domingo, 1 de diciembre de 2024

Jota, el gato

 


¡Les diré por qué ahora me dicen que valgo un poco más que una vaca normanda preñada!

Para entrar en contexto es preciso que sepan algo de la historia de mi vida, al menos la que recuerdo… o quiero recordar. Todo comenzó cuando el humano ‘me rescató’ de aquel charco al que allá le dicen piscina.

Como solía hacer, ese día fui a tomar algo de agua. De un momento a otro me alzó y llevó hacia un carro que minutos después emprendió viaje hacia la gran y fría ciudad, lejos de donde se quedaron mamá y mis hermanos. Estos, así como yo, sobrevivientes de la camada parida en un monte cercano. A los que no lograron sobrevivir les faltó fuerzas para resistir ese ardoroso clima húmedo, donde, además, era poco lo que mamá lograba conseguir para comer. Por lo que su leche era escaza y no alcanzaba para todos. Entonces, comencé a rebuscarme en los alrededores. Cazaba lo que estaba a mi alcance. Luego, buscaba agua en el charco ese donde me encontró el humano.

—Lo llamaré Jota, el gato —escuché que dijo el cachorro de la pareja que iba en el carro.

El apartamento donde vivían en la ciudad quedaba en un quinto piso, con vistas a un cuadro de prado que separaba a dos edificios similares. Allá me acomodé al buen trato, a la comida procesada y a la protección que me brindaban los tres, quienes, de un momento a otro, y durante un largo periodo, dejaron de salir a la calle. Decidieron hacer ahí todo lo que antes hacían en otras partes. Afuera, al parecer, un virus letal rondaba por doquier. Quien lo adquiriese, cuando no era que se moría, padecía grandes dolamas y demoraba en recuperarse.

Un día percibí el perfume de una gata en la vecindad. Me asomé a la ventana y en un descuido me resbalé y caí al vacío. Paré sobre un pequeño árbol. Fue un golpe bastante fuerte. Me recogió un vecino de los humanos. Poco tiempo después me ubicaron y fueron por mí. Me llevaron al veterinario; exámenes, chequeos, medicamentos y decidieron castrarme ‘para evitarle nuevas caídas’, escuché.

Entre tanto, la pareja dominante apareció con su segunda cría, una niña que en parte se quedó con algo de mis dominios y atenciones. Sin embargo, mientras comida, agua, arenera, minos y cuidados siguiera teniendo, no me importó ni afectó el incremento de la manada.

Cuando el virus amainó los humanos decidieron mudarse fuera de la fría ciudad. Se radicaron, junto con sus dos cachorros y yo, en una casa grande en un pueblo cercano, aún más frío que la urbe donde me castraron. Pronto marqué mi territorio en aquel viejo caserón, incluidos sus tejados más que gastados. Por allá solían llegar otros felinos a disputarme mis dominios. No pasaba noche sin que al menos librara una o dos peleas fieras con los invasores. Por lo tanto, golpes, rasguños, contusiones, heridas y lesiones al siguiente día el humano me atendía y hasta la veterinaria municipal tuvo que interceder en varias oportunidades. En una de esas lides me golpearon el pulmón, el mismo que magullé con mis costillas cuando caí sobre aquel árbol. En ese momento ninguna de esas afectaciones pasó a mayores, ¡al parecer!

De aquel viejo caserón pronto nos fuimos para una casa nueva en un gran lote que compraron los humanos. Quedaba lejos del pueblo, en cuanto a distancia gatuna, en medio de bosques y potreros donde pastan yeguas receptoras, una vaca normanda de nombre Majo, la chiva Paquita, una pareja de perros cazadores, estos son hermanos, así como una gata negra salvaje más joven que yo, de nombre Luna. Esta, al igual que los dos perros, para evitar decendencia y proliferación incontrolada, el humano también la hizo castrar por la veterinaria del pueblo.

Aunque más joven que yo, Luna, al haber nacido por esos lares y ser más experimentada, se convirtió como en mi madre. Me enseñó lo que debía saber y hacer, pero por haber crecido encerrado y con todas las comodidades, jamás desarrollé ni me interesó practicar. Sin embargo, en aquel nuevo y rudo escenario rural, entendí que debía ponerme al día.

Luna es salvaje, tosca y poco cariñosa. Sin embargo, al ser la líder, posición que no me interesa disputarle, me gusta que lo sea y como es. Le aprendí gran parte de lo que era menester, como enfrenar y matar a una falsa coral, cazar y descabezar ratones para llevarlos como ofrenda y compartirles a los humanos, aunque, hasta donde entiendo, poco y nada les gusta que los atendamos de esa manera. Luna sabe dónde y en qué momento hay comida viva y cómo atraparla.  Pese a que, sin falta, mañana y tarde los humanos llenan nuestros platos con alimento procesado.

