martes, 14 de julio de 2020

Con derrotero incierto, fragmento



Con derrotero incierto
(Fragmento)
'Con derrotero incierto' es una novela de ficción que narra un capítulo de la historia de un mágico país camino a la anunciada y propiciada hecatombe. 

La estructura de la trama se soporta, en principio, en el impacto psicológico que la pobreza rural y los cotidianos abusos le causaron a la bella protagonista: Arinhayeth, desde su maltratada niñez hasta instantes antes de partir al más allá, víctima de un crimen sazonado en finas y deletéreas hierbas de corrompido poder, en manos de unos pocos, al cual más, perversos y siniestros personajes de la vida pública nacional de aquel subcontinental país. 

Situación esta que, fatal y dramáticamente, se entrelaza con la desnuda descripción de la desbordada pasión de Nosly, un docente universitario dispuesto a resarcir su vida, sumida en dolorosos fracasos, resultantes de su personalidad endeble, y quien, además, se empeña en encaminar los traviesos como incorregibles pasos de Arinhayeth, así como, después de casi morir por ir en su búsqueda, proponerse la utópica misión de encausar la mercantilizada educación universitaria, usando como arma de ataque un extraño poder mental que descubre, luego de ser herido y quedar cuadripléjico y mudo, para someter a las personas.

Es una narración inmersa en la nostalgia social que hilvana en su argumento el raro amor de los protagonistas, incluida Soledad Daniela, esposa de Nosly, con el intrincado y viscoso juego de la política, el orden público, la economía, la educación y la formación profesional.  Complicado cóctel que termina por afectar, de forma inexorable, sus destinos, sentimientos y, al final, hasta sus propias vidas. 

Puede decirse, también, que este es un poema social extenso con el cual el autor le canta al amor difícil, mientras critica la injusticia y la desigualdad que reina y ulula por doquier.



viernes, 10 de julio de 2020

Guardián


Muy cerca del paraíso, en un rincón del páramo, alguien cuenta historias inverosímiles sobre seres humanos. Varias mujeres preparan el almuerzo para atender a los visitantes, algunos, entre estos un niño como de siete años, acaban de pescar y rematar a palazos una gran trucha que se comerán. Dos hombres, uno más joven (anfitrión) que el otro (forastero), hablan sobre proyectos para administrar un pueblo, a pocos kilómetros, a media montaña. Conversan ahí, parados a la orilla del charco de las truchas, junto a un aliso que hospeda una cautivante orquídea de pétalos y sépalos de color rojo-mate, con puntas amarillas y labelos de cremosa tonalidad, dejando entrever en su interior su esencia floral, de sensual colorido arropada.

Sin quererse perder nada, pero sin mostrarse demasiado, Guardián sigue atento. Con su agudo olfato, el que le compensa su montaraz y cachorra timidez, asimila los raros olores, no solo de los humanos llegados esa mañana, a quienes les percibió uno muy hostigoso (a ciudad), sino los de su entorno, «su nuevo hogar», como le dijo dos días antes un campesino sesentón, «parece ser el líder de mi nueva manada», se le cruzó por la mollera al pequeño canino, «y el padre del que habla de política con el recién llegado». Se refería el cachorrillo al mismo hombre recio, de canas, arrugas y callos de campo en las manos que lo trajo de la anterior casa, «un poco menos grande y cómoda que esta, en donde se quedó mi hermana entre aquel baúl sin tapa». La cría nacida unos minutos antes que él, y después de los tres fortachos y bulliciosos mayores. Estos fueron los primeros en ser vendidos por el labriego nostálgico que los encontró y se los llevó de la improvisada cama que armó su madre cuando los fue a parir, luego de, por haber quedado preñada, ser abandonada por sus amos humanos en un solitario charrascal, cerca de ahí, luego de un largo viaje en una potente camioneta.

Cuando aquel recio campesino lo trajo, lo mostró a su familia diciendo:

—Este es Guardián, como lo llamaremos desde hoy. Parece ser un cruce entre pastor alemán con criollo callejero… la mezcla perfecta para que, cuando crezca, cuide, sobre todo de noche. O, por lo menos, que con su ladrido ahuyente las comadrejas.

—Se puede saber, mijo, ¿de dónde lo sacó? —le preguntó su mujer, algunos años menor que él, también entrada en canas, arrugas y callos de campo; indeleble e inexorable sello de curtida honestidad paramuna. Virtud cada día más refundida en sociedades de propiciadas afugias cundidas.

—Este es el sute de una camada —le respondió su esposo y padre de sus tres hijos—, por lo que el vecino de la rancha de abajo me lo regaló. Él se los encontró abandonados entre una mata de monte, y bien enmarañada. Nadie se lo quiso comprar, ni recibir, tan siquiera regalado. Los tres primeros machos sí los pudo vender; eran bien fortachos y nada tímidos ni temerosos como este. A nuestro vecino Cipriano ahora solo le queda una hembra, Aurora, como la puso. A esa tampoco se la quieren recibir… y él no tiene cómo mantenerla.

—Padre, y este… ¿Cómo cuánto tiene de nacido? —preguntó el mayor de los tres hijos.

—Y… ¿ya está vacunado? —también lo interrogó la hija, funcionaria del centro de salud del pueblo.

—Según don Cipriano, debe tener casi tres meses. En cuanto a eso de las vacunas, por estas tierras paramunas son innecesarias. Aquí en el campo, hija, la libertad, el canto de la brisa y la caricia del aire libre reconfortan el espíritu, además de curar cualquier cansancio o dolama… son los más efectivos incentivos para alejarle maluqueras al cuerpo; incluidas las de los perros y los gatos; las que los afectan y consumen cuando los cautivan en las casas-cárceles de la ciudad, impidiéndoles que salgan a buscar entre el rastrojo hierbas silvestres para purgarse y bichos para fortalecer sus vísceras y músculos.

—También el trabajo de campo sana —complementó su esposa—, el que en labrantías nunca falta. Por aquí siempre habrá algo qué hacer… y, si no, el que es juicioso: hombre o animal, se da sus mañas para ocuparse y evitarle a la mente que se llene con disparates, y de meros poros los huesos.

