miércoles, 11 de septiembre de 2019

Lágrimas sobre París


Lágrimas sobre París



Varias semanas llevaba sin ver a Gertrudis Magola, unos siete años menor que yo. A ella le incomoda este segundo nombre, como a mí también el Rosana. Somos compañeras de danzas en el salón cultural del barrio desde hace unos tres años cuando ingresó al grupo, nos conocimos e hicimos amigas. Al divisarla a lo lejos, allá, en el centro comercial cercano al cual solemos ir a tomar tinto, y a poner al día la agenda después de cada rumba, otro de nuestros mata tiempos preferidos, recordé que la última vez que nos vimos me dijo que su hijo le pagó un viaje a Europa. Al reconocerme, su rostro desbordó de contento. De inmediato emprendió veloz carrera hacia mí.
—Hola, Amelia ¡Rosana! —me dijo acentuando a propósito el bendito Rosana—, ¡qué alegría verla, amiga querida!
—El gusto es mutuo, Gertrudis ¡Magola! —le devolví el cumplido.
—Usted sabe que odio el ¡Magola! —me reclamó sin perder la satisfacción que le causó el encuentro.
Sabía que estaba que se reventaba por contarme sobre su viaje.
—Como a mí molestarme el ¡Rosana!, y usted también lo sabe —le respondí, correspondiéndole el abrazo y el beso que me estampó en la mejilla.
—Bueno, bueno… mejor te invito a tomar un café, allí, en el Juan Valdez…
—No que ahí son muy caros…
—Pero no tanto como el que me tocó pagar en la terraza de la torre Eiffiel… ¡El café más caro que me he tomado en toda mi vida!: ¡15 euros! —me dijo con un guardado sollozo que no pudo contener, o que no quiso detener por más tiempo en su corazón. Necesitaba desahogarse de algo, presentí.
Mientras nos dirigíamos hacia esa tienda noté que sus ojos se aguaban. Intenté eludir el tema para evitar el seguro baño de lágrimas que vendría, como cuando me contó en versión resumida su vida, recién conocidas. En esa oportunidad, sin poderlo evitar, me dijo, entre gimoteos, que se tuvo que casar al quedar embarazada, muy joven, antes de los dieciocho, con un hombre cercano a la familia. Aquel era mucho mayor, quien en el poco tiempo que vivió con ella le dio muy mala vida. Además, resultó que tenía otra mujer, con más hijos, y desde mucho antes de seducirla y preñarla.
Cuando ella lo descubrió, el hombre se fue y jamás volvió. Ni ella lo buscó. Los padres de Gertrudis, pese a todo, jamás la abandonaron. Siempre la apoyaron, a ella y a su hijo. Sin embargo, desde entonces, y hasta ahora, en especial su papá, nunca dejó de sobreprotegerla, ni de enrostrarle su equivocación al haberse dejado engatusar por aquel.
—Ni siquiera ahora que soy una cincuentona mi viejo me deja tranquila, ¡ni libre! —me confesó esa vez—. Me vigila, sigue tratando y cuidando el rabo como si fuera una niña… ¡su niña! Me ahuyenta de cualquier manera a cuanto pretendiente se me acerca, con buenas o malas intenciones, mija. Jamás puede volver a tener un novio, mucho menos un mozo. ¿Se imagina, amiga?
—Debe ser que su papá en algo se siente culpable por lo que le pasó, ¿no cree?
—No solo se debe sentir culpable: ¡Es culpable! Aquel era su mejor amigo… en el que confiaba a ojo cerrado. Por eso, luego lo ubicó y le hizo darme una pensión, con la cual vivo y me doy mis lujos, con casi todos los juguetes que una pueda necesitar.
—Me imagino que su carro último modelo, en el que se pavonea, también salió de la tal pensión…
—Tiene razón, como también la tiene mi padre, en cuanto a cuidarme, ahora que mencionó lo del carro.
—Ah, sí… ¿y eso por qué?
—Hace poco conocí a un tipo… hasta buena pinta tenía. ¡Muy chusco! Algo mayor que yo. Mi padre nunca supo de él.
—Entonces, ¿qué pasó?
—A menos de ocho días de estarnos viendo, más precisamente en la segunda cita que tuvimos, el hombre me fue pidiendo el carro prestado dizque para ir a hacer una vuelta en otra ciudad.
—Carito que le hubiese salido, Gertrudis.
—Con él pensaba romper el ayuno de besos y caricias… y todo lo demás. Los cuales, desde cuando mi lujo de marido se fue, no volví a tener, ni a sentir.
