Embelecos del destino hoy tu recuerdo trajo. Te
creía olvidada, ida, ausente, lejos. De nuevo tu perfume mi alma conquistó. Ese,
tan tuyo… de infinita y jamás prodigada entrega.
¡Te robe un beso… de esos besos que nunca fueron!
Narro la historia de un país que lo tenía todo... ¡solo le faltaba amor patrio!
Embelecos del destino hoy tu recuerdo trajo. Te
creía olvidada, ida, ausente, lejos. De nuevo tu perfume mi alma conquistó. Ese,
tan tuyo… de infinita y jamás prodigada entrega.
¡Te robe un beso… de esos besos que nunca fueron!
Esta narración hace parte y le da el título: ‘Momentos idos’, a la
‘Compilación de narraciones románticas II’
Niñez, juventud y madurez pasaron veloces por su vera. Nunca pudo hacer con ella esa soñada visita placentera.
Cómo imaginarse entonces que,
en esas etapas mágicas, vividas de prisa y sin apreciarlas ni un tantito, como ahora
lo hacía, un poco tarde, lo reconocía, pese a todo fue feliz, ¡muy feliz! Lo hizo
con el vigor y el ímpetu del alcaraván llanero en celo, sin percatarse de la
importancia que cada una de estas tenía. Qué iba a pensar que aquellos
maravillosos días de derroches desbocados, locuras, algarabías y sueños
infundados, poco a poco absorbidos por agobiantes faenas laborales, tan solo en
el recuerdo, ¡cada vez más difuso y esquivo!, quedarían.
Momentos idos, vividos, dolidos,
para el jamás olvido.
Vistos con senil retrospectiva,
los de su infancia algo sufridos en un entorno familiar en las vicisitudes
sociales hundido, tanto o más que los de la adolescencia al percibir que la
nostalgia social al futuro patrio traía refundido. Duros años aquellos los de
la adultez temprana; en algo llevaderos… quizá por la menuda y más que
refregada paga. Esta disimulaba el ceño nacional fruncido, producto de aquel entorno
político, económico y laboral, a propósito, por los de siempre enrarecido. Astuta
minoría que, pese a tenerlo todo, aunque el todo tampoco le satisfacía, a la
atembada mayoría, los sin nada, con amañadas leyes y artimañas, bajo sus
insidiosos caprichos productivos por siempre sumisa tenerla quería… que a la
postre lograría. Incluso, de ser el más feliz y afortunado del mundo al país convencería
y este a los cuatro vientos, al fragor del futbol, fermentos y fandangos por
doquiera lo gritaría.
Un cruento y agorero
invierno se tragó la primavera.
De un momento a otro la adultez tardía, por entre los sueños irresolutos, los proyectos inacabados y los molestos como incomprendidos achaques aparecidos, inexorable le llegaría. A la ventana de su enfriada alcoba se asomaría. Aunque sabía que lo haría, confiesa que en recóndito silencio a toda costa postergarla quería. Al menos hasta ir con ella a París para la más que retardada luna de mil de cuando novios ofrecida. Promesa hasta ahora incumplida que humilla su existencia; pese a todo lo batallado para hacerla efectiva. Aunque ella lo entiende y sabe todo lo que al respecto han luchado para lograrlo, es un tarugo atravesado en su garganta… que ni saliva le deja pasar, no solo de noche, cuando ni dormir tranquilo puede, también de día. Es la más dolorosa de sus promesas incumplidas. Aunque jamás se lo diga o incrimine, en el cada vez más esquivo como femenino fulgor de sus pupilas la lleva esculpida.
Entre arreboles se agazapa y gime un corazón herido.
Sin poder… o querer que tal
amordazado sentimiento lo sepa el mundo enloquecido. Este hace rato vaga con el
freno perdido, en la colectiva tristeza hundido, tras los valores humanos, por
algunos centavos, en subasta al mejor postor vendidos. Enfermos del alma en la
sociedad de la mentira, en donde ni siquiera el afecto de los allegados es del
todo sincero. Creen que suele ser prestado, en tanto haya algún inicuo motivo,
interés, dinero en caja o en cualesquiera otros activos. Que los serán de
aquellos tan pronto el juez sentencie incapacidad legal o accedan al escrito de
defunción para hacerlos efectivos.
