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sábado, 4 de julio de 2026

Solo libros

 

Biblioteca Municipal Bituima, Cundinamarca

Producto, según los expertos, del inestable e incierto cambio climático, aquella mañana capitalina era friolenta y lloviznosa. Cuando al fin amainó la ventisca los dos viejos conocidos salieron de sus apeñuscados conjuntos residenciales y se dirigieron al parque cercano. Allá se encontraron tras unos veinte minutos de medicada caminata.

Se saludaron y abrazaron con marcada efusividad. Luego, como solían hacerlo, buscaron una banca para sentarse y hablar un rato antes de regresarse a sus respectivas prisiones caseras… sus domicilios. Así, sin decírselo a nadie, cada uno lo consideraba tras jubilarse.

—Bueno, ¿y cómo le fue a tu candidato en estas elecciones? —preguntó el de, al parecer, menor edad; tal vez dos o tres años.

—Creo que quedó como de quintas; a más de un millón y piola de votos de los dos que puntearon en esta vuelta.

—Era de esperar. En este país del Espíritu Santo las maquinarias sí que son efectivas.

—Estas, desde luego, logran tal efectividad electorera gracias a la infalible combinación entre insipiencia política y la manipulación mediático-estomacal de las ahuchadas masas que salen a votar, ¡incluso uniformadas!; tal y como les inculca este o aquel otro quimérico profeta social… en particular, el peor tartufo de la política actual.

—¿No te estarás refiriendo, como lo haces siempre, al sempiterno doctor Uribia Morales? En estas elecciones a la candidata que este impuso y apoyó abiertamente le fue como a los perros en misa.

—Vieja estrategia de gamonal subcontinental.

—¿A qué te refieres? Me parece que el reinado del viejo zorro aquel, durante casi cuatro décadas, llegó a su fin. Porque, además de la ínfima votación lograda por su pupila, los dos que partieron en punta están más que abiertos con él. No quieren saber nada que huela a su achacada y rimbombante colectividad seudodemocrática.

—Precisamente esa es la sensación que era menester inculcarle en la mollera a este pueblo ignaro. Llegó el momento de que aparezca otra nueva o reencauchada colectividad, con líder fresco al frente.

—¿Entonces?

—Detrás de este personaje, así como de casi todos los que en este país suelen figurar en el ámbito politiquero, están unos cuantos verdaderos poderosos… ¡los amos del país!

—¿Te refieres al poder económico?

—Tú lo sabes. Son ellos los que deciden y disponen todo lo que sucede en estas tierras tropicales, bueno o malo, real o fantástico, legal o ilegal, con tal de que sus bolsas insondables sigan creciendo en la impunidad, y sin control ni talanquera alguna.

—Entonces, ¿de qué se trata la nueva jugarreta?

—¡Nada nuevo!

—¡Explícate!

—Que nuestro sempiterno adalid, además de haber envejecido, presenta flaquezas fétidas e irregularidades inocultables, por lo que es el momento de buscarle un reemplazo tan efectivo, demagogo y perverso como él.

—Pero… ¡cómo así! ¿Quién sería?

—Mucho me temo que, precisamente, el que partió en punta en este proceso, al ser un aliado en todo aspecto del arrugado adalid de marras, pertenecer a la cofradía de amos del país y encarnar desde el comienzo de esta contienda electoral a su candidato en la sombra, vendría, también, a ser su reemplazo en poco tiempo.

—Si fuese como lo elucubras, ¿habría alguna posibilidad de que este, cuando le toque la Presidencia, resolviese el caos y las necesidades en las cuales se consume este país… o al menos la situación de las clases media y baja?

—La de la inmensa y mensa mayoría, querrás decir.

—Como quieras llamar a quienes siempre pagamos los platos rotos de tantos malos gobiernos que hemos tenido.

—Mira, los problemas de fondo, los que están acabando y volviendo añicos la vajilla completa de la hacienda patria, no los resolverá él ni nadie, en tanto este país que lo tenía todo, gobernado a fierro por tartufos al servicio de ególatras insaciables, siga padeciendo y engüerando en sus generaciones las dos peores flaquezas nacionales, al parecer incurables e irreversibles.

—¿A qué flaquezas te refieres?

—Al quebranto colectivo del libre albedrío y al peor de los cánceres sociales: ¡la carencia de amor patrio en contubernio con la dilución amañada de la memoria histórica!

—¡Ah!, ya veo. Pensé que ibas a decir que el desempleo, el subdesarrollo, la corrupción, la pobreza… entre otros tantos flagelos que nos agobian.

—Estas que mencionas, así como el sinnúmero de falencias que nos subyugan y hacen apolillar el crecimiento y la bienandanza sociales, tienen como papá irresponsable al desamor patrio y como celestina progenitora a la falta de libre albedrío, en concupiscencia con ‘El frío del olvido’*. Todos estos vienen siendo extirpados hace rato de nuestros genes nacionales. El termómetro más indicativo de tal ‘Entropía’** es la rampante e incontenible inseguridad, cada día más agresiva y cercana. De esta acabo de ser víctima.

—¡Cómo así!, ¿qué te pasó?

—Que mientras fuimos este domingo a ejercer nuestro derecho electoral, una banda de ladrones ingresó a los sótanos de la copropiedad donde quedan los parqueaderos y los depósitos de trebejos.

—¿Qué les robaron?

—A nosotros… ¡nada! Solo hicieron añicos la puerta del depósito y rompieron unas cuantas cajas y estantes que mantengo de piso a techo.