—Desde entonces, Gertrudis… ¿nada de nada con nadie?
—Así es, Amelia: ¡Nada de nada! Ni un beso he vuelto a recibir. Ya no sé a qué saben los labios de un hombre, como tampoco lo que es sentir el femenino placer de ser excitada…
Mientras nos acomodamos en la mesa, con los dos humosos cafés en nuestras manos, recordé que esa vez me lo dijo con profundo sentimiento. Quizá con la misma desazón con la cual ahora tomaba ese primer sorbo. Pero en esta oportunidad lo hizo para intentar diluir el borbotón de pasiones que le comenzaban a atarugar la garganta, noté, sin siquiera poderme imaginar el motivo.
—Amelia, pensé que lo tenía superado… —me dijo.
Yo preferí callar. Intuí que mi mejor y más oportuno aporte, además de manifestación de solidaridad de género, era quedarme callada y escucharla. Así, tal vez, ella podría evacuar esa represada pena que la erosionaba lenta y dolorosamente, tapada con esa jovialidad, parloteo y estridente risa que la caracterizan, mostrándola como una mujer alegre, feliz, realizada, ¡quien todo lo tiene!
—Necesito decírselo, Amelia… algo cambió en mí desde cuando subí a la torre Eiffel. Allá casi todos van a celebrar amores, amistades, pasiones, triunfos y cuanto sentimiento afectivo existe… ¡Yo  lo hice sola!
Volvió a callar. Volvió a libar otro sorbo de café. La secundé. Ahora quien sentía un nudo en la garganta era yo. No sabía qué carajos hacer, mucho menos qué decirle. Opté por seguirla escuchando. Que era, lo comprendí en ese momento, lo único que ella necesitaba de mí: ¡que la escuchara! Al parecer.
—Allá, arriba, entre tantas parejas y grupos de personas desconocidas, todas alegres, viendo esas espectaculares vistas… esos jardines y la plaza del Trocadero, los Campos Elíseos, la Concordia, el Arco de Triunfo, el río Sena… ¡no pude más, mija! Me sentí inmensamente sola y abandonada. ¡Un abandono represado por más de treinta años!
—Entonces…
—Entonces estallé en estridente llanto y dejé volar mis lágrimas sobre París. No me importó que la gente me viera. Y a la gente no le importó, tampoco, que yo estuviera berreando como una magdalena. Pensarían que lloraba de alegría. Fue cuando encontré un sitio en el cual vendían café… ¡Lo necesitaba! Tenía que tomar algo para desatar el nudo que atenazaba mi corazón a punto de reventar, y, así, poder continuar el recorrido.
—Gertrudis, ¿ese fue el café que le costó 15 euros? —fue lo único que atiné a decir.
—Sí, pero valió la pena la inversión —contestó, volviendo a sonreír—, me supo a patria y me recompuso. De lo contrario me hubiese perdido todo lo que me faltaba por ver, recorrer y disfrutar ahí, en París, así como en el resto de preciosos lugares que visité en Europa, y que le recomiendo que vaya a conocer con su marido, ya que todavía lo tiene, antes de que sea demasiado tarde, Amelia, o el frío del invierno les entumezca el alma, ¡y los huesos!
—Y, dígame: ¿qué fue lo que cambió en usted? —le pregunté, ya que me quedaba la duda.
—Amelia, después del café de los 15 euros repasé aquellas esplendorosas vistas parisinas. Entonces, entendí que el ayer pasó y nada puedo hacer por cambiar las cosas, ni es necesario cambiarlas. Y de tercos es intentarlo o seguir viviendo en la historia. Así mismo, que el mañana viene después del hoy, del ahora, que es todo lo que en verdad existe y por lo cual vale la pena vivir a plenitud cada suspiro del día. Entenderlo así, amiga, es descubrir el secreto de la felicidad, esa que se siente cuando miramos hacia cualquier lado desde lo alto de la torre Eiffel… Mágico instante aquel cuando es imposible contener ese inexorable deseo de llorar, ¡de dicha o de tristeza!, ¡no importa!, en tanto sean sentires humanos. He ahí la sensibilidad, facultad que nos diferencia de los demás seres del universo, la cual ojalá nadie nunca perdiera, pues en su reemplazo siempre aflora la bestia que se agazapa en lo más oscuro de nuestro intelecto… y que tanto daño nos hace.


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