—La vejez siempre llega con un costalado de sabiduría, padres —les dijo el hijo intermedio, el más estudiado de los hermanos, quien estaba dispuesto a, sin dejar por completo la vida bucólica y productiva de sus viejos, asumir las ariscas lides de la política municipal. Por esta última razón aquellos invitados fueron a darle consejos al candidato, junto con su aval y apoyo electoral, además de pescar y comer trucha.  

Guardián, con algo menos de timidez ante la avalancha invasora de la visita adherente a la campaña y su hostigosa esencia citadina, se fue mostrando un poco más. Los fue individualizando por su respectivo olor, sin olvidar el de la naturaleza prístina, en especial el de los cardos entre los que su madre lo parió, al lado de una cantarina quebrada de agua fría y cristalina. Allí, ella, Gardenia; como les dijo a sus cachorros que sus amos en la gran ciudad la llamaban; los protegió y cuidó, a sus cuatro hermanos y a él, durante las primeras semanas de vida.

Recordó que su madre les contó que cuando ella era cachorra, tal vez como lo es él ahora, en una finca veraniega una niña de siete años de ella se encaprichó, por lo que sus padres, para calmarle la pataleta, decidieron comprar la cachorrita y llevarla a su hogar en la gran ciudad. Pero, desde entonces, comenzaron los problemas. No solo fue por lo de sus necesidades fisiológicas, «las que no me dejaban hacer sino hasta cuando ellos dijeran y donde me marcaban con enfermizos olores, cuando no era que me tenía que esperar a la sacada al contaminado parque cercano, y hasta cuando alguno de los amos mayores por fin tuviera tiempo, o quisiera», les dijo esa vez. «Mi llegada también les generó a los amos mayores inconvenientes y rencillas entre ellos, en particular, por los costos de mi alimento y otros cuidados que yo requería… Problemas entre ellos que siempre me cobraban con chancleta o correa», les solía decir.

—Y no solo fue eso —en una helada noche invernal Gardenia le contó a sus cinco montaraces crías, pegadas a sus pezones—. Al ir creciendo aparecieron nuevas y más complicaciones y dificultades…

—Fue, otra vez, ¿por lo del sitio para orinar? —preguntó el cachorro mayor.

—Por eso y mucho más —respondió Gardenia—. La niña creía que yo era otro de sus juguetes, ¡y que no sentía!, que nada me dolía… por lo que, cada vez que me golpeaba, pisaba o intentaba arrancarme las orejas, o la cola, aullaba de dolor. Pero los amos pensaban que eran tentativas de ataques por parte mía contra la pequeña…

—Entonces, ¿qué pasaba? —intervino la única hembra de la camada.

—Me castigaban… les cogí tanto miedo, que con solo verlos me les escondía. Después vino lo de las manchas de sangre en la alfombra; ni me daba cuenta de que era yo quien las hacía. Solo hasta cuando gritaban y un palo u otros objetos se estrellaban contra mi lomo, cabeza, patas, o donde fuera. Pocos días después la patrona me sacó al parque y me dejó suelta, como siempre, mientras ella llamaba, muy melosa, a… no sé a quién por celular. Pero, no era al amo, le decía otro nombre. Entonces, un gran perro me montó. Una semana antes de que ustedes nacieran, la pareja, sin la niña, a ella la dejaron con su abuela, me subió a la camioneta. Vinieron cerca de aquí y me dejaron amarrada con una cabuya bajo un árbol. Duré casi tres días para podérmela tragar y quedar libre.

   Tras el largo ayuno y el ingente esfuerzo para zafarse, además de las inclemencias del paramuno clima, Gardenia sintió que pronto llegarían sus crías. Por lo que decidió, ya no volver tras el rastro de sus amos, como en un principio lo consideró, sino buscar un refugio cercano y seguro para ella y la camada en camino. Se internó entre una gran zarza. Era un casi impenetrable chamizal, adornado con cardos y espinas de diversas matas de monte. Como pudo se abrió paso por el costado menos difícil, hasta encontrar una especie de nido hecho con hojarasca, el cual convirtió en su cama. Ahí parió cinco cachorros.  

Cada vez que entraba o salía del charrascal, pues necesitaba conseguir alimento y agua para ella y garantizar la lactancia, por más que alargaba su cuerpo, laceraba su pelaje contra la infinidad de espinas y púas. A veces cazaba perdices, o roedores, que los había en abundancia; o merodeaba por un rancho vecino en donde casi siempre encontraba desperdicios comestibles. En este solo habitaba un hombre, entrado en años, quien solía salir temprano a sus contratas de jornal en las labrantías circunvecinas, con lo cual se ganaba la vida. Él solía dejar sobras de su desayuno, y también de la merienda de la noche. De unas y otras Gardenia daba cuenta, tras lo cual bajaba a la rumorosa quebrada para saciar su sed con su fresca y trasparente agua, antes de regresarse al nido para alimentar a sus hambrientas crías, cada día más grandes y voraces, y contarles cosas de su vida, allá, en el hogar al que la llevaron como mascota de la engreída niña, un fiel reflejo de sus estresados padres, víctimas de la avasallante nostalgia social citadina.

Cipriano, el habitante solitario del rancho aquel, tras la tristeza tomó por amante compañera a la paramuna naturaleza, razón por la cual vivía solo. Un domingo en la mañana, después de desayunar y alistarse para ir a misa en el pueblo, pasó muy cerca del charrascal y escuchó un barrullo que le captó su atención. En ese momento Gardenia estaba dando cuenta de las migajas de arepa y carne dejadas por él tras su desayuno allá en el rancho. Con curiosidad y cautela se acercó hasta donde pudo escuchar mejor, por lo que presto verificó que se trataba de una camada de perros. Con su machete se abrió paso hasta el nido, sorprendido por el bonito hallazgo de vida. Al llegar a ellos decidió llevárselos. «Parecen de raza fina; tal vez me den algunos pesos por cada uno de estos», pensó.

