domingo, 5 de abril de 2020

Virus...$$


Virus…$$


         Este es un relato de ficción subcontinental con algunos temas que de pronto un lector acucioso, otros le dirán supersticioso, podría asociar con la contagiosa realidad que por estos tiempos del olvido, en las alas del éter, vuela de montaña en montaña, de país en país, de continente a continente… de persona a persona. Biológica nostalgia que se dispersa entre anónimos seres, sin siquiera darse cuenta cuándo ni dónde la adquieren, portan y pasan a otros, mientras algunos discuten si es prudente cerrar aeropuertos, y muchos más se obstinan en desatender, hacerle el quite, a la medianía de medidas emitidas por las comprometidas autoridades, incapaces de contener con eficacia la histeria colectiva.
Todo indica, o al menos parece, que estamos en guerra. Pero, no en una ‘convencional’, como acuñan los expertos en genocidios. Esta es global y con más alcance y perversión que las anteriores conflagraciones mundiales. Las dos, ni sumándoles los millones de litros de lágrimas y sangre inútilmente derramados durante todos los conflictos propiciados en los últimos ciento diez años, aproximadamente, tuvieron las implicaciones que nos acarreará la actual. Esta, por ahora, es sin fusiles, tanques, barcos, aviones ni misiles. Solo usa ojivas mocosas cundidas de virus capaces de llegar, involucrar y afectar a toda la frustrada raza humana. Fuego amigo disparado a corta distancia por las gargantas de familiares, conocidos, vecinos...
La confianza (literaria esperanza) que me queda es que una vez los poderosos directamente interesados en la hecatombe (en mi sentir: los gestores de esta vil confrontación por la supremacía de los mercados y los diezmados recursos naturales, casi todos contaminados) logren reacomodarse pronto en el  tablero del sórdido póquer mundial, hagan una tregua y saquen 'la mágica cura': supuesta onerosa vacuna, paliativo mejunje, acuerdo petrolero, consecuente estabilización del dólar, distribución del mapamundi y sus rentables negocios: botines de guerra. Aunque todos sabemos, o a eso nos tienen acostumbrados, que lo hacen mientras, como en toda estúpida guerra humana, alistan la ofensiva para la siguiente arremetida, cada vez con más pesada, tenebrosa y secreta artillería. Pero, que lo hagan, que den tregua, al menos por ahora. De esa manera, por un lapso, volverán a ser los héroes del planeta: los guardianes del universo. Los sobrevivientes harán como que ignoran que fueron aquellos los causantes del contagio, mientras que una buena parte de la ambidiestra prensa les servirá de celestina a cambio de las jugosas pautas destiladas de sus deletéreas industrias. La diezmada como atolondrada población que logre salir algo ilesa les alabará, agradecerá y pagará con creces, de todas formas; ¿acaso les queda alternativa?
Intuyo que después de esta brutal arremetida ningún parroquiano de alpargatas, así sean de marca, del todo sin rasguños difícil saldrá. De pronto algunos pocos emergerán y mostrarán que sus estados físicos en nada afectados quedaron; mas no así sus enjundias. Todos, en menor o mayor proporción, tras la cuarentena, enfermos del alma estarán, abordados por el virus mortal de la nostalgia social. El estado espiritual del hombre, su mente, su raciocinio, jamás volverán a ser como hasta ayer. El humano nunca verá de igual manera a sus congéneres como lo hizo hasta entonces. Menos, si este, aquel o el otro ejerza algún escaño en las viciadas esferas del poder social, cualquiera sea su connotación. Peor será si aquel llegase a militar en las huestes de la política, la economía, los medios, la patrocinada ciencia, la milicia, o en la de los pregoneros de la fe, sin distingo de su sello comercial. Se replanteará, eso sí, sobre el valor y el heroísmo del personal sanitario, de los del servicio de limpieza, de los celadores, los cajeros de supermercados y de un sinfín de salario-dependientes héroes anónimos que pusieron el pecho y en riesgo sus vidas para que nada faltara, ni fallaran abastos ni servicios vitales.
Sobre esta pérfida guerra, tan única de humanos contagiados de ambición, tengo serias suspicacias, literarias, desde luego, insisto. Esta tiene dos estadios, el antes y el ahora. El antes, y en síntesis, tiene que ver, entre otras tantas, con ciertas filtradas declaraciones de algunos altísimos funcionarios de poderosas organizaciones creadas, precisamente, para garantizar la vida digna de todas las personas, sin distingo alguno, menos de clase social, edad ni nacionalidad, unas; y para hacer sustentable la economía, la estabilidad y el desarrollo en el mundo, otras. No obstante, dizque «para que ‘el sistema’ sea sustentable y garantizar la sobrevivencia de todos», algunos de esos altos directivos, de unas y otras de esas organizaciones, emitieron voces de alerta encontrando posibles culpables… entre estos, ¡a los viejos!, quienes, precisamente por ser viejos, y cargar el lastre de al menos una catastrófica maluquera, por no generar ingresos y a cambio demandar recursos para su costoso tratamiento, imparajitable manutención y vitalicia pensión, sobre todos los de menor linaje social, «¡al no morirse rápido!», representaban un problema socio-político-económico-sanitario que «hay que solucionar ya...»   
