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sábado, 1 de agosto de 2026

Narración romántica No. 178

 

Irene, diosa griega*

Confieso que al leer una historia armo en mi mente la figura y compostura de los personajes. Echo mano, en parte, de las descripciones de los autores. Por lo general, tales fantasías suelen cautivar mi ensoñación; a tal punto que, no pocas veces, de estas quedo prendado. Sobre todo, cuando son protagonistas de alguna de las obras de la inmarcesible literatura universal y, con mayor placer, si de la griega antigua se trata.

Acomodo a criterio y placer las facciones y personalidades que de pronto el magno autor dejó de estos para que lo lectores se los ingenien. O que estando narrados al detalle me parecen que podrían tener este o aquel otro retoque para mi recóndita fascinación. Tal vez, por mi exigente pasión, casi nunca, o me fue intrascendente hasta ahora, me topé con un ser real que se pareciera a algunas de mis más que guardadas quimeras.

Sin embargo, mientras sangre nos fluya por las venas, para todo habrá siempre una primera y ensortijada vez.  

De las más apreciadas y escondidas creaciones que mi mente ha gestado, está aquella desde cuando me embarqué en el más sublime de los poemas épicos rumbo al Jónico. Piélago que aquella virtuosa de la fidelidad conyugal, desde su encrespada isla contempló durante veinte años a la espera de ver aparecer el barco de su amado marido. Solía hacerlo tejiendo y destejiendo la tela para evitar los arteros lances del ejército de sus aciagos pretendientes.

Divina creación pincelada en letras como una de las mejores de las acuarelas que haya escrutado en obras literarias. Por mi manía de retocar personajes, en mi mente ideé a la esposa del rey de Ítaca como una beldad sin parangón... y solo para mí, los dos a solas en los socavones del hedonismo.

Jamás imaginé que alguna vez me toparía con un ser real que a mi literaria fantasía representase tanto... ¡y de qué mágica manera!

Pero... así fue, y precisamente ocurrió durante la celebración virtual en un cumpleaños que un grupo de amigos de letras, de al menos tres continentes, le hicieron a la escritora, poeta y traductora griega Irene Doura-Kadavia, residente en Atenas. Evento al cual fui invitado.

En algunas ocasiones similares, vía Internet, habíamos coincidido. Sin que en esas oportunidades a mi observación hubiese, del todo, pasado inadvertida. Algo del bucle de su luz, entonces, alcancé a vislumbrar y, en principio, hasta llegué a fantasear con mi vieja creación de musa helénica. Eso sí, sin dejar que tal entelequia se asomara siquiera a las pupilas de la cárcel de mis sentimientos, donde hasta entonces pernoctaba.

Pero, esta vez, cuando fue la protagonista del evento, sin poder esconder su asombrosa figura y atributos intelectuales entre las imágenes difusas de los demás participantes que titilaban en la pantalla del procesador, tuve la develada certeza de que aquella diosa griega existía, además, con el nombre que hoy más que nunca el mundo necesita y aclama: Irene, la mensajera de la paz. 

*Foto cortesía de Irene Doura-Kadavia, Atenas, Grecia.

sábado, 4 de julio de 2026

Solo libros

 

Biblioteca Municipal Bituima, Cundinamarca

Producto, según los expertos, del inestable e incierto cambio climático, aquella mañana capitalina era friolenta y lloviznosa. Cuando al fin amainó la ventisca los dos viejos conocidos salieron de sus apeñuscados conjuntos residenciales y se dirigieron al parque cercano. Allá se encontraron tras unos veinte minutos de medicada caminata.

Se saludaron y abrazaron con marcada efusividad. Luego, como solían hacerlo, buscaron una banca para sentarse y hablar un rato antes de regresarse a sus respectivas prisiones caseras… sus domicilios. Así, sin decírselo a nadie, cada uno lo consideraba tras jubilarse.

—Bueno, ¿y cómo le fue a tu candidato en estas elecciones? —preguntó el de, al parecer, menor edad; tal vez dos o tres años.

—Creo que quedó como de quintas; a más de un millón y piola de votos de los dos que puntearon en esta vuelta.

—Era de esperar. En este país del Espíritu Santo las maquinarias sí que son efectivas.

—Estas, desde luego, logran tal efectividad electorera gracias a la infalible combinación entre insipiencia política y la manipulación mediático-estomacal de las ahuchadas masas que salen a votar, ¡incluso uniformadas!; tal y como les inculca este o aquel otro quimérico profeta social… en particular, el peor tartufo de la política actual.

—¿No te estarás refiriendo, como lo haces siempre, al sempiterno doctor Uribia Morales? En estas elecciones a la candidata que este impuso y apoyó abiertamente le fue como a los perros en misa.

—Vieja estrategia de gamonal subcontinental.

—¿A qué te refieres? Me parece que el reinado del viejo zorro aquel, durante casi cuatro décadas, llegó a su fin. Porque, además de la ínfima votación lograda por su pupila, los dos que partieron en punta están más que abiertos con él. No quieren saber nada que huela a su achacada y rimbombante colectividad seudodemocrática.

