jueves, 11 de marzo de 2021

El perdón

 

El perdón

Mención especial

 Premios Concurso Microrrelatos Guka 2020,

Buenos Aires, Argentina

A la clínica llegó Efrén con un ramo de rosas sesenta años después de dejarla esperando en la iglesia. Algunos familiares de Ester Julia, quien estaba siendo operada de su cadera tras caerse de la cama, lo miraron extrañados. La mayoría no lo conocía. Él, después del desplante, se fue del pueblo. Sabía que su suegro, de encontrarlo, la vida no le perdonaría. La única que lo reconoció fue la hermana menor de Ester.

—Usted… ¡Efrén! ¿Qué viene a hacer? —le dijo.

—Vengo a pedirle perdón a Ester Julia… y a suplicarle que nos casemos. Jamás dejé de amarla, nunca me casé, ni volví a tener novia…

—Entonces… ¿por qué salió corriendo?

—Me dio miedo el compromiso, incumplirle en algo y, lo peor, llegarle a fallar; solo tenía 18 y una ilusión en el corazón...

—¿Hacerla desgraciada?

—No, ¡feliz! Pensé volver… fui cobarde. Estuve pendiente de ella. Aquí estoy… llévele mi súplica de perdón con mi propuesta de matrimonio para compartir los días más duros que vendrán. Nuestro amor sigue vivo, me lo dice en sueños.

Veinte días después se casaron, como si fuera aquel día soñado, pero con sesenta años más a cuestas y un perdón que por fin Efrén descargó.

Disponible en Revista Latina NC

martes, 9 de febrero de 2021

Fugaz carroza fúnebre

 

Fugaz carroza fúnebre


Solo es un relato de ficción, pero para algunos, 

tal vez, esté muy cerca de la cruda realidad.

La historia que trasciende hacia infinito con su partida comenzó cuando llegaron del campo y, con lo de la venta de sus fincas, compraron el lote sobre el cual edificaron su casa. Ahí se arraigaron por un buen tiempo, al menos hasta cuando el viejo se murió de tanto trabajar en la dura y enfermiza construcción. En ese entonces la nomenclatura de la casa era 1-41, sobre la calle 22 sur, años después cambió a 1-43. Decidieron mudarse a la ciudad capital, sobre todo, porque las parcelas ya no daban ni para pagar el crédito que la Caja Agraria les daba cada año para sembrar la papa que al ser cosechada siempre bajaba de precio, que ni el costo cubría.

Cuarenta y tantos años después de llegar a la sulfurada ciudad ella fue a reencontrarse con su amado esposo. Él, quien se le adelantó en el viaje, con una rosa del ebúrneo color de su nombre la esperaba allá en la eternidad para continuar esa historia de amor incólume iniciado en la prístina campiña. Pasión humana de la cual surgió la mujer que atrapó mi existencia, y a quien hoy intento mitigarle en algo tan aciaga pérdida, reiterándole la promesa de amarla por siempre, de jamás dejarla sola y, que cuando sea el momento, nos iremos juntitos de la mano. 

Nunca se supo cómo ni dónde pasó... y a nadie pareciera importarle. Quizá todos piensan que es mejor obviar el tema para evitar remordimientos, desavenencias o posturas desafortunadas entre los más allegados de la difunta.

Si bien es cierto que por su edad y patologías preexistentes era más vulnerable que cualquiera de su entorno, ninguno se imaginó, y pocos lo soslayaron, que le ocurriera precisamente lo que tanto, desde el comienzo de la expansión, ella quiso evitar y que inmenso pánico le causaba. Sobre todo, por las dramáticas escenas que transmitían por la televisión con las personas que caían en tan terribles circunstancias.

Ella presentía que algo así, y tal vez peor, le acaecería. Por ello, por separado, a varios integrantes de su núcleo familiar cercano les hizo algunas peticiones y recomendaciones.

A uno le dijo que si se enfermaba no la llevaran a un hospital; que le evitaran semejante tortura en vida, como le pasó al viejo. Que la dejaran morir en casa. A otro, que cuando se muriera no quería entierros en ninguna parte, pese a ser muy católica. Que la cremaran y esparcieran sus cenizas en algún lugar lejano. A casi todos solía insistirles que ella no quería ser carga para ninguno, por lo que, mientras se pudiera valer por sí misma, evitaría molestarlos, convertírseles en un pereque; que si le llegase a suceder prefería irse al encuentro con su viejo, quien desde hacía tiempo la estaba esperando en alguna parte. A todos, cada que podía y a su lado se reunían por solicitud suya, con casi siempre asado de por medio, o cuando les hizo llegar algún presente durante ese postrer trimestre, les enfatizó que era el último que les hacía.

Y así fue.

Cuando la fiebre se le estacionó en 39 °C, sus allegados decidieron llevarla a urgencias... eso sí, ¡a la de una clínica de prestigio! Cuando le dijeron que se iban para el hospital, ella evitó contrariarlos, pese al intenso tremor que conquistó sus manos. Lo único que hizo, al subirse al carro que la transportó, fue echarle una mirada nostálgica a su casa. Tal vez intuía, por el avance de la maluquencia que la devoraba, que jamás regresaría.

En esa prestigiosa clínica la recibieron en urgencias, le practicaron la prueba y le comenzaron a dar medicamentos para intentar contrarrestarle los males que se le comenzaron a exasperar. Sin embargo, como aquella clínica estaba por fuera de la cobertura de su plan social de salud, a la madrugada la trastearon para otra, pero ubicada en el sur, según su categoría y, al parecer, como luego se confirmó, sin la capacidad para atender la gravedad que la aquejaba, y que los galenos sabían. Allá estuvo varios días hasta cuando, según el dictamen, en ese lugar era imposible seguirla atendiendo porque requería asistencia permanente y de mayor complejidad. Entonces, la remitieron al norte, al otro extremo de la ciudad, a un hospital con tal capacidad... y acorde con su categoría social: de la red pública.