—¿Y el carro?

—Lo estábamos usando para ir a sufragar. A otros copropietarios les rompieron los vidrios de los carros y se les llevaron artículos costosos que allá tenían guardados.

—Me alegra por ustedes y lamento la pérdida sufrida de sus vecinos… ¡Un momento! Me acabas de decir que tu depósito estaba atiborrado de cajas y que destrozaron algunas, pero que no se llevaron nada.

—Solo desgarraron unas cajas y revolcaron estantes. Lo demás ni lo miraron.

—Me mata la curiosidad…

—Pregunta.  

—¿No se llevaron nada, pese a tener el depósito lleno… verdad?

—Así fue.

—Pero, luego… ¿qué es lo que guardas entre ese montón de cajas y estantes? ¡¿Qué encontraron los cacos esos?!

—Solo libros. La mayoría de literatura universal: novela, teatro, cuento y poesía.

—En este país los delincuentes y la literatura poco y nada amigos son. Casi ninguno lee, mucho menos se ilustra.

—No solo los delincuentes, esta, nuestra sociedad subcontinental en general, de las bellas artes, menos si de leer se trata, nada quiere saber… ni siquiera de oídas.

—¡Qué triste, ¿verdad?! Entonces, o eso creo, por eso solo abrieron algunas cajas y las otras las dejaron intactas. 

—Como ya casi nadie lee, los libros dejaron de ser atractiva y nada rentable mercancía, por lo que en el comercio es poca, muy poca, casi nula su valía.

—Pareciera ser que, literatura, política y democracia, antagónicas son de la subcontinental como apestosa politiquería que por doquiera se practica hoy día.

—Lo dices tú. Nadie mejor, ni siquiera yo, así de claro lo concluiría.

* El frío del olvido, Enciso, Wilson Rogelio, Pukiyari Editores, 2019.   **Entropía, Enciso, Wilson Rogelio, wrenciso.com, 2024.


viernes, 13 de marzo de 2026

Sonrisa vespertina

*Foto Cortesía de la familia Garzón para esta publicación
Héctor Garzón Leal*, un Aeroamigo fiel, de grata recordación y siempre sonrisa vespertina, aunque las cosas estuviesen difíciles, partió a lontananza al compás del toque de la diana de este jueves 12 de marzo de 2026… inmarcesible sonido que llevamos inmerso en el alma desde hace cuarentaiocho años. Entrompetadas notas estas interpretadas por alguno de los ‘carretos’ para que nos despertáramos, levantáramos y comenzáramos las actividades diarias. Desde entonces, siempre a esa hora suena en nuestro subconsciente y nos pone alertas… y este jueves no fue la excepción: sonó para avisarnos que uno de nosotros no lo hizo. Este otro ‘carreto’ se quedó dormido, envuelto en la cobija gris y franja tricolor que nos guarecía del frío sabanero madrileño.

Esta vez las notas de la diana nos avisaron que se nos adelantó ‘Pite’, como con cariño le decíamos los que compartimos más de cerca con él, desde aquel marzo del 78, nuestro paso de esperanza por la inmarcesible ESUFA, nuestra alma máter en la gloriosa Fuerza Aérea Colombiana que nos formó y preparó para casi todo… menos para momentos como este, el más seguro que tenemos: partir a la siga de aquel Ícaro en escultura de bronce que, allá en el Comando Aéreo de Mantenimiento (CAMAN), presagia el destino de los caballeros del aire.

Vuela alto, muy alto, querido Aeroamigo Héctor Garzón Leal. Márcanos el camino por el cual, no solo tu amada familia, sino tus allegados y Aeroamigos, algún día te seguiremos en el vuelo que hoy emprendiste, ¡muchacho de sonrisa vespertina!

domingo, 7 de septiembre de 2025

Los sueños de Hilda*

 

Era un fin de semana, el día exacto no lo recuerdo, pero sí el lugar. Íbamos camino a la quebrada Las Sardinas. Paramos para la foto a la salida de Chaguaní, por la carretera rumbo a San Vicente.

La cerca de guadua, refaccionada y vertical, ya no entrecruzada con coquetería como entonces, todavía existe, así como el lote de atrás con matas de plátano y otras más enmontadas. Por ahí poco ha cambiado, casi todo se mantienen igual, cual acuarela del pasado impresa en mi alma y esperanzas envejecidas.

Ese día estaba estrenando, no solo ropa y botines, también, aquel sombrerito que mamá me regaló de cumpleaños. Me sentía tan feliz y seguro con ella, ¡además de amado!, razón por la cual, en ese momento, de manera instintiva la abracé y ella extendió su brazo protector sobre mí.

¡Mágico momento para el jamás olvido!

Ese día ella lucía, no solo aquel bonito y florido vestido que Lola le confeccionó con un retazo de tela que alguien le trajo de la capital, también, su precioso rostro lo iluminaba esa esquiva y magnética sonrisa con la cual instaba esconder la nostalgia social que atragantaba su existencia. Ignoraba, o tal vez del todo no lo comprendía, que mamá mantenía una inquebrantable como interminable lucha contra el destino, a la siga del bocado diario de comida, con la esperanza de un mejor mañana para su empobrecido núcleo familiar.

Lucha en solitario, incansable, ¡admirable!, que esta chaguaniceña simpar daría hasta aquel 7 de septiembre de 2021 cuando, podría decirse, también en solitario, a la una de la mañana, en una fría camilla de una clínica en la capital, se cansó y partió a lontananza.