—Precisamente esa es la sensación que era menester inculcarle en la mollera a este pueblo ignaro. Llegó el momento de que aparezca otra nueva o reencauchada colectividad, con líder fresco al frente.

—¿Entonces?

—Detrás de este personaje, así como de casi todos los que en este país suelen figurar en el ámbito politiquero, están unos cuantos verdaderos poderosos… ¡los amos del país!

—¿Te refieres al poder económico?

—Tú lo sabes. Son ellos los que deciden y disponen todo lo que sucede en estas tierras tropicales, bueno o malo, real o fantástico, legal o ilegal, con tal de que sus bolsas insondables sigan creciendo en la impunidad, y sin control ni talanquera alguna.

—Entonces, ¿de qué se trata la nueva jugarreta?

—¡Nada nuevo!

—¡Explícate!

—Que nuestro sempiterno adalid, además de haber envejecido, presenta flaquezas fétidas e irregularidades inocultables, por lo que es el momento de buscarle un reemplazo tan efectivo, demagogo y perverso como él.

—Pero… ¡cómo así! ¿Quién sería?

—Mucho me temo que, precisamente, el que partió en punta en este proceso, al ser un aliado en todo aspecto del arrugado adalid de marras, pertenecer a la cofradía de amos del país y encarnar desde el comienzo de esta contienda electoral a su candidato en la sombra, vendría, también, a ser su reemplazo en poco tiempo.

—Si fuese como lo elucubras, ¿habría alguna posibilidad de que este, cuando le toque la Presidencia, resolviese el caos y las necesidades en las cuales se consume este país… o al menos la situación de las clases media y baja?

—La de la inmensa y mensa mayoría, querrás decir.

—Como quieras llamar a quienes siempre pagamos los platos rotos de tantos malos gobiernos que hemos tenido.

—Mira, los problemas de fondo, los que están acabando y volviendo añicos la vajilla completa de la hacienda patria, no los resolverá él ni nadie, en tanto este país que lo tenía todo, gobernado a fierro por tartufos al servicio de ególatras insaciables, siga padeciendo y engüerando en sus generaciones las dos peores flaquezas nacionales, al parecer incurables e irreversibles.

—¿A qué flaquezas te refieres?

—Al quebranto colectivo del libre albedrío y al peor de los cánceres sociales: ¡la carencia de amor patrio en contubernio con la dilución amañada de la memoria histórica!

—¡Ah!, ya veo. Pensé que ibas a decir que el desempleo, el subdesarrollo, la corrupción, la pobreza… entre otros tantos flagelos que nos agobian.

—Estas que mencionas, así como el sinnúmero de falencias que nos subyugan y hacen apolillar el crecimiento y la bienandanza sociales, tienen como papá irresponsable al desamor patrio y como celestina progenitora a la falta de libre albedrío, en concupiscencia con ‘El frío del olvido’*. Todos estos vienen siendo extirpados hace rato de nuestros genes nacionales. El termómetro más indicativo de tal ‘Entropía’** es la rampante e incontenible inseguridad, cada día más agresiva y cercana. De esta acabo de ser víctima.

—¡Cómo así!, ¿qué te pasó?

—Que mientras fuimos este domingo a ejercer nuestro derecho electoral, una banda de ladrones ingresó a los sótanos de la copropiedad donde quedan los parqueaderos y los depósitos de trebejos.

—¿Qué les robaron?

—A nosotros… ¡nada! Solo hicieron añicos la puerta del depósito y rompieron unas cuantas cajas y estantes que mantengo de piso a techo.

—¿Y el carro?

—Lo estábamos usando para ir a sufragar. A otros copropietarios les rompieron los vidrios de los carros y se les llevaron artículos costosos que allá tenían guardados.

—Me alegra por ustedes y lamento la pérdida sufrida de sus vecinos… ¡Un momento! Me acabas de decir que tu depósito estaba atiborrado de cajas y que destrozaron algunas, pero que no se llevaron nada.

—Solo desgarraron unas cajas y revolcaron estantes. Lo demás ni lo miraron.

—Me mata la curiosidad…

—Pregunta.  

—¿No se llevaron nada, pese a tener el depósito lleno… verdad?

—Así fue.

—Pero, luego… ¿qué es lo que guardas entre ese montón de cajas y estantes? ¡¿Qué encontraron los cacos esos?!

—Solo libros. La mayoría de literatura universal: novela, teatro, cuento y poesía.

—En este país los delincuentes y la literatura poco y nada amigos son. Casi ninguno lee, mucho menos se ilustra.

—No solo los delincuentes, esta, nuestra sociedad subcontinental en general, de las bellas artes, menos si de leer se trata, nada quiere saber… ni siquiera de oídas.

—¡Qué triste, ¿verdad?! Entonces, o eso creo, por eso solo abrieron algunas cajas y las otras las dejaron intactas. 