Esa gata negra patrulla y caza en la noche. Se arruncha en las mañanas y durante casi todo el día en los sofás, poltronas, sillas y camas de los humanos, ahora que, como a mí desde el principio, la dejan entran a la casa grande donde vivimos. Lo que al comienzo le negaban por oler a monte, ser salvaje y tosca en su trato con ellos. Luna poco a poco bajó su prevención. Entonces, les permite una que otra caricia; sobre todo las que le hace la cachorra humana, aunque de vez en cuando la rasguña.

Aprendí a imitar a Luna, porque, fuera del gusto que todo esto me genera, siento que va con lo que soy: ¡un felino!, no obstante, de ser el consentido del humano y jefe de la gran manada de esta casa y, en consecuencia, de su pareja y sus cachorros; estos cada día más grandes y ocupados en sus quehaceres aburridos y estresantes.

Más estresantes y enfermizos desde hace unas cuantas fases de la luna cuando, al parecer, hubo cambios en sus rutinas de subsistencia. Por lo que ahora la humana mayor se la pasa más en casa. Las preocupaciones y discusiones se volvieron frecuentes y sus energías nos impactan a todos: yeguas, vaca, cabra, perros, gallos y gatos. Quizá por eso, quizá, la yegua preferida del humano, a la que le decían La Monja, recién preñada, de un momento a otro algo le pasó y se murió. La enterraron en la mitad del potrero donde pastaba esa vez.

Poco después suerte similar tuvo la costosa cría de la 252. Nació antes de tiempo y se ahogó. Lo enterraron en el potrero donde pastaba aquella yegua torda. Esta, a la semana se la llevaron, nunca supe para dónde.

Los cachorros humanos, casualidad del destino, quizá, en ese periodo, también, de algo cada uno se enfermó y en la ciudad los atendieron a tiempo y los recuperaron.

En este orden de ideas felinas ahora les diré, entonces, el motivo por el cual, tal como escuché cuando me sacaron del hospital y regresé a la casa tras casi tres fases lunares:

—Ahora Jota, el gato, vale un poco más que una vaca normanda preñada.

En compensación con los humanos que velan por nosotros, a los animales con los cuales estos convivan o tengan dependencia y afinidad, nos corresponde, en simbiótica contraprestación vital, protegerlos y, llegado el caso, dar la vida por ellos. Para esto contamos con la más efectiva e ineludible de nuestras capacidades: absorber pasiva y paulatinamente sus energías dañinas, producto de sus desvaríos, preocupaciones que les son de difícil o imposible resolución y enchipadas enfermedades físicas y mentales. Así nos cueste la vida o nuestra estabilidad e integridad física.

Eso hicieron La Monja y la cría de la 252. Estas dos yeguas estaban entradas en años, por lo cual, quizá, sus esencias eran vulnerables. Algo similar les pudo pasar a los dos cachorros humanos que de un momento a otro enfermaron. Pero estos, al estar en pleno crecimiento y ser llevados a tiempo a los especialistas, superaron el impacto y se están recuperando.

Las otras yeguas y Majo, con sus crías en gestación, la cabra, los dos perros cazadores y Luna son jóvenes y tienen la fortaleza de la ruralidad donde han vivido siempre. Absorben y encapsulan en sus hieles las energías que los humanos cercanos, producto de sus fieras tribulaciones, expelen sin siquiera darse cuenta, cual mecanismo de defensa.

Igual hago y sigo haciendo, con mayor razón al ser el consentido del humano líder de esta bonita manada… ¡mi manada! Lo vengo haciendo desde cuando me adoptaron y ahora con mayor énfasis y dedicación, unas cuantas lunas atrás, tras la tribulación de subsistencia que se les presentó sin esperársela. Al estar tan cerca de ellos percibo y absorbo lo que más puedo de aquel humor enrarecido, ¡caustico! que él y su pareja ahora expelen casi a toda hora. Quizá, de no hacerlo así, algo todavía más delicado les hubiese pasado; me lo dicen mis bigotes blancos.

Reconozco que mi esencia y fortaleza lejos están de las de Luna y las de los otros integrantes cuadrúpedos de la gran manada, y menos desde cuando de un momento a otro comencé a respirar con dificultad y dejé de comer. Los humanos me llevaron a la capital para que me punzaran, drenaran el pulmón aquel y controlaran la anemia que me dejó en los meros huesos.

El dinero escaseaba aún más cuando llegó el momento de pagar la elevada cuenta hospitalaria y llevarme de regreso a casa. Por esto el cachorro mayor les pidió a sus padres que vendieran a su Majo, preñada. Dinero con el cual pagaron parte de los costos de mi hospitalización, cirugías y los remedios que me salvación la vida.

