miércoles, 5 de febrero de 2020

Conversaciones con mi nieto

Conversaciones con mi nieto

"...ni antes del amanecer, tampoco después del atardecer, es posible ver el sol por la ventana..."

Como a todos casi nos pasa al volvernos abuelos, ¡o eso creo!, o escuché por ahí, al llegarme el sorpresivo turno… ¡humanos sentimientos encontrados me rasguñaron por dentro el pecho! No obstante, desde cuando lo tuve entre mis brazos, esa primera y mágica vez,  y me miró, como si fuésemos viejos conocidos, hospedándose en lo más recóndito de mi existir, lo escuché. Me habló con ese rayito de luz escapado de sus incólumes pupilas:
—Abuelo, soy el complemento de tu vida, así como la prolongación de tu existencia.
—Sí, así lo siento, jovencito —con callado grito le respondieron mis ojos a punto de humedecerse; lo que impedí con gran esfuerzo, disimulado. Necesitaba evitar que los demás captaran lo que le pasaba al inexpresivo y cascarrabias que toda mi familia conocía—. Llegaste justo a tiempo para entregarte el pesado morral de mis sueños, algunos a propósito guardados, muchos frustrados, ¡pocos cumplidos!
—Lo sé, abuelo, entre muchas otras cosas… ¡a eso vine! —sus ojos volvieron a gritarme —. Tus sueños y los míos conocerán la luz en su debido momento, cuando el viento del norte venga tibio y sin borrasca —me asestó la voz de su mirada limpia, en el preciso instante cuando alguien me pidió que se lo dejara alzar. También quería arrullar en sus brazos al recién nacido.
Así y ahí terminó la primera conversación visual que tuve con mi nieto.
El tiempo siguió su marcha. Mi nieto fue creciendo. Yo seguí deshojando el calendario y garrapateando a toda prisa mis volátiles sentires en las páginas de las infieles nubes. Sin embargo, desde aquella vez, sin casi palabras, o con una que otra que es menester decirnos para evitar suspicacias familiares, con miradas nos seguimos entendiendo. En mis ojos él encuentra todas las respuestas y orientaciones que necesita, así como las que más tarde, estoy seguro, va a requerir, tal vez para cuando ya no esté a su lado. Con miradas le digo lo que pienso o preciso; si estoy feliz o triste; si estoy de acuerdo o no con algo. Él todo lo entiende, o deduce. En la viveza angelical que deja asomar a los dos luceros empotrados en su infantil rostro, manantial de néctar en camino árido al trasegar el tercer tercio de mi destino bajo el efluvio del sol de los venados, leo e interpreto sus preguntas, dudas, inquietudes… presentes y venideras.
A través del destello de su incólume pupila llego a su alma limpia. Ahí dormita apacible su prometedor y bonito futuro. Este, desde luego, con altibajos y dificultades para llegar a ser una buena persona: el máximo y más caro trofeo diseñado a medida para el ser humano, acorde con la arquitectura universal. Intrínseco proceder, sin embargo, hoy día casi olvidado o confundido con torpeza. ¡Torpe!, calificativo que suelen darle a quien se atreva, o al menos lo intente, a ser buena persona.
Cuando estamos juntos, allá en su prístina esencia, vía su transparente mirada, encuentro la lumbre que guía ahora mis cansados días. Al ausentarnos, me basta con recordarlo para que me ilumine y suavice el camino, me humedezca y endulce los labios, resecos de libar en la copa del desagravio la esquiva ingratitud de algunos, o la nostalgia social que a todos, casi por igual, nos enferma el alma, dentro de este abismo de afanes egocéntricos y virulentos por doquiera esparcidos. Que son más letales cuando la causa no es otra que la sulfúrica codicia, la peor y más triste de las facultades de la mente humana, hasta ahora conocida.
—Abuelo —me dijo con su luz un poco antes de cumplir los seis años—, pensar que algún día no estés, como hasta ahora, me produce miedo. Anoche eso soñé y desperté llorando. Y no fui capaz de decirle a mamá lo que me pasaba… para evitarle más preocupaciones de las que ya tiene.
—Mira, jovencito, nuestra existencia, por fortuna, es efímera, muy pasajera —le respondí con la voz de mi ronca conciencia puesta en las pupilas de mis ojos de invierno—. Somos transeúntes en esta pequeña y frágil nave del universo a la que llamamos tierra. Entonces, lo que importa es que en el ratico que aquí estemos, dentro de la infinidad de asuntos que nos corresponde, casi todos inventados e innecesarios, hagamos bien dos cosas, y en particular evitemos una…
—Abuelo, si te entendí: ¿hacer bien dos cosas y evitar una… cuáles?
—Las dos primeras: ser feliz y propugnar para que los demás, también, alcancen tal dicha, jovencito —le respondí—. Facultad cada día más refundida por el propio ser humano, empecinado en cobijarse el alma con abrigos zurcidos con los cardos del sufrimiento colectivo.
—Ser feliz y buscar que los demás también… parece tarea fácil lograrlo, abuelo —lo escuché, no solo en su mirada, sino en su todavía impoluto pensamiento.
Desde hacía algún tiempo, además de hablarnos visualmente, nos comunicábamos a distancia. Telepática facultad que pocas veces la usábamos. Lo hacíamos cuando alguno de los dos requería algo del otro con carácter urgente. Como cuando a él lo regañaban sus padres de manera injusta, exigiéndole e imponiéndole su atorrante autoridad para que dejara de ser lo que era: ¡un niño! Entonces, desde su hogar, me pedía que le indicara qué actitud tomar, qué hacer.
—Siempre, en estos y en muchos más casos que se te presentarán a lo largo de la vida, la estrategia a seguir es la tranquilidad —le dije un día cuando sus padres le exigieron que ya tenía que saber leer y escribir, ¡y en dos idiomas!, «como los otros niños del jardín… si es que quieres pasar al siguiente nivel, y en un mañana ser alguien en la vida», le enrostraban—. Sofócales sus acalorados como agobiados corazones con un baldado de tu ternura, con un racimo de tus cándidas sonrisas, con un soplo suave de tus palabras y fraterno ánimo. Así evitarás con ellos, y con cualquiera, la inútil como abrasiva confrontación de las afiladas palabras y los hirientes hechos. Esta, no solo avivará la llama del dolor mutuo, sino que pellizcará la dermis de la solución, colocándola a mayor distancia de las partes en cuestión. Debes comprender que casi todos los padres, y los adultos, suelen repetir los errores recibidos en sus crianzas, cuando no es que encuentran en sus hijos, amigos, vecinos, paisanos y gobernados, el soslayado objeto de sus mordidos desquites, heredados traumas e incurables perversidades.
Por lo general, mi sugerencia le funcionaba, al menos con sus agobiados y siempre auto-atareados padres. Espero que cuando crezca y sea más grande, si la pone en práctica, le funcione con el mundo. Por mi falta de resolución, aparente mal carácter y debilidad… o tal vez extremada sensibilidad, ¡lo reconozco!, tal estrategia poco éxito me produjo. La verdad: nunca lo intenté con juicio. La huraña humanidad me traía en revesa afectiva desde mi difícil infancia, castigada por la heredada desigualdad social que  por toda parte resplandecía, y por ese ventajismo de unos pocos, los de siempre: la artera minoría, que todo lo tenían, pero que con nadie, solo entre ellos, nada compartían.
También acudo a ese etéreo medio de interacción mental con él cuando lo echo de menos y me hace falta. Entonces, lo busco en mi recuerdo, al cual siempre acude. Llega con una flor en la mano; de las que recoge en cualquier jardín o prado para alegrarle el día a quien lo necesite, o para sanarle las dolamas a la abuela (infalible medicina para ella, mi esposa). Siempre lo hace con esa magnética sonrisa que tiene la mágica facultad de calmarme, así como de llenar mis alforjas de alegría y espantar los fantasmas de esta enchipada melancolía; oculta tras la mampara de mi «cara de puño», como me dicen algunos de mis hijos y otros allegados.
