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viernes, 5 de septiembre de 2025

Poda de capullos

 

Esta historia hace parte de 'Momentos idos, narraciones románticas II'

La poda de capullos, de brotes que crecen hacia afuera o con características parasitarias, así como de flores y ramificaciones avejentas o enfermas se hace para favorecer la floración, crecimiento y, en general, la salud de las plantas. Además de prevenir enfermedades, se busca garantizar que sus siguientes retoños, flores y frutos tengan mayor energía, crezcan saludables, duren y produzcan más y mejor.  

Proceso que implica, desde luego, además de nutrientes y riegos inherentes, hacerlo en el momento preciso, con los utillajes y en los lugares adecuados y, sobre todo, mediante un corte limpio y preciso para evitar dañar, deformar o contaminar la esencia de la planta. Práctica válida y justificable solo en esta especie: la flora, no en otras, menos si se trata de la humana.

Con una poda adecuada es posible, de ser, por ejemplo: rosas, geranios, lavandas, petunias, pensamientos, alegrías, dalias, fucsias, magnolias, tulipanes… mantener y disfrutar de un jardín sano, con hojas y flores hermosas y abundantes durante gran parte, o estación, del año y por un tiempo más largo.

¿A quién no le gusta ver y estar en contacto directo con un vergel florecido y con esmero y cariño cuidado? Ojalá se tuviese por siempre alguno cercano para la inspiración y el extasío. Profundo respiro del alma que a sus tristezas propician calma.

Bueno, ¡sí!, no dejan de haber por ahí algunos elfos a quienes estas maravillas de la naturaleza, y otras más, les disgusten, incomoden, generen repelencia o afecten de una u otra manera sus frondíos intereses. Sinrazón por lo cual prefieran o dispongan por interpuesto jardinero tartufo o maderero alquilado, no solo arrasar los capullos, las flores, los jardines, los bosques y hasta las selvas vírgenes que les incomoden o se opongan a sus objetivos particulares, para extraer su esencia, su leña, para sembrar en su lugar las yedras de la destrucción y la maldad, con tal de engrosar sus billeteras e inflamar sus carcomidos sentimientos megalómanos, bajo la mampara de entelequias como las del «libre mercado, crecimiento equilibrado, desarrollo económico armónico, la paz de las naciones y el bienestar general»; como suelen pregonarlo con gran cartel los beneficiarios e interesados y lo defienden a tajo y sesgo las organizaciones y carteles por estos mismos creados y patrocinados.

Es preciso insistir: poda de capullos justificable única y exclusivamente en la flora y con los propósitos mencionados. Jamás lo será para ninguna otra especie, mucho menos tratándose de seres humanos.

Sin embargo, con tristeza, al investigar y leer sobre los peores genocidios que ensangrientan la historia humana, cada vez más seguidos y virulentos que los horripilantes e injustificables de antaño, pese a que la mayoría pudo ser documentada (maquillada) por los ganadores, con las justificaciones de sus desmanes y debacles, o mantenida y ajustada por sus descendientes y seguidores para continuar disfrutando del heredado como supurante botín o del destilado salarial respectivo, el lector juicioso y objetivo (no alineado, alienado ni beneficiario directo, indirecto o a sueldo al servicio de alguno de estos) encontrará infinidad de ejemplos que involucran más que perversas podas de capullos de la más preciada y delicada especie existente sobre la faz de este puntico azul del universo, en préstamo por un ratico cósmico: ¡la infancia! Estos capullos, más que inermes, confían con ingenuidad en la sensatez y honestidad de los adultos, sin siquiera imaginarse el monstruo despiadado y cruel que puede agazaparse dentro de algunos. Peor cuando son poderosos, se vuelven intocables y han sobrepasado en la pirámide de las necesidades el último de los escalones, cayendo abruptamente hacia el del refocilo visceral (ese que Maslow dejó de mencionar, y es entendible) que les genera la devastación de sus congéneres…  y entre estos sufran más, tengan menos, se trate de niños o hayan sido desposeídos, mayor es el infame y corrosivo placer que les produce la sangre ajena derramada.  

Entre una infinidad de casos, por citar solo unas pocas de estas infames podas, encontramos la, vuelta Testamento, alabanza y cántico, ordenada por aquel emperador romano para salvaguardar su corroído trono e imperio en decadencia. O las de los infames campos de concentración para ‘depurar la raza’ y aniquilar a los sin casta. Ni qué decir de los quemados con napalm en desarrollo de la Teoría del Dominó, así como las de los brutales enfrentamientos en patios ajenos entre poderosos como intocables osos de un lado y otro; cada uno a la siga inicua del control geoestratégico, cuando no en el Gran Oriente Medio, en Europa Oriental, en Asia marginal, en África, en Latinoamérica y doquiera sea que queden recursos por explotar, saquear y a la gran potencia llevar; como oro, plata, diamantes, cobre y otros tantos y tantos erarios sisados durante la erosiva época de la fragosa Colonia, en países a uno y otro lado del majestuoso como insondable Atlántico, así como los ubicados entre el hechicero Índico y el atronador Pacífico.