Incluso, viejas y secas,
conserva sus hojas la palmera.
La senescencia con el paso
de las horas hace su dolorosa presencia. Aunque ya no se reproduzca, aquel
tronco altivo y áspero no ha muerto, tampoco su esencia, la cual ahora lleva
las heridas del tiempo y la ingratitud en sus entrenudos, corazón y en parte de
lo que le queda de existencia. Todavía siente y le duele, pero jamás lo dice,
que, aunque ayer fue más que un símbolo que generó mercedes y admiración, ahora
en su entorno consideren que en estorbo se convirtió, que incomoda a los que de
su esplendor gozaron y se beneficiaron, por lo que ya es hora de erradicar la estorbosa
datilera... o, al menos, de conseguirle en otra parte, lejos de todos, en un
jardín ajeno, lejano, extraño, una pagada jardinera para que se encargue de sus
chocheras. Maluquezas, todas, producto del avance de la ceguera, amangualada con
la dificultad de entender y captar ligero al sumarse la sordera. Temas tristes
estos, los añejos, que a nadie importarle nada pareciera; porque aún no los
padecen. Ignoran, disimulan, piensan o esperan que, al llegar a viejos, si es
que llegan, tal circunstancia les sea ajena.
Una vida entera… camino al
inexorable frío del olvido.
Pese a todo fue feliz en
cada una de aquellas etapas de su vida, se lo dijo a su amante y compañera
antes de que alguno de los dos a lontananza partiera o de que el frío del
olvido con el infame manto de la amnesia los arropara. Esa vez ella le contestó
que a su lado también lo había sido; incluso, en la más que dura postrera,
aunque en esta tampoco apareció la escondida primavera, ni lograron celebrar en
París la tan ansiada como amorosa y más que esquiva quimera: cenar en aquel
hotel, oteando a lo lejos la metálica y seductora palmera.
Lo que sí parecía inexorable, ahora o pronto, que a otro jardín lejano a los dos juntitos sus allegados llevarían y al cuidado de manos extrañas y alquiladas dejarían. Por lo que, quizá, más rápido les llegaría, inexorable, el postrer y solitario estadio de sus días.
Niñez,
juventud y madurez pasaron veloces por su vera.
Momentos
idos, vividos, dolidos, para el jamás olvido.
Un
cruento y agorero invierno se tragó la primavera.
Entre
arreboles se agazapa y gime un corazón herido.
Incluso,
viejas y secas, conserva sus hojas la palmera.
Una
vida entera… camino al inexorable frío del olvido.
Foto cortesía de Andrea Enciso Díaz, de su álbum personal.
En sus respectivos hogares y
en casas diferentes pero vecinas, durante toda la vida, desde niños, Adalberto
y Eleonora vivieron en esa empinada y sesgada vía corta de una cuadra larga.
Cuando lotearon la inmensa finca
Bello Horizonte, por sus vistas privilegiadas en ese entonces, y la
convirtieron en el barrio popular donde sus primeros habitantes fueron trabajadores
de la Empresa Capital de Servicios de Aseo, por ahí bajaba un impetuoso arroyo
que en invierno lo inundaba todo y amenazaba la estabilidad de las
cimentaciones, las vías y la megaempresa ladrillera, pocas cuadras abajo. Gran
parte de sus turbulentas aguas iban a dar al plancito del potrero. En este, durante
los setenta, o antes, tras soterrar aquel cauce, construyeron una cancha
múltiple y le colocaron un nombre sugestivo. Ahí realizaban, y todavía, concurridos
campeonatos de microfútbol.
En esa cuadra larga, la
carrera 2 bis, viví por casi veinte años. Esto me permitió conocer de soslayo algunos
fragmentos de las historias de sus habitantes antiguos, así como las de unos pocos
nuevos, con quienes llegamos al sector durante los ochenta.
De Adalberto y Eleonora recuerdo
que cada uno, para entonces, tenía su respectivo hogar y pareja, él con dos
hijos, los de ella eran tres.
Adalberto enviudó unos años
después de haberme aparecido en ese bullicioso y populoso sector, pero siguió
viviendo solo, ahí mismo; sus hijos migraron en busca del sueño americano. Él tenía
su casa ubicada hacia el final de la cuadra, esquina norte, por la otra acera en
donde, en la mitad, casi al frente de la que compré con el préstamo que me hizo
el Fondo de Ahorro de Empleados Nacionales, vivía Eleonora con su gentil esposo
e hijos volantones.
