El realismo mágico podría tener diversidad
de conceptos como cruces de caminos y riscos puede uno toparse en las montañas
de la literatura universal, con mayor razón cuando se camina con alpargatas
raídas o hasta descalzo.
En mi opinión de empírico en estas agudas
lides creo que el realismo mágico es el producto de la transfiguración literaria
que el autor hace al describir el ambiguo comportamiento de las personas en los
complejos entornos sociales que habita, frecuenta o imagina y de donde extrae o
inventa a sus personajes inmortales.
La
transfiguración literaria es la técnica usada por el escritor para hacer que alguien,
o algo, cambie de figura, de aspecto o de contexto hasta mimetizarse en la
ficción, sin perder por completo su esencia. De esa manera lúdica le deja al
lector la responsabilidad de acomodar, según su imaginario y concepciones, el
paisaje social (la realidad) que el autor a propósito varió por alguna razón
que solo él sabrá, tal vez.
Para
develar lo que hay detrás de los personajes y escenarios literarios
transfigurados el lector tendrá que acudir a su ingenio y capacidad
interpretativa. Debe mantener un diálogo fluido y privado con el autor a través
de sus creaciones. Entonces, podrá traerlas y asociarlas con su vida, con su contexto,
con su realidad. De esa forma, quizá, hasta pueda que encuentre algunas
explicaciones refundidas, confusas o vedadas que solo ahí hallará o tendrán
pleno sentido.
El
escritor usa la transfiguración por algunas circunstancias, “hechos sociales”,
como diría Émile Durkheim, propias del momento e inherentes a la génesis del
chispazo literario. En particular, las de índole político, religioso, cultural,
económico, moral, militar… tan pintorescas, olorosas e ignominiosas en la
América subcontinental desde hace casi un siglo y, en Colombia, específicamente,
al menos desde la época de la masacre de las bananeras y, más reciente, las de
las sombrías escombreras aquellas.
Veamos,
de la pluma de Isabel Allende, en “La casa de los espíritus”, un ejemplo de
esto:
“Para el vuelo llevaba, además, su brújula, un catalejo y
unos extraños mapas de navegación aérea que él mismo había trazado basándose en
las teorías de Leonardo da Vinci y en los conocimientos australes de los incas.
Contra toda lógica, al segundo intento el pájaro se elevó sin contratiempos y
hasta con cierta elegancia, entre los crujidos de su esqueleto y los estertores
de su motor. Subió aleteando y se perdió entre las nubes, despedido por una
fanfarria de aplausos… Clara siguió mirando el cielo hasta mucho después que su
tío se hizo invisible… Después de tres días, la euforia provocada por el primer
vuelo de aeroplano en el país se desvaneció y nadie volvió a acordarse del
episodio, excepto Clara, que oteaba incansablemente las alturas”.
El
escritor acude a la transfiguración, en principio, como producto de su
efervescente pensamiento, siempre impactado por algo, por lo general, un hecho
o un golpe social que atrapa y que, al caer en su cedazo interpretativo-creativo-innovador
convierte en una obra literaria.
Ese
autor, por gigante o minúsculo que sea, es antes que nada un ser humano. Por lo
que a veces querrá denunciar, vengarse o enaltecer algo, o a alguien. Pese a
esto, sabe que necesita comer, que requiere un techo, trabajo, reconocimiento y,
sobre todo, seguir ileso o al menos con vida. Razón por la cual le pone más o
menos filtros a la transfiguración que haga de los hechos que inmortalizará. Le
echa mano, en consecuencia, al instintivo mecanismo humano de defensa, con el pertinente
desplazamiento literario, cada vez que un hecho social (de la realidad) lo
conmueve, por lo que de inmediato acude a sus armas predilectas para captarlo e
inmortalizarlo: el lápiz y el papel (ahora el procesador).
La
cruda realidad social que impactó al escritor, al volcarse en letras sobre el
papel o en las membranas digitales del procesador, no siempre es copia idéntica
de su original. El autor entiende, o le toca entender, que el hecho original puede
o debe ser narrado con más o menos color, con más o menos dolor, con más o
menos rencor, con más o menos beligerancia, con más o menos impelida obediencia…
Es ahí cuando la transfiguración literaria se hace presente para que las manos
del genio, con la magia de la gramática, maquille y filtre esa realidad social,
según las imperantes “circunstancias de tiempo, modo y lugar”, como dicen los
jurisconsultos.