—Sí, ser feliz y hacer felices a los demás parecen tareas fáciles… en teoría —le comenté—. Hacerlo con éxito es otra historia; tema por demás complejo; cual ejercicio de asíntotas, en donde la recta del pensar, es decir, la inteligencia, se prolonga de manera indefinida hacia la curvatura del comportamiento humano, sin jamás coincidir.
—Entiendo, abuelo, que el hombre, lo que piensa y pregona, el deber ser, no es precisamente lo que termina haciendo. La acción del cuerpo desobedece el prístino mensaje del intelecto.
—Una vez más lo compruebo, nieto amado, además de alma limpia tienes una mente lúcida, las dos asociadas y nutridas por los latidos de un corazón sensible y efervescente…
—Volviendo al tema, abuelo —me insistió—, ¿y qué cosa es la que hay evitar? Me hablaste de las que hay que hacer, falta la que no.
—Muchacho: ¡jamás causarle daño al mundo!, ni a nada de lo que en él existe: personas, animales o cosas —se lo dije sin rodeos—. Esto se logra, en gran medida, cuando hacemos las dos primeras; lo que implica vivir en armonía, a un paso de la plena alegría… aunque con pocas cosas materiales en las alforjas. Estas suelen hacerle al hombre, además de pesado, espinoso, doloroso y complicado el viaje por el disparejo camino de la vida. El cual, al recorrerlo ligero de mundanos chécheres, suele ser menos azaroso, además de permitirnos algo de mayor libertad y disfrute de la existencia. Otra cosa es hacerlo con argentas cargas de oropel teñidas; las mismas que nos impiden ver de qué color pasa a nuestro lado la felicidad vestida.
—En estos seis años de vida, por lo que he visto y me has contado, esta sí que es una tarea difícil —me compartió en su mente, y algo de ello en su mirada, colocando en su semblanza un halo de nostalgia—. Casi todos pugnan, precisamente, por llenarse los bolsillos, sin siquiera fijarse a quién… o a qué le causan molestias, daños y hasta pérdidas irreparables. Tal y como lo intuyo, a muy pocos les importa eso de hacer felices a los demás; y ni siquiera a sí mismos. Tampoco lo encuentro en sus largas listas de afanosas como contradictorias prioridades; todas estas contrarias a lo que tú llamas: «la inmensidad gratuita de las pequeñas alegrías de la vida», abuelo.
—Volviendo al divertido juego de las matemáticas, disciplina por la que tienes inclinación y gran talento, jovencito —le dije para recobrarle el ánimo y anegarle de sosiego su impoluto ser—, si bien es cierto que para los hombres la tendencia de su comportamiento es precisamente esa: causarle daño a su entorno, por ende así mismo, tal aberración del intelecto humano es finalmente decreciente…
—Entiendo el mensaje, ¡abuelo! —me interrumpió—. En la inteligencia humana no todo es luz, ahí coexisten sombras, y algunas son tenebrosas y abismales. Más, todavía, cuando el individuo que la ostenta se despide de la juventud, se vuelve infantilmente adulto y avizora a corta distancia la temida vejez; peor, cuando esta se anuncia larga y quebradiza. Pero…
Casi nunca lo hacía: interrumpirme. Esta vez lo hizo ante las largas y el rodeo que le estaba dando a su inquietud inicial respecto al sueño que tuvo, en el cual, al parecer, me moría. En ese momento ni él ni yo sabíamos cuándo acaecería. Pero lo sabíamos. Algo de la inexorable llegada de aquella atufada amiga mi espíritu presentía; y él lo encontró entre mis calladas angustias mientras dormía.
—Sí, sé qué quieres que retomemos lo de tu sueño…
—Así es, abuelo, sobre eso… eso que me hizo llorar al despertar y que no se me quita de la cabeza.     
—Así como cuando llegaste a mi vera, jovencito —le dije—, irás encontrando a otras personas que serán tu complemento y prolongarán tu vida, como me lo dijiste la primera vez que me hablaste con los ojos; y en lo que, en efecto, te me convertiste desde entonces.
—Será diferente —enfatizó en su etéreo mensaje—. Entre esa aparente frialdad de tu mirada, detrás de esa hosquedad de tus palabras y desafiante postura física, abuelo, se esconde una persona sencilla, sincera, muy capaz y buena, que ilumina y guía mi camino, y el de muchas más personas, incluidas las que integran nuestras entroncadas familias. Todos nosotros, así ellos no te lo digan, de una u otra manera te admiramos y respetamos por lo que has hecho, aunque a ti te parezca muy poco, insuficiente o incompleto…
Mi nieto enmudeció su mirada y estranguló por un momento el pensamiento. Sentí que tomaba aliento para continuar con su disertación. Evité interrumpirlo. Me tenía, más que sorprendido: conmovido, impresionado y admirado.
—Abuelo —reanudó con la voz de sus pupilas negras, brillantes, incendiadas—, una mirada traslúcida, sin sombras, y serena como la tuya, que genera seguridad y confianza, abuelo, será difícil encontrar en otros ojos, como lo he intentado con muchas más personas. En casi todas ellas percibo que están más interesadas en hacerle daño a sus congéneres, y en ser infelices, así como en causarles desdichas a las demás y destrucción irreparable al mundo que habitamos. Pareciera que esa fuese la trágica constante de los humanos…
Me tenía abrumado con su percepción clara y concreta, tanto sobre mí como la del pequeño mundo al que hasta ese momento tuvo acceso. Hubo momentos en los cuales me sentí desnudo, y apenado, ante su aguda visión y concisa interpretación del ser humano, ¡y mía!, en particular. Si bien era cierto que en las visuales y mentales conversaciones con mi nieto le solía mostrar el mundo, tal y como es, con énfasis en el soterrado comportamiento del hombre, su intuición y agudeza analítica iban mucho más allá de lo por mí expuesto, y entendido. A su edad, tales competencias y alcances jamás tuve… ni siquiera ahora, arriba de cinco calendas más que él. Entonces, deduje al recordar algunas características de estas nuevas generaciones, nacidas en la segunda década del siglo XXI, que su genética y capacidades físicas y mentales tenían que corresponder y alinearse con la época y la avasallante tecnología que todo lo invadía.
Pensar así en algo me consoló, tal vez. Ojalá el futuro de estos jovencitos, en un mundo con tanto desarrollo científico, en todas las ciencias y campos del conocimiento, sea el que la raza humana se merece, y necesita. Ojalá.
—Abuelo —me interrumpió al escuchar mis calladas reflexiones—, entonces… lo del sueño que tuve…
—De algo estés seguro, nieto amado: cuando mi cuerpo se marchite y se integre con las demás sustancias de este mundo, mi componente etéreo, ese al que llaman espíritu, que no es otra cosa que energía, la esencia de la vida, seguirá iluminando y guiando tu camino. Recuerda el compromiso que tienes desde aquel día…
—Sí, abuelo, el de encargarme del morral de tus sueños… y de esos secretos que me confiaste y que atesoras, de tiempo atrás, en el disco duro de tu portátil: «Los secretos del abuelo», como los llamaste el día que me lo dijiste y enseñaste. Tus sueños y secretos, y los míos, ahora conforman un solo atado, abuelo.
—El que logres ser buena persona, en primer lugar, hacer lo que te diga tu voluntad, así como posibles algunos de esos sueños y secretos del costalado guardado de mis ilusiones, me hará vivir tranquilo y realizado en tu existencia, así como en la voluble memoria de la humanidad. De esa forma, muchacho, por más que mi componente corpóreo ya no esté a tu lado, de la manera como hoy me percibes, mi esencia, fraguada con la tuya, te hará recordarme y caminar por senda firme y segura, te lo prometo: ¡ahí siempre estaré!, y sabes que nunca prometo nada que no pueda llegar a cumplir.