Veinte días después, tras los inenarrables suplicios en la UCI, ella se fue a cumplirle la cita a su amado esposo para perpetuar su incólume historia de amor iniciada entre parcelas en la fructífera campiña de cuando mozos, ella doce años menor que él.

El suplicio, a partir de ese momento, ya no fue para la vapuleada octogenaria, sino para todos sus allegados. Estos, a distancia, sin volverla a ver ni a oír desde cuando la ingresaron a urgencias en aquella privada clínica de prestigio, lejos estaban de imaginarse lo que padecerían, sobre todo durante las siguientes veinticuatro horas tras el anuncio del doctor que llamó a informar que:

—Pese a los ingentes esfuerzos del equipo médico, la paciente falleció hoy 2 de enero de 2021, siendo las 7:35 a.m.

Quizá esto solo fue mera coincidencia: en la ciudad, y en todo el país, el caos en las UCI se apoderaba ante la afluencia desbordada de pacientes y se corría la bola popular que los médicos tenían que decidir a quiénes atender para salvar... y a los que no. En este último caso, como se acuñó cual paranoia social, ¡mito urbano!, los que tendrían que morir serían los que más costo implicara mantenerlos conectados, los que menor esperanza de vida tuvieran y, desde luego, ¡los más viejos y de menor estirpe!

   Cinco o seis carros con familiares fueron llegando a las inmediaciones del hospital pasado el mediodía de aquel primer lúgubre sábado del 2021. Por protocolo a nadie dejaban entrar ni siquiera al parqueadero, mucho menos la iban a dejar ver, y solo se sabría lo que le dijo el médico al pariente que recibió la llamada. De ahí en adelante el procedimiento era elemental y dolorosamente entendible:

—Una vez tengan el acta de defunción, envíenla por correo a nuestra funeraria, junto con la copia de la cédula de ciudadanía —le dijo la operadora al familiar que tenía el prepagado plan de exequias—. De ahí en adelante nosotros nos encargamos de lo demás.

—Si es tan amable, me puede indicar el procedimiento para las exequias...

—En este caso, por ley, ¡no hay exequias! y el procedimiento es muy sencillo: cuando tengamos esos dos soportes documentales, nosotros coordinamos con el Sistema de Salud de la Capital para el trámite de cremación. Luego, con el permiso oficial, enviamos la carroza al hospital y de ahí la transportamos directo al crematorio ubicado en uno de nuestros cementerios a la salida de la ciudad, en el occidente...

—Señorita —la interrumpió el afligido allegado—, ¿sería posible, ¡al menos!, hacerle acompañamiento desde la salida del hospital hasta el cementerio... algo así como una caravana detrás de la carroza?

—Si ustedes quieren... pueden seguir la carroza. Pero, le advierto: por protocolo el conductor tiene prohibido detenerse durante el recorrido... tal vez a la entrada del cementerio lo haga por unos minutos para que los deudos, si están ahí, le den el último adiós... ¡sin acercarse!

Según la recepcionista de la funeraria la carroza iría a recoger los restos fúnebres antes de las cinco de la tarde de aquel sábado, por lo que a esa borrascosa y fría hora algunos carros, con apesadumbrados familiares en su interior, esperaban en las inundadas calles adyacentes al hospital.

Al marcar las cinco y media sin noticias de la carroza, el familiar volvió a llamar a la funeraria. La misma recepcionista le comunicó que la recogida del cadáver había sido aplazada. Esto, por el significativo aumento de la demanda de aquel rentable servicio en ese día, por lo que se reprogramó para las ocho de la mañana del siguiente, es decir, para el domingo.

    Los mismos carros del día anterior, con algo más de familiares y desde antes de las ocho de la mañana del domingo, esperaban parqueados frente al hospital la salida del coche con los restos del ser amado. El familiar aquel le tenía que entregar al conductor de la carroza las fotocopias del acta de defunción y de la cédula de la difunta, por lo que le manifestó cuando al fin llegó:

—Señor, varios carros con familiares queremos seguirlo para acompañar a la difunta hasta la entrada del cementerio, donde quisiéramos hacerle una breve oración... ¿me puede indicar el recorrido para seguirlo, por favor?

—Bajo por esta misma calle a la Novena, con rumbo al sur, tomo la Centenaria y la Ecuménica y, luego, la Autopista a Occidente hasta el cementerio —respondió el chófer con indolencia.

—Gracias, estaremos atentos e iremos tras usted.

Contrario al recorrido que indicó el conductor, la carroza tomó inicialmente otra vía, y no por donde estaba lista la caravana con los familiares. Además, salió rauda, por lo que solo dos vehículos de aquellos pudieron ubicarla diez cuadras adelante y seguirla en su desaforada carrera hasta la entrada al cementerio, lugar en donde tampoco se detuvo, y hasta donde llegaron los dos carros que, contraviniendo cuanta norma de tráfico existía, le pudieron aguantar el paso. Los otros, pese a no haber mucho tráfico esa mañana de domingo, seguían a gran distancia y rebasando, también, los límites de velocidad, la fugaz carroza fúnebre, guiados por la señal que el primero de sus familiares, a más de ciento veinte kilómetros por hora detrás de esta para evitar perderla, emitía mediante su sistema de geolocalización.

