miércoles, 31 de marzo de 2021

La promesa

 


Cuarenta y tantos años llevo casado con Eduviges Alcira Dávila. Desconocía, entre otras tantas, esta interesante historia de su bonita infancia, ¡más no por eso fácil! Tal parece que fue una época dura, razón por la cual, quizá, casi nunca me habla de su niñez, mucho menos de las afugias por las que atravesó. Jamás se le hubiese ocurrido contármela de no haber sido por la pataleta que un niño les hizo a sus complacientes y aturdidos padres allá, en el centro comercial donde solemos pasear luego del café en Juan Valdez.

Después de tanto tiempo, de varios hijos, así como nietos, y algunos otros esquivos logros como para mirar y afrontar con algo de menor incertidumbre ¡el tercer tercio de nuestras vidas!, una o dos veces a la semana nos escapamos para ir a tomar un late con café de origen, tras lo cual miramos vitrinas hasta la hora del almuerzo. En ese trajín estábamos cuando pasamos por un amplio pasillo en el que hay un reconocido almacén de bolsos. Al ser temporada escolar, para los de calendario B, el tema de libros, cuadernos, útiles y complementos similares estaban al orden del día por todas partes. Los padres de familia, angustia en cara por los elevados precios de todo, justificado por el Gobierno dizque por la imparable alza del dólar, iban de aquí para allá con listas, paquetes y, desde luego, con sus respectivos muchachitos, quienes la siguiente semana regresarían a las aulas a comenzar un nuevo año escolar.

—Pero, papito —le dijo la joven madre, suplicante, casi llorando, a su encolerizado hijo, tal vez de cinco o seis años. Este, en la puerta del local, se revolcaba en el piso, gritaba y daba puños y patadas, impidiendo el ingreso y salida de clientes—, entiende que ese morral no es para niños, es muy grande para ti…

—¡No!, quiero ese…  ¡o los demando! —sentenció el mocoso.

—Mira, hijo —intervino el joven y aturdido padre, tratando de mediar—, hay unos más acordes con tu edad, estatura, necesidades… ¡y con figuras lindas como para un niño como tú!

—No, ¡quiero el de los invencibles y malvados Superhéroes de las Tinieblas!

—Hijo, ¿y por qué ese? —preguntó alguien del público que se comenzó a juntar alrededor del lugar.

—Porque a esos superhéroes, ¡mis ídolos!, nadie les gana… y tiene bolsillos para ocultar armas secretas con las que puedo aniquilar a la humanidad…

Mi señora y yo decidimos perdernos el final de la historia. Aunque intuíamos que aquellos jóvenes padres terminarían doblegados y haciendo la ‘santa’ voluntad de su crío. Absortos continuamos por el largo pasillo en dirección a la salida dispuestos a refugiarnos en nuestro apartamento ubicado cerca de ahí. Nos fuimos recordando cuando les comprábamos las interminables listas a nuestros hijos.

—Ninguno nos hizo, ¡jamás!, una pataleta similar —atiné a decirle.

—Así nos la hubieran hecho —me respondió—, además de su coscorrón, les hubiese tocado conformarse… como lo hicieron, sin necesidad de pataletas. “El mono sabe en qué palo trepa”, ¿o no, viejo?

—Aunque a veces nos pedían marcas específicas —le respondí.

—Lo hacían, sobre todo las niñas, cuando en el colegio sus compañeras aparecían con tal o cual cuaderno, lápiz, esfero, borrador o cartera, de una u otra marca diferente y más costosa que las normales, de las que casi todas las demás usaban —me respondió Eduviges Alcira—. Al final se les pasaba y terminaban usando lo que les dábamos... como lo hice con mi primera mochila escolar cuando era niña, allá, en mi pueblo.

Entonces, me contó la historia de su primera maleta. Creo que con nadie la compartió antes. Era uno de sus más caros secretos de su infancia y que guardó en su alma por más de cincuenta años con femenino recelo social y afectivo. Quizá el que le marcó su personalidad y destino… tal vez.

—Ese niño me hizo acordar de mi primera mochila cuando fui a la escuela —comenzó a dejar salir tal reminiscencia infantil—. Tenía siete años, casi ocho… en ese entonces solo ponían a estudiar a los niños, si había con qué, «una vez entrados en razón», decía mi papá, según él, tras cumplir los siete.

—Así es, mi amor —le respondí—, en mi pueblo decían que solo después de cumplir esa edad uno adquiría ‘pleno uso de razón’.

—A lo largo de mi vida he visto a muchos que jamás lo adquieren, por más años que cumplan… ni siquiera cuando llegan a viejos y vuelven a ser niños y peores a ese malcriado que acabamos de ver en el almacén de morrales.

—Mujer, por estos torcidos días la humanidad prefiere andar sin luz ni guía, de tumbo en tumbo entre la lobreguez de la ignorancia. Tal vez a los humanos les han cocinado el seso en ese sentido, convirtiéndolos en tristes y alelados subproductos consumistas, y desde la cuna. Pero, bueno —le dije para que continuara con la historia—, entonces…

   —El primer día de clase fui a la escuela con un pedacito de lápiz que mi papá me prestó y un cuaderno usado, con algunas hojas en limpio, que mi tía Encarnación me regaló… los llevaba en la mano. Las otras niñas se aparecieron con más útiles y maletas escolares relucientes. Casi todas iban estrenando zapatos, uniformes, delantales, cuadernos, colores, lápices y, desde luego ¡maletas!

—Y… ¿qué pasó? —le pregunté con un tarugo en la garganta que casi no me dejaba respirar, ni siquiera tragar saliva, a tal punto que la invité a sentarnos en una de las bancas del centro comercial, frente a la heladería de un famoso restaurante nacional con nombre, marca, logotipo y lema en inglés, el cual funcionaba en el primer piso y en donde se hace cola desde temprano para conseguir mesa.

—Como te he contado —me dijo una vez nos sentamos—, mi papá aprendió, además de escribir y leer, sastrería y peluquería durante la prestación del servicio militar. Por esos oficios, cuando regresó al pueblo, ya con libreta de reservista, se convirtió en un gran partido para las jóvenes casaderas, entre las que estaba la que sería mi madre. Ella le ganó la partida a una prima y a otras tantas paisanas… casi todas de la misma edad de mamá: ¡catorce años!

Hizo una larga pausa. Parecía estar mirando hacia el pasado. Por unos segundos guardé silencio. Al notar que seguía absorta fui a la heladería y le compré un delicioso cono con frutos rojos, del que sabía que más le gustaba, y se lo llevé. Al recibirlo, no solo comenzó a degustarlo, compartiéndome entre chupón y chupón, sino que continuó con la remembrada narración.