En aquel julio del 67, así, abrazados, pese a todo, fuimos felices y sonreímos para la foto. Momento, sonrisa y felicidad de mi madre que conservo como el más preciado e invaluable de mis momentos idos y tesoros apetecidos.

Varios folletos en una mesa

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Esquiva dicha que, tal vez, mamá solo volvería a dejar aflorar a su tierno rostro allá, en el Teatro Heredia, en Cartagena, Colombia, cuando, maravillado por una efusiva manifestación de felicidad, el periodista Fausto Pérez V., de El Universal, se inspiró para escribir ese artículo que, cada vez que lo leo, inexorable, a mis ojos lágrimas saca y a mi corazón sus latidos alborotan: Los sueños de Hilda*, en especial estas frases: La alegría de Hilda María Enciso era inocultable. Había bajado del escenario del Teatro Heredia con una alegría que no le cabía en su rostro. Unos minutos antes había ofrecido una hermosa presentación de danza… la Loca Margarita… Ni qué decir de esta otra perla que mamá compartió esa vez con el periodista: Fue necesario llegar a vieja para comprender que vivir ha valido la pena…

Gracias, mamá.

*El Universal, Cartagena, Colombia, 17 de agosto de 2001/3A

viernes, 5 de septiembre de 2025

Poda de capullos

 

Esta historia hace parte de 'Momentos idos, narraciones románticas II'

La poda de capullos, de brotes que crecen hacia afuera o con características parasitarias, así como de flores y ramificaciones avejentas o enfermas se hace para favorecer la floración, crecimiento y, en general, la salud de las plantas. Además de prevenir enfermedades, se busca garantizar que sus siguientes retoños, flores y frutos tengan mayor energía, crezcan saludables, duren y produzcan más y mejor.  

Proceso que implica, desde luego, además de nutrientes y riegos inherentes, hacerlo en el momento preciso, con los utillajes y en los lugares adecuados y, sobre todo, mediante un corte limpio y preciso para evitar dañar, deformar o contaminar la esencia de la planta. Práctica válida y justificable solo en esta especie: la flora, no en otras, menos si se trata de la humana.

Con una poda adecuada es posible, de ser, por ejemplo: rosas, geranios, lavandas, petunias, pensamientos, alegrías, dalias, fucsias, magnolias, tulipanes… mantener y disfrutar de un jardín sano, con hojas y flores hermosas y abundantes durante gran parte, o estación, del año y por un tiempo más largo.

¿A quién no le gusta ver y estar en contacto directo con un vergel florecido y con esmero y cariño cuidado? Ojalá se tuviese por siempre alguno cercano para la inspiración y el extasío. Profundo respiro del alma que a sus tristezas propician calma.

Bueno, ¡sí!, no dejan de haber por ahí algunos elfos a quienes estas maravillas de la naturaleza, y otras más, les disgusten, incomoden, generen repelencia o afecten de una u otra manera sus frondíos intereses. Sinrazón por lo cual prefieran o dispongan por interpuesto jardinero tartufo o maderero alquilado, no solo arrasar los capullos, las flores, los jardines, los bosques y hasta las selvas vírgenes que les incomoden o se opongan a sus objetivos particulares, para extraer su esencia, su leña, para sembrar en su lugar las yedras de la destrucción y la maldad, con tal de engrosar sus billeteras e inflamar sus carcomidos sentimientos megalómanos, bajo la mampara de entelequias como las del «libre mercado, crecimiento equilibrado, desarrollo económico armónico, la paz de las naciones y el bienestar general»; como suelen pregonarlo con gran cartel los beneficiarios e interesados y lo defienden a tajo y sesgo las organizaciones y carteles por estos mismos creados y patrocinados.

Es preciso insistir: poda de capullos justificable única y exclusivamente en la flora y con los propósitos mencionados. Jamás lo será para ninguna otra especie, mucho menos tratándose de seres humanos.

Sin embargo, con tristeza, al investigar y leer sobre los peores genocidios que ensangrientan la historia humana, cada vez más seguidos y virulentos que los horripilantes e injustificables de antaño, pese a que la mayoría pudo ser documentada (maquillada) por los ganadores, con las justificaciones de sus desmanes y debacles, o mantenida y ajustada por sus descendientes y seguidores para continuar disfrutando del heredado como supurante botín o del destilado salarial respectivo, el lector juicioso y objetivo (no alineado, alienado ni beneficiario directo, indirecto o a sueldo al servicio de alguno de estos) encontrará infinidad de ejemplos que involucran más que perversas podas de capullos de la más preciada y delicada especie existente sobre la faz de este puntico azul del universo, en préstamo por un ratico cósmico: ¡la infancia! Estos capullos, más que inermes, confían con ingenuidad en la sensatez y honestidad de los adultos, sin siquiera imaginarse el monstruo despiadado y cruel que puede agazaparse dentro de algunos. Peor cuando son poderosos, se vuelven intocables y han sobrepasado en la pirámide de las necesidades el último de los escalones, cayendo abruptamente hacia el del refocilo visceral (ese que Maslow dejó de mencionar, y es entendible) que les genera la devastación de sus congéneres…  y entre estos sufran más, tengan menos, se trate de niños o hayan sido desposeídos, mayor es el infame y corrosivo placer que les produce la sangre ajena derramada.  