Permítanme,
por favor, precisarlo con este fragmento de “La hojarasca”, en mi opinión, la
obra cumbre de don Gabriel García Márquez, sin que esto demerite lo
inmarcesible en todas las que salieron de su sinigual pluma universal:
“Allí
vinieron, confundidos con la hojarasca humana, arrastrados por su impetuosa
fuerza, los desperdicios de los almacenes, de los hospitales, de los salones de
diversión, de las plantas eléctricas; desperdicios de mujeres solas y de
hombres que amarraban la mula en un horcón del hotel, trayendo como único
equipaje, un baúl de madera o un atadillo de ropa, y a los pocos meses tenían
casa propia, dos concubinas y el título militar que les quedaron debiendo por
haber llegado tarde a la guerra”.
¡Esto es realismo mágico! La historia
colombiana… qué digo colombiana, ¡del mundo! en los últimos cien años, y más, mimetizada
en un párrafo.
De
alguna manera queda despachado casi el cincuenta por ciento del título de esta plática:
“Realismo mágico y nostalgia social”. Me imagino que se estarán preguntando: ¿Qué
hay con lo de la nostalgia social? Además, ¿en qué y cómo se relaciona esta con
el realismo mágico?, si es que se relacionan.
Realismo
mágico y nostalgia social, dos conceptos esculpidos en pocas palabras. Las dos
primeras, concepto inicial, abordadas aquí como la habilidad del escritor para
transfigurar literaria y gramaticalmente la realidad según las circunstancias
sociales.
Circunstancias
que constituyen nostalgia social, desasosiego colectivo, desesperanza crónica, maniatada
rabia, cuando están plagadas, cual indisoluble fragua, de realidad con
sortilegios; de infundidos afanes con miedos y esperanzas insípidas; de tristezas
con fandangos y anodinos espectáculos; de desigualdad con pobreza extrema de
una mayoría y riqueza atorrante de una minoría; de moralidad con corrupción y
política; de falsedad con engaño y perdón; de crueldad con dulzura; de amor con
traición, canto, folklor y poesía; de religión con pecado, miedo y salvajismo; de
subdesarrollo con inseguridad, malicia, inmunidad e impunidad… y, todo a la
vez, pero nada a la vez.
¡Influjo
de la nostalgia social en la literatura universal!
Veamos
otros fragmentos inherentes:
“También los ricos, si querían
seguir siendo ricos, debían aliarse con el jefe, venderle parte de sus empresas
o comprarle parte de las suyas y contribuir de este modo a su grandeza y
poderío… el Chivo había quitado a los hombres el atributo sagrado que les
concedió Dios: el libre albedrío…”
.
.
.
“Solo le resistió la mirada
unos segundos. Cerró los ojos, quería dormir. O morir. No importaba. Oyó dos o
tres veces la pregunta: << ¿Balaguer? ¿Balaguer también?>>. No
respondió ni abrió los ojos. Tampoco lo hizo cuando el vivísimo ardor en el
lóbulo de la oreja derecha lo hizo encogerse. El coronel le había apagado el
cigarrillo y ahora lo retorcía y deshacía en el pabellón de su oreja”.
Frases
que Mario Vargas Llosa plasmó, con el pincel del realismo mágico, impactado por
la nostalgia social dominicana que imperó por más de treinta años durante la
medianía del siglo XX, en una de sus fabulosas obras: “La Fiesta del Chivo”.
Veamos
algo de Neruda, la voz de mi conciencia poética, en “Confieso que he vivido”:
“Por aquellos tiempos, cuando aún no existían
los <<moteles>> en el mundo, el hotel Nederlanden era insólito.
Tenía un gran cuerpo central, destinado al comedor y a las oficinas.
.
.
.
…separados entre sí por pequeños jardines y
árboles poderosos. En sus altas copas vivían infinidad de pájaros, ardillas
membranosas que volaban de un ramaje a otro e insectos que chirriaban como en
la selva…
.
.
.
Aquí sí había consulado de Chile…
.
.
.
Alguien… me condujo a la oficina del director,
un holandés colorado y voluminoso. No tenía estampa de gerente de empresa
naviera, sino de cargador de puerto.
- Soy
el nuevo cónsul de Chile –me presenté-…
- ¡Aquí
no hay más cónsul que yo! –contestó furibundo.
- ¿Cómo
es eso?
- Comiencen
por pagarme lo que me deben –gritó”.