sábado, 1 de febrero de 2025

Realismo mágico y nostalgia social

 

Constantes en la literatura universal

El realismo mágico podría tener diversidad de conceptos como cruces de caminos y riscos puede uno toparse en las montañas de la literatura universal, con mayor razón cuando se camina con alpargatas raídas o hasta descalzo.

En mi opinión de empírico en estas agudas lides creo que el realismo mágico es el producto de la transfiguración literaria que el autor hace al describir el ambiguo comportamiento de las personas en los complejos entornos sociales que habita, frecuenta o imagina y de donde extrae o inventa a sus personajes inmortales.

La transfiguración literaria es la técnica usada por el escritor para hacer que alguien, o algo, cambie de figura, de aspecto o de contexto hasta mimetizarse en la ficción, sin perder por completo su esencia. De esa manera lúdica le deja al lector la responsabilidad de acomodar, según su imaginario y concepciones, el paisaje social (la realidad) que el autor a propósito varió por alguna razón que solo él sabrá, tal vez.

Para develar lo que hay detrás de los personajes y escenarios literarios transfigurados el lector tendrá que acudir a su ingenio y capacidad interpretativa. Debe mantener un diálogo fluido y privado con el autor a través de sus creaciones. Entonces, podrá traerlas y asociarlas con su vida, con su contexto, con su realidad. De esa forma, quizá, hasta pueda que encuentre algunas explicaciones refundidas, confusas o vedadas que solo ahí hallará o tendrán pleno sentido.

El escritor usa la transfiguración por algunas circunstancias, “hechos sociales”, como diría Émile Durkheim, propias del momento e inherentes a la génesis del chispazo literario. En particular, las de índole político, religioso, cultural, económico, moral, militar… tan pintorescas, olorosas e ignominiosas en la América subcontinental desde hace casi un siglo y, en Colombia, específicamente, al menos desde la época de la masacre de las bananeras y, más reciente, las de las sombrías escombreras aquellas.

Veamos, de la pluma de Isabel Allende, en “La casa de los espíritus”, un ejemplo de esto:

“Para el vuelo llevaba, además, su brújula, un catalejo y unos extraños mapas de navegación aérea que él mismo había trazado basándose en las teorías de Leonardo da Vinci y en los conocimientos australes de los incas. Contra toda lógica, al segundo intento el pájaro se elevó sin contratiempos y hasta con cierta elegancia, entre los crujidos de su esqueleto y los estertores de su motor. Subió aleteando y se perdió entre las nubes, despedido por una fanfarria de aplausos… Clara siguió mirando el cielo hasta mucho después que su tío se hizo invisible… Después de tres días, la euforia provocada por el primer vuelo de aeroplano en el país se desvaneció y nadie volvió a acordarse del episodio, excepto Clara, que oteaba incansablemente las alturas”.

El escritor acude a la transfiguración, en principio, como producto de su efervescente pensamiento, siempre impactado por algo, por lo general, un hecho o un golpe social que atrapa y que, al caer en su cedazo interpretativo-creativo-innovador convierte en una obra literaria.

Ese autor, por gigante o minúsculo que sea, es antes que nada un ser humano. Por lo que a veces querrá denunciar, vengarse o enaltecer algo, o a alguien. Pese a esto, sabe que necesita comer, que requiere un techo, trabajo, reconocimiento y, sobre todo, seguir ileso o al menos con vida. Razón por la cual le pone más o menos filtros a la transfiguración que haga de los hechos que inmortalizará. Le echa mano, en consecuencia, al instintivo mecanismo humano de defensa, con el pertinente desplazamiento literario, cada vez que un hecho social (de la realidad) lo conmueve, por lo que de inmediato acude a sus armas predilectas para captarlo e inmortalizarlo: el lápiz y el papel (ahora el procesador).

La cruda realidad social que impactó al escritor, al volcarse en letras sobre el papel o en las membranas digitales del procesador, no siempre es copia idéntica de su original. El autor entiende, o le toca entender, que el hecho original puede o debe ser narrado con más o menos color, con más o menos dolor, con más o menos rencor, con más o menos beligerancia, con más o menos impelida obediencia… Es ahí cuando la transfiguración literaria se hace presente para que las manos del genio, con la magia de la gramática, maquille y filtre esa realidad social, según las imperantes “circunstancias de tiempo, modo y lugar”, como dicen los jurisconsultos.

Permítanme, por favor, precisarlo con este fragmento de “La hojarasca”, en mi opinión, la obra cumbre de don Gabriel García Márquez, sin que esto demerite lo inmarcesible en todas las que salieron de su sinigual pluma universal:

Allí vinieron, confundidos con la hojarasca humana, arrastrados por su impetuosa fuerza, los desperdicios de los almacenes, de los hospitales, de los salones de diversión, de las plantas eléctricas; desperdicios de mujeres solas y de hombres que amarraban la mula en un horcón del hotel, trayendo como único equipaje, un baúl de madera o un atadillo de ropa, y a los pocos meses tenían casa propia, dos concubinas y el título militar que les quedaron debiendo por haber llegado tarde a la guerra”.

 ¡Esto es realismo mágico! La historia colombiana… qué digo colombiana, ¡del mundo! en los últimos cien años, y más, mimetizada en un párrafo.

De alguna manera queda despachado casi el cincuenta por ciento del título de esta plática: “Realismo mágico y nostalgia social”. Me imagino que se estarán preguntando: ¿Qué hay con lo de la nostalgia social? Además, ¿en qué y cómo se relaciona esta con el realismo mágico?, si es que se relacionan.

Realismo mágico y nostalgia social, dos conceptos esculpidos en pocas palabras. Las dos primeras, concepto inicial, abordadas aquí como la habilidad del escritor para transfigurar literaria y gramaticalmente la realidad según las circunstancias sociales.

Circunstancias que constituyen nostalgia social, desasosiego colectivo, desesperanza crónica, maniatada rabia, cuando están plagadas, cual indisoluble fragua, de realidad con sortilegios; de infundidos afanes con miedos y esperanzas insípidas; de tristezas con fandangos y anodinos espectáculos; de desigualdad con pobreza extrema de una mayoría y riqueza atorrante de una minoría; de moralidad con corrupción y política; de falsedad con engaño y perdón; de crueldad con dulzura; de amor con traición, canto, folklor y poesía; de religión con pecado, miedo y salvajismo; de subdesarrollo con inseguridad, malicia, inmunidad e impunidad… y, todo a la vez, pero nada a la vez.

¡Influjo de la nostalgia social en la literatura universal!

