Mostrando las entradas con la etiqueta Revista Latina NC Literatura Latinoamericana. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Revista Latina NC Literatura Latinoamericana. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de febrero de 2023

Aquellas aves negras

 


Hay algo que quiero complementarle, hermano, antes de iniciar con lo mío. Es en relación con lo que usted dijo en alguno de sus relatos anteriores. No solo el tiempo es, hoy por hoy, nuestro mayor y más caro activo. Tal vez, igual de valiosas, quizá más, son nuestras experiencias. Así como la infinidad de aportes que en silencio le hemos hecho a este bello país… y en la alborotada época cuando lo hicimos: último cuarto del siglo XX y primera década del XXI.

Experiencias, logros y errores que hay que compartir para que el mundo los conozca y la juventud saque de ahí los frutos que a bien tenga. Son tantas las historias de este grupo de viejones, como usted nos dice, que vale la pena que las escuche y las cuente todas. Por ejemplo, entre tantas, las del viejo Gordillo. Esas sí que son interesantes y merecedoras de elogios para que no sucumban en el olvido de la historia patria. Porque él sí que cogió a pecho aquello de que: “…llegado el caso, morir por defenderla”.

Bueno, ahora sí, a lo que vinimos y gracias por escucharme, aún más, por escribir la parte de mi vida que le voy a contar.

Aquellas aves negras que por doquiera que huela a muerto sobrevuelan y aterrizan con certeza sobre la carroña, guiadas por una más grande, siempre me parecieron, además de feas y sucias, de mal agüero. Aunque, según dicen por ahí, su sangre fresca es un prodigio para curar el cáncer.

Le confieso, hermano, que con nadie he compartido estas sensaciones. Hoy lo hago con usted porque me lo pregunta, para que las escriba, si así lo quiere y las dé a conocer, que, si a alguien le pueden ayudar, servir de algo, que así sea. Estoy seguro de que no soy el único supersticioso en este país, por aquí todos somos agoreros. Lo que pasa es que, como muchas otras cosas no las reconocemos, las escondemos por vergüenza, por el qué dirán, queriendo sacarlas a grito herido.

En estas subcontinentales tierras muchos llevamos adentro aquello de que al levantarnos el primer pie que hay que colocar en el piso es el derecho. O esa vaina de no pasar por debajo de una escalera y nada que ver con el número trece, mucho menos si se conjuga con un viernes. Ni qué decir respecto a ver un gato negro, que se nos rompa un espejo o que se le apague el cirio a la novia durante el casorio, entre un centenar de creencias macondianas por el estilo.

Por eso quiero iniciar contándole sobre la aparición que por desobediente tuve de niño por allá en La Vega, el pueblo de mis padres. Vivencia que iré hilvanando a lo largo de mi relato. ¿Sabe qué, hermano?, hoy, al atar cabos y sargentos, encuentro claro el sentido premonitorio del asunto. Recapitulando, pienso que si en cada momento particular de mi vida les hubiese dado mayor importancia a esas señales… las cosas, tal vez, hubiesen salido diferentes.

Pero para que la gracia sea registrada como milagro alguien se lo tuvo que pedir antes a un santo o candidato a serlo. Si esta se da sin oración o petición anticipada solo se queda a título de casualidad, suerte o predisposición.

Por lo tanto, en cuanto a mi suerte, lo que fue, fue. Como lo acuñó mi compañero “El Grillo” en su impactante relato que usted le escribió, relacionado con su viaje a Panamá en agosto del 79.

 Lo cierto es que esa aparición agorera, en forma de guala gigante, del tamaño de una persona adulta, de cuyos efectos aún no me libro, estuvo en mi mente antes y después de cada vicisitud que se me presentó en la vida. Me imagino y espero que ahí vaya a estar en las que faltan por llegar.

En mi cabeza pernocta desde aquel atardecer cuando, de regreso del paseo que con mis padres hicimos a la Laguna el Tabacal, por el camino real, decidí correr para ser el primero en llegar al pueblo. Mi madre gritó que me devolviera, que aún faltaba trecho. Aunque la escuché con nitidez la desobedecí. Más rápido seguí hasta una revuelta, a menos de trescientos metros de la entrada al cementerio en donde, sobre la copa de un guásimo, una guala abrió sus alas enormes.