Entre una infinidad de casos, por citar solo unas pocas de estas infames podas, encontramos la, vuelta Testamento, alabanza y cántico, ordenada por aquel emperador romano para salvaguardar su corroído trono e imperio en decadencia. O las de los infames campos de concentración para ‘depurar la raza’ y aniquilar a los sin casta. Ni qué decir de los quemados con napalm en desarrollo de la Teoría del Dominó, así como las de los brutales enfrentamientos en patios ajenos entre poderosos como intocables osos de un lado y otro; cada uno a la siga inicua del control geoestratégico, cuando no en el Gran Oriente Medio, en Europa Oriental, en Asia marginal, en África, en Latinoamérica y doquiera sea que queden recursos por explotar, saquear y a la gran potencia llevar; como oro, plata, diamantes, cobre y otros tantos y tantos erarios sisados durante la erosiva época de la fragosa Colonia, en países a uno y otro lado del majestuoso como insondable Atlántico, así como los ubicados entre el hechicero Índico y el atronador Pacífico.

También lo son, con similar sordidez y desfachatez, las miserables podas de las guerrillas, grupos ilegales, ortodoxas facciones religiosas o dogmáticas que arrancan capullos de sus empobrecidos entornos para llevarlos a sus parcelas horrorosas, donde los entrenan, aleccionan y alienan, lejos de sus vergeles mientras crecen. De allá luego los sacan y ponen a batallar (y morir) en contra del enemigo que les inculcaron. Mientras que los aleccionados y bien pagos generales de la muerte de los ejércitos que enfrentan, pese a saber que su enclenque contrincante tiene de carne de cañón a tales infantiles capullos engrupidos, en supuesta defensa de la democracia, el orden establecido (por sus agazapados y orondos amos detrás del poder), la religión o los dogmas respectivos, disparan a discreción, bombardean sin contemplación y esparcen o escombran en mil pedazos sus inermes pétalos destrozados… o podados en tan ajena como carnicera confrontación.

Podas bárbaras, todas estas, que, al involucrar tanto a niños como a jóvenes, consecuencia de la mayor de las degradaciones del intelecto humano cuando se contagia de egolatría y ansias insondables e incontrolables por el poder, el control y el sometimiento de sus semejantes para saciar sus aberraciones más oscuras, por su monstruosidad simpar, ¡infame!, mereciesen condena, castigo y el señalamiento perpetuos, tanto para los responsables directos e indirectos, como para todos aquellos que conocieron de tal barbarie y nada hicieron, ni dijeron, solo voltearon a ver hacia otros lares.

Pero ¡no!

Resulta que, por este o aquel adeudo, manejo mediático, retoque histórico, justificación salarial, deuda ajena heredada o trasladada, empacho religioso, moral, racial o de cualesquiera otras razones esgrimidas por los poderosos asesinos o los testigos cómplices, en lugar de veto, condena y castigo, estos encuentran justificación, aplauso y hasta difusión de las imágenes con los inermes agredidos, engrupidos o, como lo dicen para que no suene tan feo: «¡Instrumentalizados!». Imágenes para el disfrute televisivo a nivel mundial, por cuenta de la pusilánime y cómplice sociedad enferma terminal de nostalgia social y desafectación humanitaria, que hasta se regocija sin chistar ni mu ante las dantescas imágenes de aquellos niños acribillados, heridos, temblorosos, desorientados, hambrientos, famélicos, llorando por el bramido de los misiles, las bombas, las balas o frente a los cadáveres destrozados de sus padres, familiares o vecinos…

¡Triste legado para la eternidad!

Nocivos efectos de estas podas que, si es que quedan brotes sobrevivientes, se encarnarán durante tres veces treinta y tres generaciones entre los directamente afectados, así como en los genes de los pusilánimes, doquiera sea que vean o sepan de tales aberraciones, la peor de las contaminaciones en la compostura humana: ¡la insolidaridad! Estadio final de la nostalgia social. Particularismo este, fatalmente contagioso, que autodestruye y corroe por dentro al ser que la contraiga, padezca y disperse por doquiera vaya, siendo insondable el dolor sentido cuando ataca la conciencia de cada uno. Inexorable como generalizado padecer callado, doloroso y letal, pocas veces aceptado y mucho menos confesado en busca de ayuda, tanto en los propiciadores intelectuales, materiales y mediáticos de tan perversas prácticas y sus inmundos beneficios logrados, como en el colectivo global…

Neoplasia maligna inmersa, no solo en el alma de los perpetuadores del desafuero contra sus congéneres, sobre todo cuando se trata de niños, también, en las de todos aquellos quienes, frente a tal debacle hicieron caso omiso, sin chistar siquiera. En adelante, a unos y a otros, aquel remordimiento hinchado les arañará sus vísceras, produciéndoles náuseas en las madrugadas, amén de heredarlo…

Carcinoma social impreso en los genes de sus siguientes brotes de capullo, cada vez más descoloridos, insípidos y enclenques.

Historia publicada en RLNC, el 31-08-2025


domingo, 1 de diciembre de 2024

Jota, el gato

 


¡Les diré por qué ahora me dicen que valgo un poco más que una vaca normanda preñada!

Para entrar en contexto es preciso que sepan algo de la historia de mi vida, al menos la que recuerdo… o quiero recordar. Todo comenzó cuando el humano ‘me rescató’ de aquel charco al que allá le dicen piscina.