En consecuencia, lógica felina, ahora es mayor mi compromiso con mi manada. Aspiraré con devoción y a toda hora sus energías dañinas hasta cuando el medio pulmón que me queda lo permita.

miércoles, 2 de octubre de 2024

El Colorado

 

Luego de haber ganado los anteriores siete combates, por ende, fama en la región por mi porte y bravura, en la octava me descuidé un instante, ¡lo reconozco! Fue cuando el Saraviado, al que tenía de un ala, voló sobre mí y me clavó su espuela en el pulmón. De ahí mi nuevo apelativo que poca gracia me hace: ‘¡el Pulmoniado! Prefiero el de siempre: ‘el Colorado’, que va con mi estampa y demás cualidades.

 Esa vez mi criador y entrenador, al verme herido y echando sangre por el pico, me alzó y zangoloteó de una manera brutal para que expulsara la que se me acumulaba en mis entrañas y evitar que me ahogara. Procedimiento diferente al que vi hacer a los amos de los siete que vencí en ocasiones anteriores. A estos, me pareció, que aquellos les ayudaron a morir ahí mismo.

—Lo salvé, no solo por su fama, ‘lidia’ y el dinero que me hizo ganar en todas sus peleas —le dijo a alguien en el corral de las jaulas en la casa del pueblo donde me ayudó a recuperarme casi por completo; menos mi canto que todos admiraban y me enorgullecía, ahora es ronco y produce risa; ni por completo el brío de antes, tal vez al faltarle aire a mis pulmones —. ¡Su semilla vale oro!

Desde entonces mi oficio es pisar cuanta gallina fina seleccionada me lleva para sacar ‘crías ganadoras’, como me dice cada vez que se aparece con alguna. Así lo hizo cuando me presentó a la Quica. Matrona pequeña, brava y admirable con quien nos emparejamos luego de recobrar algo de alientos y entender que jamás volveré al ruedo ni a tener peleas fieras. Si acaso con uno que otro volantón cuando se le da por enfrentarme o querer dormir en la rama que escogí desde mi llegada a este predio rural. Aunque todos ellos saben que por más que les hierva la sangre, que es la mía, que canten más fuerte y bonito que yo, que por más que quieran y valientes se crean, en franca lid de mis picotazos vivo ninguno saldría.

Por eso, al ir creciendo y volviéndose retadores, los regresa a las jaulas del pueblo donde, aunque por el reumatismo y otras dolencias ya no entrena gallo alguno ni volvió a las riñas, buen dinero por la venta de cada uno de mis hijos recibe, fuera de las montas que hago, por las que bien caro sí que cobra. ¡Tengo entendido!

A estos lares llegué en compañía de la Quica. Le escuché que nos trajo y liberó a nuestra suerte porque, cuando le comentaron que por aquí había runchos, comadrejas, culebras, rapapollos y hasta águilas, además de los gatos y los perros cazadores de la casa, dijo:

—Si se los comen es poco lo que se pierde. La Quica, aunque de estirpe y fama cuando joven, ahora es vieja, por lo que para la cacerola es carne dura. El otro, por su lesión en el pulmón, no es mucho lo que le queda. En cambio, si se adaptan y sobreviven, les abren el camino a los jóvenes que tengo en los corrales de la casa del pueblo. ¡Prueba y error, a menor costo y mejor proteína para sus crías!

Una vez nos liberaron, en efecto: los peligros estaban por doquier. Los humanos de aquella casa grande pronosticaban que de un momento a otro algún depredador nos comería. A veces le escuchábamos a la señora:

—Ojalá la Quica ponga huevos para dejar de comprarlos en el pueblo.

Por esto último, durante los primeros días, nos siguieron para saber dónde mi consorte se echaba. Eso sí, además de la cantidad de alimento silvestre que hay por aquí, mañana y tarde nos servían, y todavía, abundantes dosis de maíz. Además, siempre agua fresca en vasijas hay cerca de la casa principal.

La Quica y yo entendimos el juego y asumimos la situación y el riesgo en el que nos encontrábamos. Por lo que, en cuanto a los depredadores, además de hacerles el quite a unos, evitar a otros y enfrentar a dúo y a picotazo limpio a los ineludibles, seleccionamos un árbol cerca de la casa. A este, por lo alto y mi falta de respiro tras la pulmoniada, aún no me es tan fácil subir volando, como lo hace ella en el primer intento. Tras unos cuantos envíos al fin logro la rama más baja y de ahí, de brinco en brinco, las más altas y espesas donde atenuamos gran parte de los peligros nocturnos.

Como estábamos dispuestos a asegurar la camada, ¡la prolongación de nuestra especie!, escogimos un lugar distante y algo seguro para la postura de los huevos.