Aquella aparición era intimidante, me generó miedo y me hizo parar la carrera. Volteé a mirar para sentir la protección familiar. Imposible, porque la curva del camino que nos separaba impedía vernos. Sentí que mi cuerpo comenzaba a ser objeto de un inevitable tremor, sin embargo, en lugar de retroceder avancé. Aún no sé por qué lo hice. ¡Cosas de chino, me imagino!

En respuesta a mi decisión de seguir, la aparición comenzó a crecer, aún más, a la vez que fue tomando la forma de una mujer, ¡de una bruja! que de una sola zancada llegó al piso, cerca, muy cerca, tal vez, de donde yo quedé paralizado y sin sentido. Cuando lo recuperé, el médico del centro de salud me estaba haciendo oler algo, tal vez era alcohol.

Mis padres nunca me dijeron si cuando me hallaron aún estaba la guala. Tampoco les pregunté ni les dije nada cuando me insistieron en que les contara qué pasó. Atiné a inventar que me resbalé y caí, nada más. Para entonces iba a cumplir los siete años y como me lo repetía todo el mundo comenzaría a tener uso de razón, por lo que, al siguiente febrero, ingresaría a la escuela primaria.

Hermano, esa misma sensación de vértigo la volví a experimentar, muchos años después, en el 79, durante el receso de mis estudios con motivo de la Semana Santa, a un año de lograr el título de especialista en seguridad de instalaciones aéreas. Desazón momentánea e inesperado recuerdo que tuve allá, en mi casa del barrio Muzú.

Esa vez, hermano, también hice omiso caso de tal premonición.

Eran las 10:30 de la mañana cuando un amigo de infancia llegó en moto y me invitó a dar una vuelta por los alrededores. Aún tenía la sensación de desvanecimiento percibida minutos antes al evocar, como cada que algo me suele pasar, la imagen de la guala en el guásimo del cementerio de La Vega. Sin embargo, por ese imparable motor interno que nos desboca me encaramé de pato en la moto y partimos.

Durante el recorrido nos encontramos con uno de los hermanos de aquel amigo, así como con otros conocidos suyos, todos en moto. En la que iba, fuera del que la conducía, en medio se acomodó su hermano.

Alguien, no recuerdo con precisión quién, habló de ir a un pueblo vecino a comer nada más ni nada menos que la irresistible morcilla rellena. Invitación que mejoró cuando dijo que la acompañaríamos con chicha. Viandas estas tradicionales y famosas de aquel municipio ubicado en las goteras sureñas de la capital.

Sin pensarlo dos veces y con el gusto ensalivado, producto de la monomanía que suscita la fritanga, incentivada por el espíritu aventurero, contrario a la mesura, al cuidado y a la premonición, fuimos a mi casa y saqué, para alardear, una bota de cuero. Minutos después la motorizada y ruidosa caravana iba a la siga del gastronómico destino por la Autopista Sur.

Una vez saciados nuestros antojados paladares y apetitos, compramos la vernácula bebida para hacerles honor a nuestros ancestros, los Chibchas, dijimos y nos reímos. No satisfechos con aquel artesanal y fermentado bebedizo, alguien apareció con una botella de aguardiente. Entonces, con la irreverencia y el reto a la lógica que parecen caracterizar y gobernar los espíritus de los jóvenes, robándoles la facultad de pensar bien, buscando, además, causarse daño y desafiar a quien se lo inste hacer ver o impedir que lo haga, mezclamos en la bota las dos bebidas.

Los fermentos de la chicha con la que bajamos la fritanga, sin darnos cuenta, les pusieron alas a nuestros espíritus aventureros. Pronto, alguien propuso seguir el paseo hacia un corregimiento del siguiente municipio. Además, insistió, que para hacer el viaje más interesante nos fuéramos por el lado de la Industria Militar, a campo traviesa, dejando de esa manera la carretera pavimentada.

 Hasta ese momento solo obraban en nuestros cuerpos el colesterol de la picada engullida en uno de los toldos de la plaza principal y los fermentos de la chicha. La ignita mezcla de licores, el ancestral y el moderno, seguía su exótica fragua en la bota. Ninguno la había probado, aún.

Al salir del casco urbano y coger el carreteable observé que una bandada de aquellas aves negras iba sobre nosotros. Una de estas, la más grande y vieja, hasta se me hizo parecida a la guala de aquel guásimo en La Vega.