También lo son, con similar sordidez y desfachatez, las miserables podas de las guerrillas, grupos ilegales, ortodoxas facciones religiosas o dogmáticas que arrancan capullos de sus empobrecidos entornos para llevarlos a sus parcelas horrorosas, donde los entrenan, aleccionan y alienan, lejos de sus vergeles mientras crecen. De allá luego los sacan y ponen a batallar (y morir) en contra del enemigo que les inculcaron. Mientras que los aleccionados y bien pagos generales de la muerte de los ejércitos que enfrentan, pese a saber que su enclenque contrincante tiene de carne de cañón a tales infantiles capullos engrupidos, en supuesta defensa de la democracia, el orden establecido (por sus agazapados y orondos amos detrás del poder), la religión o los dogmas respectivos, disparan a discreción, bombardean sin contemplación y esparcen o escombran en mil pedazos sus inermes pétalos destrozados… o podados en tan ajena como carnicera confrontación.

Podas bárbaras, todas estas, que, al involucrar tanto a niños como a jóvenes, consecuencia de la mayor de las degradaciones del intelecto humano cuando se contagia de egolatría y ansias insondables e incontrolables por el poder, el control y el sometimiento de sus semejantes para saciar sus aberraciones más oscuras, por su monstruosidad simpar, ¡infame!, mereciesen condena, castigo y el señalamiento perpetuos, tanto para los responsables directos e indirectos, como para todos aquellos que conocieron de tal barbarie y nada hicieron, ni dijeron, solo voltearon a ver hacia otros lares.

Pero ¡no!

Resulta que, por este o aquel adeudo, manejo mediático, retoque histórico, justificación salarial, deuda ajena heredada o trasladada, empacho religioso, moral, racial o de cualesquiera otras razones esgrimidas por los poderosos asesinos o los testigos cómplices, en lugar de veto, condena y castigo, estos encuentran justificación, aplauso y hasta difusión de las imágenes con los inermes agredidos, engrupidos o, como lo dicen para que no suene tan feo: «¡Instrumentalizados!». Imágenes para el disfrute televisivo a nivel mundial, por cuenta de la pusilánime y cómplice sociedad enferma terminal de nostalgia social y desafectación humanitaria, que hasta se regocija sin chistar ni mu ante las dantescas imágenes de aquellos niños acribillados, heridos, temblorosos, desorientados, hambrientos, famélicos, llorando por el bramido de los misiles, las bombas, las balas o frente a los cadáveres destrozados de sus padres, familiares o vecinos…

¡Triste legado para la eternidad!

Nocivos efectos de estas podas que, si es que quedan brotes sobrevivientes, se encarnarán durante tres veces treinta y tres generaciones entre los directamente afectados, así como en los genes de los pusilánimes, doquiera sea que vean o sepan de tales aberraciones, la peor de las contaminaciones en la compostura humana: ¡la insolidaridad! Estadio final de la nostalgia social. Particularismo este, fatalmente contagioso, que autodestruye y corroe por dentro al ser que la contraiga, padezca y disperse por doquiera vaya, siendo insondable el dolor sentido cuando ataca la conciencia de cada uno. Inexorable como generalizado padecer callado, doloroso y letal, pocas veces aceptado y mucho menos confesado en busca de ayuda, tanto en los propiciadores intelectuales, materiales y mediáticos de tan perversas prácticas y sus inmundos beneficios logrados, como en el colectivo global…

Neoplasia maligna inmersa, no solo en el alma de los perpetuadores del desafuero contra sus congéneres, sobre todo cuando se trata de niños, también, en las de todos aquellos quienes, frente a tal debacle hicieron caso omiso, sin chistar siquiera. En adelante, a unos y a otros, aquel remordimiento hinchado les arañará sus vísceras, produciéndoles náuseas en las madrugadas, amén de heredarlo…

Carcinoma social impreso en los genes de sus siguientes brotes de capullo, cada vez más descoloridos, insípidos y enclenques.

Historia publicada en RLNC, el 31-08-2025


miércoles, 2 de julio de 2025

Momentos idos

 

Esta narración hace parte y le da el título: ‘Momentos idos’, a la ‘Compilación de narraciones románticas II’

        Niñez, juventud y madurez pasaron veloces por su vera. Nunca pudo hacer con ella esa soñada visita placentera.

Cómo imaginarse entonces que, en esas etapas mágicas, vividas de prisa y sin apreciarlas ni un tantito, como ahora lo hacía, un poco tarde, lo reconocía, pese a todo fue feliz, ¡muy feliz! Lo hizo con el vigor y el ímpetu del alcaraván llanero en celo, sin percatarse de la importancia que cada una de estas tenía. Qué iba a pensar que aquellos maravillosos días de derroches desbocados, locuras, algarabías y sueños infundados, poco a poco absorbidos por agobiantes faenas laborales, tan solo en el recuerdo, ¡cada vez más difuso y esquivo!, quedarían.

Momentos idos, vividos, dolidos, para el jamás olvido.