Veamos otros fragmentos inherentes:

“También los ricos, si querían seguir siendo ricos, debían aliarse con el jefe, venderle parte de sus empresas o comprarle parte de las suyas y contribuir de este modo a su grandeza y poderío… el Chivo había quitado a los hombres el atributo sagrado que les concedió Dios: el libre albedrío…”

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“Solo le resistió la mirada unos segundos. Cerró los ojos, quería dormir. O morir. No importaba. Oyó dos o tres veces la pregunta: << ¿Balaguer? ¿Balaguer también?>>. No respondió ni abrió los ojos. Tampoco lo hizo cuando el vivísimo ardor en el lóbulo de la oreja derecha lo hizo encogerse. El coronel le había apagado el cigarrillo y ahora lo retorcía y deshacía en el pabellón de su oreja”.

Frases que Mario Vargas Llosa plasmó, con el pincel del realismo mágico, impactado por la nostalgia social dominicana que imperó por más de treinta años durante la medianía del siglo XX, en una de sus fabulosas obras: “La Fiesta del Chivo”.

Veamos algo de Neruda, la voz de mi conciencia poética, en “Confieso que he vivido”:

“Por aquellos tiempos, cuando aún no existían los <<moteles>> en el mundo, el hotel Nederlanden era insólito. Tenía un gran cuerpo central, destinado al comedor y a las oficinas.

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…separados entre sí por pequeños jardines y árboles poderosos. En sus altas copas vivían infinidad de pájaros, ardillas membranosas que volaban de un ramaje a otro e insectos que chirriaban como en la selva…

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Aquí sí había consulado de Chile…

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Alguien… me condujo a la oficina del director, un holandés colorado y voluminoso. No tenía estampa de gerente de empresa naviera, sino de cargador de puerto.

-     Soy el nuevo cónsul de Chile –me presenté-…

-     ¡Aquí no hay más cónsul que yo! –contestó furibundo.

-     ¿Cómo es eso?

-     Comiencen por pagarme lo que me deben –gritó”.

 

La historia económica, política y social de Chile, capturada en versos y frases nerudianas, antes y después de Allende, sí que están plagadas de realismo mágico y nostalgia social, tan vigentes, no solo allá, también, acá y más allá.

Ahora, Juan Rulfo:

“Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar como en espera de algo.

-     Hace calor aquí –dije.

-     Sí, y esto no es nada –me contestó el otro-. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija.

-     ¿Conoce usted a Pedro Páramo? –le pregunté.

Me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza.

-     ¿Quién es? – Volví a preguntar.

-     Un rencor vivo – me contestó él.

Y dio un pajuelazo contra los burros, sin necesidad, ya que los burros iban mucho más delante de nosotros, encarrerados por la bajada”.

  

Acaso, historias como las dibujadas por Rulfo en esta obra, y en otras más, en estos hechos sociales narrados, en estos parajes y vivencias rurales pintadas con letras, que aún ululan y ulularán por largo rato en México y en casi todo el mundo subcontinental del pujante y magenta siglo XXI, ¿no destilan ese color y sabor mágico-realista inmerso en la nostalgia social de sus protagonistas?

 

Ahora permítanme traer algunos fragmentos de una novela editada y publicada en 2015 por Pukiyari Editores:

 

 “El inmundo y letal brebaje, “recetado” al inicio del proceso de “limpieza” por el Iluminado Indio Guarerá… utilizaba como insumos principales los entresijos crudos de los cerdos…”

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“…Marco Aurelio estaba seguro de lo que había visto y, desde luego, no iba a desistir; menos, cuando una de las cosas que en esos días le contó, con reiterada ansiedad, su asesor espiritual, era lo relacionado con un posible y poderoso entierro maléfico en alguna de sus propiedades; quizá en la que él más quería, razón por la cual sus enemigos habrían intentado invadirla con demoniacas y letales energías, buscando afectarlo de muerte, para, una vez él quedara fuera del camino, usurparle  sus preciadas propiedades.”

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“Tres días después, y en presencia de sus dos hijas, Marco Aurelio Mancipe murió víctima de la disentería, en concomitancia con un descomunal quiste de amebas que le estranguló el cerebro. Falleció mientras balbuceaba maldiciones contra el Indio Guarerá, contra un tal Profesor y Maestro Luz de Esperanza, contra su guía espiritual, un tal Abelardo Ramírez González, y contra su abogado, el doctor Germán Villarte Lopera, y, desde luego, culpando de su letal enfermedad, al ya renombrado brebaje: El Guare Guareta”.

Realismo mágico y costumbrismo viven en La iluminada muerte de Marco Aurelio Mancipe”, manifestó Ani Palacios Mc Bride presidenta de Pukiyari Editores al referirse a esta obra.

Sobre esta novela la docente colombiana de literatura Beatriz Criollo, conmovida durante su lectura, expresó que eran tan reales sus escenas, que cuando leyó que a Marco Aurelio le hacían tomar esos pútridos bebedizos para enfermarlo y despojarlo de sus haciendas, además de la impotente rabia que la embargaba por tal infamia (nostalgia social), ella creía sentir en su boca el horrendo sabor del menjunje y en su estómago los efectos de este, como retorcijones. Ineludible afectación, pues historias de despojos y desarraigos como los allí narrados, en Colombia fueron pan de cada día durante el siglo XX y comienzos del XXI, ¡y aún lo son y lo seguirán siendo!   

Realismo mágico es la transfiguración de la realidad mediante el pincel de la gramática. Nostalgia social, concebida como la expresión escrita de la ambigua conducta del hombre para causarle daño a sus congéneres, a su entorno y a sí mismo. Dos conceptos que de alguna literaria manera encuentro inmersos, mezclados, en Cantar de Mio Cid, pasando por La Odisea, Almas muertas, El Quijote, El idiota, Crimen y castigo, El mercader de Venecia, Los miserables, Ivanhoe, El moro, Cien años de soledad, El viejo y el mar, Love Story, en el Ensayo sobre la ceguera, en Desgracia, en Martes de Infamia y otros días fatales, en 99 amaneceres, en El frío del olvido y en todas las obras que tengan por eje central al impreciso ser humano, preñado de encontradas pasiones y oscuros sentimientos que intenta a toda costa ocultar, esconder, no mostrar. Encontradas pasiones, nostalgia social, que gobiernan, con inocultable y afrentosa evidencia, cada uno de los trastabillados y consuetudinarios actos del ser humano, materia prima en la literatura universal.   

Entonces, en mi opinión no certificada, con independencia y sumo respeto con la opinión de los expertos: en tanto el autor, por cualquier motivo, transfigure así sea con una miga de ilusión la realidad que lo impactó para crear su historia, esta le pertenece al realismo mágico y, en tanto el tema tenga que ver con las encontradas pasiones humanas, esta se trata de una obra inmersa en la nostalgia social.