Las aves agoreras aquellas se nos insinuaban, cual subcontinental premonición, al sobrevolarnos en triada formación. Lo hicieron por un buen rato. Además, en tres oportunidades, comandadas por la guala mayor, descendieron y se posaron, cada vez más cerca, nunca a menos de cien metros adelante, a un lado del maltrecho camino, como queriéndonos detener.

Nunca les pregunté a los otros si también vieron y sintieron lo que yo. Creo que no. La señal de vida, tal vez, era solo para mí. Reiterada indicación que en esa ocasión tampoco acaté. De haberlo hecho, quizá, nunca lo sabré, me habría evitado aquel calvario.   

Cuando cruzamos por frente de la guardia de la fábrica militar ninguno de los integrantes de la seguridad nos dijo nada. Se limitaron a mirarnos y vernos pasar, por lo que seguimos de largo. Un buen trecho más adelante el paso era imposible. Entonces, decidimos regresar, pero antes paramos en un sitio plano. Desde ahí volví a ver la bandada que insistía en volar sobre nosotros y allá, sobre un enorme pino totalmente seco, en la rama más alta, se posó la guala mayor, con sus enormes alas abiertas y sus ojos puestos en mí.

Aunque en ese momento alojé algo extraño en mí interior, lo que me hizo saborear, una vez más, el gusto amargo de la premonición y avivar una sensación de angustia, tampoco le hice caso alguno al anuncio más que evidente. Mucho menos les iba a compartir tal circunstancia a los demás. Pensé que atar lo de mi experiencia de niño desobediente en La Vega con este suceso, siendo ya un hombre adulto, formado, no dejaba de ser más que una tontería producto de mi imaginación. 

Ya no era el niño que iba a cumplir siete años. Tenía pleno uso de razón… algo afectado, eso sí, por el fermento de la chicha en combinación con la euforia y el descontrol que animaban las pasiones contaminantes de aquel grupo.

Nos bajamos de las motos y empezamos a repartir el refajo de la bota. Su sabor era a verdolaga quemante, mientras que su olor tenía un ligero parecido a panela quemada derretida, por lo que solo libé un sorbo. Sabor y olor que le tomé a la bebida, no sé si fue por el amargo que tenía en mi alma, provocado por la visión de aquella bandada de buitres que se negaba a dejarnos, volando en círculos sobre nosotros. Acíbar en la boca que casi me hace trasbocar cuando vi que la guala mayor se posó, desafiante, en lo alto del pino seco, sin quitarme, ni por un instante, su penetrante mirada premonitoria.

Tras unos minutos y una vez los demás desocuparon la bota, emprendimos desenfrenado y ensordecedor regreso hacia la ciudad capital.

Unos metros después de pasar raudos por frente del complejo industrial militar aquel, sentí el traqueteo de los fusiles, así como el silbido magenta de las ojivas en los oídos. Sinfonía de la muerte que nos hizo entrar en pánico. El amigo que estaba conduciendo la moto en la que yo iba aceleró la marcha. Lo mismo hicieron los otros cuatro conductores.  

Como las otras motos solo llevaban dos personas pudieron acelerar al máximo y se perdieron de inmediato en la distancia. En la nuestra éramos tres, por tal razón se nos dificultaba movernos con la misma velocidad de aquellas. Tampoco podíamos zigzaguear. Por fortuna alcanzamos un camión pequeño cargado con cantinas de leche, lo pasamos y esa fue nuestra trinchera.

 Ya a salvo me di cuenta de que el muchacho que iba sentado en la mitad, entre el conductor y yo, estaba desmayado. Situación que incrementó mi desespero. Peor, aún, cuando, al intentar moverme para reanimarlo sentí húmedo mi glúteo izquierdo. Me palpé y supe que estaba herido.

Miré al cielo y vi que aquellas aves negras, comandadas por la más grande, se quedaron en la distancia. Aquellos chulos iban volando en sentido contrario al nuestro, rumbo a lontananza. La líder dejó de mirarme. Sentí su vacío.

Desde entonces y en las reiteradas veces que las he vuelto a ver, incluso, con solo presentirlas, reviso bien lo que estoy haciendo o pretendo hacer. En algunas oportunidades me han sustraído de evidentes situaciones particulares. En otras, quizá, ni me he percatado de lo que me han salvado o evitado. Eso sí, cuando las ignoro, las cosas nunca me salen del todo bien.

 Al llegar al primer barrio de la capital me sentí mareado, por lo que obligué a parar al que iba conduciendo. Lo hizo, preciso, frente a una estación de policía. Ahí comenzó mi calvario.

