domingo, 7 de junio de 2020

Mal momento para morir


Mal momento para morir
Relato de ficción social subcontinental disponible, también, en Revista Latina NC
Rosendo Angarita Rojas jamás pensó que después de cuarentaidós años de consagrado trabajo su “Financiera Amiga” le saliera con esas, y durante semejante crisis global. Lema comercial de aquella entidad bancaria que le administraba sus cesantías, fondo de pensión y en donde, también, la fábrica para la cual trabajaba consignaba su sueldo equivalente a casi cuatro y medio salarios mínimos legales mensuales. Allá él era ingeniero de planta.
Ahora solo le faltaban pocos meses para cumplir la edad de jubilación. Jamás hizo retiros parciales de ninguna de aquellas dos cuentas, por lo que, pese al bajo, muy bajo rendimiento que estas tenían, además de las cortapisas y talanqueras que el Gobierno mantenía para impedir retiros, garantizándole a los banqueros mayor disponibilidad de recursos e ingentes beneficios, los montos en una y otra eran algo significativos en comparación con el promedio de la población de profesionales trabajadores clase media de su círculo laboral.
—Amor —le solía decir a su esposa de toda una vida—, tan pronto me pensione, con ese dinero, además de saldar la deuda de nuestro apartamento…
—El que en dieciocho años hemos pagado casi tres veces su valor inicial —solía responderle ella—, ¡y jamás baja la cuota!
—Lo sé, mujer… pero, si no era así, ¡con ese crédito al más largo plazo posible!, ¡jamás hubiésemos comprado vivienda!
—Con lo que tienes ahorrado en cesantías —le reiteraba cuando él le hablaba de ese tema—, a ver si por fin cancelas, también, los saldos de esas tarjetas de crédito que te mantienen ahogado… Esos intereses del casi treinta por ciento, efectivo anual, son de usura, así tenga la aprobación del Gobierno.
—Sí, claro que lo haré, Damaris, pero después de hacer los viajes que te prometí desde cuando nos casamos… ¡nuestra aplazada luna de miel!, así como los tantas veces truncados aniversarios. Te dije que te llevaría a París, como también al crucero por el Danubio y a Machu Picchu en algún solsticio de verano.
Durante los dos últimos años, cada trimestre, cuando le llegaba el extracto de sus cesantías y fondo de pensiones, Rosendo Angarita Rojas miraba los saldos. Entonces, se centraba en las cesantías, además de calcular la mesada que le llegaría tras pensionarse, equivalente al 62.25% de su sueldo actual, algo menos de dos y medio salarios mensuales vigentes. Cada vez que su mujer lo encontraba en esas, o él le decía algo al respecto, ella le insistía en coger esa plata para cancelar la hipoteca y las tarjetas de crédito, además, para que las entregara y evitarse endeudamientos de imposible pago con el pauperizado nuevo emolumento que iba a recibir luego de pensionarse.
Desde hacía un buen tiempo que tenía calculado que, con ese ahorro en cesantías, que solo aumentaba por concepto de intereses cerca de US$100 trimestrales y el equivalente a un sueldo cada febrero, difícilmente le alcanzaría para todos los viajes que a su amada esposa le tenía ofrecidos, además de postergados, y año tras año. Sin embargo, en enero, cuando le llegaron los extractos, y ante la trepada del dólar, casi al doble con respecto a los años anteriores, se tuvo que resignar y descartar el crucero por el Danubio, el viaje a Suramérica y otros tantos que añoraba en mordido silencio. No le daban las cifras. Si viajan a Europa, con tres noches en París para la luna de miel después de cuarenta años de casados, le quedaría muy poco, ni para abonarle algo significativo a sus tarjetas, mucho menos para finiquitar el crédito hipotecario.
—Estos los seguiré pagando después de agosto, mes a mes, con mi disminuida mesada pensional… eso sí, sin aumentar ni un centavo el crédito, ¡toca guardar las tarjetas!, como lo dice mi mujer —concluyó al hacer cuentas, analizar los saldos de los extractos del último trimestre de 2019 y gestionar en la promotora de turismo el viaje por Europa para los dos—. Y, lo que quede, lo dejo como reserva estratégica por si la mesada no me alcanza para los gastos, impuestos y otros egresos por ahí, mientras nos acomodamos a ella.
Planes de nuevo alterados, y tal vez por siempre, no solo por la irrupción del virus y la declaratoria de pandemia global en marzo cuando le tocó irse a trabajar desde la casa por la clausura domiciliaria que decretó el Gobierno, sino por la afable carta que llegó en abril, anexa a los extractos del primer trimestre de la “Financiera Amiga” con los saldos de sus cesantías y pensión.    
“Hola, Rosendo, tus objetivos están cerca, nosotros continuamos muy comprometidos para garantizar y fortalecer los ahorros que nos has confiado.
Te comunicamos que los mercados financieros fueron impactados por el Covid-19 y por las alteraciones globales en los precios del petróleo. En consecuencia, la rentabilidad de tus ahorros bajo nuestra responsabilidad fue algo afectada. Sin embargo, nos es grato decirte que los portafolios en los cuales están invertidos tus aportes, en el largo plazo están asegurados y se recuperarán. Además, y para tu tranquilidad, los ahorros de las personas próximas a pensionarse son colocados de manera estratégica en cuentas con menor exposición al riesgo, siempre pensando en el futuro y en la edad dorada de nuestros clientes.
Seguiremos trabajando para los afiliados con fundamento en nuestra comprobada experiencia y solidez, toda vez que para nosotros es sagrado el compromiso que hemos asumido y consolidado juntos.”, decía la carta anexa.
Rosendo no se inmutó al leerla por primera vez, tal vez porque no entendió tal galimatías, aun cuando algo le dijo el subconsciente, una especie como de alerta temprana. Luego, abrió los extractos, primero el de las cesantías. En este el saldo a 31 de marzo de 2020 era menor al del 31 de diciembre de 2019… US$1575,27 menos, pese a la consignación equivalente a un salario que le hizo la empresa en febrero, correspondiente al monto del año anterior. En ese momento comenzó a entender los términos soslayados de la carta anexa.
Abrió el segundo extracto. ¡Casi se infarta! En síntesis, su mesada pensional, de tramitarla para el próximo julio, sería un poco menos de uno y medio salario mínimo legal vigente, una tercera parte de su actual sueldo.
Evitando que su esposa se enterara fue a la alcoba en donde estaba su hijo. Este era economista de profesión, especialista en Gerencia Financiera y laboraba como analista de inversiones en uno de los grandes bancos del país, y quien también teletrabajaba desde casa por lo de la pandemia.
—¿Qué pasa, pa’? —le preguntó al verlo angustiado.
—Hijo, mira, ¿tú entiendes esta carta y las cifras de estos extractos?
—Padre —le respondió tras leer y revisar las cifras—, que el virus y la situación global del petróleo nos afectó a todos… al menos a la clase obrera y a los independientes. A mí me llegó una carta similar y también mis aportes por pensión y cesantía disminuyeron…
—Y, ¿qué hay que hacer?
—Esperar… —le respondió con la sequedad que caracteriza el trato de las personas al servicio de las finanzas—. De pronto después de octubre o noviembre se estabiliza el dólar, sube el petróleo y encuentran la vacuna contra el virus; entonces, pueda que la economía vuelva a su relativa estabilidad.
—Disculpa, hijo… pero, esos casi US$4250 que me figuran como rendimiento negativo, sumando cesantía y pensión, ¿los recuperaré…?
—Lo dudo, padre, esos corresponden a intereses que se esfumaron… el capital sigue intacto, aunque con menor valor adquisitivo…
—Entonces, respecto a esa plata, ¿qué?, y, ¿en cuanto a la pensión…?
—Entonces, ¡nada, pa’!, solo esperar a que la economía se estabilice y sus ahorros, los míos y los de todos vuelvan a generar intereses... ¡ojalá! En cuanto a su solicitud de pensión, creo que es prudente esperar algún tiempo.
Damaris algo sospechó cuando sintió que su marido se levantó de su escritorio en el estudio y entró sigiloso a la habitación de su hijo, cerrando la puerta. Tras unos segundos se acercó y escuchó toda la conversación, por lo tanto, cuando este salió con cara de conmoción, le dijo:
—Rosendo Angarita Rojas, ya escuchaste al muchacho que sabe de números: ¡esa plata se voló!, por lo que, como dicen por ahí: ‘No hay que llorar sobre la leche derramada’ y, en cuanto a tu pensión, si esperamos toda una vida, ¿qué más da uno, dos o más años, viejo?
—Pero… ¡¿y el viaje a Paris?!
—Si está por darse y nos conviene… algún día será, en su momento.
—Mujer, ¿sabes una cosa? —suspiró mientras se acomodaban en el sofá de la sala, cogiéndole con cariño su mano.
—¿Qué?
—Recuerdas, Damaris Díaz, que hace algunos años compré un seguro de vida y te puse de beneficiaria… si algo me llega a pasar, espero que con lo que te den puedas hacer, no solo el paseo a París, sino el crucero por el Danubio y el viaje al Perú… así sea sin mí.
—¡Viejo… deja de hablar sandeces!
—Ojalá que la pelona se acordara de mí en estos momentos...
—Como lo hemos visto por televisión, este es un mal momento para morir, pésimo año para partir, ¡el peor!, cuando ni al entierro se puede ir; menos por esos pinches US$4250 que se te llevó la pandemia, viejo. Ahora, si vas a sucumbir, que algún día será, te pido que lo dejes para después… para cuando, no solo el virus maluco ese se haya cansado de llevarse a los más viejos y a gente indisciplinada, sino para cuando me hayas cumplido con aquellas noches de luna de miel en París, así sea en unos años… ¡qué importa esperar otro poco!
Lo que Damaris Díaz desconocía, ¡ni siquiera se imaginaba!, era que, a su esposo, además de esta pérdida en sus ahorros de pensión y cesantía, otras cuatro inesperadas cosas le afligían. En marzo compró el plan para viajar en octubre de ese año a Europa, incluida una grata pasantía de cuatro días en Paris, ¡para lo de su postergada luna de miel! Se calló este caro detalle porque darle esa sorpresa a su amada esposa quería. Mucho menos ella sabía que esos US$5250 del primer abono lo hizo con cargo a sus tarjetas de crédito, casi dos terceras partes de su cesantía. Monto que, como le informaron por esos días al comienzo de la pandemia cuando llamó azorado a la agencia de viajes que le vendió el paquete, no era reembolsable sin una penalidad cercana al 100% del abono, por lo que no valía la pena solicitar cancelaciones ni reintegros.
—Esperemos que, para entonces, don Rosendo —le enfatizó la asesora de viajes—, ya estén aplicando la vacuna contra el virus, o que la pandemia haya aminorado y bajado el riesgo para viajar.
—Señorita… ¿y si no?
—En ese caso, tal vez, la aerolínea y la agencia operadora en Europa nos permitan reprogramar… eso sí, lo más seguro, con tarifas reajustadas.
 —Y… de ser así, ¿como de cuánto adicional estaríamos hablando?
—No tengo un monto exacto… le sugiero que, al menos, aliste otros US$1250… espero que no sean necesarios; sin embargo, es mejor prevenir.
Él tenía que cumplirle y darle a Damaris Díaz ese viaje antes de finalizar el año. Lo tuvo claro tras la última cita de control con su médico en febrero pasado cuando este le explicó los inesperados resultados de los últimos exámenes efectuados en enero; los que nunca compartió ni siquiera con ella. Fue cuando decidió comprar el plan turístico para viajar a Europa, una vez cumpliera en julio la edad de retiro, obtuviera la jubilación, así como la disposición y el desembolso de su cesantía, trámite que duraba dos meses, le dijeron. Entonces, programó que a inicios de ese otoño se irían a disfrutar de las tan esperadas vacaciones y la tantas veces postergada luna de miel en París...