—Abuelo —me dijo con mirada dubitativa—, ¿tú crees que tengo facultades y habilidades para poderte cumplir estos encargos?
—Estos, los tuyos y muchos más —le dije—. Tienes con qué, jovencito. Cuentas con lo fundamental para lograrlo. Solo hace falta que lo quieras hacer. Es cuestión de voluntad, disciplina, estrategia y, sobre todo, de mucha paciencia. Este último, el más difícil ingrediente para alcanzar propósitos; lo cual no significa que los otros tres estén exentos de atractiva y cautivante dificultad; la que en los seres corrientes termina por imponerse con alcahueta facilidad y pregonada justificación… ¡y tú lejos estás de ser corriente!
—Abuelo, me has dicho muchas veces que todo en la vida se logra cuando se hace con voluntad, estrategia, disciplina y, sobre todo, con paciencia. Pero, casi nunca me has definido esas cuatro palabras…
—Porque no se trata de simples conceptos, de simples palabras…
—Y, ¿entonces?
—Son herramientas de uso y brega diaria que se van asumiendo y fortaleciendo cada día, con cada acción, con cada caída, con cada levantada, con cada triunfo, con cada derrota.
—Sí, pero… me gustaría que me las explicaras de la manera que sabes hacerlo. Así las interiorizaré por siempre.
—Digamos que la voluntad es esa fuerza interna que nos impulsa a hacer algo, sin esperar que nos lo digan, sino porque nos nace y estamos convencidos de quererlo y lograrlo. Además, porque existe un motivo propulsor: una brisa invisible que le da sustento a las alas del gorrión al emprender el vuelo, a pesar del vacío y la atrapante fuerza de gravedad, que no solo atrae masa, también lo hace con las ganas de superación de unos tantos, las de los negligentes.
—Entendido… sin esa fuerza invisible el pájaro jamás dejaría la peligrosa comodidad abrigada del nido. Por lo que se le atrofiarían las alas y perdería la facultad de volar, y hasta la de intentarlo alguna vez.
—Entonces, jovencito, dejaría de ser pájaro, por lo que, atrofiada tal potestad, tendría que echarle mano a otras para sobrevivir, a las más fáciles, que siempre son inconvenientes, por ende perjudiciales; eso sí: ¡muy atractivas y de vistosa apariencia, como el acíbar!
—Abuelo… y un pájaro con tal atrofia quizá querrá y hará cosas para que otros lo imiten y también dejen de volar.
—Lo más seguro, ya que una vez atrofiadas sus alas, querrá que los otros tampoco las usen, al sentirse en propiciada y acomodadiza desventaja.
—Me queda muy claro lo que significa la voluntad, abuelo.
—Las otras tres facultades humanas para lograr las cosas en la vida, jovencito, son madrinas de la primera. En especial, si una buena persona se quiere ser. Si falla cualquiera de ellas, al viajero le cogerá la oscura noche por el serpenteante camino, en donde cualquier cosa puede pasarle… y justificará de cualquier manera.
—Como le escuché al otro abuelo: «La luz es aliada de la virtud y el triunfo, la maldad casi siempre se agazapa en la oscuridad y el fracaso» —me comentó mi nieto.
—Gran sabiduría hay en ese dicho, jovencito —le respondí—. El turno ahora le corresponde a la estrategia, si te parece que continuemos con la secuencia…
—Sí, abuelo, por favor.
—La estrategia debe ser siempre el producto de la meditación y la reflexión —le dejé expósito en mi pensamiento y le proyecté en mis pupilas—. La improvisación, cuando no es que conlleva al desastre, es más cosa de esquiva como traicionera suerte, que de una constante digna de convertir en regla. Sin planeamiento muy pocas veces resulta lo que es menester. Por el contrario, cuando indagas y sabes cuál es el mejor lugar para poner las bases y las columnas adecuadas, el edificio que sobre ellas erijas soportará mejor el adusto y pesado paso del tiempo y sus inclemencias.
—Cuando me explicaste el juego del ajedrez, abuelo, recuerdo que me dijiste que al mover una ficha uno debía tener pensadas, no solo las próximas cinco, sino calcular, y en lo posible incidir, cuáles podrían ser las cinco del otro jugador.
—Sí, esa es una buena interpretación de estrategia —le confirmé.
—En ese momento, abuelo, me pareció muy complejo pensar con antelación cinco jugadas y, más complicado aún, hacer que el contrario mueva las fichas que uno piense, o necesite que juegue…
—O que esté compelido, o inducido a mover, producto de tu elucubrada y decantada estrategia de juego —apuntalé.
—Sí, abuelo, parece complejo… pero, lo voy asimilando.
—Jovencito, si sabes dónde poner las bases y las columnas… si logras mover tus fichas para asegurar la partida, el edificio que construyas para tu futuro te garantizará estabilidad en el juego de la vida, protegerás lo tuyo y tendrás dónde guarecer tus sueños.
Mi nieto estaba pensativo. Por su impoluta y ágil mente desfilaban montones de ideas, conceptos, proyectos, algunas dudas y otras propias construcciones que, muy seguramente, es muy probable que convierta en realidad a lo largo de su vida.
—Si la estrategia es ir armando de manera cavilada el crucigrama de la vida de cada quien —me expuso con su infantil mirada—, sin las alas, es decir, sin voluntad, más difícil esto sería… asimilo.
—Algunos le dejan a la improvisación, o a otros, tan personal construcción, precisamente por ausencia, cuando no de planeamiento, de voluntad. Peor, todavía, cuando una y otra faltan; lo cual, por darle un nombre a tan nociva amalgama, ¡cada vez más inoculada!, no es otra cosa que la paralizante negligencia.
—Abuelo, estos dos conceptos los tengo claros e interiorizados —me respondieron sus ojos—. Entonces, la disciplina y la paciencia…
—Jovencito, si el ser humano, al ir creciendo, logra estructurar un plan de vida y tiene voluntad para ejecutarlo —le dije con una sonrisa—, todavía le harán falta dos ingredientes fundamentales para alcanzar los resultados esperados. Los que acabas de mencionar: Disciplina y paciencia.
—Abuelo, ¿y estas otras dos son necesarias?
—Indispensables, jovencito, para evitar desviarse, o ser desviado, del camino correcto que lleva a la meta establecida, la primera. Así como saber sortear con serenidad cualquier ennegrecida o furiosa noche, sobre todo, cuando esta te atrape en terreno incierto, y sin lumbre, la segunda.
—Asemejo que con lo de evitar desviarse del camino haces alusión a la disciplina —sustanció en su alma—, mientras que: paciencia es lo que se requiere para sortear las dificultades e incertidumbres de la vida.
—Así es, muchacho. Saber seguir reglas, ¡las adecuadas!, y asumir con calma y tranquilidad las esperas que tendrás que hacer, por más prisa con la cual aparezca el viento, te lo aseguro: te va a garantizar menos tropiezos y dolorosas caídas, así como mayores gratificaciones en el momento que ha de ser.
—Quizá, abuelo, estas cuatro herramientas para la brega diaria también me sirvan para cuando ya no estés —inesperadamente volvió sobre lo del sueño y mi muerte.
Yo creía que con la anterior conversación al respecto estaba zanjado el tema. Al parecer no. Su alma se soltó a llorar. En esa oportunidad quedé apabullado. No tuve otra opción que callar la voz de mis ojos y el eco de mi conciencia. Él lo entendió. En lo sucesivo evitó volver a mencionar aquel sueño de presagio humano, y que a los dos nos estremecía.
Un año más tarde, días antes de su cumpleaños número siete, me atreví a retomar el tema. Quería que su mirada volviera a sonreír y a emitir esos fulgores de tranquilidad y esperanza, desde ese día algo menguados.
