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viernes, 18 de septiembre de 2026

El viejo sale caro

 

Esta vez el más joven (¡o menos rancio!) llegó primero a la banca de siempre. Cuando no era a la par, quien lo solía hacer era el mayor de aquellos setentones. De no llover, sin falta cada uno hacía cuarenta y tantos minutos de caminata matutina por el parque y finalizaba con una tanda de estiramientos recetados.

Allá se conocieron más de diez años atrás cuando, con algo de fatiga, terminaron la primera dosis prescrita.

—«Tiene que caminar, y a buen ritmo, al menos cuarenta minutos y hacer estiramientos al final, para evitar que se le endurezcan las articulaciones y le avancen o aparezcan otras maluquencias, ¡propias de la edad y el sedentarismo del pensionado!»

Cada uno recordaba lo que le enfatizó su respectivo internista al consultarlo tras las primeras maluquezas asomadas unos meses después de jubilarse y sentirse achacoso, amén de estorboso.

Por esta última razón, el sentirse estorbosos… o que así les hacían sentir en sus respectivos apeñuscados apartamentos los amañados allegados que aún vivían con ellos, tras la caminata y los ejercicios a veces duraban ‘garlando carajadas’ ahí, ‘amojonados’, casi hasta el mediodía.

Hablaban y despotricaban de todo, sobre todo de los temas en remojo o de los que se ponían de moda y eran noticia o titulares desinformativos:

—Más que encaminados para atembar conciencias, ¡aún más! —solía rematar el más viejo.

De vez en cuando se comentaban que algunas jovencitas (aquellas que tuviesen menos años que ellos), cada vez con más indiscreta y hasta por demás descarada manera, al enterarse de que eran pensionados les coqueteaban y les hacían insinuaciones, no solo amorosas, sino libidinosas y sin siquiera preguntarse ni menos preocuparse en si eran o no casados o si vínculos afectivos con alguien tenían.

—¿Qué atractivo podrán atisbar en nosotros esas ‘muchachitas’?

Le preguntó alguna vez el menos viejo al otro cuando la cuarentona del apartamento de enfrente de la banca donde solían llegar comenzó a abrir su ventana y a colocar la canción ‘Senderito de amor’. Cuando terminaba la tonada salía al parque, siempre ataviada con prendas deportivas más que ajustadas, quizá para llamar su atención. La cual, al parecer, nunca obtuvo de ninguno de ellos.

—A estas alturas, compañero de caminatas matutinas, nuestro único atractivo lejos está de ser la escapada lindura de nuestros envejecidos y desgastados físicos. Tampoco les viene a importar si todavía aquel amigo nos funciona bien o no.

—¿Entonces?

—Ellas solo se fijan en nuestras mesadas que, de hacerles siquiera un tilín de caso, pleitearían y hasta heredarían cuando estiremos la pata —refunfuñó el mayor.

—Con los consabidos problemas que esto les acarrearía a nuestros allegados.

Cuando el más joven llegó esa mañana, por demás despejada, soleada y con brisa refrescante, se extrañó al no ver por ningún lado al más viejo, ni siquiera en el sendero por el cual aquel solía llegar, casi siempre primero que él.

Cerca de una hora después lo atisbó a lo lejos, precisamente cuando se levantó y se disponía a regresar a su domicilio. Entonces, sonrió, se sentó y lo esperó los treinta y tantos minutos que esa vez demoró en llegar, más casi otro cuarto de hora mientras aquel hizo de manera acelerada las tres recortadas rutinas de estiramientos, justo cuando la vecina aquella les colocó, una vez más, ‘Senderito de amor’.

—Pensé que no me esperarías —le dijo al terminar la rutina, enjuagarse el sudor y beber de su vítrea cantimplora el agua enriquecida con calcio y colágeno.

Suplementos estos, de al menos seis o siete más que tomaba en casa, también recomendados extra consulta por sus especialistas que lo atendían de cuantas dolamas que a diario le aparecían... o se inventaba. Peor, todavía, que al saber de alguien que decía que de aquello otro sufría, al rato él también creía padecerlo o que de verdad recién le amanecía.

En una cantimplora parecida el más joven también solía llevar preparados similares sugeridos o recomendados, cuando no era por alguno de los médicos que lo atendían, por un familiar o un amigo. Como aquel del parque a quien ya le sentía un afecto fraternal entrañable, más, todavía, al ser correspondido. Los dos así lo experimentaban, aunque nunca de palabra lo comentaban.

—El viernes pasado acordamos que hoy lunes, de no llover a chorros, como todo este mes, nos encontraríamos e iríamos a tomar café. Por eso viene… pese a todo. ¿Cómo te iba a incumplir la cita?

—Luego… ¿qué te pasó?

—Cuando nos despedimos el viernes tenía en progreso un ligero malestar estomacal.

—¡Ah, carambas! ¿Qué era? ¿Fuiste al médico, me imagino?

—Te acuerdas cuando te conté que, ante tantas deficiencias y malas atenciones de mi dispensario formal, me afilié al plan complementario de salud que me recomendaste hace tiempo.

—Sí, me dijiste que lo hiciste, entre otras cosas, porque, también, además de las nuevas restricciones que autorizó el gobierno para dañar, aún más, esa prestación vital, tu dispensario queda al otro lado de la ciudad y es toda una odisea y un gran riesgo, además de costoso, ir hasta por allá. Mientras que el servicio complementario privado, aunque bastante caro, por lo que dices y me consta, cuenta con un centro médico de nivel medio de especialistas a unas cuadras de donde vivimos. Pero ¿entonces?

—Pues, que la tal molestia esa se hizo tan insoportable después de almuerzo, por lo que decidí pedir una cita prioritaria por medicina general para que me viera un médico en ese centro asistencial, por cuenta del plan complementario; el mismo que tú tienes.

—Me imagino que, si la molestia era ‘tan insoportable’, como dices, el pensar en atravesar la ciudad para ir a tu dispensario te hizo tomar tal decisión… así te tocara pagar la consulta extra.

—¡Exacto! Además, con la posibilidad de que, allá en el sanatorio al cual voy desde muchacho, no me atendieran o no hubiese cupo prioritario o me mandaran para urgencias y por mi cuenta al hospital central.