—Mamá y papá, además de comprar algunos cuadros de tierra en el campo, donde pastaban vacas, cuidaban gallinas y sembraban parte de los productos agrícolas que consumíamos, y algo vendían, pusieron una tienda multifuncional en el pueblo…

—Multifuncional… —la interrumpí. Recordaba, cuando fui a su pueblo a pedirles la mano a sus padres para casarnos, que ese establecimiento era algo menos que una tiendita pueblerina, siendo la alcabalera cerveza el producto de mayor salida, y casi único—. ¿A qué te refieres con esta expresión?

—Fuiste y conociste a mis padres, y la tienda, en un enero; para unas fiestas de Reyes, que también son las patronales… por lo que solo los viste vender cerveza.

—Así fue, amor, del 4 al 7 de enero de 1980 —le confirmé—. Estaban en plena celebración, con corrida de toros. Jamás olvidaré que uno de esos se escapó del encierro y hubo inmenso revuelo por todas las calles… hasta cuando lo enlazaron y llevaron de nuevo al corral.

—Esa vez corriste despavorido y te encerraste en el baño de la tienda…

—Con esa gritería que hubo… estaba en la calle cuando la gente alborotada pasó diciendo: «¡Toro, toro!, ¡ahí viene!, ¡ahí viene!»

—Pero el animal aquel ni siquiera pasó por la calle en donde quedaba la tienda y estabas tú parado en la puerta, antes de emprender carrera rumbo al baño…

—Bueno, lo reconozco: sí, me dio un susto ni el macho… pero, por qué dices que aquella tienda era multifuncional —le insistí para desviar lo de mi penosa anécdota y retomar el hilo inicial.

—Allí funcionaban la panadería de mamá, así como la peluquería y sastrería de papá, además de la venta de cerveza y víveres, que era lo que más consumían mis paisanos los sábados y domingos. Entre semana producían amasijos en un horno de leña, en especial panes de maíz, cucas, galletas y mantecadas, que era lo que más se movía.

—Recuerdo aquel horno… estaba ubicado en el patio trasero de la casa.

—Sí, a mí me tocó, ¡muchas veces!, prender la leña del horno y mantener la brasa, cuando no era con una sopladora de esparto, lo tenía que hacer a punta de pulmón. Por eso debe ser lo de la EPOC, según el médico que me la diagnosticó hace unos años…

—El mismo que te recetó de por vida los inhaladores…

—Sí, dizque para que no me falte el aire cuando me fatigo y evitar problemas serios más tarde… como me lo dijo, ¡muy serio!

—Y es mejor hacerles caso a los matasanos, para eso estudiaron… Pero, bueno, me estabas explicando lo de la tienda multifuncional.

  —Al ser tan poquita la venta de cerveza, víveres y amasijos, y escasos los ingresos, la mayoría al fiado, mi papá, en su máquina Singer, ahí mismo, también hacía costuras, en especial de pantalones y camisas para hombre. Además, peluqueaba y afeitaba a la gente del pueblo, así como a los campesinos. Los sentaba sobre una canasta de cerveza y los motilaba. Tenía una barbera y una tira de cuero que le servía para sacarle filo.

—Ahora capto lo de tienda multifuncional —le manifesté, mientras le dábamos lengüetazos finales a los residuos del cono y mordiscos a su humedecida envoltura de galleta—. Me imagino que todo este rodeo tiene que ver con el tema del lapicito, el cuaderno usado que te regaló la tía Encarnación y tu primera mochila escolar…

—Así es —me confirmó, parándose, una vez desapareció la última borona de la envoltura del cono en su boca—. En mi familia, por lo menos durante mi infancia, sin saberlo a ciencia cierta, y hasta cuando salí a los trece para el internado en el pueblo vecino, la falta de dinero para satisfacer las necesidades básicas estuvo a la orden del día.

También me puse de pie, la tomé de la mano y continuamos el recorrido rumbo a la escalera eléctrica para bajar al primer piso del centro comercial, frente a la entrada número dos, la más cercana al cruce de la inmensa avenida Ecuménica, a cuyo costado occidental queda el conjunto residencial donde vivimos.

—Como te conté un día —prosiguió su narración—, mi papá usaba lápices para tomar las medidas de las costuras que le encargaban, así como para llevar la lista de los clientes que le sacaban fiado. Lo hacía en pedazos de papel que iba amontonando en un cajón del mostrador de la tienda. Arrume que cada vez era más grande…

—Amor, ¿él no usaba cuaderno para llevar esa lista de deudores?

—No, ¡decía que eran muy caros! Motivo por el cual no me quiso… o tal vez no tenía para comprarme uno para que llevara el primer día de clases. Fue cuando apareció mi tía y me regaló aquel pedazo de cuaderno usado que tasé e hice alcanzar por casi medio año…

—Entonces, ¿de dónde salió el lapicito?

—Era el que papá tenía en uso en la tienda… y como las costuras para esos primeros meses del año escaseaban, dijo que me lo prestaba, pero se lo tenía que entregar todas las tardes y los fines de semana, por si llegaba algún trabajo de esos, así como para anotar los fiados del día.

—Dime… ¿cuánto tiempo te duró ese pedacito de lápiz?

—Como a la semana, después de que papá me diseñó y elaboró mi primera maleta, el alcalde les repartió a los pobres unos paquetes escolares con cuadernos, cartillas, colores… Uno de esos lo recibió papá, con la condición, tengo entendido, de que tanto él como mamá y mis tíos tenían que votar por un determinado candidato presidencial.

—Me imagino que ahí sí estrenaste lápiz y le devolviste el pedacito…

—Papá guardó el lápiz nuevo y solo hasta cuando el pedacito se hizo muy pequeño para cogerlo decidió usar el otro… pero lo partió en dos, le sacó punta a una mitad y la otra la volvió a guardar. Esa primera mitad también se hizo muy pequeña después de medio año de uso, entonces, le sacó punta al otro pedazo y me lo dio.

—Espera… espera —la interrumpí, arrobado por la historia. Estábamos parados en el separador de los cuatro carriles mientras el semáforo cambiaba y nos daba paso—.  Para que no se me pase… entendí lo de los lápices, tanto del primer pedacito como del nuevo, ¿dijiste que te diseñó y elaboró tu primer morral escolar?, ¿cómo fue eso?