Vistos con senil retrospectiva, los de su infancia algo sufridos en un entorno familiar en las vicisitudes sociales hundido, tanto o más que los de la adolescencia al percibir que la nostalgia social al futuro patrio traía refundido. Duros años aquellos los de la adultez temprana; en algo llevaderos… quizá por la menuda y más que refregada paga. Esta disimulaba el ceño nacional fruncido, producto de aquel entorno político, económico y laboral, a propósito, por los de siempre enrarecido. Astuta minoría que, pese a tenerlo todo, aunque el todo tampoco le satisfacía, a la atembada mayoría, los sin nada, con amañadas leyes y artimañas, bajo sus insidiosos caprichos productivos por siempre sumisa tenerla quería… que a la postre lograría. Incluso, de ser el más feliz y afortunado del mundo al país convencería y este a los cuatro vientos, al fragor del futbol, fermentos y fandangos por doquiera lo gritaría.

Un cruento y agorero invierno se tragó la primavera.

De un momento a otro la adultez tardía, por entre los sueños irresolutos, los proyectos inacabados y los molestos como incomprendidos achaques aparecidos, inexorable le llegaría. A la ventana de su enfriada alcoba se asomaría. Aunque sabía que lo haría, confiesa que en recóndito silencio a toda costa postergarla quería. Al menos hasta ir con ella a París para la más que retardada luna de mil de cuando novios ofrecida. Promesa hasta ahora incumplida que humilla su existencia; pese a todo lo batallado para hacerla efectiva. Aunque ella lo entiende y sabe todo lo que al respecto han luchado para lograrlo, es un tarugo atravesado en su garganta… que ni saliva le deja pasar, no solo de noche, cuando ni dormir tranquilo puede, también de día. Es la más dolorosa de sus promesas incumplidas. Aunque jamás se lo diga o incrimine, en el cada vez más esquivo como femenino fulgor de sus pupilas la lleva esculpida.

Entre arreboles se agazapa y gime un corazón herido.  

Sin poder… o querer que tal amordazado sentimiento lo sepa el mundo enloquecido. Este hace rato vaga con el freno perdido, en la colectiva tristeza hundido, tras los valores humanos, por algunos centavos, en subasta al mejor postor vendidos. Enfermos del alma en la sociedad de la mentira, en donde ni siquiera el afecto de los allegados es del todo sincero. Creen que suele ser prestado, en tanto haya algún inicuo motivo, interés, dinero en caja o en cualesquiera otros activos. Que los serán de aquellos tan pronto el juez sentencie incapacidad legal o accedan al escrito de defunción para hacerlos efectivos.

Incluso, viejas y secas, conserva sus hojas la palmera.

La senescencia con el paso de las horas hace su dolorosa presencia. Aunque ya no se reproduzca, aquel tronco altivo y áspero no ha muerto, tampoco su esencia, la cual ahora lleva las heridas del tiempo y la ingratitud en sus entrenudos, corazón y en parte de lo que le queda de existencia. Todavía siente y le duele, pero jamás lo dice, que, aunque ayer fue más que un símbolo que generó mercedes y admiración, ahora en su entorno consideren que en estorbo se convirtió, que incomoda a los que de su esplendor gozaron y se beneficiaron, por lo que ya es hora de erradicar la estorbosa datilera... o, al menos, de conseguirle en otra parte, lejos de todos, en un jardín ajeno, lejano, extraño, una pagada jardinera para que se encargue de sus chocheras. Maluquezas, todas, producto del avance de la ceguera, amangualada con la dificultad de entender y captar ligero al sumarse la sordera. Temas tristes estos, los añejos, que a nadie importarle nada pareciera; porque aún no los padecen. Ignoran, disimulan, piensan o esperan que, al llegar a viejos, si es que llegan, tal circunstancia les sea ajena.    

Una vida entera… camino al inexorable frío del olvido.

Pese a todo fue feliz en cada una de aquellas etapas de su vida, se lo dijo a su amante y compañera antes de que alguno de los dos a lontananza partiera o de que el frío del olvido con el infame manto de la amnesia los arropara. Esa vez ella le contestó que a su lado también lo había sido; incluso, en la más que dura postrera, aunque en esta tampoco apareció la escondida primavera, ni lograron celebrar en París la tan ansiada como amorosa y más que esquiva quimera: cenar en aquel hotel, oteando a lo lejos la metálica y seductora palmera.

Lo que sí parecía inexorable, ahora o pronto, que a otro jardín lejano a los dos juntitos sus allegados llevarían y al cuidado de manos extrañas y alquiladas dejarían. Por lo que, quizá, más rápido les llegaría, inexorable, el postrer y solitario estadio de sus días.

Niñez, juventud y madurez pasaron veloces por su vera.

Momentos idos, vividos, dolidos, para el jamás olvido.

Un cruento y agorero invierno se tragó la primavera.

Entre arreboles se agazapa y gime un corazón herido.

Incluso, viejas y secas, conserva sus hojas la palmera.

Una vida entera… camino al inexorable frío del olvido.

Foto cortesía de Andrea Enciso Díaz, de su álbum personal.