sábado, 6 de noviembre de 2021

Dictadura global

 

Ese día tenía el segundo control de endodoncia, como me lo recordó la agenda de la aplicación de mi celular cuando me desperté al amanecer. Decidí ir y volver a la cita en taxi. Con el paso del tiempo me incomoda más conducir por la ciudad atafagada, cual selva de cemento, contagiada de nostalgia social, por ende, con cada vez más personas poco y nada civilizadas, apartadas de la racionalidad de la cual nos ufanamos.

En la esquina del conjunto abordé un taxi. De ahí al consultorio suelen ser veinte minutos, máximo treinta, según el tráfico. Puede llegar a ser más, dependiendo del clima social del momento. Por eso iba con casi dos horas de anticipación.

Por la forma educada como me saludó y preguntó mi destino, me percaté de que el conductor, bien vestido, era todo un personaje: «Tal vez por la edad... un poco mayor que yo, y hasta pensionado también debe ser, por lo que se distrae manejando taxi para no aburrirse en casa...», pensé con sorna.

—Muy gentil, señor —le respondí mientras me acomodaba en el asiento posterior, costado derecho, para tener mejor acceso a la conversación que, con toda seguridad vendría—, me puede llevar a la Clínica Odontológica de la EPSS Sanamos, por favor.

—Con inmenso placer, caballero, ¿alguna ruta de su predilección, o nos guiamos por la aplicación?

—¿Cómo está el tráfico?

—Algo complicado, por las lluvias de este octubre... debido al cambio climático, además del aumento de carros, motos, ciclas y gente afanada, por demás estresada por todo y por doquier.

—Entonces, por favor, lo que diga la aplicación... ¡para eso existe!

—Eso es verdad —respondió el conductor, mientras programaba su celular con la información que le suministré.

De ahí al destino y siguiendo la mejor ruta que arrojó la búsqueda, con atajos y demás trucos que indicó el navegador digital de su dispositivo, serían treinta y ocho minutos, por lo que el conductor, tal vez para distraerme y hacer menos tedioso el viaje, me soltó uno tras otro, varios temas que capturaron mi atención y fascinación. Razón por la cual, apenas opinaba o respondía con un «¡Ajá!», o un: «¡Muy interesante!», así como con otras tantas interjecciones que me bulleron durante esos treinta y cinco minutos que al fin y al cabo duró el recorrido, debido a los charcos, trancones e indisciplina social subcontinental.

Tal vez por los temas entreverados que me compartió de manera más que hilada, propio de un experto en cada cosa que exponía aquel sesentón, solo fue hasta cuando estuve frente a la clínica, ya con un pie en el piso, mientras le pagaba el servicio, que se me ocurrió preguntarle por su verdadera profesión. Lo hice, porque su lucidez y dominio al respecto para nada encajaban con su rol de taxista. Fue cuando me soltó en un santiamén el atado que impresionó, aún más, mi imaginación literaria.

El primer tema que abordó don Aristóbulo Roldán, como supe que era su nombre porque así figuraba junto a su foto en la tabla oficial de tarifas ubicada detrás del asiento delantero del pasajero, fue el del cambio climático. Aseguró con firmeza y certeza que «Esta solo es una más de las estrategias de la guerra infame que sufre la humanidad. ¡Confrontación despreciable! —tildó—, arreciada desde comienzos de esta centuria, por demás convulsionada, por las mega potencias que se disputan la hegemonía para imponer ¡una dictadura global sin cortapisas ni oponentes a la vista!, ¡la triste y nueva esclavitud del hombre del siglo XXI!», dijo, sin perder la compostura ni la atención de la conducción por entre aquel enjambre caótico de vehículos.