Los de la casa, aunque algo defraudados, de vez en cuando seguían a la Quica para saber dónde se echaba. Jamás entendieron nuestra estrategia de engaño para evitar que descubrieran el nido. Mientras ella se internaba en una especie de bosquecillo tupido, yo cantaba a grito herido, ¡literal!, por lo del pulmón agujereado, desde lo alto de un risco. De esa forma llamaba la atención de aquellos y le permitía a ella su escapatoria hacia un rancho abandonado a mitad de un lote cercano. Allá, bajo unos corotos en desuso, puso su primera gran camada.

Como los de la casa no se daban por vencidos en la búsqueda de los huevos, a mitad de nidada la Quica decidió quedarse allá, no regresar a la casa, tampoco a dormir en el árbol. En la noche los huevos quedaban totalmente desprotegidos.

¡Sacrificio admirable hizo esta pequeña pero valiente gallina!

Por los lados del rancho donde estaba el nido poco alimento había, tampoco agua. Lo que abundaba era el peligro, tan fuera de día o de noche; por lo que poco comía, ni dormía. Su pico certero con fiereza a toda hora esgrimía. En el día con mi fugaz presencia en algo le ayudaba y uno que otro refrigerio le llevaba… ¡era lo único que la Quica merendaba! Con mayor razón cuando cascarón rompieron los polluelos.

—Hace más de una semana que la Quica desapareció —escuché una tarde de esas cuando fui a comer maíz y tomar agua antes de intentar volar hacia la rama del árbol donde ahora dormía solo, aunque desde allá podía otear el rancho donde permanecía la Quica con mis semillas, ahora germinadas y hambrientas.

—Lo más seguro —comentó alguien—, algún depredador se la comió. ¡Qué lástima!

Sabíamos que teníamos que buscar el refugio de los de aquella casa. Aún eran muchos los picos por alimentar. Sin esa protección con dificultad lo lograríamos. Eran pocas las fuerzas y las carnes que le quedaban a la Quica. Además, los rapapollos y otros rapaces seguían atentos en el aire. Estos se alzaron dos de los polluelos y una cifra similar iba por cuenta de roedores y rastreros durante las dos últimas noches; pese a la defensa fiera que ella, día y noche, y yo en el día, hicimos para evitarlo.

Para el largo y peligroso desplazamiento con los polluelos hacia la casa principal escogimos, por estrategia concebida en nuestras molleras, la hora de la mañana cuando siempre alguien echa maíz en los recipientes y me llama para que vaya a comer.

La Quica tenía entrenados a los polluelos para tirarse al piso y extender sus alas entre las hojas cada vez que del cielo apareciese un peligro. Los cuales, esa vez, no faltaron. Tres veces hubo intentona de un gavilán que patrullaba por allí. Su silbido de muerte, en lugar de amedrentarnos nos envalentonó. Los polluelos se escondían entre la hojarasca. Ella y yo enfrentamos al rapaz con picos y espuelas a discreción. Aquel evitó una muerte segura si al menos se hubiese acercado.

Tal algarabía llamó la atención del joven amo de la casa principal. Él es el hijo del criador y entrenador, ahora retirado del segundo de estos dos oficios. Aguzó el oído al escuchar los graznidos, el piar y el cacarear. De inmediato llamó a su esposa para que lo acompañara a ver el:

—¡Milagro de vida! —como gritó la esposa al contemplar la desgarbada y famélica gallina Quica y los diez polluelos sobrevivientes que corrían rumbo al sitio del agua, junto al recipiente del maíz.

Me quedé cerca de ahí. Había cumplido en parte mi misión. Aunque sabía que en adelante nuestras vidas cambiarían; tanto la de la Quica, los polluelos, por ende, la mía.

—Esta gallina es una luchadora de miedo… ¡muy verraca! —le escuché decir al joven esposo, quien iba cogiendo uno a uno los polluelos, pese a la débil defensa de la desgarbada madre, para llevarlos a un corral donde los protegería mientras llamaba a su padre para darle la noticia y fuera a encargarse de estos—. Tuvo que haber defendido a muerte sus huevos y polluelos durante más de tres semanas que lleva desaparecida y la dimos por muerta.

Cuando llegó el cuidador llevaba una de las jaulas que tenía en su casa del pueblo, donde nací, me crie y mis heridas curé después de ser ‘pulmoniado’ por el Saraviado. Jaula en la cual, desde entonces, tienen a mi Quica, ya recuperada y fiera como siempre. Aunque ya no me permiten que la pise, ahí sin falta pone sus huevos, sin mi semilla. Estos los consumen los de la casa que nos salvaron.