Ahora aparece una infernal arma que tiene perversos comportamientos humanos, ‘a su imagen y semejanza’, propulsada, amén de ser un virus, por las bacterias del egoísmo y la ambición desbordada. Esta, tal parece, es más efectiva, principalmente, contra la gente mayor, es decir, en chaguaniceño romance, contra: «Aquellos de lento y trémulo andar, elemental y pertinente sabiduría al hablar, pero, con heridas en el alma imposibles de sanar», allá en mi pueblo a Eva Pico, mi partera, eso le escuché de niño. Es innegable, casi palmario, el componente estratégico-táctico-militar-económico-político de este biológico misil de limpieza social: es invisible, insonoro, indetectable, infalible, selectivo, ataca por sorpresa y en donde menos se espera; es letal, llega al blanco con milimétrica precisión triangulada e irreversibilidad en el disparo; dispersa terror masivo y sin control; pero, lo peor, se multiplica con cada víctima, y muy pocos, ni sus mismos genios lo pueden contener del todo; al menos, al parecer, mientras no tuerza su rumbo y se equivoque en el rango de edad de sus planeados blancos, y me refiero a bastones y canas colocados en la diana.
¡Qué curiosa como morbosa casualidad! Al parecer; y quizá solo sea, ¡otra vez!, mi calenturiento sentir literario, insisto; en algunos protocolos, cuando en una crisis, como en las pandemias, se llega al ‘estado de guerra’, unas pocas autoridades toman la decisión de quién va a morir y a quién darle asistencia prioritaria; o sea, salvarle la vida. Y en el actual caos biológico, tal parece que la prioridad desfavorece a los vejestorios, con mayor razón si de algo sufren, que siempre de algo padecerán… dizque porque estos, «una vez infectados, ¡no tienen cura!, y de eso o de algo más pronto morirán…»
Ojalá este solo sea un relato de ficción subcontinental más. Se evitaría, entonces, que de pronto ese infecto ratón de probeta, en un humano descuido, se les escabulla por entre la alcantarilla del recóndito laboratorio donde fue engendrado, y se les multiplique libremente. Imagínense que lo llegase a hacer en tan nauseabundo como oscuro hábitat virgiliano… con tantas almas perversas y en pena por ahí.
Me causa, además de las anteriores suspicacias, también inquietud… o tan solo sea una mera intuición de ficción literaria, insisto, que en plena pandemia haya ejercicios e intimidantes demostraciones militares en Europa y Asia, con soldados inmunes al virus, armados hasta los dientes; que China y Cuba se solidaricen a manos llenas con las ponzoñosas catástrofes que padecen Italia y España, mientras organismos rectores del orden mundial les niegan socorro a otros misérrimos pueblos porque sus gobiernos están por fuera de su línea política; el bajo nivel de contagio, y de víctimas, en Rusia y Alemania (hasta ahora); que al actual gobernante de los descendientes de Raskólnikov, con la segunda fuerza letal en alistamiento de primer grado, poco querido en occidente, ¡al parecer!, algunos ortodoxos que antes lo criticaban y censuraban, le reconozcan sin ambages por su férreo y contundente liderazgo; que producto del libre comercio, ameba que lo engulle todo, se hayan suscrito ‘curiosos’ acuerdos comerciales entre China, Rusia e Italia… un duro golpe para las finanzas internacionales occidentales, en especial para las empresas relacionadas, ayer y hoy, con los hijos, allegados, socios y paisanos de los Babbitt; que en plena crisis por el virus haya una feroz guerra paralela entre los amos del petróleo, sin que les importe un comino, ni siquiera ‘Tres guineas’, la suerte del mundo, en especial, la de las economías débiles, que los son todas las de los países tercermundistas, casi el noventa por ciento de la sociedad global, en la feroz mira del contagioso misil vía estornudos...
Pueblos, estos últimos, durante más ‘Cien años de soledad’ dizque  «en vías de desarrollo», en los cuales su gente, engarruñada por el pánico, objeto del endémico rebusque y la filosofía de actuar con ventaja, trastoca sus antiguos principios y composturas, saliendo a flote eso mal llamado ‘malicia indígena’. Es el caso, por solo referirme a dos de estos, del farmaceuta amigo, el del barrio, el bonachón de don Jeremías. Por un solo tapabocas, hecho en casa y sin garantías, ahora está cobrando lo que una gruesa ayer valía. Ni qué decir de don Ananías, el señor de la ferretería, el de los cables, las grapas y la tornillería. Sacó al andén un estante repleto de frasquitos de 500 ml, dizque con gel anti-bacterias. Curiosamente, aunque no tienen etiqueta, menos registro sanitario, los está vendiendo como pan caliente a un precio astronómico. Fui por el mío… pero hay una cola que le da la vuelta a la manzana. Todos quieren tener al menos uno, antes de que se acabe la primera producción casera; como desapareció en un santiamén de los anaqueles de las grandes superficies el papel higiénico, el alcohol, el arroz, los enlatados y… ¡todo!; hasta la loción para después de la afeitada, al tener «algo de desinfectante», justificaban dos compradores que se peleaban por ahí la última de esas latas que quedaba.
Si esta no es una guerra global peor que las dos anteriores, incluyéndoles los desgarradores e injustificados conflictos del ignominioso siglo XX y lo que va del frenético XXI, entonces, ¿qué es? Creo, en mi disparado sentir literario, insisto, que si el virus no logra reposicionar rápido a las potencias como lo quieren y demandan sus enconchadas cabecillas, llenándoles aún más sus gigantescas como hediondas alforjas, al tiro de reventar, pronto rugirán de nuevo los fusiles y los hambrientos misiles surcarán los cielos, apesadumbrando el día e iluminando con sus mortecinas detonaciones las tristes noches que le quedarían a esta, una especie que lo tuvo todo, desgraciadamente contagiada, sin lenitivo ni cura alguna, con el peor de los virus… $$. Este, clonado con la más mortífera de las bacterias: la sinrazón, subproducto nocivo de la inteligencia humana; la misma que instigó el amotinamiento en cárceles colombianas, en esta, ‘La mala hora’, no solo de algunos reclusos ante el pánico del apeñuscado contagio, sino la de los nerviosos guardianes que les dispararon para controlar el caos…
Solo ruego para que este no pase de ser lo que es: ¡un relato de ficción subcontinental! De no serlo, dejo esta constancia literaria para las futuras generaciones, ¡de haberlas!
Bogotá, D.C., 24-03-2020