—Como suele pasar… además de tener que atravesar la megaciudad, esta vez, no de norte a sur sino de este a oeste, para ver si por urgencias les da la regalada gana de atenderlo a uno... por lo general cinco o seis horas después; si es que se cuenta con suerte. Bueno, pero, entonces, ¿cómo te fue en este centro de atención complementario que te recomendé?

—Me atendieron pronto, desde luego, tras pagar el bono de la extra…

—¿Qué te encontró el médico?

—Que algo que comí entre jueves y viernes me intoxicó.

—De cuidado, de todas maneras. Me imagino que ahí mismo te estabilizaron…

—De inmediato. Me ordenaron e hicieron exámenes de sangre, orina y coprológico, ¡también con cargo extra, pero rápido, eso sí!

—¡Qué te encontraron?

—Un bicho en gestación. Pero me canalizaron y me dejaron esa noche y el sábado en observación. Salí en la tarde, mucho mejor, desde luego, por efecto de los medicamentos que me ordenó el gastroenterólogo y que sigo tomando… Hoy ya estoy bastante recuperado, como lo puedes ver.

—Si hubieses ido a tu servicio médico oficial, el de siempre, el que te corresponde, tal vez la recuperación se hubiese demorado un poco más.

—Con seguridad… todavía estaría esperando la asignación de cita por medicina general. O si me hubiese ido por urgencias al hospital, ¿quién sabe si habría pasado más allá del sistema de selección y clasificación de pacientes? Al menos me habría demorado unas ocho o diez horas para que me atendiera el especialista. Ni qué decir para lograr la autorización de los exámenes y los procedimientos que requería de urgencia y que me hicieron de inmediato al otro lado, ¡pagando!, en el centro médico privado del plan complementario.

—Pero, bueno, al menos tienes ese sistema alterno que te sacó de apuros, aunque hayas tendido que sacar unos cuantos billetes de tus preciados ahorros para la cita…

—También, para todos los procedimientos que me hicieron y los medicamentos que me aplicaron. Esos no los cubre dicho plan, salen del bolsillo de uno. Solo se los hacen y dan hasta cuando uno pasa la tarjeta.

—La de los ahorros.

—Sí, la de los ahorros depreciados. Estos cada día disminuyen al no haber de dónde ni cómo aumentarlos, porque la mesada, que no crece como los precios de las cosas, es cada día más flaca. Esta ni siquiera alcanza para lo del gasto básico.

—La mesada nos aumenta cada año lo del Índice de Precios al Consumidor.

—Cifra que, en la práctica social, al menos en nuestro caso, como lo hemos comprobado año tras años desde cuando nos jubilamos, está lejos de la realidad.

—En esto coincido contigo. No me explico por qué a los pensionados no nos aumentan de acuerdo con el verdadero crecimiento desbordado de la canasta familiar.

—La razón de la sinrazón del sistema y la economía la han dicho de una y otra manera, siempre con eufemismos, por lo general dolorosos cuando uno los entiende.

—Entiendo que es porque somos viejos que ahora no aportamos y, en cambio, cada día deben gastar más en nosotros.

—¡Qué descaro después de toda una vida de contribuciones al sistema y a la economía!

—Entonces, resulta que ahora el viejo sale caro, peor si es pensionado, porque hay que seguirle pagando lo que pagó con creces y desde joven.

—Dura y triste realidad, amigo. Pero no solo les salimos a deber al sistema y a la economía; a los que les servimos y soportamos durante más de cincuenta años, mientras nos consumíamos en vida sin darnos cuenta ni rezongar siquiera.

Los dos veteranos callaron, al tiempo que suspiraron. Lo hicieron, tal vez, para escuchar la última estrofa de la tonada escapada a través de la ventana del apartamento ubicado a unos metros de la banca del parque donde ellos estaban:

Amor, senderito del alma / Que vives en mi corazón / Sin ti yo he perdido la calma / Senderito del alma, senderito de amor.  

—Me imagino que estás pensando —minutos después reanudó el menos viejo al percatarse de que la cuarentona había cerrado la ventana—… porque te conozco, que también te refieres a la familia y a los allegados a quienes, además de salirles caro el viejo por tener que estar al tanto… ¡nos les volvimos achacosos y estorbosos!

—¡Triste, dura e inexorable como injusta realidad!

Volvieron a quedar callados durante otros cuantos minutos. Momento cuando aquella ‘jovencita’, la vecina de la ventana de enfrente, la de las prendas deportivas ajustadas al cuerpo, ¡sensuales!, pasó y los saludó con desbordada coquetería. Como lo hacía cada día que, al verlos juntos en la banca, después de aquella tonada que al más viejo le evocaba su niñez al lado de su madre quien solía cantarla a diario, salía de su apartamento a su supuesta práctica. Que solo la hacía cuando los dos viejos aquellos por allí aparecían.

—Pero, bueno, entonces tu demora… ¿me imagino que hoy madrugaste a cita de control? —retomó el más joven, una vez le correspondieron el saludo a la cuarentona, como siempre, apáticos y sin miramiento alguno... ¡al parecer!

—No. Esa cita la tengo allá mismo para este miércoles; la pedí para después de nuestra caminata matutina. El médico quiere valorar cómo evoluciono con los medicamentos que me recetó para tomar en casa. De igual manera, de mi bolsillo.

—¿Entonces?

—Madrugué y me fui para que me vacunaran contra el Herpes Zóster… allá mismo. Por mi cuenta. Imagínate que cada dosis cuesta un millón y piola y son dos. La segunda tiene que ser en menos de seis meses.

—¿Era urgente o esta tiene que ver con el mal de estómago que te dio? Acaso, ¿tal inoculación no daba espera?

—En absoluto, no hay relación directa entre la maluquera gástrica y la tal culebrilla, como le dicen a este otro bicho maloso.

—Entonces, ¿por qué te vacunaste allá, tan a prisa, sin esperar a que te la aplicaran gratis en tu dispensario asignado, el que te corresponde en tu calidad de pensionado?