Sin sentido fui ingresado a la ambulancia. Durante el desplazamiento los paramédicos me resucitaron y terminaron llevándome a un hospital público en el centro de la capital. Desde el inicio del recorrido, durante el ingreso y estadía en ese centro hospitalario estuve escoltado por efectivos del Departamento de Inteligencia de la Policía Nacional.

La seguridad de la Industria Militar reportó que habíamos espiado sus instalaciones y vulnerado su seguridad. Por lo tanto, sospecharon que éramos integrantes de algún grupo subversivo. Hipótesis surgida a partir de informaciones de inteligencia militar que tenían sobre una posible incursión, a darse por esos días, por parte de milicianos urbanos, para hostigar la seguridad de aquel cantón.

Nunca supe, o quise profundizar, si alguno de los otros integrantes del paseo motorizado fuera miembro de alguna organización insurgente. Tampoco, si fue casual o intencional la decisión de coger camino por esa estratégica y protegida zona militar; además, la de haber parado en ese lugar desde donde se podía, en efecto, observar con claridad hacia el interior de la fábrica de municiones, explosivos y armas militares.

Excepto de mi amigo, el conductor de la moto, el que pasó por frente de mi casa y me invitó a dar la vuelta. De él, por la investigación de la que fui objeto por tal percance, supe que estaba retenido en la Brigada de Inteligencia Militar. Creo que luego se probó su inocencia.

 Como le dije, hermano, ese fue el inicio de mi calvario. Desde el momento cuando pasamos de ida por frente a la guardia militar se activó la alarma de inteligencia en la guarnición de la ciudad capital sobre un posible atentado físico o de espionaje por parte de milicias subversivas. Situación que dieron por confirmada, minutos después cuando, tras la parada en el llano y la ingesta del refajo, cruzamos raudos de regreso sin escuchar el supuesto alto que habrían dado los centinelas, por lo que recibieron la orden de disparar a discreción.

Cuando mi amigo de infancia y conductor de la moto finalmente accedió a parar, lo hizo porque me escuchó que tanto su hermano como yo íbamos heridos y caeríamos si no frenaba de inmediato. Creo que paró frente a la estación de policía sin darse cuenta. Lo hizo ante el grito que le pegué, segundos antes de desmayarme y caer al piso, junto con el otro herido, lo que alertó a los agentes de guardia de la estación que reaccionaron de inmediato al ver dos cuerpos sangrando tirados en el piso.

Los uniformados estaban avisados por la alarma del cantón industrial militar, provocada por la supuesta banda de motociclistas insurgentes que, decía la radiada información: “Tras vulnerar la seguridad de nuestras instalaciones omitieron la voz de alto, por lo que tuvimos que disparar, con alta probabilidad de haber herido por lo menos a uno”.

Los agentes llamaron a los paramédicos para que se encargaran de los dos heridos en franco desangre, además de detener a mi amigo para interrogarlo. Ante su solicitud le permitieron hacer una llamada. Lo hizo a su casa. No solo les contó y pidió ayuda para él y su hermano, sino que les dijo que fueran hasta la mía y pusieran al tanto a mi familia.

Enterados en mi hogar, mi hermano mayor fue hasta el hospital para hacerme trasladar a la clínica que me correspondía. Los agentes que me custodiaban se mostraron renuentes a tal cambio. Reiteraban que no me dejarían trasladar. Insistían que al ser yo un integrante de alguna milicia revolucionaria, quien además había atentado contra la seguridad de un cantón militar, tenía que permanecer en ese hospital público. Luego de algunas aclaraciones y verificaciones que estos realizaron fui remitido, en compañía de mi hermano, a la clínica. Allá me intervinieron los dos impactos de fusil G-3 que recibí.

El primero fue en el glúteo izquierdo. Esa ojiva se alojó entre un tendón, a milímetros de la vejiga. Me dijo el médico que, si la hubiera siquiera rozado, mi vida se había esfumado en cuestión de minutos. El segundo fue en la espalda. Esta ojiva se incrustó entre una costilla y la columna. De haber tocado la espina dorsal estaría inválido. Par de inseparables amigas estas que aún permanecen fieles dentro de mi cuerpo. Me acompañarán hasta el día del adiós.