Si me preguntan que: ¿En “El misántropo” hay trazas de realismo mágico y si su perfume social es el de la nostalgia?, mi respuesta en ambos casos es afirmativa.

Miremos tal mezcla:

“ALCESTE. - Pero ¿qué? Todo cuanto digáis es inútil. ¿Qué podéis alegar? ¿Tendríais acaso el desparpajo de querer justificar, ante mis propias barbas, los horrores y vilezas que vemos cometer a cada paso?

FILINTO. – No; estoy de acuerdo con vos. Todo se mueve con intrigas y no hay otras leyes que las del interés y del egoísmo. Es cierto que hoy día solo triunfa la maldad y la hipocresía, y que los hombres deberían comportarse de otra manera. Pero ¿creéis que esa lamentable falta de equidad justifica plenamente que queráis alejaros, por completo, de ellos? Todos esos vicios o defectos humanos nos proporcionan, precisamente, la oportunidad de poner en práctica nuestra filosofía. No creo que exista mejor medio de ejercer nuestras virtudes, ya que si la probidad fuese la norma y todos los humanos fuesen sinceros, justos y generosos, la mayoría de nuestras virtudes no tendrían ocasión de mostrarse, ya que precisamente deben servirnos para saber soportar la maldad y la injusticia ajenas”.      

Es evidente, en esta obra, como en todas las de Moliere, hay críticas mordaces a la sociedad cortesana de entonces, así como a sus costumbres y excesos, desde luego, de manera transfigurada y con la ineludible y supurante nostalgia social en cada frase.

Realismo mágico y nostalgia social, constantes en la literatura universal. Conceptos que, aunque en la pantalla algo se alcancen a percibir gracias a los esfuerzos y argucias de los profesionales de las artes audiovisuales, solo las retinas de los lectores juiciosos podrán captar con fidelidad y asimilar a plenitud gozosa la mágica esencia que el autor incrustó en sus letras, con las cuales no solo los lleva en las alas de la nada al submundo creado por él, también, establece con cada uno un diálogo personal, etéreo e intransferible donde y cuando quiera sea leído.

Gracias.


jueves, 2 de enero de 2025

Chaguaní del alma

 

El pueblo donde nací

Cómo olvidar, Chaguaní del alma, ese inconfundible y exquisito sabor a mango maduro… esos de color entre amarillo amanecer y naranja de arrebol que colgaban, insinuantes y provocativos, de las ramas sobre la polvorienta carretera; allá, entre los cafetales de Corinto, camino a Las Sardinas… Fruta tentadora que cogerla, morderla, devorarla y correr para que Campo Elías Rivera no nos echara los perros era una aventura imposible de evitar, en ese entonces de lúdica e inquieta niñez, añorada hoy, cuando el atardecer aminora el paso y ahoga el aliento.

Imborrable quedó en la mente aquel trapiche tirado por un caballo, arriba de Alto Rico, en El Rincón, hacienda La Britalia. Seductor balcón que regala al caminante, como en Melgas, Montefrío y en otras tantas veredas y caminos de la bella e irrepetible infancia, una majestuosa vista hacia el ensimismado caserío del pueblo y, un poco más allá, hacia las majestuosas estribaciones de la cordillera Oriental, cerca del bravo río Magdalena. Fluvial arteria patria esta que la separa de su gemela, la encumbrada Central, celestina de espectaculares nevados y ventiscas que coquetean con las nubes, la imaginación y la sensibilidad de los poetas… virtud cada día más escasa y venida a menos, cual pecado social.

¡Ah, la molienda chaguaniceña!

Solariego oficio, puntal en la vida económica de ese apacible rincón del mundo, do cuántos añoran llevar, y ahí concluir, sus cansados pasos errabundos, al arrullo del turpial, el toche, el cardenal y los azulejos acampados en los guamos, los guásimos y las higueras.

¡Sí, la molienda! Jornada de algarabía que comienza, luego de aprestar la caña a lomo de mula, cuando, al abrigo de una sencilla enramada, el trapiche, al paso del rocín, le extrae a ese pasto gigante de espigada flor y tallo macizo su nectarino jugo que corre a ser convertido, entre unos fondos brillantes e inmensos calentados con bagazo de la misma caña, en un caldo hirviente: ¡el melado! Almíbar, del cual, al irse enfriando, antes de volverse panela en las gavetas, se saca la melcocha para hacer alfandoque. Mágico y afrodisiaco manjar de la tierra de Cupido, infaltable en las fiestas: la del Soltero, la del Feo o la del Señor de la Salud. Esta, la del Santo Patrono, sin falta a celebrarse el 6 de agosto de cada año... ¡y de cada mes!

Se aferra a la piel el reminiscente y placentero refresco prodigado por los charcos de verde-azul nostalgia esculpidos por el pincel de la naturaleza, cuando se trocaba el paseo a Las Sardinas, con su icónico puente gris cemento (ahora de amarillo ilusión) siempre vestido, por el de esa cantarina quebrada, algo más lejana del pueblo, por la carretera que lleva a Guaduas, llamada La Vieja. La misma que en su serpenteante recorrido, inconclusa sinfonía rural, recoge las aguas de todas las cañadas y las vierte al Magdalena, allá, en Puerto Chaguaní, un cobijo en donde pernocta, agazapado, un retazo de la vida nacional… de jamás olvido.

Casi palmario, y en etéreos espirales que propaga la brisa quejumbrosa emanada de Cerrocón en busca de las torres de la iglesia, estas, visibles desde muy lejos, en Chaguaní, por doquiera, se aspira el aroma del café. Cuando no es el de su nacarada flor, lo es el de la dulce baya en estado escarlata al ser cogida de la mata o el de la cereza pergamino al secarse al sol en las terrazas; mejor, aún, el que hierve en el fogón de leña y se sirve en ancestrales tazas esmaltadas, con humeantes y crocantes arepas de maíz acompañadas.

El café chaguaniceño es una mimosa y exquisita bebida para dioses en retozo, se haya recolectado su pepa, con refrescante guarapo para saciar la sed de la dura jornada, en las plantaciones de los Saldaña, lo Ramírez, los García, los González, los Rubio, los Rivera, los Vergara, los Medina, los Nossa, los Mateus, los Ayure, los Santamaría… En Campoalegre, Nuquía, Llanadas, Platanal, Loma Larga, Pedregal, Loma Gorda, Convenio, El Placer, La Estrella, Aposentos, La Macarena… o doquiera sea, en tanto en Chaguaní suceda.

¡Sí, amoroso como los besos es el café de Chaguaní! En cada sorbo se liba la esencia y pureza de una tierra de arraigo campesino. Tierra de una gente jovial y noble que la riega y abona a diario con sus sueños, sus fiestas, su poesía, su trabajo, sus canciones, sus añoranzas y sus alegrías.