Pero ella solo reanudó la historia una vez “a salvos” al otro lado de la vía, cuando terminamos de cruzar los otros cuatro carriles vehiculares, y dos más, sobre el andén, estos últimos para bici-usuarios. Cruce obligatorio por la concurrida cebra de la ruidosa y riesgosa avenida Ecuménica. Riesgosa, no solo porque al pasar por ahí, ¡a falta de otra alternativa!, hay que cuidarse de uno que otro conductor de vehículo que suele ‘comerse’ el semáforo en rojo, o hacer el giro prohibido. También, hay que estar al tanto en el andén de algunos más que imprudentes e irresponsables ciclistas, motociclistas y gente en patineta; con estos los peatones tienen que compartir acera. Unos y otros, en sus desaforados afanes citadinos, no les importa llevarse por delante a quien sea, casi siempre a transeúntes desprevenidos. Por supuesto, maniobras todas estas, sin perder de vista a los infaltables amigos de lo ajeno, abundantes y descarados en ese sitio.

    —Como te dije, al contarle a mi papá que las otras niñas de la escuela, casi todas, llevaban sus útiles en maletas, y que la única que no tenía era yo, me dijo que pronto me iba a resolver ese asunto… Yo creí que me iba a comprar una de las que vendían en el almacén y miscelánea de don Paco Huertas; o que la encargaría al pueblo vecino…

—Pero, mucho mejor, te diseñó y elaboró una…

—A esa edad, ¿cómo me iba a imaginar lo que tenía pensado hacer mi amado padre? O no entendí, tal vez, como tampoco nunca le entendí, hasta mucho tiempo después, casi ya una vieja… varios años después de casada contigo, lo que mamá me trataba de decir cuando me enviaba sola del pueblo a la casa de la finca y de regreso, a llevar o traer algo… a casi dos horas de camino por aquellas veredas solitarias, muy poco transitadas.

—Luego, ¿qué te decía?

—Siempre me advertía con estas palabras: «Vaya hasta la finca, lleve esto o traiga aquello… pero, eso sí, por el camino, rapidito, nada de nada con nadie, mucho cuidado con distraerse y resbalarse con cualquier pedazo de palo o roca que se le atraviese por ahí…» Me imaginaba que tenía que ir rápido, sin hablar con nadie ni distraerme en absoluto. Por suerte nunca me pasó nada malo. Ya aquí en la capital, al escuchar noticias de violaciones y otras cosas horribles que les hacen a los niños en este país de enfermos del alma, en especial a las niñas, tanto en ciudades como en pueblos y veredas… vine a descifrar la preocupación y advertencias de mamá. Así me pasó con lo que quiso decir papá cuando anunció que él me iba a resolver ese asunto, el de la falta de maleta…

—Pero, te lo resolvió, ¿o no?

—Además de ingenio, mi papá tenía respuestas y soluciones, como fuera, para todo. Por lo que para lo de la maleta que necesitaba para llevar mis útiles a la escuela echó mano de sus habilidades de sastre, tal y como lo aprendió cuando prestó el servicio militar.

—Me tienes intrigado… ¿qué se le ocurrió?, ¿qué hizo mi suegro?

—Cogió un costal de fique... de esos en los que le llevaban la harina para los amasijos, lo abrió y con el mejor lateral, el menos desurdido, me diseñó una mochila, con tapa y colgaderas que elaboró con cordones gruesos que a la vez hizo con las otras partes del costal.

—Bueno… —intenté decir algo. Pero no me salió nada. De nuevo el bendito tarugo en la garganta, reseco y amargo, así lo sentí, me lo impidió.

En ese momento el portero del conjunto nos abría, con gran diligencia, la puerta para que ingresáramos. Lo saludamos, le dimos las gracias y nos subimos al primer ascensor que llegó. Una vez en su interior ella prosiguió el relato.

—En ese momento me sentí humillada… pero ahí mismo se me pasó.

—Me imagino que la genialidad de tu padre te hizo reaccionar…

—Tal vez no fue eso… ahí descubrí y sentí que éramos pobres… ¡muy pobres! Sí, fue cuando lo entendí. Por lo que se la recibí sonriendo, lo abracé, besé y agradecí. Al siguiente día, orgullosa, la llevé a la escuela, con mis útiles escolares adentro… y a cuanta niña o profesora que me preguntaba por la maleta de costal, la mayoría con intenciones de burlase, le repetía las palabras que mamá me dijo, tal vez a título de consuelo al ver mi primera reacción, o de apoyo para mi papá: «Es un morral exclusivo, ¡único!, que solo usted tiene por aquí». Desde ese momento nadie volvió a molestarme, tampoco a preguntar nada al respecto… algunas compañeritas me pedían que se lo prestara y dejara usar por unos momentos. Tengo entendido que varios papás le solicitaron al mío que les hiciera unos iguales para sus hijas…

—¿Tu papá qué les respondió? —le pregunté, sintiendo que el alma me volvía al cuerpo.

—Muchos años después mi mamá me contó que papá a todos les dijo que ese diseño singular solo era para su amada hija.

Al ingresar al apartamento, en el último piso de aquella torre, no sé por qué, pero me sentí aún más orgulloso de mis suegros, y mucho más tranquilo con el desenlace, hasta ahora, de aquella historia. Incluso olvidé lo del muchachito aquel en la puerta del almacén de morrales en el centro comercial. Me senté en el sofá, con vista espectacular hacia el sur de la inmensa y contaminada metrópolis, mientras ella me sirvió una limonada por la resequedad que me escuchó minutos antes. 

Eduviges Alcira, luego de servirme la bebida, se puso el delantal y comenzó los preparativos para el almuerzo. Mientras deleitaba aquel refresco, sin siquiera pensarlo, quizá por el nefasto efecto adictivo de la desencaminada tecnología, cogí el celular y abrí alguna de sus aplicaciones. Revisé las redes y luego pasé al WhatsApp familiar… para mi sorpresa mayúscula encontré un mensaje de mi hija, la intermedia, con la foto de uno de nuestros nietos. Este llevaba sobre su espalda un inmenso morral que le llegaba hasta las corvas. «Hola, familia… esta es la maleta que Adrián Asdrúbal quiere que alguno de sus tíos o abuelos le regalen para este nuevo año escolar que comienza el próximo lunes. La referencia es: Superhéroes de las Tinieblas…», era parte del mensaje con el que mi hija acompañó la foto de mi nieto. Volví a sentir el mismo tarugo en la garganta, por lo que tragué el último sorbo de limonada y llamé a Eduviges Alcira. Cuando se acercó le pasé el aparato.