—La inmunización contra este otro bicho tan terrible como común en esta sociedad subcontinental, ¡el Zóster!, tampoco la cubre el sistema de salud regular al cual pertenecemos, no solo los pensionados, tampoco aplica para los afiliados activos, ni para sus beneficiarios, ¡menos para la población en general!

—Pensé que, al ser un virus tan agresivo y cada vez más presente en la sociedad, esta hacía parte del esquema de vacunación vital gratuita.

—Desafortunadamente no. A veces hay campañas, muy esporádicas y poco publicitadas. La razón debe ser, me imagino, el lucro y el beneficio desproporcionados para los pocos privados que la ofertan y a tan onerosos precios; como en casi todo lo de salud en este país.

—Eso debe ser, ¿quién sabe? Pero… ¡un momento! ¡No entiendo!

—¿Qué?

—Si el mal de estómago que te dio poco o nada tiene que ver con el Herpes Zóster, entonces, ¿por qué te vacunaste tan de inmediato? Además, ¡pagando semejante precio y por partida doble!

—Sencillo.

—Te escucho.

La cuarentona, contoneándose con sensualidad, volvió a pasar cerca de ellos. Olía a flor de cera, casi visible, cual vaho verdoso que solía dejar a su paso*. Mas, esta vez tampoco ninguno le respondió siquiera la sonrisa. La ignoraron… o eso fue lo que, sin ponerse de acuerdo, intentaron hacer.

—El apartamento de aquí al frente donde ahora vive esta moza que nos serenatea cada que llegamos aquí le pertenecía a un personaje que trabajó conmigo los últimos treinta años —soltó de repente el más viejo.

—Algo al respecto me habías dicho.

—Ella ignora que yo lo conocía. Esta historia la supe por otro compañero de trabajo que me encontré en el dispensario y me la contó.

—Tal y como me compartiste hace algún tiempo, tu alebrestado excompañero sí le siguió el jueguito a esta ‘muchachita’.

—Al ser viudo, como nosotros, cuando la conoció en este mismo parque, se peleó con sus allegados y se la trajo a vivir con él.

—Poco tiempo después estiró la pata y ella heredó, no solo su mesada de retiro, también ese apartamento.

—Tal cual. Así lo determinó el juez, basado en que ya llevaban cerca de cinco años de convivencia conyugal.

—Me imagino que ahora, con la pérdida del poder adquisitivo de la mesada, el alza en la administración y los impuestos del apartamento y, en sí, en todos los gastos que debe tener, estará pensando en aumentar ingresos a costa de otro jubilado.

—Debe ser. Espero que ese no sea ninguno de los dos.

—Volviendo a lo de tu vacuna…

—Sí, disculpa. Pensarás que te estoy dando rodeos para no contarte la razón por la cual me vacuné lo más rápido que pude para evitar riesgos al respecto.

—Ni más faltaba. Te escucho. ¿A cuales riesgos te refieres?

El más viejo se despachó y le compartió las vivencias que tuvo durante su estadía en la sala de recuperación y observación del centro médico de medicina del plan complementario donde le trataron la insipiente disentería. Le hizo énfasis en tres casos relacionados con pacientes víctimas del Herpes Zóster, uno de los cuales concluiría en tragedia.

—Es decir, si te entiendo, que, de los tres pacientes, uno de ellos falleció.

—Se suicidó allá mismo ante semejante ardor insoportable.

—Esto me lo tienes que contar con detalles.

—Mientras vamos hacia la cafetería a tomarnos el late que te ofrecí el viernes te resumiré las tres historias.

—Entonces, vamos, antes de que la ‘muchachita’ aquella vuelva pasar por aquí contoneando sus caderas.

—Sí, vamos, evitemos tentaciones insondables.

Durante ese viernes en la tarde y parte de la noche, igual, durante la mañana del siguiente día, el más viejo compartió con varios pacientes que estaban esperando ser atendidos, unos, en observación de evolución, otros, así como en convalecencia recuperativa las tres víctimas de la culebrilla.

—El más grave de todos, tal parecía por los sufrimientos que eran más que evidentes, vendría a ser un sesentón a quien el virus le floreció en la nuca, le recorrió la parte izquierda de su cabeza y le ‘reventó’, expresión usada por el mismo cuando me compartió su martirio, en su frente a la altura de su ojo.

—Tuvo que haber sido insoportable.

—Tanto, mi querido amigo, que no resistió y antes del amanecer del sábado, en un descuido de las enfermeras, se lanzó por una ventana desde el tercer piso al sótano.

—¡Qué terrible!

—Desde mi cubículo en el quinto piso alcancé a escuchar la algarabía.

—Entonces, es verdad lo de aquel padecer… según dicen, que es insoportable.

—Sobre todo cuando, como en su caso, le dejan coger ventaja al virus, por lo que, en menos de veinticuatro horas, en algunos, alcanza el clímax de la desesperación.

—Debió haberse puesto en manos de un médico tan pronto le aparecieron los primeros síntomas.

—Lo intentó.

—¿Entonces?

—Pues que, en su dispensario, como en casi todos los que operan en este país, la cita para ver a un médico toca pedirla por una aplicación por completo, no solo que es deshumanizada, sino demorada, engorrosa e ininteligible para nosotros, los viejos.

—En eso estoy de acuerdo. Es muy frustrante para uno tener que seguirle el hilo a esas aplicaciones que lo pasean de una opción a otra… que ni siquiera le permiten a uno entender cuál es la instrucción dada. Por lo que casi siempre lo regresan al comienzo, cuando no es que se corta la llamada.

—Fue lo que le pasó a ese paciente. Cuando le aparecieron los primeros síntomas intentó pedir cita… y en esas se gastó tres días. En síntesis, cuando por fin decidió pagar la complementaria, el nervio comprometido estaba afectado casi por completo.

—Pero, entiendo que alcanzó a que lo viera y medicara el doctor de la complementaria.

—Sí, hasta ese viernes en la tarde… pero, como te digo, aunque le comenzaron a dar medicación y terapia para el dolor, cuando la culebrilla pica en la cabeza, peor si llega a la cara… uno no alcanza a imaginarse el desespero… por eso, por más medicación y terapia, a la madrugada tomó aquella decisión fatal.