Los veinticuatro deudos que esa mañana de domingo iban en los vehículos de la desaforada caravana de acompañamiento de la difunta, además del dolor y la angustia ante tan lamentable pérdida; y en semejantes circunstancias que ella presagió y quiso evitar; durante aquellos veinte minutos de inaudita persecución mortuoria tuvieron que soportar y tragarse la rabia que aquel protocolo social les generaba al impedirles darle el último adiós a la fallecida amada. También, y sumado con lo que con ella debieron hacer o darle, y que siempre postergaron por cualquier ‘justificada’ razón a lo largo de la vida, les quedó un vacío en sus almas al ni siquiera haber visto la fugaz carroza fúnebre que trasportó los restos de aquella sinigual mujer, para unos: la inolvidable madre, abuela o bisabuela; para otros, la querida suegra... cual segunda mamá.

—Además —dijo entre sollozos una de sus hijas—, sin siquiera una flor, una esquela o, al menos, una cinta fúnebre con su nombre, cual incógnito e intrascendente connacional...

—¡De un sin nada! —complementé apesadumbrado—, como más que nunca lo somos ahora los integrantes de la inmensa mayoría de este peculiar país... y del mundo entero en estos aciagos y deshumanizados momentos, cuando la vida vale menos que un centavo.

 Relato disponible en Revista Latina NC

 

viernes, 18 de diciembre de 2020

Las vacaciones del abuelo

 


Solo con el paso del tiempo se me fue disipando la zozobra por esa frase que me dijo mamá en mi preadolescencia cuando, después de unos días sin volverlo a ver, le pregunté por mi abuelo. Lo recuerdo desde cuando me recogía en el jardín y, siempre de la mano, me contaba historias que me parecían fantásticas. Ya en casa, después de darme onces, ponía música instrumental, según él, para concentrarse y poner en paz su espíritu, sobre todo cuando leía, escribía, meditaba o simplemente descansaba.



Tal vez el día que más feliz lo vi fue cuando al terminar la avena y el pan rollo que me dio la abuela me paré del comedor y le dije:

—Abuelo, por favor, ponga música para concentrarme porque tengo una tarea que me dejó la maestra. Era sobre los planetas, recuerdo.

A diferencia de casi todos los que rodearon mi infancia y temprana juventud, jamás me exigió, mucho menos me obligó a hacer o no alguna labor. Me decía:

—Solo te indico lo que debes hacer o no. Es cosa tuya si lo haces, de tu libre albedrío. Eso sí, hijo, los frutos que coseches en la vida, dulces o amargos, de ahí dependerán.

—Abuelo, ¿qué es libre albedrío? —le pregunté esa vez, así como cada que soltaba una palabra que yo desconocía.

—Libertad para decidir sin presiones, guiado por la inteligencia y los referentes de las personas buenas, siempre evidentes y a la vista de todos, como las flores del jardín y las aves en el cielo, muchachón.

—Entonces, madre —le insistí esa vez—, ¿dónde está el abuelo?

—Hijo, el abuelo se fue de vacaciones… —entonces, soltó el llanto.



Disponible, también, en Revista Latina NC.


lunes, 7 de diciembre de 2020

El día soñado

 

'El día soñado', Séptimo Premio Guka de Microrrelato 2019,

Buenos Aires, Argentina.

 Así, toda vestida de blanco, una vez le avisaron que Efrén ya estaba en el templo, esperándola, se desplazó hacia el atrio, ornado con multicolores flores de la región. Aquella hermosa quinceañera iba del brazo de su orgulloso padre. Una alfombra roja comunicaba desde la entrada hasta el altar, mientras se comenzaban a escuchar los acordes de la marcha nupcial.

—En ese instante mi padre desapareció entre una bruma nocturnal, pero yo seguí mi destino. El prolongado y levitado recorrido lo hice sola. Llegué, por fin, hasta donde él estaba. ¡Qué guapo! ¡Parecía un querubín!

—Efrén Sepúlveda —le preguntó el cura—, ¿acepta por esposa a Ester Julia Liévano Angarita?

—Entonces —preguntó el médico que la iba a operar—, ¿qué pasó?

—Doctor, el sin tantica ese se esfumó —respondió la anciana—, como lo hizo el día soñado, hace sesenta años, cuando ni siquiera llegó a la iglesia… Fue cuando me caí de la cama y desperté con ese dolor tan intenso al fracturarme mi porosa cadera. Por eso jamás me casé, ni tuve hijos, doctor.

Relato disponible en Revista Latina NC


 


jueves, 5 de noviembre de 2020

Una mujer de éxito

 



Aquella guapa y elegante mujer comenzó por decirme que casi treinta años después, y por causalidad o curiosidad de madre, ella le volvió a escuchar a su padre esa recomendación a la cual, por considerarla otro de sus ‘sermones’, o quizá palabrería destemplada, entonces poco caso le hizo, ni importancia alguna le dio. Me compartió, también, que, sin embargo, al ir pasando los años esta se le convirtió en más que en un referente: ¡en un reto!, y algo así como en el combustible para las metas que se propuso, sobre todo después de los veinte; muchas de las cuales cumplió en cuanto a estudio, trabajo y, en parte, en relación con su vida social y familiar; pero a su acomodo y concepción en particular.

—Quizá por ello —enfatizó una vez nos llevaron los jugos de naranja, en los que también coincidimos—, cada vez que obtengo logros, y tras ingentes esfuerzos en cada oportunidad, me quejo dentro de mí porque... es evidente que esa única vez cuando me habló al respecto, y como desde entonces me lo repito en silencio, siendo usted el primero en escuchar este lamento: mi viejo del todo no fue claro; creo que le faltó concretar cosas y darme más luces y herramientas para mi vida de adulta... ¿o no, señor escritor?