—Como ya casi nadie lee, los libros dejaron de ser atractiva y nada rentable mercancía, por lo que en el comercio es poca, muy poca, casi nula su valía.

—Pareciera ser que, literatura, política y democracia, antagónicas son de la subcontinental como apestosa politiquería que por doquiera se practica hoy día.

—Lo dices tú. Nadie mejor, ni siquiera yo, así de claro lo concluiría.

* El frío del olvido, Enciso, Wilson Rogelio, Pukiyari Editores, 2019.   **Entropía, Enciso, Wilson Rogelio, wrenciso.com, 2024.


lunes, 1 de junio de 2026

Aquel día

Que al final de los adioses del olvido alguien disperse por doquiera mis cenizas, para que la brisa que besa el Alto del Vino se impregne con sonatas, versos y sonrisas…

Bucólico paraje donde, en una lomita, ¿recuerdas?, quise hacerte un tibio nido, para encerrarnos allá, en soledad furtiva, a gritar con letras y besos este amor vivido.
Esa tarde, al final de los adioses del olvido, prohibidas quedan misas, coronas y tristezas. Que sean frases de mis autores preferidos las galas de mi alegre y eterna despedida.
Aquel día, que nadie sufra ni llore mi partida. Que del todo, de este mundo no me habré ido. Escrita quedó nuestra historia… con sus heridas, junto al sinfín de momentos gratos compartidos.
Que al final de los adioses del olvido alguien disperse desde lo alto mis sentires. Que lo haga allá, donde quise fabricarte un nido, para arruncharnos, escribir, y ser aún más felices.

¡Que nadie esté triste ni llore mi partida! Ahí, en cada letra que escribí, plasmé mi vida, esa que, gracias a ti, amada mía, tuvo sentido. De no ser así, nada en mí igual hubiese sido.
Aquel día, que todos tiriten, pero de alegría. Que entonen lindas canciones y bellas poesías. Que evoquen siempre las historias que un día… ¿recuerdan?, les escribí e hice pasar por mías.
Para que entre la neblina sea mi postrer destino, que alguien verseando a Neruda disperse mis cenizas. Que lo haga desde la casa centinela del Alto del Vino. Así volarán mis letras en la rima del frío con la brisa.
Prohibidos quedan rezos, llantos, flores y flaquezas. Aquel día, quiero sentir en el aire el poema de tu voz. Que el frío viento se lleve en sus alas nuestro amor y les cuente a todos que fue un idilio de mágica belleza.
Que alguien disperse por doquiera mis cenizas…

Ahora que puedes


 Porque la vida es corta, ahora que puedes: ¡goza! Mañana quizá ya no estés, o el mundo gire al revés.

Ahora que puedes, amigo… baila, baila esta salsa a más no poder. De aquí solo llévate el placer; ven, te invito, danza conmigo.

Disfruta cada momento, porque dolor y tormento mejor dejarlos en el ayer, sin siquiera voltearlos a ver.

Sí, baila y canta esta salsa a placer. De aquí más nada vale la pena llevar, los malos ratos hay que olvidar. ¡Ven ya con tus amigos a festejar!

Porque la vida es corta, ahora que puedes: ¡goza! Mañana quizá ya no estés, o el mundo gire al revés.

Ven, canta y baila hasta el amanecer, y si te es posible allá en la eternidad; que ninguno apoque tu ser, que nada apague tu felicidad.

Cualquiera sea el camino que te marcó el destino, solo tú con flores o cardos adornas a diario tu paso.

Solo eres tú quien a tu canto algunas veces le pones risa… Otras tantas le impregnas llanto. Entonces: ¿Cuál es la prisa?

Que nada apague tu felicidad, que ninguno apoque tu ser, porque la vida es corta y gozarla es lo que importa.

¡Ven a bailar esta salsa a más no poder!
Porque, mira… ya casi termina el atardecer.

Tejedor de silencios*

 

Foto cortesía de José Luis Ortiz Güell

Las palabras y las letras, cuando están bien encauzadas, construyen puentes de paz, abren senderos de reconciliación y permiten disfrutar de las espectaculares vistas de la solidaridad en un mundo que, a menudo… o casi siempre, corre demasiado rápido. Razón por la cual, quizá, al individuo actual poco tiempo le queda o dedica para contemplar, escuchar, admirar o extasiarse con la inmensidad de cosas bellas y gratuitas que hay por ahí; tampoco, para leer y menos para entender o querer entender lo que pasa a su alrededor; aunque lo afecte. Su mundo pareciese reducirse al malhayo apéndice binario aquel que a toda hora lleva en la mano y que mira hasta cuando camina, come, ‘dialoga’, trabaja, ama…

Por fortuna para la humanidad todavía quedan unas cuantas personas que hacen de la pausa un arte, de la palabra un refugio y de sus letras fortines acogedores para guarecerse de la andanada alienante, cuando no belicosa, que campea por doquiera sea.

