Foto cortesía de Elisa Mascia
Desde el 2013,
cuando allá se instauró el Premio Antonio Giordano, ese bucólico villorrio se
convirtió en ‘residencia de artistas’. Por aquellos lares los virtuosos encuentran
inspiración fresca para sus creaciones, además de la calidad y la hospitalidad
de sus cerca de cinco mil habitantes. A partir de entonces, en cada verano aumentan
las salas de arte al aire libre, con exhibición en las fachadas de las casas, las
plazas, las escaleras y por doquiera sea. La creatividad pareciese contagiar a
todo aquel que por Santa Croce di Magliano se tope, merodee, se esconda,
refugie o anide.
Allá, setenta años
atrás, el 13 de abril de 1956, ‘…el año en que la primavera fue la generosidad
de un invierno…’ que arropó por completo las calles de aquel escondido paraíso
municipal, nació Elisa Mascia, la preciada hija de Otimia Ada María Verillo y
Pascuale Mascia. Pareja simpar que merece semblanza aparte, no solo por los diez
años de diferencia en sus calendarios: él de 1916, ella de 1926; también, por otros
tantos contrastes impactantes, como el del pretérito origen afectivo del nombre:
¡Elisa!, que aquel veterano de la Segunda Guerra Mundial le colocó a su hija,
tan a pesar y en contra de lo que opinaba y sentía en su corazón y alma su bella
esposa doña Otimia. Beldad que, para entonces, según algunos contados coterráneos
sobrevivientes que la conocieron y otros más jóvenes que lo escucharon de sus
ancestros y algo todavía por ahí cuentan, y se aprecia en fotos más que refundidas,
poseía al unísono la donosura propia de las oriundas de aquella joya
mediterránea (el Adríatico), fraguada con la esbeltez y la riqueza cultural e
histórica de sus vecinas balcánicas... como Mirka Epifanía Vilicih, el amor
difuso de Icardo Ardila Jardín durante ese… algo así como un viaje de ensueño por
el mundo que emprenderían a la siga de la salvaguarda del medio ambiente y la
vida en este granito azul del Universo que tememos en préstamo.
Arrojo combativo y
femeninas galas que, como es obvio y saltan a la vista, Elisa Mascia heredó y
conserva de sus progenitores y lejanos ancestros yugoslavos, en especial de los
arbëreshë.
Durante su infancia
Elisa aprendió a amar y disfrutar la primavera que impregnó por siempre su
corazón de poesía, al igual que al ‘invierno helado’ que le delineó y
fortaleció su carácter y la concepción del mundo complejo que habría de enfrentar.
Pero, solo fue durante su adolescencia que percibió y adoptó en su alma ‘El
aroma y el color de las rosas de melocotón y de los almendros en flor…’.
Esencias y prismas que, desde entonces, inspiran y perfuman sus letras, versos
y artísticos quehaceres. Además de indicarle y conducirla hacia la benemérita docencia,
entregándose por completo a la formación de los niños que siempre amó y apoyó,
como aún lo hace, de alguna forma y cada que se le presenta la oportunidad o es
preciso hacerlo.
Pinceladas artísticas
y sentimientos humanistas que Elisa acrecentó y difundió por el mundo tras
pensionarse y dedicarse de lleno al complejo, duro y por lo general ingrato oficio
de la literatura y otros quehaceres afines con la comunicación, la traducción y
el arte. Roles taciturnos que, aunque ejercía en segundo plano, tras las
bambalinas de sus actividades laborales y temprana maternidad, estos esperaban con
paciencia su turno. En especial, aquellos que tenían que ver con, además de ‘El
amor por los niños y por la enseñanza…’, sus ‘…sueños más codiciados desde
que era pequeña y en la escuela mi maestra me hacía recitar poemas, le gustaba
mi declamación mejorada con el paso de los años y hoy recito en video… para
muchos amigos’.
Impulso
y apoyo cultural de su maestra que ahora; tras cumplir setenta años, allá, en
el apacible San Giuliano di Puglia, circunvecino de su amado pueblo natal; amén
de los méritos cosechados durante su labor docente, se evidencian en un
precioso ramillete de resultados invaluables: más de trece obras publicadas,
cerca de veinte antologías; una de ellas: ‘Canto Planetario, hermandad en la Tierra’;
una decena de prestigiosos premios y galardones, contribuciones teatrales, traducciones
literarias, programas y entrevistas en radio y otros tantos aportes a la
cultura que circulan por ahí; además de encargos directivos asociados con la difusión
y el apoyo de la poesía y las bellas artes.