Eludí responderle, carecía, hasta ese momento, de argumentos para hacerlo. Ella, ante mi mutismo, probó una porción de su fruta y continuó.  

—En ocasiones siento hasta rabia porque cuando fallo o triunfo en algo, cuando necesito que me aclare las reglas de la vida, que me diga si estoy o no en lo correcto, si era así o no que debía actuar en esto o en aquello, si no le pregunto o digo de forma expedita lo que quiero o necesito, que nunca lo hago respecto a esas tres reglas de su recomendación, él jamás chista nada; no dice ni mu. Se limita a mirarme fría y fijamente, sin nunca llegarme a contradecir, como tampoco a reiterar, aclarar, modificar o mejorar su mandinga recomendación.

—Por la descripción que hace de él, señora Lina Luna, su padre parece ser un hombre egregio —fue lo único que se me ocurrió decir para no volver a quedarme callado ante su pausa —, ¿qué edad tiene su padre?

—No mucho, jamás le gustó la fama, tampoco los reconocimientos ni figurar en nada público... usted debe tener unos cinco o siete años menos que él, calculo, por lo que al ser casi contemporáneos quizá entienda la razón por la cual, cuando triunfo y corro a contarle solo me da un abrazo —la espigada dama respondió mis dos preguntas, pero las empató retomando el hilo de su conversación—, me estampa un beso tímido en la mejilla y me dice con destemplado aliento:

—Muy merecido, hija, me alegra, que lo disfrutes.

—Cuando es lo contrario... ¿qué pasa? —me sentí impelido a preguntarle, fijándome en esos dos zafiros seductoras que tenía por ojos, entre sus mejores atributos ubicados en esa trigueña y atractiva faz, conservada con esmero para evadir el azote de los cuarenta y tantos años que tal vez tendría, como deduje con rapidez a partir de los datos suministrados, así como en uno que otro ineludible rasgo de imposible disimulo.

—Igual, señor escritor: me abraza, besa y dice:

—Hija, revisa en qué fallaste y lo intentas de nuevo; sé que lo alcanzarás algún día, tienes con qué y te lo mereces, no eres de las dadas al fracaso.

Volvió a pausar su relato para degustar una tostada untada con mantequilla y mermelada.

—Siento que no he podido superarlo, ni ser lo que tal vez él hubiese querido o esperaba de mí —continuó tras un sorbo de chocolate—. Esto, pese a que, como ingeniera informática gano diez veces más de lo que él ganaba cuando tenía mi edad, pequeño salario con el que se jubiló, a que hablo tres idiomas, tengo dos posgrados y ocho diplomados, conozco cuatro continentes y ocupo un cargo de alta dirección en una multinacional de tecnología comunicacional. Él siempre fue un empleado profesional en la misma empresa, nunca aprendió otro idioma y jamás salió del país, ni siquiera de vacaciones. Todavía así, no sé, creo que él esperaba más de mí. ¿Qué?, ¡no sé! Lo pienso de esa manera, sobre todo tras escucharle la misma recomendación que hace poco él le dio a mi hija mayor, de casi diez años, la edad que tenía yo cuando me la hizo en esa humilde casa de aquel barrio obrero en el que siempre ha vivido y de donde provengo.

—Entonces, abuelo... ¿qué es lo que me quieres decir? —le escuché a mi hija, quizá sin que ninguno de ellos se percatara de que yo desde la cocina auscultaba la conversación que sostenían en el jardín interior de mi enorme casa suburbana para los fines de semana—. Me tienes intrigada con lo de la tal recomendación para ser una mujer de éxito en la vida.

—Comenzaré por decirte, jovencita, que el éxito es el resultado feliz de una actuación emprendida por alguien, y sin menoscabo para nadie —le comentó mi padre a mi hija mayor, como a mí esa vez—; siendo la vida la más importante, compleja y larga de las actuaciones que realiza todo ser humano.

—Entonces, siendo así, abuelo, ¿cómo es que se logra el tal éxito ese del que hablas?

—Decirlo y oírlo es simple, hacerlo implica disciplina, tiempo, tranquilidad y mucha voluntad.

—Algo así también dice la monja rectora en el colegio...

—Lo primero, jovencita, es hacer siempre de manera correcta y cumplida las cosas que te correspondan a lo largo del tiempo, así no sean las que hubieses querido, te hayas propuesto, creas merecer o sientas que mejor puedes hacer.

—Entendido... ¿la segunda, abuelo?

—Durante esa actuación... jamás causarle mal a nadie ni dañar nada, por más que alguien te lo haya ocasionado. Esto implica evitar lesionar, no solo a las personas, sino, so pretexto de proteger la economía, seguir lacerando la frágil casa azul que nos prestó el universo por un ratico. El rencor entre congéneres, enjundia exclusiva de humanos, encona la herida e impide que el alma sane y vuele limpia y tranquila a la siga de la cima prístina. La ambición material desmedida solo nos llevará más rápido al cataclismo en donde tarde comprenderemos el verdadero valor de un vaso de agua, un soplo de aire limpio y un atardecer tranquilo.

—La primera parte suena como a eso de poner la otra mejilla... la segunda, a ecología y medio ambiente, temas que enseñan y nos repiten en clases de religión y ciencias naturales. Bueno, abuelo, y ¿la tercera?

—Tal vez la más difícil... hoy por hoy...

—¡Rápido, abuelo!, que en dos minutos tengo un chat con las amigas del cole...

