra lo comentaban.

—El viernes pasado acordamos que hoy lunes, de no llover a chorros, como todo este mes, nos encontraríamos e iríamos a tomar café. Por eso viene… pese a todo. ¿Cómo te iba a incumplir la cita?

—Luego… ¿qué te pasó?

—Cuando nos despedimos el viernes tenía en progreso un ligero malestar estomacal.

—¡Ah, carambas! ¿Qué era? ¿Fuiste al médico, me imagino?

—Te acuerdas cuando te conté que, ante tantas deficiencias y malas atenciones de mi dispensario formal, me afilié al plan complementario de salud que me recomendaste hace tiempo.

—Sí, me dijiste que lo hiciste, entre otras cosas, porque, también, además de las nuevas restricciones que autorizó el gobierno para dañar, aún más, esa prestación vital, tu dispensario queda al otro lado de la ciudad y es toda una odisea y un gran riesgo, además de costoso, ir hasta por allá. Mientras que el servicio complementario privado, aunque bastante caro, por lo que dices y me consta, cuenta con un centro médico de nivel medio de especialistas a unas cuadras de donde vivimos. Pero ¿entonces?

—Pues, que la tal molestia esa se hizo tan insoportable después de almuerzo, por lo que decidí pedir una cita prioritaria por medicina general para que me viera un médico en ese centro asistencial, por cuenta del plan complementario; el mismo que tú tienes.

—Me imagino que, si la molestia era ‘tan insoportable’, como dices, el pensar en atravesar la ciudad para ir a tu dispensario te hizo tomar tal decisión… así te tocara pagar la consulta extra.

—¡Exacto! Además, con la posibilidad de que, allá en el sanatorio al cual voy desde muchacho, no me atendieran o no hubiese cupo prioritario o me mandaran para urgencias y por mi cuenta al hospital central.

—Como suele pasar… además de tener que atravesar la megaciudad, esta vez, no de norte a sur sino de este a oeste, para ver si por urgencias les da la regalada gana de atenderlo a uno... por lo general cinco o seis horas después; si es que se cuenta con suerte. Bueno, pero, entonces, ¿cómo te fue en este centro de atención complementario que te recomendé?

—Me atendieron pronto, desde luego, tras pagar el bono de la extra…

—¿Qué te encontró el médico?

—Que algo que comí entre jueves y viernes me intoxicó.

—De cuidado, de todas maneras. Me imagino que ahí mismo te estabilizaron…

—De inmediato. Me ordenaron e hicieron exámenes de sangre, orina y coprológico, ¡también con cargo extra, pero rápido, eso sí!

—¡Qué te encontraron?

—Un bicho en gestación. Pero me canalizaron y me dejaron esa noche y el sábado en observación. Salí en la tarde, mucho mejor, desde luego, por efecto de los medicamentos que me ordenó el gastroenterólogo y que sigo tomando… Hoy ya estoy bastante recuperado, como lo puedes ver.

—Si hubieses ido a tu servicio médico oficial, el de siempre, el que te corresponde, tal vez la recuperación se hubiese demorado un poco más.

—Con seguridad… todavía estaría esperando la asignación de cita por medicina general. O si me hubiese ido por urgencias al hospital, ¿quién sabe si habría pasado más allá del sistema de selección y clasificación de pacientes? Al menos me habría demorado unas ocho o diez horas para que me atendiera el especialista. Ni qué decir para lograr la autorización de los exámenes y los procedimientos que requería de urgencia y que me hicieron de inmediato al otro lado, ¡pagando!, en el centro médico privado del plan complementario.

—Pero, bueno, al menos tienes ese sistema alterno que te sacó de apuros, aunque hayas tendido que sacar unos cuantos billetes de tus preciados ahorros para la cita…

—También, para todos los procedimientos que me hicieron y los medicamentos que me aplicaron. Esos no los cubre dicho plan, salen del bolsillo de uno. Solo se los hacen y dan hasta cuando uno pasa la tarjeta.

—La de los ahorros.

—Sí, la de los ahorros depreciados. Estos cada día disminuyen al no haber de dónde ni cómo aumentarlos, porque la mesada, que no crece como los precios de las cosas, es cada día más flaca. Esta ni siquiera alcanza para lo del gasto básico.

—La mesada nos aumenta cada año lo del Índice de Precios al Consumidor.