Por suerte o predisposición la investigación para aclarar los hechos y coordinar con las autoridades respectivas fue asesorada por el sargento Cruz, a quien cariñosamente todos le decíamos Natacha, por sus dotes de buena gente. Nos conocíamos porque él era uno de mis instructores en la escuela donde adelantaba el curso de Seguridad en Instalaciones Aeroportuarias.

  De no ser por él, tal vez me habría enredado más de lo que estaba y mi calvario habría terminado en crucifixión.

No sé por qué razón el ser humano cuando es joven, también de viejo, piensa que, al desviar las cosas, al decir mentiras, al no hacerle frente a las vainas tal y como son, resulta mejor, evita las consecuencias del mal obrar o de hacerlas a escondidas. Se cree, erróneamente, que engañando o embarrándola más es la forma expedita y efectiva para salirse del problema. ¡Pues no es así!

Esto me lo hizo entender Natacha.

La vaina fue que al principio me agarré a decir mentiras sobre los hechos. Las que ni sé por qué carajos las dije, además de ser inverosímiles, traídas de los cabellos. Manifesté, por ejemplo, que nos dispararon, sin ningún motivo, desde un carro negro. Que íbamos en sano juicio… ¡Por Dios!

El sargento Cruz, por supuesto, con todos los datos recolectados por los agentes de inteligencia, así como por las otras autoridades que estaban investigando los hechos, además, conocedor de primera mano de mi obvia inocencia en el asunto, frente a la sarta de embustes que comencé a decir en la primera indagación, me llamó aparte y me pegó el más vehemente y oportuno rapapolvo que jamás había recibido, ni vuelto a recibir y que espero jamás tenga que escuchar, menos necesitar. Aunque uno nunca sabe.

Me dijo, entre tantas cosas que hoy recuerdo con agradecimiento infinito, palabras más, palabras menos:

—Mire, indio hijo de puta, por su bien y la de su familia diga la verdad para que no lo metan a la cárcel.

Dura, oportuna, contundente e imborrable lección de vida.

Como era obvio, al continuar la diligencia dije tal cual había pasado todo. Lo único que obvié fue lo de los chulos y la guala mayor aquella. No me pareció oportuno decírselo ni siquiera a Natacha. Pensé en ese momento que si me refería a esas apariciones de pronto me harían pasar un buen rato en el psiquiátrico.

El otro herido, el hermano de mi amigo, alguien me dijo tiempo después que el impacto le comprometió un pulmón. Sin embargo, al parecer, tras la cirugía se recuperó.

En agosto de ese año y una vez Eliberto, Jorge, Eduardo y ciento treintaicuatro alumnos más partieron hacia Panamá para su última fase de formación en aviación, los que estudiábamos temas de seguridad nos quedamos en la escuela.

Hasta entonces pasaron cinco meses de investigación relacionada con el incidente. Embrollo del cual fui absuelto del todo. Lo que me permitió, en marzo del 80, graduarme y a partir de ese momento ir escalando en el arduo pero bonito oficio de la seguridad de instalaciones aéreas, hasta alcanzar, cerca de veinte años después, uno de los más altos escalones de mi profesión, antes de jubilarme.

De aquella investigación salí absuelto de todo… excepto de dos cosas. La primera, la cual fue pasajera y que hoy casi nadie recuerda. Ni siquiera mi compañero Luis Sánchez quien no perdona una, tampoco Iván y creo que ninguno de aquel bonito grupo de seguridad aeroportuaria. Se trata del vergonzoso episodio que en la escuela me hicieron pasar los amigos de las motos a los que llamaron para justificar mi conducta e inocencia en aquel impase, como requisito para que yo pudiera continuar en el curso, el cual llegué a ver en peligro. Pensé que no lograría terminarlo por aquel paseo.

Estos amigos, cuando fueron citados, llegaron, no solo en sus ruidosas y vistosas motos, sino ataviados con chaquetas y pantalones de cuero, adornados con sobresalientes remaches de acero reluciente. Las autoridades académicas, luego de escucharlos y verificar mi versión, además de corroborar mi inocencia en la situación, me llamaron a parte y me sugirieron que cambiara de amistades para evitar, en un futuro, que me metieran en problemas.

Con directivos y profesores el asunto quedó ahí, más no así con los compañeros de estudio y luego de trabajo. Estos, hasta hace unos diez años, tras retirarme de la actividad de la seguridad, me seguían levantando por la estrafalaria pinta de mis amigos motorizados.