Cada
uno de estos logros y encargos, como cuando fue docente, tienen la rúbrica y la
impronta personal de esa contagiosa semblanza de amor que Elisa Mascia a todo
le imprime y que por doquiera contagia, así hable o escriba en italiano, su
lengua natal, o en español, porque es bilingüe y excelente traductora.
Huella
solidaria y afectiva aquella, seguramente, esculpida en su alma y remembranza maternal
indeleble desde cuando, como lo comentó hace poco: ‘Decía mi madre que, con
leche abundante, había alimentado a otros dos recién nacidos y de este recuerdo
he asociado el haber absorbido, por este noble gesto de altruismo, el verdadero
sentido de mi vida que está edificado sobre el valor de la generosidad. Todo
regresa tarde o temprano en los lazos y las conexiones de la interconexión
mental…’.
Su paso por el
colegio donde se formó, gracias a una ‘beca encomiable’, al ella provenir de
una familia humilde, no solo le dio la primera hoja de los pergaminos para
ejercer la docencia: ¡ser profesora!, uno de sus más caros e inolvidables
logros y mayores aportes para su entorno social; también, pasó ‘las
pruebas para ser madre’. Que lo sería por cuatro veces con Nunzio, Pascuale, María
Giuseppina y Giovanni Marco. Luego, suegra por partida doble, una de estas de
una ecuatoriana, así como haber tenido la dicha inmensurable de ser abuela de dos
rubíes invaluables para su adultez: Elisa y Alessandro.
Sin
que tal vez lo sepa, o si se percata pareciese hacer caso omiso de esto, Elisa
Mascia al ser observada o preguntada indirectamente por algún periodista
camuflado o por uno que otro escurridizo investigador cultural, luce y se
muestra feliz, ¡muy feliz!, además de satisfecha de haber hecho bien las cosas,
de haber sido docente durante toda una vida, de haber logrado, junto con su
esposo Umberto Persichillo, a pesar de tantas vicisitudes, confrontaciones y
también logros, sacar avante a una familia, de poder seguir bailando, cantando,
actuando y declamando, de cuando en vez, otras de sus pasiones escondidas, así
como de tener amigos por doquiera sea; un buen número de estos a la distancia,
es decir, virtuales, gracias a la ineluctable telaraña digital mundial.
Se
siente satisfecha del deber cumplido y de haber hecho felices a quienes en su
camino encontró, lo que seguirá haciendo por doquiera vaya o a través de las redes
y medios, que es por donde, en estos frágiles tiempos binarios, mayor facilidad
existe para interactuar con quien y donde quiera sea.
Con esa
cautivante sonrisa esquiva que la caracteriza y le magnetiza su blanca y tersa
faz ítalo-balcánica, tal vez sabiendo o imaginando el literario motivo y con ‘…un
vaso medio lleno, quizás de buen vino rojo envejecido en barriles de roble para
poder brindar por la felicidad…’, por ahí nos dejó explícito este mensaje para
que el periodista y los investigadores que la auscultaron durante un tiempo nos
lo hiciesen llegar:
‘Doy
las gracias a todos los que me quieren, de modo especial a quienes han estado
siempre presentes, sobre todo en los días más difíciles, independientemente de
la distancia’.
Honorable
maestra Elisa Mascia, esperamos verla celebrar muchos más aniversarios con la
plenitud física, mental, solidaria y artística como en estos ‘siete-cero’. Reciba,
por favor, nuestro inmensurable reconocimiento y sentimiento grato por existir,
por escribir, por hacer parte del Colectivo Literario Artístico Internacional
siglo XXI (CLAI XXI), así como por, sin proponérselo ni saberlo, haber inspirado
(encarnado) a la sigilosa dama del Lago de Como, en la región de Lombardía; una
de las coprotagonistas de cierta novela en proceso de publicación, escrita por
un autor deslizadizo que hace poco usted entrevistó y a quien le ha traducido y
publicado varios de sus artículos.
*Este relato incluye apartes escritos entre comillas de Elisa Mascia, así como datos fragmentarios suministrados por el exegético gestor cultural planetario nicaragüense Carlo Javier Jarquín, residente en Costa Rica, del casi imperceptible investigador cultural chaguaniceño (Chaguaní, Colombia) Agapito Téllez Meléndez y del sigiloso periodista barés (Bari, Italia) Lorenzo Orcini Colonna, el LOCO.

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