Como solía hacer, ese día fui a tomar algo de agua. De un momento a otro me alzó y llevó hacia un carro que minutos después emprendió viaje hacia la gran y fría ciudad, lejos de donde se quedaron mamá y mis hermanos. Estos, así como yo, sobrevivientes de la camada parida en un monte cercano. A los que no lograron sobrevivir les faltó fuerzas para resistir ese ardoroso clima húmedo, donde, además, era poco lo que mamá lograba conseguir para comer. Por lo que su leche era escaza y no alcanzaba para todos. Entonces, comencé a rebuscarme en los alrededores. Cazaba lo que estaba a mi alcance. Luego, buscaba agua en el charco ese donde me encontró el humano.

—Lo llamaré Jota, el gato —escuché que dijo el cachorro de la pareja que iba en el carro.

El apartamento donde vivían en la ciudad quedaba en un quinto piso, con vistas a un cuadro de prado que separaba a dos edificios similares. Allá me acomodé al buen trato, a la comida procesada y a la protección que me brindaban los tres, quienes, de un momento a otro, y durante un largo periodo, dejaron de salir a la calle. Decidieron hacer ahí todo lo que antes hacían en otras partes. Afuera, al parecer, un virus letal rondaba por doquier. Quien lo adquiriese, cuando no era que se moría, padecía grandes dolamas y demoraba en recuperarse.

Un día percibí el perfume de una gata en la vecindad. Me asomé a la ventana y en un descuido me resbalé y caí al vacío. Paré sobre un pequeño árbol. Fue un golpe bastante fuerte. Me recogió un vecino de los humanos. Poco tiempo después me ubicaron y fueron por mí. Me llevaron al veterinario; exámenes, chequeos, medicamentos y decidieron castrarme ‘para evitarle nuevas caídas’, escuché.

Entre tanto, la pareja dominante apareció con su segunda cría, una niña que en parte se quedó con algo de mis dominios y atenciones. Sin embargo, mientras comida, agua, arenera, minos y cuidados siguiera teniendo, no me importó ni afectó el incremento de la manada.

Cuando el virus amainó los humanos decidieron mudarse fuera de la fría ciudad. Se radicaron, junto con sus dos cachorros y yo, en una casa grande en un pueblo cercano, aún más frío que la urbe donde me castraron. Pronto marqué mi territorio en aquel viejo caserón, incluidos sus tejados más que gastados. Por allá solían llegar otros felinos a disputarme mis dominios. No pasaba noche sin que al menos librara una o dos peleas fieras con los invasores. Por lo tanto, golpes, rasguños, contusiones, heridas y lesiones al siguiente día el humano me atendía y hasta la veterinaria municipal tuvo que interceder en varias oportunidades. En una de esas lides me golpearon el pulmón, el mismo que magullé con mis costillas cuando caí sobre aquel árbol. En ese momento ninguna de esas afectaciones pasó a mayores, ¡al parecer!

De aquel viejo caserón pronto nos fuimos para una casa nueva en un gran lote que compraron los humanos. Quedaba lejos del pueblo, en cuanto a distancia gatuna, en medio de bosques y potreros donde pastan yeguas receptoras, una vaca normanda de nombre Majo, la chiva Paquita, una pareja de perros cazadores, estos son hermanos, así como una gata negra salvaje más joven que yo, de nombre Luna. Esta, al igual que los dos perros, para evitar decendencia y proliferación incontrolada, el humano también la hizo castrar por la veterinaria del pueblo.

Aunque más joven que yo, Luna, al haber nacido por esos lares y ser más experimentada, se convirtió como en mi madre. Me enseñó lo que debía saber y hacer, pero por haber crecido encerrado y con todas las comodidades, jamás desarrollé ni me interesó practicar. Sin embargo, en aquel nuevo y rudo escenario rural, entendí que debía ponerme al día.

Luna es salvaje, tosca y poco cariñosa. Sin embargo, al ser la líder, posición que no me interesa disputarle, me gusta que lo sea y como es. Le aprendí gran parte de lo que era menester, como enfrenar y matar a una falsa coral, cazar y descabezar ratones para llevarlos como ofrenda y compartirles a los humanos, aunque, hasta donde entiendo, poco y nada les gusta que los atendamos de esa manera. Luna sabe dónde y en qué momento hay comida viva y cómo atraparla.  Pese a que, sin falta, mañana y tarde los humanos llenan nuestros platos con alimento procesado.

Esa gata negra patrulla y caza en la noche. Se arruncha en las mañanas y durante casi todo el día en los sofás, poltronas, sillas y camas de los humanos, ahora que, como a mí desde el principio, la dejan entran a la casa grande donde vivimos. Lo que al comienzo le negaban por oler a monte, ser salvaje y tosca en su trato con ellos. Luna poco a poco bajó su prevención. Entonces, les permite una que otra caricia; sobre todo las que le hace la cachorra humana, aunque de vez en cuando la rasguña.

Aprendí a imitar a Luna, porque, fuera del gusto que todo esto me genera, siento que va con lo que soy: ¡un felino!, no obstante, de ser el consentido del humano y jefe de la gran manada de esta casa y, en consecuencia, de su pareja y sus cachorros; estos cada día más grandes y ocupados en sus quehaceres aburridos y estresantes.

Más estresantes y enfermizos desde hace unas cuantas fases de la luna cuando, al parecer, hubo cambios en sus rutinas de subsistencia. Por lo que ahora la humana mayor se la pasa más en casa. Las preocupaciones y discusiones se volvieron frecuentes y sus energías nos impactan a todos: yeguas, vaca, cabra, perros, gallos y gatos. Quizá por eso, quizá, la yegua preferida del humano, a la que le decían La Monja, recién preñada, de un momento a otro algo le pasó y se murió. La enterraron en la mitad del potrero donde pastaba esa vez.