Meses antes de vender aquel viejo
caserón e irme para un apeñuscado apartamento al otro extremo de la ciudad,
Eleonora enviudó, pero siguió viviendo en su casa, al igual que lo hizo Adalberto
en la suya tiempo atrás al quedarse solo. Este, diez años mayor que ella y quien
para ese momento lucía una cabellera por completo preñada de canas, sin que
esto le quitara su caminado altivo, decidido y, ahora que lo evoco, hasta arrogante
y presumido.
Al parecer, a Eleonora el luto
marital le regaló una sonrisa que antes le era esquiva y traía apretada… o tal
vez muy disimulada en público.
Para sorpresa de casi todos
los habitantes de aquella empinada y sesgada vía corta de una cuadra larga, la
carrera 2 bis, excepto para algunos pocos vecinos y muy cercanos a estos, tal
vez sus más que reservados cómplices de tiempo atrás, quizá desde adolescentes,
tres meses después de fallecido el esposo de Eleonora, el par de viudos desarroparon
su añejado y preservado amor.
Desde entonces se les ve por la calle cogidos de la mano y darse besos como quinceañeros, tal vez como cuando a escondidas se enamoraron y juraron que, así les tocase otras parejas, como lo querían y les impusieron sus respectivos padres, porque aquellas familias eran rivales desde su llegada al improvisado barrio, por siempre se amarían y esperarían lo que fuese menester para hacerlo público y gritar a los cuatro vientos que, aunque en secreto, a escondidas, desde muchachos se amaron. Que, con mayor razón, ahora de viejos lo seguirían haciendo, pasara lo que pasara, dijeran lo que dijeran.
Ahora… ¡qué más daba!
El tiempo apremiaba.
A nadie importarle debía
Que aquellos viejos se amaran.
¡Qué más daba que se besaran!
Amores añejos sus almas unían.
Una
vez más la ambición desaforada, ¡sin fondo!, de unos pocos que lo tienen todo,
sin que ni siquiera el todo les sea suficiente, desarropa una de las tres mayores
ferocidades humanas: su proclividad marginal individual autodestructiva.
Propensión contradictoriamente dañina que pernocta en las catatumbas cerebrales
del, al parecer, único ser con intelecto, expresión oral, sentimientos y
capacidad de imaginación en el universo conocido, o al menos en la Tierra.
Propensión
morbosa acentuada y puesta en evidencia y sin miramiento alguno ni control
posible, al parecer, más en unos pocos integrantes de la artera minoría global
aplastante. Casualmente, estos, con casi la totalidad de sus necesidades físicas
(no las espirituales) resueltas y mucho más, incluido el exceso, no solo para
ellos, desde luego, hasta para sus próximas diez o más generaciones… ¡de
haberlas!
¡Egocentrismo
en la máxima y peor de sus expresiones!
Algunos
de estos poderosos intocables lejos están de la conmiseración, por lo que poco
y nada la practican ni les interesa. Por el contrario, se envanecen y celebran
que se sepa y difunda en redes (deletérea telaraña universal) que padecen de esa
enfermiza sensación de lastimar, causarles daño y supeditar a sus caprichos a sus
semejantes y a todo aquello que se les antoje, les caiga mal o sean contrarios
a sus sórdidos como insondables intereses megalómanos. Incluso, se refocilan al
causárselo, autoflagelándose, cuando el asco y la autosuficiencia les inficiona
su ‘lógica’ y orienta su trastabillado andar, petulante actuar y balbuceado
justificar. Conducta execrable cuando se juntan o asocian con pares de igual o peor
calaña y frondío poder para apresurar o asegurar el inicuo propósito y causarle
mayor devastación social y ambiental a la digitalmente atembada humanidad de
estas incipientes décadas del incierto como desaforado siglo XXI.