martes, 3 de marzo de 2020

El Repentista Errante



"...alguien me dijo que el tinto de aquí es como ese amor de imposible olvido, más aún cuando es prohibido."
Huyéndole al caos citadino me fui de pueblo en pueblo en busca de inspiración bucólica. Abordé una flota al azar. Esta iba hacia un municipio algo cercano. Antes de llegar al caserío, final de mi destino, me apeé e interné por un romántico y solitario camino. Poco después me encontré con un curioso lugareño. Lo saludé, él me respondió. Entonces, este diálogo tuvimos:
—Señor, casi palmaria, y por doquier, se aspira el aroma del café —le dije—. Transita en etéreos espirales de brisa quejumbrosa emanada de las verdes laderas circundantes, siempre en busca de las torres de esa iglesia, ¡visibles desde muy lejos!
—Mágico efluvio que se presenta a toda hora —me respondió, haciendo gala de magistral prosa— en este recóndito villorrio adherido a los recuerdos imborrables de los, en suerte grata, por aquí nacidos, o en las reminiscencias de quienes, como usted, en algún momento de sus vidas lo han conocido, y sus calles y veredas, extasiados, han recorrido.
Quedé fascinado por su expresión. Entonces, me senté en una piedra a la orilla del paraje. Estaba dispuesto a escuchar al recio y curtido campesino, de apariencia traslúcida. Despedía una ineluctable esencia, casi visible. Era la del romero al acariciar sus hojas.
—Cuando no es el de su nacarada flor, lo es la fragancia de la dulce baya en estado escarlata al ser cogida de la mata, o el de la cereza pergamino al secarse al sol en las terrazas —prosiguió el jornalero apoyándose en el tronco de una higuera—. Mejor, aún, lo es el que hierve al calor de la brasa y se sirve en ancestrales tazas esmaltadas, con humeantes y crocantes arepas de maíz acompañadas, asadas sobre una ennegrecida tapa de una olla vieja, colocada sobre las tres piedras traídas de la quebrada, y que hacen de fogón; de esos que se arman en los patios traseros de las casas; alimentados con la leña seca caída de los árboles en los cercanos montes, infectados de impactantes mitos y leyendas pueblerinas... ¡como la del Ánima Sola, o el reciente mito del Repentista Errante!
—El café de este escondido paraíso, me han dicho —le rematé, sin siquiera inmutarme por lo de las leyendas que acababa de mencionar con simulado énfasis, de las cuales jamás había escuchado—, es una mimosa y exquisita bebida para dioses en retozo…
—Así es, señor —me respondió, encaramado ahora en la rama más alta de un guamo—, y así acaece, se haya recolectado su pepa, con refrescante guarapo para saciar la sed de la dura jornada, en cualquiera de los cafetales que por aquí hay en este pedacito de cielo perdido en el olvido.
—Escuché en la ciudad que amoroso, como los besos, es el café de este pueblo.
—¡Ay!, señor, me consta —agregó, ahora apostado en lo alto de una laja, orillera del camino—. En cada sorbo se liba la esencia y pureza de una tierra de arraigo pueblerino, al ser esta la cuna de gente jovial y noble, la mayoría, que riega y abona a diario los sembradíos con sus sueños, fiestas, poesía, trabajo, canciones, añoranzas y alborotadas alegrías, aunque a veces coartadas por la social melancolía...
—Insisto, alguien me dijo que el tinto de aquí es como ese amor de imposible olvido, más aún cuando es prohibido —agregué.
—Debe ser, señor viajero —me respondió entre una verde mata de monte en un recodo de la vereda—, porque es engendrado en cafetales de escondidas pasiones y furtivos idilios, ¡tan vividos!, por la indómita prole de cupido… aguerridos y laboriosos campesinos cuya máxima esperanza está fincada en un mejor mañana para sus hijos. Todos, por aquí, solo aspiran que al llegar al portal de la vejez, no les falte una grata compañía para tomar juntitos, oteando el sol de los venados, que entre anaranjados arreboles aparece y se despide sobre Loma Gorda —apareció a mi lado y me indicó e invitó a mirar hacia la colina occidental del pueblo—, una humosa taza de café, o de agüepanela con limón y sabor a estrellas fugaces y recuerdos idos. Eso sí, bajo el arrullo de una más que merecida paz, la cual, ojalá, tan solo fuese rota por la risa de los niños, o el canto de los turpiales en los platanales, donde algunos tienen sus nidos.   
—Ignoto, montaraz pueblo este de gente como ninguna, de diáfana luz, de fértil campo, de historia patria, de nostalgia, alegría y pujanza... lo percibo —le dije.
—Acuarela social que paisanos y extranjeros han de llevar indeleble en las alforjas de la mente —sentenció, paseándose entre una mata de uchuva silvestre—. Irresistible es dejar de plasmarla en pinceladas, esculturas, versos y frases errabundas, cuando por aquí se pernocta, o al recuerdo, estando lejos, sin pensarlo, sus cautivantes paisajes brotan… que siempre lo hacen.
—Pienso describir este lugar, con su nombre y coordenadas, en alguna de mis narraciones, para difundirlo y que el mundo lo conozca…
—Si así lo hace, señor —me interrumpió el fantástico labriego, ahora parado, sin haberme cuenta dado, muy cerca de donde yo seguía sentado—, así sea mediante la transfiguración literaria, este guardado secreto pueblerino, privilegiado edén de fantasía impoluta, pronto sería atractivo y presa del abrasivo consumo. Entonces, muchos pretenderían llegar a la cuna del arco iris, inmersa entre en estos montes y quebradas de encanto y poesía, do ulula, al cantar el gallo, además del antojoso olor del cerrero tinto mañanero, libado al compás de una tonada arrabalera, el de las naranjas al ser abiertas… insoslayable antojo cítrico que hace agua la boca, e inspira piropos para la coqueta guisandera, de floreado delantal y negras trenzas… ¡siempre ataviada!
—Entonces, mejor será —concluí—, callar su nombre de cultura panche y tesoros escondidos… así como refundir su ubicación, atada en mis sentidos.
—Se lo agradezco, señor, que así lo haga —me dijo, alejándose sin caminar por la polvorienta vereda—. Al menos, hasta cuando los amaneceres en esta fértil tierra solo traigan acordes de esperanza en los cantos bulliciosos de los jilgueros, y se silencien por completo los ecos de la tristeza que aún persisten agazapados entre algunos guásimos, guamos y samanes, inermes testigos de un dolor ajeno; el que muchos tuvieron que padecer, sin sus mezquinas causas ni siquiera comprender.
Dichas estas palabras, el recio y traslúcido jornalero se desvaneció en el aire.
De él esa vez solo quedó una estela de su perfume… el del romero, mezclado con el del café de aquella mágica tierra; ese que sabe a besos cuando se le prueba junto a una bella cocinera, «con delantal y trenzas, ¡siempre ataviada!», como lo dijo el Repentista Errante, ese día cuando aquel pueblerino espanto, en un apacible camino, se me apareció, inspirándome este narrado y transfigurado canto.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Conversaciones con mi nieto

Conversaciones con mi nieto

"...ni antes del amanecer, tampoco después del atardecer, es posible ver el sol por la ventana..."

