martes, 31 de agosto de 2021

El invasor

 

Luego de un prolongado tiempo sin reunirse, como solían hacerlo al menos una vez al año, aquellos amigos de letras se volvieron a ver, pero a través de la pantalla.... y solo algunos de los que integraban el grupo base. A los demás fue imposible convencerlos para que se conectaran y acudieran a la cita. Estos lo lograron tras por fin entender a puño que, ante las adversas condiciones actuales, y sin saberse a ciencia cierta hasta cuando, los encuentros eran posibles de manera virtual; además de necesitarlos.

Eso sí, cada uno tuvo que valerse de alguien cercano que manejara esos vericuetos tecnológicos, y que estuviera dispuesto a brindar su apoyo durante la hora que programaron. Acordaron hacerlo así: virtual, al menos mientras pasaban los fieros embates del nuevo y reforzado contagio, o bajaba su intensidad y mortalidad. Algunas de las variantes que fueron apareciendo por doquiera, al parecer, no respetaban ni siquiera a los vacunados, así tuvieran el esquema básico completo. Protección que todos los del grupo tenían desde la segunda fase de inoculación inicial que dispuso el Gobierno para los mayores de sesenta años, además, porque cada uno de ellos padecía una o varias comorbilidades.

La algarabía suscitada al ir apareciendo uno a uno en pantalla fue casi infantil. Tampoco faltaron los comentarios subidos de tono, las bromas y hasta las lágrimas. Tenían acordado hablar sin agenda. Que cada uno dijera lo que quisiera, sin moderador, porque nadie le quiso ‘jalar’ a ese asunto. Tampoco, fueron enfáticos, hablarían de literatura, ninguno leería poemas ni apartes de sus obras. «¡Solo chismes!», precisó Tulia, la más veterana, en el grupo de WhatsApp que tenían, una vez aceptaron encontrarse de esa manera.

Regla que cumplieron en la primera media hora larga, durante la cual despotricaron del Gobierno por esto y por aquello, por hacer y no hacer. Criticaron la ambición y posición egocéntrica de las potencias, a quienes culparon de la actual debacle y de tener a la humanidad al borde de la extinción, no solo por lo del virus, sino por la contaminación del planeta a gran escala, residuo de sus patrocinadas guerras comercial y fría que agobiaban al resto del mundo, sobre todo a los de siempre, a los países pobres, que, según Rosendo:

—Los son todos, sacando a la veintena de siempre... y en especial a los siete u ocho poderosos y regentes del repelente club aquel de la ignominia mundial.

Luego, les dieron paso a noticias más cercanas, sobre todo, las de tantos muertos de familiares y conocidos por la acción del virus, que, dijo Tulia:

—Con el que, tal vez, tengamos que acostumbrarnos a convivir por siempre.

—Así como con otras tantas maluquencias asociadas y por llegar, según dicen —complementó Rosa.

Muertes, todas las que contaron, acaecidas en similares circunstancias dramáticas; y tan tristes y lamentables como las propiciadas, en casi mayor número a la del biológico engendro durante aquel lapso, por el imparable conflicto civil y armado no reconocido que desangraba a ese, a su país, el que le declaró la guerra a la paz, luego de haberla pactado tras casi un siglo de muerte.

—Fratricidio arreciado durante la pandemia, y que al resto del mundo parece no importarle un comino, pese a las visitas de entidades humanitarias internacionales, y a la infinidad de informes emitidos por organizaciones instauradas para tomarle el pulso a las imparables aberraciones humanas al interior de los regímenes democráticos, como suelen llamarse semánticamente la mayoría de dictaduras y corruptocracias, tanto de un extremo como del otro, sin faltar los que se dicen ser del centro, en gran parte de estos países subcontinentales —apuntó Rosa, la menor de aquellos escritores desconocidos, entrados en nostalgia social avanzada ante la pusilanimidad integral que también cundía por doquiera, con mayor acentuación en su atembado país, quizá por el perenne y ya consuetudinario fragor de las balas, que cuando no era por la televisión que las trasmitían los noticiarios al servicio de la plagada pauta comercial, cada vez más seguido se  escuchaban en las barriadas y calles cercanas, tanto en ciudades como en labrantías.

—Les propongo que dediquemos el rato que falta para hablar de nosotros, sobre todo, si a bien tienen, de lo bueno o malo que ha sido este lapso de casi dos años para nuestra actividad literaria. Algunas anécdotas que tengamos por ahí —intervino Abigail, promotora del evento, tanto los que hacían cada año, antes de la epidemia, de manera presencial, cada vez en un municipio distinto, como la impulsora de retomarlos virtualmente mientras se componían las cosas, si acaso eso llegase a pasar.

—Me parece interesante lo que propone Abigail —intervino Tulia—. Me imagino que todos tenemos algo para contar. Por lo menos, tengo que desahogarme con ustedes respecto de ese intruso que llegó con esta calamidad interminable.