Manguala
siniestra a la vista, evidente con la sórdida como hedionda repartición
planetaria que algunos de estos señores tan poderosos como contradictorios en
apariencia vienen pactando para apañarse por completo del granito azul del
universo que tenemos en préstamo; sin importarles que en la contienda bélica en
ciernes, acompasada con la apestosa comercial en curso, por ellos anunciadas y
patrocinadas con inimaginables arsenales de destrucción masiva y mercaderías en
general, no solo despedacen para siempre los mercados y a sus cada vez más
famélicos y engrupidos compulsivos compradores, sino al hábitat donde unos y
otros conviven y que necesitan para seguirlo haciendo.
A
lo largo de la fatídica historia humana la mezquindad rapaz de personajes como algunos
de los actuales poderosos intocables se ha puesto de manifiesto con
consecuencias nauseabundas que, precisamente, la historia registra como
holocaustos, crisis y hambrunas desastrosas: ¡hecatombes sociales! Historia que,
aunque es contada y oficializada casi siempre por los ganadores y beneficiados
del desastre, ajustándola a sus frondíos intereses y conveniencias
inescrupulosas, no por ello deja de ser horrenda e injustificable, razón por la
cual debiera servir de ejemplo triste para evitar repetir o intentar emular.
Los
actuales generales transnacionales de la muerte en masa y patrocinadores de la
agobiante desigualdad, so pretexto del bienestar general y la salvaguarda
planetaria, la que plantean lograr mediante aranceles lesivos, bloqueos
comerciales, amañados pactos de apoyo, respaldo y colaboración bilateral
forzada, a la vez que exhiben sus abominables arsenales esparcidos por tierra,
mar, aire y donde quiera sea para forzar la aceptación de sus voluntades y
poderíos, tal parece que están dispuestos a repetir una y otra vez, no solo aquellas
masacres y hambrunas generalizadas entre sus congéneres, también, sabiéndolo,
pretenden arrasar con cuanto ser o cosa sea menester y haya sobre la faz de la
Tierra. Calamidad mundial en la que están empeñados, ¡enceguecidos!, a
sabiendas del cataclismo en ciernes. Tal parece que solo les importa saciar esa
espeluznante sed que les corroe el alma y les obnubila el seso.
Incluso, unos y otros apuestan y construyen claustrofóbicos tubos alargados para instar irse a vivir adonde, precisamente, ¡vida no hay!, habría que ‘fabricarla’; la cual, pese a toda la tecnología, ingenio y riqueza que en ello se invierta, difícilmente tendría la simplicidad esplendorosa que hasta el momento conocemos y que aquí disfrutamos con tan solo abrir los ojos, aguzar los toyos, permitir su roce, así como saborear y oler su impalpable y mágica existencia elemental.
A
esos poderosos personajes se les debe, ¡sí!, reconocer su capacidad y empuje
por lograr tantas cosas y amasar fortunas colosales. Lo deberían seguir
haciendo en pro de su satisfacción y de las fuentes de empleo y atomizadas
oportunidades que con ello han creado por doquiera sea. Señores, ustedes tienen
talento y capacidades para mejorar y engrandecer este mundo y su actual sistema
económico regido por el capital y la mercancía… como lo han venido haciendo. Pueden
y tienen potencial para lograr más y mejores beneficios para la humanidad en
particular, así como para el planeta y la vida en general. Esta, tal y como la
conocemos todavía, no tiene precio ni reemplazo. Entonces, de verdad, que
pretender repartirse el globo: militar y comercialmente, en una triada
geoestratégica, es, además de una odisea innecesaria, prender la mecha del irreversible
caos mundial; esta vez, seguramente, con un desenlace que, tal vez, ni siquiera
ustedes mismos sepan cuáles serían sus fétidos resultados, ni quieran o puedan afrontar
sus insondables consecuencias.
¡Dejen quieto el mapa, señores!
Mejor,
por favor, con tanto poder y recursos que han atesorado, generen más oportunidades
para la mayoría. Patrocinen o al menos permitan que cada persona, donde quiera
sea que se tope, en lo que quiera sea que crea o piense y cualquiera sea su
color de piel u ojos, pueda satisfacer en paz y con dignidad sus necesidades,
¡al menos las básicas! De paso, ustedes aumentarían, aún más, sus respectivas alcancías.
Lo harían ayudando, construyendo, sin destrucción ni daños colaterales.
¿Para
qué la guerra si al final hasta el ganador algo en esta pierde, al menos la profunda
paz de su conciencia? Tengan presente que el remordimiento es al hombre como la
contaminación al mar: daña por dentro, desde lo profundo. Cuando aparece en la
superficie… ya es tarde y no hay cura
alguna para contrarrestar el mal.
