domingo, 1 de agosto de 2021

La tiendecita

 

Con esto de las comunicaciones en tiempo real la vida cambió dramáticamente, literal: ¡le dio una voltereta a la humanidad! Con mayor razón, con lo del inoculado virus, arma mortal en esta guerra prolongada, y por demás injusta, entre potencias a la siga de mayores rendimientos económicos a costa de la salud y hasta de la vida, sobre todo las de los sin nada, también las de los que dicen tener algo, pero que jamás les será suficiente, siendo esta su mayor pobreza, lastre social y condena inexorable. Es posible que este efecto, el del virus en letal soporosa mezcla con la abrumadora tecnología y la insatisfacción perenne, sea más notorio... ¡y dramático!, para los que llevan arriba de cinco décadas de vida.

Estos, de mozos, incluso de adultos jóvenes, por las décadas del setenta, ochenta y noventa, cómo, cuándo se iban a imaginar que alguien con algún tipo de aparato, desde allá, desde la intimidad de su hogar, o desde cualquier refundido rincón (con mayor razón en estos tiempos de encarcelada agonía cuando hay que andar huyendo del contagio vaporoso) escribiese un mensaje y este le llegase al instante a un montón de personas, impactándoles hasta los tuétanos.

Tanto para bien como para mal, la enredadera de la tecnología esto hoy lo hace posible... siempre y cuando haya conexión y el sistema imperante en cada país, mediante sus escuchas soslayadas, así lo permitan.

Es una realidad inapelable y la mayoría de cincuentenos, y otro tanto de ahí para arriba, lo están viviendo... y a veces sufriendo con añejada nostalgia. Como les pasó a varios amigos de antaño que pertenecen a uno de esos grupos de WhatsApp, entre la infinidad que existe alrededor de este mundo preso del fabricado biológico aquel, de la nostalgia social que desestabiliza el ánimo, así como de la maraña de la cual, tal parece, nadie escapa.

Uno de esos mensajes lo escribió Israel hace poco, tal vez sin imaginarse, como tampoco pretender el desencadenamiento que entre sus amigos provocó.

—¡Cómo extraño aquellos tiempos en que en este grupo nos la pasábamos mamando gallo y compartiendo mensajes anodinos, a veces algunos pasados de pornografía, política destructiva, religión y, en general, cosas buenas, malas y regulares! Sin embargo, ahora mismo da tristeza abrir el chat y encontrar noticias lamentables de todos los talantes... entre otros, los que dan cuenta de la pérdida de amigos, familiares y conocidos a quienes atacó el COVID o alguna de las tantas maluquezas de la vejez.  Siento tristeza por personas que, como Jaime Lazo, parte para siempre. A pesar de que hace muchos años dejé de verlo, el aprecio por él se mantiene vivo, jamás disminuyó. Mis saludos a su familia, así como a cada uno de los integrantes de esta, la hoy tan golpeada comunidad de amigos, conocidos desde las postrimerías de los años setenta.

Mensaje que casi al instante Mauricio respondió desde alguna parte, tal vez desde su fortín de guerra virtual:

—Sí, Israel, muy cierto. Estas noticias parten el alma y el corazón. La tristeza nos embarga... pero es una realidad que día a día tenemos que vivir de ahora en adelante, cada vez más seguido e impactante, mientras nos llega el turno de salida. Por eso tenemos que estar preparados y en paz con todos y con todo, así como con nuestro Padre Celestial.

Poco menos de dos minutos después, y desde alguna otra parte, talvez desde el lugar donde prepara sus clases de electrónica aeronáutica, Carlos se despachó:

—Mauricio e Israel, cordial saludo, comparto sus escritos, todavía más por lo que acabo de pasar en mi dolorosa urgencia que me implicó someterme a un cateterismo, para el cual no estaba preparado... ¡¿y quién lo puede estar?! Sin embargo, lo superé... ¡gracias a DIOS! Por lo que ustedes dicen, y por muchas otras situaciones de la vida, es por lo que debemos disfrutar del día a día, ¡mientras podamos! Un saludo especial para todos y «compartamos un tintico virtual», como dice Jorge cada mañana por este canal, abrazos y saludos, amigos míos.

Descargado por fin de las labores de transportación aérea que ejerció desde los años ochenta hasta casi los veinte de esta desbordada centuria, y así como habla, Cañitas escribió, quién sabe desde dónde, tal vez desde su pueblo natal en las entrañas de las montañas en eterna primavera:

 —Doctor Israel... y también para todos mis Aeroamigos, muy bueno es recordar esos momentos hermosos que vivimos de cuando muchachones. Leyendo lo que publican evoqué cuando en los cursos de capacitación y promoción nos volvíamos a encontrar y, luego de clase, sobre todo los viernes, y no pocas veces entre semana, nos sentábamos en la tiendecita de don Augusto, era la primera después de nuestra alma máter, a disfrutar de unos muy buenos aguardienticos.