¡Sí!, el tinto chaguaniceño es como ese amor de imposible olvido, más aún cuando es prohibido, pues ha sido engendrado en cafetales de escondidas pasiones y furtivos idilios, tan vividos, por la indómita prole de cupido… aguerridos y laboriosos campesinos cuya máxima esperanza está fincada en un mejor mañana para sus hijos; así como, que al llegar al portal de la vejez, no les falte una grata compañía para tomar juntitos, cogidos de la mano, oteando el sol de los venados, una humosa taza de café o de agüepanela con limón y sabor a estrellas fugaces y recuerdos idos.   

Tan pronto se anuncia el ocaso, cautivante lienzo rural cundinamarqués, por doquiera en los potreros bufa el ganado. Primer aviso para estos labriegos: ¡seres irrepetibles! que hicieron de estas gratas y panches laderas su hogar-empresa. Mugida señal que invita a dejar por ese día la huerta, el yucal, el platanal, el maizal… sembradíos de autoconsumo, subsistencia e intercambio dominical. Vespertino aviso de las reses para que no se olviden de llevarlas al corral, darles sal, agua y su nocturna protección y, al siguiente amanecer, les ordeñen su tibio, sápido y abundante prodigio natural.

Son tantos los recuerdos, los momentos, las historias pueblerinas y los sitios de estas rumorosas labrantías chaguaniceñas… tantos los fascinantes olores, los mágicos sabores, los indescifrables sentires e impactantes paisajes… tantos los grandes hombres como las valerosas y ejemplares mujeres, ¡bellas todas!, que ha parido esta bendita tierra, que describirlos, que citarlos uno a uno sería imposible; mas no por eso tal grandeza es imperceptible.

Chaguaní, pueblo de gente como ninguna, de diáfana luz, de fértil campo, de historia patria, de nostalgia, alegría y pujanza; todo esto, y mucho más, paisanos y extranjeros han de llevar indeleble en las alforjas de la mente. ¡Acuarela social de bella geografía humana! que irresistible es dejar de plasmar en pinceladas, esculturas, versos y frases errabundas… Aunque, al difundir este guardado secreto se corra el riesgo de que el mundo descubra, y muchos quieran llegar a la cuna del arcoíris, inmersa entre en estos montes y quebradas de encanto y fantasía en donde ulula, al cantar el gallo, además del antojoso olor del cerrero tinto mañanero, libado al compás de una tonada arrabalera, el de las naranjas al ser abiertas… antojo que hace agua la boca e inspira piropos para la coqueta guisandera.

¡Esta es, así es la fructuosa tierra del Varón del Cerro de Oro!, ¡mi Chaguaní del alma!

Bucólico terruño donde nació Apolonia… Policarpa Salavarrieta, la Pola. Aunque, por un desliz histórico, reconcomio pueblerino, su cuna se le atribuya a la epónima y siempre ponderada villa vecina, pegada sobre su costilla occidental. Equivocación reiterada y ampliada por historiadores y medios. Yerro del que, al parecer, pocos quieren darse por enterados, menos, intentar corregir. Ni siquiera la mayoría de sus verdaderos paisanos. Tal vez para no incomodar a nadie.

Algún día, quizá, la historia, las artes plásticas, la literatura o todas a la vez revelarán que Apolonia vino al mundo, vio su primer rayo de luz allá, en lo que ahora es un carreteable a Guaduas, en la vereda La Tabla, en un punto al que le dicen El Hoyón. Allá, donde, desde tiempos que escapan al recuerdo, alguien hizo una casa y la llamó: ¡La Polonia! Ahí, contaban los abuelos de los abuelos, con conocimiento de causa, nació esta heroína nacional cuyas palabras, tan vigentes, ningún colombiano, más “Hoy que la amada patria se halla herida…”, debiese olvidar; por el contrario, bueno sería rescatar para entender la razón del artero y particular hábitat político actual… y el venidero, tal vez: «Viles soldados, volved las armas contra los enemigos de vuestra patria… ¡Pueblo indolente! ¡Cuán diversa sería hoy vuestra suerte, si conocieseis el precio de la libertad! Ved que, aunque mujer y joven, me sobra valor para sufrir la muerte y mil muertes más. No olvidéis este momento».

Gracias, Apolonia, paisana, tu luz, legado y sacrificio no han sido en vano. Estos seguirán siendo el derrotero de una sociedad que reclama a gritos el desarme de las almas de todos y de cada uno de sus connacionales, el silenciar de los fusiles y la esquiva paz nacional, negada y atajada por unos pocos, ¡los mercaderes de la guerra!, quienes con tan inicuo flagelo hinchan, cada vez más, sus pestilentes alforjas de miseria e ironía.

Chaguaní y toda Colombia se merecen vivir con bienestar y disfrutar sanamente, sin atropello alguno, de su inmensurable riqueza natural y humana.

domingo, 1 de diciembre de 2024

Jota, el gato

 


¡Les diré por qué ahora me dicen que valgo un poco más que una vaca normanda preñada!

Para entrar en contexto es preciso que sepan algo de la historia de mi vida, al menos la que recuerdo… o quiero recordar. Todo comenzó cuando el humano ‘me rescató’ de aquel charco al que allá le dicen piscina.

Como solía hacer, ese día fui a tomar algo de agua. De un momento a otro me alzó y llevó hacia un carro que minutos después emprendió viaje hacia la gran y fría ciudad, lejos de donde se quedaron mamá y mis hermanos. Estos, así como yo, sobrevivientes de la camada parida en un monte cercano. A los que no lograron sobrevivir les faltó fuerzas para resistir ese ardoroso clima húmedo, donde, además, era poco lo que mamá lograba conseguir para comer. Por lo que su leche era escaza y no alcanzaba para todos. Entonces, comencé a rebuscarme en los alrededores. Cazaba lo que estaba a mi alcance. Luego, buscaba agua en el charco ese donde me encontró el humano.

—Lo llamaré Jota, el gato —escuché que dijo el cachorro de la pareja que iba en el carro.

El apartamento donde vivían en la ciudad quedaba en un quinto piso, con vistas a un cuadro de prado que separaba a dos edificios similares. Allá me acomodé al buen trato, a la comida procesada y a la protección que me brindaban los tres, quienes, de un momento a otro, y durante un largo periodo, dejaron de salir a la calle. Decidieron hacer ahí todo lo que antes hacían en otras partes. Afuera, al parecer, un virus letal rondaba por doquier. Quien lo adquiriese, cuando no era que se moría, padecía grandes dolamas y demoraba en recuperarse.

