sábado, 1 de agosto de 2026

Narración romántica No. 178

 

Irene, diosa griega*

Confieso que al leer una historia armo en mi mente la figura y compostura de los personajes. Echo mano, en parte, de las descripciones de los autores. Por lo general, tales fantasías suelen cautivar mi ensoñación; a tal punto que, no pocas veces, de estas quedo prendado. Sobre todo, cuando son protagonistas de alguna de las obras de la inmarcesible literatura universal y, con mayor placer, si de la griega antigua se trata.

Acomodo a criterio y placer las facciones y personalidades que de pronto el magno autor dejó de estos para que lo lectores se los ingenien. O que estando narrados al detalle me parecen que podrían tener este o aquel otro retoque para mi recóndita fascinación. Tal vez, por mi exigente pasión, casi nunca, o me fue intrascendente hasta ahora, me topé con un ser real que se pareciera a algunas de mis más que guardadas quimeras.

Sin embargo, mientras sangre nos fluya por las venas, para todo habrá siempre una primera y ensortijada vez.  

De las más apreciadas y escondidas creaciones que mi mente ha gestado, está aquella desde cuando me embarqué en el más sublime de los poemas épicos rumbo al Jónico. Piélago que aquella virtuosa de la fidelidad conyugal, desde su encrespada isla contempló durante veinte años a la espera de ver aparecer el barco de su amado marido. Solía hacerlo tejiendo y destejiendo la tela para evitar los arteros lances del ejército de sus aciagos pretendientes.

Divina creación pincelada en letras como una de las mejores de las acuarelas que haya escrutado en obras literarias. Por mi manía de retocar personajes, en mi mente ideé a la esposa del rey de Ítaca como una beldad sin parangón... y solo para mí, los dos a solas en los socavones del hedonismo.

Jamás imaginé que alguna vez me toparía con un ser real que a mi literaria fantasía representase tanto... ¡y de qué mágica manera!

Pero... así fue, y precisamente ocurrió durante la celebración virtual en un cumpleaños que un grupo de amigos de letras, de al menos tres continentes, le hicieron a la escritora, poeta y traductora griega Irene Doura-Kadavia, residente en Atenas. Evento al cual fui invitado.

En algunas ocasiones similares, vía Internet, habíamos coincidido. Sin que en esas oportunidades a mi observación hubiese, del todo, pasado inadvertida. Algo del bucle de su luz, entonces, alcancé a vislumbrar y, en principio, hasta llegué a fantasear con mi vieja creación de musa helénica. Eso sí, sin dejar que tal entelequia se asomara siquiera a las pupilas de la cárcel de mis sentimientos, donde hasta entonces pernoctaba.

Pero, esta vez, cuando fue la protagonista del evento, sin poder esconder su asombrosa figura y atributos intelectuales entre las imágenes difusas de los demás participantes que titilaban en la pantalla del procesador, tuve la develada certeza de que aquella diosa griega existía, además, con el nombre que hoy más que nunca el mundo necesita y aclama: Irene, la mensajera de la paz. 

*Foto cortesía de Irene Doura-Kadavia, Atenas, Grecia.

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