Una vez en el rancho, entre un viejo baúl sin tapa les armó cama. El mismo que usó veinte años atrás para huir con sus corotos del abismo del desamor prodigado por Ofelia Matías. Joven mujer quien nunca llegó a la iglesia en la que se casarían. Antes de reanudar su viaje hacia el pueblo, pues a lo lejos se escuchó el segundo repique de las campanas, les desperdigó pan por el piso y les puso agua en un plato. Tras cerciorarse de que todos los cachorros comieron y bebieron, los colocó en la improvisada cama y se marchó, raudo. Quería alcanzar a llegar a oír misa, como todos los domingos; luego saldría y ofertaría sus nuevos perros entre los habitantes del páramo.

Tal vez una hora después Gardenia llegó a su guarida tras merodear por las pasturas y las quebradas en busca de aves y roedores (proteína) para completar su dieta. Sus insaciables comensales cada día le exigían mayor cantidad de leche a sus pezones. La entrada al nido en el charrascal ahora tenía un gran boquete y… ¡ninguno de sus cachorros estaba por ahí! Al no encontrar a su camada en los alrededores aguzó su olfato. Fue cuando percibió un olor que se le hizo familiar. Correspondía al del hombre del rancho; el de la mirada triste y los suspiros prolongados, como lo había visto; por lo que siguió el rastro de ese hilo, mezclado con el de sus cinco cachorros, hasta llegar al baúl sin tapa en donde los encontró bajo un alero de la vivienda con vista panorámica hacia los Llanos de Oriente. La misma visual que todas las tardes aquel solitario hombre degustaba, siendo esta su más grande e incambiable riqueza, fuera del restaurador silencio, la bucólica soledad y la sanadora paz que le prodigaban a su herido corazón aquellas frías tierras, tan cerca del paraíso.

Ella los tenía que rescatar. Tomó por el cuello al más grande, al mayor, y, con gran esfuerzo, lo sacó del baúl y se encaminó hacia su guarida, a unos ochocientos metros, o algo más, y loma arriba, en donde lo dejó. Repitió tres veces el ejercicio, cada vez más cansada y despacio, bajo un sol canicular, y durante largo rato. Cuando fue por el sute, el último que le quedaba por rescatar y devolver a su refugio, notó que Cipriano Angarita había vuelto. Y no solo tenía de nuevo a sus cuatro cachorros, también al quinto. Además, el baúl sin tapa ahora estaba entre un corral de alambre dulce. Este le impedía llegar a ellos. Solo los podía oler, oír y ver, a los cinco, que ese día al anochecer solo serían tres. Los dos mayores consiguieron rápido nuevo amo, muy cerca, en fincas vecinas. Al tercero se lo llevó otro hacendado, al día siguiente, a unos cuantos kilómetros de ahí.

     Desde entonces, y hasta dos veces por día, Gardenia iba hasta el rancho de Cipriano, no solo por sus desperdigadas meriendas, sino a ver, oler e interactuar a escondidas con sus dos cautivas crías. En algo más tranquila al notar que aquel hombre solitario, agua, comida y protección sin falta les ofrecía. Tal y como lo comprobaba, así fuera una vez cada dos días, también con sus tres cachorros mayores. A estos, tras largas travesías nocturnas iba y los visitaba. Luego de interactuar con cada uno de ellos se regresaba a su guarida, al chamizal, a dormir y a descansar en paz, tras comprobar que los mantenían en buenas condiciones, además de haber escuchado, en cada finca, que, por su porte y raza, al crecer, estos se convertirían en los fieros cuidanderos de aquellas feraces labrantías.

—Entonces, madre, no entiendo —la interpeló Guardián esa noche que lo fue a ver a la casa del criadero de truchas en donde lo adoptaron unas semanas antes—, ¿cuál es la razón por la que se siente preocupada y compungida, ahora que sabemos que, a Aurora, por fin, se la llevó una familia?

—Guardián —le respondió Gardenia entristecida—, porque la gente que la compró y se la llevó para la gran ciudad fue la misma que me abandonó, amarrada, a punta de dar cría, en estos montes paramunos… y dizque para regalársela de mascota a su engreída hija.