Un día percibí el perfume de una gata en la vecindad. Me asomé a la ventana y en un descuido me resbalé y caí al vacío. Paré sobre un pequeño árbol. Fue un golpe bastante fuerte. Me recogió un vecino de los humanos. Poco tiempo después me ubicaron y fueron por mí. Me llevaron al veterinario; exámenes, chequeos, medicamentos y decidieron castrarme ‘para evitarle nuevas caídas’, escuché.

Entre tanto, la pareja dominante apareció con su segunda cría, una niña que en parte se quedó con algo de mis dominios y atenciones. Sin embargo, mientras comida, agua, arenera, minos y cuidados siguiera teniendo, no me importó ni afectó el incremento de la manada.

Cuando el virus amainó los humanos decidieron mudarse fuera de la fría ciudad. Se radicaron, junto con sus dos cachorros y yo, en una casa grande en un pueblo cercano, aún más frío que la urbe donde me castraron. Pronto marqué mi territorio en aquel viejo caserón, incluidos sus tejados más que gastados. Por allá solían llegar otros felinos a disputarme mis dominios. No pasaba noche sin que al menos librara una o dos peleas fieras con los invasores. Por lo tanto, golpes, rasguños, contusiones, heridas y lesiones al siguiente día el humano me atendía y hasta la veterinaria municipal tuvo que interceder en varias oportunidades. En una de esas lides me golpearon el pulmón, el mismo que magullé con mis costillas cuando caí sobre aquel árbol. En ese momento ninguna de esas afectaciones pasó a mayores, ¡al parecer!

De aquel viejo caserón pronto nos fuimos para una casa nueva en un gran lote que compraron los humanos. Quedaba lejos del pueblo, en cuanto a distancia gatuna, en medio de bosques y potreros donde pastan yeguas receptoras, una vaca normanda de nombre Majo, la chiva Paquita, una pareja de perros cazadores, estos son hermanos, así como una gata negra salvaje más joven que yo, de nombre Luna. Esta, al igual que los dos perros, para evitar decendencia y proliferación incontrolada, el humano también la hizo castrar por la veterinaria del pueblo.

Aunque más joven que yo, Luna, al haber nacido por esos lares y ser más experimentada, se convirtió como en mi madre. Me enseñó lo que debía saber y hacer, pero por haber crecido encerrado y con todas las comodidades, jamás desarrollé ni me interesó practicar. Sin embargo, en aquel nuevo y rudo escenario rural, entendí que debía ponerme al día.

Luna es salvaje, tosca y poco cariñosa. Sin embargo, al ser la líder, posición que no me interesa disputarle, me gusta que lo sea y como es. Le aprendí gran parte de lo que era menester, como enfrenar y matar a una falsa coral, cazar y descabezar ratones para llevarlos como ofrenda y compartirles a los humanos, aunque, hasta donde entiendo, poco y nada les gusta que los atendamos de esa manera. Luna sabe dónde y en qué momento hay comida viva y cómo atraparla.  Pese a que, sin falta, mañana y tarde los humanos llenan nuestros platos con alimento procesado.

Esa gata negra patrulla y caza en la noche. Se arruncha en las mañanas y durante casi todo el día en los sofás, poltronas, sillas y camas de los humanos, ahora que, como a mí desde el principio, la dejan entran a la casa grande donde vivimos. Lo que al comienzo le negaban por oler a monte, ser salvaje y tosca en su trato con ellos. Luna poco a poco bajó su prevención. Entonces, les permite una que otra caricia; sobre todo las que le hace la cachorra humana, aunque de vez en cuando la rasguña.

Aprendí a imitar a Luna, porque, fuera del gusto que todo esto me genera, siento que va con lo que soy: ¡un felino!, no obstante, de ser el consentido del humano y jefe de la gran manada de esta casa y, en consecuencia, de su pareja y sus cachorros; estos cada día más grandes y ocupados en sus quehaceres aburridos y estresantes.

Más estresantes y enfermizos desde hace unas cuantas fases de la luna cuando, al parecer, hubo cambios en sus rutinas de subsistencia. Por lo que ahora la humana mayor se la pasa más en casa. Las preocupaciones y discusiones se volvieron frecuentes y sus energías nos impactan a todos: yeguas, vaca, cabra, perros, gallos y gatos. Quizá por eso, quizá, la yegua preferida del humano, a la que le decían La Monja, recién preñada, de un momento a otro algo le pasó y se murió. La enterraron en la mitad del potrero donde pastaba esa vez.

Poco después suerte similar tuvo la costosa cría de la 252. Nació antes de tiempo y se ahogó. Lo enterraron en el potrero donde pastaba aquella yegua torda. Esta, a la semana se la llevaron, nunca supe para dónde.

Los cachorros humanos, casualidad del destino, quizá, en ese periodo, también, de algo cada uno se enfermó y en la ciudad los atendieron a tiempo y los recuperaron.

En este orden de ideas felinas ahora les diré, entonces, el motivo por el cual, tal como escuché cuando me sacaron del hospital y regresé a la casa tras casi tres fases lunares:

—Ahora Jota, el gato, vale un poco más que una vaca normanda preñada.

En compensación con los humanos que velan por nosotros, a los animales con los cuales estos convivan o tengan dependencia y afinidad, nos corresponde, en simbiótica contraprestación vital, protegerlos y, llegado el caso, dar la vida por ellos. Para esto contamos con la más efectiva e ineludible de nuestras capacidades: absorber pasiva y paulatinamente sus energías dañinas, producto de sus desvaríos, preocupaciones que les son de difícil o imposible resolución y enchipadas enfermedades físicas y mentales. Así nos cueste la vida o nuestra estabilidad e integridad física.

Eso hicieron La Monja y la cría de la 252. Estas dos yeguas estaban entradas en años, por lo cual, quizá, sus esencias eran vulnerables. Algo similar les pudo pasar a los dos cachorros humanos que de un momento a otro enfermaron. Pero estos, al estar en pleno crecimiento y ser llevados a tiempo a los especialistas, superaron el impacto y se están recuperando.

Las otras yeguas y Majo, con sus crías en gestación, la cabra, los dos perros cazadores y Luna son jóvenes y tienen la fortaleza de la ruralidad donde han vivido siempre. Absorben y encapsulan en sus hieles las energías que los humanos cercanos, producto de sus fieras tribulaciones, expelen sin siquiera darse cuenta, cual mecanismo de defensa.