—Cifra que, en la práctica social, al menos en nuestro caso, como lo hemos comprobado año tras años desde cuando nos jubilamos, está lejos de la realidad.

—En esto coincido contigo. No me explico por qué a los pensionados no nos aumentan de acuerdo con el verdadero crecimiento desbordado de la canasta familiar.

—La razón de la sinrazón del sistema y la economía la han dicho de una y otra manera, siempre con eufemismos, por lo general dolorosos cuando uno los entiende.

—Entiendo que es porque somos viejos que ahora no aportamos y, en cambio, cada día deben gastar más en nosotros.

—¡Qué descaro después de toda una vida de contribuciones al sistema y a la economía!

—Entonces, resulta que ahora el viejo sale caro, peor si es pensionado, porque hay que seguirle pagando lo que pagó con creces y desde joven.

—Dura y triste realidad, amigo. Pero no solo les salimos a deber al sistema y a la economía; a los que les servimos y soportamos durante más de cincuenta años, mientras nos consumíamos en vida sin darnos cuenta ni rezongar siquiera.

Los dos veteranos callaron, al tiempo que suspiraron. Lo hicieron, tal vez, para escuchar la última estrofa de la tonada escapada a través de la ventana del apartamento ubicado a unos metros de la banca del parque donde ellos estaban:

Amor, senderito del alma / Que vives en mi corazón / Sin ti yo he perdido la calma / Senderito del alma, senderito de amor.  

—Me imagino que estás pensando —minutos después reanudó el menos viejo al percatarse de que la cuarentona había cerrado la ventana—… porque te conozco, que también te refieres a la familia y a los allegados a quienes, además de salirles caro el viejo por tener que estar al tanto… ¡nos les volvimos achacosos y estorbosos!

—¡Triste, dura e inexorable como injusta realidad!

Volvieron a quedar callados durante otros cuantos minutos. Momento cuando aquella ‘jovencita’, la vecina de la ventana de enfrente, la de las prendas deportivas ajustadas al cuerpo, ¡sensuales!, pasó y los saludó con desbordada coquetería. Como lo hacía cada día que, al verlos juntos en la banca, después de aquella tonada que al más viejo le evocaba su niñez al lado de su madre quien solía cantarla a diario, salía de su apartamento a su supuesta práctica. Que solo la hacía cuando los dos viejos aquellos por allí aparecían.

—Pero, bueno, entonces tu demora… ¿me imagino que hoy madrugaste a cita de control? —retomó el más joven, una vez le correspondieron el saludo a la cuarentona, como siempre, apáticos y sin miramiento alguno... ¡al parecer!

—No. Esa cita la tengo allá mismo para este miércoles; la pedí para después de nuestra caminata matutina. El médico quiere valorar cómo evoluciono con los medicamentos que me recetó para tomar en casa. De igual manera, de mi bolsillo.

—¿Entonces?

—Madrugué y me fui para que me vacunaran contra el Herpes Zóster… allá mismo. Por mi cuenta. Imagínate que cada dosis cuesta un millón y piola y son dos. La segunda tiene que ser en menos de seis meses.

—¿Era urgente o esta tiene que ver con el mal de estómago que te dio? Acaso, ¿tal inoculación no daba espera?

—En absoluto, no hay relación directa entre la maluquera gástrica y la tal culebrilla, como le dicen a este otro bicho maloso.

—Entonces, ¿por qué te vacunaste allá, tan a prisa, sin esperar a que te la aplicaran gratis en tu dispensario asignado, el que te corresponde en tu calidad de pensionado?

—La inmunización contra este otro bicho tan terrible como común en esta sociedad subcontinental, ¡el Zóster!, tampoco la cubre el sistema de salud regular al cual pertenecemos, no solo los pensionados, tampoco aplica para los afiliados activos, ni para sus beneficiarios, ¡menos para la población en general!

—Pensé que, al ser un virus tan agresivo y cada vez más presente en la sociedad, esta hacía parte del esquema de vacunación vital gratuita.

—Desafortunadamente no. A veces hay campañas, muy esporádicas y poco publicitadas. La razón debe ser, me imagino, el lucro y el beneficio desproporcionados para los pocos privados que la ofertan y a tan onerosos precios; como en casi todo lo de salud en este país.

—Eso debe ser, ¿quién sabe? Pero… ¡un momento! ¡No entiendo!

—¿Qué?