viernes, 29 de mayo de 2020

La iluminada muerte de Marco Aurelio Mancipe


Novela de ficción social histórica publicada en 2016, muy vigente, en especial, por lo narrado en este fragmento, en relación con la propagación masiva de enfermedades raras, producto de la pandemia del mal que padece el ser humano, al parecer, empeñado en darle un nuevo orden al mundo, con la perversidad y la avaricia como ingredientes principales.

Acceso libre para leer toda la novela sobre este enlace.

Agradezco su lectura, valoración, comentarios y difusión, muy gentil.

sábado, 2 de mayo de 2020

Odios guardados


Odios guardados
En torno al féretro algunos allegados acompañaban a los deudos de don Dionisio. Al lado, en una poltrona, doña Blasina, su viuda, hablaba con una mujer un poco menor que ella. Mientras esperé a prudente distancia para darle el pésame me fue imposible evitar escuchar parte de la inusual conversación que aquellas sostuvieron.
 —Pero, me imagino que en ese entonces si lo quería…. ¿o al menos lo hizo después?
—Eso tal vez es lo que cree la gente —respondió la anciana con un mohín extraño en su arrugada faz—, y hasta nuestros hijos, nietos y bisnietos; o lo que les hice… o hicimos creer a todos.
—Pero, al fin y al cabo, él se casó con usted, le cumplió y estuvo a su lado por más de setenta años… hasta morirse de viejo, como se lo prometió, según dicen por ahí.
—Dionisio sabía que le tocaba casarse conmigo… era la única manera para que mi papá, cuando nos encontrara, que lo haría tarde o temprano, no le pegara un tiro por haberme robado con la complicidad del cura del pueblo.
—No me ha respondido, ¿alguna vez lo quiso?
—Nunca, ¡jamás! —respondió categórica—, lo sentí en mi pecho desde cuando me di cuenta de la estupidez que hice al irme con él, a las escondidas… y aunque solo tenía trece años, poco a poco fui descubriendo que todo lo que me dijo para convencerme eran mentiras; una gran mentira, como lo fue toda su vida.
—¿Alguna vez se arrepintió de haberse ido con él?
—La pregunta correcta sería cuándo…
—Entonces, ¿cuándo se arrepintió de haberse ido con él?
—Desde ese mismo día, cuando me escabullí con él. Tan pronto me encaramaron en ese camión y me taparon con costales sucios de papa, comencé a odiarlo; jamás se lo perdoné. En ese momento me arrepentí… pero, también entendí que no había vuelta atrás; que sería su mujer para toda la vida.
—¿Alguna vez se lo dijo?
—No era necesario. Él sabía y tenía certeza de dos cosas...
—Sí —la interrumpió, sin esconder su curiosidad—, ¿de cuáles?
—Del odio guardado que le tenía, así como de mi muda promesa de jamás faltarle, dizque porque si lo hacía, como me lo decía, él de amor se moriría, como al fin lo hizo; y eso que jamás le fallé, menos cuando llegamos a viejos y con agría compañía nos cobijábamos.
—Dígame una cosa, Blasina, usted cree que Dionisio la amó, o por lo menos la quiso...
—Estoy segura de que él nunca lo supo con certeza; quizá lo hizo durante los primeros años… Sin embargo, en los últimos treinta y tantos, bien después de los cincuenta, comprendimos, sin decírnoslo, que la mejor colcha para abrigarnos durante el frío del olvido era la que hicimos con los retazos de nuestros reproches e ironías de toda una vida.

domingo, 12 de abril de 2020

El frío del olvido

Novela disponible para su lectura, sin costo, en este enlace: 
https://www.wattpad.com/user/WilsonRogelioEnciso
Gracias por leer, votar y difundir


(Fragmentos)