Igual hago y sigo haciendo, con mayor razón al ser el consentido del humano líder de esta bonita manada… ¡mi manada! Lo vengo haciendo desde cuando me adoptaron y ahora con mayor énfasis y dedicación, unas cuantas lunas atrás, tras la tribulación de subsistencia que se les presentó sin esperársela. Al estar tan cerca de ellos percibo y absorbo lo que más puedo de aquel humor enrarecido, ¡caustico! que él y su pareja ahora expelen casi a toda hora. Quizá, de no hacerlo así, algo todavía más delicado les hubiese pasado; me lo dicen mis bigotes blancos.

Reconozco que mi esencia y fortaleza lejos están de las de Luna y las de los otros integrantes cuadrúpedos de la gran manada, y menos desde cuando de un momento a otro comencé a respirar con dificultad y dejé de comer. Los humanos me llevaron a la capital para que me punzaran, drenaran el pulmón aquel y controlaran la anemia que me dejó en los meros huesos.

El dinero escaseaba aún más cuando llegó el momento de pagar la elevada cuenta hospitalaria y llevarme de regreso a casa. Por esto el cachorro mayor les pidió a sus padres que vendieran a su Majo, preñada. Dinero con el cual pagaron parte de los costos de mi hospitalización, cirugías y los remedios que me salvación la vida.

En consecuencia, lógica felina, ahora es mayor mi compromiso con mi manada. Aspiraré con devoción y a toda hora sus energías dañinas hasta cuando el medio pulmón que me queda lo permita.

miércoles, 2 de octubre de 2024

El Colorado

 

Luego de haber ganado los anteriores siete combates, por ende, fama en la región por mi porte y bravura, en la octava me descuidé un instante, ¡lo reconozco! Fue cuando el Saraviado, al que tenía de un ala, voló sobre mí y me clavó su espuela en el pulmón. De ahí mi nuevo apelativo que poca gracia me hace: ‘¡el Pulmoniado! Prefiero el de siempre: ‘el Colorado’, que va con mi estampa y demás cualidades.

 Esa vez mi criador y entrenador, al verme herido y echando sangre por el pico, me alzó y zangoloteó de una manera brutal para que expulsara la que se me acumulaba en mis entrañas y evitar que me ahogara. Procedimiento diferente al que vi hacer a los amos de los siete que vencí en ocasiones anteriores. A estos, me pareció, que aquellos les ayudaron a morir ahí mismo.

—Lo salvé, no solo por su fama, ‘lidia’ y el dinero que me hizo ganar en todas sus peleas —le dijo a alguien en el corral de las jaulas en la casa del pueblo donde me ayudó a recuperarme casi por completo; menos mi canto que todos admiraban y me enorgullecía, ahora es ronco y produce risa; ni por completo el brío de antes, tal vez al faltarle aire a mis pulmones —. ¡Su semilla vale oro!

Desde entonces mi oficio es pisar cuanta gallina fina seleccionada me lleva para sacar ‘crías ganadoras’, como me dice cada vez que se aparece con alguna. Así lo hizo cuando me presentó a la Quica. Matrona pequeña, brava y admirable con quien nos emparejamos luego de recobrar algo de alientos y entender que jamás volveré al ruedo ni a tener peleas fieras. Si acaso con uno que otro volantón cuando se le da por enfrentarme o querer dormir en la rama que escogí desde mi llegada a este predio rural. Aunque todos ellos saben que por más que les hierva la sangre, que es la mía, que canten más fuerte y bonito que yo, que por más que quieran y valientes se crean, en franca lid de mis picotazos vivo ninguno saldría.

Por eso, al ir creciendo y volviéndose retadores, los regresa a las jaulas del pueblo donde, aunque por el reumatismo y otras dolencias ya no entrena gallo alguno ni volvió a las riñas, buen dinero por la venta de cada uno de mis hijos recibe, fuera de las montas que hago, por las que bien caro sí que cobra. ¡Tengo entendido!

A estos lares llegué en compañía de la Quica. Le escuché que nos trajo y liberó a nuestra suerte porque, cuando le comentaron que por aquí había runchos, comadrejas, culebras, rapapollos y hasta águilas, además de los gatos y los perros cazadores de la casa, dijo:

—Si se los comen es poco lo que se pierde. La Quica, aunque de estirpe y fama cuando joven, ahora es vieja, por lo que para la cacerola es carne dura. El otro, por su lesión en el pulmón, no es mucho lo que le queda. En cambio, si se adaptan y sobreviven, les abren el camino a los jóvenes que tengo en los corrales de la casa del pueblo. ¡Prueba y error, a menor costo y mejor proteína para sus crías!

Una vez nos liberaron, en efecto: los peligros estaban por doquier. Los humanos de aquella casa grande pronosticaban que de un momento a otro algún depredador nos comería. A veces le escuchábamos a la señora:

—Ojalá la Quica ponga huevos para dejar de comprarlos en el pueblo.

Por esto último, durante los primeros días, nos siguieron para saber dónde mi consorte se echaba. Eso sí, además de la cantidad de alimento silvestre que hay por aquí, mañana y tarde nos servían, y todavía, abundantes dosis de maíz. Además, siempre agua fresca en vasijas hay cerca de la casa principal.

La Quica y yo entendimos el juego y asumimos la situación y el riesgo en el que nos encontrábamos. Por lo que, en cuanto a los depredadores, además de hacerles el quite a unos, evitar a otros y enfrentar a dúo y a picotazo limpio a los ineludibles, seleccionamos un árbol cerca de la casa. A este, por lo alto y mi falta de respiro tras la pulmoniada, aún no me es tan fácil subir volando, como lo hace ella en el primer intento. Tras unos cuantos envíos al fin logro la rama más baja y de ahí, de brinco en brinco, las más altas y espesas donde atenuamos gran parte de los peligros nocturnos.

Como estábamos dispuestos a asegurar la camada, ¡la prolongación de nuestra especie!, escogimos un lugar distante y algo seguro para la postura de los huevos.

Los de la casa, aunque algo defraudados, de vez en cuando seguían a la Quica para saber dónde se echaba. Jamás entendieron nuestra estrategia de engaño para evitar que descubrieran el nido. Mientras ella se internaba en una especie de bosquecillo tupido, yo cantaba a grito herido, ¡literal!, por lo del pulmón agujereado, desde lo alto de un risco. De esa forma llamaba la atención de aquellos y le permitía a ella su escapatoria hacia un rancho abandonado a mitad de un lote cercano. Allá, bajo unos corotos en desuso, puso su primera gran camada.

Como los de la casa no se daban por vencidos en la búsqueda de los huevos, a mitad de nidada la Quica decidió quedarse allá, no regresar a la casa, tampoco a dormir en el árbol. En la noche los huevos quedaban totalmente desprotegidos.

¡Sacrificio admirable hizo esta pequeña pero valiente gallina!