Como a todos casi nos pasa al volvernos abuelos, ¡o eso creo!, o escuché por ahí, al llegarme el sorpresivo turno… ¡humanos sentimientos encontrados me rasguñaron por dentro el pecho! No obstante, desde cuando lo tuve entre mis brazos, esa primera y mágica vez,  y me miró, como si fuésemos viejos conocidos, hospedándose en lo más recóndito de mi existir, lo escuché. Me habló con ese rayito de luz escapado de sus incólumes pupilas:
—Abuelo, soy el complemento de tu vida, así como la prolongación de tu existencia.
—Sí, así lo siento, jovencito —con callado grito le respondieron mis ojos a punto de humedecerse; lo que impedí con gran esfuerzo, disimulado. Necesitaba evitar que los demás captaran lo que le pasaba al inexpresivo y cascarrabias que toda mi familia conocía—. Llegaste justo a tiempo para entregarte el pesado morral de mis sueños, algunos a propósito guardados, muchos frustrados, ¡pocos cumplidos!
—Lo sé, abuelo, entre muchas otras cosas… ¡a eso vine! —sus ojos volvieron a gritarme —. Tus sueños y los míos conocerán la luz en su debido momento, cuando el viento del norte venga tibio y sin borrasca —me asestó la voz de su mirada limpia, en el preciso instante cuando alguien me pidió que se lo dejara alzar. También quería arrullar en sus brazos al recién nacido.
Así y ahí terminó la primera conversación visual que tuve con mi nieto.
El tiempo siguió su marcha. Mi nieto fue creciendo. Yo seguí deshojando el calendario y garrapateando a toda prisa mis volátiles sentires en las páginas de las infieles nubes. Sin embargo, desde aquella vez, sin casi palabras, o con una que otra que es menester decirnos para evitar suspicacias familiares, con miradas nos seguimos entendiendo. En mis ojos él encuentra todas las respuestas y orientaciones que necesita, así como las que más tarde, estoy seguro, va a requerir, tal vez para cuando ya no esté a su lado. Con miradas le digo lo que pienso o preciso; si estoy feliz o triste; si estoy de acuerdo o no con algo. Él todo lo entiende, o deduce. En la viveza angelical que deja asomar a los dos luceros empotrados en su infantil rostro, manantial de néctar en camino árido al trasegar el tercer tercio de mi destino bajo el efluvio del sol de los venados, leo e interpreto sus preguntas, dudas, inquietudes… presentes y venideras.
A través del destello de su incólume pupila llego a su alma limpia. Ahí dormita apacible su prometedor y bonito futuro. Este, desde luego, con altibajos y dificultades para llegar a ser una buena persona: el máximo y más caro trofeo diseñado a medida para el ser humano, acorde con la arquitectura universal. Intrínseco proceder, sin embargo, hoy día casi olvidado o confundido con torpeza. ¡Torpe!, calificativo que suelen darle a quien se atreva, o al menos lo intente, a ser buena persona.
Cuando estamos juntos, allá en su prístina esencia, vía su transparente mirada, encuentro la lumbre que guía ahora mis cansados días. Al ausentarnos, me basta con recordarlo para que me ilumine y suavice el camino, me humedezca y endulce los labios, resecos de libar en la copa del desagravio la esquiva ingratitud de algunos, o la nostalgia social que a todos, casi por igual, nos enferma el alma, dentro de este abismo de afanes egocéntricos y virulentos por doquiera esparcidos. Que son más letales cuando la causa no es otra que la sulfúrica codicia, la peor y más triste de las facultades de la mente humana, hasta ahora conocida.
—Abuelo —me dijo con su luz un poco antes de cumplir los seis años—, pensar que algún día no estés, como hasta ahora, me produce miedo. Anoche eso soñé y desperté llorando. Y no fui capaz de decirle a mamá lo que me pasaba… para evitarle más preocupaciones de las que ya tiene.
—Mira, jovencito, nuestra existencia, por fortuna, es efímera, muy pasajera —le respondí con la voz de mi ronca conciencia puesta en las pupilas de mis ojos de invierno—. Somos transeúntes en esta pequeña y frágil nave del universo a la que llamamos tierra. Entonces, lo que importa es que en el ratico que aquí estemos, dentro de la infinidad de asuntos que nos corresponde, casi todos inventados e innecesarios, hagamos bien dos cosas, y en particular evitemos una…
—Abuelo, si te entendí: ¿hacer bien dos cosas y evitar una… cuáles?
—Las dos primeras: ser feliz y propugnar para que los demás, también, alcancen tal dicha, jovencito —le respondí—. Facultad cada día más refundida por el propio ser humano, empecinado en cobijarse el alma con abrigos zurcidos con los cardos del sufrimiento colectivo.
—Ser feliz y buscar que los demás también… parece tarea fácil lograrlo, abuelo —lo escuché, no solo en su mirada, sino en su todavía impoluto pensamiento.
Desde hacía algún tiempo, además de hablarnos visualmente, nos comunicábamos a distancia. Telepática facultad que pocas veces la usábamos. Lo hacíamos cuando alguno de los dos requería algo del otro con carácter urgente. Como cuando a él lo regañaban sus padres de manera injusta, exigiéndole e imponiéndole su atorrante autoridad para que dejara de ser lo que era: ¡un niño! Entonces, desde su hogar, me pedía que le indicara qué actitud tomar, qué hacer.
—Siempre, en estos y en muchos más casos que se te presentarán a lo largo de la vida, la estrategia a seguir es la tranquilidad —le dije un día cuando sus padres le exigieron que ya tenía que saber leer y escribir, ¡y en dos idiomas!, «como los otros niños del jardín… si es que quieres pasar al siguiente nivel, y en un mañana ser alguien en la vida», le enrostraban—. Sofócales sus acalorados como agobiados corazones con un baldado de tu ternura, con un racimo de tus cándidas sonrisas, con un soplo suave de tus palabras y fraterno ánimo. Así evitarás con ellos, y con cualquiera, la inútil como abrasiva confrontación de las afiladas palabras y los hirientes hechos. Esta, no solo avivará la llama del dolor mutuo, sino que pellizcará la dermis de la solución, colocándola a mayor distancia de las partes en cuestión. Debes comprender que casi todos los padres, y los adultos, suelen repetir los errores recibidos en sus crianzas, cuando no es que encuentran en sus hijos, amigos, vecinos, paisanos y gobernados, el soslayado objeto de sus mordidos desquites, heredados traumas e incurables perversidades.
Por lo general, mi sugerencia le funcionaba, al menos con sus agobiados y siempre auto-atareados padres. Espero que cuando crezca y sea más grande, si la pone en práctica, le funcione con el mundo. Por mi falta de resolución, aparente mal carácter y debilidad… o tal vez extremada sensibilidad, ¡lo reconozco!, tal estrategia poco éxito me produjo. La verdad: nunca lo intenté con juicio. La huraña humanidad me traía en revesa afectiva desde mi difícil infancia, castigada por la heredada desigualdad social que  por toda parte resplandecía, y por ese ventajismo de unos pocos, los de siempre: la artera minoría, que todo lo tenían, pero que con nadie, solo entre ellos, nada compartían.
También acudo a ese etéreo medio de interacción mental con él cuando lo echo de menos y me hace falta. Entonces, lo busco en mi recuerdo, al cual siempre acude. Llega con una flor en la mano; de las que recoge en cualquier jardín o prado para alegrarle el día a quien lo necesite, o para sanarle las dolamas a la abuela (infalible medicina para ella, mi esposa). Siempre lo hace con esa magnética sonrisa que tiene la mágica facultad de calmarme, así como de llenar mis alforjas de alegría y espantar los fantasmas de esta enchipada melancolía; oculta tras la mampara de mi «cara de puño», como me dicen algunos de mis hijos y otros allegados.
—Sí, ser feliz y hacer felices a los demás parecen tareas fáciles… en teoría —le comenté—. Hacerlo con éxito es otra historia; tema por demás complejo; cual ejercicio de asíntotas, en donde la recta del pensar, es decir, la inteligencia, se prolonga de manera indefinida hacia la curvatura del comportamiento humano, sin jamás coincidir.