No. 1

"A las 5:55 de la mañana el párroco, con fruncido ceño, frente en alto, y enérgico, erguido y decidido paso, salió de la casa cural, directo a la de Bernardo Mencino. Al no encontrarlo, se fue para la de su concubina más frecuente, la señorita Juliana Gonzaga, en donde, en efecto, lo encontró. Él sabía que aquella macabra jugarreta no podía tener un autor diferente. Una vez frente a él; quien lo recibió en franela y calzoncillos, además, con una burlona sonrisa, mientras le preguntaba por “El Patas” que lo había visitado en la noche; seria, elocuente y pausadamente, sin entrar en razones y sin hacerle caso a su malintencionada y burlona actitud, le dijo:
—Bernardo Mencino, por su imperdonable ofensa..., la inexorable maldición del poderoso tres, la tríada de la desgracia, caerá sobre usted, sobre su círculo social hasta al menos su tercer nivel, y sobre toda su infeliz descendencia. Con letal y especial énfasis sobre los desventurados que lleguen a llevar su sangre, o que por cualquiera otra razón carguen el lastre de la demoníaca marca Mencino como primero o segundo apellido, o las dos cosas. Algo menos trágico, triste, dramático o acentuado, sobre aquellos descendientes suyos y, en especial, para tres de ellos, quienes, además de llevar su sangre, por alguna casualidad o capricho del destino, corran con la suerte de descargarse de tan fatal estigma como apellido… Tan solo uno de estos tres últimos —le enfatizó el sacerdote— ... tendrá, posible, más no seguro, el mérito para lavar la mancha de tan canalla afrenta. Pero, solo hasta cuando al menos transcurran treinta veces tres años, y en uno cuya suma de sus tres primeros dígitos sea tres, o múltiplo de tres; coincidente con su dígito final, que al restarle su anterior, vuelve al inicial; y por la época para cuando a la humanidad la visite el destructivo e inexorable pulso celestial…"

No. 2

"Valentino solo le comunicó la historia a Bermina, de forma fragmentaria. Lo hizo, ante su desilusión con Bernardo: su malogrado proyecto y sucesor político escogido, quien, de haberlo sabido, Valentino también lo tenía claro y se atormentaba por ello, no hubiera dudado un instante en descubrir, en poner en evidencia, en intentar apropiársela. O en apostar y dilapidar aquella hacienda patria que, según le dijo Valentino a Bermina, y por su conducto, años después a Gilda y a Olegario Arturo:
—Mientras se mantenga prístina y sin contagios de ambición, proveerá despacio y a tiempo lo necesario y vital para la sociedad. Quizá, tal vez, algunos piensen que tal riqueza así es inocua o medianamente productiva, frente al ingente potencial industrial que dispararía el crecimiento económico, para unos pocos. Sin embargo, si se le da ese mercantil curso, desencadenará la hecatombe social incontrolable de la sangrienta miseria y maluquencia nacional, azuzada por el odio fraternal y la codicia individual armada… que bien podrían prolongarse, de manera perenne y mutante, por todo el suelo patrio, y durante al menos tres veces doce generaciones nacionales... "

No. 3

"—Sí, sobrino, así es —le dijo, tomándole sus manos con cariño fraternal, percibiendo la inexorable llegada del postrer instante de su sobrino nieto—. Para colmo de nuestros pecados, el señor presidente Uribia Morales resultó ser pariente nuestro. Como tantos connacionales más, que ni nos imaginamos, casi todos de mala prosapia. ¡Qué gran calamidad nacional! Lo de la parentela con el presidente desde hace tiempo lo sospeché, tanto por el parecido físico entre nosotros, aunque él es un poco más blanco por línea materna, como por su taimado comportamiento y soberbia en sus acciones.  Además, la maldición del padre Sarmiento no solo se hizo efectiva durante su primer lapso, el cual está en proceso de culminación, sino que se va a repetir, y no solo a nivel de pueblo, en Oroguaní, ni afectando en exclusiva a los que carguen el Mencino de una u otra manera, o en alguna escondida parte del alma. Parece que lo hará, al menos por dos periodos más, de igual duración cada uno, dándole alcance a casi todos los connacionales, con o sin la tal marca aquella encima. Con solo ser habitante de este país y respirar su contaminado ambiente de miseria, es más que suficiente para ser objeto de la acción y contagio de la mandinga tríada que cabalga indómita en la nostalgia social que a todos nos afecta, sin lenitivo alguno a la vista que la contrarreste.
—Tío… —le dijo, comenzando a sentir dificultad para pensar y hablar—, lo del parentesco con Uribia Morales… algo así descubrí vagamente, no solo por algunas inferencias que alcancé a revisar, también por ciertos esquivos detalles que encontré en los borradores de sus memorias, así como en las cortas charlas que con él tuve en Palacio, hace poco… Sin embargo, no le di mayor importancia. Mi madre jamás me refirió algo así, tampoco aparece referencia alguna en el manuscrito de mi bisabuelo Bernardo… Tal vez ese lazo de sangre con él fue el que me impidió ejecutarlo en su momento… como se lo merecía, ¡y merece!, tío.
—Lo sé, Olegario Arturo. Pero, no te recrimines por eso. El que no lo hayas hecho obedeció a varios factores. El primero, a la acción de las custodias patrias, con Zoila Abigail a la cabeza, así como a los genes Mencino que te lo impidieron. Además, porque a Uribia Morales todavía le falta mucho daño por hacerle a esta atembada sociedad… como él dice: «camino a la hecatombe»."

Lea la novela completa, sin costo, en: https://www.wattpad.com/user/WilsonRogelioEnciso