Por los lados del rancho donde estaba el nido poco alimento había, tampoco agua. Lo que abundaba era el peligro, tan fuera de día o de noche; por lo que poco comía, ni dormía. Su pico certero con fiereza a toda hora esgrimía. En el día con mi fugaz presencia en algo le ayudaba y uno que otro refrigerio le llevaba… ¡era lo único que la Quica merendaba! Con mayor razón cuando cascarón rompieron los polluelos.

—Hace más de una semana que la Quica desapareció —escuché una tarde de esas cuando fui a comer maíz y tomar agua antes de intentar volar hacia la rama del árbol donde ahora dormía solo, aunque desde allá podía otear el rancho donde permanecía la Quica con mis semillas, ahora germinadas y hambrientas.

—Lo más seguro —comentó alguien—, algún depredador se la comió. ¡Qué lástima!

Sabíamos que teníamos que buscar el refugio de los de aquella casa. Aún eran muchos los picos por alimentar. Sin esa protección con dificultad lo lograríamos. Eran pocas las fuerzas y las carnes que le quedaban a la Quica. Además, los rapapollos y otros rapaces seguían atentos en el aire. Estos se alzaron dos de los polluelos y una cifra similar iba por cuenta de roedores y rastreros durante las dos últimas noches; pese a la defensa fiera que ella, día y noche, y yo en el día, hicimos para evitarlo.

Para el largo y peligroso desplazamiento con los polluelos hacia la casa principal escogimos, por estrategia concebida en nuestras molleras, la hora de la mañana cuando siempre alguien echa maíz en los recipientes y me llama para que vaya a comer.

La Quica tenía entrenados a los polluelos para tirarse al piso y extender sus alas entre las hojas cada vez que del cielo apareciese un peligro. Los cuales, esa vez, no faltaron. Tres veces hubo intentona de un gavilán que patrullaba por allí. Su silbido de muerte, en lugar de amedrentarnos nos envalentonó. Los polluelos se escondían entre la hojarasca. Ella y yo enfrentamos al rapaz con picos y espuelas a discreción. Aquel evitó una muerte segura si al menos se hubiese acercado.

Tal algarabía llamó la atención del joven amo de la casa principal. Él es el hijo del criador y entrenador, ahora retirado del segundo de estos dos oficios. Aguzó el oído al escuchar los graznidos, el piar y el cacarear. De inmediato llamó a su esposa para que lo acompañara a ver el:

—¡Milagro de vida! —como gritó la esposa al contemplar la desgarbada y famélica gallina Quica y los diez polluelos sobrevivientes que corrían rumbo al sitio del agua, junto al recipiente del maíz.

Me quedé cerca de ahí. Había cumplido en parte mi misión. Aunque sabía que en adelante nuestras vidas cambiarían; tanto la de la Quica, los polluelos, por ende, la mía.

—Esta gallina es una luchadora de miedo… ¡muy verraca! —le escuché decir al joven esposo, quien iba cogiendo uno a uno los polluelos, pese a la débil defensa de la desgarbada madre, para llevarlos a un corral donde los protegería mientras llamaba a su padre para darle la noticia y fuera a encargarse de estos—. Tuvo que haber defendido a muerte sus huevos y polluelos durante más de tres semanas que lleva desaparecida y la dimos por muerta.

Cuando llegó el cuidador llevaba una de las jaulas que tenía en su casa del pueblo, donde nací, me crie y mis heridas curé después de ser ‘pulmoniado’ por el Saraviado. Jaula en la cual, desde entonces, tienen a mi Quica, ya recuperada y fiera como siempre. Aunque ya no me permiten que la pise, ahí sin falta pone sus huevos, sin mi semilla. Estos los consumen los de la casa que nos salvaron.

Eso sí, desde la mañana, cuando bajo de la rama del árbol, al cual cada vez me es más difícil subir, y durante casi todo el día, siempre estoy cerca de ella, cuidándola y acompañándola, alrededor de su jaula… excepto cuando traen del pueblo alguna nueva matrona o ponedora para lo del negocio familiar.


lunes, 2 de septiembre de 2024

Emboscada matutina


Lanzamiento atípico en Café Mundano

El joven empresario constructor y su primo, quien trabajaba con él, decidieron unirse al grupo de paisanos que harían aquel viaje de vacaciones. Los motivaba los comentarios que uno de ellos, un abogado y retratista, ‘el mago de los lápices’, como le decía el escritor suramericano, solía hacer de aquel destino. El retratista conocía aquella capital, algunos de sus lugares y alrededores interesantes, así como otros tantos puntos turísticos de ese país que siempre les llamó la atención y querían conocer.

Desde cuando comenzamos con los preparativos del viaje el organizador y guía algo dijo sobre el posible encuentro con un escritor tan desconocido como escurridizo y a quien él le hizo un retrato que le llevó en otra ocasión, junto con su compañera, con quien siempre iba, como en este que estaba preparando. Retrato y entrega a solicitud de un amigo suyo: un poeta y gestor cultural nicaragüense exiliado en San José.

El encuentro del todo no estaba confirmado. El personaje aquel parecía que a toda hora tenía algo por hacer y era difícil que sacara un ratico para que los otros tres del grupo lo conocieran. Los temas culturales, menos, los literarios, al parecer, poco hacían parte de los intereses del joven empresario constructor, ni de su primo. Por lo tanto, si se daba o no el encuentro… les era intrascendente. Un tercer integrante de talla grande, cercano y casi pariente del organizador, a quien le decía ‘mi hermano’ por haberle trasmitido algunas técnicas para dibujar a lápiz, tal vez era el más entusiasmado en compartir con el escritor.

Durante la primera semana del paseo conocieron lugares de aquella inmensa y fría ciudad capital, así como pueblos y parajes sugestivos en sus inmediaciones. También, su principal atractivo turístico sobre el Caribe, a casi hora y media de vuelo comercial.

El tema del encuentro con el escritor parecía disiparse. ‘Su agenda está muy apretada’. Fue lo que el organizador y guía del grupo les dijo de aquel y lo comentó con el conductor que los llevó desde el centro de la ciudad capital, vía Autopista Norte, cuando, al parecer, pasaron cerca de una de las sedes rurales del fulano, quien se refiere a sus sitios de trabajo como escondites literarios… o algo así.

El domingo al atardecer, a dos días del regreso del grupo a San José, el escritor dio señales de vida. Le escribió al organizador confirmándole que el lunes, entre nueve y media y diez de la mañana, los esperaba en un lugar algo cerca del hotel donde se hospedaban. Además, enfatizó en que se podían ir a pie, vía Carrera Séptima, hasta el Plaza 39, nombre de aquel acogedor centro comercial. Que les quería invitar un café, según él, de lo mejor de aquellas tierras tropicales.