Entre estos seres sensibles y cada vez más escasos está José Luis Ortiz Güell; un tejedor de silencios, un jardinero de emociones que, desde su Zaragoza natal, demuestra que la pluma y la voz pueden ser más poderosas que cualquier espada y más efectivas y penetrantes que este o aquel otro oneroso como horrendo mega misil...  Engendros del averno, luzcan el lábaro que sea o abriguen las ambiguas causas de estos o aquellos otros ‘Enfermos del alma’, quienes, en la vil afectación y en la muerte de inocentes, o no, encuentran fatua justicia, morbosa satisfacción o demostración carnicera de ambición sin límite y ebúrneo poder regional y orbital.

Cuando en 2024 José Luis, como arquitecto de la palabra, recibió un doble abrazo con el Premio César Vallejo en literatura y el Premio Europa en periodismo, no solo fue gratificado como autor, le celebraron la consagración de una vida entera dedicada a la trinchera más noble: ¡la de la conciencia!

No es fácil encontrar a alguien quien, con la humildad de los grandes, lleve décadas entregando su ser en cada línea. La trayectoria de Ortiz Güell no se mide en años, sino en la profundidad de las almas que ha tocado e impactado. Desde aquellos primeros versos susurrados a sus 13 años mantiene un timbre inconfundible: el del humanismo. Actitud filosófica, ética y estética que asimiló desde aquel entonces cuando "Juan Salvador Gaviota" y "El Principito" despertaron en su esencia la necesidad de volar con palabras. Principios impregnados en las sólidas columnas que hoy publica en medios de España y Latinoamérica, así como en reseñas como esa que, inexorable, le saca lágrimas al ama al leerla y que escribió para la ‘Compilación de narraciones románticas II Momentos idos’.

Quien lee a José Luis no solo lee noticias o historias; se asoma a un espejo donde la condición humana se refleja con sus luces y sus sombras. Bajo su propio nombre o tras el seudónimo de Paolo Da Santos ha explorado en novelas como Soledad querida dictadura y Puente en la niebla la complejidad del amor, la dictadura del vacío y la esperanza que emerge de nuestras propias cenizas.

Quizá lo más valioso de su obra no está solo en las estanterías, sino en el latido ético que impulsa cada uno de sus artículos periodísticos. Su compromiso con la paz no es una declaración grandilocuente, constituye una práctica diaria.

En una era de titulares estridentes fue invitado a participar en la Antología del Bicentenario de Centroamérica y en Canto Planetario. Magistrales compilaciones mundiales e irrepetibles gestadas, coordinadas y ejecutadas por el columnista y escritor nicaragüense, radicado en Costa Rica, don Carlos Javier Jaquín.

José Luis Ortiz ejerce el periodismo y escribe artículos con la serenidad de quien sabe que la verdadera revolución nace de la empatía. Como columnista internacional utiliza su tribuna, no para dividir ni gestar peleas insípidas, lo hace «para mejorar, en lo que esté a mi mano, esta sociedad en la cual todos somos iguales», reitera. Su pluma cruza océanos para recordarnos que la Tierra es un solo barrio y que, en él, estamos llamados a ser hermanos y vecinos solidarios.

La lucha de José Luis por un mundo mejor tiene rostro y corazón. No solo en las letras, sino en el trato directo con personas vulnerables, en el teatro que incomoda y hace pensar y en esa capacidad suya para abordar temas complejos con la valentía de quien no busca el ruido, va tras la luz de la verdad. El Premio César Vallejo y el Premio Europa llegaron en un momento crucial como un reconocimiento a esa constancia silenciosa, a esa manera de entender la cultura como un acto de servicio.

Más allá de los lauros, la humildad es lo que realmente distingue a este inquieto aragonés, hijo de aquellas tierras en donde casi todos sus ríos le tributan su poesía de vida al hechizante como majestuosos Ebro. José Luis hace de la humildad una forma de estar en el mundo sin aspavientos, sabiendo que la grandeza no solo está en el pedestal sino en la capacidad de transformar y emocionar a quienes se cruzan con sus palabras.

Como si fuera poco y adicional a su presidencia en la Unión Hispanomundial de Escritores, José Luis Ortiz Güell ahora asume la dirección europea de una prestigiosa organización literaria internacional. De esta manera la poesía y la lucha por la paz tienen un nuevo embajador en Europa. ¡Sí!, este periodista y emprendedor cultural español fue designado como nuevo miembro de la directiva mundial de "Poetas del Mundo", una de las uniones de escritores más influyentes del panorama internacional, dedicada a tejer puentes de entendimiento a través de la cultura. Este nuevo nombramiento llega en un momento apoteósico de su carrera tras ser galardonado con los Premios Europa en 2025, así como con los prestigiosos Premios César Vallejo de Literatura y Periodismo en 2023 y 2024.

Hoy, al celebrar estos galardones y nombramientos culturales, aplaudimos, también, la certeza de que la palabra, cuando nace del corazón, es el arma más efectiva para la paz, que ojalá pronto renazca e impere en la humanidad.