Disponible, también, en Revista Latina NC


domingo, 7 de junio de 2020

Mal momento para morir


Mal momento para morir
Relato de ficción social subcontinental disponible, también, en Revista Latina NC
Rosendo Angarita Rojas jamás pensó que después de cuarentaidós años de consagrado trabajo su “Financiera Amiga” le saliera con esas, y durante semejante crisis global. Lema comercial de aquella entidad bancaria que le administraba sus cesantías, fondo de pensión y en donde, también, la fábrica para la cual trabajaba consignaba su sueldo equivalente a casi cuatro y medio salarios mínimos legales mensuales. Allá él era ingeniero de planta.
Ahora solo le faltaban pocos meses para cumplir la edad de jubilación. Jamás hizo retiros parciales de ninguna de aquellas dos cuentas, por lo que, pese al bajo, muy bajo rendimiento que estas tenían, además de las cortapisas y talanqueras que el Gobierno mantenía para impedir retiros, garantizándole a los banqueros mayor disponibilidad de recursos e ingentes beneficios, los montos en una y otra eran algo significativos en comparación con el promedio de la población de profesionales trabajadores clase media de su círculo laboral.
—Amor —le solía decir a su esposa de toda una vida—, tan pronto me pensione, con ese dinero, además de saldar la deuda de nuestro apartamento…
—El que en dieciocho años hemos pagado casi tres veces su valor inicial —solía responderle ella—, ¡y jamás baja la cuota!
—Lo sé, mujer… pero, si no era así, ¡con ese crédito al más largo plazo posible!, ¡jamás hubiésemos comprado vivienda!
—Con lo que tienes ahorrado en cesantías —le reiteraba cuando él le hablaba de ese tema—, a ver si por fin cancelas, también, los saldos de esas tarjetas de crédito que te mantienen ahogado… Esos intereses del casi treinta por ciento, efectivo anual, son de usura, así tenga la aprobación del Gobierno.
—Sí, claro que lo haré, Damaris, pero después de hacer los viajes que te prometí desde cuando nos casamos… ¡nuestra aplazada luna de miel!, así como los tantas veces truncados aniversarios. Te dije que te llevaría a París, como también al crucero por el Danubio y a Machu Picchu en algún solsticio de verano.
Durante los dos últimos años, cada trimestre, cuando le llegaba el extracto de sus cesantías y fondo de pensiones, Rosendo Angarita Rojas miraba los saldos. Entonces, se centraba en las cesantías, además de calcular la mesada que le llegaría tras pensionarse, equivalente al 62.25% de su sueldo actual, algo menos de dos y medio salarios mensuales vigentes. Cada vez que su mujer lo encontraba en esas, o él le decía algo al respecto, ella le insistía en coger esa plata para cancelar la hipoteca y las tarjetas de crédito, además, para que las entregara y evitarse endeudamientos de imposible pago con el pauperizado nuevo emolumento que iba a recibir luego de pensionarse.
Desde hacía un buen tiempo que tenía calculado que, con ese ahorro en cesantías, que solo aumentaba por concepto de intereses cerca de US$100 trimestrales y el equivalente a un sueldo cada febrero, difícilmente le alcanzaría para todos los viajes que a su amada esposa le tenía ofrecidos, además de postergados, y año tras año. Sin embargo, en enero, cuando le llegaron los extractos, y ante la trepada del dólar, casi al doble con respecto a los años anteriores, se tuvo que resignar y descartar el crucero por el Danubio, el viaje a Suramérica y otros tantos que añoraba en mordido silencio. No le daban las cifras. Si viajan a Europa, con tres noches en París para la luna de miel después de cuarenta años de casados, le quedaría muy poco, ni para abonarle algo significativo a sus tarjetas, mucho menos para finiquitar el crédito hipotecario.
—Estos los seguiré pagando después de agosto, mes a mes, con mi disminuida mesada pensional… eso sí, sin aumentar ni un centavo el crédito, ¡toca guardar las tarjetas!, como lo dice mi mujer —concluyó al hacer cuentas, analizar los saldos de los extractos del último trimestre de 2019 y gestionar en la promotora de turismo el viaje por Europa para los dos—. Y, lo que quede, lo dejo como reserva estratégica por si la mesada no me alcanza para los gastos, impuestos y otros egresos por ahí, mientras nos acomodamos a ella.
Planes de nuevo alterados, y tal vez por siempre, no solo por la irrupción del virus y la declaratoria de pandemia global en marzo cuando le tocó irse a trabajar desde la casa por la clausura domiciliaria que decretó el Gobierno, sino por la afable carta que llegó en abril, anexa a los extractos del primer trimestre de la “Financiera Amiga” con los saldos de sus cesantías y pensión.    
“Hola, Rosendo, tus objetivos están cerca, nosotros continuamos muy comprometidos para garantizar y fortalecer los ahorros que nos has confiado.
Te comunicamos que los mercados financieros fueron impactados por el Covid-19 y por las alteraciones globales en los precios del petróleo. En consecuencia, la rentabilidad de tus ahorros bajo nuestra responsabilidad fue algo afectada. Sin embargo, nos es grato decirte que los portafolios en los cuales están invertidos tus aportes, en el largo plazo están asegurados y se recuperarán. Además, y para tu tranquilidad, los ahorros de las personas próximas a pensionarse son colocados de manera estratégica en cuentas con menor exposición al riesgo, siempre pensando en el futuro y en la edad dorada de nuestros clientes.
Seguiremos trabajando para los afiliados con fundamento en nuestra comprobada experiencia y solidez, toda vez que para nosotros es sagrado el compromiso que hemos asumido y consolidado juntos.”, decía la carta anexa.