Ella, intrigada por la lividez de mi faz, me recibió el celular, fue y buscó sus antiparras, se las colocó, miró y leyó con pasmosa tranquilidad. Luego, clavándome esa mirada con el tácito mensaje de: «lo que dice el viejo siempre es verdad, así a nadie le importe o le hagan caso», me comentó cariñosa, como para darme ánimo y espantar la mortuoria lumbre de mis mejillas:

—Aunque suene a frase de cajón, Pompilio Roberto Andrade, “todo tiempo pasado fue mejor”, ¿no te parece? Tal vez por eso, ahora, después de vieja, solo escucho o le pongo cuidado a lo que me hace feliz —me acarició, devolvió el celular, besó en los labios y se regresó a la cocina para continuar con la preparación del almuerzo casero. Ese, el de la femenina sazón de mujer enamorada que tanto me gusta disfrutar después de pensionado. El mismo que extrañé de lunes a viernes durante casi cuarenta años cuando me tocó remplazarlo por los potajes que compraba en restaurantes cercanos a los sitios donde trabajé y mi juventud y adultez temprana derroché.

—Mujer —le compartí—, tengo que confesarte algo…

—Dime, ¿con qué me vas a salir?

—Ahora, más que nunca, solo me importas tú. A tu lado aprendí, y a diario con agrado lo refuerzo, que la felicidad no depende del material con el que esté hecha la mochila en la cual carguemos los útiles materiales para cumplir con la rutina diaria y los deberes que nos pone la maestra que es la vida, sino en tener una compañía diáfana, sencilla, fiel y alegre como tú; con quien pasé y disfruté los mejores momentos de mi juventud y primera adultez, y con quien tan solo quiero estar, cogiditos de la mano, tomando café, cuando nos llame y lleve a los esteros del olvido el sol de los venados… te lo solicito, y esta es mi promesa, amor.

Ella, en la cocina, me volteó a mirar sonriente, como cuando en un anochecer de agosto del 76 me cautivó al topármela por casualidad en una calle del barrio Santander. Entonces, me dijo:

—También la mía, viejo, también la mía, y tú lo sabes.

Luego, me empacó y envió un beso en las alas de la esquiva coquetería del amor sincero de la vejez, sellando de esa diamantina manera nuestra promesa para cuando nos llegue aquel mágico día, el de los adioses camino al jardín de los olvidos. 

jueves, 11 de marzo de 2021

El perdón

 

El perdón

Mención especial

 Premios Concurso Microrrelatos Guka 2020,

Buenos Aires, Argentina

A la clínica llegó Efrén con un ramo de rosas sesenta años después de dejarla esperando en la iglesia. Algunos familiares de Ester Julia, quien estaba siendo operada de su cadera tras caerse de la cama, lo miraron extrañados. La mayoría no lo conocía. Él, después del desplante, se fue del pueblo. Sabía que su suegro, de encontrarlo, la vida no le perdonaría. La única que lo reconoció fue la hermana menor de Ester.

—Usted… ¡Efrén! ¿Qué viene a hacer? —le dijo.

—Vengo a pedirle perdón a Ester Julia… y a suplicarle que nos casemos. Jamás dejé de amarla, nunca me casé, ni volví a tener novia…

—Entonces… ¿por qué salió corriendo?

—Me dio miedo el compromiso, incumplirle en algo y, lo peor, llegarle a fallar; solo tenía 18 y una ilusión en el corazón...

—¿Hacerla desgraciada?

—No, ¡feliz! Pensé volver… fui cobarde. Estuve pendiente de ella. Aquí estoy… llévele mi súplica de perdón con mi propuesta de matrimonio para compartir los días más duros que vendrán. Nuestro amor sigue vivo, me lo dice en sueños.

Veinte días después se casaron, como si fuera aquel día soñado, pero con sesenta años más a cuestas y un perdón que por fin Efrén descargó.

Disponible en Revista Latina NC

martes, 9 de febrero de 2021

Fugaz carroza fúnebre

 

Fugaz carroza fúnebre


Solo es un relato de ficción, pero para algunos, 

tal vez, esté muy cerca de la cruda realidad.

La historia que trasciende hacia infinito con su partida comenzó cuando llegaron del campo y, con lo de la venta de sus fincas, compraron el lote sobre el cual edificaron su casa. Ahí se arraigaron por un buen tiempo, al menos hasta cuando el viejo se murió de tanto trabajar en la dura y enfermiza construcción. En ese entonces la nomenclatura de la casa era 1-41, sobre la calle 22 sur, años después cambió a 1-43. Decidieron mudarse a la ciudad capital, sobre todo, porque las parcelas ya no daban ni para pagar el crédito que la Caja Agraria les daba cada año para sembrar la papa que al ser cosechada siempre bajaba de precio, que ni el costo cubría.

Cuarenta y tantos años después de llegar a la sulfurada ciudad ella fue a reencontrarse con su amado esposo. Él, quien se le adelantó en el viaje, con una rosa del ebúrneo color de su nombre la esperaba allá en la eternidad para continuar esa historia de amor incólume iniciado en la prístina campiña. Pasión humana de la cual surgió la mujer que atrapó mi existencia, y a quien hoy intento mitigarle en algo tan aciaga pérdida, reiterándole la promesa de amarla por siempre, de jamás dejarla sola y, que cuando sea el momento, nos iremos juntitos de la mano. 

Nunca se supo cómo ni dónde pasó... y a nadie pareciera importarle. Quizá todos piensan que es mejor obviar el tema para evitar remordimientos, desavenencias o posturas desafortunadas entre los más allegados de la difunta.

Si bien es cierto que por su edad y patologías preexistentes era más vulnerable que cualquiera de su entorno, ninguno se imaginó, y pocos lo soslayaron, que le ocurriera precisamente lo que tanto, desde el comienzo de la expansión, ella quiso evitar y que inmenso pánico le causaba. Sobre todo, por las dramáticas escenas que transmitían por la televisión con las personas que caían en tan terribles circunstancias.

Ella presentía que algo así, y tal vez peor, le acaecería. Por ello, por separado, a varios integrantes de su núcleo familiar cercano les hizo algunas peticiones y recomendaciones.

A uno le dijo que si se enfermaba no la llevaran a un hospital; que le evitaran semejante tortura en vida, como le pasó al viejo. Que la dejaran morir en casa. A otro, que cuando se muriera no quería entierros en ninguna parte, pese a ser muy católica. Que la cremaran y esparcieran sus cenizas en algún lugar lejano. A casi todos solía insistirles que ella no quería ser carga para ninguno, por lo que, mientras se pudiera valer por sí misma, evitaría molestarlos, convertírseles en un pereque; que si le llegase a suceder prefería irse al encuentro con su viejo, quien desde hacía tiempo la estaba esperando en alguna parte. A todos, cada que podía y a su lado se reunían por solicitud suya, con casi siempre asado de por medio, o cuando les hizo llegar algún presente durante ese postrer trimestre, les enfatizó que era el último que les hacía.

Y así fue.