—Entiendo, abuelo, que el hombre, lo que piensa y pregona, el deber ser, no es precisamente lo que termina haciendo. La acción del cuerpo desobedece el prístino mensaje del intelecto.
—Una vez más lo compruebo, nieto amado, además de alma limpia tienes una mente lúcida, las dos asociadas y nutridas por los latidos de un corazón sensible y efervescente…
—Volviendo al tema, abuelo —me insistió—, ¿y qué cosa es la que hay evitar? Me hablaste de las que hay que hacer, falta la que no.
—Muchacho: ¡jamás causarle daño al mundo!, ni a nada de lo que en él existe: personas, animales o cosas —se lo dije sin rodeos—. Esto se logra, en gran medida, cuando hacemos las dos primeras; lo que implica vivir en armonía, a un paso de la plena alegría… aunque con pocas cosas materiales en las alforjas. Estas suelen hacerle al hombre, además de pesado, espinoso, doloroso y complicado el viaje por el disparejo camino de la vida. El cual, al recorrerlo ligero de mundanos chécheres, suele ser menos azaroso, además de permitirnos algo de mayor libertad y disfrute de la existencia. Otra cosa es hacerlo con argentas cargas de oropel teñidas; las mismas que nos impiden ver de qué color pasa a nuestro lado la felicidad vestida.
—En estos seis años de vida, por lo que he visto y me has contado, esta sí que es una tarea difícil —me compartió en su mente, y algo de ello en su mirada, colocando en su semblanza un halo de nostalgia—. Casi todos pugnan, precisamente, por llenarse los bolsillos, sin siquiera fijarse a quién… o a qué le causan molestias, daños y hasta pérdidas irreparables. Tal y como lo intuyo, a muy pocos les importa eso de hacer felices a los demás; y ni siquiera a sí mismos. Tampoco lo encuentro en sus largas listas de afanosas como contradictorias prioridades; todas estas contrarias a lo que tú llamas: «la inmensidad gratuita de las pequeñas alegrías de la vida», abuelo.
—Volviendo al divertido juego de las matemáticas, disciplina por la que tienes inclinación y gran talento, jovencito —le dije para recobrarle el ánimo y anegarle de sosiego su impoluto ser—, si bien es cierto que para los hombres la tendencia de su comportamiento es precisamente esa: causarle daño a su entorno, por ende así mismo, tal aberración del intelecto humano es finalmente decreciente…
—Entiendo el mensaje, ¡abuelo! —me interrumpió—. En la inteligencia humana no todo es luz, ahí coexisten sombras, y algunas son tenebrosas y abismales. Más, todavía, cuando el individuo que la ostenta se despide de la juventud, se vuelve infantilmente adulto y avizora a corta distancia la temida vejez; peor, cuando esta se anuncia larga y quebradiza. Pero…
Casi nunca lo hacía: interrumpirme. Esta vez lo hizo ante las largas y el rodeo que le estaba dando a su inquietud inicial respecto al sueño que tuvo, en el cual, al parecer, me moría. En ese momento ni él ni yo sabíamos cuándo acaecería. Pero lo sabíamos. Algo de la inexorable llegada de aquella atufada amiga mi espíritu presentía; y él lo encontró entre mis calladas angustias mientras dormía.
—Sí, sé qué quieres que retomemos lo de tu sueño…
—Así es, abuelo, sobre eso… eso que me hizo llorar al despertar y que no se me quita de la cabeza.     
—Así como cuando llegaste a mi vera, jovencito —le dije—, irás encontrando a otras personas que serán tu complemento y prolongarán tu vida, como me lo dijiste la primera vez que me hablaste con los ojos; y en lo que, en efecto, te me convertiste desde entonces.
—Será diferente —enfatizó en su etéreo mensaje—. Entre esa aparente frialdad de tu mirada, detrás de esa hosquedad de tus palabras y desafiante postura física, abuelo, se esconde una persona sencilla, sincera, muy capaz y buena, que ilumina y guía mi camino, y el de muchas más personas, incluidas las que integran nuestras entroncadas familias. Todos nosotros, así ellos no te lo digan, de una u otra manera te admiramos y respetamos por lo que has hecho, aunque a ti te parezca muy poco, insuficiente o incompleto…
Mi nieto enmudeció su mirada y estranguló por un momento el pensamiento. Sentí que tomaba aliento para continuar con su disertación. Evité interrumpirlo. Me tenía, más que sorprendido: conmovido, impresionado y admirado.
—Abuelo —reanudó con la voz de sus pupilas negras, brillantes, incendiadas—, una mirada traslúcida, sin sombras, y serena como la tuya, que genera seguridad y confianza, abuelo, será difícil encontrar en otros ojos, como lo he intentado con muchas más personas. En casi todas ellas percibo que están más interesadas en hacerle daño a sus congéneres, y en ser infelices, así como en causarles desdichas a las demás y destrucción irreparable al mundo que habitamos. Pareciera que esa fuese la trágica constante de los humanos…
Me tenía abrumado con su percepción clara y concreta, tanto sobre mí como la del pequeño mundo al que hasta ese momento tuvo acceso. Hubo momentos en los cuales me sentí desnudo, y apenado, ante su aguda visión y concisa interpretación del ser humano, ¡y mía!, en particular. Si bien era cierto que en las visuales y mentales conversaciones con mi nieto le solía mostrar el mundo, tal y como es, con énfasis en el soterrado comportamiento del hombre, su intuición y agudeza analítica iban mucho más allá de lo por mí expuesto, y entendido. A su edad, tales competencias y alcances jamás tuve… ni siquiera ahora, arriba de cinco calendas más que él. Entonces, deduje al recordar algunas características de estas nuevas generaciones, nacidas en la segunda década del siglo XXI, que su genética y capacidades físicas y mentales tenían que corresponder y alinearse con la época y la avasallante tecnología que todo lo invadía.
Pensar así en algo me consoló, tal vez. Ojalá el futuro de estos jovencitos, en un mundo con tanto desarrollo científico, en todas las ciencias y campos del conocimiento, sea el que la raza humana se merece, y necesita. Ojalá.
—Abuelo —me interrumpió al escuchar mis calladas reflexiones—, entonces… lo del sueño que tuve…
—De algo estés seguro, nieto amado: cuando mi cuerpo se marchite y se integre con las demás sustancias de este mundo, mi componente etéreo, ese al que llaman espíritu, que no es otra cosa que energía, la esencia de la vida, seguirá iluminando y guiando tu camino. Recuerda el compromiso que tienes desde aquel día…
—Sí, abuelo, el de encargarme del morral de tus sueños… y de esos secretos que me confiaste y que atesoras, de tiempo atrás, en el disco duro de tu portátil: «Los secretos del abuelo», como los llamaste el día que me lo dijiste y enseñaste. Tus sueños y secretos, y los míos, ahora conforman un solo atado, abuelo.
—El que logres ser buena persona, en primer lugar, hacer lo que te diga tu voluntad, así como posibles algunos de esos sueños y secretos del costalado guardado de mis ilusiones, me hará vivir tranquilo y realizado en tu existencia, así como en la voluble memoria de la humanidad. De esa forma, muchacho, por más que mi componente corpóreo ya no esté a tu lado, de la manera como hoy me percibes, mi esencia, fraguada con la tuya, te hará recordarme y caminar por senda firme y segura, te lo prometo: ¡ahí siempre estaré!, y sabes que nunca prometo nada que no pueda llegar a cumplir.
—Abuelo —me dijo con mirada dubitativa—, ¿tú crees que tengo facultades y habilidades para poderte cumplir estos encargos?
—Estos, los tuyos y muchos más —le dije—. Tienes con qué, jovencito. Cuentas con lo fundamental para lograrlo. Solo hace falta que lo quieras hacer. Es cuestión de voluntad, disciplina, estrategia y, sobre todo, de mucha paciencia. Este último, el más difícil ingrediente para alcanzar propósitos; lo cual no significa que los otros tres estén exentos de atractiva y cautivante dificultad; la que en los seres corrientes termina por imponerse con alcahueta facilidad y pregonada justificación… ¡y tú lejos estás de ser corriente!
—Abuelo, me has dicho muchas veces que todo en la vida se logra cuando se hace con voluntad, estrategia, disciplina y, sobre todo, con paciencia. Pero, casi nunca me has definido esas cuatro palabras…