—Me decías que similar situación, en cuanto al virus ese, padecían otras pacientes en aquel centro médico complementario de servicios asistenciales.

—Aquellas veteranas, no sé si en algo les sirvió ser mujeres…

—En las mujeres, tengo entendido, el umbral del dolor es más alto, por lo que soportan mucho más que nosotros, dizque los del sexo fuerte.

—También les pasó algo parecido…

—En cuanto al virus…

—No solo que se les desarrolló de un momento a otro…

—¿Cuál es la causa?

—Según los médicos, todos, tras los cincuenta o sesenta años, cuando las defensas comienzas a flaquearnos, estamos propensos a desarrollarlo. En especial si de niños o jóvenes nos dio la varicela, se padece del VHI, del cáncer o si se ha recibido alguno órgano mediante un trasplante.

—¿Cómo sabe uno si sufrimos alguna vez de varicela?

—A esta edad es difícil recordarlo o que alguien nos lo confirme. Por eso, para evitar los padecimientos que vi y me contaron entre viernes y sábado, la mejor opción es pagar las dos dosis de la vacuna. ¿Ahora me comprendes?

—Había escuchado algo al respecto y, desde luego, no solo te comprendo el motivo para hacerte vacunar, también, que acabo de tomar la decisión de hacer lo mismo… por si acaso, uno nunca sabe.

—Nunca se sabe, es verdad.

—Pero, por favor, cuéntame algo más sobre los síntomas, por si en algún momento uno o alguien cercano los experimenta y poder tomar a tiempo la decisión de ir rápido al médico.

—Hasta donde me contaron aquellas personas que conocí en el centro médico, se comienza con una sensibilidad irresistible en todo el cuerpo, con énfasis en la parte o costado donde se desarrollará poco tiempo después, algo menos de una semana.

—Que es cuando, si no se está vacunado, es mejor consultar de inmediato en su respectivo dispensario o ir a urgencias a un hospital.

—El problema es, como les pasó a los pacientes de los que te estoy contando, que, para pedir cita, empezando por medicina general, ni qué decir con especialistas como el neurólogo, los dispensarios hacen todo lo posible para que el paciente, peor si es viejo, se le dificulte el acceso y mucho mejor, y más económico, si nunca se le atiende ni se le formula.

—En ese caso… dadas las circunstancias, hay que ir a urgencias…

—Donde, además de someterlo al humillante y engorroso proceso de clasificación de pacientes según la maluquera, algo le dan. Pero por no ser de vida o muerte el tema, lo remiten a consulta externa donde… vuelve y juega la pedida de la cita. Como lo hablamos al comienzo de esta charla que iniciamos en la banca del parque.

—De acuerdo, amigo. Ahora entiendo la razón por la cual, no solo te fuiste por la atención privada para que te trataran ese mal estomacal, también, el motivo para hacerte vacunar contra el Herpes Zóster tan rápido y pagando semejante precio.

—Mira, para concluir, ya que este tema no lo quiero continuar mientras nos tomamos un cafecito cuando entremos a esta cafetería, una sociedad donde el viejo se convierte en, además de pereque y estorbo: ¡en un costo!, poca o ninguna posibilidad tiene de reorientar su senda. Nos encaminamos a la sin salida, mi amigo del alma.

—Plenamente de acuerdo contigo, querido viejo.

*Historias guardadas, Enciso, Wilson Rogelio, wrenciso, 2023, pp. 54, 58, 101 y 119.

sábado, 1 de agosto de 2026

Narración romántica No. 178

 

Irene, diosa griega*

Confieso que al leer una historia armo en mi mente la figura y compostura de los personajes. Echo mano, en parte, de las descripciones de los autores. Por lo general, tales fantasías suelen cautivar mi ensoñación; a tal punto que, no pocas veces, de estas quedo prendado. Sobre todo, cuando son protagonistas de alguna de las obras de la inmarcesible literatura universal y, con mayor placer, si de la griega antigua se trata.

Acomodo a criterio y placer las facciones y personalidades que de pronto el magno autor dejó de estos para que lo lectores se los ingenien. O que estando narrados al detalle me parecen que podrían tener este o aquel otro retoque para mi recóndita fascinación. Tal vez, por mi exigente pasión, casi nunca, o me fue intrascendente hasta ahora, me topé con un ser real que se pareciera a algunas de mis más que guardadas quimeras.

Sin embargo, mientras sangre nos fluya por las venas, para todo habrá siempre una primera y ensortijada vez.  

De las más apreciadas y escondidas creaciones que mi mente ha gestado, está aquella desde cuando me embarqué en el más sublime de los poemas épicos rumbo al Jónico. Piélago que aquella virtuosa de la fidelidad conyugal, desde su encrespada isla contempló durante veinte años a la espera de ver aparecer el barco de su amado marido. Solía hacerlo tejiendo y destejiendo la tela para evitar los arteros lances del ejército de sus aciagos pretendientes.

Divina creación pincelada en letras como una de las mejores de las acuarelas que haya escrutado en obras literarias. Por mi manía de retocar personajes, en mi mente ideé a la esposa del rey de Ítaca como una beldad sin parangón... y solo para mí, los dos a solas en los socavones del hedonismo.

Jamás imaginé que alguna vez me toparía con un ser real que a mi literaria fantasía representase tanto... ¡y de qué mágica manera!

Pero... así fue, y precisamente ocurrió durante la celebración virtual en un cumpleaños que un grupo de amigos de letras, de al menos tres continentes, le hicieron a la escritora, poeta y traductora griega Irene Doura-Kadavia, residente en Atenas. Evento al cual fui invitado.

En algunas ocasiones similares, vía Internet, habíamos coincidido. Sin que en esas oportunidades a mi observación hubiese, del todo, pasado inadvertida. Algo del bucle de su luz, entonces, alcancé a vislumbrar y, en principio, hasta llegué a fantasear con mi vieja creación de musa helénica. Eso sí, sin dejar que tal entelequia se asomara siquiera a las pupilas de la cárcel de mis sentimientos, donde hasta entonces pernoctaba.