Rosendo no se inmutó al leerla por primera vez, tal vez porque no entendió tal galimatías, aun cuando algo le dijo el subconsciente, una especie como de alerta temprana. Luego, abrió los extractos, primero el de las cesantías. En este el saldo a 31 de marzo de 2020 era menor al del 31 de diciembre de 2019… US$1575,27 menos, pese a la consignación equivalente a un salario que le hizo la empresa en febrero, correspondiente al monto del año anterior. En ese momento comenzó a entender los términos soslayados de la carta anexa.
Abrió el segundo extracto. ¡Casi se infarta! En síntesis, su mesada pensional, de tramitarla para el próximo julio, sería un poco menos de uno y medio salario mínimo legal vigente, una tercera parte de su actual sueldo.
Evitando que su esposa se enterara fue a la alcoba en donde estaba su hijo. Este era economista de profesión, especialista en Gerencia Financiera y laboraba como analista de inversiones en uno de los grandes bancos del país, y quien también teletrabajaba desde casa por lo de la pandemia.
—¿Qué pasa, pa’? —le preguntó al verlo angustiado.
—Hijo, mira, ¿tú entiendes esta carta y las cifras de estos extractos?
—Padre —le respondió tras leer y revisar las cifras—, que el virus y la situación global del petróleo nos afectó a todos… al menos a la clase obrera y a los independientes. A mí me llegó una carta similar y también mis aportes por pensión y cesantía disminuyeron…
—Y, ¿qué hay que hacer?
—Esperar… —le respondió con la sequedad que caracteriza el trato de las personas al servicio de las finanzas—. De pronto después de octubre o noviembre se estabiliza el dólar, sube el petróleo y encuentran la vacuna contra el virus; entonces, pueda que la economía vuelva a su relativa estabilidad.
—Disculpa, hijo… pero, esos casi US$4250 que me figuran como rendimiento negativo, sumando cesantía y pensión, ¿los recuperaré…?
—Lo dudo, padre, esos corresponden a intereses que se esfumaron… el capital sigue intacto, aunque con menor valor adquisitivo…
—Entonces, respecto a esa plata, ¿qué?, y, ¿en cuanto a la pensión…?
—Entonces, ¡nada, pa’!, solo esperar a que la economía se estabilice y sus ahorros, los míos y los de todos vuelvan a generar intereses... ¡ojalá! En cuanto a su solicitud de pensión, creo que es prudente esperar algún tiempo.
Damaris algo sospechó cuando sintió que su marido se levantó de su escritorio en el estudio y entró sigiloso a la habitación de su hijo, cerrando la puerta. Tras unos segundos se acercó y escuchó toda la conversación, por lo tanto, cuando este salió con cara de conmoción, le dijo:
—Rosendo Angarita Rojas, ya escuchaste al muchacho que sabe de números: ¡esa plata se voló!, por lo que, como dicen por ahí: ‘No hay que llorar sobre la leche derramada’ y, en cuanto a tu pensión, si esperamos toda una vida, ¿qué más da uno, dos o más años, viejo?
—Pero… ¡¿y el viaje a Paris?!
—Si está por darse y nos conviene… algún día será, en su momento.
—Mujer, ¿sabes una cosa? —suspiró mientras se acomodaban en el sofá de la sala, cogiéndole con cariño su mano.
—¿Qué?
—Recuerdas, Damaris Díaz, que hace algunos años compré un seguro de vida y te puse de beneficiaria… si algo me llega a pasar, espero que con lo que te den puedas hacer, no solo el paseo a París, sino el crucero por el Danubio y el viaje al Perú… así sea sin mí.
—¡Viejo… deja de hablar sandeces!
—Ojalá que la pelona se acordara de mí en estos momentos...
—Como lo hemos visto por televisión, este es un mal momento para morir, pésimo año para partir, ¡el peor!, cuando ni al entierro se puede ir; menos por esos pinches US$4250 que se te llevó la pandemia, viejo. Ahora, si vas a sucumbir, que algún día será, te pido que lo dejes para después… para cuando, no solo el virus maluco ese se haya cansado de llevarse a los más viejos y a gente indisciplinada, sino para cuando me hayas cumplido con aquellas noches de luna de miel en París, así sea en unos años… ¡qué importa esperar otro poco!
Lo que Damaris Díaz desconocía, ¡ni siquiera se imaginaba!, era que, a su esposo, además de esta pérdida en sus ahorros de pensión y cesantía, otras cuatro inesperadas cosas le afligían. En marzo compró el plan para viajar en octubre de ese año a Europa, incluida una grata pasantía de cuatro días en Paris, ¡para lo de su postergada luna de miel! Se calló este caro detalle porque darle esa sorpresa a su amada esposa quería. Mucho menos ella sabía que esos US$5250 del primer abono lo hizo con cargo a sus tarjetas de crédito, casi dos terceras partes de su cesantía. Monto que, como le informaron por esos días al comienzo de la pandemia cuando llamó azorado a la agencia de viajes que le vendió el paquete, no era reembolsable sin una penalidad cercana al 100% del abono, por lo que no valía la pena solicitar cancelaciones ni reintegros.
—Esperemos que, para entonces, don Rosendo —le enfatizó la asesora de viajes—, ya estén aplicando la vacuna contra el virus, o que la pandemia haya aminorado y bajado el riesgo para viajar.
—Señorita… ¿y si no?
—En ese caso, tal vez, la aerolínea y la agencia operadora en Europa nos permitan reprogramar… eso sí, lo más seguro, con tarifas reajustadas.
 —Y… de ser así, ¿como de cuánto adicional estaríamos hablando?
—No tengo un monto exacto… le sugiero que, al menos, aliste otros US$1250… espero que no sean necesarios; sin embargo, es mejor prevenir.
Él tenía que cumplirle y darle a Damaris Díaz ese viaje antes de finalizar el año. Lo tuvo claro tras la última cita de control con su médico en febrero pasado cuando este le explicó los inesperados resultados de los últimos exámenes efectuados en enero; los que nunca compartió ni siquiera con ella. Fue cuando decidió comprar el plan turístico para viajar a Europa, una vez cumpliera en julio la edad de retiro, obtuviera la jubilación, así como la disposición y el desembolso de su cesantía, trámite que duraba dos meses, le dijeron. Entonces, programó que a inicios de ese otoño se irían a disfrutar de las tan esperadas vacaciones y la tantas veces postergada luna de miel en París...