—Allá en esa tiendecita más de uno se pegó una que otra tremenda borrachera —replicó Pablo a la distancia ignota, seguramente muy abrigado para evitar el frío que tanto lo afecta y del que se debe cuidar para evitar posibles recaídas.

—Así fue, me consta, más de uno se emborrachó en esa tiendecita de don Augusto —apuntó Toño, quizá desde los Llanos de Oriente, su refugio desde cuando superó aquello que lo postró en la juventud y adultez temprana, por lo que, en agradecimiento, y para evitar reincidir, se dedicó a rescatar jóvenes de la calle, afectados con aquella complicación, tan rentable para los mercaderes de la muerte y la devastación social—. Además, porque a todos nos fiaba. Él sabía que cuando nos pagaban, allá caímos siempre, y no solo a saldar la cuenta, sino a pegarnos otra borrachera y a dejar gran parte del sueldo.

—A don Augusto, además, también le gustaba el aguardientico... recuerdo a dos jóvenes muy bonitas que nos atendían —agregó Eduardo, probablemente desde, según él: «la capital petrolera», refiriéndose a un caluroso y lejano poblado al sur del país. Por allá se compró una casa veraniega y se fue a pasar la cuarentena nacional huyéndole al contagio, el que al fin y al cabo lo atrapó por esos lares y casi se lo lleva, de no ser por su fortaleza física y las gestiones hospitalarias de una de sus hijas, la médica, amén de la cadena de oraciones del grupo.

—Eduardo, me imagino que se refiere a Tatiana y a Adriana, las hijas de don Augusto —complementó Pablo.

—A mí me gustaba una que era gordita y blanquita —escribió Toño.

—Ella es Tatiana, la que le fiaba los almuerzos, Toño, —le precisó alguien más que participaba en la reunión virtual, pero quien aparecía sin nombre, solo su número del celular en el directorio del que seguía sin participar, también a distancia, la conversación escrita.

—Esas dos jóvenes terminaron casadas con colegas nuestros, de otros cursos... creo que todavía viven con ellos —precisó Pablo.

—En esa tiendita, además de aguardientico y almuerzos —Eduardo compartió un audio con un halo de nostalgia, casi visible—, vendían unos roscones muy ricos, así como los mejores bocadillos con queso que me haya comido en toda mi vida.

—En esa tiendecita —escribió Jorge, quizá al lado de su reina y su princesa—, disfrutamos mucho de los desayunos y almuerzos que vendían, hasta que por lo riguroso de las licencias les cancelaron el permiso de restaurante.

—Me contaron que a Pablo le gustaba una de las primas de las hijas de don Augusto, ¡la bizca! —irrumpió Juan, como siempre, con dejo de sarcasmo, como solía hacerlo.

A continuación, escribieron unos cuantos mensajes sobre aventuras donjuanescas de aquella época, así como chistes y bromas que se hacían unos a otros y, en especial, trajeron a colación lo de ciertas jóvenes muy populares en las inmediaciones de su aula máter, quienes buscaban en aquel grupo de amigos diversión pasajera, algunas, otras, quizá, la esperanza de un futuro promisorio con alguno de ellos.

—Definitivamente, yo era muy ingenuo, nunca me di cuenta de esas historias —escribió Lucho, tal vez desde su cómodo apartamento en el norte de la ciudad capital.

—Lucho, ¡pues claro!, porque eras el más joven, juicioso e inocente del grupo, ‘el chupo’, como te bautizamos —le respondió alguien—. Además, «yo llegué solo», o eso era lo que solías decir para evadir compromisos riesgosos cuando te proponíamos ciertas pilatunas que por tu edad nunca te animaste a hacer con nosotros, los mayores.

—¡Qué relatos tan bonitos! —escribió Mario resguardado en el Batán, ya bastante recuperado, y a quien fue el primero de aquel grupo a quien le dio el COVID que casi se lo lleva.

—Sé que se acuerdan de nuestro líder y querido amigo Eutimio, que en paz descanse, y quien para ese entonces decía andar sin plata —retomó la palabra escrita Cañitas tras dejar que los otros lo hicieran por un buen rato, algunos con nostalgia, otros con gracejo o burla, pero, eso sí, como fuera, la nostalgia se hacía cada vez más notoria en cada palabra que aparecía en la pantalla—. Él fue nuestro calanchín, por lo que, si donde don Augusto se acababa el guaro, iba y nos lo compraba en otra parte.

—En la siguiente tienda, pegada a la de don Augusto, también vendían cervecita y aguardiente —agregó Álvaro.

—Así es, Álvaro, allá también nos jalamos unas cuantas... —al rato le respondió Cañitas—. Lo cierto es que Eutimio, con sus orejitas pequeñas y su jeep viejo de color azul, me acuerdo cómo si fuera hoy, andaba con la Biblia bajo el brazo, porque desde antes de graduarnos se le dio por leerla toda, y varias veces. Con unas hojas se suponía que identificaba el salmo que de pronto nos quería compartir, o donde nos decía que iba o había parábolas interesantes.

