viernes, 18 de diciembre de 2020

Las vacaciones del abuelo

 


Solo con el paso del tiempo se me fue disipando la zozobra por esa frase que me dijo mamá en mi preadolescencia cuando, después de unos días sin volverlo a ver, le pregunté por mi abuelo. Lo recuerdo desde cuando me recogía en el jardín y, siempre de la mano, me contaba historias que me parecían fantásticas. Ya en casa, después de darme onces, ponía música instrumental, según él, para concentrarse y poner en paz su espíritu, sobre todo cuando leía, escribía, meditaba o simplemente descansaba.



Tal vez el día que más feliz lo vi fue cuando al terminar la avena y el pan rollo que me dio la abuela me paré del comedor y le dije:

—Abuelo, por favor, ponga música para concentrarme porque tengo una tarea que me dejó la maestra. Era sobre los planetas, recuerdo.

A diferencia de casi todos los que rodearon mi infancia y temprana juventud, jamás me exigió, mucho menos me obligó a hacer o no alguna labor. Me decía:

—Solo te indico lo que debes hacer o no. Es cosa tuya si lo haces, de tu libre albedrío. Eso sí, hijo, los frutos que coseches en la vida, dulces o amargos, de ahí dependerán.

—Abuelo, ¿qué es libre albedrío? —le pregunté esa vez, así como cada que soltaba una palabra que yo desconocía.

—Libertad para decidir sin presiones, guiado por la inteligencia y los referentes de las personas buenas, siempre evidentes y a la vista de todos, como las flores del jardín y las aves en el cielo, muchachón.

—Entonces, madre —le insistí esa vez—, ¿dónde está el abuelo?

—Hijo, el abuelo se fue de vacaciones… —entonces, soltó el llanto.



Disponible, también, en Revista Latina NC.


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