viernes, 29 de mayo de 2020

La iluminada muerte de Marco Aurelio Mancipe


Novela de ficción social histórica publicada en 2016, muy vigente, en especial, por lo narrado en este fragmento, en relación con la propagación masiva de enfermedades raras, producto de la pandemia del mal que padece el ser humano, al parecer, empeñado en darle un nuevo orden al mundo, con la perversidad y la avaricia como ingredientes principales.

Acceso libre para leer toda la novela sobre este enlace.

Agradezco su lectura, valoración, comentarios y difusión, muy gentil.

sábado, 2 de mayo de 2020

Odios guardados


Odios guardados
En torno al féretro algunos allegados acompañaban a los deudos de don Dionisio. Al lado, en una poltrona, doña Blasina, su viuda, hablaba con una mujer un poco menor que ella. Mientras esperé a prudente distancia para darle el pésame me fue imposible evitar escuchar parte de la inusual conversación que aquellas sostuvieron.
 —Pero, me imagino que en ese entonces si lo quería…. ¿o al menos lo hizo después?
—Eso tal vez es lo que cree la gente —respondió la anciana con un mohín extraño en su arrugada faz—, y hasta nuestros hijos, nietos y bisnietos; o lo que les hice… o hicimos creer a todos.
—Pero, al fin y al cabo, él se casó con usted, le cumplió y estuvo a su lado por más de setenta años… hasta morirse de viejo, como se lo prometió, según dicen por ahí.
—Dionisio sabía que le tocaba casarse conmigo… era la única manera para que mi papá, cuando nos encontrara, que lo haría tarde o temprano, no le pegara un tiro por haberme robado con la complicidad del cura del pueblo.
—No me ha respondido, ¿alguna vez lo quiso?
—Nunca, ¡jamás! —respondió categórica—, lo sentí en mi pecho desde cuando me di cuenta de la estupidez que hice al irme con él, a las escondidas… y aunque solo tenía trece años, poco a poco fui descubriendo que todo lo que me dijo para convencerme eran mentiras; una gran mentira, como lo fue toda su vida.
—¿Alguna vez se arrepintió de haberse ido con él?
—La pregunta correcta sería cuándo…
—Entonces, ¿cuándo se arrepintió de haberse ido con él?
—Desde ese mismo día, cuando me escabullí con él. Tan pronto me encaramaron en ese camión y me taparon con costales sucios de papa, comencé a odiarlo; jamás se lo perdoné. En ese momento me arrepentí… pero, también entendí que no había vuelta atrás; que sería su mujer para toda la vida.
—¿Alguna vez se lo dijo?
—No era necesario. Él sabía y tenía certeza de dos cosas...
—Sí —la interrumpió, sin esconder su curiosidad—, ¿de cuáles?
—Del odio guardado que le tenía, así como de mi muda promesa de jamás faltarle, dizque porque si lo hacía, como me lo decía, él de amor se moriría, como al fin lo hizo; y eso que jamás le fallé, menos cuando llegamos a viejos y con agría compañía nos cobijábamos.
—Dígame una cosa, Blasina, usted cree que Dionisio la amó, o por lo menos la quiso...
—Estoy segura de que él nunca lo supo con certeza; quizá lo hizo durante los primeros años… Sin embargo, en los últimos treinta y tantos, bien después de los cincuenta, comprendimos, sin decírnoslo, que la mejor colcha para abrigarnos durante el frío del olvido era la que hicimos con los retazos de nuestros reproches e ironías de toda una vida.