Pero, esta vez, cuando fue la protagonista del evento, sin poder esconder su asombrosa figura y atributos intelectuales entre las imágenes difusas de los demás participantes que titilaban en la pantalla del procesador, tuve la develada certeza de que aquella diosa griega existía, además, con el nombre que hoy más que nunca el mundo necesita y aclama: Irene, la mensajera de la paz. 

*Foto cortesía de Irene Doura-Kadavia, Atenas, Grecia.

lunes, 1 de junio de 2026

Aquel día

Que al final de los adioses del olvido alguien disperse por doquiera mis cenizas, para que la brisa que besa el Alto del Vino se impregne con sonatas, versos y sonrisas…

Bucólico paraje donde, en una lomita, ¿recuerdas?, quise hacerte un tibio nido, para encerrarnos allá, en soledad furtiva, a gritar con letras y besos este amor vivido.
Esa tarde, al final de los adioses del olvido, prohibidas quedan misas, coronas y tristezas. Que sean frases de mis autores preferidos las galas de mi alegre y eterna despedida.
Aquel día, que nadie sufra ni llore mi partida. Que del todo, de este mundo no me habré ido. Escrita quedó nuestra historia… con sus heridas, junto al sinfín de momentos gratos compartidos.
Que al final de los adioses del olvido alguien disperse desde lo alto mis sentires. Que lo haga allá, donde quise fabricarte un nido, para arruncharnos, escribir, y ser aún más felices.

¡Que nadie esté triste ni llore mi partida! Ahí, en cada letra que escribí, plasmé mi vida, esa que, gracias a ti, amada mía, tuvo sentido. De no ser así, nada en mí igual hubiese sido.
Aquel día, que todos tiriten, pero de alegría. Que entonen lindas canciones y bellas poesías. Que evoquen siempre las historias que un día… ¿recuerdan?, les escribí e hice pasar por mías.
Para que entre la neblina sea mi postrer destino, que alguien verseando a Neruda disperse mis cenizas. Que lo haga desde la casa centinela del Alto del Vino. Así volarán mis letras en la rima del frío con la brisa.
Prohibidos quedan rezos, llantos, flores y flaquezas. Aquel día, quiero sentir en el aire el poema de tu voz. Que el frío viento se lleve en sus alas nuestro amor y les cuente a todos que fue un idilio de mágica belleza.
Que alguien disperse por doquiera mis cenizas…

miércoles, 8 de octubre de 2025

De esos besos...

 

Embelecos del destino hoy tu recuerdo trajo. Te creía olvidada, ida, ausente, lejos. De nuevo tu perfume mi alma conquistó. Ese, tan tuyo… de infinita y jamás prodigada entrega.

 ¡Seductor efluvio que irradias, tal vez sin darte cuenta!

 Evoqué este día… ¡Bendita fecha esta! Chispeantes atardeceres de julio cuando, sin compromiso alguno, ¡qué bien que la pasamos!

 ¡Momentos, como aquellos, ninguno!

 Tal vez este lánguido susurro que emana de mi añoranza añeja llegue hasta ti cual brisa errabunda y te robe un beso…

 ¡De esos besos prohibidos! ¡De esos con sabor a amigo!

 De esos besos transparentes, y nunca dados. De esos que quedan labrados con pasión indeleble en las tibias rinconeras del olvido.

 ¡En las meras intenciones que tuve de hacerte mía!

 Entonces, tal vez, quizá, me extrañes, como yo a ti, o te haga falta, como tú a mí. ¡Insoportable ausencia en los años idos!

 ¡Irreversible presencia de intenciones fallidas!

 Tal vez este lánguido susurro, yerto, frío, que emana del recuerdo ido y las pasiones rotas, que nunca fueron, alcance tu regazo, devore tu boca…

¡Te robe un beso… de esos besos que nunca fueron!

viernes, 5 de septiembre de 2025

Poda de capullos

 

Esta historia hace parte de 'Momentos idos, narraciones románticas II'

La poda de capullos, de brotes que crecen hacia afuera o con características parasitarias, así como de flores y ramificaciones avejentas o enfermas se hace para favorecer la floración, crecimiento y, en general, la salud de las plantas. Además de prevenir enfermedades, se busca garantizar que sus siguientes retoños, flores y frutos tengan mayor energía, crezcan saludables, duren y produzcan más y mejor.  

Proceso que implica, desde luego, además de nutrientes y riegos inherentes, hacerlo en el momento preciso, con los utillajes y en los lugares adecuados y, sobre todo, mediante un corte limpio y preciso para evitar dañar, deformar o contaminar la esencia de la planta. Práctica válida y justificable solo en esta especie: la flora, no en otras, menos si se trata de la humana.

Con una poda adecuada es posible, de ser, por ejemplo: rosas, geranios, lavandas, petunias, pensamientos, alegrías, dalias, fucsias, magnolias, tulipanes… mantener y disfrutar de un jardín sano, con hojas y flores hermosas y abundantes durante gran parte, o estación, del año y por un tiempo más largo.

¿A quién no le gusta ver y estar en contacto directo con un vergel florecido y con esmero y cariño cuidado? Ojalá se tuviese por siempre alguno cercano para la inspiración y el extasío. Profundo respiro del alma que a sus tristezas propician calma.

Bueno, ¡sí!, no dejan de haber por ahí algunos elfos a quienes estas maravillas de la naturaleza, y otras más, les disgusten, incomoden, generen repelencia o afecten de una u otra manera sus frondíos intereses. Sinrazón por lo cual prefieran o dispongan por interpuesto jardinero tartufo o maderero alquilado, no solo arrasar los capullos, las flores, los jardines, los bosques y hasta las selvas vírgenes que les incomoden o se opongan a sus objetivos particulares, para extraer su esencia, su leña, para sembrar en su lugar las yedras de la destrucción y la maldad, con tal de engrosar sus billeteras e inflamar sus carcomidos sentimientos megalómanos, bajo la mampara de entelequias como las del «libre mercado, crecimiento equilibrado, desarrollo económico armónico, la paz de las naciones y el bienestar general»; como suelen pregonarlo con gran cartel los beneficiarios e interesados y lo defienden a tajo y sesgo las organizaciones y carteles por estos mismos creados y patrocinados.

