martes, 1 de octubre de 2019

Con la esperanza viva



Tal vez fueron más de cien compatriotas cercanos a Ángel los que lograron aferrarse y guarecerse, a su manera, en la impersonal y fría metrópoli, ciudad capital del vecino país que lo acogió. Lo consiguieron gracias a la incógnita, solidaria y desinteresada gestión “diplomática y humanitaria” de aquel espigado cincuentón de oscura tez. También lo hicieron otros tantos que a su vez llegaron con la jalada ayuda de aquellos. Unos y otros aseguraban que a su patria, tal vez, evitarían volver, en tanto el manto de esa nostalgia social, que todo lo cubría y les enfermaba el alma, siguiera empecinado sobre sus praderas, llanos, montañas, selvas y poblaciones… inmensa y rica nación, para entonces, inmersa en el frío del olvido subcontinental.
Quizá ninguno de ellos retorne a su patria, al menos pronto, excepto de paseo, o a visitar a sus familiares y amigos, a no ser que en la mágica Macondo, de un momento a otro, muy posible según los oscuros nubarrones que se anuncian en el firmamento, comience a llover a cántaros, hasta represar sus fieras aguas, para, luego, incontenibles, desbordarse sin control alguno, modificando y arrasando su rica y delicada dermis nacional, subcontinental; como la del país de donde Ángel proviene y es oriundo.
Lo que a Ángel y a sus coterráneos les ocurría, también lo vivieron, no hace mucho, millares de emigrantes cumbiamberos cuando la del Libertador era un destino promisorio, por lo que muchos partieron hacia allá en busca de un mejor futuro. Se fueron a la siga de la esperanza que en su terruño era muy difícil y más que escasa y cara; por la perenne y patrocinada violencia, ahincada por la ambiciosa y discriminante pugna por el embriagante poder que todo lo avinagra. Entonces, allá echaron endebles raíces al son del joropo, como lo intentan y están haciendo acá, ahora, Ángel y sus paisanos.
El rumbo y los protagonistas cambian, no así las lánguidas como corrosivas pasiones humanas, las de aquí, las de allá, las de ayer, las de hoy y, triste como seguramente, las del mañana. Ahora son los coterráneos de Marcos Vargas, con similares dramas y conflictos internos, los atraídos por el bebedizo contra la epidemia del olvido que preparó Melquiades, el gitano aquel a quien José Arcadio Buendía, en cada marzo, esperaba su llegada, muy a pesar de los problemas que esto le generaba con su prima-esposa Úrsula Iguarán.
Ángel nunca se imaginó que su difícil travesía hasta la capital del país vecino la tuvieran que repetir durante los siguientes años, en condiciones aún más complicadas y lamentables, millares de coterráneos suyos, desarraigados, como última opción de sobrevivencia, frente a la voracidad de la desenfrenada y politizada pasión humana. 

 
Cuando Ángel por fin tuvo el tiquete para viajar a su planeado destino, sintió un extraño e inefable alivio. Algo así como una mezcla entre esperanza y recóndito auto exilio. Según su instinto, ese era el camino menos tortuoso y posible si quería que su situación mejorara; por ende, la de su parentela que dejó en su terruño a la expectativa de su incierta aventura.
Inició su andanza para intentar salir de la encrucijada social que prosperó por doquier. Empalizado contexto que sin él saber con precisión el verdadero motivo, de un momento a otro se le volvió insoportable, además de peligroso. Aunque tampoco buscaba o quería entender sus causas. Intuía que así lo supiera, que así se lo explicaran, y él lo entendiera, o quisiera entender, en nada iban a cambiar las cosas. Por el contrario, sería otro motivo para incrementar el sufrimiento y amargarse más la vida. Prefería seguir en la paliativa ignorancia, poner distancia de por medio y confiar en su instinto batallador.
Intentando dejar de pensar en esas cosas que lo atragantaban, guardó el tiquete y buscó una silla vacía para acomodarse y cerrar los ojos. Estaba cansado. Sabía que le quedaba más de la mitad del recorrido hasta el esperanzador destino que acuñó en su mente. Desfallecer estaba fuera de su inventario, pese a ser consciente de tener casi todas las condiciones en su contra. Excepto, quizá, su resolución y empeño, así como la apremiante necesidad de hacerlo.
El bus salía, de ahí, de la terminal de aquella ciudad fronteriza, en unos treinta y cinco minutos. Tenía un hambre atroz. Desde cuando salió de su casa tan solo comió una vez, por el camino. Intentaba a toda costa tasar los pocos billetes con los que emprendió tan incierto viaje, «aunque necesario», se lo repetía para darse aliento.
Además, también se dijo, retomando maquinalmente el incómodo pensamiento anterior, que esa era la única manera, la única esperanza para intentar superar la crisis. Embrollo por el que tanto él como su núcleo familiar atravesaban… y todo su entorno, según la percepción que tenía sobre el desconcierto reinante en su engarrotado país. Calenturienta concepción que su espíritu le decía que ignorara, que le quitara importancia para que no lo fuera a apabullar y lo llevara a la verdadera sin salida en la que estaban muchos de sus connacionales.
Intentó, una vez más, evitar pensar así. Quería concentrarse en su plan. Sin embargo, el sumo de la verdolaga insistía en traerle sus álgidas y calladas concepciones. Quizá fue el sopor en el que lo sumió el clima fronterizo el que lo hizo rumiar sobre el panorama que, según su empírica interpretación y conclusión, en su país todo iba a seguir igual, sin mejoraría a la vista y, tal vez, peor y por mucho tiempo. Recordó que fue ese argumento, luego de pensarlo y explicárselo a su parentela, a su manera, el que lo empujó a tomar la decisión de emigrar hacia el mellizo país, hermanos de historia, corrupción, dolor y sangre. 
Luego de dejarles a sus familiares gran parte de su disminuido patrimonio para que subsistieran mientras él comenzaba a enviar, Ángel partió con unos escasos billetes entre el bolsillo. Dinero que al cruzar la frontera convirtió a la moneda de aquel país, y que tras la compra del tiquete para la capital de este, su destino, «mi primer gasto en tierra extranjera», pensó, se redujo a quince mil pesos, en billetes, más unas monedas de diferente nominación que sumaban tal vez otros dos mil, calculó. En ese momento ni siquiera quiso contabilizarlas, intuía que ahí, estas tampoco sumaban gran cosa.
Tras unos catorce minutos de fieras y  calladas conjeturas, el cansancio iba logrando adormecer su espigado y moreno cuerpo, desparramado sobre una silla plástica, pero la incursión a la sala de espera de una vendedora de jugosos y frescos duraznos lo despabiló. Los ofrecía y exhibía en un canasto de mimbre, tanto en bolsas como sueltos, por unidad.
El perfume, la tersura y lo visualmente provocativo de aquel manjar natural, junto con el coro de sus gruñidos gástricos, se confabularon para que Ángel le preguntara el precio a la mujer, ataviada a la usanza de aquel departamento fronterizo. Ella de inmediato le ofreció y le dijo que el paquete de diez duraznos costaba dos mil. Sin embargo, le insistió, que si llevaba tres de estos, se los dejaba en cinco mil. Oferta que la mujer acompañó con uno que le dio de prueba.
Ángel, sin pensarlo, devoró aquel fruto, agradeciéndole y comentándole a la ventera que llevaba muchas horas sin probar bocado.
—Vengo desde la capital de mi país —le dijo a la ventera—, con destino a la del suyo, en el altiplano… voy a tratar de abrirme paso —y agregó—: y le confieso que solo me quedan como quince mil pesos.


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