La segunda se relaciona con mis dos amigas, las ojivas, las que aún llevo incrustadas en mi cuerpo. Como el expresidente Samper, a quien Jorge, el héroe discreto, le salvó la vida en el aeropuerto El Dorado, tras el atentado en el cual murió José Antequera.

Por estas dos amigas inseparables, no solo cada vez que tengo que pasar por algún arco de seguridad que detecte metales, me toca soportar incomodidades, vergüenzas, demoras y dar explicaciones, casi inverosímiles, sino que sigo, y seguiré siendo el blanco perfecto de todo tipo de mofas agudas.

En especial de aquellos con los que compartí mi formación en la juventud, experiencia y vida laboral. Ellos, no solo saben las intimidades del caso, sino que conocen el sitio exacto de la primera, la que traigo incrustada en mi muslo izquierdo.

Aun así, los aprecio y estaré siempre atento y contento ante cualquier situación que lleguen a requerir.

Sobre todo, a estas alturas del paseo cuando la amistad y los recuerdos de toda una vida son medicinales. Los mejores remedios para disipar y paliar las penas, los achaques y los avances de las maluqueras que, inexorables, van conquistando, día a día, la geografía de nuestras andadas humanidades.

 Este relato subcontinental, en parte contado por Mauricio Triviño, 

es una mezcla entre realidad y ficción. Fue publicado en Revista Latina Nc el 31-01-2023