—Para entonces, muchachito —por fin le pude argumentar—, cuando mi masa corporal ya no esté a tu lado, tu energía y la mía serán una sola, como ya te lo dije. Conjunción que desde aquella tarde, cuando te tuve por primera vez entre mis brazos, comenzó a darse, al principio muy despacio. Luego, algo más rápido. Y, ahora, al ir cayendo el sol para el abuelo, se anuncia un nuevo y prometedor amanecer para el nieto… siendo esta nuestra mancomunada y pactada voluntad desde aquel día.
—Gracias, abuelo, lo sé —me interrumpió, afable, sereno, seguro y risueño—. Es inútil e injusto buscar apresurar el ocaso de los viejos con el pretexto de hacer que la aurora de los jóvenes se anuncie más temprano. Tú me lo enseñaste: ni antes del amanecer, tampoco después del atardecer, es posible ver el sol por la ventana. Hay que esperar, hay que tener paciencia, y mucha disciplina, ¡esa es la estrategia!, pues su magnífica y vital presencia solo es visible durante eso que llamamos día. Para entonces, y solo para entonces, será prudente y pertinente echarme al hombro el morral de tus ilusiones, junto con las mías; como te lo prometí: «soy el complemento de tu vida, así como la prolongación de tu existencia», te lo dije ese día, y te lo reitero ahora, y ¡por siempre!
En ese instante comprendí que mi amado nieto había alcanzado el pleno uso de la razón. Él lo leyó en mi pensamiento, entonces, corrió hacía mí y me abrazó con inmarcesible ternura. ¡Nunca antes fui tan feliz!



lunes, 6 de enero de 2020

El magistrado


Dibujo de Camilo Quevedo

Esa tarde solo quería caminar por ahí, por las calles del centro histórico de aquella ciudad subcontinental. Solo eso y, tal vez, leer en los rostros de los anónimos transeúntes capitalinos, como es mi involuntaria costumbre, historias de angustias represadas, pecados guardados, calladas ambiciones, así como candentes iras sociales por mucho tiempo aguantadas, pero a punto de estallar ante cualquier inesperado como insulso chispazo. Sí, solo eso quería, nada más.
Sin embargo, esta historia me topé tras dejar atrás «La Plaza de los Reclamos»; como la bautizó mi hijo en razón a que cada que por allá vamos, unas tres veces al año, encontramos manifestaciones y protestas de todo tipo, en especial de orden social. Bajé por la calle Once y me encaminé hacia el norte por la carrera Novena. Al irme acercando a la esquina de la Avenida Fundador, la inusual postura corporal, así como el impróvido y casi azaroso desplazamiento de una mujer mayor dispararon mi atención.
La humilde mujer se cruzaba la calle, sin observar, por entre los carros, como ida, de un andén a otro. Los conductores, cuando no era que pitaban, le lanzaban improperios tratando de esquivarla para no atropellarla. Las demás personas la ignoraban, o eludían, sin ponerle mayor atención. Aceleré el paso para alcanzarla al notar que se aproximaba al cruce de la agitada intercepción vial. Si se llegaba a pasar sin mirar, lanzándose a la vía, como parecía ser su resuelta intención, lo más probable sería que algún articulado del angustiante y contagioso transporte masivo la embistiera y le causara, si no la muerte, al menos heridas graves.
—Mire… ¡señora! —le grité, acelerando mi paso, al comprobar que, en efecto, pensaba lanzársele a los dos biarticulados atestados de pasajeros que iban por la vía.
Ni siquiera los estridentes frenazos de los gigantescos buses, tanto del que subía como del que bajaba, parecieron inmutarla. Prosiguió rauda hacia la calle en donde, tan pronto puso un pie, la alcancé a coger de un brazo y la subí al andén. Estaba impávida y su mirada perdida en la nostalgia social que parecía corroerla. El bus que subía alcanzó a detenerse por completo luego de la larga y estruendosa frenada a escaso medio metro de ella. Transeúntes, conductores y pasajeros, tal vez desilusionados por haber evitado el fatal accidente, prosiguieron su camino; algunos hasta me lanzaron soberbias miradas, las que interpreté de rabia por robarles el gratuito espectáculo de la sangre ajena derramada sobre el pavimento. Todo volvió a la caótica e insolidaria normalidad citadina. Al no haber muerto, o al menos herido, el nacional como enchipado mórbido interés también se disipó.
    —Señora… por favor —le dije, mientras la llevaba del brazo hacia el andén, un poco más lejos de la calle, por donde prosiguió el desfile de articulados que seguían aspirando aire para la combustión y vomitando oscura muerte legalizada por sus tubos de escape—, permítame que la acompañe… ¿hacia dónde se dirige?
La humilde señora, de unos sesenta años, talvez más, seguía en trance. Ni se percató de lo que acababa de pasar. Sus ásperas y lunarejas manos temblaban. En su ajetreada faz se reflejaba una zozobra inenarrable. Era objeto de una sumatoria de inexorables angustias represadas; de esas que con el tiempo se van enconchando en el alma al no poderlas, o no quererlas compartir con nadie; tal vez porque nadie se las pueda, o le interesa resolver, en tanto se trate de un sin nada; como al parecer era su caso entre un ejército de miseria social, cada vez más apeñuscado, y que aumentaba frenéticamente, a cada instante, en aquella sociedad subcontinental. Eduviges, que así luego me dijo que era su nombre, cargaba a cuestas un costalado de calladas y guardadas congojas, de esas que van turbando la razón sin siquiera percibirse o manifestarse. En ese momento confirmé que ella también padecía, en estado terminal, del mal que casi a todos nos está matando lentamente, sin haber lenitivo capaz de contrarrestarlo: ¡nostalgia social!
—Señora —le insistí al notar que parecía reaccionar—, ¿le provoca tomar un café? Mire, allí hay una cafetería.
—Disculpe, señor —me preguntó, algo asombrada y desconcertada—, ¿qué me pasó?, ¿quién es usted?
Evité entrar en detalles. ¿Para qué recordarle al ciego que lo es? Solo le dije que se había distraído. Me le presenté, le insistí en lo del café y aceptó, por lo que entramos a la cafetería y nos sentamos al fondo del establecimiento, buscando algo de privacidad. Entonces, me anunció el comienzo de su tremenda historia.
—Señor, trabajé por algo más de cuarenta años en la casa del doctor Trampilla —me dijo con voz entrecortada y ojos aguados—, es decir, desde muchacha, cuando me trajeron del campo.
—Señora… por casualidad, ese doctor… ¿no es el magistrado…?
—Sí, ¡el mismo pícaro! El de la pensiones millonarias para él y uno pocos funcionarios de alto nivel, así como de todos esos escándalos de corrupción en la justicia.
—Sí, sé de qué personajillo se trata. ¡Es uno de los intocables de este país! Lo respaldan otros más encumbrados, sagrados e innombrables que él, y a quienes les trabajó a su favor toda su vida como jurista, tanto fuera como dentro de la rama Judicial. Sus providencias y gestiones fueron siempre en beneficio de los políticos más perversos y poderosos, así como de los más ricos aseguradores, banqueros, comerciantes, industriales y ganaderos, entre otros tantos; y en contra de los derechos económicos y asistenciales elementales de los trabajadores y personas más humildes, es decir, de la inmensa mayoría.
—Del resumen de artimañas que acaba de hacer de ese señor… sí que puedo dar fe —agregó Eduviges—. Como empleada del servicio en su casa vi desfilar por allá a todas esas colmilludas alimañas que usted mencionó… además de, muchas veces, sin proponérmelo, escucharles preparar los sancochos que días después les servían a la opinión pública para que: «les guste o no, se lo tienen que tragar, sin mucho que refunfuñar», solía decir el magistrado, mi antiguo patrón.