¡Tarea compleja tienes, mi querido y siempre bien ponderado amigo virtual de letras!

Ortiz Güell nos enseña y demuestra en cada artículo, en cada poema, en cada novela, en cada reseña que el amor con mayúsculas es el único camino posible hacia la convivencia armónica. La que todos nos merecemos… ¿será mucho pedirles a los señores generales de la escabrosa economía, la guerra y la muerte que nos den si quiera un ciclo de paz y recogimiento tranquilo para abrazar la felicidad y disfrutar las mieles del desarrollo y el crecimiento meramente humanos?

Aunque no lo diga, es probable que este polifacético actor, periodista, columnista y escritor ibérico, por su talante y características singulares, además de tener en proceso creativo varios proyectos novelescos; unos propios, otros a cuatro manos: las suyas y las de un resbaladizo y poco leído novelista latinoamericano; haya inspirado a más de un protagonista en otras tantas obras por ahí… alguna de estas, tal vez, camino a la publicación, otras en construcción. ¡Vaya uno a saber!

Gracias, José Luis Ortiz Güell, por recordarnos que en la niebla y en la incertidumbre siempre hay un puente y que se levanta con la palabra mezclada con dos de paciencia y tres de constancia. Además, por enseñarnos y dejarlo consignado por ahí, que: «…las palabras, cuando son verdaderas, no se escriben: se siembran. Y que a veces, solo a veces, florecen en el corazón del lector mucho después de que la última página se ha cerrado. Como el amor. Como el dolor. Como todo lo que realmente importa.» **

*   Relato inspirado y escrito a dos manos a partir de las conversaciones y detalles literarios compartidos con José Luis Ortiz Güel. 

** Párrafo de la Reseña introductoria escrita por José Luis Ortiz Güel para la ‘Compilación de narraciones románticas II Momentos idos’, 2025.

Sala de terapia

 

Jamás imaginé que algún día algo así me ocurriera… ¡y por partida doble!, tan de repente, dramático, doloroso y sin posibilidad de recuperación, ¡al parecer!

Durante mucho tiempo aposté a la dupla del querer, a la par con el poder. Ignoraba que en cualquier momento la ruleta de la vida me sentenciaría a tan duro padecer.  

Ni que me pasase a estas alturas de mi existencia que, desde ahora, la siento en declive, además de comenzar a percibir, por doquiera vaya, las brisas tibias del atardecer.

A la par fue la rotura del metacarpo de mi cuarto dedo de la derecha, a pocos días de tu partida, tras escribirme esa imperfecta décima, cual aparente bonito renacer:

 

     Aquellos amores*

 

Nunca diré que te amé.

Nadie sabrá que sufrí.

Sí, en silencio lo viví

y grandes penas pasé.

 

Alguna vez me pregunté:

¿Qué pasará si te olvido?

 

Me contestó el destino:

Asidos juntos estarán.

Los amantes no dejarán

aquel placentero nido.

           

            Que más que preludio del amanecer, como pensé y creí al evocar esos besos de alelí que nos ofrendamos en invierno y primavera, fue el más aciago anochecer.

            Huele a tristeza y a dolor del alma, crepita nostalgia en el corazón baldío… Me duele, inmenso, tu pasado oscuro, ¡pero lo acepto! ¡Te fuiste al caer la tarde! **

¡Pese a todo! ¡Ay!, ¡me consume el hastío! Algo así como en ‘El Frío del olvido***’, la historia de un país que lo tenía casi todo, menos amor patrio ni libre albedrío.

Poco después fue esa caída con rotura de mi cuarto dedo de la mano derecha; tal vez por ir pensando en ti, al imposible lograrte sacar de aquí…

Ni poder… o querer borrar tu nombre de mi agobiado corazón, ahora más que partido… sufrido… ido… ¡Olvidarte no he logrado! ¡Ni modo!

            Dolor, prisas, ‘Procedimiento conservador —me dijo el especialista tras algunos rodeos— ¡sin cirugías!, por su edad y preexistencias: ¡mejor que el dedo sane solo!’

            Yesos, férulas, trauma, incomodidad, para laboral, demora, soledad, literaria improductividad… vacío en el alma* que por más que intenta no encuentra calma.

            Radiografías, controles, rehabilitación física, luego ocupacional, por la desplazada de los dedos y la pérdida de fuerza… no solo en mi diestra, ¡también en mi esencia!

            Durante las terapias para recuperar movilidad y zanjar rigidez, además del dolor físico, conocí un poco más el padecer de la ‘…amada patria’, de muerte también ‘herida’.

            Allá interactúe con una amable y experta facultativa, su gentil auxiliar y varios pacientes. Compatriotas todos con lesiones, no solo físicas, también en sus mentes.

            Amén de los de la sección de inmaturos, donde la guapa y cariñosa terapeuta les estimula a los ángeles anticipados la estructura sicomotora para su mágica existencia.