Es preciso insistir: poda de capullos justificable única y exclusivamente en la flora y con los propósitos mencionados. Jamás lo será para ninguna otra especie, mucho menos tratándose de seres humanos.

Sin embargo, con tristeza, al investigar y leer sobre los peores genocidios que ensangrientan la historia humana, cada vez más seguidos y virulentos que los horripilantes e injustificables de antaño, pese a que la mayoría pudo ser documentada (maquillada) por los ganadores, con las justificaciones de sus desmanes y debacles, o mantenida y ajustada por sus descendientes y seguidores para continuar disfrutando del heredado como supurante botín o del destilado salarial respectivo, el lector juicioso y objetivo (no alineado, alienado ni beneficiario directo, indirecto o a sueldo al servicio de alguno de estos) encontrará infinidad de ejemplos que involucran más que perversas podas de capullos de la más preciada y delicada especie existente sobre la faz de este puntico azul del universo, en préstamo por un ratico cósmico: ¡la infancia! Estos capullos, más que inermes, confían con ingenuidad en la sensatez y honestidad de los adultos, sin siquiera imaginarse el monstruo despiadado y cruel que puede agazaparse dentro de algunos. Peor cuando son poderosos, se vuelven intocables y han sobrepasado en la pirámide de las necesidades el último de los escalones, cayendo abruptamente hacia el del refocilo visceral (ese que Maslow dejó de mencionar, y es entendible) que les genera la devastación de sus congéneres…  y entre estos sufran más, tengan menos, se trate de niños o hayan sido desposeídos, mayor es el infame y corrosivo placer que les produce la sangre ajena derramada.  

Entre una infinidad de casos, por citar solo unas pocas de estas infames podas, encontramos la, vuelta Testamento, alabanza y cántico, ordenada por aquel emperador romano para salvaguardar su corroído trono e imperio en decadencia. O las de los infames campos de concentración para ‘depurar la raza’ y aniquilar a los sin casta. Ni qué decir de los quemados con napalm en desarrollo de la Teoría del Dominó, así como las de los brutales enfrentamientos en patios ajenos entre poderosos como intocables osos de un lado y otro; cada uno a la siga inicua del control geoestratégico, cuando no en el Gran Oriente Medio, en Europa Oriental, en Asia marginal, en África, en Latinoamérica y doquiera sea que queden recursos por explotar, saquear y a la gran potencia llevar; como oro, plata, diamantes, cobre y otros tantos y tantos erarios sisados durante la erosiva época de la fragosa Colonia, en países a uno y otro lado del majestuoso como insondable Atlántico, así como los ubicados entre el hechicero Índico y el atronador Pacífico.

También lo son, con similar sordidez y desfachatez, las miserables podas de las guerrillas, grupos ilegales, ortodoxas facciones religiosas o dogmáticas que arrancan capullos de sus empobrecidos entornos para llevarlos a sus parcelas horrorosas, donde los entrenan, aleccionan y alienan, lejos de sus vergeles mientras crecen. De allá luego los sacan y ponen a batallar (y morir) en contra del enemigo que les inculcaron. Mientras que los aleccionados y bien pagos generales de la muerte de los ejércitos que enfrentan, pese a saber que su enclenque contrincante tiene de carne de cañón a tales infantiles capullos engrupidos, en supuesta defensa de la democracia, el orden establecido (por sus agazapados y orondos amos detrás del poder), la religión o los dogmas respectivos, disparan a discreción, bombardean sin contemplación y esparcen o escombran en mil pedazos sus inermes pétalos destrozados… o podados en tan ajena como carnicera confrontación.

Podas bárbaras, todas estas, que, al involucrar tanto a niños como a jóvenes, consecuencia de la mayor de las degradaciones del intelecto humano cuando se contagia de egolatría y ansias insondables e incontrolables por el poder, el control y el sometimiento de sus semejantes para saciar sus aberraciones más oscuras, por su monstruosidad simpar, ¡infame!, mereciesen condena, castigo y el señalamiento perpetuos, tanto para los responsables directos e indirectos, como para todos aquellos que conocieron de tal barbarie y nada hicieron, ni dijeron, solo voltearon a ver hacia otros lares.

Pero ¡no!

Resulta que, por este o aquel adeudo, manejo mediático, retoque histórico, justificación salarial, deuda ajena heredada o trasladada, empacho religioso, moral, racial o de cualesquiera otras razones esgrimidas por los poderosos asesinos o los testigos cómplices, en lugar de veto, condena y castigo, estos encuentran justificación, aplauso y hasta difusión de las imágenes con los inermes agredidos, engrupidos o, como lo dicen para que no suene tan feo: «¡Instrumentalizados!». Imágenes para el disfrute televisivo a nivel mundial, por cuenta de la pusilánime y cómplice sociedad enferma terminal de nostalgia social y desafectación humanitaria, que hasta se regocija sin chistar ni mu ante las dantescas imágenes de aquellos niños acribillados, heridos, temblorosos, desorientados, hambrientos, famélicos, llorando por el bramido de los misiles, las bombas, las balas o frente a los cadáveres destrozados de sus padres, familiares o vecinos…

¡Triste legado para la eternidad!

Nocivos efectos de estas podas que, si es que quedan brotes sobrevivientes, se encarnarán durante tres veces treinta y tres generaciones entre los directamente afectados, así como en los genes de los pusilánimes, doquiera sea que vean o sepan de tales aberraciones, la peor de las contaminaciones en la compostura humana: ¡la insolidaridad! Estadio final de la nostalgia social. Particularismo este, fatalmente contagioso, que autodestruye y corroe por dentro al ser que la contraiga, padezca y disperse por doquiera vaya, siendo insondable el dolor sentido cuando ataca la conciencia de cada uno. Inexorable como generalizado padecer callado, doloroso y letal, pocas veces aceptado y mucho menos confesado en busca de ayuda, tanto en los propiciadores intelectuales, materiales y mediáticos de tan perversas prácticas y sus inmundos beneficios logrados, como en el colectivo global…

Neoplasia maligna inmersa, no solo en el alma de los perpetuadores del desafuero contra sus congéneres, sobre todo cuando se trata de niños, también, en las de todos aquellos quienes, frente a tal debacle hicieron caso omiso, sin chistar siquiera. En adelante, a unos y a otros, aquel remordimiento hinchado les arañará sus vísceras, produciéndoles náuseas en las madrugadas, amén de heredarlo…

Carcinoma social impreso en los genes de sus siguientes brotes de capullo, cada vez más descoloridos, insípidos y enclenques.