—Entiendo, señora, su incomodidad y afectación ante tanto mal obrar de ese abogado, hoy con una abultada pensión de jubilación como exmagistrado, casi cuarenta veces la de un trabajador común y corriente —le dije con cautela para no ahondar en sus dolencias y resentimientos sociales, como pensé al principio—; sin embargo, creo que el guiso que amarga su tranquilidad se maceró en otro recipiente y con insumos diferentes… que si a bien tiene compartir conmigo, ¡con un total desconocido!, puede hacerlo. Quizá comentándomelo la haga sentir mejor.
Ahí fue cuando la humilde mujer se despachó, sin filtro alguno, con tan inverosímil historia… que sintetizaré para no excavar más hondo en la nostalgia social que avanza sin brida peña abajo, «hacia la hecatombe nacional», como lo dijo el ‘prócer’ aquel.
Una vez Eduviges cumplió los sesenta años, y en sus cuentas, tras supuestamente haber cotizado para su pensión por más de mil quinientas semanas, le comentó a su patrón, al exmagistrado Trampilla, que se quería retirar para irse a disfrutar de su pensión. Este, con la más descarada y desfachatada de las actitudes, le manifestó que se largara de inmediato de su casa y que jamás volviera, ni intentara reclamarle nada; de lo contrario, que se atuviera a las consecuencias. Nuca la afilió, como algún día le manifestó cuando ella le preguntó al respecto, a ningún régimen de cesantías, de riesgos ni de pensiones.
—Bueno —la interrumpí—, siendo empleada, cuando usted requirió de servicio médico, ¿cómo hizo?
—Muy pocas veces lo necesité… para lo de los partos de mis hijos el patrón siempre se hizo cargo de los gastos, así como los de otras pocas veces, muy contadas, cuando fui a ver al matasanos. Para una madre soltera y pobre… enfermarse es una calamidad que hay que evitar a toda costa, o, en últimas, soportar y disimular, si se quiere seguir trabajando para conseguir lo del sustento; por lo menos ese fue mi caso.
En cuanto al mísero y legalizado sueldo básico mensual el marrullero magistrado fue algo cumplido con ella. No así con los demás emolumentos: vacaciones, primas y aportes parafiscales de ley para salud y seguridad social. Con estos fue otra cosa, y por fuera de toda formalidad, legalidad y consideración humanística. Eduviges, como era obvio, además de la necesidad laboral, confiaba ciegamente en él. Cuando lo conoció, Trampilla era un juez joven, siete años mayor que ella. Este poco a poco fue escalando como magistrado en cada uno de los niveles judiciales. Con aquel salario mínimo Eduviges logró criar a sus hijos hasta cuando fueron volantones y los ayudó a ubicar laboralmente. Al poco tiempo se casaron y se fueron de su lado, es decir, de la habitación en la mansión del magistrado. Desde cuando este la despidió, casi siete años atrás, ella vivía sola, en una misérrima pieza que pagaba con lo que medio conseguía, mendigaba o sus hijos le socorrían de lo poco que ganaban. Nunca más pudo lograr trabajo fijo. Sin sueldo, mucho menos pensión, su situación era terrible, ¡insoportable! Esto la hacía deambular calle arriba y calle abajo, buscando empleo, ofreciéndose para lo que fuera. Pero, por su edad y los achaques en progresión, desde luego que era muy difícil que la ocuparan formal y dignamente. Casi siempre la rechazaban, como le sucedió ese día cuando la observé deambular dando tumbos por la Novena, rumbo al norte.
—Estoy seguro de que si expone su caso en el Ministerio de Trabajo —le dije a título de asesoría y consuelo—, la van a escuchar y le harán pagar al señor magistrado lo que usted tiene más que ganado… así aquel tenga todo el poder y las influencias del mundo, señora.
—Es probable que así sea, buen señor — me respondió—, como algunas otras personas me lo han dicho, también.
—Y, ¿entonces?
—Si lo llego a demandar, Trampilla movería cielo y tierra para salirse de nuevo con la suya, ¡como siempre!, señor —me dijo—. Sin embargo, el verdadero problema, y  por el cual me toca dejar así las cosas, es porque mis dos hijos, así también sean suyos…
—El padre de sus hijos, señora… ¡¿es el magistrado Trampilla?!
—Así es, señor —me confesó—, ahora somos tres los que conocemos el secreto: usted, él y yo… y espero que me lo guarde, ni siquiera mis hijos lo saben, ni espero que lo averigüen. Si alguien más, o ellos, se llegan a enterar, o si demando al sin tantica ese, lo más probable es que los dos se queden sin coloca, como yo. Me lo advertía seguido cuando a mi pieza iba a búscame; y lo reiteró furibundo el día que de su casa me sacó... y sé que lo cumpliría. A él no le corre sangre por las venas, solo ambición, odio y egoísmo social en contra de los más necesitados, o como era uno de sus dichos: «los sin nada, ni siquiera libre albedrío», a los que ahora pertenezco.


Dibujo de Camilo Quevedo

El hijo mayor de Eduviges era el conductor de la esposa del exmagistrado. Su otra hija trabajaba como auxiliar administrativa en el Bufete de Abogados Trampilla y Asociados, el de su padre. Únicos y modestos ingresos que aquellas dos familias tenían, y la anciana lo sabía, por eso al villano magistrado con su silencio protegía.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Cuatro doctores y un campesino



Tras casi cincuenta años de asfixiantes trabajos forzados en la atafagada ciudad capital de aquel país subcontinental, en vías de desarrollo desde hace más de doscientos años, y único en el planeta tierra, cuatro prestigiosos profesionales de diversas disciplinas decidieron refundirse, de manera parcial, en compañía de sus respectivas parejas. Para tal sosegado retiro coincidieron, sin haberse puesto de acuerdo, en una zona rural, un poco menos contaminada y estresante en relación con el atosigado hábitat en el cual vivieron su niñez, juventud y adultez temprana; y en donde “triunfaron” en sus respectivas carreras, ellos, y ellas en su rol de abnegadas, fieles y por siempre felices esposas… al parecer.
Todos buscaban un lugar tranquilo para pasar el tercer tercio de sus azarosas vidas.
—Y… ¿qué mejor que el campo, amada mía? —le sustentó el doctor Ulises a su esposa Etelvina cuando él decidió hacerlo tras cuarenta y seis años de servicio médico-asistencial en el principal periódico del país.
Rotativo que quince años antes se amplió con un canal de televisión al cambiar de inversionistas, por primera vez, después de más de un siglo en manos de una icónica familia capitalina. Al llegar el poderoso y nuevo inversor ordenó salir de casi todos los empleados antiguos. «Para facilitar la implantación de los formatos informativos acordes con la tecnología y las audiencias actuales», justificaron los nuevos directivos que impuso el intocable patrón. Y así lo hicieron. A Ulises, por lo antiguo y servicial que fue, le negociaron su salida, incluida una aceptable pensión.
—La finca que compremos tiene que estar cerca de la ciudad capital, a no más de una hora y media —solía decirle Ferney Vidales Ascencio a su consorte María Adelaida cuando inició el proceso de búsqueda de predios rurales, una vez se retiró de la Dirección Presupuestal de la Nación—. Por aquello de los servicios médicos, el contacto con el resto de la familia, alguna diligencia urgente que haya que hacer…
Y otros tantos entuertos acomodaticios que los cuatro jubilados, y sus cónyuges, estaban dispuestos a mantener, a seguir teniendo a la mano, sobre todo al comienzo. La abrasiva huella citadina la llevaban grabada en sus costumbres y cansada cotidianidad.