            Lesiones corporales en todos causadas, por lo general en el trabajo, en sus respectivos y álgidos campos de batalla, en la aridez de la calle o al nacer antes de tiempo.

            Como el de esa aguerrida piloto alcanzada por esquirlas de un dron que estalló cerca suyo, afectándole su humanidad, en parte su carrera y tranquilidad espiritual.

            Ni qué decir de aquel joven, víctima de la delincuencia. No le dieron tiempo siquiera de reaccionar. Lo acuchillaron por doquiera cuando iba rumbo a su trabajo.

            Congenié con un jovial integrante de una orquesta. Se cayó de su patineta eléctrica en un bache vial al salir de un entrenamiento. Sufrió lesiones similares a las mías.

            Su mayor preocupación, porque tocaba con genialidad la percusión, es que la lesión no le afecte en el futuro su máxima aspiración, inherente a su vocación.

            Varias damas, entre estas una espectacular rubia, padecían de estrés y sistemas nerviosos alterados, producto, no solo de su labor, especial… por el acoso diario. 

            Tremendo lo de ese oficial quemado con gasolina por rescatar a otro que la imbuida comunidad secuestró y le prendió fuego al considerarlo contrario a sus idearios.

Párrafo aparte merece un joven que perdió en un accidente profesional parte de su torso superior derecho, incluido su brazo. Pese a todo, ¡sonríe a ratos!, ¡cual si nada!

Escuchando y viendo a estos pacientes, no solo me enteré de estas y otras de sus historias complejas; algunos las gritaban con un silencio más que elocuente y triste.

Les afloraba nostalgia social, en contubernio con calvarios afectivos, secuelas de sus desdichas. Entonces, allá concluí que todos ‘Enfermos del alma’**** andábamos.

Pero no solo los de esa sala de terapia. La patria desahuciada estaba, dividida de manera artera por unos que del dolor ajeno sus insondables y olorosos bolsos llenan.

__________________________________________

*Momentos idos, Compilación de narraciones románticas II, wrenciso, 2025, pág. 93.

**Amé en silencio, y en silencio muero, wrenciso, 2017, ‘El olor a la tristeza’, pág. 45.

***EL frío del olvido, wrenciso, Pukiyari, 2019.

****Enfermos del alma, wrenciso, Pukiyari,2018.

miércoles, 2 de octubre de 2024

El Colorado

 

Luego de haber ganado los anteriores siete combates, por ende, fama en la región por mi porte y bravura, en la octava me descuidé un instante, ¡lo reconozco! Fue cuando el Saraviado, al que tenía de un ala, voló sobre mí y me clavó su espuela en el pulmón. De ahí mi nuevo apelativo que poca gracia me hace: ‘¡el Pulmoniado! Prefiero el de siempre: ‘el Colorado’, que va con mi estampa y demás cualidades.

 Esa vez mi criador y entrenador, al verme herido y echando sangre por el pico, me alzó y zangoloteó de una manera brutal para que expulsara la que se me acumulaba en mis entrañas y evitar que me ahogara. Procedimiento diferente al que vi hacer a los amos de los siete que vencí en ocasiones anteriores. A estos, me pareció, que aquellos les ayudaron a morir ahí mismo.

—Lo salvé, no solo por su fama, ‘lidia’ y el dinero que me hizo ganar en todas sus peleas —le dijo a alguien en el corral de las jaulas en la casa del pueblo donde me ayudó a recuperarme casi por completo; menos mi canto que todos admiraban y me enorgullecía, ahora es ronco y produce risa; ni por completo el brío de antes, tal vez al faltarle aire a mis pulmones —. ¡Su semilla vale oro!

Desde entonces mi oficio es pisar cuanta gallina fina seleccionada me lleva para sacar ‘crías ganadoras’, como me dice cada vez que se aparece con alguna. Así lo hizo cuando me presentó a la Quica. Matrona pequeña, brava y admirable con quien nos emparejamos luego de recobrar algo de alientos y entender que jamás volveré al ruedo ni a tener peleas fieras. Si acaso con uno que otro volantón cuando se le da por enfrentarme o querer dormir en la rama que escogí desde mi llegada a este predio rural. Aunque todos ellos saben que por más que les hierva la sangre, que es la mía, que canten más fuerte y bonito que yo, que por más que quieran y valientes se crean, en franca lid de mis picotazos vivo ninguno saldría.

Por eso, al ir creciendo y volviéndose retadores, los regresa a las jaulas del pueblo donde, aunque por el reumatismo y otras dolencias ya no entrena gallo alguno ni volvió a las riñas, buen dinero por la venta de cada uno de mis hijos recibe, fuera de las montas que hago, por las que bien caro sí que cobra. ¡Tengo entendido!