Como Cañitas escribía mensajes entrecortados, entre otros tantos que se le cruzaron de otros participantes, uno fue el del Muñeco Sierra, el de la voz sonora que se escuchaba hasta cinco cuadras de distancia. Le decían así porque a todos sus amigos más cercanos los trataba de esa manera cariñosa: ¡mis muñecos!  

—Hola, ¡mis muñecos! —escribió, tal vez desde las orillas del río de la patria, en su tierra natal, donde fue candidato al concejo en las pasadas elecciones—, aprovecho para saludarlos y darles agradecimientos por el apoyo brindado a mi sobrino. En cuanto al comentario de la tienda de don Augusto, recuerden que ellos antes la tenían diagonal a la Virgen, al lado izquierdo. Era una casa de bahareque, de color blanco y verde. Allá nos prestaban una habitación para cambiarnos de ropa y descansar... De esa y de la nueva casa, pegada a nuestra alma máter, a donde luego se trasladaron, tengo un buen recuerdo de Chuchito Arteaga, que en paz descanse. Su partida aún no la supero, ¡casi que ni la creo! Ahí él solía quedarse a tomarse algunas cervezas, por lo que no entraba a clase de inglés. Le alcahueteé varias veces y le presenté trabajos y notas en grupo. En el 2008 me encontré en esa tienda a Eutimio, fue la última vez que lo vi. Entonces, lo invité a departir unas cervecitas. Estuvimos hablando y recordando viejos tiempos. Además, me dijo que estaba trabajando en la emisora del pueblo —a través de la lectura de su mensaje se percibía, no solo el murmullo del majestuoso río y su olor a bocachico, sino el hervor de la nostalgia con la cual estaba escribiendo, era evidente—. Ese recorderis fue muy agradable, así como emotivo es compartirlo ahora con ustedes, ¡mis muñecos del alma!

—En más de una ocasión me percaté de que esas hojitas dentro de la Biblia no eran para separar en donde iba, tampoco, para marcar parábolas especiales —continuo el mensaje entrecortado de Cañitas—, eran esquelas que Eutimio tenía para enviárselas a una amiguita del pueblo. Alguna vez me dijo: «Cañitas, ayúdeme a escribir algunos versos de amor. Usted sabe que poco coordino el pensamiento con los escritos que quiero enviarle a esa diva...». Por supuesto que le ayudé, ¡y más de una vez! ¡Ay!, cursitos, sí, lo hice más de una vez en esa gran mesa de la tienda de don Augusto donde nos reuníamos a departir... Qué ratos tan agradables vivimos en aquellos tiempos, doctor Israel Páez, Henrry: Tarzán, mi hermanito Eduardo, mi Guti del alma, Golondrino Torres, Israel López, quien también descansa en paz... y muchos más. No saben cuánto los extraño. Leyendo al doctor Páez me entraron ganas de un amarillito para calmar el vacío... porque cuando leo lo que todos escriben por aquí, siento sus voces en mis orejas y se me acelera el mango. Sí, lo reconozco, me dio nostalgia y recordé también al doctor Wilson, sobre todo por lo de los escritos que publica periódicamente y nos comparte... espero que este también lo plasme... ¡discúlpenme las berracas lágrimas!, con la tristeza que se siente al recordar aquellos momentos idos y que solo volverán al echar hacia atrás la mirada del recuerdo, o al leerlos de su pluma de oro... «Un súper abrazo para todos, toditos, todos», como dice Henry... y sin jamás olvidar a mi otro gran hermano Jorgito ‘Manotas’, también a Villalobos, otro integrante de nuestra hermosa mesa del recuerdo. ¡Son tantas las remembranzas de aquella época cuando los encuentros y los amigos eran reales y cercanos y las bebetas eran siempre en compañía! Bueno... y antes de que me dé la chilladera y me toque empacarme aquí solito otro amarillito en las rocas, recuerdos para sus hermosas familias, los quiero y los extraño mucho. Espero volverlos a ver... ¡siquiera una vez más!, como en aquellos tiempos y en torno a esa vieja mesa donde don Augusto, quien también descansa en paz.

 Tal vez por las evocaciones de los queridos y jamás olvidados Eutimio, Chuchito y Jaime, o quizá por lo tarde que era: once y media de la noche, de pronto por la nostalgia social que se hizo más notoria, casi visible y olorosa a rancio pasado, o por la recomendación del especialista en medicina familiar que todos en aquel grupo de WhatsApp, para entonces, consultaban por los achaques y la reformulación cuatrimestral, en el sentido de no trasnochar, ni tener sobresaltos u otras cuestiones para evitar peligrosas subidas de tensión, o infartos como el reciente que sufrió Carlos, la pantalla se fue quedando muda, en estridente silencio escrito.

Relato publicado en Revista Latina NC

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