Eso sí, desde la mañana, cuando bajo de la rama del árbol, al cual cada vez me es más difícil subir, y durante casi todo el día, siempre estoy cerca de ella, cuidándola y acompañándola, alrededor de su jaula… excepto cuando traen del pueblo alguna nueva matrona o ponedora para lo del negocio familiar.


lunes, 2 de septiembre de 2024

Emboscada matutina


Lanzamiento atípico en Café Mundano

El joven empresario constructor y su primo, quien trabajaba con él, decidieron unirse al grupo de paisanos que harían aquel viaje de vacaciones. Los motivaba los comentarios que uno de ellos, un abogado y retratista, ‘el mago de los lápices’, como le decía el escritor suramericano, solía hacer de aquel destino. El retratista conocía aquella capital, algunos de sus lugares y alrededores interesantes, así como otros tantos puntos turísticos de ese país que siempre les llamó la atención y querían conocer.

Desde cuando comenzamos con los preparativos del viaje el organizador y guía algo dijo sobre el posible encuentro con un escritor tan desconocido como escurridizo y a quien él le hizo un retrato que le llevó en otra ocasión, junto con su compañera, con quien siempre iba, como en este que estaba preparando. Retrato y entrega a solicitud de un amigo suyo: un poeta y gestor cultural nicaragüense exiliado en San José.

El encuentro del todo no estaba confirmado. El personaje aquel parecía que a toda hora tenía algo por hacer y era difícil que sacara un ratico para que los otros tres del grupo lo conocieran. Los temas culturales, menos, los literarios, al parecer, poco hacían parte de los intereses del joven empresario constructor, ni de su primo. Por lo tanto, si se daba o no el encuentro… les era intrascendente. Un tercer integrante de talla grande, cercano y casi pariente del organizador, a quien le decía ‘mi hermano’ por haberle trasmitido algunas técnicas para dibujar a lápiz, tal vez era el más entusiasmado en compartir con el escritor.

Durante la primera semana del paseo conocieron lugares de aquella inmensa y fría ciudad capital, así como pueblos y parajes sugestivos en sus inmediaciones. También, su principal atractivo turístico sobre el Caribe, a casi hora y media de vuelo comercial.

El tema del encuentro con el escritor parecía disiparse. ‘Su agenda está muy apretada’. Fue lo que el organizador y guía del grupo les dijo de aquel y lo comentó con el conductor que los llevó desde el centro de la ciudad capital, vía Autopista Norte, cuando, al parecer, pasaron cerca de una de las sedes rurales del fulano, quien se refiere a sus sitios de trabajo como escondites literarios… o algo así.

El domingo al atardecer, a dos días del regreso del grupo a San José, el escritor dio señales de vida. Le escribió al organizador confirmándole que el lunes, entre nueve y media y diez de la mañana, los esperaba en un lugar algo cerca del hotel donde se hospedaban. Además, enfatizó en que se podían ir a pie, vía Carrera Séptima, hasta el Plaza 39, nombre de aquel acogedor centro comercial. Que les quería invitar un café, según él, de lo mejor de aquellas tierras tropicales.

Ese lunes, un poco después de las nueve de la mañana, tras caminar casi una hora desde el hotel hasta la Avenida 39, llegaron a la esquina donde era la cita. Ninguno de los tres nuevos en el grupo conocía al escritor, solo el organizador y la dama del grupo por la visita anterior cuando le llevaron el retrato solicitado por el poeta y gestor nicaragüense.

Aunque a esa hora no era mucha la gente que deambulaba por aquella vía capitalina, el primo del joven empresario notó que un hombre de mediana edad y estatura promedia, con camisa blanca, como que se les acercaba. ‘Parece un cura’, se dijo, por lo de la camisa. Sin embargo, como ni el organizador ni su compañera, quienes conocían al escritor, lo reconocieron al irse aproximando, ni siquiera al estar a un metro de ellos, no hizo nada. ‘¿Cómo me iba a imaginar que era el escritor?’, comentó más tarde.

Solo hasta cuando se paró frente al organizador y los saludó todos reaccionaron con sorpresa y algo de admiración.

—‘Parece que nos observó y auscultó el alma un buen rato. Querría grabar en su mente nuestros ademanes y mensajes corporales casuales, auténticos’ —pensó la mujer del grupo y compañera, al parecer, del artista de los lápices y guía de la excursión.

—‘Tal vez… hasta nos incluya en una novela u otro de sus relatos de ficción social’ —pensó el maestro de talla grande.

—‘Buscaría y grabaría en su mente rasgos nuestros para transfigurarnos literariamente, como creo que es su técnica, para hacernos aparecer en alguno de sus escritos en proceso —se imaginó el organizador y guía, además de retratista.

Ninguno de ellos estaba del todo equivocado, como más tarde algo al respecto les refirió.