domingo, 12 de abril de 2020

El frío del olvido

Novela disponible para su lectura, sin costo, en este enlace: 
https://www.wattpad.com/user/WilsonRogelioEnciso
Gracias por leer, votar y difundir


(Fragmentos)

No. 1

"A las 5:55 de la mañana el párroco, con fruncido ceño, frente en alto, y enérgico, erguido y decidido paso, salió de la casa cural, directo a la de Bernardo Mencino. Al no encontrarlo, se fue para la de su concubina más frecuente, la señorita Juliana Gonzaga, en donde, en efecto, lo encontró. Él sabía que aquella macabra jugarreta no podía tener un autor diferente. Una vez frente a él; quien lo recibió en franela y calzoncillos, además, con una burlona sonrisa, mientras le preguntaba por “El Patas” que lo había visitado en la noche; seria, elocuente y pausadamente, sin entrar en razones y sin hacerle caso a su malintencionada y burlona actitud, le dijo:
—Bernardo Mencino, por su imperdonable ofensa..., la inexorable maldición del poderoso tres, la tríada de la desgracia, caerá sobre usted, sobre su círculo social hasta al menos su tercer nivel, y sobre toda su infeliz descendencia. Con letal y especial énfasis sobre los desventurados que lleguen a llevar su sangre, o que por cualquiera otra razón carguen el lastre de la demoníaca marca Mencino como primero o segundo apellido, o las dos cosas. Algo menos trágico, triste, dramático o acentuado, sobre aquellos descendientes suyos y, en especial, para tres de ellos, quienes, además de llevar su sangre, por alguna casualidad o capricho del destino, corran con la suerte de descargarse de tan fatal estigma como apellido… Tan solo uno de estos tres últimos —le enfatizó el sacerdote— ... tendrá, posible, más no seguro, el mérito para lavar la mancha de tan canalla afrenta. Pero, solo hasta cuando al menos transcurran treinta veces tres años, y en uno cuya suma de sus tres primeros dígitos sea tres, o múltiplo de tres; coincidente con su dígito final, que al restarle su anterior, vuelve al inicial; y por la época para cuando a la humanidad la visite el destructivo e inexorable pulso celestial…"

No. 2

"Valentino solo le comunicó la historia a Bermina, de forma fragmentaria. Lo hizo, ante su desilusión con Bernardo: su malogrado proyecto y sucesor político escogido, quien, de haberlo sabido, Valentino también lo tenía claro y se atormentaba por ello, no hubiera dudado un instante en descubrir, en poner en evidencia, en intentar apropiársela. O en apostar y dilapidar aquella hacienda patria que, según le dijo Valentino a Bermina, y por su conducto, años después a Gilda y a Olegario Arturo:
—Mientras se mantenga prístina y sin contagios de ambición, proveerá despacio y a tiempo lo necesario y vital para la sociedad. Quizá, tal vez, algunos piensen que tal riqueza así es inocua o medianamente productiva, frente al ingente potencial industrial que dispararía el crecimiento económico, para unos pocos. Sin embargo, si se le da ese mercantil curso, desencadenará la hecatombe social incontrolable de la sangrienta miseria y maluquencia nacional, azuzada por el odio fraternal y la codicia individual armada… que bien podrían prolongarse, de manera perenne y mutante, por todo el suelo patrio, y durante al menos tres veces doce generaciones nacionales... "

No. 3

"—Sí, sobrino, así es —le dijo, tomándole sus manos con cariño fraternal, percibiendo la inexorable llegada del postrer instante de su sobrino nieto—. Para colmo de nuestros pecados, el señor presidente Uribia Morales resultó ser pariente nuestro. Como tantos connacionales más, que ni nos imaginamos, casi todos de mala prosapia. ¡Qué gran calamidad nacional! Lo de la parentela con el presidente desde hace tiempo lo sospeché, tanto por el parecido físico entre nosotros, aunque él es un poco más blanco por línea materna, como por su taimado comportamiento y soberbia en sus acciones.  Además, la maldición del padre Sarmiento no solo se hizo efectiva durante su primer lapso, el cual está en proceso de culminación, sino que se va a repetir, y no solo a nivel de pueblo, en Oroguaní, ni afectando en exclusiva a los que carguen el Mencino de una u otra manera, o en alguna escondida parte del alma. Parece que lo hará, al menos por dos periodos más, de igual duración cada uno, dándole alcance a casi todos los connacionales, con o sin la tal marca aquella encima. Con solo ser habitante de este país y respirar su contaminado ambiente de miseria, es más que suficiente para ser objeto de la acción y contagio de la mandinga tríada que cabalga indómita en la nostalgia social que a todos nos afecta, sin lenitivo alguno a la vista que la contrarreste.
—Tío… —le dijo, comenzando a sentir dificultad para pensar y hablar—, lo del parentesco con Uribia Morales… algo así descubrí vagamente, no solo por algunas inferencias que alcancé a revisar, también por ciertos esquivos detalles que encontré en los borradores de sus memorias, así como en las cortas charlas que con él tuve en Palacio, hace poco… Sin embargo, no le di mayor importancia. Mi madre jamás me refirió algo así, tampoco aparece referencia alguna en el manuscrito de mi bisabuelo Bernardo… Tal vez ese lazo de sangre con él fue el que me impidió ejecutarlo en su momento… como se lo merecía, ¡y merece!, tío.
—Lo sé, Olegario Arturo. Pero, no te recrimines por eso. El que no lo hayas hecho obedeció a varios factores. El primero, a la acción de las custodias patrias, con Zoila Abigail a la cabeza, así como a los genes Mencino que te lo impidieron. Además, porque a Uribia Morales todavía le falta mucho daño por hacerle a esta atembada sociedad… como él dice: «camino a la hecatombe»."