—Si el mal de estómago que te dio poco o nada tiene que ver con el Herpes Zóster, entonces, ¿por qué te vacunaste tan de inmediato? Además, ¡pagando semejante precio y por partida doble!

—Sencillo.

—Te escucho.

La cuarentona, contoneándose con sensualidad, volvió a pasar cerca de ellos. Olía a flor de cera, casi visible, cual vaho verdoso que solía dejar a su paso*. Mas, esta vez tampoco ninguno le respondió siquiera la sonrisa. La ignoraron… o eso fue lo que, sin ponerse de acuerdo, intentaron hacer.

—El apartamento de aquí al frente donde ahora vive esta moza que nos serenatea cada que llegamos aquí le pertenecía a un personaje que trabajó conmigo los últimos treinta años —soltó de repente el más viejo.

—Algo al respecto me habías dicho.

—Ella ignora que yo lo conocía. Esta historia la supe por otro compañero de trabajo que me encontré en el dispensario y me la contó.

—Tal y como me compartiste hace algún tiempo, tu alebrestado excompañero sí le siguió el jueguito a esta ‘muchachita’.

—Al ser viudo, como nosotros, cuando la conoció en este mismo parque, se peleó con sus allegados y se la trajo a vivir con él.

—Poco tiempo después estiró la pata y ella heredó, no solo su mesada de retiro, también ese apartamento.

—Tal cual. Así lo determinó el juez, basado en que ya llevaban cerca de cinco años de convivencia conyugal.

—Me imagino que ahora, con la pérdida del poder adquisitivo de la mesada, el alza en la administración y los impuestos del apartamento y, en sí, en todos los gastos que debe tener, estará pensando en aumentar ingresos a costa de otro jubilado.

—Debe ser. Espero que ese no sea ninguno de los dos.

—Volviendo a lo de tu vacuna…

—Sí, disculpa. Pensarás que te estoy dando rodeos para no contarte la razón por la cual me vacuné lo más rápido que pude para evitar riesgos al respecto.

—Ni más faltaba. Te escucho. ¿A cuales riesgos te refieres?

El más viejo se despachó y le compartió las vivencias que tuvo durante su estadía en la sala de recuperación y observación del centro médico de medicina del plan complementario donde le trataron la insipiente disentería. Le hizo énfasis en tres casos relacionados con pacientes víctimas del Herpes Zóster, uno de los cuales concluiría en tragedia.

—Es decir, si te entiendo, que, de los tres pacientes, uno de ellos falleció.

—Se suicidó allá mismo ante semejante ardor insoportable.

—Esto me lo tienes que contar con detalles.

—Mientras vamos hacia la cafetería a tomarnos el late que te ofrecí el viernes te resumiré las tres historias.

—Entonces, vamos, antes de que la ‘muchachita’ aquella vuelva pasar por aquí contoneando sus caderas.

—Sí, vamos, evitemos tentaciones insondables.

Durante ese viernes en la tarde y parte de la noche, igual, durante la mañana del siguiente día, el más viejo compartió con varios pacientes que estaban esperando ser atendidos, unos, en observación de evolución, otros, así como en convalecencia recuperativa las tres víctimas de la culebrilla.

—El más grave de todos, tal parecía por los sufrimientos que eran más que evidentes, vendría a ser un sesentón a quien el virus le floreció en la nuca, le recorrió la parte izquierda de su cabeza y le ‘reventó’, expresión usada por el mismo cuando me compartió su martirio, en su frente a la altura de su ojo.

—Tuvo que haber sido insoportable.

—Tanto, mi querido amigo, que no resistió y antes del amanecer del sábado, en un descuido de las enfermeras, se lanzó por una ventana desde el tercer piso al sótano.

—¡Qué terrible!

—Desde mi cubículo en el quinto piso alcancé a escuchar la algarabía.

—Entonces, es verdad lo de aquel padecer… según dicen, que es insoportable.

—Sobre todo cuando, como en su caso, le dejan coger ventaja al virus, por lo que, en menos de veinticuatro horas, en algunos, alcanza el clímax de la desesperación.

—Debió haberse puesto en manos de un médico tan pronto le aparecieron los primeros síntomas.

—Lo intentó.

—¿Entonces?

—Pues que, en su dispensario, como en casi todos los que operan en este país, la cita para ver a un médico toca pedirla por una aplicación por completo, no solo que es deshumanizada, sino demorada, engorrosa e ininteligible para nosotros, los viejos.

