Los dos emprenden un alado periplo desde Wainui, donde nace primero el Sol. Van entrevistando en distintas locaciones a artistas con lábaros ambientalistas, al parecer, todos participantes de Canto Planetario; aunque por ninguna parte se mencionan sus nombres ni sus obras, solo se percibe, ¡tal vez!, en cada oportunidad una referencia sutil de algunos de sus rasgos y aportes.
Se trata de un periplo maravilloso como azaroso por la acción de los detractores
y del ejército de cazarrecompensas por el botín ofrecido por las
transnacionales contagiosas para evitar que la pareja concrete la denuncia
ambiental y devele a sus responsables.
De Nueva Zelanda brincan a la Barrera de Coral, aparecen en la cuenca
del Pacífico y Japón, de donde huyen hacia el Círculo Polar Ártico Ruso.
Atraviesan Laponia, aguas nórdicas, Ámsterdam, Hannover, se hospedan en el
B&B Hotel Rust-Ettenheim, disfrutan de Eguisheim, Valence y van a dar a
Gibraltar.
Viajan por el borde mediterráneo africano y enrumban hacia Naxos y sus
casitas encaladas. Sobrevuelan el mar de Aral, los lagos y paisajes africanos
hasta la Montaña de la Mesa. Luego, en una nave inimaginada, saltan hacia el
Atlántico Sur, donde casi son neutralizados y vaporizados. Gracias a la acción
de la comandante Mirka, de quien solo hasta ese momento se devela su rango, aquel
artefacto sigue hacia Espíritu Santo. Recorren el Paraná, las cataratas de
Iguazú, el Amazonas, el Salto del Ángel, Caño Cristales, la Tierra del Fuego, el
Tapón del Darién, el Caribe, la costa oeste norteamericana y Bering.
Cerca de la isla Attu, contemplando la agonía del Sol, ocurre lo
impensado. Todo cambia por unas escenas dramáticas en el hospital de San José
de Costa Rica, el de la icónica intercepción de la Avenida Segunda con el Paseo
Colón.
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