A estos lares llegué en compañía de la Quica. Le escuché que nos trajo y liberó a nuestra suerte porque, cuando le comentaron que por aquí había runchos, comadrejas, culebras, rapapollos y hasta águilas, además de los gatos y los perros cazadores de la casa, dijo:

—Si se los comen es poco lo que se pierde. La Quica, aunque de estirpe y fama cuando joven, ahora es vieja, por lo que para la cacerola es carne dura. El otro, por su lesión en el pulmón, no es mucho lo que le queda. En cambio, si se adaptan y sobreviven, les abren el camino a los jóvenes que tengo en los corrales de la casa del pueblo. ¡Prueba y error, a menor costo y mejor proteína para sus crías!

Una vez nos liberaron, en efecto: los peligros estaban por doquier. Los humanos de aquella casa grande pronosticaban que de un momento a otro algún depredador nos comería. A veces le escuchábamos a la señora:

—Ojalá la Quica ponga huevos para dejar de comprarlos en el pueblo.

Por esto último, durante los primeros días, nos siguieron para saber dónde mi consorte se echaba. Eso sí, además de la cantidad de alimento silvestre que hay por aquí, mañana y tarde nos servían, y todavía, abundantes dosis de maíz. Además, siempre agua fresca en vasijas hay cerca de la casa principal.

La Quica y yo entendimos el juego y asumimos la situación y el riesgo en el que nos encontrábamos. Por lo que, en cuanto a los depredadores, además de hacerles el quite a unos, evitar a otros y enfrentar a dúo y a picotazo limpio a los ineludibles, seleccionamos un árbol cerca de la casa. A este, por lo alto y mi falta de respiro tras la pulmoniada, aún no me es tan fácil subir volando, como lo hace ella en el primer intento. Tras unos cuantos envíos al fin logro la rama más baja y de ahí, de brinco en brinco, las más altas y espesas donde atenuamos gran parte de los peligros nocturnos.

Como estábamos dispuestos a asegurar la camada, ¡la prolongación de nuestra especie!, escogimos un lugar distante y algo seguro para la postura de los huevos.

Los de la casa, aunque algo defraudados, de vez en cuando seguían a la Quica para saber dónde se echaba. Jamás entendieron nuestra estrategia de engaño para evitar que descubrieran el nido. Mientras ella se internaba en una especie de bosquecillo tupido, yo cantaba a grito herido, ¡literal!, por lo del pulmón agujereado, desde lo alto de un risco. De esa forma llamaba la atención de aquellos y le permitía a ella su escapatoria hacia un rancho abandonado a mitad de un lote cercano. Allá, bajo unos corotos en desuso, puso su primera gran camada.

Como los de la casa no se daban por vencidos en la búsqueda de los huevos, a mitad de nidada la Quica decidió quedarse allá, no regresar a la casa, tampoco a dormir en el árbol. En la noche los huevos quedaban totalmente desprotegidos.

¡Sacrificio admirable hizo esta pequeña pero valiente gallina!

Por los lados del rancho donde estaba el nido poco alimento había, tampoco agua. Lo que abundaba era el peligro, tan fuera de día o de noche; por lo que poco comía, ni dormía. Su pico certero con fiereza a toda hora esgrimía. En el día con mi fugaz presencia en algo le ayudaba y uno que otro refrigerio le llevaba… ¡era lo único que la Quica merendaba! Con mayor razón cuando cascarón rompieron los polluelos.

—Hace más de una semana que la Quica desapareció —escuché una tarde de esas cuando fui a comer maíz y tomar agua antes de intentar volar hacia la rama del árbol donde ahora dormía solo, aunque desde allá podía otear el rancho donde permanecía la Quica con mis semillas, ahora germinadas y hambrientas.

—Lo más seguro —comentó alguien—, algún depredador se la comió. ¡Qué lástima!

Sabíamos que teníamos que buscar el refugio de los de aquella casa. Aún eran muchos los picos por alimentar. Sin esa protección con dificultad lo lograríamos. Eran pocas las fuerzas y las carnes que le quedaban a la Quica. Además, los rapapollos y otros rapaces seguían atentos en el aire. Estos se alzaron dos de los polluelos y una cifra similar iba por cuenta de roedores y rastreros durante las dos últimas noches; pese a la defensa fiera que ella, día y noche, y yo en el día, hicimos para evitarlo.

Para el largo y peligroso desplazamiento con los polluelos hacia la casa principal escogimos, por estrategia concebida en nuestras molleras, la hora de la mañana cuando siempre alguien echa maíz en los recipientes y me llama para que vaya a comer.

La Quica tenía entrenados a los polluelos para tirarse al piso y extender sus alas entre las hojas cada vez que del cielo apareciese un peligro. Los cuales, esa vez, no faltaron. Tres veces hubo intentona de un gavilán que patrullaba por allí. Su silbido de muerte, en lugar de amedrentarnos nos envalentonó. Los polluelos se escondían entre la hojarasca. Ella y yo enfrentamos al rapaz con picos y espuelas a discreción. Aquel evitó una muerte segura si al menos se hubiese acercado.