—Porque no se trata de simples conceptos, de simples palabras…
—Y, ¿entonces?
—Son herramientas de uso y brega diaria que se van asumiendo y fortaleciendo cada día, con cada acción, con cada caída, con cada levantada, con cada triunfo, con cada derrota.
—Sí, pero… me gustaría que me las explicaras de la manera que sabes hacerlo. Así las interiorizaré por siempre.
—Digamos que la voluntad es esa fuerza interna que nos impulsa a hacer algo, sin esperar que nos lo digan, sino porque nos nace y estamos convencidos de quererlo y lograrlo. Además, porque existe un motivo propulsor: una brisa invisible que le da sustento a las alas del gorrión al emprender el vuelo, a pesar del vacío y la atrapante fuerza de gravedad, que no solo atrae masa, también lo hace con las ganas de superación de unos tantos, las de los negligentes.
—Entendido… sin esa fuerza invisible el pájaro jamás dejaría la peligrosa comodidad abrigada del nido. Por lo que se le atrofiarían las alas y perdería la facultad de volar, y hasta la de intentarlo alguna vez.
—Entonces, jovencito, dejaría de ser pájaro, por lo que, atrofiada tal potestad, tendría que echarle mano a otras para sobrevivir, a las más fáciles, que siempre son inconvenientes, por ende perjudiciales; eso sí: ¡muy atractivas y de vistosa apariencia, como el acíbar!
—Abuelo… y un pájaro con tal atrofia quizá querrá y hará cosas para que otros lo imiten y también dejen de volar.
—Lo más seguro, ya que una vez atrofiadas sus alas, querrá que los otros tampoco las usen, al sentirse en propiciada y acomodadiza desventaja.
—Me queda muy claro lo que significa la voluntad, abuelo.
—Las otras tres facultades humanas para lograr las cosas en la vida, jovencito, son madrinas de la primera. En especial, si una buena persona se quiere ser. Si falla cualquiera de ellas, al viajero le cogerá la oscura noche por el serpenteante camino, en donde cualquier cosa puede pasarle… y justificará de cualquier manera.
—Como le escuché al otro abuelo: «La luz es aliada de la virtud y el triunfo, la maldad casi siempre se agazapa en la oscuridad y el fracaso» —me comentó mi nieto.
—Gran sabiduría hay en ese dicho, jovencito —le respondí—. El turno ahora le corresponde a la estrategia, si te parece que continuemos con la secuencia…
—Sí, abuelo, por favor.
—La estrategia debe ser siempre el producto de la meditación y la reflexión —le dejé expósito en mi pensamiento y le proyecté en mis pupilas—. La improvisación, cuando no es que conlleva al desastre, es más cosa de esquiva como traicionera suerte, que de una constante digna de convertir en regla. Sin planeamiento muy pocas veces resulta lo que es menester. Por el contrario, cuando indagas y sabes cuál es el mejor lugar para poner las bases y las columnas adecuadas, el edificio que sobre ellas erijas soportará mejor el adusto y pesado paso del tiempo y sus inclemencias.
—Cuando me explicaste el juego del ajedrez, abuelo, recuerdo que me dijiste que al mover una ficha uno debía tener pensadas, no solo las próximas cinco, sino calcular, y en lo posible incidir, cuáles podrían ser las cinco del otro jugador.
—Sí, esa es una buena interpretación de estrategia —le confirmé.
—En ese momento, abuelo, me pareció muy complejo pensar con antelación cinco jugadas y, más complicado aún, hacer que el contrario mueva las fichas que uno piense, o necesite que juegue…
—O que esté compelido, o inducido a mover, producto de tu elucubrada y decantada estrategia de juego —apuntalé.
—Sí, abuelo, parece complejo… pero, lo voy asimilando.
—Jovencito, si sabes dónde poner las bases y las columnas… si logras mover tus fichas para asegurar la partida, el edificio que construyas para tu futuro te garantizará estabilidad en el juego de la vida, protegerás lo tuyo y tendrás dónde guarecer tus sueños.
Mi nieto estaba pensativo. Por su impoluta y ágil mente desfilaban montones de ideas, conceptos, proyectos, algunas dudas y otras propias construcciones que, muy seguramente, es muy probable que convierta en realidad a lo largo de su vida.
—Si la estrategia es ir armando de manera cavilada el crucigrama de la vida de cada quien —me expuso con su infantil mirada—, sin las alas, es decir, sin voluntad, más difícil esto sería… asimilo.
—Algunos le dejan a la improvisación, o a otros, tan personal construcción, precisamente por ausencia, cuando no de planeamiento, de voluntad. Peor, todavía, cuando una y otra faltan; lo cual, por darle un nombre a tan nociva amalgama, ¡cada vez más inoculada!, no es otra cosa que la paralizante negligencia.
—Abuelo, estos dos conceptos los tengo claros e interiorizados —me respondieron sus ojos—. Entonces, la disciplina y la paciencia…
—Jovencito, si el ser humano, al ir creciendo, logra estructurar un plan de vida y tiene voluntad para ejecutarlo —le dije con una sonrisa—, todavía le harán falta dos ingredientes fundamentales para alcanzar los resultados esperados. Los que acabas de mencionar: Disciplina y paciencia.
—Abuelo, ¿y estas otras dos son necesarias?
—Indispensables, jovencito, para evitar desviarse, o ser desviado, del camino correcto que lleva a la meta establecida, la primera. Así como saber sortear con serenidad cualquier ennegrecida o furiosa noche, sobre todo, cuando esta te atrape en terreno incierto, y sin lumbre, la segunda.
—Asemejo que con lo de evitar desviarse del camino haces alusión a la disciplina —sustanció en su alma—, mientras que: paciencia es lo que se requiere para sortear las dificultades e incertidumbres de la vida.
—Así es, muchacho. Saber seguir reglas, ¡las adecuadas!, y asumir con calma y tranquilidad las esperas que tendrás que hacer, por más prisa con la cual aparezca el viento, te lo aseguro: te va a garantizar menos tropiezos y dolorosas caídas, así como mayores gratificaciones en el momento que ha de ser.
—Quizá, abuelo, estas cuatro herramientas para la brega diaria también me sirvan para cuando ya no estés —inesperadamente volvió sobre lo del sueño y mi muerte.
Yo creía que con la anterior conversación al respecto estaba zanjado el tema. Al parecer no. Su alma se soltó a llorar. En esa oportunidad quedé apabullado. No tuve otra opción que callar la voz de mis ojos y el eco de mi conciencia. Él lo entendió. En lo sucesivo evitó volver a mencionar aquel sueño de presagio humano, y que a los dos nos estremecía.
Un año más tarde, días antes de su cumpleaños número siete, me atreví a retomar el tema. Quería que su mirada volviera a sonreír y a emitir esos fulgores de tranquilidad y esperanza, desde ese día algo menguados.
—Para entonces, muchachito —por fin le pude argumentar—, cuando mi masa corporal ya no esté a tu lado, tu energía y la mía serán una sola, como ya te lo dije. Conjunción que desde aquella tarde, cuando te tuve por primera vez entre mis brazos, comenzó a darse, al principio muy despacio. Luego, algo más rápido. Y, ahora, al ir cayendo el sol para el abuelo, se anuncia un nuevo y prometedor amanecer para el nieto… siendo esta nuestra mancomunada y pactada voluntad desde aquel día.
—Gracias, abuelo, lo sé —me interrumpió, afable, sereno, seguro y risueño—. Es inútil e injusto buscar apresurar el ocaso de los viejos con el pretexto de hacer que la aurora de los jóvenes se anuncie más temprano. Tú me lo enseñaste: ni antes del amanecer, tampoco después del atardecer, es posible ver el sol por la ventana. Hay que esperar, hay que tener paciencia, y mucha disciplina, ¡esa es la estrategia!, pues su magnífica y vital presencia solo es visible durante eso que llamamos día. Para entonces, y solo para entonces, será prudente y pertinente echarme al hombro el morral de tus ilusiones, junto con las mías; como te lo prometí: «soy el complemento de tu vida, así como la prolongación de tu existencia», te lo dije ese día, y te lo reitero ahora, y ¡por siempre!
En ese instante comprendí que mi amado nieto había alcanzado el pleno uso de la razón. Él lo leyó en mi pensamiento, entonces, corrió hacía mí y me abrazó con inmarcesible ternura. ¡Nunca antes fui tan feliz!