Lea la novela completa, sin costo, en: https://www.wattpad.com/user/WilsonRogelioEnciso

wrenciso.com

domingo, 5 de abril de 2020

Virus...$$


Virus…$$


         Este es un relato de ficción subcontinental con algunos temas que de pronto un lector acucioso, otros le dirán supersticioso, podría asociar con la contagiosa realidad que por estos tiempos del olvido, en las alas del éter, vuela de montaña en montaña, de país en país, de continente a continente… de persona a persona. Biológica nostalgia que se dispersa entre anónimos seres, sin siquiera darse cuenta cuándo ni dónde la adquieren, portan y pasan a otros, mientras algunos discuten si es prudente cerrar aeropuertos, y muchos más se obstinan en desatender, hacerle el quite, a la medianía de medidas emitidas por las comprometidas autoridades, incapaces de contener con eficacia la histeria colectiva.
Todo indica, o al menos parece, que estamos en guerra. Pero, no en una ‘convencional’, como acuñan los expertos en genocidios. Esta es global y con más alcance y perversión que las anteriores conflagraciones mundiales. Las dos, ni sumándoles los millones de litros de lágrimas y sangre inútilmente derramados durante todos los conflictos propiciados en los últimos ciento diez años, aproximadamente, tuvieron las implicaciones que nos acarreará la actual. Esta, por ahora, es sin fusiles, tanques, barcos, aviones ni misiles. Solo usa ojivas mocosas cundidas de virus capaces de llegar, involucrar y afectar a toda la frustrada raza humana. Fuego amigo disparado a corta distancia por las gargantas de familiares, conocidos, vecinos...
La confianza (literaria esperanza) que me queda es que una vez los poderosos directamente interesados en la hecatombe (en mi sentir: los gestores de esta vil confrontación por la supremacía de los mercados y los diezmados recursos naturales, casi todos contaminados) logren reacomodarse pronto en el  tablero del sórdido póquer mundial, hagan una tregua y saquen 'la mágica cura': supuesta onerosa vacuna, paliativo mejunje, acuerdo petrolero, consecuente estabilización del dólar, distribución del mapamundi y sus rentables negocios: botines de guerra. Aunque todos sabemos, o a eso nos tienen acostumbrados, que lo hacen mientras, como en toda estúpida guerra humana, alistan la ofensiva para la siguiente arremetida, cada vez con más pesada, tenebrosa y secreta artillería. Pero, que lo hagan, que den tregua, al menos por ahora. De esa manera, por un lapso, volverán a ser los héroes del planeta: los guardianes del universo. Los sobrevivientes harán como que ignoran que fueron aquellos los causantes del contagio, mientras que una buena parte de la ambidiestra prensa les servirá de celestina a cambio de las jugosas pautas destiladas de sus deletéreas industrias. La diezmada como atolondrada población que logre salir algo ilesa les alabará, agradecerá y pagará con creces, de todas formas; ¿acaso les queda alternativa?
Intuyo que después de esta brutal arremetida ningún parroquiano de alpargatas, así sean de marca, del todo sin rasguños difícil saldrá. De pronto algunos pocos emergerán y mostrarán que sus estados físicos en nada afectados quedaron; mas no así sus enjundias. Todos, en menor o mayor proporción, tras la cuarentena, enfermos del alma estarán, abordados por el virus mortal de la nostalgia social. El estado espiritual del hombre, su mente, su raciocinio, jamás volverán a ser como hasta ayer. El humano nunca verá de igual manera a sus congéneres como lo hizo hasta entonces. Menos, si este, aquel o el otro ejerza algún escaño en las viciadas esferas del poder social, cualquiera sea su connotación. Peor será si aquel llegase a militar en las huestes de la política, la economía, los medios, la patrocinada ciencia, la milicia, o en la de los pregoneros de la fe, sin distingo de su sello comercial. Se replanteará, eso sí, sobre el valor y el heroísmo del personal sanitario, de los del servicio de limpieza, de los celadores, los cajeros de supermercados y de un sinfín de salario-dependientes héroes anónimos que pusieron el pecho y en riesgo sus vidas para que nada faltara, ni fallaran abastos ni servicios vitales.
Sobre esta pérfida guerra, tan única de humanos contagiados de ambición, tengo serias suspicacias, literarias, desde luego, insisto. Esta tiene dos estadios, el antes y el ahora. El antes, y en síntesis, tiene que ver, entre otras tantas, con ciertas filtradas declaraciones de algunos altísimos funcionarios de poderosas organizaciones creadas, precisamente, para garantizar la vida digna de todas las personas, sin distingo alguno, menos de clase social, edad ni nacionalidad, unas; y para hacer sustentable la economía, la estabilidad y el desarrollo en el mundo, otras. No obstante, dizque «para que ‘el sistema’ sea sustentable y garantizar la sobrevivencia de todos», algunos de esos altos directivos, de unas y otras de esas organizaciones, emitieron voces de alerta encontrando posibles culpables… entre estos, ¡a los viejos!, quienes, precisamente por ser viejos, y cargar el lastre de al menos una catastrófica maluquera, por no generar ingresos y a cambio demandar recursos para su costoso tratamiento, imparajitable manutención y vitalicia pensión, sobre todos los de menor linaje social, «¡al no morirse rápido!», representaban un problema socio-político-económico-sanitario que «hay que solucionar ya...»   
Ahora aparece una infernal arma que tiene perversos comportamientos humanos, ‘a su imagen y semejanza’, propulsada, amén de ser un virus, por las bacterias del egoísmo y la ambición desbordada. Esta, tal parece, es más efectiva, principalmente, contra la gente mayor, es decir, en chaguaniceño romance, contra: «Aquellos de lento y trémulo andar, elemental y pertinente sabiduría al hablar, pero, con heridas en el alma imposibles de sanar», allá en mi pueblo a Eva Pico, mi partera, eso le escuché de niño. Es innegable, casi palmario, el componente estratégico-táctico-militar-económico-político de este biológico misil de limpieza social: es invisible, insonoro, indetectable, infalible, selectivo, ataca por sorpresa y en donde menos se espera; es letal, llega al blanco con milimétrica precisión triangulada e irreversibilidad en el disparo; dispersa terror masivo y sin control; pero, lo peor, se multiplica con cada víctima, y muy pocos, ni sus mismos genios lo pueden contener del todo; al menos, al parecer, mientras no tuerza su rumbo y se equivoque en el rango de edad de sus planeados blancos, y me refiero a bastones y canas colocados en la diana.
¡Qué curiosa como morbosa casualidad! Al parecer; y quizá solo sea, ¡otra vez!, mi calenturiento sentir literario, insisto; en algunos protocolos, cuando en una crisis, como en las pandemias, se llega al ‘estado de guerra’, unas pocas autoridades toman la decisión de quién va a morir y a quién darle asistencia prioritaria; o sea, salvarle la vida. Y en el actual caos biológico, tal parece que la prioridad desfavorece a los vejestorios, con mayor razón si de algo sufren, que siempre de algo padecerán… dizque porque estos, «una vez infectados, ¡no tienen cura!, y de eso o de algo más pronto morirán…»
Ojalá este solo sea un relato de ficción subcontinental más. Se evitaría, entonces, que de pronto ese infecto ratón de probeta, en un humano descuido, se les escabulla por entre la alcantarilla del recóndito laboratorio donde fue engendrado, y se les multiplique libremente. Imagínense que lo llegase a hacer en tan nauseabundo como oscuro hábitat virgiliano… con tantas almas perversas y en pena por ahí.
Me causa, además de las anteriores suspicacias, también inquietud… o tan solo sea una mera intuición de ficción literaria, insisto, que en plena pandemia haya ejercicios e intimidantes demostraciones militares en Europa y Asia, con soldados inmunes al virus, armados hasta los dientes; que China y Cuba se solidaricen a manos llenas con las ponzoñosas catástrofes que padecen Italia y España, mientras organismos rectores del orden mundial les niegan socorro a otros misérrimos pueblos porque sus gobiernos están por fuera de su línea política; el bajo nivel de contagio, y de víctimas, en Rusia y Alemania (hasta ahora); que al actual gobernante de los descendientes de Raskólnikov, con la segunda fuerza letal en alistamiento de primer grado, poco querido en occidente, ¡al parecer!, algunos ortodoxos que antes lo criticaban y censuraban, le reconozcan sin ambages por su férreo y contundente liderazgo; que producto del libre comercio, ameba que lo engulle todo, se hayan suscrito ‘curiosos’ acuerdos comerciales entre China, Rusia e Italia… un duro golpe para las finanzas internacionales occidentales, en especial para las empresas relacionadas, ayer y hoy, con los hijos, allegados, socios y paisanos de los Babbitt; que en plena crisis por el virus haya una feroz guerra paralela entre los amos del petróleo, sin que les importe un comino, ni siquiera ‘Tres guineas’, la suerte del mundo, en especial, la de las economías débiles, que los son todas las de los países tercermundistas, casi el noventa por ciento de la sociedad global, en la feroz mira del contagioso misil vía estornudos...
Pueblos, estos últimos, durante más ‘Cien años de soledad’ dizque  «en vías de desarrollo», en los cuales su gente, engarruñada por el pánico, objeto del endémico rebusque y la filosofía de actuar con ventaja, trastoca sus antiguos principios y composturas, saliendo a flote eso mal llamado ‘malicia indígena’. Es el caso, por solo referirme a dos de estos, del farmaceuta amigo, el del barrio, el bonachón de don Jeremías. Por un solo tapabocas, hecho en casa y sin garantías, ahora está cobrando lo que una gruesa ayer valía. Ni qué decir de don Ananías, el señor de la ferretería, el de los cables, las grapas y la tornillería. Sacó al andén un estante repleto de frasquitos de 500 ml, dizque con gel anti-bacterias. Curiosamente, aunque no tienen etiqueta, menos registro sanitario, los está vendiendo como pan caliente a un precio astronómico. Fui por el mío… pero hay una cola que le da la vuelta a la manzana. Todos quieren tener al menos uno, antes de que se acabe la primera producción casera; como desapareció en un santiamén de los anaqueles de las grandes superficies el papel higiénico, el alcohol, el arroz, los enlatados y… ¡todo!; hasta la loción para después de la afeitada, al tener «algo de desinfectante», justificaban dos compradores que se peleaban por ahí la última de esas latas que quedaba.
Si esta no es una guerra global peor que las dos anteriores, incluyéndoles los desgarradores e injustificados conflictos del ignominioso siglo XX y lo que va del frenético XXI, entonces, ¿qué es? Creo, en mi disparado sentir literario, insisto, que si el virus no logra reposicionar rápido a las potencias como lo quieren y demandan sus enconchadas cabecillas, llenándoles aún más sus gigantescas como hediondas alforjas, al tiro de reventar, pronto rugirán de nuevo los fusiles y los hambrientos misiles surcarán los cielos, apesadumbrando el día e iluminando con sus mortecinas detonaciones las tristes noches que le quedarían a esta, una especie que lo tuvo todo, desgraciadamente contagiada, sin lenitivo ni cura alguna, con el peor de los virus… $$. Este, clonado con la más mortífera de las bacterias: la sinrazón, subproducto nocivo de la inteligencia humana; la misma que instigó el amotinamiento en cárceles colombianas, en esta, ‘La mala hora’, no solo de algunos reclusos ante el pánico del apeñuscado contagio, sino la de los nerviosos guardianes que les dispararon para controlar el caos…
Solo ruego para que este no pase de ser lo que es: ¡un relato de ficción subcontinental! De no serlo, dejo esta constancia literaria para las futuras generaciones, ¡de haberlas!
Bogotá, D.C., 24-03-2020