Historia publicada en RLNC, el 31-08-2025


martes, 5 de agosto de 2025

Una historia guardada

 

Hilda María Enciso

Hace algo más de media centuria, en pleno centro de Bogotá, en un triángulo formado entre la carrera 9° con calle 17 (la oficina del maestro), la carrera 13 con calle 14 (la emisora Radio Santafé) y la calle 17 con la misma carrera 13 (la pastelería Tony), fui testigo exclusivo: vi, sentí y disfruté varios momentos cuando el maestro José Alejandro Morales López estaba componiendo la canción: Me volví viejo.

Oficina y pastelería ya no existen. La emisora se trasladó de sede.

Por aquellas calendas trabajaba con el insigne compositor Morales, el mismo de Pueblito viejo, Campesina santandereana, Yo también tuve veinte años y otras doscientas diez canciones más.

Mi principal obligación laboral con él era casi periodística, tangencialmente literaria. Me correspondía ir a recoger los comunicados de prensa del Palacio de San Carlos, en ese entonces la sede del Gobierno nacional colombiano, ubicado en la calle 10 con carrera 5, dos cuadras arriba de la Plaza de Bolívar. De ahí, y de otros medios, el maestro montaba las noticias que difundía en un espacio noticioso (una de sus fuentes de ingresos, con lo que me pagaba) que tenía en la emisora Radio Santafé.

El resto de tiempo lo dedicaba a redactar y revisar sus composiciones, ahí, en su oficina. Por tal razón, en un pequeño escritorio ubicado cerca del suyo, a menos de dos metros, fui testigo privilegiado: lo escuché tararear la naciente canción, así como maldecir, refunfuñar, corregir y vuelva a corregir en las amarillentas hojas de un block aquellas inmortales estrofas, ¡toda una elegía a la vida!

Varias veces recogí del cesto de la basura hojas arrugadas, desechadas, con bellos versos que nunca fueron. Pero que, a mí, al leerlos, me parecían fascinantes… ¡obras maestras!

Fueron momentos inolvidables, indescriptibles y literariamente contagiosos, lo reconozco, y se lo agradezco, maestro Morales. Su fugaz e invaluable presencia en mi temprana juventud apalancó mi espíritu de escritor. Esos pocos meses bajo sus austeras órdenes, y esta sentida canción en especial: Me volví viejo, entre todas sus mágicas composiciones, marcaron mi derrotero. En especial ahora, en mi vida adulta, más de media centuria después.

En las noches, luego de terminar el radio periódico, solía encontrase con el prodigioso maestro Jaime Llano González en la pastelería Tony. Establecimiento de propiedad de un paisano suyo, algo mayor que él. Era don Antonio Moreno, quien, por encargo (de esto no estoy seguro, no lo pude comprobar) le habría pedido que escribiera y grabara ese tema para una dedicación. Don Antonio tenía una hermosa novia, la señorita Necha, unos veinte años, o tal vez más, menor que él. Pero ella como que no se decidía a formalizar la relación… «¡Tal vez por lo viejo!», le escuché alguna vez al novio decírselo a su paisano y contertulio. Lo cierto fue que aquella bella dama nunca se fue a vivir con él, nunca se decidió. El enamorado murió solo, sin ella, poco después de hacerlo el maestro Morales el 22 de septiembre de 1978.

Para cuando acaeció la irreparable pérdida del egregio compositor, yo estaba en las huestes del Estado, a su servicio, más precisamente en la Fuerza Aérea Colombiana, en el grupo de los Aeroamigos 52-22.

Laboré con el maestro Morales, pues mi madre, a su vez, era la repostera de la Tony, por lo que lo conocía y le solicitó trabajo para mí. Como mi jornada terminaba a las 6 de la tarde, siempre me dirigía hacia la pastelería, a cinco cuadras de la oficina, a esperarla. Ella salía sobre las 7:30 pm.

Por ello, en ese lugar fui disimulado testigo de otras tantas infidencias inherentes a la composición de esa canción. Tan pronto terminaba el radio periódico, sobre las 6:45 p.m., el maestro Morales solía ir a encontrarse con su paisano y amigo en la cercana pastelería Tony. Allá, junto con el gran e irrepetible Jaime Llano González, dueño de unas virtuosas manos con las que interpretaba el piano, hablaban del avance de la canción, discutían, le hacían correcciones, ajustes musicales… Los que, al siguiente día, en su oficina, y conmigo como mudo, único e imperceptible testigo, volvía a tararear, maldecir, tachar, borrar, corregir, arrugar hojas y botar. Y yo a recogerlas, a desarrugarlas, a leerlas con avidez literaria y a guardarlas dentro de un cuaderno, como un tesoro, una vez él salía y se iba.

Creo que una veintena de esas amarillentas hojas las cargué, al menos durante diez años, hasta cuando en algún trasteo se esfumaron. Por lo que solo me quedó aquel perfume de flor de cera impregnado en las fosas nasales de mi inspiración.

 En ese entonces era yo un díscolo adolescente y mi madre una bella mujer en plena juventud adulta. Por lo que, aquella canción, al parecer, en nada nos tocaba:

 Me volví viejo de tanto esperarte/ me volví viejo esperando tu amor…

 Sin embargo, hoy, cuando el viejo soy yo y mi madre me espera en lontananza, ¡cuánta dolida vigencia tiene cada uno de esos versos, maestro! Sobre todo, cuando:

 Me volví viejo y no podré olvidarte, / Que culpa tiene de esto el corazón…

 ¡Cuánto aprieta en el alma el no poder:

 … borrar con las manos / tantos recuerdos de la juventud…

 Para no tener:

  …que llorar ya viejos, / las consecuencias de la ingratitud! /

 Por eso hoy viejo como aquellos libros, / que se envejecieron sin hallar lector / y paso a paso voy por mi camino, / musitando bajo mi triste canción.


miércoles, 2 de julio de 2025

Momentos idos

 

Esta narración hace parte y le da el título: ‘Momentos idos’, a la ‘Compilación de narraciones románticas II’

        Niñez, juventud y madurez pasaron veloces por su vera. Nunca pudo hacer con ella esa soñada visita placentera.