Para tal retiro coincidieron en motivos, fechas y sitio, tal vez por tener casi la misma sesentena y algo más de años, así como ese halo de nostalgia social que por doquiera corroía el apego patrio y la solidaridad nacional de los habitantes de aquel país, privilegiado como ninguno por su posición geoestratégica, así como por la infinidad de recursos naturales que por doquiera existían. Hacienda que al parecer a la mayoría, a los que menos o nada poseían, los sin nada, importarle poco parecía que una minoría, los de siempre, a favor propio y de foráneos, a diario feriaban tal alcancía; cuando no era que la desperdiciaban con descarada algarabía. A estos pocos acomodados parecía que por sus venas lo único que corría era una infecta sangre fría, amén de una inmensa antipatía, precisamente por los que ni siquiera sueños tenían, mucho menos libre albedrío; arbitrio que estos a aquellos también se lo debían, y de por vida.
Similares y afanosos motivos embargaban a los cuatro jubilados profesionales. Algunos eran de público conocimiento y abiertos comentarios. Los demás, los que ululaban en las catatumbas de sus curtidas molleras, los mantenían guardados, callados, mordidos y amarrados. Sentires, recuerdos e inconfesos como ambiguos resentimientos, en especial de orden social, laboral, económico y, por ende, político. Tarugos atragantados y disimulados con sus camaleónicos procederes en lo laboral, también en lo social; lo cuales, pese a todo, soportaron con simulada angustia durante su alquilada vida. Al hacerlo de esa ladina forma, sabiendo que les constreñía la voluntad y les enfermaba el alma, aseguraron algo de pagado (caro) prestigio, comprada estabilidad laboral, suplicados salarios y remendadas prestaciones, así como deletéreas relaciones sociales… hasta jubilarse. Lamentable actitud, permisiva compostura, eso sí, inexorables garantes de aquellas carrasposas dispensas, y de cierta indemnidad judicial de la cual gozaron, hasta envejecer, cuando sus cargos debieron a otros entregar.
—Esa vital y cara seguridad jurídica —solía compartir en círculos muy cerrados y de suma confianza el abogado Cipriano Angulo Rojas—, sin la cual un parroquiano de a pie, o sin mayores alcances, con suma dificultad lograría evitar aparecer en autos, de un momento a otro, ¡y gratis!; por causa de un muerto ajeno, u otros crímenes por los cuales en este sacro país, en un abrir y cerrar de ojos suelen señalar, enjuiciar y condenar a cualquier sin nada; eso sí, mediante un abreviado y efectivo proceso, del cual casi nunca el “afortunado” sale ileso, o vivo.
El doctor Cipriano era otro de los que ahora vivían en El Mirador, allá, en el piedemonte paramuno, con vista al boquerón que le da entrada a los Llanos de Oriente. Se desempeñó como abogado por más de tres décadas en la Agencia de Seguridad Jurídica del Estado (A.S.J.E.), hasta cuando por edad de retiro forzoso se pensionó. Entonces, fue y compró esa parcela. Como abogado siempre cumplió, no tanto el mandato de los códigos, sino las órdenes de sus superiores administrativos y jerarcas políticos; las que jamás dudó en hacer aparecer como legales, cuando no lo eran, casi siempre.
—El jefe es jefe así sea iletrado, lerdo o feo —era una de sus frases de cajón y mandamiento preferido. Proclividad funcional que le sirvió para aguantar en la administración pública cerca de cuarenta años. Al comienzo, levantando muertos, como auxiliar judicial. Luego, tras obtener el título de abogado, se vinculó con la A.S.J.E., donde se jubiló. Siempre trabajó esgrimiendo normas a las que solía, cuando tocaba, muy seguido: «torcerles el pescuezo», como decía.    
Aquellos cuatro doctores también coincidían en decir, a su manera; tanto antes llegar a ese bucólico y edénico paraje, como un tiempo después de cohabitar en la apacible y paramuna comarca, con inmejorable y relajante vista hacia aquella interminable y prolija llanura; que lo que ahora buscaban era paz, soledad y aire puro. Sin embargo, otra cosa rumiaba Leovigildo Contreras Rozo, ancestral habitante de aquellas ventiladas tierras heredadas de sus padres, las que les fue vendiendo a los cuatro doctores por parcelas cuando la negra y densa nube del libre mercado ahogó la producción nacional e hizo inviable todo tipo de actividad agropecuaria a lo largo y ancho del país. Y así se lo dijo un día a su esposa Emperatriz Rubiano cuando negoció el último retazo de su finca con el médico Ulises Urrutia Martínez:
—Mija, tanto este como los otros tres compradores vienen es huyéndole a las afugias que produce la gigantesca y gris ciudad; o mordidos por el asfixiante modernismo que empobrece el alma. Tal vez se cansaron de esperar las mieles del crecimiento económico, tantas veces cacaraqueado y prometido a rabiar por los políticos; o la cosecha del hace mucho tiempo anunciado desarrollo del país…
—Si no es que tienen deudas o guardados por ahí —le respondió la todavía guapetona Emperatriz—. A mí me parece que vienen es a esconderse por aquí.
—Es muy probable, mija —complementó Leovigildo—, vaya uno a saber qué mortango hace más pesada cada una de sus maletas, cuando no de infinitas tristezas, de vergüenzas forradas... tal parece.
La vocación natural de toda la paramuna comarca era esa, la agropecuaria: agricultura, ganadería y afines. Como lo fue hasta finales del siglo XX, el de la ignominia nacional, incluso durante los primeros seis u ocho años del atropellador XXI. Las de por allí eran gentes de campo, de labranza, laboriosas, como los padres y los abuelos de Leovigildo, y él mismo. Gentes de campo y labranza hasta cuando, después del 2010, casi todas perdieron varias millonarias cosechas, así como grandes cantidades de leche y otros tantos productos. No solo por los prolongados paros agrarios en rechazo por las indiscriminadas y gigantescas importaciones, también, como lo decía con infinita rabia aquel rudo y grueso campesino a su mujer:
—Emperatriz, toca perderlos antes que venderlos a esos precios de miseria que ofrece el intermediario venido de la capital…
Por tal motivo, en especial, decidió hacerle caso a un familiar instruido en la universidad que fue un día a visitarlo. Este, al ver la hecatombe agrícola por la que pasaba la comarca entera, con productos perdiéndose en casi todas las fincas, ante la mirada indolente y despectiva del Gobierno, así como ante el pagado y controlado mutismo de la ambidiestra prensa, siempre bajo la pauta y el cobijo del mejor árbol, le dijo:
—Mire, Leovigildo, si lo que le voy a decir lo hiciera en calidad de funcionario del Ministerio de Agricultura me costaría mi empleo y la reputación de economista especializado en agro… ¡no me la perdonarían! —le enfatizó—. Esto debe quedar entre parientes que somos: parcele estas casi treinta y seis fanegadas y véndalas, que así le saca más provecho a su tierra. De lo contrario, en pocos años usted y toda su hacienda se van a pique. Con eso de los tratados de libre comercio, actuales y en camino, propiciados por los importadores y banqueros, quienes son los mismos que gobiernan y deciden la suerte de este país, siempre con ventaja y con solo beneficios para ellos, ningún agricultor pequeño o mediano tiene futuro. Todos sus productos: papa, cebolla, cereales, frutas, leche, carne, huevos…, están condenados a lo que está viendo ahora: que se pudran en las eras, los caminos, los nidos, y la leche en las cantinas, o sea vertida en las quebradas; como me dice que le ha tocado hacer varias veces.
Lo de parcelar y vender le pareció bien. Tal vez era su única salida. Igual, así lo estaban haciendo en otras fincas, ahí y en muchas otras partes del país. Aunque le parecía triste y catastrófico, era evidente el cambio de uso de la tierra agropecuaria de las fincas no masificadas ni industrializadas. Con velocidad angustiante se pasaba de zona rural a urbana. Pastizales y siembras eran remplazados por casas de descanso y recreo para citadinos. Leovigildo, en menos de tres años, además de realizar los trámites ante planeación municipal, vendió a buen precio cada retazo de su finca. Dejó uno para él, el más pequeño, en el que estaba ubicado el viejo casarón de sus padres, antes de sus abuelos. Allí nacieron y criaron a sus cuatro hijos, y murieron todos sus antepasados.