Mejor,
permitan o impulsen para que cada pueblo, dentro de sus fronteras, se
autodetermine según sus concepciones e intereses propios. Señores, sus
productos, sus mercancías y empleos generados, mientras sean benignos y bien
intencionados, aquí y allá seguirán siendo bien recibidos, comprados y
consumidos. Dejen que el mercado y las reglas de la oferta sana y la demanda básica
rijan, faciliten y hagan viable el intercambio para la satisfacción de las
necesidades de la gente... ¡del común de la gente!, ¡de toda la gente!
Seguramente
que, con lo que cuesta un misil de perverso alcance, o un tubo alargado de esos
para viajar al espacio, o los artefactos inteligentes de la actual guerra por
aire, mar y tierra, bien podría resolverse gran parte de las necesidades
elementales insatisfechas de un montón de gente por ahí, por doquiera sea.
Trazar
e imponer nuevas fronteras, con filudas y electrificadas serpentinas
egocéntricas, además de ignominioso es peligroso.
¡Ustedes
lo saben!
Es
un error histórico, amén de amenaza letal, pensar en mercados aislados y
excluyentes, así sea al interior de, por ejemplo, las tres mega plataformas continentales
como las que se vislumbran: La de la Gran América, de Alaska a la Patagonia,
incluyendo sus cuotas partes europea y africana; la del Asia esteparia con pellizcos
de la Europa que añoran y su respectivo cuñete africano; y la de la expandida Asia
indo pacífica con una facción de la vieja Europa y sus puntas de lanza ‘normandas’
en el resto del mundo, incluidas en las otras dos.
Señores,
esta nueva escisión planetaria lejos está de frenar la ambición de algunos
pocos de quererlo tener todo y más, y de ser los mases sobre los demás
mandamases, así en sus madrigueras recién hayan acordado lo contrario para
repartirse en tres la tarta. Tampoco resarcirá la precariedad de los sin nada o
casi nada de seguir con tal asfixia y angustia por lo que ustedes hagan o
decidan hoy, mañana o trasmañana. Estos (las desbordadas mayorías globales y actuales)
están dispuestos a migraciones impresionantes y luchas carniceras reivindicatorias
donde quiera sea que lleguen, estén o sean llevados, mientras les gruñan de
hambre sus tripas y las de los suyos; peor, si saben que pueden ser objeto predeterminado
de los misiles ‘inteligentes’ de quienes quieren su desaparición o sometimiento
a juro, con o sin motivo alguno.
El
hambre masiva, siendo esta la segunda ferocidad humana y arma letal y única de
los sin nada o casi nada, es una apestosa ojiva, tan embrutecedora e
incontrolable como las apestosas biológicas que de vez en cuando los generales
de la muerte, a orden de sus mandamases, dejan escapar de sus laboratorios de
guerra.
La hambruna hace que el individuo se crea capaz de arrasarlo todo a costa de su propia vida y la de los suyos. Por lo que, por instinto vengativo destructivo, tercera ferocidad humana escondida pero latente, lo primero que hará, lo cuenta también la amañada historia, será derribar los muros que sean necesarios hasta penetrar los refugios blindados de los orondos poderosos, donde quiera sea que se guarezcan o agazapen, así estén protegidos por ejércitos, hasta ese momento leales… a la paga (la que nunca es suficiente), no a los ideales, causas y ambiciones de sus respectivos patrones, ‘reyezuelos’ y amos del momento.
Estos
apertrechados y entrenados alfiles asalariados son, también, seres humanos presos
de las tres ferocidades aquellas. Por lo tanto, ante la oportunidad de echarse
al bolsillo algunos reales extras y hasta de arañar uno que otro escaño social
o institucional, amén del desquite refundido contra sus impotables amos, no
dudarán en agarrarlos y arrastrarlos hasta la Bastilla y postrarlos en la
guillotina, sin que les importe (¡qué les va a importar si hasta ese momento no
han tenido más que su precariedad, inquina y voracidad amordazadas!) que en tal
debacle todo se vaya al traste, o se mejore, o se empeore, o hasta mueran
muchos o todos en la incierta zarabanda reivindicatoria. En el fondo de sus
maltratadas almas… no les importa ni tienen claro si ganarán o perderán. Solo
dirán: “¡Pa’ las que sea!”