Expuso con cifras, me imagino que son ciertas, pues citó fuentes, sobre el avance incontenible de la contaminación del agua. Trajo como ejemplo el pudrimiento paulatino del Mediterráneo y el de otros mares, ríos y lagos, producto de las toneladas y toneladas que allá son vertidas a diario: desechos industriales, aguas negras, basuras de toda especie, residuos químicos, nucleares y, en particular, las descomposiciones del petróleo y sus derivados. Cataclismo medioambiental propiciado por obra y gracia, en mayor proporción, por las potencias, por las civilizaciones más avanzados. «Dizque en aras de la economía, el desarrollo y el bienestar general, cuando lo que están logrando es matar la vida en las fuentes hídricas y, con esto, acabar con la mayor reserva estratégica para la humanidad y el equilibrio del planeta... Esto, señor, porque las gotas que se salven o sean conservadas, serán el botín de guerra para el triste ganador en unos pocos años...», sentenció.

Con facilidad e ilación saltó de este tema al de la hambruna generalizada y consecuente mortandad perenne de inermes en buena parte del mundo, a lo cual llamó: «Esta es la segunda forma vergonzosa de guerra global por cuenta de los mismos actores: los oscuros amos de las potencias, y con idéntico objetivo: la dominancia mundial a ultranza...».

Sustentó, también con cifras y fuentes, la manera como «...la pobreza en la mayoría de los países, a los cuales llaman eufemísticamente en vías de desarrollo —acentuó—, permite que esas potencias controlen a su antojo a las poblaciones más necesitadas a punta de migajas y miedo, no solo para que hagan y piensen como a aquellos más les conviene, sino en cuanto al número de personas, su ejército de obreros, que los son todos menos ellos, que es ‘pertinente’ que nazcan, existan, se mantengan, les produzca, se enfermen y mueran dónde, cómo y cuándo ellos lo determinen. De esa manera tan cruel engrosan las estadísticas tristes de la miseria humana en cada una de sus respectivas colonias. Lo que esgrimen, a su vez, como arma de poder para instar intimidar a la contraparte e infundir más miedo y autoridad impuesta entre sus vasallos, quienes los terminan idolatrando... ¡Los famélicos entienden que más vale una miga de pan o un salario de ruina que una muerte pendeja!», manifestó esto último algo apesadumbrado.

A esta altura del recorrido, casi a mitad de camino y en medio de un trancón monumental en plena autopista longitudinal que hiere la ciudad de extremo a extremo, aquel taxista, cual maestro orientando una cátedra magistral, juntó los dos temas anteriores con el siguiente, también con fuentes y datos, refiriéndose a este como: «La tercera estrategia de guerra inicua contra la humanidad inmersa en su marasmo es la capacidad de las potencias de atacar y controlar a la población con pestes y enfermedades incubadas de manera periódica, como la actual, lanzadas cuales misiles invisibles contra las trincheras masivas del rival indefenso alrededor del orbe, por cada una de las potencias enfrentadas... como si no les bastara la sinfonía de la miseria interpretada por doquiera para su deleite morboso. Esto lo hacen para demostrarse entre sí cuál es la más berraca, por ende, sanguinaria.», dejó escapar un ligero enojo en estas últimas palabras.

Este tema, el de la pandemia, por lo todavía supurante y amenazante, y tal vez por lo cerca de sus impactos; entre estos, varios familiares míos recientemente muertos por el virus e incinerados sin siquiera exequias; a diferencia de los dos primeros que sentía algo lejanos, «¡Problemas de otros!», solía decirme, me permitió dilucidar un poco mejor su postura e información que ya me reburujaba la mollera, sin saber lo que me tenía de colofón.

En ese momento la plataforma de apoyo de su celular indicó que en siete minutos y catorce segundos llegaríamos al destino, porque encontró un atajo con menos atascos.

—Sin embargo, señor —dijo una vez revisó la nueva ruta que aparecía en la pantalla de su celular, encaminándose hacia el desvío—, la peor de las guerras es esta cuarta: la pérdida de la privacidad y la esclavitud del ser humano por cuenta de la información que tragan y regurgitan estos bichos —mostró los cuatro dispositivos colocados de manera improvisada en el frontal del taxi.

—¿Se refiere, don Aristóbulo, a las redes?