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domingo, 5 de abril de 2020

Virus...$$


Virus…$$


         Este es un relato de ficción subcontinental con algunos temas que de pronto un lector acucioso, otros le dirán supersticioso, podría asociar con la contagiosa realidad que por estos tiempos del olvido, en las alas del éter, vuela de montaña en montaña, de país en país, de continente a continente… de persona a persona. Biológica nostalgia que se dispersa entre anónimos seres, sin siquiera darse cuenta cuándo ni dónde la adquieren, portan y pasan a otros, mientras algunos discuten si es prudente cerrar aeropuertos, y muchos más se obstinan en desatender, hacerle el quite, a la medianía de medidas emitidas por las comprometidas autoridades, incapaces de contener con eficacia la histeria colectiva.
Todo indica, o al menos parece, que estamos en guerra. Pero, no en una ‘convencional’, como acuñan los expertos en genocidios. Esta es global y con más alcance y perversión que las anteriores conflagraciones mundiales. Las dos, ni sumándoles los millones de litros de lágrimas y sangre inútilmente derramados durante todos los conflictos propiciados en los últimos ciento diez años, aproximadamente, tuvieron las implicaciones que nos acarreará la actual. Esta, por ahora, es sin fusiles, tanques, barcos, aviones ni misiles. Solo usa ojivas mocosas cundidas de virus capaces de llegar, involucrar y afectar a toda la frustrada raza humana. Fuego amigo disparado a corta distancia por las gargantas de familiares, conocidos, vecinos...
La confianza (literaria esperanza) que me queda es que una vez los poderosos directamente interesados en la hecatombe (en mi sentir: los gestores de esta vil confrontación por la supremacía de los mercados y los diezmados recursos naturales, casi todos contaminados) logren reacomodarse pronto en el  tablero del sórdido póquer mundial, hagan una tregua y saquen 'la mágica cura': supuesta onerosa vacuna, paliativo mejunje, acuerdo petrolero, consecuente estabilización del dólar, distribución del mapamundi y sus rentables negocios: botines de guerra. Aunque todos sabemos, o a eso nos tienen acostumbrados, que lo hacen mientras, como en toda estúpida guerra humana, alistan la ofensiva para la siguiente arremetida, cada vez con más pesada, tenebrosa y secreta artillería. Pero, que lo hagan, que den tregua, al menos por ahora. De esa manera, por un lapso, volverán a ser los héroes del planeta: los guardianes del universo. Los sobrevivientes harán como que ignoran que fueron aquellos los causantes del contagio, mientras que una buena parte de la ambidiestra prensa les servirá de celestina a cambio de las jugosas pautas destiladas de sus deletéreas industrias. La diezmada como atolondrada población que logre salir algo ilesa les alabará, agradecerá y pagará con creces, de todas formas; ¿acaso les queda alternativa?
Intuyo que después de esta brutal arremetida ningún parroquiano de alpargatas, así sean de marca, del todo sin rasguños difícil saldrá. De pronto algunos pocos emergerán y mostrarán que sus estados físicos en nada afectados quedaron; mas no así sus enjundias. Todos, en menor o mayor proporción, tras la cuarentena, enfermos del alma estarán, abordados por el virus mortal de la nostalgia social. El estado espiritual del hombre, su mente, su raciocinio, jamás volverán a ser como hasta ayer. El humano nunca verá de igual manera a sus congéneres como lo hizo hasta entonces. Menos, si este, aquel o el otro ejerza algún escaño en las viciadas esferas del poder social, cualquiera sea su connotación. Peor será si aquel llegase a militar en las huestes de la política, la economía, los medios, la patrocinada ciencia, la milicia, o en la de los pregoneros de la fe, sin distingo de su sello comercial. Se replanteará, eso sí, sobre el valor y el heroísmo del personal sanitario, de los del servicio de limpieza, de los celadores, los cajeros de supermercados y de un sinfín de salario-dependientes héroes anónimos que pusieron el pecho y en riesgo sus vidas para que nada faltara, ni fallaran abastos ni servicios vitales.
Sobre esta pérfida guerra, tan única de humanos contagiados de ambición, tengo serias suspicacias, literarias, desde luego, insisto. Esta tiene dos estadios, el antes y el ahora. El antes, y en síntesis, tiene que ver, entre otras tantas, con ciertas filtradas declaraciones de algunos altísimos funcionarios de poderosas organizaciones creadas, precisamente, para garantizar la vida digna de todas las personas, sin distingo alguno, menos de clase social, edad ni nacionalidad, unas; y para hacer sustentable la economía, la estabilidad y el desarrollo en el mundo, otras. No obstante, dizque «para que ‘el sistema’ sea sustentable y garantizar la sobrevivencia de todos», algunos de esos altos directivos, de unas y otras de esas organizaciones, emitieron voces de alerta encontrando posibles culpables… entre estos, ¡a los viejos!, quienes, precisamente por ser viejos, y cargar el lastre de al menos una catastrófica maluquera, por no generar ingresos y a cambio demandar recursos para su costoso tratamiento, imparajitable manutención y vitalicia pensión, sobre todos los de menor linaje social, «¡al no morirse rápido!», representaban un problema socio-político-económico-sanitario que «hay que solucionar ya...»   
Ahora aparece una infernal arma que tiene perversos comportamientos humanos, ‘a su imagen y semejanza’, propulsada, amén de ser un virus, por las bacterias del egoísmo y la ambición desbordada. Esta, tal parece, es más efectiva, principalmente, contra la gente mayor, es decir, en chaguaniceño romance, contra: «Aquellos de lento y trémulo andar, elemental y pertinente sabiduría al hablar, pero, con heridas en el alma imposibles de sanar», allá en mi pueblo a Eva Pico, mi partera, eso le escuché de niño. Es innegable, casi palmario, el componente estratégico-táctico-militar-económico-político de este biológico misil de limpieza social: es invisible, insonoro, indetectable, infalible, selectivo, ataca por sorpresa y en donde menos se espera; es letal, llega al blanco con milimétrica precisión triangulada e irreversibilidad en el disparo; dispersa terror masivo y sin control; pero, lo peor, se multiplica con cada víctima, y muy pocos, ni sus mismos genios lo pueden contener del todo; al menos, al parecer, mientras no tuerza su rumbo y se equivoque en el rango de edad de sus planeados blancos, y me refiero a bastones y canas colocados en la diana.
¡Qué curiosa como morbosa casualidad! Al parecer; y quizá solo sea, ¡otra vez!, mi calenturiento sentir literario, insisto; en algunos protocolos, cuando en una crisis, como en las pandemias, se llega al ‘estado de guerra’, unas pocas autoridades toman la decisión de quién va a morir y a quién darle asistencia prioritaria; o sea, salvarle la vida. Y en el actual caos biológico, tal parece que la prioridad desfavorece a los vejestorios, con mayor razón si de algo sufren, que siempre de algo padecerán… dizque porque estos, «una vez infectados, ¡no tienen cura!, y de eso o de algo más pronto morirán…»
Ojalá este solo sea un relato de ficción subcontinental más. Se evitaría, entonces, que de pronto ese infecto ratón de probeta, en un humano descuido, se les escabulla por entre la alcantarilla del recóndito laboratorio donde fue engendrado, y se les multiplique libremente. Imagínense que lo llegase a hacer en tan nauseabundo como oscuro hábitat virgiliano… con tantas almas perversas y en pena por ahí.
Me causa, además de las anteriores suspicacias, también inquietud… o tan solo sea una mera intuición de ficción literaria, insisto, que en plena pandemia haya ejercicios e intimidantes demostraciones militares en Europa y Asia, con soldados inmunes al virus, armados hasta los dientes; que China y Cuba se solidaricen a manos llenas con las ponzoñosas catástrofes que padecen Italia y España, mientras organismos rectores del orden mundial les niegan socorro a otros misérrimos pueblos porque sus gobiernos están por fuera de su línea política; el bajo nivel de contagio, y de víctimas, en Rusia y Alemania (hasta ahora); que al actual gobernante de los descendientes de Raskólnikov, con la segunda fuerza letal en alistamiento de primer grado, poco querido en occidente, ¡al parecer!, algunos ortodoxos que antes lo criticaban y censuraban, le reconozcan sin ambages por su férreo y contundente liderazgo; que producto del libre comercio, ameba que lo engulle todo, se hayan suscrito ‘curiosos’ acuerdos comerciales entre China, Rusia e Italia… un duro golpe para las finanzas internacionales occidentales, en especial para las empresas relacionadas, ayer y hoy, con los hijos, allegados, socios y paisanos de los Babbitt; que en plena crisis por el virus haya una feroz guerra paralela entre los amos del petróleo, sin que les importe un comino, ni siquiera ‘Tres guineas’, la suerte del mundo, en especial, la de las economías débiles, que los son todas las de los países tercermundistas, casi el noventa por ciento de la sociedad global, en la feroz mira del contagioso misil vía estornudos...
Pueblos, estos últimos, durante más ‘Cien años de soledad’ dizque  «en vías de desarrollo», en los cuales su gente, engarruñada por el pánico, objeto del endémico rebusque y la filosofía de actuar con ventaja, trastoca sus antiguos principios y composturas, saliendo a flote eso mal llamado ‘malicia indígena’. Es el caso, por solo referirme a dos de estos, del farmaceuta amigo, el del barrio, el bonachón de don Jeremías. Por un solo tapabocas, hecho en casa y sin garantías, ahora está cobrando lo que una gruesa ayer valía. Ni qué decir de don Ananías, el señor de la ferretería, el de los cables, las grapas y la tornillería. Sacó al andén un estante repleto de frasquitos de 500 ml, dizque con gel anti-bacterias. Curiosamente, aunque no tienen etiqueta, menos registro sanitario, los está vendiendo como pan caliente a un precio astronómico. Fui por el mío… pero hay una cola que le da la vuelta a la manzana. Todos quieren tener al menos uno, antes de que se acabe la primera producción casera; como desapareció en un santiamén de los anaqueles de las grandes superficies el papel higiénico, el alcohol, el arroz, los enlatados y… ¡todo!; hasta la loción para después de la afeitada, al tener «algo de desinfectante», justificaban dos compradores que se peleaban por ahí la última de esas latas que quedaba.
Si esta no es una guerra global peor que las dos anteriores, incluyéndoles los desgarradores e injustificados conflictos del ignominioso siglo XX y lo que va del frenético XXI, entonces, ¿qué es? Creo, en mi disparado sentir literario, insisto, que si el virus no logra reposicionar rápido a las potencias como lo quieren y demandan sus enconchadas cabecillas, llenándoles aún más sus gigantescas como hediondas alforjas, al tiro de reventar, pronto rugirán de nuevo los fusiles y los hambrientos misiles surcarán los cielos, apesadumbrando el día e iluminando con sus mortecinas detonaciones las tristes noches que le quedarían a esta, una especie que lo tuvo todo, desgraciadamente contagiada, sin lenitivo ni cura alguna, con el peor de los virus… $$. Este, clonado con la más mortífera de las bacterias: la sinrazón, subproducto nocivo de la inteligencia humana; la misma que instigó el amotinamiento en cárceles colombianas, en esta, ‘La mala hora’, no solo de algunos reclusos ante el pánico del apeñuscado contagio, sino la de los nerviosos guardianes que les dispararon para controlar el caos…
Solo ruego para que este no pase de ser lo que es: ¡un relato de ficción subcontinental! De no serlo, dejo esta constancia literaria para las futuras generaciones, ¡de haberlas!
Bogotá, D.C., 24-03-2020