Inspiración y creatividad literaria que logró… y no solo en esa vía, también, al hacerlos víctimas inocentes de su emboscada literaria durante al menos la mitad de esa media mañana cuando, luego de ingresar al Plaza 39, los condujo por entre plazuelas, escaleras y socavones a un singular y acogedor establecimiento para tomar un refrigerio en el Café Mundano. Allá deleitaron lates, capuchinos y suculentos pasteles de pollo y carne, además de alfajores.

También logró sorprenderlos en el segundo piso, en una terraza inmensa y venteada con vistas al Parque Nacional y los cerros tutelares de la ciudad, durante la entrega y autografiada de algunos de sus ejemplares para llevarle, uno a su amigo nicaragüense y, tal parece, protagonista de una novela de ficción que tal vez pronto alguien publicará… ¡quizá! El ejemplar autografiado el gestor cultural lo recibirá en Centroamérica y lo haría llegar a una poetisa paisana suya quien emigró a Estados Unidos. Los otros libros los rifó entre los cinco, no sin dejarlos de sorprender con las historias relacionadas de cada obra, incluso, con la lectura de estrofas rítmicas que conmovieron sus fibras nicas más escépticas.

Ninguno de ellos se imaginaba que durante el café al cual los invitó tenía programado, de tiempo atrás, hacer el lanzamiento internacional de la publicación de su libro número 12… ¡que ellos eran los escogidos para tan particular y sencillo acto de difusión literaria! Tan propio de su personalidad introspectiva y escurridiza.

Fue un momento único en sus vidas… imposible de olvidar y, tal vez, de volver a vivir, menos en un país como aquel y con alguien que… como le pareció al primo del joven empresario de la construcción, ‘¡más que un escritor parece un cura!’


En un Juan Valdez

 

Agradecimientos a estas personas por su autorización

14-08-2024

Desde cuando el peso de sus calendas se les convirtió en la mejor de sus galas; que hasta remplazó el esfuerzo de sus palabras y caricias, ahora incómodas, obsoletas y consideradas necedades por quienes orientaron sus vidas con estas; cada vez que tienen oportunidad… incluso, cuando no, so cualquier pretexto se escapan para ir al centro comercial cercano.

Parecen viejos adolescentes recién ennoviados. Entienden, sin decírselo, ¡qué más da!, que, en la práctica, más ahora y con mayor razón en adelante, solo se tienen el uno al otro.

—Pa las que sea, mi por siempre amada Prudencia Lucía —le dice, como ahora, cuando las tribulaciones, sobre todo las familiares, amén de las sociales, económicas y de salud, suelen presentárseles, cada vez más seguido y con fiereza—. Mientras tengamos aire en los pulmones y fuerza para movernos con independencia, que ojalá jamás nos falte el café de nuestra tierra… ¡de origen!

Allá, en un Juan Valdez, donde, además, de vez en cuando Ignacio de Jesús Benavides cita a sus amigos de antaño y a uno que otro de letras para hablar de lo que sea, aquella pareja ignota refugia su solera entre la atafagada y anónima multitud; a esa hora y en ese lugar casi todos coetáneos.

Al calor del late con leche descremada, sin azúcar y con canela molida, el que siempre piden cuando van por allá, también calientan sus almas con la satisfacción de, ¡pese a todo!, haber hecho poco o mucho a lo largo de sus vidas.

—Eso sí, ¡honradamente y para nada fácil! Aunque nadie lo reconozca, mucho menos lo valoren, ni siquiera quienes de nuestro gran esfuerzo e innumerables privaciones se beneficiaron en su momento.

—Mira, Nacho, en la medida de las circunstancias y con lo que tuvimos nosotros cumplimos con lo que nos correspondió y pudimos. Lo que no, por lo que haya sido… ¡pues no y ya!

—Así es… y aplica para todos, menos entre los dos.

—¿A qué te refieres?

—Prudencia, a estas alturas… me duele reconocer que será difícil llevarte de paseo a París y al crucero por el Danubio, como te lo prometí antes de casarnos.

—¡Que importa, viejo terco! ¡Qué mejor e intrépido viaje que este que iniciamos por allá en agosto del 76! Estoy feliz con los que hemos hecho por aquí cerquita… sin necesidad de estresarnos sobrevolando semejante masa de agua.

—¡Te amo!

—Sabes que yo igual… aunque casi nunca te lo diga.

—Lo sé. Nacimos el uno para el otro. El destino nos sentenció para estar juntos y acompañarnos para siempre, tanto en este como el siguiente periplo que, seguramente, emprenderemos al tiempo… ¡eso espero!