Cuando la fiebre se le estacionó en 39 °C, sus allegados decidieron llevarla a urgencias... eso sí, ¡a la de una clínica de prestigio! Cuando le dijeron que se iban para el hospital, ella evitó contrariarlos, pese al intenso tremor que conquistó sus manos. Lo único que hizo, al subirse al carro que la transportó, fue echarle una mirada nostálgica a su casa. Tal vez intuía, por el avance de la maluquencia que la devoraba, que jamás regresaría.

En esa prestigiosa clínica la recibieron en urgencias, le practicaron la prueba y le comenzaron a dar medicamentos para intentar contrarrestarle los males que se le comenzaron a exasperar. Sin embargo, como aquella clínica estaba por fuera de la cobertura de su plan social de salud, a la madrugada la trastearon para otra, pero ubicada en el sur, según su categoría y, al parecer, como luego se confirmó, sin la capacidad para atender la gravedad que la aquejaba, y que los galenos sabían. Allá estuvo varios días hasta cuando, según el dictamen, en ese lugar era imposible seguirla atendiendo porque requería asistencia permanente y de mayor complejidad. Entonces, la remitieron al norte, al otro extremo de la ciudad, a un hospital con tal capacidad... y acorde con su categoría social: de la red pública.

Veinte días después, tras los inenarrables suplicios en la UCI, ella se fue a cumplirle la cita a su amado esposo para perpetuar su incólume historia de amor iniciada entre parcelas en la fructífera campiña de cuando mozos, ella doce años menor que él.

El suplicio, a partir de ese momento, ya no fue para la vapuleada octogenaria, sino para todos sus allegados. Estos, a distancia, sin volverla a ver ni a oír desde cuando la ingresaron a urgencias en aquella privada clínica de prestigio, lejos estaban de imaginarse lo que padecerían, sobre todo durante las siguientes veinticuatro horas tras el anuncio del doctor que llamó a informar que:

—Pese a los ingentes esfuerzos del equipo médico, la paciente falleció hoy 2 de enero de 2021, siendo las 7:35 a.m.

Quizá esto solo fue mera coincidencia: en la ciudad, y en todo el país, el caos en las UCI se apoderaba ante la afluencia desbordada de pacientes y se corría la bola popular que los médicos tenían que decidir a quiénes atender para salvar... y a los que no. En este último caso, como se acuñó cual paranoia social, ¡mito urbano!, los que tendrían que morir serían los que más costo implicara mantenerlos conectados, los que menor esperanza de vida tuvieran y, desde luego, ¡los más viejos y de menor estirpe!

   Cinco o seis carros con familiares fueron llegando a las inmediaciones del hospital pasado el mediodía de aquel primer lúgubre sábado del 2021. Por protocolo a nadie dejaban entrar ni siquiera al parqueadero, mucho menos la iban a dejar ver, y solo se sabría lo que le dijo el médico al pariente que recibió la llamada. De ahí en adelante el procedimiento era elemental y dolorosamente entendible:

—Una vez tengan el acta de defunción, envíenla por correo a nuestra funeraria, junto con la copia de la cédula de ciudadanía —le dijo la operadora al familiar que tenía el prepagado plan de exequias—. De ahí en adelante nosotros nos encargamos de lo demás.

—Si es tan amable, me puede indicar el procedimiento para las exequias...

—En este caso, por ley, ¡no hay exequias! y el procedimiento es muy sencillo: cuando tengamos esos dos soportes documentales, nosotros coordinamos con el Sistema de Salud de la Capital para el trámite de cremación. Luego, con el permiso oficial, enviamos la carroza al hospital y de ahí la transportamos directo al crematorio ubicado en uno de nuestros cementerios a la salida de la ciudad, en el occidente...

—Señorita —la interrumpió el afligido allegado—, ¿sería posible, ¡al menos!, hacerle acompañamiento desde la salida del hospital hasta el cementerio... algo así como una caravana detrás de la carroza?

—Si ustedes quieren... pueden seguir la carroza. Pero, le advierto: por protocolo el conductor tiene prohibido detenerse durante el recorrido... tal vez a la entrada del cementerio lo haga por unos minutos para que los deudos, si están ahí, le den el último adiós... ¡sin acercarse!

Según la recepcionista de la funeraria la carroza iría a recoger los restos fúnebres antes de las cinco de la tarde de aquel sábado, por lo que a esa borrascosa y fría hora algunos carros, con apesadumbrados familiares en su interior, esperaban en las inundadas calles adyacentes al hospital.

Al marcar las cinco y media sin noticias de la carroza, el familiar volvió a llamar a la funeraria. La misma recepcionista le comunicó que la recogida del cadáver había sido aplazada. Esto, por el significativo aumento de la demanda de aquel rentable servicio en ese día, por lo que se reprogramó para las ocho de la mañana del siguiente, es decir, para el domingo.

    Los mismos carros del día anterior, con algo más de familiares y desde antes de las ocho de la mañana del domingo, esperaban parqueados frente al hospital la salida del coche con los restos del ser amado. El familiar aquel le tenía que entregar al conductor de la carroza las fotocopias del acta de defunción y de la cédula de la difunta, por lo que le manifestó cuando al fin llegó:

—Señor, varios carros con familiares queremos seguirlo para acompañar a la difunta hasta la entrada del cementerio, donde quisiéramos hacerle una breve oración... ¿me puede indicar el recorrido para seguirlo, por favor?

—Bajo por esta misma calle a la Novena, con rumbo al sur, tomo la Centenaria y la Ecuménica y, luego, la Autopista a Occidente hasta el cementerio —respondió el chófer con indolencia.

—Gracias, estaremos atentos e iremos tras usted.

Contrario al recorrido que indicó el conductor, la carroza tomó inicialmente otra vía, y no por donde estaba lista la caravana con los familiares. Además, salió rauda, por lo que solo dos vehículos de aquellos pudieron ubicarla diez cuadras adelante y seguirla en su desaforada carrera hasta la entrada al cementerio, lugar en donde tampoco se detuvo, y hasta donde llegaron los dos carros que, contraviniendo cuanta norma de tráfico existía, le pudieron aguantar el paso. Los otros, pese a no haber mucho tráfico esa mañana de domingo, seguían a gran distancia y rebasando, también, los límites de velocidad, la fugaz carroza fúnebre, guiados por la señal que el primero de sus familiares, a más de ciento veinte kilómetros por hora detrás de esta para evitar perderla, emitía mediante su sistema de geolocalización.