Para cuando despedazó y vendió su hacienda, allá solo habitaban él y su mujer. Sus hijos, en su momento, se marcharon para la ciudad capital. Estos, al irse graduando, decidieron que jamás volverían a oler boñiga. Se apartaron por completo de las semillas, de los insecticidas, de todo tipo de matas y arados… en sí, de todas esas cosas entre las que crecieron. A tres de ellos hasta les daba pena hablar de sus orígenes campesinos, por lo que rara vez, ya en la universidad, con mayor razón después de graduarse, volvieron por el páramo. Sin dejar, eso sí, de exigir su mesada, incluso, luego de emplearse y comenzar a devengar por su cuenta.
Los citadinos compradores de los otros retazos de aquella hacienda muy rápido construyeron en cada lote, de entre seis y ocho fanegadas, sus respectivas viviendas campestres. Desde entonces aquel iletrado campesino se dedicó a vivir, en parte, con los intereses del dinero de esas ventas, así como con los jornales que les cobrara por los inagotables y permanente oficios de arreglos de jardines, huertas, prados y otros menesteres que requerían las campestres propiedades de tan ilustres y recientes habitantes. Parejas solas, ya sin hijos, pues estos muy rara vez iban a visitarlos «por allá entre el monte, la soledad y el aburrimiento», como a veces les contestaban cuando algunos de sus viejos les insinuaban para que fueran a verlos.
Leovigildo, además de sus bien remunerados servicios que les prestaba, con sus nuevos vecinos entabló buenas y cordiales relaciones. Motivo por el cual era invitado a las reuniones y charlas que solían hacer, al menos una vez a la semana, y cada vez en una casa diferente, aquellos «señores doctores», como les comenzaron a decir en todo el pueblo y la comarca al irse conociendo quiénes eran... o lo fueron en la vecina ciudad capital del país.
—Entonces, Ferney, ¿es cierto que durante los dos gobiernos de Uribia Morales usted tenía que dormir con un ojo abierto y el celular en la mano? —le preguntó Ulises, durante una de esas reuniones, al exdirector presupuestal de la nación, otro de los habitantes de El Mirador, como se siguió llamando el ahora medio urbanizado sector después de la parcelación y ventas que hicieron Leovigildo y otros cuantos propietarios de tierras paramunas aledañas.
—Así fue, mi querido doctor Urrutia Martínez —le respondió el aludido contador público, quien estuvo al servicio del Estado en esa alta función de manejo financiero y presupuestal, y en otros cargos similares, por casi treinta y cinco años—. Con esa ‘perla’, entre muchas otras, me tocó lidiar durante sus dos periodos presidenciales consecutivos… y durante tres más por interpuesto mandatario, o mandadero, hasta el día que por fin resolví lo de mi pensión, que casi me embolatan; luego sí me retiré —asentó, tras lo cual bebió un sorbo de güisqui, libación imitada por los otros cuatro contertulios en esa apacible tarde sabatina paramuna.
—Sí, escuché que el doctor Abelardo Uribia Morales trabajaba hasta tarde y se despertaba muy temprano, siempre disparando órdenes a diestra y siniestra —comentó Ubaldo Rosero Frías, quien ese día parecía más pensativo y absorto que de costumbre.
Rosero Frías era filósofo de profesión y fue catedrático de una prestigiosa universidad pública hasta cuando también le tocó retirarse, desde luego, con algo de pensión. También asistía a esa reunión de vecinos, la que por turno ese día le correspondió atender en su casa al abogado Angulo.
—Eso es verdad, aunque Uribia Morales tiraba, y tira, más hacia su diestra que hacia la siniestra —apuntó Cipriano—. Me consta en carne propia lo del viejito cascarrabias ese que tuvimos como presidente directo durante dos periodos, y otros tres por extensión…. ¡y sin saber por cuánto tiempo más!
Leovigildo solo se dedicaba a escuchar, como casi siempre lo hacía en esas reuniones de gente tan, según él: «encopetada y erudita». Poco comentaba, a no ser que le preguntaran, o que el tema tuviera que ver con su  incumbencia o experiencia de campesino agricultor y ganadero. Lo hacía, también, cuando le solicitaban que tocara su requinto, que trovara o repentizara. Entonces, ahí era cuando abordaba con ingenio asuntos de incisiva y sarcástica picardía social, política, religiosa y hasta moral. Su habilidad en tales rupestres artes era reconocida en todo el páramo.
—Leovigildo —solía decirle el profesor Rosero—, solo el requinto logra sacarle a ese contestatario que lleva enchipado en su corazón. 
Por su parte, lo propio hacían las cinco mujeres de aquellos sexagenarios en franco retiro funcional, todas menores que ellos, no por mucho. Ellas también se reunían en otra habitación, o en la cocina, mientras sus esposos hablaban, discutían y bebían finos y siempre extranjeros licores en la sala, o en los aleros. Estancias todas con vista hacia el mágico cañón que le da paso a los Llanos de Oriente. «Vamos a tratar de arreglar el país», les decían y sostenían con sorna a sus consortes, para buscar que estas los dejaran solos mientras bebían. «Lo cual jamás les importó, ni hicieron nada por él cuando estuvieron activos, y algo podían haber aportado», les reprochaban ellas, antes de emprender la huida hacia su respectivo refugio.  «Quizá por estar tratando de sobrevivir salarialmente para darles lo que se merecían y asegurar un futuro algo digno para cuando viejos, como ahora», solían justificase ante ellas, y ante sus vecinos, después de dos o tres botellas del amarillento e importado combustible.
En esas reuniones el tema principal, el plato fuerte de las féminas, y sobre todo el ají, el carburante de sus lenguas, no tanto era el licor de los aguados cocteles, tampoco la suculenta parrillada sabatina que ellas mismas preparaban, con el sinigual guiso que le ponía Emperatriz. Para las cinco, en esos encuentros semanales, lo que más apreciaban y esperaban con pasión era ¡la hora del chisme! De esta picante habilidad comunicacional femenina sus trajinados y cansados maridos nunca se escapaban. Sin que ellos lo supieran, intuyeran… o tal vez para entonces no les importaba, ¡quizá!, el postre casi siempre eran ellos. Y se retaban entre ellas para hablar «a calzón quitado», en principio de las  íntimas debilidades, de las perdidas capacidades masculinas y de las abandonadas batallas sexuales de aquellos. Se compartían con infinita picardía y deleite esas privadas menudencias, prometiendo secreto y silencio, garantizado y sellado con la solidaridad de género y edad. Como lo exigían cada vez, haciéndolo jurar: Eleonor Merchán y Ester Julia Santacruz, las esposas del abogado y el filósofo, respectivamente. Sobre todo cuando, poco después, comenzaron a contarse sobre sus más que guardadas: ¡gozadas infidelidades!, de las que, hasta entonces, casi nadie sabía, solo ellas; al parecer.
—Aunque, en mi caso —dijo un día María Adelaida, cuando le tocó el turno—, a veces mi marido, creo, que se enteró de una que otra de mis siete aventuras consumadas… pero, al parecer, por estar al tanto de las órdenes del presidente, o no tenía cabeza para reclamarme… o no le importaba. Me imagino que él sabía que yo también le conocía algunas de sus andanzas... y jamás chisté palabra alguna.
—Algo parecido me pasaba con Ulises —afianzó Etelvina—. Pero él, atareado en la nueva invención que tenía que comunicarle al país para anestesiarlo ante la siguiente reforma pensional… sí, para que se comieran el cuento del fabricado aumento de la esperanza de vida, ordenada por el gran jefe, o se hacía el de la vista gorda… o me permitía mis deslices, ¡once en total!, los recuerdo muy bien. Se hacía ‘el oreja mocha’, quizá, para compensar las más que reiteradas aventurillas que él mantenía con una y otra amiguita. 