Cómo imaginarse entonces que, en esas etapas mágicas, vividas de prisa y sin apreciarlas ni un tantito, como ahora lo hacía, un poco tarde, lo reconocía, pese a todo fue feliz, ¡muy feliz! Lo hizo con el vigor y el ímpetu del alcaraván llanero en celo, sin percatarse de la importancia que cada una de estas tenía. Qué iba a pensar que aquellos maravillosos días de derroches desbocados, locuras, algarabías y sueños infundados, poco a poco absorbidos por agobiantes faenas laborales, tan solo en el recuerdo, ¡cada vez más difuso y esquivo!, quedarían.

Momentos idos, vividos, dolidos, para el jamás olvido.

Vistos con senil retrospectiva, los de su infancia algo sufridos en un entorno familiar en las vicisitudes sociales hundido, tanto o más que los de la adolescencia al percibir que la nostalgia social al futuro patrio traía refundido. Duros años aquellos los de la adultez temprana; en algo llevaderos… quizá por la menuda y más que refregada paga. Esta disimulaba el ceño nacional fruncido, producto de aquel entorno político, económico y laboral, a propósito, por los de siempre enrarecido. Astuta minoría que, pese a tenerlo todo, aunque el todo tampoco le satisfacía, a la atembada mayoría, los sin nada, con amañadas leyes y artimañas, bajo sus insidiosos caprichos productivos por siempre sumisa tenerla quería… que a la postre lograría. Incluso, de ser el más feliz y afortunado del mundo al país convencería y este a los cuatro vientos, al fragor del futbol, fermentos y fandangos por doquiera lo gritaría.

Un cruento y agorero invierno se tragó la primavera.

De un momento a otro la adultez tardía, por entre los sueños irresolutos, los proyectos inacabados y los molestos como incomprendidos achaques aparecidos, inexorable le llegaría. A la ventana de su enfriada alcoba se asomaría. Aunque sabía que lo haría, confiesa que en recóndito silencio a toda costa postergarla quería. Al menos hasta ir con ella a París para la más que retardada luna de mil de cuando novios ofrecida. Promesa hasta ahora incumplida que humilla su existencia; pese a todo lo batallado para hacerla efectiva. Aunque ella lo entiende y sabe todo lo que al respecto han luchado para lograrlo, es un tarugo atravesado en su garganta… que ni saliva le deja pasar, no solo de noche, cuando ni dormir tranquilo puede, también de día. Es la más dolorosa de sus promesas incumplidas. Aunque jamás se lo diga o incrimine, en el cada vez más esquivo como femenino fulgor de sus pupilas la lleva esculpida.

Entre arreboles se agazapa y gime un corazón herido.  

Sin poder… o querer que tal amordazado sentimiento lo sepa el mundo enloquecido. Este hace rato vaga con el freno perdido, en la colectiva tristeza hundido, tras los valores humanos, por algunos centavos, en subasta al mejor postor vendidos. Enfermos del alma en la sociedad de la mentira, en donde ni siquiera el afecto de los allegados es del todo sincero. Creen que suele ser prestado, en tanto haya algún inicuo motivo, interés, dinero en caja o en cualesquiera otros activos. Que los serán de aquellos tan pronto el juez sentencie incapacidad legal o accedan al escrito de defunción para hacerlos efectivos.

Incluso, viejas y secas, conserva sus hojas la palmera.

La senescencia con el paso de las horas hace su dolorosa presencia. Aunque ya no se reproduzca, aquel tronco altivo y áspero no ha muerto, tampoco su esencia, la cual ahora lleva las heridas del tiempo y la ingratitud en sus entrenudos, corazón y en parte de lo que le queda de existencia. Todavía siente y le duele, pero jamás lo dice, que, aunque ayer fue más que un símbolo que generó mercedes y admiración, ahora en su entorno consideren que en estorbo se convirtió, que incomoda a los que de su esplendor gozaron y se beneficiaron, por lo que ya es hora de erradicar la estorbosa datilera... o, al menos, de conseguirle en otra parte, lejos de todos, en un jardín ajeno, lejano, extraño, una pagada jardinera para que se encargue de sus chocheras. Maluquezas, todas, producto del avance de la ceguera, amangualada con la dificultad de entender y captar ligero al sumarse la sordera. Temas tristes estos, los añejos, que a nadie importarle nada pareciera; porque aún no los padecen. Ignoran, disimulan, piensan o esperan que, al llegar a viejos, si es que llegan, tal circunstancia les sea ajena.    

Una vida entera… camino al inexorable frío del olvido.

Pese a todo fue feliz en cada una de aquellas etapas de su vida, se lo dijo a su amante y compañera antes de que alguno de los dos a lontananza partiera o de que el frío del olvido con el infame manto de la amnesia los arropara. Esa vez ella le contestó que a su lado también lo había sido; incluso, en la más que dura postrera, aunque en esta tampoco apareció la escondida primavera, ni lograron celebrar en París la tan ansiada como amorosa y más que esquiva quimera: cenar en aquel hotel, oteando a lo lejos la metálica y seductora palmera.

Lo que sí parecía inexorable, ahora o pronto, que a otro jardín lejano a los dos juntitos sus allegados llevarían y al cuidado de manos extrañas y alquiladas dejarían. Por lo que, quizá, más rápido les llegaría, inexorable, el postrer y solitario estadio de sus días.

Niñez, juventud y madurez pasaron veloces por su vera.

Momentos idos, vividos, dolidos, para el jamás olvido.

Un cruento y agorero invierno se tragó la primavera.

Entre arreboles se agazapa y gime un corazón herido.

Incluso, viejas y secas, conserva sus hojas la palmera.

Una vida entera… camino al inexorable frío del olvido.

Foto cortesía de Andrea Enciso Díaz, de su álbum personal.