martes, 3 de marzo de 2020

El Repentista Errante



"...alguien me dijo que el tinto de aquí es como ese amor de imposible olvido, más aún cuando es prohibido."
Huyéndole al caos citadino me fui de pueblo en pueblo en busca de inspiración bucólica. Abordé una flota al azar. Esta iba hacia un municipio algo cercano. Antes de llegar al caserío, final de mi destino, me apeé e interné por un romántico y solitario camino. Poco después me encontré con un curioso lugareño. Lo saludé, él me respondió. Entonces, este diálogo tuvimos:
—Señor, casi palmaria, y por doquier, se aspira el aroma del café —le dije—. Transita en etéreos espirales de brisa quejumbrosa emanada de las verdes laderas circundantes, siempre en busca de las torres de esa iglesia, ¡visibles desde muy lejos!
—Mágico efluvio que se presenta a toda hora —me respondió, haciendo gala de magistral prosa— en este recóndito villorrio adherido a los recuerdos imborrables de los, en suerte grata, por aquí nacidos, o en las reminiscencias de quienes, como usted, en algún momento de sus vidas lo han conocido, y sus calles y veredas, extasiados, han recorrido.
Quedé fascinado por su expresión. Entonces, me senté en una piedra a la orilla del paraje. Estaba dispuesto a escuchar al recio y curtido campesino, de apariencia traslúcida. Despedía una ineluctable esencia, casi visible. Era la del romero al acariciar sus hojas.
—Cuando no es el de su nacarada flor, lo es la fragancia de la dulce baya en estado escarlata al ser cogida de la mata, o el de la cereza pergamino al secarse al sol en las terrazas —prosiguió el jornalero apoyándose en el tronco de una higuera—. Mejor, aún, lo es el que hierve al calor de la brasa y se sirve en ancestrales tazas esmaltadas, con humeantes y crocantes arepas de maíz acompañadas, asadas sobre una ennegrecida tapa de una olla vieja, colocada sobre las tres piedras traídas de la quebrada, y que hacen de fogón; de esos que se arman en los patios traseros de las casas; alimentados con la leña seca caída de los árboles en los cercanos montes, infectados de impactantes mitos y leyendas pueblerinas... ¡como la del Ánima Sola, o el reciente mito del Repentista Errante!
—El café de este escondido paraíso, me han dicho —le rematé, sin siquiera inmutarme por lo de las leyendas que acababa de mencionar con simulado énfasis, de las cuales jamás había escuchado—, es una mimosa y exquisita bebida para dioses en retozo…
—Así es, señor —me respondió, encaramado ahora en la rama más alta de un guamo—, y así acaece, se haya recolectado su pepa, con refrescante guarapo para saciar la sed de la dura jornada, en cualquiera de los cafetales que por aquí hay en este pedacito de cielo perdido en el olvido.
—Escuché en la ciudad que amoroso, como los besos, es el café de este pueblo.
—¡Ay!, señor, me consta —agregó, ahora apostado en lo alto de una laja, orillera del camino—. En cada sorbo se liba la esencia y pureza de una tierra de arraigo pueblerino, al ser esta la cuna de gente jovial y noble, la mayoría, que riega y abona a diario los sembradíos con sus sueños, fiestas, poesía, trabajo, canciones, añoranzas y alborotadas alegrías, aunque a veces coartadas por la social melancolía...
—Insisto, alguien me dijo que el tinto de aquí es como ese amor de imposible olvido, más aún cuando es prohibido —agregué.
—Debe ser, señor viajero —me respondió entre una verde mata de monte en un recodo de la vereda—, porque es engendrado en cafetales de escondidas pasiones y furtivos idilios, ¡tan vividos!, por la indómita prole de cupido… aguerridos y laboriosos campesinos cuya máxima esperanza está fincada en un mejor mañana para sus hijos. Todos, por aquí, solo aspiran que al llegar al portal de la vejez, no les falte una grata compañía para tomar juntitos, oteando el sol de los venados, que entre anaranjados arreboles aparece y se despide sobre Loma Gorda —apareció a mi lado y me indicó e invitó a mirar hacia la colina occidental del pueblo—, una humosa taza de café, o de agüepanela con limón y sabor a estrellas fugaces y recuerdos idos. Eso sí, bajo el arrullo de una más que merecida paz, la cual, ojalá, tan solo fuese rota por la risa de los niños, o el canto de los turpiales en los platanales, donde algunos tienen sus nidos.   
—Ignoto, montaraz pueblo este de gente como ninguna, de diáfana luz, de fértil campo, de historia patria, de nostalgia, alegría y pujanza... lo percibo —le dije.
—Acuarela social que paisanos y extranjeros han de llevar indeleble en las alforjas de la mente —sentenció, paseándose entre una mata de uchuva silvestre—. Irresistible es dejar de plasmarla en pinceladas, esculturas, versos y frases errabundas, cuando por aquí se pernocta, o al recuerdo, estando lejos, sin pensarlo, sus cautivantes paisajes brotan… que siempre lo hacen.
—Pienso describir este lugar, con su nombre y coordenadas, en alguna de mis narraciones, para difundirlo y que el mundo lo conozca…
—Si así lo hace, señor —me interrumpió el fantástico labriego, ahora parado, sin haberme cuenta dado, muy cerca de donde yo seguía sentado—, así sea mediante la transfiguración literaria, este guardado secreto pueblerino, privilegiado edén de fantasía impoluta, pronto sería atractivo y presa del abrasivo consumo. Entonces, muchos pretenderían llegar a la cuna del arco iris, inmersa entre en estos montes y quebradas de encanto y poesía, do ulula, al cantar el gallo, además del antojoso olor del cerrero tinto mañanero, libado al compás de una tonada arrabalera, el de las naranjas al ser abiertas… insoslayable antojo cítrico que hace agua la boca, e inspira piropos para la coqueta guisandera, de floreado delantal y negras trenzas… ¡siempre ataviada!
—Entonces, mejor será —concluí—, callar su nombre de cultura panche y tesoros escondidos… así como refundir su ubicación, atada en mis sentidos.
—Se lo agradezco, señor, que así lo haga —me dijo, alejándose sin caminar por la polvorienta vereda—. Al menos, hasta cuando los amaneceres en esta fértil tierra solo traigan acordes de esperanza en los cantos bulliciosos de los jilgueros, y se silencien por completo los ecos de la tristeza que aún persisten agazapados entre algunos guásimos, guamos y samanes, inermes testigos de un dolor ajeno; el que muchos tuvieron que padecer, sin sus mezquinas causas ni siquiera comprender.
Dichas estas palabras, el recio y traslúcido jornalero se desvaneció en el aire.
De él esa vez solo quedó una estela de su perfume… el del romero, mezclado con el del café de aquella mágica tierra; ese que sabe a besos cuando se le prueba junto a una bella cocinera, «con delantal y trenzas, ¡siempre ataviada!», como lo dijo el Repentista Errante, ese día cuando aquel pueblerino espanto, en un apacible camino, se me apareció, inspirándome este narrado y transfigurado canto.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Conversaciones con mi nieto

Conversaciones con mi nieto

"...ni antes del amanecer, tampoco después del atardecer, es posible ver el sol por la ventana..."