—Creo saber de qué hablas, Tulia —repuso Alberto—. Tal vez, es el mismo que se hospedó en mi casa y que también tiene jodido a Rosendo, a quien este poco y nada lo deja avanzar en su nueva novela, como hemos hablado por teléfono varias veces.

—Debe ser el mismo camaján que me impide concretar los versos que ahora evitan entrar por mi balcón, desde donde converso con las montañas cuando quiero componer algo —apuntó Rosa.

—No sé si estén hablando del mismo entremetido que me tiene en ascuas desde cuando el Gobierno ordenó la cuarentena nacional y a mi hija le tocó trastear su oficina desde la comodidad infernal de su empresa a la minúscula sala de mi casa. Esto incrementó desorbitadamente los gastos de los servicios públicos y el del mercado, se perdió el silencio y la tranquilidad, por ende, la concentración y la inspiración —intervino Rosendo—, como algo al respecto hablamos con Alberto.

—Por un momento me desorienté —dijo María—, sin embargo, ya capto y creo saber de qué... o de quién están hablando. A mí también, ese invitado obligado me tiene en vilo y ha afectado, no solo mi producción literaria, también mis relaciones familiares.

—Me parece que todos —retomó la palabra Abigail—, de una u otra manera, coincidimos en que al tener que encerrarnos durante tanto tiempo en nuestras casas y vernos obligados a compartir espacios... o el ya no estar a solas durante gran parte del día, como antes, nos afectó en cuanto a la escritura y la convivencia.

—Les confieso que, desde cuando a mi hija le tocó trasladarse a trabajar a la sala de mi casa —retomó la palabra Rosendo—, todo cambió y nos afectó, tanto a mi señora como a mi hija y a mí.

—Cuéntanos, Rosendo —lo animó Miguel, el más parco de todos—, ¿qué pasó?, aunque, por mi experiencia, creo saber la respuesta.

—Mi hija trabaja en una corporación de abogados. Ella vive con nosotros desde la separación de su marido, hace unos años. Antes, todas las mañanas salía para su oficina y regresaba pasadas las ocho o nueve de la noche. Es decir, todo el día estaba por fuera, y en gran parte los fines de semana, los que solía pasar casi siempre con sus amigas. Mi esposa esperaba que yo regresara del gimnasio, al cual solía ir de cinco a ocho de la mañana, todos los días. Cuando llegaba, desayunábamos. Luego, ella también se iba para sus clases y ejercicios en el mismo lugar. Volvía sobre el mediodía para hacer el almuerzo o para salir conmigo a restaurantes cercanos. En las tardes se entretenía tejiendo para los nietos y haciendo otros quehaceres, hasta entrada la noche cuando, juntos, nos íbamos para la cocina a preparar la cena, ver televisión y esperar a nuestra hija. En síntesis, yo tenía más de ocho horas de emancipación en mi estudio para estar a solas y en conversación con el silencio. De esa manera solía toparme a diario con la voz de la inspiración, arrullo literario que solo es posible en la intimidad... ojalá en las mañanas y en las tempranas horas del atardecer, por lo menos en mi caso. ¡Era tan feliz así!, y desde cuando me retiré del trabajo y me dediqué a mis cosas: escribir y leer, hoy por hoy mi máxima satisfacción, además de seguir vivo y haber hecho bien todo lo que hice, sin menoscabar ni pisar a nadie... hasta cuando apareció aquel ruido intrusivo.

Rosendo hizo una pausa en su relato. Parecía consternado... ¡y lo estaba! Sus contertulios virtuales le respetaron su introspección, razón por la cual ninguno musitó palabra. Tal vez porque esa historia, y cada uno así lo asimiló en sus adentros, sin estar terminada; porque no necesitaban escucharla toda, tampoco su final para saber lo que restaba, en lo que terminaría; de alguna u otra manera era la propia, la que todos estaban viviendo... ¡padeciendo! a su manera y circunstancias, y con al menos un resultado común: la estaticidad en su producción literaria.

Ninguno de ellos, sin haberlo comentado, durante ese lapso que llevaba la pandemia que impuso en el hogar el teletrabajo y el estudio en casa, junto con la ruidosa estrechura de la vida familiar confinada, había logrado terminar, ni siquiera avanzar, el proyecto en curso, mucho menos alguno nuevo, precisamente por la irrupción en sus vidas y espacios de aquel inexorable intruso que ahuyentó a sus respectivas musas de sus lugares de acuartelamiento literario, ahora de encerrona social.

Parálisis literaria que les afectada peor que la peor de las maluquencias y dolamas de la tremebunda vejez que les coqueteaba en los huesos y vísceras, más lacerante que las estadísticas trágicas del amordazado conflicto connacional, ahora sumadas con las del contagio incubado, sobre lo cual todos ellos escribían con sentidos versos, unos, y supurantes párrafos de nostalgia social, los otros.