Los veinticuatro deudos que esa mañana de domingo iban en los vehículos de la desaforada caravana de acompañamiento de la difunta, además del dolor y la angustia ante tan lamentable pérdida; y en semejantes circunstancias que ella presagió y quiso evitar; durante aquellos veinte minutos de inaudita persecución mortuoria tuvieron que soportar y tragarse la rabia que aquel protocolo social les generaba al impedirles darle el último adiós a la fallecida amada. También, y sumado con lo que con ella debieron hacer o darle, y que siempre postergaron por cualquier ‘justificada’ razón a lo largo de la vida, les quedó un vacío en sus almas al ni siquiera haber visto la fugaz carroza fúnebre que trasportó los restos de aquella sinigual mujer, para unos: la inolvidable madre, abuela o bisabuela; para otros, la querida suegra... cual segunda mamá.

—Además —dijo entre sollozos una de sus hijas—, sin siquiera una flor, una esquela o, al menos, una cinta fúnebre con su nombre, cual incógnito e intrascendente connacional...

—¡De un sin nada! —complementé apesadumbrado—, como más que nunca lo somos ahora los integrantes de la inmensa mayoría de este peculiar país... y del mundo entero en estos aciagos y deshumanizados momentos, cuando la vida vale menos que un centavo.

 Relato disponible en Revista Latina NC

 

viernes, 18 de diciembre de 2020

Las vacaciones del abuelo

 


Solo con el paso del tiempo se me fue disipando la zozobra por esa frase que me dijo mamá en mi preadolescencia cuando, después de unos días sin volverlo a ver, le pregunté por mi abuelo. Lo recuerdo desde cuando me recogía en el jardín y, siempre de la mano, me contaba historias que me parecían fantásticas. Ya en casa, después de darme onces, ponía música instrumental, según él, para concentrarse y poner en paz su espíritu, sobre todo cuando leía, escribía, meditaba o simplemente descansaba.



Tal vez el día que más feliz lo vi fue cuando al terminar la avena y el pan rollo que me dio la abuela me paré del comedor y le dije:

—Abuelo, por favor, ponga música para concentrarme porque tengo una tarea que me dejó la maestra. Era sobre los planetas, recuerdo.

A diferencia de casi todos los que rodearon mi infancia y temprana juventud, jamás me exigió, mucho menos me obligó a hacer o no alguna labor. Me decía:

—Solo te indico lo que debes hacer o no. Es cosa tuya si lo haces, de tu libre albedrío. Eso sí, hijo, los frutos que coseches en la vida, dulces o amargos, de ahí dependerán.

—Abuelo, ¿qué es libre albedrío? —le pregunté esa vez, así como cada que soltaba una palabra que yo desconocía.

—Libertad para decidir sin presiones, guiado por la inteligencia y los referentes de las personas buenas, siempre evidentes y a la vista de todos, como las flores del jardín y las aves en el cielo, muchachón.

—Entonces, madre —le insistí esa vez—, ¿dónde está el abuelo?

—Hijo, el abuelo se fue de vacaciones… —entonces, soltó el llanto.



Disponible, también, en Revista Latina NC.


lunes, 7 de diciembre de 2020

El día soñado

 

'El día soñado', Séptimo Premio Guka de Microrrelato 2019,

Buenos Aires, Argentina.

 Así, toda vestida de blanco, una vez le avisaron que Efrén ya estaba en el templo, esperándola, se desplazó hacia el atrio, ornado con multicolores flores de la región. Aquella hermosa quinceañera iba del brazo de su orgulloso padre. Una alfombra roja comunicaba desde la entrada hasta el altar, mientras se comenzaban a escuchar los acordes de la marcha nupcial.

—En ese instante mi padre desapareció entre una bruma nocturnal, pero yo seguí mi destino. El prolongado y levitado recorrido lo hice sola. Llegué, por fin, hasta donde él estaba. ¡Qué guapo! ¡Parecía un querubín!

—Efrén Sepúlveda —le preguntó el cura—, ¿acepta por esposa a Ester Julia Liévano Angarita?

—Entonces —preguntó el médico que la iba a operar—, ¿qué pasó?

—Doctor, el sin tantica ese se esfumó —respondió la anciana—, como lo hizo el día soñado, hace sesenta años, cuando ni siquiera llegó a la iglesia… Fue cuando me caí de la cama y desperté con ese dolor tan intenso al fracturarme mi porosa cadera. Por eso jamás me casé, ni tuve hijos, doctor.

Relato disponible en Revista Latina NC


 


jueves, 5 de noviembre de 2020

Una mujer de éxito

 



Aquella guapa y elegante mujer comenzó por decirme que casi treinta años después, y por causalidad o curiosidad de madre, ella le volvió a escuchar a su padre esa recomendación a la cual, por considerarla otro de sus ‘sermones’, o quizá palabrería destemplada, entonces poco caso le hizo, ni importancia alguna le dio. Me compartió, también, que, sin embargo, al ir pasando los años esta se le convirtió en más que en un referente: ¡en un reto!, y algo así como en el combustible para las metas que se propuso, sobre todo después de los veinte; muchas de las cuales cumplió en cuanto a estudio, trabajo y, en parte, en relación con su vida social y familiar; pero a su acomodo y concepción en particular.

—Quizá por ello —enfatizó una vez nos llevaron los jugos de naranja, en los que también coincidimos—, cada vez que obtengo logros, y tras ingentes esfuerzos en cada oportunidad, me quejo dentro de mí porque... es evidente que esa única vez cuando me habló al respecto, y como desde entonces me lo repito en silencio, siendo usted el primero en escuchar este lamento: mi viejo del todo no fue claro; creo que le faltó concretar cosas y darme más luces y herramientas para mi vida de adulta... ¿o no, señor escritor?

Eludí responderle, carecía, hasta ese momento, de argumentos para hacerlo. Ella, ante mi mutismo, probó una porción de su fruta y continuó.  

—En ocasiones siento hasta rabia porque cuando fallo o triunfo en algo, cuando necesito que me aclare las reglas de la vida, que me diga si estoy o no en lo correcto, si era así o no que debía actuar en esto o en aquello, si no le pregunto o digo de forma expedita lo que quiero o necesito, que nunca lo hago respecto a esas tres reglas de su recomendación, él jamás chista nada; no dice ni mu. Se limita a mirarme fría y fijamente, sin nunca llegarme a contradecir, como tampoco a reiterar, aclarar, modificar o mejorar su mandinga recomendación.

—Por la descripción que hace de él, señora Lina Luna, su padre parece ser un hombre egregio —fue lo único que se me ocurrió decir para no volver a quedarme callado ante su pausa —, ¿qué edad tiene su padre?