Poco después suerte similar tuvo la costosa cría de la 252. Nació antes de tiempo y se ahogó. Lo enterraron en el potrero donde pastaba aquella yegua torda. Esta, a la semana se la llevaron, nunca supe para dónde.

Los cachorros humanos, casualidad del destino, quizá, en ese periodo, también, de algo cada uno se enfermó y en la ciudad los atendieron a tiempo y los recuperaron.

En este orden de ideas felinas ahora les diré, entonces, el motivo por el cual, tal como escuché cuando me sacaron del hospital y regresé a la casa tras casi tres fases lunares:

—Ahora Jota, el gato, vale un poco más que una vaca normanda preñada.

En compensación con los humanos que velan por nosotros, a los animales con los cuales estos convivan o tengan dependencia y afinidad, nos corresponde, en simbiótica contraprestación vital, protegerlos y, llegado el caso, dar la vida por ellos. Para esto contamos con la más efectiva e ineludible de nuestras capacidades: absorber pasiva y paulatinamente sus energías dañinas, producto de sus desvaríos, preocupaciones que les son de difícil o imposible resolución y enchipadas enfermedades físicas y mentales. Así nos cueste la vida o nuestra estabilidad e integridad física.

Eso hicieron La Monja y la cría de la 252. Estas dos yeguas estaban entradas en años, por lo cual, quizá, sus esencias eran vulnerables. Algo similar les pudo pasar a los dos cachorros humanos que de un momento a otro enfermaron. Pero estos, al estar en pleno crecimiento y ser llevados a tiempo a los especialistas, superaron el impacto y se están recuperando.

Las otras yeguas y Majo, con sus crías en gestación, la cabra, los dos perros cazadores y Luna son jóvenes y tienen la fortaleza de la ruralidad donde han vivido siempre. Absorben y encapsulan en sus hieles las energías que los humanos cercanos, producto de sus fieras tribulaciones, expelen sin siquiera darse cuenta, cual mecanismo de defensa.

Igual hago y sigo haciendo, con mayor razón al ser el consentido del humano líder de esta bonita manada… ¡mi manada! Lo vengo haciendo desde cuando me adoptaron y ahora con mayor énfasis y dedicación, unas cuantas lunas atrás, tras la tribulación de subsistencia que se les presentó sin esperársela. Al estar tan cerca de ellos percibo y absorbo lo que más puedo de aquel humor enrarecido, ¡caustico! que él y su pareja ahora expelen casi a toda hora. Quizá, de no hacerlo así, algo todavía más delicado les hubiese pasado; me lo dicen mis bigotes blancos.

Reconozco que mi esencia y fortaleza lejos están de las de Luna y las de los otros integrantes cuadrúpedos de la gran manada, y menos desde cuando de un momento a otro comencé a respirar con dificultad y dejé de comer. Los humanos me llevaron a la capital para que me punzaran, drenaran el pulmón aquel y controlaran la anemia que me dejó en los meros huesos.

El dinero escaseaba aún más cuando llegó el momento de pagar la elevada cuenta hospitalaria y llevarme de regreso a casa. Por esto el cachorro mayor les pidió a sus padres que vendieran a su Majo, preñada. Dinero con el cual pagaron parte de los costos de mi hospitalización, cirugías y los remedios que me salvación la vida.

En consecuencia, lógica felina, ahora es mayor mi compromiso con mi manada. Aspiraré con devoción y a toda hora sus energías dañinas hasta cuando el medio pulmón que me queda lo permita.

lunes, 2 de septiembre de 2024

En un Juan Valdez

 

Agradecimientos a estas personas por su autorización

14-08-2024

Desde cuando el peso de sus calendas se les convirtió en la mejor de sus galas; que hasta remplazó el esfuerzo de sus palabras y caricias, ahora incómodas, obsoletas y consideradas necedades por quienes orientaron sus vidas con estas; cada vez que tienen oportunidad… incluso, cuando no, so cualquier pretexto se escapan para ir al centro comercial cercano.

Parecen viejos adolescentes recién ennoviados. Entienden, sin decírselo, ¡qué más da!, que, en la práctica, más ahora y con mayor razón en adelante, solo se tienen el uno al otro.

—Pa las que sea, mi por siempre amada Prudencia Lucía —le dice, como ahora, cuando las tribulaciones, sobre todo las familiares, amén de las sociales, económicas y de salud, suelen presentárseles, cada vez más seguido y con fiereza—. Mientras tengamos aire en los pulmones y fuerza para movernos con independencia, que ojalá jamás nos falte el café de nuestra tierra… ¡de origen!

Allá, en un Juan Valdez, donde, además, de vez en cuando Ignacio de Jesús Benavides cita a sus amigos de antaño y a uno que otro de letras para hablar de lo que sea, aquella pareja ignota refugia su solera entre la atafagada y anónima multitud; a esa hora y en ese lugar casi todos coetáneos.

Al calor del late con leche descremada, sin azúcar y con canela molida, el que siempre piden cuando van por allá, también calientan sus almas con la satisfacción de, ¡pese a todo!, haber hecho poco o mucho a lo largo de sus vidas.

—Eso sí, ¡honradamente y para nada fácil! Aunque nadie lo reconozca, mucho menos lo valoren, ni siquiera quienes de nuestro gran esfuerzo e innumerables privaciones se beneficiaron en su momento.