Como a todos casi nos pasa al volvernos abuelos, ¡o eso creo!, o escuché por ahí, al llegarme el sorpresivo turno… ¡humanos sentimientos encontrados me rasguñaron por dentro el pecho! No obstante, desde cuando lo tuve entre mis brazos, esa primera y mágica vez,  y me miró, como si fuésemos viejos conocidos, hospedándose en lo más recóndito de mi existir, lo escuché. Me habló con ese rayito de luz escapado de sus incólumes pupilas:
—Abuelo, soy el complemento de tu vida, así como la prolongación de tu existencia.
—Sí, así lo siento, jovencito —con callado grito le respondieron mis ojos a punto de humedecerse; lo que impedí con gran esfuerzo, disimulado. Necesitaba evitar que los demás captaran lo que le pasaba al inexpresivo y cascarrabias que toda mi familia conocía—. Llegaste justo a tiempo para entregarte el pesado morral de mis sueños, algunos a propósito guardados, muchos frustrados, ¡pocos cumplidos!
—Lo sé, abuelo, entre muchas otras cosas… ¡a eso vine! —sus ojos volvieron a gritarme —. Tus sueños y los míos conocerán la luz en su debido momento, cuando el viento del norte venga tibio y sin borrasca —me asestó la voz de su mirada limpia, en el preciso instante cuando alguien me pidió que se lo dejara alzar. También quería arrullar en sus brazos al recién nacido.
Así y ahí terminó la primera conversación visual que tuve con mi nieto.
El tiempo siguió su marcha. Mi nieto fue creciendo. Yo seguí deshojando el calendario y garrapateando a toda prisa mis volátiles sentires en las páginas de las infieles nubes. Sin embargo, desde aquella vez, sin casi palabras, o con una que otra que es menester decirnos para evitar suspicacias familiares, con miradas nos seguimos entendiendo. En mis ojos él encuentra todas las respuestas y orientaciones que necesita, así como las que más tarde, estoy seguro, va a requerir, tal vez para cuando ya no esté a su lado. Con miradas le digo lo que pienso o preciso; si estoy feliz o triste; si estoy de acuerdo o no con algo. Él todo lo entiende, o deduce. En la viveza angelical que deja asomar a los dos luceros empotrados en su infantil rostro, manantial de néctar en camino árido al trasegar el tercer tercio de mi destino bajo el efluvio del sol de los venados, leo e interpreto sus preguntas, dudas, inquietudes… presentes y venideras.
A través del destello de su incólume pupila llego a su alma limpia. Ahí dormita apacible su prometedor y bonito futuro. Este, desde luego, con altibajos y dificultades para llegar a ser una buena persona: el máximo y más caro trofeo diseñado a medida para el ser humano, acorde con la arquitectura universal. Intrínseco proceder, sin embargo, hoy día casi olvidado o confundido con torpeza. ¡Torpe!, calificativo que suelen darle a quien se atreva, o al menos lo intente, a ser buena persona.
Cuando estamos juntos, allá en su prístina esencia, vía su transparente mirada, encuentro la lumbre que guía ahora mis cansados días. Al ausentarnos, me basta con recordarlo para que me ilumine y suavice el camino, me humedezca y endulce los labios, resecos de libar en la copa del desagravio la esquiva ingratitud de algunos, o la nostalgia social que a todos, casi por igual, nos enferma el alma, dentro de este abismo de afanes egocéntricos y virulentos por doquiera esparcidos. Que son más letales cuando la causa no es otra que la sulfúrica codicia, la peor y más triste de las facultades de la mente humana, hasta ahora conocida.
—Abuelo —me dijo con su luz un poco antes de cumplir los seis años—, pensar que algún día no estés, como hasta ahora, me produce miedo. Anoche eso soñé y desperté llorando. Y no fui capaz de decirle a mamá lo que me pasaba… para evitarle más preocupaciones de las que ya tiene.
—Mira, jovencito, nuestra existencia, por fortuna, es efímera, muy pasajera —le respondí con la voz de mi ronca conciencia puesta en las pupilas de mis ojos de invierno—. Somos transeúntes en esta pequeña y frágil nave del universo a la que llamamos tierra. Entonces, lo que importa es que en el ratico que aquí estemos, dentro de la infinidad de asuntos que nos corresponde, casi todos inventados e innecesarios, hagamos bien dos cosas, y en particular evitemos una…
—Abuelo, si te entendí: ¿hacer bien dos cosas y evitar una… cuáles?
—Las dos primeras: ser feliz y propugnar para que los demás, también, alcancen tal dicha, jovencito —le respondí—. Facultad cada día más refundida por el propio ser humano, empecinado en cobijarse el alma con abrigos zurcidos con los cardos del sufrimiento colectivo.
—Ser feliz y buscar que los demás también… parece tarea fácil lograrlo, abuelo —lo escuché, no solo en su mirada, sino en su todavía impoluto pensamiento.
Desde hacía algún tiempo, además de hablarnos visualmente, nos comunicábamos a distancia. Telepática facultad que pocas veces la usábamos. Lo hacíamos cuando alguno de los dos requería algo del otro con carácter urgente. Como cuando a él lo regañaban sus padres de manera injusta, exigiéndole e imponiéndole su atorrante autoridad para que dejara de ser lo que era: ¡un niño! Entonces, desde su hogar, me pedía que le indicara qué actitud tomar, qué hacer.
—Siempre, en estos y en muchos más casos que se te presentarán a lo largo de la vida, la estrategia a seguir es la tranquilidad —le dije un día cuando sus padres le exigieron que ya tenía que saber leer y escribir, ¡y en dos idiomas!, «como los otros niños del jardín… si es que quieres pasar al siguiente nivel, y en un mañana ser alguien en la vida», le enrostraban—. Sofócales sus acalorados como agobiados corazones con un baldado de tu ternura, con un racimo de tus cándidas sonrisas, con un soplo suave de tus palabras y fraterno ánimo. Así evitarás con ellos, y con cualquiera, la inútil como abrasiva confrontación de las afiladas palabras y los hirientes hechos. Esta, no solo avivará la llama del dolor mutuo, sino que pellizcará la dermis de la solución, colocándola a mayor distancia de las partes en cuestión. Debes comprender que casi todos los padres, y los adultos, suelen repetir los errores recibidos en sus crianzas, cuando no es que encuentran en sus hijos, amigos, vecinos, paisanos y gobernados, el soslayado objeto de sus mordidos desquites, heredados traumas e incurables perversidades.
Por lo general, mi sugerencia le funcionaba, al menos con sus agobiados y siempre auto-atareados padres. Espero que cuando crezca y sea más grande, si la pone en práctica, le funcione con el mundo. Por mi falta de resolución, aparente mal carácter y debilidad… o tal vez extremada sensibilidad, ¡lo reconozco!, tal estrategia poco éxito me produjo. La verdad: nunca lo intenté con juicio. La huraña humanidad me traía en revesa afectiva desde mi difícil infancia, castigada por la heredada desigualdad social que  por toda parte resplandecía, y por ese ventajismo de unos pocos, los de siempre: la artera minoría, que todo lo tenían, pero que con nadie, solo entre ellos, nada compartían.
También acudo a ese etéreo medio de interacción mental con él cuando lo echo de menos y me hace falta. Entonces, lo busco en mi recuerdo, al cual siempre acude. Llega con una flor en la mano; de las que recoge en cualquier jardín o prado para alegrarle el día a quien lo necesite, o para sanarle las dolamas a la abuela (infalible medicina para ella, mi esposa). Siempre lo hace con esa magnética sonrisa que tiene la mágica facultad de calmarme, así como de llenar mis alforjas de alegría y espantar los fantasmas de esta enchipada melancolía; oculta tras la mampara de mi «cara de puño», como me dicen algunos de mis hijos y otros allegados.
—Sí, ser feliz y hacer felices a los demás parecen tareas fáciles… en teoría —le comenté—. Hacerlo con éxito es otra historia; tema por demás complejo; cual ejercicio de asíntotas, en donde la recta del pensar, es decir, la inteligencia, se prolonga de manera indefinida hacia la curvatura del comportamiento humano, sin jamás coincidir.