—No mucho, jamás le gustó la fama, tampoco los reconocimientos ni figurar en nada público... usted debe tener unos cinco o siete años menos que él, calculo, por lo que al ser casi contemporáneos quizá entienda la razón por la cual, cuando triunfo y corro a contarle solo me da un abrazo —la espigada dama respondió mis dos preguntas, pero las empató retomando el hilo de su conversación—, me estampa un beso tímido en la mejilla y me dice con destemplado aliento:

—Muy merecido, hija, me alegra, que lo disfrutes.

—Cuando es lo contrario... ¿qué pasa? —me sentí impelido a preguntarle, fijándome en esos dos zafiros seductoras que tenía por ojos, entre sus mejores atributos ubicados en esa trigueña y atractiva faz, conservada con esmero para evadir el azote de los cuarenta y tantos años que tal vez tendría, como deduje con rapidez a partir de los datos suministrados, así como en uno que otro ineludible rasgo de imposible disimulo.

—Igual, señor escritor: me abraza, besa y dice:

—Hija, revisa en qué fallaste y lo intentas de nuevo; sé que lo alcanzarás algún día, tienes con qué y te lo mereces, no eres de las dadas al fracaso.

Volvió a pausar su relato para degustar una tostada untada con mantequilla y mermelada.

—Siento que no he podido superarlo, ni ser lo que tal vez él hubiese querido o esperaba de mí —continuó tras un sorbo de chocolate—. Esto, pese a que, como ingeniera informática gano diez veces más de lo que él ganaba cuando tenía mi edad, pequeño salario con el que se jubiló, a que hablo tres idiomas, tengo dos posgrados y ocho diplomados, conozco cuatro continentes y ocupo un cargo de alta dirección en una multinacional de tecnología comunicacional. Él siempre fue un empleado profesional en la misma empresa, nunca aprendió otro idioma y jamás salió del país, ni siquiera de vacaciones. Todavía así, no sé, creo que él esperaba más de mí. ¿Qué?, ¡no sé! Lo pienso de esa manera, sobre todo tras escucharle la misma recomendación que hace poco él le dio a mi hija mayor, de casi diez años, la edad que tenía yo cuando me la hizo en esa humilde casa de aquel barrio obrero en el que siempre ha vivido y de donde provengo.

—Entonces, abuelo... ¿qué es lo que me quieres decir? —le escuché a mi hija, quizá sin que ninguno de ellos se percatara de que yo desde la cocina auscultaba la conversación que sostenían en el jardín interior de mi enorme casa suburbana para los fines de semana—. Me tienes intrigada con lo de la tal recomendación para ser una mujer de éxito en la vida.

—Comenzaré por decirte, jovencita, que el éxito es el resultado feliz de una actuación emprendida por alguien, y sin menoscabo para nadie —le comentó mi padre a mi hija mayor, como a mí esa vez—; siendo la vida la más importante, compleja y larga de las actuaciones que realiza todo ser humano.

—Entonces, siendo así, abuelo, ¿cómo es que se logra el tal éxito ese del que hablas?

—Decirlo y oírlo es simple, hacerlo implica disciplina, tiempo, tranquilidad y mucha voluntad.

—Algo así también dice la monja rectora en el colegio...

—Lo primero, jovencita, es hacer siempre de manera correcta y cumplida las cosas que te correspondan a lo largo del tiempo, así no sean las que hubieses querido, te hayas propuesto, creas merecer o sientas que mejor puedes hacer.

—Entendido... ¿la segunda, abuelo?

—Durante esa actuación... jamás causarle mal a nadie ni dañar nada, por más que alguien te lo haya ocasionado. Esto implica evitar lesionar, no solo a las personas, sino, so pretexto de proteger la economía, seguir lacerando la frágil casa azul que nos prestó el universo por un ratico. El rencor entre congéneres, enjundia exclusiva de humanos, encona la herida e impide que el alma sane y vuele limpia y tranquila a la siga de la cima prístina. La ambición material desmedida solo nos llevará más rápido al cataclismo en donde tarde comprenderemos el verdadero valor de un vaso de agua, un soplo de aire limpio y un atardecer tranquilo.

—La primera parte suena como a eso de poner la otra mejilla... la segunda, a ecología y medio ambiente, temas que enseñan y nos repiten en clases de religión y ciencias naturales. Bueno, abuelo, y ¿la tercera?

—Tal vez la más difícil... hoy por hoy...

—¡Rápido, abuelo!, que en dos minutos tengo un chat con las amigas del cole...

—Sí, entiendo, me habías dicho de ese compromiso... La tercera, en especial, brindarle ayuda desinteresada, callada y en la medida de tus posibilidades a quien la necesite o te la pida, ¡así nadie te la haya ofrecido durante tus dificultades y penurias!

—Entendido, abuelo, te resumo, entonces: hacer bien lo que nos corresponda, nos guste o no, evitar causarle daño a la gente y al planeta tierra, y ayudar a quien esté a nuestro alcance y en la media de lo posible.

—Así es, jovencita. Si logras hacer estas tres cosas al unísono, y te reitero, si al hacerlo te genera satisfacción, llegado el momento comprenderás y valorarás lo exitosa que ha sido tu vida, con independencia de lo poco, mucho o nada guardado en tu alcancía. Éxito que es sinónimo de felicidad y que, con el paso de los años, se convierte en el máximo galardón que la vida le puede conceder a un ser, a más de racional, ¡sensible!; cada vez más escasos por doquier, dado que la equivocada filosofía confunde dinero y poder con alegría.

—Gracias, abuelo, lo tendré en cuenta... ahora voy a mi alcoba porque mis amigas ya están conectadas para la pijamada virtual —le dijo mi hija y se paró de su lado, cruzó por la cocina, me sonrió y se digirió a su alcoba en donde se encerró.

La alta ejecutiva hizo otra pausa para terminar su desayuno. La secundé, pero sin perder de vista sus agradables facciones y expresiones corporales que me confirmaban la veracidad de la inédita y escondida historia que quiso contarme tal vez para desahogarse con un extraño con quien quizá jamás se volvería a ver, como en efecto acontece hasta el momento de publicar este relato.

   —En ocasiones pienso —continuó—, y se me raya el seso con eso, que el tema de la insatisfacción de mi padre, si es que está insatisfecho conmigo, como me imagino, o como lo siento, nada tiene que ver con el estudio, el trabajo, mis ingresos, los viajes y mi rol de madre y ama de casa; en esto siento que me ha ido bien, que soy exitosa...

—Entonces... señora Lina Luna, ¿por qué motivos su padre tendría que estar insatisfecho con usted?

—Por mi vida afectiva, en específico, por lo de mi esposo, sospecho.

—¿Sí... por qué?