—Lo que sea, Ignacio, ¡lo que sea! Pero, en lugar de ponerte trascendental… ¡toma tu café antes de que se enfríe y pierda su exquisitez! Para ver a las carreras paisajes, montañas, mares y ríos lejanos… y bien caro, me basta y conformo con los que he disfrutado por estos lares… y sin tanto afán.

—¡Gracias, amor! 

lunes, 5 de agosto de 2024

En un día del padre

 

A mitad de un junio


Ella

Cafetería ½ Luna Café, en Florencia 68, Juárez. Es un expendio sencillo, pequeño y que invita a la añoranza. Atendido por un gentil lugareño quien estuvo dispuesto a:

—No más digan y ahorita mismo les preparo sus cafés con leche a la colombiana; los pueden acompañar con la torta que prefieran.


            Fue un desayuno exquisito, tal vez el mejor que he probado en un día del padre... porque, además de lo romántico del lugar, sus productos y la atención, ella, el más grato y bello regalo que me dio la vida hace cuarentaisiete años, desayunó y disfrutó conmigo.

domingo, 30 de junio de 2024

Felicidad inversa

    


    Con su mirada perdida en lontananza, cuando iban adonde la enclaustraron al dejarles de ser útil y volverse «un pereque… además, ¡costoso!», como pensaban sin decirlo, paliaba el dolor de haber sido buena persona y, al llegar a vieja, confiar en todos, sobre todo en ellos: sus hijos.

    Entonces, miraba sin ver.

    Simulaba ausencia refugiada en su recuerdo infantil.

    ¡Hubiese querido dejar de escuchar!

    —«¡Para qué palabras bonitas y promesas vanas!» —pensó decirles varias veces.

    Producto de la dolorosa adversidad de la existencia humana encontró en el silencio, cual felicidad inversa, la excusa para ocultar la nostalgia mortal que horadó su espíritu meses antes de partir.

viernes, 31 de mayo de 2024

Vía alterna al paraíso 4X4

 

Para la celebración de nuestros cuarentaiséis años de amistad escogimos la finca El Frutal, emprendimiento lúdico de propiedad de uno de nuestros compañeros y amigos: Eliseo Rivera y su gentil como hacendosa esposa señora Maritza, a quienes damos gracias por su recibimiento y hospitalidad.

Nos imaginábamos que este solo era un lugar de descanso, de clima agradable, inmerso en la naturaleza tropical, camino a Mesitas del Colegio. Sin embargo, al llegar y estar aquí las palabras son insuficientes para describir sus paisajes y vistas espectaculares, la orgía de matas en flor, la sinfonía inconclusa de las multicolores y espectaculares aves, el placentero fresco de la brisa en la cara, los fecundos y perfumados cafetales, naranjales, platanales y otros tantos árboles frutales. De ahí el nombre de este pedacito de edén tropical.

Debe ser, seguramente, que por tal prodigio de flora, fauna y paisajística poética el ramal de acceso, una vez se deja la atafagada carretera principal, lleva por nombre: ‘Vía Alterna al Paraíso 4x4’. Vaya que lo es, ¡un paraíso!, porque, además, aquí, tanto los atardeceres como los anocheceres, amigos, son de impacto literario. Mejor, todavía, si uno los observa encaramado en algunas de las inmensas piedras al paso, desde la romántica terraza de la casa o los miradores de ensueño que hay por doquier.

Me imagino que, si nuestro novelista hubiese podido venir a este encuentro de Aeroamigos, de aquí no quisiese salir; menos ahora que, como me contó hace poco, retoca su siguiente novela que publicará pronto. Obra en la cual, hasta donde dejó entrever, es posible que rasgos y pericias de algunos de nosotros aparezcan de trasfigurada manera entre sus personajes de ficción y nostalgia social, incluidos los de Eliberto, quien voló a lontananza en las alas de Ícaro. Algunos de nosotros, si nos buscamos entre las páginas de esa novela… seguramente en varios renglones esquivos algo nuestro nos topemos, que solo nosotros interpretar o asociar podremos.

Aeroamigos, bajo este marco de naturaleza viva, permítanme hacer un sencillo homenaje a nuestro compañero y amigo José María Cuervo, así como a su invaluable y solidaria esposa la señora Yolanda Hernández, por estar a su lado cuidándolo, acompañándolo y amándolo como siempre. José atraviesa un complejo momento de salud, del cual sabemos y esperamos que se recupere pronto. También, sea esta la oportunidad para reconocerle a William Gordillo la ingente labor social que realiza a través de su fundación Nuevo Comienzo, con sede aquí en Mesitas del Colegio; siempre tendiéndoles la mano a los menos favorecidos. William, usted es un ejemplo digno de aplaudir y apoyar. Gracias por lo que hace y seguirá haciendo. Nos enorgullece, enaltece y representa, de verdad.