—Entiendo, abuelo, que el hombre, lo que piensa y pregona, el deber ser, no es precisamente lo que termina haciendo. La acción del cuerpo desobedece el prístino mensaje del intelecto.
—Una vez más lo compruebo, nieto amado, además de alma limpia tienes una mente lúcida, las dos asociadas y nutridas por los latidos de un corazón sensible y efervescente…
—Volviendo al tema, abuelo —me insistió—, ¿y qué cosa es la que hay evitar? Me hablaste de las que hay que hacer, falta la que no.
—Muchacho: ¡jamás causarle daño al mundo!, ni a nada de lo que en él existe: personas, animales o cosas —se lo dije sin rodeos—. Esto se logra, en gran medida, cuando hacemos las dos primeras; lo que implica vivir en armonía, a un paso de la plena alegría… aunque con pocas cosas materiales en las alforjas. Estas suelen hacerle al hombre, además de pesado, espinoso, doloroso y complicado el viaje por el disparejo camino de la vida. El cual, al recorrerlo ligero de mundanos chécheres, suele ser menos azaroso, además de permitirnos algo de mayor libertad y disfrute de la existencia. Otra cosa es hacerlo con argentas cargas de oropel teñidas; las mismas que nos impiden ver de qué color pasa a nuestro lado la felicidad vestida.
—En estos seis años de vida, por lo que he visto y me has contado, esta sí que es una tarea difícil —me compartió en su mente, y algo de ello en su mirada, colocando en su semblanza un halo de nostalgia—. Casi todos pugnan, precisamente, por llenarse los bolsillos, sin siquiera fijarse a quién… o a qué le causan molestias, daños y hasta pérdidas irreparables. Tal y como lo intuyo, a muy pocos les importa eso de hacer felices a los demás; y ni siquiera a sí mismos. Tampoco lo encuentro en sus largas listas de afanosas como contradictorias prioridades; todas estas contrarias a lo que tú llamas: «la inmensidad gratuita de las pequeñas alegrías de la vida», abuelo.
—Volviendo al divertido juego de las matemáticas, disciplina por la que tienes inclinación y gran talento, jovencito —le dije para recobrarle el ánimo y anegarle de sosiego su impoluto ser—, si bien es cierto que para los hombres la tendencia de su comportamiento es precisamente esa: causarle daño a su entorno, por ende así mismo, tal aberración del intelecto humano es finalmente decreciente…
—Entiendo el mensaje, ¡abuelo! —me interrumpió—. En la inteligencia humana no todo es luz, ahí coexisten sombras, y algunas son tenebrosas y abismales. Más, todavía, cuando el individuo que la ostenta se despide de la juventud, se vuelve infantilmente adulto y avizora a corta distancia la temida vejez; peor, cuando esta se anuncia larga y quebradiza. Pero…
Casi nunca lo hacía: interrumpirme. Esta vez lo hizo ante las largas y el rodeo que le estaba dando a su inquietud inicial respecto al sueño que tuvo, en el cual, al parecer, me moría. En ese momento ni él ni yo sabíamos cuándo acaecería. Pero lo sabíamos. Algo de la inexorable llegada de aquella atufada amiga mi espíritu presentía; y él lo encontró entre mis calladas angustias mientras dormía.
—Sí, sé qué quieres que retomemos lo de tu sueño…
—Así es, abuelo, sobre eso… eso que me hizo llorar al despertar y que no se me quita de la cabeza.     
—Así como cuando llegaste a mi vera, jovencito —le dije—, irás encontrando a otras personas que serán tu complemento y prolongarán tu vida, como me lo dijiste la primera vez que me hablaste con los ojos; y en lo que, en efecto, te me convertiste desde entonces.
—Será diferente —enfatizó en su etéreo mensaje—. Entre esa aparente frialdad de tu mirada, detrás de esa hosquedad de tus palabras y desafiante postura física, abuelo, se esconde una persona sencilla, sincera, muy capaz y buena, que ilumina y guía mi camino, y el de muchas más personas, incluidas las que integran nuestras entroncadas familias. Todos nosotros, así ellos no te lo digan, de una u otra manera te admiramos y respetamos por lo que has hecho, aunque a ti te parezca muy poco, insuficiente o incompleto…
Mi nieto enmudeció su mirada y estranguló por un momento el pensamiento. Sentí que tomaba aliento para continuar con su disertación. Evité interrumpirlo. Me tenía, más que sorprendido: conmovido, impresionado y admirado.
—Abuelo —reanudó con la voz de sus pupilas negras, brillantes, incendiadas—, una mirada traslúcida, sin sombras, y serena como la tuya, que genera seguridad y confianza, abuelo, será difícil encontrar en otros ojos, como lo he intentado con muchas más personas. En casi todas ellas percibo que están más interesadas en hacerle daño a sus congéneres, y en ser infelices, así como en causarles desdichas a las demás y destrucción irreparable al mundo que habitamos. Pareciera que esa fuese la trágica constante de los humanos…
Me tenía abrumado con su percepción clara y concreta, tanto sobre mí como la del pequeño mundo al que hasta ese momento tuvo acceso. Hubo momentos en los cuales me sentí desnudo, y apenado, ante su aguda visión y concisa interpretación del ser humano, ¡y mía!, en particular. Si bien era cierto que en las visuales y mentales conversaciones con mi nieto le solía mostrar el mundo, tal y como es, con énfasis en el soterrado comportamiento del hombre, su intuición y agudeza analítica iban mucho más allá de lo por mí expuesto, y entendido. A su edad, tales competencias y alcances jamás tuve… ni siquiera ahora, arriba de cinco calendas más que él. Entonces, deduje al recordar algunas características de estas nuevas generaciones, nacidas en la segunda década del siglo XXI, que su genética y capacidades físicas y mentales tenían que corresponder y alinearse con la época y la avasallante tecnología que todo lo invadía.
Pensar así en algo me consoló, tal vez. Ojalá el futuro de estos jovencitos, en un mundo con tanto desarrollo científico, en todas las ciencias y campos del conocimiento, sea el que la raza humana se merece, y necesita. Ojalá.
—Abuelo —me interrumpió al escuchar mis calladas reflexiones—, entonces… lo del sueño que tuve…
—De algo estés seguro, nieto amado: cuando mi cuerpo se marchite y se integre con las demás sustancias de este mundo, mi componente etéreo, ese al que llaman espíritu, que no es otra cosa que energía, la esencia de la vida, seguirá iluminando y guiando tu camino. Recuerda el compromiso que tienes desde aquel día…
—Sí, abuelo, el de encargarme del morral de tus sueños… y de esos secretos que me confiaste y que atesoras, de tiempo atrás, en el disco duro de tu portátil: «Los secretos del abuelo», como los llamaste el día que me lo dijiste y enseñaste. Tus sueños y secretos, y los míos, ahora conforman un solo atado, abuelo.
—El que logres ser buena persona, en primer lugar, hacer lo que te diga tu voluntad, así como posibles algunos de esos sueños y secretos del costalado guardado de mis ilusiones, me hará vivir tranquilo y realizado en tu existencia, así como en la voluble memoria de la humanidad. De esa forma, muchacho, por más que mi componente corpóreo ya no esté a tu lado, de la manera como hoy me percibes, mi esencia, fraguada con la tuya, te hará recordarme y caminar por senda firme y segura, te lo prometo: ¡ahí siempre estaré!, y sabes que nunca prometo nada que no pueda llegar a cumplir.
—Abuelo —me dijo con mirada dubitativa—, ¿tú crees que tengo facultades y habilidades para poderte cumplir estos encargos?
—Estos, los tuyos y muchos más —le dije—. Tienes con qué, jovencito. Cuentas con lo fundamental para lograrlo. Solo hace falta que lo quieras hacer. Es cuestión de voluntad, disciplina, estrategia y, sobre todo, de mucha paciencia. Este último, el más difícil ingrediente para alcanzar propósitos; lo cual no significa que los otros tres estén exentos de atractiva y cautivante dificultad; la que en los seres corrientes termina por imponerse con alcahueta facilidad y pregonada justificación… ¡y tú lejos estás de ser corriente!
—Abuelo, me has dicho muchas veces que todo en la vida se logra cuando se hace con voluntad, estrategia, disciplina y, sobre todo, con paciencia. Pero, casi nunca me has definido esas cuatro palabras…