—Mira, Nacho, en la medida de las circunstancias y con lo que tuvimos nosotros cumplimos con lo que nos correspondió y pudimos. Lo que no, por lo que haya sido… ¡pues no y ya!

—Así es… y aplica para todos, menos entre los dos.

—¿A qué te refieres?

—Prudencia, a estas alturas… me duele reconocer que será difícil llevarte de paseo a París y al crucero por el Danubio, como te lo prometí antes de casarnos.

—¡Que importa, viejo terco! ¡Qué mejor e intrépido viaje que este que iniciamos por allá en agosto del 76! Estoy feliz con los que hemos hecho por aquí cerquita… sin necesidad de estresarnos sobrevolando semejante masa de agua.

—¡Te amo!

—Sabes que yo igual… aunque casi nunca te lo diga.

—Lo sé. Nacimos el uno para el otro. El destino nos sentenció para estar juntos y acompañarnos para siempre, tanto en este como el siguiente periplo que, seguramente, emprenderemos al tiempo… ¡eso espero!

—Lo que sea, Ignacio, ¡lo que sea! Pero, en lugar de ponerte trascendental… ¡toma tu café antes de que se enfríe y pierda su exquisitez! Para ver a las carreras paisajes, montañas, mares y ríos lejanos… y bien caro, me basta y conformo con los que he disfrutado por estos lares… y sin tanto afán.

—¡Gracias, amor! 

lunes, 5 de agosto de 2024

En un día del padre

 

A mitad de un junio


Ella

Cafetería ½ Luna Café, en Florencia 68, Juárez. Es un expendio sencillo, pequeño y que invita a la añoranza. Atendido por un gentil lugareño quien estuvo dispuesto a:

—No más digan y ahorita mismo les preparo sus cafés con leche a la colombiana; los pueden acompañar con la torta que prefieran.


            Fue un desayuno exquisito, tal vez el mejor que he probado en un día del padre... porque, además de lo romántico del lugar, sus productos y la atención, ella, el más grato y bello regalo que me dio la vida hace cuarentaisiete años, desayunó y disfrutó conmigo.

domingo, 30 de junio de 2024

Felicidad inversa

    


    Con su mirada perdida en lontananza, cuando iban adonde la enclaustraron al dejarles de ser útil y volverse «un pereque… además, ¡costoso!», como pensaban sin decirlo, paliaba el dolor de haber sido buena persona y, al llegar a vieja, confiar en todos, sobre todo en ellos: sus hijos.

    Entonces, miraba sin ver.

    Simulaba ausencia refugiada en su recuerdo infantil.

    ¡Hubiese querido dejar de escuchar!

    —«¡Para qué palabras bonitas y promesas vanas!» —pensó decirles varias veces.

    Producto de la dolorosa adversidad de la existencia humana encontró en el silencio, cual felicidad inversa, la excusa para ocultar la nostalgia mortal que horadó su espíritu meses antes de partir.

jueves, 29 de febrero de 2024

Claro de Luna


 Allá en mi Escondite Literario Tropical, sede rural, madrugué a escribir el artículo para cumplir el compromiso con la Revista Latina NC. Necesitaba enviarlo a tiempo para que pudiera ser revisado, editado y publicado el último día del mes. Estaba en esas cuando mi gata salvaje se deslizó por la ventana hasta mi escritorio.

Creo que este fue el diálogo mudo que tuvimos… ¡creo!   

—Humano, ¡tengo hambre!

—Hola, Luna, termino una idea y voy...

—¡Deje ya de teclear y sírvame o salto encima de esa cosa!

—¡No!, Luna, no te atrevas a brincar sobre el teclado. Mira que estoy en plena creación...

—¡Creación es la que mis patas y uñas harán si no se mueve y me sirve ya mi concentrado!

—¡Ay!, Luna, me estás dañando el escrito y la inspiración... por favor, bájate de ahí que rasguñas el teclado.

—Se lo advertí, humano terco, si no hay comida...

—Dame unos diez minutos y voy a darte tu concentrado.

—¡Ja!, de aquí no me quito y ni intente moverme porque mis uñas están alborotadas como mis tripas hambrientas. ¡Comida!

            Al ver que la gata no se movía y no dejaba de mirarme como si me retara, me levanté y fui al lugar donde guardamos su concentrado.

—Aquí tienes tu comida, Luna.

—¡Ya era hora, humano! Aunque me gusta más la húmeda, es más fácil de tragar y tiene mejor sabor y olor.

—Cuando vaya a la ciudad te traigo unas latas de las que te gustan... ¡Son más caras!

—¡Qué cosa con usted para que haga lo que le corresponde y me alimente como debe ser!

—Espero que ahora dejes trabajar en paz a tu amo.

—¡Ja!, ¡¿mi amo?! Siga soñando, ¡esclavo! Mejor, déjeme comer tranquilo y vaya ahora sí a inventar buenas historias para que me pueda comprar lo que merezco.

 

miércoles, 31 de enero de 2024

Colibrí verde esmeralda

 


Desde hace unos quince años, tras cumplir los treinta, opté por ir cada mañana al parque del barrio, de 7 a 8, a dar unas cuantas vueltas al trote. Siempre finalizo con unos minutos de estiramiento en la zona de máquinas. Lo hago con regularidad, excepto cuando amanece lluvioso, tengo algo que hacer ese día o los cólicos me lo impiden.