Fue una alborotada muchachada la que llegó a nuestra alma máter aquella mañana de marzo, ¡¡hace ya cuarentaiséis años!!, todos cargados con costalados de ilusiones personales y familiares. Allá nos formamos y obtuvimos herramientas para servirle al país y granjearnos un mejor futuro, más no por ello fácil. Unos y otros, presentes y ausentes, hoy por hoy con méritos y circunstancias de la vida que valen la pena resaltar o merecen nuestra solidaridad, según el caso, como los que he mencionado. Sabemos y en nuestros adentros a cada uno se lo reconocemos.

Aeroamigos, ¡brindemos por estos cuarentaiséis años de amistad! Enorgullezcámonos por cada uno de nosotros y por todos, ¡sin apenarnos por esas lágrimas de oro que veo y siento escapar a través de las ventanas de nuestras sexagenarias almas! ¡Brindemos ahora que, para llegar mientras podamos y adonde queramos ir, lo hacemos sin prisa ni asistencia alguna, la mayoría! Eso sí, todos con la satisfacción del deber cumplido, felices y fraternos, así cada vez nos toque coger, como en esta ocasión, tras dejar la transitada carretera principal de los afanes diarios, carreteables y placas huellas bucólicas y serenas como las que nos permitieron llegar a este inimaginable paraíso, en gracia llamado: El Frutal. 

Ahora quiero hablarles de la era que estamos pasando, por no decir ¡padeciendo!, en cuanto a la incidencia y manipulación que tienen las redes hercianas en nuestras vidas y entorno social.  Por favor, evitemos, en la medida de lo posible, que esa telaraña digital tan ajena nos enrede y adormezca el seso, confunda el pensamiento, trastoque los sentimientos, enemiste y domine nuestra voluntad en favor de extraños tenebrosos poderosos enconchados en sus fortines de cristal. Sé que es difícil apartarse de ellas e ignorar sus contagiosos como anodinos contenidos, gran parte ponzoñosos, falaces, cuando no letales. Por favor, procuremos pasar más tiempo y compartir con nuestras familias, los nietos y los amigos. Reunámonos, así sea solo para tomar un café de vez en cuando y dejar volar el invaluable cofre de nuestras experiencias y gratos recuerdos... o las anotaciones que a diario nos aparecen por horas de vuelo cumplidas o por las fatigas de material que ni siquiera con hueso duro parece posible remendar, como solía hacerlo Eduardo Yepes en los ochenta por allá en CATAM* con algunas láminas y estructuras de aeronaves más que trajinadas en el ‘Cielo azul de Colombia la grande’.

Miren, de no hacerlo ahora que todavía estamos en condiciones de hacerlo, mañana, tal vez… ¡sea tarde!

Del grupo de Aeroamigos, aunque somos más de setenta y en gran parte leemos los mensajes, pocos interactuamos… aunque sabemos y sentimos que todos estamos ahí, atentos a esa frase, párrafo, foto o video que uno que otro comparte. Pero la mayoría se abstiene de pronunciarse o de ir a la cita a tomar café y ‘tallar’ de lo que sea. Esto, queriéndolo o necesitándolo hacer. Pero, no, ¡callamos! Lo hacemos, quizá, como Enciso lo reitera en sus obras, por esa enfermedad que se expande indómita por el mundo: La nostalgia social que conlleva al enconamiento personal. Una y otra patología aún más fatales cuando quienes las abrigan en sus trajinadas almas transitan las doradas calendas de los sesenta… o algo más.

No, no dejemos que el grupo se desvanezca y hasta desaparezca. Son 46 años de amistad forjada en el calor del frío madrileño allá… en las rotondas, aulas, plaza de armas, pista y demás instalaciones de nuestra inmarcesible ESUFA**. No, no esperemos para reunirnos en un hospital entorno a las anunciadas o repentinas calamidades sanitarias de alguno de nosotros, o en un velorio, como ha pasado y cada vez más seguido. Encontrémonos de cuando en vez so pretexto de nada y sin agenda. Abracémonos en vida ahora que podemos, así nos toque coger la Vía Alterna al Paraíso 4x4… bonita vereda esta que nos trajo a la idílica finca de Eliseo y su amada esposa Maritza a disfrutar de sus paisajes y celebrar nuestro cuadragésimo sexto aniversario de habernos topado en el sinuoso camino de la vida.

Palabras leídas por Jorge Eduardo Bustos, celebración de los cuarentaiséis años de los Aeroamigos 52-22, 13 de abril de 2024, Mesitas del Colegio, Colombia.

 * CATAM: Comando Aéreo de Transporte Militar, ** ESUFA: Escuela Andrés M. Díaz, Fuerza Aérea de Colombia.