A estas veteranas como reposadas esposas poco y nada ya les impactaba e interesaba; como sí cuando fueron llegando a su nueva casa paramuna, se conocieron y reunían los sábados en la tarde; las reiteradas historias, mucho menos las inauditas justificaciones de Cipriano en cuanto a las indelicadezas jurídicas administrativas en las que incurrió, a favor de quien detentara en su debido momento el poder, siempre en contra del erario. Ni las de Ferney en cuanto a los más que irregulares y descarados situados presupuestales que el doctor Uribia Morales le exigió hacer para favorecer a sus copartidarios, compinches o patrocinadores de sus campañas y frondías causas. Tampoco, lo de las cátedras manipuladoras de Ubaldo para que, a orden de las directivas universitarias (y de sus respectivos jefes políticos en las correspondientes entidades) que le patrocinaban sus onerosos estudios de maestrías y doctorados, y su abultado sueldo, moldeara el pensamiento de los estudiantes de aquella universidad pública, sobre todo el de los más quisquillosos, «encaminándolos por la senda correcta, la obediencia debida y el acatamiento de la autoridad; ¡hacia el respeto del statu quo!… o nos mantengas informados de lo que traen en mente», le reiteraban y exigían sus académicos jefes al profesor Rosero.
Mucho menos, casi un año después de llegar al páramo, les interesaba a estas veteranas las inocuas justificaciones de Ulises. Él, por mucho tiempo y mediante sus columnas y programas en televisión y radio a nivel nacional, sobre orientación médica, le fue haciendo creer a la gente del común, en especial a los trabajadores de bajos ingresos, entre un torzal de encaminadas informaciones, que el país era el más feliz del mundo, con una esperanza de vida cada vez mayor, más allá de los setenta. Esto, concomitante con las seguidas reformas laborales que alargaban y alargaban los tiempos de cotización y la edad de jubilación. Y todo, porque el canal y el periódico en los que él trabajaba eran de propiedad del más poderoso y extractivo grupo económico nacional. Conglomerado empresarial que a su vez dominaba el negocio financiero, los seguros, los fondos de pensiones privados, las comunicaciones, la salud, y hasta una infinidad de juegos de azar. Además, era el mayor aportante en todas las campañas políticas, en todo nivel y orden en el país, por lo que tenía casi que en exclusividad cuanto contrato público significativo había, como los de obras, concesiones, servicios y suministros.
Sí, antes de un año de estar habitando en El Mirador, estas damas se volvieron tan insensibles ante las explicaciones inocuas de sus maridos, en las que podían durar horas y horas discutiendo, que ni siquiera eran conmovidas, y por ende tampoco les llamaba la atención, las de Leovigildo, por haber vendido por lotes la más productiva de las tierras de aquel páramo y piedemonte llanero. O las razones de índole económica  que alguna vez intentó explicar, sin éxito, cuando Ubaldo lo increpó por el uso de insecticidas sobre los alimentos que sacaba al mercado, con los cuales, según aquel reputado filósofo:
—Leovigildo, ¡nos fuiste envenenando de a poco, allá, en la ciudad, donde nos comíamos tus productos que rociabas con sustancias tóxicas para matarles los bichos!
—Sí, doctor Rosero, es probable que así haya sido —le respondió esa vez el campesino—. Me disculpo por eso con todos ustedes, señores doctores… Sin embargo, esos productos de la tierra que los campesinos cultivábamos y les llevamos a sus mesas, así, fumigados con esas sustancias, las únicas que teníamos para garantizar cosecha, recuperar algo de inversión, ¡y que nos vendían con el aval del Gobierno!, ¡esos sí eran naturales!
—Hombre —terció el médico—, debiste actualizarte con producción orgánica, la que está conquistando los más finos paladares en todo el mundo…
 —Señor doctor —lo interrumpió Leovigildo—, el costo y riesgo para los productos verdaderamente orgánicos eran, y son, muy altos. Por lo que más de uno de esos que salen con tal etiqueta, me consta, tienen más veneno que los demás. Por eso, si nosotros, los del campo, no lo hubiéramos hecho así, fumigando la papita y el cilantro con los insecticidas avalados, que tan poco eran baratos, ustedes, allá en la ciudad, desde hace mucho tiempo que les hubiese tocado consumir, comprados a más inflado precio, y del extranjero, estos que ahora inundan el mercado y que producen sin matas, sin tierra, sin ubres de vaca… y que al cocinarlos y probarlos huelen y saben a todo menos a bueno, ni a sano.
 Para entonces, ni las trovas, ni las coplas, tan poco los acordes del requinto que tocaba el repentista campesino conmovían a las cinco veteranas esposas. Ni siquiera a Etelvina, con las que él la enamoró, cuarenta y seis años atrás. Ella, cuando le tocaba el turno de contarles a sus nuevas vecinas sus siete gozadas ‘compensaciones’, como todas terminaron diciéndoles a sus aventuras extramatrimoniales, hacía que las otras cuatro vibraran de emoción y picardía ante el ingenio usado y el disfrute que decía haber alcanzado en cada loca ocasión, allá, entre sembradíos, bosques y quebradas, y siempre con un semental diferente.
Al parecer, lo único que les llamaba la atención, y que las motivaba a ir con sus maridos a las respectivas reuniones sociales de cada sábado en la tarde, cada vez en una casa diferente, allá, en El Mirador, era eso: ¡el chisme! Sazonado, tanto con lo inherente a sus calladas y más que gozadas aventuras, como con las últimamente vergonzosas y escondidizas historias de disfunción varonil de sus maridos. Estos ni se imaginaban el porqué del gusto de sus mujeres cuando ahora llegaba cada sábado.
Historias femeninas al parecer de nunca acabar, como las de ellos de índole político, social y laboral, dizque para arreglar el país. A las falencias propias del desgaste, la edad y otras variables inexorables en la contienda humana en la cual aquellos cuatro exitosos doctores y el recio campesino consumieron su mayor capital: juventud y salud; sus respectivas cinco féminas les fueron adicionando, a su acomodo, encrespado rencor y folclor, lo de su propia y añeja vendimia. Así acaecía cada sábado entre aguados cocteles y parrilladas. Chismería que en parte les mejoró a estas un sinnúmero de achaques reumáticos y de otras índoles con los que llegaron al paramuno piedemonte llanero.
Eleonor, Emperatriz, Etelvina, María Adelaida y Ester Julia aderezaban, al cual más, cada historia con el producto salido de su desbordada fantasía, de su ahincada imaginación tropical. Al parecer, fuera de la mutua compañía que se profesaban, y necesitaban, el despotricar de ellos era el único verdadero placer que sus viejos maridos ahora les propiciaban… Atrás quedaron, guindados en el femenino olvido del desquite, cuando recién casados, así como pocos años después, las emociones que estos les propiciaron, algunas de las cuales solían terminar en esquivos orgasmos, o al menos en electrizantes sensaciones de efervescencia y derroche de vida.
Lejana sensación humana esta, en algo parecida e intensa, guardadas las proporciones, como la que ahora percibían aquellas sesentonas mujeres tras cada tanda de sofocantes chismes, observando de soslayo, desde aquel semiurbano paraje campesino, los arreboles sobre el boquerón, camino a los Llanos de Oriente. Anaranjados girones de cielo, acuarelas de cambiantes nubes en el horizonte que les anunciaban la inexorable y cercana llegada del atardecer, el de cada una de ellas, así como el de sus, a pesar de todo: amados y arrugados maridos, con quienes estaban dispuestas a morir en senectud, ojalá una sabatina tarde como aquella, contemplando juntos el sol de los venados.