miércoles, 9 de junio de 2021

Trilogía social

Foto tomada de ElQuerendón.com, Wilson Escobar Gaviria

Años atrás y tras la partida de los tres hijos mayores, quienes se casaron y formaron toldo aparte, en el hogar de los García Mora solo quedaron los dos viejos y Felipe, el menor. Este estaba recién postgraduado, pero aún sin empleo ni oportunidades laborales a la vista debido a los embates de la pandemia. María y Eugenio eran pensionados, sin embargo, él, para completar el sustento y mantenerse en el filo del estrato 4, es decir, en la clase media, rasguñaba con Uber uno que otro peso en su vehículo particular.

Sorteando afugias aquí y allá la familia sobrevivía y mantenía aquel apartamento adquirido treinta años atrás mediante una hipoteca casi de por vida. Lapso durante el cual la pagaron con ingentes esfuerzos y muchos sacrificios, a la vez que lograron darles estudio a sus cuatro hijos.

Sin tal vez presentirlo, las cosas estaban por cambiarles, precisamente a partir de esa mañana.

—Señora, ¿este hombre fue quien la atracó? —le preguntó el patrullero a María señalándole al herido.

—Sí, para mi fortuna fue él, y no aquellos —respondió, aún despavorida.

Como cada 30 de mes María sacó su mesada del cajero del centro comercial cercano. Sin saber que era seguida cruzó la avenida, tomó por el andén norte, el de la barda azul del conjunto donde vivía. A mitad de cuadra, bajo los arbustos, un hombre joven, cuchillo en mano, la abordó, le rapó la cartera y emprendió veloz carrera.

En la esquina dos malandros que lo seguían sin mediar palabra lo acuchillaron para robarle lo robado.

Cuando les contó la historia a su esposo e hijo estos se alarmaron, pero más allá de reconvenirla por haber ido sola y decirle que no lo volviera hacer sin alguno de ellos, no hablaron más del tema. Ahí paró el asunto, o tal vez eso creían, porque en aquel barrio de clase media todos se sentían seguros, casi nunca pasaba nada extraño. Tampoco, por aquel sector, hasta entonces, había manifestaciones, bloqueos o disturbios sociales, como sí por el centro y otros lugares capitalinos. En el último año poco frecuentes por el tema del virus y las cuarentenas obligatorias decretadas por el gobierno de la capital.   

Dispuesto a protegerse de la brisa capitalina con el tapabocas, y de paso evitar multas por parte de la policía del cuadrante, Felipe salió hacia la tienda, a dos cuadras, a comprar lo del desayuno, como todos los días.

Al llegar a la esquina vio a unas veinte personas corriendo despavoridas hacia él.

Una nube de gas irritó sus ojos, mientras estruendos de aturdimiento y silbidos de proyectiles respondieron sus dudas. Entonces, ¡se devolvió!

—¿Trajiste el mandado? —preguntó su mamá.

—En la calle hay pedreas y disparos.

Esa noche en la televisión los García Mora se enteraron de que dos vecinos suyos, gente de bien, como ellos, conocidos de tiempo atrás, fueron acribillados frente a la tienda del barrio donde Felipe compraba todas las tardes lo del desayuno.

Según las noticias, debido a los bloqueos a las entradas de la ciudad, los precios de los productos básicos de la canasta familiar se incrementaron de manera significativa, por lo que ni juntando lo de sus mesadas y restringiendo en gastos no esenciales alcanzaba la plata. Entonces, dos semanas después, cuando al parecer la protesta nacional se dilataba, o eso era lo que mostraban los noticieros, Eugenio salió de su conjunto a trabajar con su vehículo.

Prendió el aplicativo de Uber una vez estuvo en la portería del conjunto. En el siguiente barrio, a pocos minutos, un usuario requería el servicio. Aceptó la carrera y se encaminó hacia allá.

Tres cuadras antes de llegar al lugar Eugenio escuchó disparos, gritería y vio gente que corría despavorida huyéndole a otros cuantos que los perseguían y les disparaban de manera indiscriminada con armas de corto y largo alcance. Detuvo la marcha, intentó devolverse en reversa. Detrás del suyo ya había muchos más. Los conductores de estos, al no tener alternativa, salieron de sus vehículos y emprendieron carrera al lado de los que estaban siendo perseguidos. Eugenio decidió imitarlos.

Apagó el motor, se bajó, cerró la puerta... cuando escuchó:

—Ese es uno de los indios... ¡denle duro!

Solo alcanzó a dar tres zancadas detrás de los perseguidos y los conductores que también dejaron sus carros en la vía cuando una cosquilla erizó su cuerpo. Un proyectil se incrustó en su espalda. 


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