2026
Después de la vida que me otorgó mi madre el segundo gran premio me lo diste tú, amada señora mía: llegaste a mí cuando recién los 18 cumplía.
Desde entonces, cada día a tu lado la dicha es la
constante; incluso, durante tantas y tantas vicisitudes que hemos afrontado y
sorteado hombro a hombro y con denodados esfuerzos e impelidos sacrificios. Los
que, vistos en retrospectiva, constituyeron inversiones ineludibles como necesarias
para ser felices y fortalecer nuestra sempiterna unión.
Esto y la satisfacción de haber hecho bien lo que nos
correspondía, y sin dañar a nadie, no solo nos permitió llegar juntos e
indemnes a estas calendas maravillosas, también, se constituyen en la yesca y en
el oxígeno necesarios para afrontar con brío y la frente en alto el tramo que
nos falta por recorrer, vengan como vengan las cosas de ahora en adelante.
En aquel agosto del 76, cuando se cruzaron y entrelazaron
nuestras existencias, supe que tú eras la mujer indicada para el largo
peregrinaje de mi díscolo destino. Entonces, hechizado con tu escultural
presencia y ese perfumado halo de musa tropical, el que conservas intacto,
decidí y te propuse que lo hiciéramos juntos; como de la mano, desde entonces,
lo hacemos a diario, amor; aunque ahora nuestros pasos sean más pausados,
cuidadosos y tranquilos.
1976
Tras tu apoteósica y no tan rápida aceptación, porque te
tomaste tu tiempo para decidirte: ¡cinco años mientras consolidamos el pedestal
de nuestro futuro!, hasta te prometí cosas que, a esa tempranera y briosa juventud
me parecían posibles y sencillas de lograr.
Algunas las fui cumpliendo en la medida de las
circunstancias y los afanes diarios. Otras se quedaron en el cofre de las
promesas en salmuera. Las que sé que, aunque nunca me lo reprochas ni reclamas,
las tienes presentes en tu alma buena... por si algún día lo logramos.
Entre esas promesas, por las cuales me esforcé durante
estos cincuenta años de amor, amada mía, están la luna de miel en París; los
cruceros por los ríos Rin, Sena y Danubio; un viaje en alguno de esos trenes misteriosos;
una noche de concierto en Viena y otras tantas visitas de quimera y poesía; tal
y como lo leía por ahí o me imaginaba y alimentaba mi ilusión para disfrutar
contigo.
Algunas de tales fantasías las concebí entre las páginas
de Dumas, Shakespeare, Gógol, Dostoyeski, Cristie, los clásicos españoles,
Neruda, Gabo y las de otros tantos escritores del mundo que describieron viajes
y parajes de ensueño, tristeza y poesía asociados con la hechicera Europa
clásica romántica medieval.
Pues bien, ¡sí!, tuvo que pasar media centuria para
cumplirte, amada esposa mía, parte de esas promesas.
Al menos en cuanto a la visita de la Europa antigua de mis
sueños.
Ojalá lo hubiésemos logrado antes.
Pero como quiera que hasta ahora se nos presentó la
oportunidad, déjame decirte que, aunque atragantado lo tenía, desde el 76,
cuando lo concebí y te lo prometí, trabajé duro, en silencio y sin descanso
para lograrlo.
¡Tú lo sabes!
Debo reconocer que, desde luego, sin tu denodado apoyo, fe
en mí, comprensión y amor incondicional jamás lo hubiese conseguido.
Sin ti todo se hubiese quedado en ‘El frío del olvido’.
Por todo esto y mucho más, ¡señora amada esposa mía!,
además de las disculpas que te debo por tan larga y paciente espera, gracias te
doy por confiar en mí; por jamás dudar que algún día, como fuera, lo conseguiría;
por la oportunidad de permitirme haberte cumplido… ¡aunque a medias y ya de viejos
encanecidos!, algo de aquello que de joven te había prometido.

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