lunes, 6 de enero de 2020

El magistrado


Dibujo de Camilo Quevedo

Esa tarde solo quería caminar por ahí, por las calles del centro histórico de aquella ciudad subcontinental. Solo eso y, tal vez, leer en los rostros de los anónimos transeúntes capitalinos, como es mi involuntaria costumbre, historias de angustias represadas, pecados guardados, calladas ambiciones, así como candentes iras sociales por mucho tiempo aguantadas, pero a punto de estallar ante cualquier inesperado como insulso chispazo. Sí, solo eso quería, nada más.
Sin embargo, esta historia me topé tras dejar atrás «La Plaza de los Reclamos»; como la bautizó mi hijo en razón a que cada que por allá vamos, unas tres veces al año, encontramos manifestaciones y protestas de todo tipo, en especial de orden social. Bajé por la calle Once y me encaminé hacia el norte por la carrera Novena. Al irme acercando a la esquina de la Avenida Fundador, la inusual postura corporal, así como el impróvido y casi azaroso desplazamiento de una mujer mayor dispararon mi atención.
La humilde mujer se cruzaba la calle, sin observar, por entre los carros, como ida, de un andén a otro. Los conductores, cuando no era que pitaban, le lanzaban improperios tratando de esquivarla para no atropellarla. Las demás personas la ignoraban, o eludían, sin ponerle mayor atención. Aceleré el paso para alcanzarla al notar que se aproximaba al cruce de la agitada intercepción vial. Si se llegaba a pasar sin mirar, lanzándose a la vía, como parecía ser su resuelta intención, lo más probable sería que algún articulado del angustiante y contagioso transporte masivo la embistiera y le causara, si no la muerte, al menos heridas graves.
—Mire… ¡señora! —le grité, acelerando mi paso, al comprobar que, en efecto, pensaba lanzársele a los dos biarticulados atestados de pasajeros que iban por la vía.
Ni siquiera los estridentes frenazos de los gigantescos buses, tanto del que subía como del que bajaba, parecieron inmutarla. Prosiguió rauda hacia la calle en donde, tan pronto puso un pie, la alcancé a coger de un brazo y la subí al andén. Estaba impávida y su mirada perdida en la nostalgia social que parecía corroerla. El bus que subía alcanzó a detenerse por completo luego de la larga y estruendosa frenada a escaso medio metro de ella. Transeúntes, conductores y pasajeros, tal vez desilusionados por haber evitado el fatal accidente, prosiguieron su camino; algunos hasta me lanzaron soberbias miradas, las que interpreté de rabia por robarles el gratuito espectáculo de la sangre ajena derramada sobre el pavimento. Todo volvió a la caótica e insolidaria normalidad citadina. Al no haber muerto, o al menos herido, el nacional como enchipado mórbido interés también se disipó.
    —Señora… por favor —le dije, mientras la llevaba del brazo hacia el andén, un poco más lejos de la calle, por donde prosiguió el desfile de articulados que seguían aspirando aire para la combustión y vomitando oscura muerte legalizada por sus tubos de escape—, permítame que la acompañe… ¿hacia dónde se dirige?
La humilde señora, de unos sesenta años, talvez más, seguía en trance. Ni se percató de lo que acababa de pasar. Sus ásperas y lunarejas manos temblaban. En su ajetreada faz se reflejaba una zozobra inenarrable. Era objeto de una sumatoria de inexorables angustias represadas; de esas que con el tiempo se van enconchando en el alma al no poderlas, o no quererlas compartir con nadie; tal vez porque nadie se las pueda, o le interesa resolver, en tanto se trate de un sin nada; como al parecer era su caso entre un ejército de miseria social, cada vez más apeñuscado, y que aumentaba frenéticamente, a cada instante, en aquella sociedad subcontinental. Eduviges, que así luego me dijo que era su nombre, cargaba a cuestas un costalado de calladas y guardadas congojas, de esas que van turbando la razón sin siquiera percibirse o manifestarse. En ese momento confirmé que ella también padecía, en estado terminal, del mal que casi a todos nos está matando lentamente, sin haber lenitivo capaz de contrarrestarlo: ¡nostalgia social!
—Señora —le insistí al notar que parecía reaccionar—, ¿le provoca tomar un café? Mire, allí hay una cafetería.
—Disculpe, señor —me preguntó, algo asombrada y desconcertada—, ¿qué me pasó?, ¿quién es usted?
Evité entrar en detalles. ¿Para qué recordarle al ciego que lo es? Solo le dije que se había distraído. Me le presenté, le insistí en lo del café y aceptó, por lo que entramos a la cafetería y nos sentamos al fondo del establecimiento, buscando algo de privacidad. Entonces, me anunció el comienzo de su tremenda historia.
—Señor, trabajé por algo más de cuarenta años en la casa del doctor Trampilla —me dijo con voz entrecortada y ojos aguados—, es decir, desde muchacha, cuando me trajeron del campo.
—Señora… por casualidad, ese doctor… ¿no es el magistrado…?
—Sí, ¡el mismo pícaro! El de la pensiones millonarias para él y uno pocos funcionarios de alto nivel, así como de todos esos escándalos de corrupción en la justicia.
—Sí, sé de qué personajillo se trata. ¡Es uno de los intocables de este país! Lo respaldan otros más encumbrados, sagrados e innombrables que él, y a quienes les trabajó a su favor toda su vida como jurista, tanto fuera como dentro de la rama Judicial. Sus providencias y gestiones fueron siempre en beneficio de los políticos más perversos y poderosos, así como de los más ricos aseguradores, banqueros, comerciantes, industriales y ganaderos, entre otros tantos; y en contra de los derechos económicos y asistenciales elementales de los trabajadores y personas más humildes, es decir, de la inmensa mayoría.