—En eso estoy de acuerdo. Es muy frustrante para uno tener que seguirle el hilo a esas aplicaciones que lo pasean de una opción a otra… que ni siquiera le permiten a uno entender cuál es la instrucción dada. Por lo que casi siempre lo regresan al comienzo, cuando no es que se corta la llamada.

—Fue lo que le pasó a ese paciente. Cuando le aparecieron los primeros síntomas intentó pedir cita… y en esas se gastó tres días. En síntesis, cuando por fin decidió pagar la complementaria, el nervio comprometido estaba afectado casi por completo.

—Pero, entiendo que alcanzó a que lo viera y medicara el doctor de la complementaria.

—Sí, hasta ese viernes en la tarde… pero, como te digo, aunque le comenzaron a dar medicación y terapia para el dolor, cuando la culebrilla pica en la cabeza, peor si llega a la cara… uno no alcanza a imaginarse el desespero… por eso, por más medicación y terapia, a la madrugada tomó aquella decisión fatal.

—Me decías que similar situación, en cuanto al virus ese, padecían otras pacientes en aquel centro médico complementario de servicios asistenciales.

—Aquellas veteranas, no sé si en algo les sirvió ser mujeres…

—En las mujeres, tengo entendido, el umbral del dolor es más alto, por lo que soportan mucho más que nosotros, dizque los del sexo fuerte.

—También les pasó algo parecido…

—En cuanto al virus…

—No solo que se les desarrolló de un momento a otro…

—¿Cuál es la causa?

—Según los médicos, todos, tras los cincuenta o sesenta años, cuando las defensas comienzas a flaquearnos, estamos propensos a desarrollarlo. En especial si de niños o jóvenes nos dio la varicela, se padece del VHI, del cáncer o si se ha recibido alguno órgano mediante un trasplante.

—¿Cómo sabe uno si sufrimos alguna vez de varicela?

—A esta edad es difícil recordarlo o que alguien nos lo confirme. Por eso, para evitar los padecimientos que vi y me contaron entre viernes y sábado, la mejor opción es pagar las dos dosis de la vacuna. ¿Ahora me comprendes?

—Había escuchado algo al respecto y, desde luego, no solo te comprendo el motivo para hacerte vacunar, también, que acabo de tomar la decisión de hacer lo mismo… por si acaso, uno nunca sabe.

—Nunca se sabe, es verdad.

—Pero, por favor, cuéntame algo más sobre los síntomas, por si en algún momento uno o alguien cercano los experimenta y poder tomar a tiempo la decisión de ir rápido al médico.

—Hasta donde me contaron aquellas personas que conocí en el centro médico, se comienza con una sensibilidad irresistible en todo el cuerpo, con énfasis en la parte o costado donde se desarrollará poco tiempo después, algo menos de una semana.

—Que es cuando, si no se está vacunado, es mejor consultar de inmediato en su respectivo dispensario o ir a urgencias a un hospital.

—El problema es, como les pasó a los pacientes de los que te estoy contando, que, para pedir cita, empezando por medicina general, ni qué decir con especialistas como el neurólogo, los dispensarios hacen todo lo posible para que el paciente, peor si es viejo, se le dificulte el acceso y mucho mejor, y más económico, si nunca se le atiende ni se le formula.

—En ese caso… dadas las circunstancias, hay que ir a urgencias…

—Donde, además de someterlo al humillante y engorroso proceso de clasificación de pacientes según la maluquera, algo le dan. Pero por no ser de vida o muerte el tema, lo remiten a consulta externa donde… vuelve y juega la pedida de la cita. Como lo hablamos al comienzo de esta charla que iniciamos en la banca del parque.

—De acuerdo, amigo. Ahora entiendo la razón por la cual, no solo te fuiste por la atención privada para que te trataran ese mal estomacal, también, el motivo para hacerte vacunar contra el Herpes Zóster tan rápido y pagando semejante precio.

—Mira, para concluir, ya que este tema no lo quiero continuar mientras nos tomamos un cafecito cuando entremos a esta cafetería, una sociedad donde el viejo se convierte en, además de pereque y estorbo: ¡en un costo!, poca o ninguna posibilidad tiene de reorientar su senda. Nos encaminamos a la sin salida, mi amigo del alma.

—Plenamente de acuerdo contigo, querido viejo.

*Historias guardadas, Enciso, Wilson Rogelio, wrenciso, 2023, pp. 54, 58, 101 y 119.