—Sí, entiendo, me habías dicho de ese compromiso... La tercera, en especial, brindarle ayuda desinteresada, callada y en la medida de tus posibilidades a quien la necesite o te la pida, ¡así nadie te la haya ofrecido durante tus dificultades y penurias!

—Entendido, abuelo, te resumo, entonces: hacer bien lo que nos corresponda, nos guste o no, evitar causarle daño a la gente y al planeta tierra, y ayudar a quien esté a nuestro alcance y en la media de lo posible.

—Así es, jovencita. Si logras hacer estas tres cosas al unísono, y te reitero, si al hacerlo te genera satisfacción, llegado el momento comprenderás y valorarás lo exitosa que ha sido tu vida, con independencia de lo poco, mucho o nada guardado en tu alcancía. Éxito que es sinónimo de felicidad y que, con el paso de los años, se convierte en el máximo galardón que la vida le puede conceder a un ser, a más de racional, ¡sensible!; cada vez más escasos por doquier, dado que la equivocada filosofía confunde dinero y poder con alegría.

—Gracias, abuelo, lo tendré en cuenta... ahora voy a mi alcoba porque mis amigas ya están conectadas para la pijamada virtual —le dijo mi hija y se paró de su lado, cruzó por la cocina, me sonrió y se digirió a su alcoba en donde se encerró.

La alta ejecutiva hizo otra pausa para terminar su desayuno. La secundé, pero sin perder de vista sus agradables facciones y expresiones corporales que me confirmaban la veracidad de la inédita y escondida historia que quiso contarme tal vez para desahogarse con un extraño con quien quizá jamás se volvería a ver, como en efecto acontece hasta el momento de publicar este relato.

   —En ocasiones pienso —continuó—, y se me raya el seso con eso, que el tema de la insatisfacción de mi padre, si es que está insatisfecho conmigo, como me imagino, o como lo siento, nada tiene que ver con el estudio, el trabajo, mis ingresos, los viajes y mi rol de madre y ama de casa; en esto siento que me ha ido bien, que soy exitosa...

—Entonces... señora Lina Luna, ¿por qué motivos su padre tendría que estar insatisfecho con usted?

—Por mi vida afectiva, en específico, por lo de mi esposo, sospecho.

—¿Sí... por qué?

—Mi padre, al respecto, como hoy lo analizo tras cincuenta años de matrimonio con mamá, ha sido un hombre de tradición, rectitud, ejemplo, y según él: «Aunque pobre, haber llegado a viejo con la tranquilidad del deber cumplido sin haberle causado mal a nadie...». Además, parece saberlo todo, y no sé, ¡ignoro cómo diantres lo hace!, pero hay cosas que de repente saca como del sombrero. Imagínese, señor escritor, estaba casi segura de que nadie más que yo sabía sobre algunas cosas que me he guardado, que hacen parte de mis secretos más refundidos e íntimos... los que, tal parece, del todo no los son para él.

—Señora Lina Luna —intervine al sentirme algo sofocado y al imaginarme lo que seguiría contándome—, por lo general la edad y la experiencia traen sabiduría e intuición, por lo que al oír a un adulto al joven le parece como si este adivinase las cosas.

—Puede ser... Jamás le conté a nadie, sin embargo, él lo sabe, por el comentario al margen que algún día me hizo, lo de mi primera relación... que más que eso fue una violación algo consentida a mis vedados once años y por cuenta de un familiar. Si sabe esto, o lo intuye, desde luego que conoce, o ¡intuye!, lo de mi difícil vida afectiva con mi... disipado y reposado marido: «¡Inmaduro, irresponsable y descarado!», como parece que me lo gritan sus ojos, señor escritor, cuando él me mira ante ciertas posturas y concepciones de mi esposo.

La dama guardó silencio por un momento. Opté por respetar su pausa. Estaba agradecido por haberme querido contar su escondida historia, siendo un completo desconocido para ella. Me la quiso participar, intuyo, cuando nos presentamos y le dije que mi oficio era escribir. Nos tocó compartir mesa para el desayuno en el restaurante del bonito Hotel Diez en donde coincidimos, ella en un viaje de negocios, yo en una visita relámpago para hacer entrega de algunas de mis obras en las bibliotecas públicas de esa primaveral ciudad intermedia, ¡siempre en flor!

—Quizá por eso —retomó la historia—, y en aras de mi tranquilidad y proyecto marital, opté por asumir las riendas... eso sí, tratando de mantener guardada tal situación. Intento mostrar, como sea, hacia afuera, en especial hacia mis padres, una vida marital normal, de pareja, colaborativa, como la de ellos... sin lograrlo del todo, al menos frente a mi imperturbable viejo, y ni siquiera, ahora, ante mi hija mayor luego de la charla que ella tuvo con papá respecto al éxito y su engomada teoría.

—Señora Lina Luna, discúlpeme, creo entender la inquietud, así como la duda que tiene frente a su padre “y su engomada teoría” respecto a su guardado secreto doméstico, pero ¿por qué, ahora, involucra a su hija mayor? —me causó curiosidad y le pregunté.

—Casi quince días después de esa conversación que escuché a hurtadillas entre mi padre y mi hija, esta se me acercó y me preguntó con gran disimulo, como buscando no ser vista ni escuchada por nadie más que yo:

—Madre, tengo una pregunta...

—Te escucho, hija, adelante, con confianza, como siempre te he dicho: además de ser tu madre, te reitero, también soy tu amiga y compinche.

—Madre, ¿eres exitosa?

—La verdad, señor escritor, tras recordar las palabras que mi padre me dijo hace tanto tiempo, las que le repitió a ella, casi de memoria, en el patio de mi casa campestre dos semanas antes, me fue difícil y comprometedor contestarle; sin embargo, tenía que darle una respuesta.