—Del resumen de artimañas que acaba de hacer de ese señor… sí que puedo dar fe —agregó Eduviges—. Como empleada del servicio en su casa vi desfilar por allá a todas esas colmilludas alimañas que usted mencionó… además de, muchas veces, sin proponérmelo, escucharles preparar los sancochos que días después les servían a la opinión pública para que: «les guste o no, se lo tienen que tragar, sin mucho que refunfuñar», solía decir el magistrado, mi antiguo patrón.
—Entiendo, señora, su incomodidad y afectación ante tanto mal obrar de ese abogado, hoy con una abultada pensión de jubilación como exmagistrado, casi cuarenta veces la de un trabajador común y corriente —le dije con cautela para no ahondar en sus dolencias y resentimientos sociales, como pensé al principio—; sin embargo, creo que el guiso que amarga su tranquilidad se maceró en otro recipiente y con insumos diferentes… que si a bien tiene compartir conmigo, ¡con un total desconocido!, puede hacerlo. Quizá comentándomelo la haga sentir mejor.
Ahí fue cuando la humilde mujer se despachó, sin filtro alguno, con tan inverosímil historia… que sintetizaré para no excavar más hondo en la nostalgia social que avanza sin brida peña abajo, «hacia la hecatombe nacional», como lo dijo el ‘prócer’ aquel.
Una vez Eduviges cumplió los sesenta años, y en sus cuentas, tras supuestamente haber cotizado para su pensión por más de mil quinientas semanas, le comentó a su patrón, al exmagistrado Trampilla, que se quería retirar para irse a disfrutar de su pensión. Este, con la más descarada y desfachatada de las actitudes, le manifestó que se largara de inmediato de su casa y que jamás volviera, ni intentara reclamarle nada; de lo contrario, que se atuviera a las consecuencias. Nuca la afilió, como algún día le manifestó cuando ella le preguntó al respecto, a ningún régimen de cesantías, de riesgos ni de pensiones.
—Bueno —la interrumpí—, siendo empleada, cuando usted requirió de servicio médico, ¿cómo hizo?
—Muy pocas veces lo necesité… para lo de los partos de mis hijos el patrón siempre se hizo cargo de los gastos, así como los de otras pocas veces, muy contadas, cuando fui a ver al matasanos. Para una madre soltera y pobre… enfermarse es una calamidad que hay que evitar a toda costa, o, en últimas, soportar y disimular, si se quiere seguir trabajando para conseguir lo del sustento; por lo menos ese fue mi caso.
En cuanto al mísero y legalizado sueldo básico mensual el marrullero magistrado fue algo cumplido con ella. No así con los demás emolumentos: vacaciones, primas y aportes parafiscales de ley para salud y seguridad social. Con estos fue otra cosa, y por fuera de toda formalidad, legalidad y consideración humanística. Eduviges, como era obvio, además de la necesidad laboral, confiaba ciegamente en él. Cuando lo conoció, Trampilla era un juez joven, siete años mayor que ella. Este poco a poco fue escalando como magistrado en cada uno de los niveles judiciales. Con aquel salario mínimo Eduviges logró criar a sus hijos hasta cuando fueron volantones y los ayudó a ubicar laboralmente. Al poco tiempo se casaron y se fueron de su lado, es decir, de la habitación en la mansión del magistrado. Desde cuando este la despidió, casi siete años atrás, ella vivía sola, en una misérrima pieza que pagaba con lo que medio conseguía, mendigaba o sus hijos le socorrían de lo poco que ganaban. Nunca más pudo lograr trabajo fijo. Sin sueldo, mucho menos pensión, su situación era terrible, ¡insoportable! Esto la hacía deambular calle arriba y calle abajo, buscando empleo, ofreciéndose para lo que fuera. Pero, por su edad y los achaques en progresión, desde luego que era muy difícil que la ocuparan formal y dignamente. Casi siempre la rechazaban, como le sucedió ese día cuando la observé deambular dando tumbos por la Novena, rumbo al norte.
—Estoy seguro de que si expone su caso en el Ministerio de Trabajo —le dije a título de asesoría y consuelo—, la van a escuchar y le harán pagar al señor magistrado lo que usted tiene más que ganado… así aquel tenga todo el poder y las influencias del mundo, señora.
—Es probable que así sea, buen señor — me respondió—, como algunas otras personas me lo han dicho, también.
—Y, ¿entonces?
—Si lo llego a demandar, Trampilla movería cielo y tierra para salirse de nuevo con la suya, ¡como siempre!, señor —me dijo—. Sin embargo, el verdadero problema, y  por el cual me toca dejar así las cosas, es porque mis dos hijos, así también sean suyos…
—El padre de sus hijos, señora… ¡¿es el magistrado Trampilla?!
—Así es, señor —me confesó—, ahora somos tres los que conocemos el secreto: usted, él y yo… y espero que me lo guarde, ni siquiera mis hijos lo saben, ni espero que lo averigüen. Si alguien más, o ellos, se llegan a enterar, o si demando al sin tantica ese, lo más probable es que los dos se queden sin coloca, como yo. Me lo advertía seguido cuando a mi pieza iba a búscame; y lo reiteró furibundo el día que de su casa me sacó... y sé que lo cumpliría. A él no le corre sangre por las venas, solo ambición, odio y egoísmo social en contra de los más necesitados, o como era uno de sus dichos: «los sin nada, ni siquiera libre albedrío», a los que ahora pertenezco.


Dibujo de Camilo Quevedo

El hijo mayor de Eduviges era el conductor de la esposa del exmagistrado. Su otra hija trabajaba como auxiliar administrativa en el Bufete de Abogados Trampilla y Asociados, el de su padre. Únicos y modestos ingresos que aquellas dos familias tenían, y la anciana lo sabía, por eso al villano magistrado con su silencio protegía.