domingo, 5 de abril de 2020

Virus...$$


Virus…$$


         Este es un relato de ficción subcontinental con algunos temas que de pronto un lector acucioso, otros le dirán supersticioso, podría asociar con la contagiosa realidad que por estos tiempos del olvido, en las alas del éter, vuela de montaña en montaña, de país en país, de continente a continente… de persona a persona. Biológica nostalgia que se dispersa entre anónimos seres, sin siquiera darse cuenta cuándo ni dónde la adquieren, portan y pasan a otros, mientras algunos discuten si es prudente cerrar aeropuertos, y muchos más se obstinan en desatender, hacerle el quite, a la medianía de medidas emitidas por las comprometidas autoridades, incapaces de contener con eficacia la histeria colectiva.
Todo indica, o al menos parece, que estamos en guerra. Pero, no en una ‘convencional’, como acuñan los expertos en genocidios. Esta es global y con más alcance y perversión que las anteriores conflagraciones mundiales. Las dos, ni sumándoles los millones de litros de lágrimas y sangre inútilmente derramados durante todos los conflictos propiciados en los últimos ciento diez años, aproximadamente, tuvieron las implicaciones que nos acarreará la actual. Esta, por ahora, es sin fusiles, tanques, barcos, aviones ni misiles. Solo usa ojivas mocosas cundidas de virus capaces de llegar, involucrar y afectar a toda la frustrada raza humana. Fuego amigo disparado a corta distancia por las gargantas de familiares, conocidos, vecinos...
La confianza (literaria esperanza) que me queda es que una vez los poderosos directamente interesados en la hecatombe (en mi sentir: los gestores de esta vil confrontación por la supremacía de los mercados y los diezmados recursos naturales, casi todos contaminados) logren reacomodarse pronto en el  tablero del sórdido póquer mundial, hagan una tregua y saquen 'la mágica cura': supuesta onerosa vacuna, paliativo mejunje, acuerdo petrolero, consecuente estabilización del dólar, distribución del mapamundi y sus rentables negocios: botines de guerra. Aunque todos sabemos, o a eso nos tienen acostumbrados, que lo hacen mientras, como en toda estúpida guerra humana, alistan la ofensiva para la siguiente arremetida, cada vez con más pesada, tenebrosa y secreta artillería. Pero, que lo hagan, que den tregua, al menos por ahora. De esa manera, por un lapso, volverán a ser los héroes del planeta: los guardianes del universo. Los sobrevivientes harán como que ignoran que fueron aquellos los causantes del contagio, mientras que una buena parte de la ambidiestra prensa les servirá de celestina a cambio de las jugosas pautas destiladas de sus deletéreas industrias. La diezmada como atolondrada población que logre salir algo ilesa les alabará, agradecerá y pagará con creces, de todas formas; ¿acaso les queda alternativa?
Intuyo que después de esta brutal arremetida ningún parroquiano de alpargatas, así sean de marca, del todo sin rasguños difícil saldrá. De pronto algunos pocos emergerán y mostrarán que sus estados físicos en nada afectados quedaron; mas no así sus enjundias. Todos, en menor o mayor proporción, tras la cuarentena, enfermos del alma estarán, abordados por el virus mortal de la nostalgia social. El estado espiritual del hombre, su mente, su raciocinio, jamás volverán a ser como hasta ayer. El humano nunca verá de igual manera a sus congéneres como lo hizo hasta entonces. Menos, si este, aquel o el otro ejerza algún escaño en las viciadas esferas del poder social, cualquiera sea su connotación. Peor será si aquel llegase a militar en las huestes de la política, la economía, los medios, la patrocinada ciencia, la milicia, o en la de los pregoneros de la fe, sin distingo de su sello comercial. Se replanteará, eso sí, sobre el valor y el heroísmo del personal sanitario, de los del servicio de limpieza, de los celadores, los cajeros de supermercados y de un sinfín de salario-dependientes héroes anónimos que pusieron el pecho y en riesgo sus vidas para que nada faltara, ni fallaran abastos ni servicios vitales.
Sobre esta pérfida guerra, tan única de humanos contagiados de ambición, tengo serias suspicacias, literarias, desde luego, insisto. Esta tiene dos estadios, el antes y el ahora. El antes, y en síntesis, tiene que ver, entre otras tantas, con ciertas filtradas declaraciones de algunos altísimos funcionarios de poderosas organizaciones creadas, precisamente, para garantizar la vida digna de todas las personas, sin distingo alguno, menos de clase social, edad ni nacionalidad, unas; y para hacer sustentable la economía, la estabilidad y el desarrollo en el mundo, otras. No obstante, dizque «para que ‘el sistema’ sea sustentable y garantizar la sobrevivencia de todos», algunos de esos altos directivos, de unas y otras de esas organizaciones, emitieron voces de alerta encontrando posibles culpables… entre estos, ¡a los viejos!, quienes, precisamente por ser viejos, y cargar el lastre de al menos una catastrófica maluquera, por no generar ingresos y a cambio demandar recursos para su costoso tratamiento, imparajitable manutención y vitalicia pensión, sobre todos los de menor linaje social, «¡al no morirse rápido!», representaban un problema socio-político-económico-sanitario que «hay que solucionar ya...»   