—¡¿Qué le respondió?! —le pregunté con exaltación porque estaba más que intrigado por la respuesta que le habría dado a su hija esa vez.

—¡Sí, claro!, ¿no te parece, hija? —le manifesté.

—¿Y? —le insistí.

—Mi dulce y bella hija me miró, se sonrió, se me acercó y me dio un beso en la mejilla. Luego, se marchó hacia su alcoba. Tenía otra vez una video charla con sus compañeras, o eso es lo que suele decir cuando se encierra, cada día más seguido y durante más tiempo. Desde ese día, cada que nos vemos, solo nos sonreímos y, como si lo evitáramos, obviamos aquel tema... no sé hasta cuándo, espero que no sea por siempre, ni para cuando tal vez sea demasiado tarde; menos, ahora, que ella comienza el oscuro laberinto de sus once, el que desemboca en el mordido silencio de los doce, camino al tortuoso de los trece e insufribles catorce...

Quedé atónito. Terminamos al tiempo los rezagos del desayuno. Antes de levantarnos de la mesa se me quedó mirando y sonrió con picardía, entonces, me solicitó, tras coger su elegante y costoso bolso, dispuesta a pararse, por lo que la secundé y fui y le corrí la silla:

—Cuando escriba esta historia, señor escritor, por favor, solo cambie algunas cosas... por ejemplo: mi nombre... me gustaría figurar como Lina Luna Lineros López, una mujer de éxito.

Gracias, señora Lina Luna Lineros López,

donde quiera que esté,

por compartirme esta interesante historia

 que en algo transfiguré a solicitud suya.


Este relato está disponible, también, en Revista Latina NC 


domingo, 11 de octubre de 2020

Recuerdos de un paseo que no fue



Me quedé solo cuando el profesor Flaminio y los demás compañeros de la escuela partieron hacia la finca La Dorada; ¡aquella fue una sensación indescriptible!, ¡inolvidable!; me aguaita desde entonces.

—Es una salida ecológica —nos dijeron días antes—; deben llevar tres meriendas, bebidas y una gorra para protegerse del sol.

—Hijo, no hay plata —dijo mamá la tarde anterior… ¡y era verdad!, dramática y dura verdad—. El profesor Vásquez lo sabe y entenderá.

Aquel lunes, en lugar de quedarme en casa, madrugué a la escuela, camino a Melgas. Todos, menos yo, estaban listos y tenían lo que nos dijeron que lleváramos al paseo. ¡Un paseo!, eso era para mí la tal salida ecológica.

—Entonces, joven —me dijo el profesor—, le toca quedarse… o buscarse lo suyo. Si lo consigue, nos sigue; sabe dónde es, ¿verdad?

Pese a los casi nueve años que tenía nunca había visto la plaza parque del pueblo entre semana. La soledad y la tristeza deambulaban de la mano, enchipándose en mi alma. Fui a insistirle a mamá al almacén de los Macareno, donde trabajaba… también a Rogelio Pérez, mi papá, en el billar de la esquina noroccidental; sin éxito.

Parado frente a la casa de doña Bárbara; ahí por los años sesenta vendían ricas colaciones y masato; escuché que allá, en la revuelta de El Alto, muchachada y maestros generaban algarabía.

Los seguí.

Hora y media después, al sentirme perdido… me devolví.

Relato disponible en Revista Latina NC


sábado, 19 de septiembre de 2020

Jorge, un héroe discreto

 

El hombre que le salvó la vida a Ernesto Samper Pizano

Este relato también está disponible en Revista Latina NC

Le agradezco a Jorge Eduardo Bustos por contarme estas historias y permitirme redactarlas y publicarlas

con algunas particularidades, adiciones  y foto de su álbum personal.


En varias ocasiones la muerte, caprichosa y burlona, ha merodeado la senda de Jorge. Impactantes momentos que, tal vez, según recuerda, marcaron su vida y vocación de caballero del aire.

Jorge Eduardo Bustos es otro de “Los Aeroamigos”, del mismo grupo de Eliberto Gerena. Este último a quien en agosto de 1979 agarraron a gorrazos por demorar el vuelo del DC-4 con número de cola 690. Avión que los llevó a Panamá para terminar el proceso académico de formación aeronáutica. Experiencia que marcó, para siempre, sus vidas.

            Jorge, en materia política, de religión y de fanatismos deportivos guarda siempre prudente distancia, al menos de palabra y obra. O, mejor sería decir, mantiene discreto y sano recelo. Suele evadir con diplomacia cualquier conversación o escenario en donde el tema tenga que ver con alguno de estos tópicos. Además de considerarlos perdedera de tiempo, cree en recóndito silencio que «son comprobadas y efectivas formas de mantener ocupada la mente de la sociedad para que no se alebreste o vea más allá de lo que tiene que ver, mientras que algunos pocos sacan gigantesco beneficio de ello…», se le escapó ese día al calor del tinto.

Desde cuando se graduó en marzo de 1980 se consagró al arduo y exigente trabajo aeronáutico. Gracias a ello obtuvo, además de su sustento y merecido progreso económico, egregios galardones por su conocimiento, entrega y características humanas, en especial: compañerismo y lealtad, estas cada vez más ensortijadas en la sociedad.

            No obstante, ¡el destino caprichoso! en varias ocasiones le puso pruebas, y por demás difíciles e impactantes, de las cuales salió ileso… al menos en su gruesa contextura física, contrastante con aquella esquiva e indescriptible sonrisa de nostalgia social que suele exhibir.