—Es el arma perfecta de las potencias para atacar, contraatacar e intentar aniquilar al adversario poderoso, lo cual es poco probable que en el corto plazo suceda, porque cada uno de ellos tiene defensas y contramaniobras tecnológicas inimaginables para eludir cualquier ciber ataque y contraatacar a su vez. Por lo que, entonces, las potencias usan su frondío imperio, además de lo anterior, sobre todo para dominar y someter a sus antojos a las colonias, donde quiera que estén. Señor, el que controle la información, las rutinas y los secretos de la gente controla y se convierte en el amo del mundo. Esas corporaciones, en este momento, de lado y lado, saben todo de nosotros, mientras que nosotros de ellos casi no sabemos nada, ni siquiera nos importa.

—Eso es verdad —atiné a decir.

—¿Sabía usted, señor, que, por ejemplo, en este último año de pandemia, mientras la población mundial en general se empobreció, un buen trecho murió y la que se salvó lisiada quedó, no solo del tuste, también de sus gónadas, los cuatrocientos más ricos del mundo, de los que se tiene noticia, casi todos dedicados a la inteligencia artificial, por ende, a la captura y control de información, aumentaron en más de un cuarenta por ciento sus fortunas? A tal punto, que se tornaron intocables, inexpugnables.

—Algo escuché al respecto... no con tanta precisión de datos.

—Por esta razón, señor, si juntamos las cuatro guerras ajenas en las que está enfrascada la humanidad, que fue de lo que hablamos en este viaje que ya casi termina, todas al servicio de la sinrazón humana, la avaricia perpetua y la depredación del pedacito de universo que tenemos prestado para vivir, me temo que la única conclusión que de esto se puede sacar, es que estamos condenados a un régimen político universal en el que esa minoría poderosa, perversa y egocéntrica, ¡enferma del alma!, lo gobernará todo, con poder inmensurable: ¡el de la información!, sin someterse a ningún tipo de limitación. Además, esos cuatrocientos, tal vez quinientos ultra mega ricos, tendrán la facultad de promulgar y modificar leyes a su voluntad, por lo que todo terminará mal... y más pronto de lo pensado, incluso para ellos, así se escondan en los búnkeres sofisticados y lujosos que vienen construyendo y dotando o en las cápsulas espaciales actualmente en prueba.

—«Hemos llegado al destino, a la Clínica Odontológica de la EPSS Sanamos. La segunda cita de control de endodoncia del pasajero es a las 9:15 a.m., consultorio 402, con la doctora Ayala. Está dentro del tiempo, ¡felicitaciones!» —se escuchó la voz femenina de la aplicación.

 Me quedé sin palabras, por lo que solo pude preguntar, antes de disponerme a salir, por el costo del servicio. Cuando me dijo, abrí mi billetera, extraje algunos billetes y se los pasé, al tiempo que colocaba un pie en el piso. Fue cuando le pregunté:

—Disculpe, don Aristóbulo, usted... ¿qué carrera universitaria estudió y dónde ejerció su profesión?

—Me gradué de economista, hice una maestría en temas históricos y tengo un costalado de otros tantos pergaminos por ahí. Trabajé cuarenta años en el Instituto de Ciencias Económicas en el área de historia aplicada, donde terminé siendo su director, hasta cuando me pensioné...

—Pero —lo interrumpí—, entonces, ¿por qué ahora maneja taxi?

—Porque la verdadera ciencia económica, la historia humana y por lo general todas las del área social solo se viven, aprenden y disfrutan, no solo tras un escritorio o como ratones en una biblioteca, sino compartiendo con personas comunes y corrientes... como usted. En esto llevo siete años y lo considero como la investigación de campo del doctorado que siempre quise hacer sobre el comportamiento inducido de la humanidad y su inapelable autodestrucción en ciernes.

Anonadado, no solo por la conversación que me hizo ameno el recorrido, sino por su formación, experiencia profesional y la conclusión inusitada que me compartió aquel hombre, le di las gracias, me terminé de bajar, cerré la puerta y volteé para subir al andén. Cuando regresé mi vista con ganas de llevarme en la mente la imagen del taxi que me transportó, tal vez cinco segundos después, la calle esta estaba vacía.

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