Tal algarabía llamó la atención del joven amo de la casa principal. Él es el hijo del criador y entrenador, ahora retirado del segundo de estos dos oficios. Aguzó el oído al escuchar los graznidos, el piar y el cacarear. De inmediato llamó a su esposa para que lo acompañara a ver el:

—¡Milagro de vida! —como gritó la esposa al contemplar la desgarbada y famélica gallina Quica y los diez polluelos sobrevivientes que corrían rumbo al sitio del agua, junto al recipiente del maíz.

Me quedé cerca de ahí. Había cumplido en parte mi misión. Aunque sabía que en adelante nuestras vidas cambiarían; tanto la de la Quica, los polluelos, por ende, la mía.

—Esta gallina es una luchadora de miedo… ¡muy verraca! —le escuché decir al joven esposo, quien iba cogiendo uno a uno los polluelos, pese a la débil defensa de la desgarbada madre, para llevarlos a un corral donde los protegería mientras llamaba a su padre para darle la noticia y fuera a encargarse de estos—. Tuvo que haber defendido a muerte sus huevos y polluelos durante más de tres semanas que lleva desaparecida y la dimos por muerta.

Cuando llegó el cuidador llevaba una de las jaulas que tenía en su casa del pueblo, donde nací, me crie y mis heridas curé después de ser ‘pulmoniado’ por el Saraviado. Jaula en la cual, desde entonces, tienen a mi Quica, ya recuperada y fiera como siempre. Aunque ya no me permiten que la pise, ahí sin falta pone sus huevos, sin mi semilla. Estos los consumen los de la casa que nos salvaron.

Eso sí, desde la mañana, cuando bajo de la rama del árbol, al cual cada vez me es más difícil subir, y durante casi todo el día, siempre estoy cerca de ella, cuidándola y acompañándola, alrededor de su jaula… excepto cuando traen del pueblo alguna nueva matrona o ponedora para lo del negocio familiar.


lunes, 2 de septiembre de 2024

En un Juan Valdez

 

Agradecimientos a estas personas por su autorización

14-08-2024

Desde cuando el peso de sus calendas se les convirtió en la mejor de sus galas; que hasta remplazó el esfuerzo de sus palabras y caricias, ahora incómodas, obsoletas y consideradas necedades por quienes orientaron sus vidas con estas; cada vez que tienen oportunidad… incluso, cuando no, so cualquier pretexto se escapan para ir al centro comercial cercano.

Parecen viejos adolescentes recién ennoviados. Entienden, sin decírselo, ¡qué más da!, que, en la práctica, más ahora y con mayor razón en adelante, solo se tienen el uno al otro.

—Pa las que sea, mi por siempre amada Prudencia Lucía —le dice, como ahora, cuando las tribulaciones, sobre todo las familiares, amén de las sociales, económicas y de salud, suelen presentárseles, cada vez más seguido y con fiereza—. Mientras tengamos aire en los pulmones y fuerza para movernos con independencia, que ojalá jamás nos falte el café de nuestra tierra… ¡de origen!

Allá, en un Juan Valdez, donde, además, de vez en cuando Ignacio de Jesús Benavides cita a sus amigos de antaño y a uno que otro de letras para hablar de lo que sea, aquella pareja ignota refugia su solera entre la atafagada y anónima multitud; a esa hora y en ese lugar casi todos coetáneos.

Al calor del late con leche descremada, sin azúcar y con canela molida, el que siempre piden cuando van por allá, también calientan sus almas con la satisfacción de, ¡pese a todo!, haber hecho poco o mucho a lo largo de sus vidas.

—Eso sí, ¡honradamente y para nada fácil! Aunque nadie lo reconozca, mucho menos lo valoren, ni siquiera quienes de nuestro gran esfuerzo e innumerables privaciones se beneficiaron en su momento.

—Mira, Nacho, en la medida de las circunstancias y con lo que tuvimos nosotros cumplimos con lo que nos correspondió y pudimos. Lo que no, por lo que haya sido… ¡pues no y ya!

—Así es… y aplica para todos, menos entre los dos.

—¿A qué te refieres?

—Prudencia, a estas alturas… me duele reconocer que será difícil llevarte de paseo a París y al crucero por el Danubio, como te lo prometí antes de casarnos.

—¡Que importa, viejo terco! ¡Qué mejor e intrépido viaje que este que iniciamos por allá en agosto del 76! Estoy feliz con los que hemos hecho por aquí cerquita… sin necesidad de estresarnos sobrevolando semejante masa de agua.

—¡Te amo!

—Sabes que yo igual… aunque casi nunca te lo diga.

—Lo sé. Nacimos el uno para el otro. El destino nos sentenció para estar juntos y acompañarnos para siempre, tanto en este como el siguiente periplo que, seguramente, emprenderemos al tiempo… ¡eso espero!

—Lo que sea, Ignacio, ¡lo que sea! Pero, en lugar de ponerte trascendental… ¡toma tu café antes de que se enfríe y pierda su exquisitez! Para ver a las carreras paisajes, montañas, mares y ríos lejanos… y bien caro, me basta y conformo con los que he disfrutado por estos lares… y sin tanto afán.

—¡Gracias, amor!