Quizá la primera vicisitud que recuerda fue la del 20 de abril de 1981. Ese día le tocaba volar en uno de los Arava, una aeronave israelí de transporte utilitario. Era un vuelo de aprovisionamiento para Puerto Rondón, en Arauca. Por algunos afanes administrativos Jorge tuvo que buscar relevo, por lo que, en el primero que pensó fue en su compinche y compañero William Fernando Vargas, quien gustoso aceptó y partió en su reemplazo.

Al mediodía ya se rumora la noticia: el 951, número de cola de aquel avión, se había accidentado al salir de Rondón. Uno de los pasajeros murió, mientras que la tripulación sobrevivió, algunos con lesiones y fracturas. William Fernando, el relevo de Jorge, sufrió fuertes contusiones y una herida abierta en el brazo derecho, de las cuales, esa vez, se recuperó de manera satisfactoria.

Después de aquel primer impase Jorge Eduardo y William Fernando siguieron hombro a hombro, creciendo al unísono. Se colaboraban y trabajan juntos, solidarios.

            En 1985 Jorge sufrió un accidente de moto del cual salió con rotura de algunos ligamentos del hombro derecho que lo sometió a una intervención quirúrgica. Por esa misma época celebraban cinco años del regreso de Panamá y de haberse graduado en aviación.

Eventos estos que, cual premonición, coincidieron con la llegada de dos modernos F-28 a la empresa SATENA. Estos aviones eran iguales al presidencial, del cual Jorge y William, para esa época, ya eran ingenieros de vuelo. Por esta razón, a los dos les correspondió, “en suerte”, volar esas tres aeronaves.

            Lo hicieron juntos hasta aquel 27 de marzo de 1985, siete años después de haber iniciado su carrera aeronáutica. Ese día Jorge fue programado para volar en el 1140, número de cola del F-28 de SATENA. «Vuelo que se efectuaría al siguiente día con destino a Marandúa… nombre que, por cierto, según algunas leyendas indígenas, significa: “Ave del mal agüero”. Aunque para los nativos de la Orinoquía y la Amazonía tiene un sentido contario: “El mensajero de la selva que porta buenas noticias” o “la buena nueva”», evocó con ahogado sentimiento.

Estas dos antagónicas premoniciones indígenas, al unísono, terminaron dándoles la razón a unos y a otros, con William y Jorge, respectivamente, a las 9:50 de la mañana de aquel 28 de marzo de 1985 y, precisamente, en inmediaciones de la espesa selva colombiana.

Jorge, para el siguiente día, el 28 de marzo, tenía su última terapia del hombro por lo de su accidente en la moto. Por tal motivo, le solicitó a su compañero William Fernando que intercambiaran de vuelo, ya que él estaba programado para el 29, al siguiente día, en la misma aeronave. Arreglo que se oficializó con el jefe de operaciones de SATENA, en cuanto a la orden de vuelo. Sin embargo, en las demás listas de programación quien seguía figurando para el vuelo del 28 era Jorge Eduardo.

            A las 9:50 de la mañana del 28 de marzo de 1985, durante la aproximación del SATENA 1140 al aeropuerto Gustavo Artunduaga Paredes, cerca de la ciudad de Florencia, en el Caquetá, al intentar un aterrizaje forzado en condiciones adversas el avión se accidentó, «¡se destrozó e incendió por completo!», manifestó casi atragantado. Los 46 pasajeros y la tripulación fallecieron en el sitio. Aquel “Aeroamigo” del alma: William Fernando Vargas, con las alas de Ícaro puestas voló a la eternidad.

            La noticia se esparció en vorágines de tristezas a nivel nacional. Por ende, en la empresa de aquella estatal compañía de aviación y en todo el sector aeronáutico lo dieron por muerto. Minutos después de las diez de la mañana el nombre de Jorge Eduardo Bustos estaba en todos los boletines y titulares de prensa como uno más de las víctimas del lamentable percance.

            Jorge, desconocedor de la catástrofe de la que se acababa de salvar, tras la terapia a la que asistió en su centro médico, se presentó en las oficinas de la empresa, poco antes de las once de la mañana. Su presencia causó espanto, desmayos y subcontinentales augurios. La secretaria, al recobrar el sentido tras el desmayo que sufrió al verlo, se santiguaba y lo tildaba de ser un fantasma, o… «el alma en pena del difunto recogiendo sus pasos», musitaba alucinada.

Tras salir del colapso que le produjo saber de la muerte de su mejor amigo y colega, e ir entendiendo el meollo del alboroto que causó su aparición, abrigó una enconchada e incurable nostalgia que todavía, casi cuarenta años después, acelera su corazón y le dificulta respirar, teniendo que tragar un áloe y grueso salivón cuando lo recuerda, o se lo hacen recordar. Desde entonces se siente culpable de la muerte de su compañero, pese a las sesiones de sicología que tuvo durante un buen tiempo después del fatal accidente del F-28.

            Recóndito y corrosivo sentimiento, ¡deuda del alma!, que Jorge a muy pocos le ha compartido, entre ellos a su otro compañero y amigo… al que nadie fue a despedir a CATAM el día del viaje a Panamá.  Y a él Jorge se lo compartió, en particular, por ser quien siempre estuvo dispuesto y atento a escribirle las cartas, mensajes, narraciones y palabras que en todas aquellas oportunidades especiales necesitó para expresar sus sentimientos, pasiones y sentires.

            Para ayudar a superar aquella crisis Jorge continuó con más ahínco y amor la pasión por el vuelo. Y lo hizo, tanto como tripulante y piloto, hasta acumular más de 18.738 horas de vuelo.