—Mi padre, al respecto, como hoy lo analizo tras cincuenta años de matrimonio con mamá, ha sido un hombre de tradición, rectitud, ejemplo, y según él: «Aunque pobre, haber llegado a viejo con la tranquilidad del deber cumplido sin haberle causado mal a nadie...». Además, parece saberlo todo, y no sé, ¡ignoro cómo diantres lo hace!, pero hay cosas que de repente saca como del sombrero. Imagínese, señor escritor, estaba casi segura de que nadie más que yo sabía sobre algunas cosas que me he guardado, que hacen parte de mis secretos más refundidos e íntimos... los que, tal parece, del todo no los son para él.

—Señora Lina Luna —intervine al sentirme algo sofocado y al imaginarme lo que seguiría contándome—, por lo general la edad y la experiencia traen sabiduría e intuición, por lo que al oír a un adulto al joven le parece como si este adivinase las cosas.

—Puede ser... Jamás le conté a nadie, sin embargo, él lo sabe, por el comentario al margen que algún día me hizo, lo de mi primera relación... que más que eso fue una violación algo consentida a mis vedados once años y por cuenta de un familiar. Si sabe esto, o lo intuye, desde luego que conoce, o ¡intuye!, lo de mi difícil vida afectiva con mi... disipado y reposado marido: «¡Inmaduro, irresponsable y descarado!», como parece que me lo gritan sus ojos, señor escritor, cuando él me mira ante ciertas posturas y concepciones de mi esposo.

La dama guardó silencio por un momento. Opté por respetar su pausa. Estaba agradecido por haberme querido contar su escondida historia, siendo un completo desconocido para ella. Me la quiso participar, intuyo, cuando nos presentamos y le dije que mi oficio era escribir. Nos tocó compartir mesa para el desayuno en el restaurante del bonito Hotel Diez en donde coincidimos, ella en un viaje de negocios, yo en una visita relámpago para hacer entrega de algunas de mis obras en las bibliotecas públicas de esa primaveral ciudad intermedia, ¡siempre en flor!

—Quizá por eso —retomó la historia—, y en aras de mi tranquilidad y proyecto marital, opté por asumir las riendas... eso sí, tratando de mantener guardada tal situación. Intento mostrar, como sea, hacia afuera, en especial hacia mis padres, una vida marital normal, de pareja, colaborativa, como la de ellos... sin lograrlo del todo, al menos frente a mi imperturbable viejo, y ni siquiera, ahora, ante mi hija mayor luego de la charla que ella tuvo con papá respecto al éxito y su engomada teoría.

—Señora Lina Luna, discúlpeme, creo entender la inquietud, así como la duda que tiene frente a su padre “y su engomada teoría” respecto a su guardado secreto doméstico, pero ¿por qué, ahora, involucra a su hija mayor? —me causó curiosidad y le pregunté.

—Casi quince días después de esa conversación que escuché a hurtadillas entre mi padre y mi hija, esta se me acercó y me preguntó con gran disimulo, como buscando no ser vista ni escuchada por nadie más que yo:

—Madre, tengo una pregunta...

—Te escucho, hija, adelante, con confianza, como siempre te he dicho: además de ser tu madre, te reitero, también soy tu amiga y compinche.

—Madre, ¿eres exitosa?

—La verdad, señor escritor, tras recordar las palabras que mi padre me dijo hace tanto tiempo, las que le repitió a ella, casi de memoria, en el patio de mi casa campestre dos semanas antes, me fue difícil y comprometedor contestarle; sin embargo, tenía que darle una respuesta.

—¡¿Qué le respondió?! —le pregunté con exaltación porque estaba más que intrigado por la respuesta que le habría dado a su hija esa vez.

—¡Sí, claro!, ¿no te parece, hija? —le manifesté.

—¿Y? —le insistí.

—Mi dulce y bella hija me miró, se sonrió, se me acercó y me dio un beso en la mejilla. Luego, se marchó hacia su alcoba. Tenía otra vez una video charla con sus compañeras, o eso es lo que suele decir cuando se encierra, cada día más seguido y durante más tiempo. Desde ese día, cada que nos vemos, solo nos sonreímos y, como si lo evitáramos, obviamos aquel tema... no sé hasta cuándo, espero que no sea por siempre, ni para cuando tal vez sea demasiado tarde; menos, ahora, que ella comienza el oscuro laberinto de sus once, el que desemboca en el mordido silencio de los doce, camino al tortuoso de los trece e insufribles catorce...

Quedé atónito. Terminamos al tiempo los rezagos del desayuno. Antes de levantarnos de la mesa se me quedó mirando y sonrió con picardía, entonces, me solicitó, tras coger su elegante y costoso bolso, dispuesta a pararse, por lo que la secundé y fui y le corrí la silla:

—Cuando escriba esta historia, señor escritor, por favor, solo cambie algunas cosas... por ejemplo: mi nombre... me gustaría figurar como Lina Luna Lineros López, una mujer de éxito.

Gracias, señora Lina Luna Lineros López,

donde quiera que esté,

por compartirme esta interesante historia

 que en algo transfiguré a solicitud suya.


Este relato está disponible, también, en Revista Latina NC 


domingo, 11 de octubre de 2020

Recuerdos de un paseo que no fue



Me quedé solo cuando el profesor Flaminio y los demás compañeros de la escuela partieron hacia la finca La Dorada; ¡aquella fue una sensación indescriptible!, ¡inolvidable!; me aguaita desde entonces.

—Es una salida ecológica —nos dijeron días antes—; deben llevar tres meriendas, bebidas y una gorra para protegerse del sol.

—Hijo, no hay plata —dijo mamá la tarde anterior… ¡y era verdad!, dramática y dura verdad—. El profesor Vásquez lo sabe y entenderá.

Aquel lunes, en lugar de quedarme en casa, madrugué a la escuela, camino a Melgas. Todos, menos yo, estaban listos y tenían lo que nos dijeron que lleváramos al paseo. ¡Un paseo!, eso era para mí la tal salida ecológica.

—Entonces, joven —me dijo el profesor—, le toca quedarse… o buscarse lo suyo. Si lo consigue, nos sigue; sabe dónde es, ¿verdad?

Pese a los casi nueve años que tenía nunca había visto la plaza parque del pueblo entre semana. La soledad y la tristeza deambulaban de la mano, enchipándose en mi alma. Fui a insistirle a mamá al almacén de los Macareno, donde trabajaba… también a Rogelio Pérez, mi papá, en el billar de la esquina noroccidental; sin éxito.

Parado frente a la casa de doña Bárbara; ahí por los años sesenta vendían ricas colaciones y masato; escuché que allá, en la revuelta de El Alto, muchachada y maestros generaban algarabía.

Los seguí.

Hora y media después, al sentirme perdido… me devolví.

Relato disponible en Revista Latina NC