Cuando
llegue el momento de la efervescencia global, la adrenalina social, mezclada
con hambres y rencores, más que guardados: ¡enfuertados!, hará las veces de
combustible incontrolable. Este por doquiera se esparcirá y hará arder, no solo
las covachas de aquellos, también, las onerosas soluciones de interés social y
las minúsculas celdas habitacionales financiadas a insolutos saldos de la media
poblacional. Entonces, hinchará los corazones y estómagos de la desbordada mayoría
mundial, cansada de la afilada geoestrategia controlada desde tres o cuatro
fortines ubicados en algún lugar de América, Europa y Asia, siempre en función
de los pocos de siempre.
Si
la primera ferocidad humana pernocta en las catatumbas cerebrales de cada
individuo, la segunda lo hace en su ulcerado estómago, que, al mezclarse con la
tercera y otras tantas, impregnadas en cada una de sus susceptibles y
canceradas vísceras, exacerbarán las ojivas comportamentales de la devastación
de todo a su alrededor. Así las cosas, algunas de las refundidas y engavetadas contradicciones
del actual sistema económico y sociocultural podrían reeditarse y ponerse de
moda o dar paso a uno nuevo, desconocido, incierto... con pronóstico reservado.
Ustedes
lo saben, lo han estudiado o al menos algunos de sus doctos asesores de nómina les
habrán comunicado o enseñado que en cuanto a conmiseración y convivencia
inteligente (léase equilibrada) es poco lo ganado el haber pasado del
salvajismo primitivo al esclavismo, de este al retrógrado feudalismo que mudó
hacia el novel capitalismo en el que estamos atrapados. Regímenes todos, en
esencia similares en cuanto a sus formas de producción y escabrosas relaciones
sociales, no en las nomenclaturas usadas en cada uno. En uno y otro hay
dolorosas semejanzas en cuanto a tenencia, poder, comportamientos y
sometimientos desequilibrados. Por lo tanto, al entuerto actual, pese a todo,
si no es para mejorarlo, sería mejor no hurgarle las verijas al oso, así ahora
parezca estar dormido y ser inofensivo.
Por
esto y mucho más, si no es para salvaguardar el medio ambiente y optimizarle la
vida a cada persona, doquiera sea que viva, piense en lo que piense, crea y
pertenezca a la raza que sea, mejor, por favor, ¡dejen quieto el mapa, señores!
Sentado en la banca del parque,
como lo hizo a su lado al ennoviarse y hasta ir envejeciendo, Misael Mauricio
miraba por sobre unos árboles. Parecía conversar con alguien a quien, cual, si
estuviera a su lado, le acariciaba la mano.
—Si hoy partiera, como tal parece por el avance
inexorable de la ponzoña en mis pulmones, ¿qué sería de ti, mi vieja linda?
—¡Tú lo sabes!, ¿acaso dudas o temes algo?
—Nunca quisimos tratar este tema, ni dejar
arregladas las cosas, pese a tantos casos que conocimos y criticamos por los
disparates que hicieron, cuando no fue el viudo fue la viuda, con procederes ilógicos
al quedar algo de patrimonio.
—Cuando el lío no fue entre hijos, nietos y
demás parentela por la repartición, la furrusca la propiciaron los propios cacrecos
con amores falaces que se les aparecieron por ahí... ¡todos al agüeite de lo
que dejó el difunto!
—Pasiones insanas que tan pronto los querellantes
fraternos o los mozos zalameros se hicieron con lo suyo —la interrumpió
amoroso—, terminaron por corroerles la salud que les quedaba, y sin un centavo
para pagarle al matasanos, menos a la enfermera para que les asee la cola. Por
eso, Luz Adriana, antes de casarnos te prometí aquí mismo que nos iríamos
juntos... ¡al tiempo!
Una brisa suave del este, color
magenta, recogió de la banca de aquel parque la silueta de Misael Mauricio y la
retornó a la UCI, en donde la congestión con pacientes era dramáticamente
evidente; muchos intubados, otros bocabajo, aquellos con escafandras... casi
todos en las puertas del olvido, como ahora también lo estaba Luz Adriana, ahí,
en la siguiente camilla.