Bajo el abrigo de sus seguras alas al menos volaron seis presidentes colombianos, entre ellos Julio César Turbay Ayala, Belisario Betancur Cuartas, Virgilio Barco Vargas, César Gaviria Trujillo, Ernesto Samper Pizano y Andrés Pastrana Arango, así como un gran número de pasajeros ilustres, unos, desconocidos y mortales, muchos más.

De un tiempo para acá Jorge es considerado por sus compañeros y amigos como un héroe discreto. Pero, pocos se lo dicen, le incomoda la alabanza. Apelativo este acuñado el 3 de marzo de 1989, en el aeropuerto El Dorado de Bogotá.

Allá, a las 3 de la tarde de ese día, varios sicarios que iban por la vida de José Antequera, miembro de la Coordinadora Nacional de la Unión Patriótica, con quien lograron su criminal acometida, también hirieron de gravedad a Ernesto Samper, entonces senador y precandidato liberal a la Presidencia de la República.

En esa oportunidad, sin que muchos lo sepan, y los pocos que lo saben, sin que se lo reconozcan, ni él lo pretenda o le interese que se lo registren, Jorge fue la ignota pieza clave para la salvación de la vida del senador y precandidato Samper Pizano.

Ese día Jorge estaba de servicio aeronáutico disponible en SATENA. Motivo por el cual, cualquier situación extraordinaria relacionada con aquella aerolínea, él tenía que atenderla.

Cuando sucedió el tiroteo Jorge estaba a unos cuarenta metros de ahí, «sentí silbar las balas», evocó con nostalgia. De hecho, había pasado unos segundos antes por el lado del precandidato, precisamente en el momento cuando este le preguntó a Antequera: «¡Tú!, ¿qué haces aquí?», y él le respondió: «Voy para Barranquilla, allá me siento más seguro con mi mamá», y los dos se estrecharon la mano.

            Al ver herido al precandidato, a quien su esposa ya arrastraba hacia el recibo de Avianca y lo colocaba sobre la cinta transportadora de maletas, mientras alguien, al parecer uno de sus escoltas, pedía una ambulancia, Jorge coordinó de inmediato para que el senador fuera llevado en la camioneta de SATENA que estaba bajo su responsabilidad. Incluso, lo ayudó a subir al vehículo, el cual partió raudo hacia CAJANAL, en el CAN, donde, gracias al oportuno trasporte que lo llevó, los médicos le pudieron salvar la vida.

Jorge, atónito, se quedó en el aeropuerto con la ropa ensangrentada del senador y precandidato liberal en sus manos. Nunca olvidará aquel olor a patria herida que ululaba por doquiera tras la partida de los dos heridos y la muerte de, al menos, uno de los atacantes.

Nueve o diez años después, cuando Ernesto Samper ya era presidente de Colombia, en uno de sus pasos por el aeropuerto El Dorado, aquel escolta reconoció al ignoto héroe discreto que salvó al senador. Ese día, cuando se hizo involuntariamente visible, Jorge aguardaba la llegada del presidente, ya que él seguía siendo tripulante del avión presidencial.

El escolta, además de saludar a Jorge, le comunicó al presidente que ahí estaba el hombre que le salvó la vida al disponer tan rápidamente el transporte que lo llevó a CAJANAL.

El mandatario colombiano había escuchado sobre la proeza de aquel héroe desconocido, por lo que solía preguntar por él, sin que nadie supiera darle noticias de quién se trataba, ni mucho menos dónde ubicarlo. Cuando su escolta se lo presentó, el presidente lo saludó, abrazó y dio las gracias. Lo mismo hizo su esposa, quien también lo reconoció. Antes de despedirse el mandatario le dijo que lo esperaba en Palacio, cuando a bien tuviera, para reconocerle su valentía.

Jorge nunca se asomó por allá. En adelante, cuando tenía que hacer parte de la tripulación que llevaba al presidente Samper, buscaba pasar inadvertido, difuso pero dedicado en exclusiva a su oficio aeronáutico.

Prefería, y aún prefiere, seguir disfrutando de las mieles y la tranquilidad del anonimato. Considera que: «Lo que hice ese día con el señor senador y precandidato liberal a la Presidencia de la República Ernesto Samper Pizano fue lo que cualquier ser humano, en esas circunstancias, tendría que haber hecho para salvarle la vida a otro», aseveró ese día en la cafetería del Club de Los Andes, tomándose un oloroso y exquisito tinto colombiano: «… lo hubiera hecho igual con cualquiera, con independencia del rango de la víctima; porque, para salvar una vida primaba, prima y primará, antes que la jerarquía social, política o económica del individuo en peligro de morir, el mero título de ser una persona, un ser humano.»

Jorge Eduardo Bustos, antes de libar el último sorbo de tinto y concluir de relatar su historia, reiteró, con una sonrisa amplia y transparente:

—Aquellas gracias y abrazos que recibí del presidente Samper, y de su esposa, fueron más que suficientes. Con ello me sentí honda y gratamente recompensado por algo que hice sin pretender nada a cambio, más que instar preservar una vida humana en peligro de muerte. Acto que volvería a hacer, sin ambages ni intereses, de volvérseme a presentar, ¡sea quien sea la persona, y donde sea! —enfatizó—. Aunque prefiero y aspiro con vehemencia que hechos tan negros como los de aquella fratricida época nunca vuelvan a suceder en mi amada Colombia —dijo para finalizar la charla, luego se levantó, agradeció, se despidió y se fue, irradiando esa incierta sonrisa mezclada entre nostalgia social y deber cumplido.