No hablo con nadie, más allá de un esquivo y obligado «¡Hola!», cuando uno que otro hombre adulto me saluda, quizá por cortesía al coincidir en rutinas y lugares. Tampoco faltan otros que sacan a esa hora a pasear sus perros e intentan ser amables.

Solo durante la pandemia vine a percatarme de aquel… tal vez sesentón, aunque parecía más joven. Quizá se conservaba así por su estricta rutina diaria, me imagino que en ese y en otros lugares circunvecinos, porque no siempre iba al parque que frecuento. Era obvio que hacía ejercicios y estiramientos con regularidad y disciplina. Se le notaba en su contextura física y vigor a la vista.

Me causó femenina curiosidad porque, por algunos de mis evidentes atributos físicos jamás paso desapercibida a la mirada coqueta del común de los hombres, no solo de los que me encuentro en el parque cuando voy con prendas ajustadas que resaltan mis cualidades. Desde joven me sucede por doquiera, vaya vestida como vaya y adonde sea.

La excepción, al parecer, vendría a ser ese conservado y disciplinado sesentón, más cerca de la siguiente década que de la anterior. Llegué a pensar de todo, porque, me parecía que, al pasar por su lado, o él por el mío y así me plantara a unos metros delante suyo a realizar mis estiramientos, como que me ignoraba adrede. ¡Cual, si yo no existiese o estuviese ahí, a pocos metros de él!

Desde luego que no sería yo quien tomara la iniciativa de hablarle… ni siquiera de mirarlo, menos, de saludarlo.

¡Ni más faltaba!

Un día cualquiera, cuando terminé mi rutina y él solo iba por la mitad, como siempre, sin siquiera voltearlo a mirar, me dispuse a retirarme. Fue cuando suspendió el estiramiento, me miró, se acercó y me dijo:

—Disculpé usted, señora.

—¡¿Sí?!

—¿Alguna vez le han dedicado el trino o el canto de un colibrí?

 


—¡¿Disculpe?!

—Por lo general, señora, las personas se dedican canciones o poemas y se regalan flores o chocolates; pero nunca el trino de un pájaro, como el de ese pequeño colibrí verde esmeralda que todas las mañanas, cuando coincidimos en este parque, llega con su pareja y se posa en ese árbol seco o en aquel magnolio, así como lo hacen parejas de mirlas, copetones, tórtolas y otras aves. Este colibrí, cuando no es que le canta a su pareja su melodía de felicidad al seguir vivos, vuela raudo unos metros y caza algo en el aire. Luego, mire, va y se lo entrega en el pico a la colibrí que lo espera en la rama. Esta vuela hacia algún lado, tal vez hacia el nido, para llevarle el desayuno a su polluelo… puedo escuchar su algarabía y contento desde aquí.

—¡Sí! —no salía de mi sorpresa, agigantada por lo que le escuchaba al sesentón.

—Mire, señora, ahí regresó la hembra y el macho volvió a trinar, mientras sus ojos escudriñan el aire en busca de más insectos. ¿Los ve?

—Disculpe… sin gafas, a esa distancia, no alcanzo a ver bien.

—Entiendo… pero, escuche su canto.

—¡Sí!, ahora que pongo más atención… ¡sí, escucho el trino de los dos!


—Señora, excuse mi atrevimiento, le dedico ese trino. Cada vez que lo perciba, aquí o donde sea, tal vez se acuerde de mí.

Desde entonces… aquel agradable sesentón no ha vuelto al parque.

Las fotos de este relato son cortesía de la bióloga Marlene Enciso.

lunes, 1 de mayo de 2023

Tráfico de órganos

 

Me pasó cuando llegué a la capital, al barrio Quiroga. Tenía 11 años. Mi tía Cecilia me mandó a comprar el pan a la esquina, a menos de dos cuadras de la casa. A mi primo Álvaro, un poco mayor que yo, le gustaba hacer los mandados porque la ventera siempre le daba vendaje.

Cuando salí por el encargo él se quedó mirando por la ventana. Me esperaría a que regresara y antes de que yo entrara saldría a mi encuentro:

—¡Para que me dé lo mío! —Me advirtió desde la primera vez y lo reiteraba en cada ocasión.

 Salí feliz. Compré el pan y recibí el vendaje: un pirulí que guardé en la bolsa.

Al salir de la tienda un señor bien vestido, con corbata, me dijo:

—Joven, de su pueblo le enviaron una encomienda a su mamá.

—¿Para mamá…?, ¿quién?, ¿dónde está? —pregunté entre sorprendido y contento; nada desconfiado pese a las consabidas advertencias.

—¡Un paisano!; la tengo allí, cerca de aquí. ¡Acompáñeme!

Con la inocencia de un joven pueblerino recién llegado a la ciudad, ¡ingenuo!, lo seguí.

Mi primo, al verme coger hacia otro lado, tras un desconocido, salió corriendo. Pronto nos alcanzó y me llamó a gritos.

El hombre desapareció mientras volteé a mirar.

Jamás supe para dónde cogió.

Los regaños y coscorrones de la tía, mi mamá y el primo, a él solo le preocupaba ¡el pirulí!, fueron menos impactantes y dolorosos que las noticias:

 Esta tarde un hombre bien vestido, de corbata, secuestró a un joven en el barrio Quiroga...

Pero, no tanto como el titular del siguiente día:

Encontraron entre un costal al joven secuestrado al sur de la ciudad… ¡Apareció sin órganos vitales ni ojos!

Microrrelato disponible en inglés y audio en Revista Latina NC