—Porque no se trata de simples conceptos, de simples palabras…
—Y, ¿entonces?
—Son herramientas de uso y brega diaria que se van asumiendo y fortaleciendo cada día, con cada acción, con cada caída, con cada levantada, con cada triunfo, con cada derrota.
—Sí, pero… me gustaría que me las explicaras de la manera que sabes hacerlo. Así las interiorizaré por siempre.
—Digamos que la voluntad es esa fuerza interna que nos impulsa a hacer algo, sin esperar que nos lo digan, sino porque nos nace y estamos convencidos de quererlo y lograrlo. Además, porque existe un motivo propulsor: una brisa invisible que le da sustento a las alas del gorrión al emprender el vuelo, a pesar del vacío y la atrapante fuerza de gravedad, que no solo atrae masa, también lo hace con las ganas de superación de unos tantos, las de los negligentes.
—Entendido… sin esa fuerza invisible el pájaro jamás dejaría la peligrosa comodidad abrigada del nido. Por lo que se le atrofiarían las alas y perdería la facultad de volar, y hasta la de intentarlo alguna vez.
—Entonces, jovencito, dejaría de ser pájaro, por lo que, atrofiada tal potestad, tendría que echarle mano a otras para sobrevivir, a las más fáciles, que siempre son inconvenientes, por ende perjudiciales; eso sí: ¡muy atractivas y de vistosa apariencia, como el acíbar!
—Abuelo… y un pájaro con tal atrofia quizá querrá y hará cosas para que otros lo imiten y también dejen de volar.
—Lo más seguro, ya que una vez atrofiadas sus alas, querrá que los otros tampoco las usen, al sentirse en propiciada y acomodadiza desventaja.
—Me queda muy claro lo que significa la voluntad, abuelo.
—Las otras tres facultades humanas para lograr las cosas en la vida, jovencito, son madrinas de la primera. En especial, si una buena persona se quiere ser. Si falla cualquiera de ellas, al viajero le cogerá la oscura noche por el serpenteante camino, en donde cualquier cosa puede pasarle… y justificará de cualquier manera.
—Como le escuché al otro abuelo: «La luz es aliada de la virtud y el triunfo, la maldad casi siempre se agazapa en la oscuridad y el fracaso» —me comentó mi nieto.
—Gran sabiduría hay en ese dicho, jovencito —le respondí—. El turno ahora le corresponde a la estrategia, si te parece que continuemos con la secuencia…
—Sí, abuelo, por favor.
—La estrategia debe ser siempre el producto de la meditación y la reflexión —le dejé expósito en mi pensamiento y le proyecté en mis pupilas—. La improvisación, cuando no es que conlleva al desastre, es más cosa de esquiva como traicionera suerte, que de una constante digna de convertir en regla. Sin planeamiento muy pocas veces resulta lo que es menester. Por el contrario, cuando indagas y sabes cuál es el mejor lugar para poner las bases y las columnas adecuadas, el edificio que sobre ellas erijas soportará mejor el adusto y pesado paso del tiempo y sus inclemencias.
—Cuando me explicaste el juego del ajedrez, abuelo, recuerdo que me dijiste que al mover una ficha uno debía tener pensadas, no solo las próximas cinco, sino calcular, y en lo posible incidir, cuáles podrían ser las cinco del otro jugador.
—Sí, esa es una buena interpretación de estrategia —le confirmé.
—En ese momento, abuelo, me pareció muy complejo pensar con antelación cinco jugadas y, más complicado aún, hacer que el contrario mueva las fichas que uno piense, o necesite que juegue…
—O que esté compelido, o inducido a mover, producto de tu elucubrada y decantada estrategia de juego —apuntalé.
—Sí, abuelo, parece complejo… pero, lo voy asimilando.
—Jovencito, si sabes dónde poner las bases y las columnas… si logras mover tus fichas para asegurar la partida, el edificio que construyas para tu futuro te garantizará estabilidad en el juego de la vida, protegerás lo tuyo y tendrás dónde guarecer tus sueños.
Mi nieto estaba pensativo. Por su impoluta y ágil mente desfilaban montones de ideas, conceptos, proyectos, algunas dudas y otras propias construcciones que, muy seguramente, es muy probable que convierta en realidad a lo largo de su vida.
—Si la estrategia es ir armando de manera cavilada el crucigrama de la vida de cada quien —me expuso con su infantil mirada—, sin las alas, es decir, sin voluntad, más difícil esto sería… asimilo.
—Algunos le dejan a la improvisación, o a otros, tan personal construcción, precisamente por ausencia, cuando no de planeamiento, de voluntad. Peor, todavía, cuando una y otra faltan; lo cual, por darle un nombre a tan nociva amalgama, ¡cada vez más inoculada!, no es otra cosa que la paralizante negligencia.
—Abuelo, estos dos conceptos los tengo claros e interiorizados —me respondieron sus ojos—. Entonces, la disciplina y la paciencia…
—Jovencito, si el ser humano, al ir creciendo, logra estructurar un plan de vida y tiene voluntad para ejecutarlo —le dije con una sonrisa—, todavía le harán falta dos ingredientes fundamentales para alcanzar los resultados esperados. Los que acabas de mencionar: Disciplina y paciencia.
—Abuelo, ¿y estas otras dos son necesarias?
—Indispensables, jovencito, para evitar desviarse, o ser desviado, del camino correcto que lleva a la meta establecida, la primera. Así como saber sortear con serenidad cualquier ennegrecida o furiosa noche, sobre todo, cuando esta te atrape en terreno incierto, y sin lumbre, la segunda.
—Asemejo que con lo de evitar desviarse del camino haces alusión a la disciplina —sustanció en su alma—, mientras que: paciencia es lo que se requiere para sortear las dificultades e incertidumbres de la vida.
—Así es, muchacho. Saber seguir reglas, ¡las adecuadas!, y asumir con calma y tranquilidad las esperas que tendrás que hacer, por más prisa con la cual aparezca el viento, te lo aseguro: te va a garantizar menos tropiezos y dolorosas caídas, así como mayores gratificaciones en el momento que ha de ser.
—Quizá, abuelo, estas cuatro herramientas para la brega diaria también me sirvan para cuando ya no estés —inesperadamente volvió sobre lo del sueño y mi muerte.
Yo creía que con la anterior conversación al respecto estaba zanjado el tema. Al parecer no. Su alma se soltó a llorar. En esa oportunidad quedé apabullado. No tuve otra opción que callar la voz de mis ojos y el eco de mi conciencia. Él lo entendió. En lo sucesivo evitó volver a mencionar aquel sueño de presagio humano, y que a los dos nos estremecía.
Un año más tarde, días antes de su cumpleaños número siete, me atreví a retomar el tema. Quería que su mirada volviera a sonreír y a emitir esos fulgores de tranquilidad y esperanza, desde ese día algo menguados.
—Para entonces, muchachito —por fin le pude argumentar—, cuando mi masa corporal ya no esté a tu lado, tu energía y la mía serán una sola, como ya te lo dije. Conjunción que desde aquella tarde, cuando te tuve por primera vez entre mis brazos, comenzó a darse, al principio muy despacio. Luego, algo más rápido. Y, ahora, al ir cayendo el sol para el abuelo, se anuncia un nuevo y prometedor amanecer para el nieto… siendo esta nuestra mancomunada y pactada voluntad desde aquel día.
—Gracias, abuelo, lo sé —me interrumpió, afable, sereno, seguro y risueño—. Es inútil e injusto buscar apresurar el ocaso de los viejos con el pretexto de hacer que la aurora de los jóvenes se anuncie más temprano. Tú me lo enseñaste: ni antes del amanecer, tampoco después del atardecer, es posible ver el sol por la ventana. Hay que esperar, hay que tener paciencia, y mucha disciplina, ¡esa es la estrategia!, pues su magnífica y vital presencia solo es visible durante eso que llamamos día. Para entonces, y solo para entonces, será prudente y pertinente echarme al hombro el morral de tus ilusiones, junto con las mías; como te lo prometí: «soy el complemento de tu vida, así como la prolongación de tu existencia», te lo dije ese día, y te lo reitero ahora, y ¡por siempre!
En ese instante comprendí que mi amado nieto había alcanzado el pleno uso de la razón. Él lo leyó en mi pensamiento, entonces, corrió hacía mí y me abrazó con inmarcesible ternura. ¡Nunca antes fui tan feliz!