Ahora aparece una infernal arma que tiene perversos comportamientos humanos, ‘a su imagen y semejanza’, propulsada, amén de ser un virus, por las bacterias del egoísmo y la ambición desbordada. Esta, tal parece, es más efectiva, principalmente, contra la gente mayor, es decir, en chaguaniceño romance, contra: «Aquellos de lento y trémulo andar, elemental y pertinente sabiduría al hablar, pero, con heridas en el alma imposibles de sanar», allá en mi pueblo a Eva Pico, mi partera, eso le escuché de niño. Es innegable, casi palmario, el componente estratégico-táctico-militar-económico-político de este biológico misil de limpieza social: es invisible, insonoro, indetectable, infalible, selectivo, ataca por sorpresa y en donde menos se espera; es letal, llega al blanco con milimétrica precisión triangulada e irreversibilidad en el disparo; dispersa terror masivo y sin control; pero, lo peor, se multiplica con cada víctima, y muy pocos, ni sus mismos genios lo pueden contener del todo; al menos, al parecer, mientras no tuerza su rumbo y se equivoque en el rango de edad de sus planeados blancos, y me refiero a bastones y canas colocados en la diana.
¡Qué curiosa como morbosa casualidad! Al parecer; y quizá solo sea, ¡otra vez!, mi calenturiento sentir literario, insisto; en algunos protocolos, cuando en una crisis, como en las pandemias, se llega al ‘estado de guerra’, unas pocas autoridades toman la decisión de quién va a morir y a quién darle asistencia prioritaria; o sea, salvarle la vida. Y en el actual caos biológico, tal parece que la prioridad desfavorece a los vejestorios, con mayor razón si de algo sufren, que siempre de algo padecerán… dizque porque estos, «una vez infectados, ¡no tienen cura!, y de eso o de algo más pronto morirán…»
Ojalá este solo sea un relato de ficción subcontinental más. Se evitaría, entonces, que de pronto ese infecto ratón de probeta, en un humano descuido, se les escabulla por entre la alcantarilla del recóndito laboratorio donde fue engendrado, y se les multiplique libremente. Imagínense que lo llegase a hacer en tan nauseabundo como oscuro hábitat virgiliano… con tantas almas perversas y en pena por ahí.
Me causa, además de las anteriores suspicacias, también inquietud… o tan solo sea una mera intuición de ficción literaria, insisto, que en plena pandemia haya ejercicios e intimidantes demostraciones militares en Europa y Asia, con soldados inmunes al virus, armados hasta los dientes; que China y Cuba se solidaricen a manos llenas con las ponzoñosas catástrofes que padecen Italia y España, mientras organismos rectores del orden mundial les niegan socorro a otros misérrimos pueblos porque sus gobiernos están por fuera de su línea política; el bajo nivel de contagio, y de víctimas, en Rusia y Alemania (hasta ahora); que al actual gobernante de los descendientes de Raskólnikov, con la segunda fuerza letal en alistamiento de primer grado, poco querido en occidente, ¡al parecer!, algunos ortodoxos que antes lo criticaban y censuraban, le reconozcan sin ambages por su férreo y contundente liderazgo; que producto del libre comercio, ameba que lo engulle todo, se hayan suscrito ‘curiosos’ acuerdos comerciales entre China, Rusia e Italia… un duro golpe para las finanzas internacionales occidentales, en especial para las empresas relacionadas, ayer y hoy, con los hijos, allegados, socios y paisanos de los Babbitt; que en plena crisis por el virus haya una feroz guerra paralela entre los amos del petróleo, sin que les importe un comino, ni siquiera ‘Tres guineas’, la suerte del mundo, en especial, la de las economías débiles, que los son todas las de los países tercermundistas, casi el noventa por ciento de la sociedad global, en la feroz mira del contagioso misil vía estornudos...
Pueblos, estos últimos, durante más ‘Cien años de soledad’ dizque  «en vías de desarrollo», en los cuales su gente, engarruñada por el pánico, objeto del endémico rebusque y la filosofía de actuar con ventaja, trastoca sus antiguos principios y composturas, saliendo a flote eso mal llamado ‘malicia indígena’. Es el caso, por solo referirme a dos de estos, del farmaceuta amigo, el del barrio, el bonachón de don Jeremías. Por un solo tapabocas, hecho en casa y sin garantías, ahora está cobrando lo que una gruesa ayer valía. Ni qué decir de don Ananías, el señor de la ferretería, el de los cables, las grapas y la tornillería. Sacó al andén un estante repleto de frasquitos de 500 ml, dizque con gel anti-bacterias. Curiosamente, aunque no tienen etiqueta, menos registro sanitario, los está vendiendo como pan caliente a un precio astronómico. Fui por el mío… pero hay una cola que le da la vuelta a la manzana. Todos quieren tener al menos uno, antes de que se acabe la primera producción casera; como desapareció en un santiamén de los anaqueles de las grandes superficies el papel higiénico, el alcohol, el arroz, los enlatados y… ¡todo!; hasta la loción para después de la afeitada, al tener «algo de desinfectante», justificaban dos compradores que se peleaban por ahí la última de esas latas que quedaba.
Si esta no es una guerra global peor que las dos anteriores, incluyéndoles los desgarradores e injustificados conflictos del ignominioso siglo XX y lo que va del frenético XXI, entonces, ¿qué es? Creo, en mi disparado sentir literario, insisto, que si el virus no logra reposicionar rápido a las potencias como lo quieren y demandan sus enconchadas cabecillas, llenándoles aún más sus gigantescas como hediondas alforjas, al tiro de reventar, pronto rugirán de nuevo los fusiles y los hambrientos misiles surcarán los cielos, apesadumbrando el día e iluminando con sus mortecinas detonaciones las tristes noches que le quedarían a esta, una especie que lo tuvo todo, desgraciadamente contagiada, sin lenitivo ni cura alguna, con el peor de los virus… $$. Este, clonado con la más mortífera de las bacterias: la sinrazón, subproducto nocivo de la inteligencia humana; la misma que instigó el amotinamiento en cárceles colombianas, en esta, ‘La mala hora’, no solo de algunos reclusos ante el pánico del apeñuscado contagio, sino la de los nerviosos guardianes que les dispararon para controlar el caos…
Solo ruego para que este no pase de ser lo que es: ¡un relato de ficción subcontinental! De no serlo, dejo esta constancia literaria para las futuras generaciones, ¡de haberlas!
Bogotá, D.C., 24-03-2020