Ese lunes, un poco después de las nueve de la mañana, tras caminar casi una hora desde el hotel hasta la Avenida 39, llegaron a la esquina donde era la cita. Ninguno de los tres nuevos en el grupo conocía al escritor, solo el organizador y la dama del grupo por la visita anterior cuando le llevaron el retrato solicitado por el poeta y gestor nicaragüense.

Aunque a esa hora no era mucha la gente que deambulaba por aquella vía capitalina, el primo del joven empresario notó que un hombre de mediana edad y estatura promedia, con camisa blanca, como que se les acercaba. ‘Parece un cura’, se dijo, por lo de la camisa. Sin embargo, como ni el organizador ni su compañera, quienes conocían al escritor, lo reconocieron al irse aproximando, ni siquiera al estar a un metro de ellos, no hizo nada. ‘¿Cómo me iba a imaginar que era el escritor?’, comentó más tarde.

Solo hasta cuando se paró frente al organizador y los saludó todos reaccionaron con sorpresa y algo de admiración.

—‘Parece que nos observó y auscultó el alma un buen rato. Querría grabar en su mente nuestros ademanes y mensajes corporales casuales, auténticos’ —pensó la mujer del grupo y compañera, al parecer, del artista de los lápices y guía de la excursión.

—‘Tal vez… hasta nos incluya en una novela u otro de sus relatos de ficción social’ —pensó el maestro de talla grande.

—‘Buscaría y grabaría en su mente rasgos nuestros para transfigurarnos literariamente, como creo que es su técnica, para hacernos aparecer en alguno de sus escritos en proceso —se imaginó el organizador y guía, además de retratista.

Ninguno de ellos estaba del todo equivocado, como más tarde algo al respecto les refirió.

Inspiración y creatividad literaria que logró… y no solo en esa vía, también, al hacerlos víctimas inocentes de su emboscada literaria durante al menos la mitad de esa media mañana cuando, luego de ingresar al Plaza 39, los condujo por entre plazuelas, escaleras y socavones a un singular y acogedor establecimiento para tomar un refrigerio en el Café Mundano. Allá deleitaron lates, capuchinos y suculentos pasteles de pollo y carne, además de alfajores.

También logró sorprenderlos en el segundo piso, en una terraza inmensa y venteada con vistas al Parque Nacional y los cerros tutelares de la ciudad, durante la entrega y autografiada de algunos de sus ejemplares para llevarle, uno a su amigo nicaragüense y, tal parece, protagonista de una novela de ficción que tal vez pronto alguien publicará… ¡quizá! El ejemplar autografiado el gestor cultural lo recibirá en Centroamérica y lo haría llegar a una poetisa paisana suya quien emigró a Estados Unidos. Los otros libros los rifó entre los cinco, no sin dejarlos de sorprender con las historias relacionadas de cada obra, incluso, con la lectura de estrofas rítmicas que conmovieron sus fibras nicas más escépticas.

Ninguno de ellos se imaginaba que durante el café al cual los invitó tenía programado, de tiempo atrás, hacer el lanzamiento internacional de la publicación de su libro número 12… ¡que ellos eran los escogidos para tan particular y sencillo acto de difusión literaria! Tan propio de su personalidad introspectiva y escurridiza.

Fue un momento único en sus vidas… imposible de olvidar y, tal vez, de volver a vivir, menos en un país como aquel y con alguien que… como le pareció al primo del joven empresario de la construcción, ‘¡más que un escritor parece un cura!’


En un Juan Valdez

 

Agradecimientos a estas personas por su autorización

14-08-2024

Desde cuando el peso de sus calendas se les convirtió en la mejor de sus galas; que hasta remplazó el esfuerzo de sus palabras y caricias, ahora incómodas, obsoletas y consideradas necedades por quienes orientaron sus vidas con estas; cada vez que tienen oportunidad… incluso, cuando no, so cualquier pretexto se escapan para ir al centro comercial cercano.

Parecen viejos adolescentes recién ennoviados. Entienden, sin decírselo, ¡qué más da!, que, en la práctica, más ahora y con mayor razón en adelante, solo se tienen el uno al otro.

—Pa las que sea, mi por siempre amada Prudencia Lucía —le dice, como ahora, cuando las tribulaciones, sobre todo las familiares, amén de las sociales, económicas y de salud, suelen presentárseles, cada vez más seguido y con fiereza—. Mientras tengamos aire en los pulmones y fuerza para movernos con independencia, que ojalá jamás nos falte el café de nuestra tierra… ¡de origen!

Allá, en un Juan Valdez, donde, además, de vez en cuando Ignacio de Jesús Benavides cita a sus amigos de antaño y a uno que otro de letras para hablar de lo que sea, aquella pareja ignota refugia su solera entre la atafagada y anónima multitud; a esa hora y en ese lugar casi todos coetáneos.

Al calor del late con leche descremada, sin azúcar y con canela molida, el que siempre piden cuando van por allá, también calientan sus almas con la satisfacción de, ¡pese a todo!, haber hecho poco o mucho a lo largo de sus vidas.

—Eso sí, ¡honradamente y para nada fácil! Aunque nadie lo reconozca, mucho menos lo valoren, ni siquiera quienes de nuestro gran esfuerzo e innumerables privaciones se beneficiaron en su momento.

—Mira, Nacho, en la medida de las circunstancias y con lo que tuvimos nosotros cumplimos con lo que nos correspondió y pudimos. Lo que no, por lo que haya sido… ¡pues no y ya!

—Así es… y aplica para todos, menos entre los dos.

—¿A qué te refieres?

—Prudencia, a estas alturas… me duele reconocer que será difícil llevarte de paseo a París y al crucero por el Danubio, como te lo prometí antes de casarnos.

—¡Que importa, viejo terco! ¡Qué mejor e intrépido viaje que este que iniciamos por allá en agosto del 76! Estoy feliz con los que hemos hecho por aquí cerquita… sin necesidad de estresarnos sobrevolando semejante masa de agua.

—¡Te amo!

—Sabes que yo igual… aunque casi nunca te lo diga.

—Lo sé. Nacimos el uno para el otro. El destino nos sentenció para estar juntos y acompañarnos para siempre, tanto en este como el siguiente periplo que, seguramente, emprenderemos al tiempo… ¡eso espero!

—Lo que sea, Ignacio, ¡lo que sea! Pero, en lugar de ponerte trascendental… ¡toma tu café antes de que se enfríe y pierda su exquisitez! Para ver a las carreras paisajes, montañas, mares y ríos lejanos… y bien caro, me basta y conformo con los que he disfrutado por estos lares… y sin tanto afán.

—¡Gracias, amor!