—Hemos escrito, ayer y hoy, y lo seguiremos haciéndolo hasta el fin, de alguna manera, sin importar que nadie nos lea, no solo por ser desconocidos, por no pertenecer al gran cartel de las vitrinas, al no hacerlo para alguno de los amos de la infamia, sino por aquel síndrome del propiciado desgano de lectura, sobre todo en la juventud, condenada esta al oscurantismo que conlleva la maraña tecnológica y la manipulación de la ignorancia dentro de las masas para mantener el poder en pocas manos, en las de siempre, en las de la artera minoría... —reiteró Abigail, como solía decirlo y cantarlo cuando se lo permitían, por lo general en aquellos refundidos encuentros literarios en pueblos apartados de la geografía nacional, al menos una vez al año y antes de desencadenarse la pandemia.

Cuando, al parecer, Rosendo remató su sentida disertación y entró en nueva introspección, los otros integrantes de aquella video conversación comprobaron lo imaginado desde el comienzo: la historia de su contertulio, y desde marzo de 2020 a la fecha, con algunas diferencias muy particulares, era similar a la de cada uno de ellos. Los espacios y libertades que hasta entonces conquistaron y que utilizaban después de viejos para, sobre todo en las mañanas cuando eran más productivos en cuanto al garrapateo de versos y frases errabundas, fueron invadidos por algunos de sus hijos, nietos u otros familiares quienes tuvieron que instalar en la sala, el comedor, las alcobas, las terrazas, los balcones y en cuanto espacio libre había, la parafernalia laboral o de estudio, para cumplir con sus obligaciones que antes hacían en sus empresas o establecimientos educativos.

No solo fue aquella bulliciosa intromisión la que afectó, y de qué manera, a estos escritores poco y nada conocidos en el mercantilizado mundo de las letras. Con esta se les incrementó el gasto doméstico integral en cada una de sus casas, se les disminuyó el ingreso familiar y, lo peor para estos, la inspiración se les volvió esquiva y celosa, porque esta poco aparece cuando hay ruido, menos, cuando el que escribe tiene apretujada compañía y telarañas en su pensamiento.

Tras una lánguida despedida, prometiendo volverse a conectar en un mes, ¡tal vez!, uno a uno fue cerrando el enlace hasta solo quedar conectada Abigail. Tras un suspiro añejo y profundo, y una lágrima que no pudo contener, por lo que esta rodó con prisa a través de las eras de sus mejillas acaricidas por la edad que se empeñaba en anunciarse a toda costa, la poetisa líder apagó su equipo y se hundió en la mar de la soledad interior donde mejor solía sentirse, mientras trataba de encontrar motivos para sobrellevar su compleja vida... y seguir plasmando en versos sus pasiones más que resecas.

Relato disponible en Revista Latina NC

domingo, 15 de agosto de 2021

Riu Bambu



Mi por siempre esposa mía, el azul ensueño de este mar sinigual, profundo de noche, transparente de día, así como la rumorosa brisa que por doquiera nos acompaña y refresca el cansancio que producen tantos pasos dados, parecen saber que, cuarentaicinco años atrás, nos juramos amor sincero... ¡el que a toda costa hemos mantenido incólume!

En ese entonces era difícil predecir por cuál camino la vida nos llevaría. Tampoco, por cuánto tiempo esta hermosa aventura duraría. Lo que sí los dos sabíamos, porque en los huesos lo sentíamos, era que, sin importar las tempestades ni las caídas, uno al lado del otro siempre estaría, no solo para brindarnos la mano y grata compañía, sino para reconfortarnos con esos besos y pasiones que... ¡y todavía!, nos estremecen como el viento a los cocoteros, así estemos a solas, a escondidas, como ahora en este hotel de quimeras refundidas que por doquiera impregna magia, romance, lírica, deseo... ¡ambrosía!

Amarnos y ser felices por siempre uno junto al otro nos juramos, que era lo único que en ese entonces teníamos y ofrecernos con devoción podíamos. Así lo sellamos con besos y caricias cuando, tras el magnánimo sí que me diste en aquel agosto, cuarentaicinco años hace, tan vívido, cual, si fuera hoy, al cielo miramos y estos mismos tres luceros centuriones vimos, los que siempre encima de nosotros titilan, do quiera estemos, como ahora aquí, en Playa de Arena Gorda, celebrando un nuevo aniversario.

Por todo lo vivido y por vivir, mi por siempre esposa mía, antes de aceptarle la invitación a esta noche de fantástico caribe para ir a travesear como cuando jóvenes, te reitero la promesa, no solo de amarte por el resto de nuestros días, también, que este renovado pacto de amor trascenderá nuestras corpóreas existencias. En constancia, queda impreso para la eternidad en cada rincón y espacio del Riu Bambu, testigo mudo de esta pasión perpetua que, inexorable, contagiará a cuanto enamorado transite por acá.


domingo, 1 de agosto de 2021

La tiendecita

 

Con esto de las comunicaciones en tiempo real la vida cambió dramáticamente, literal: ¡le dio una voltereta a la humanidad! Con mayor razón, con lo del inoculado virus, arma mortal en esta guerra prolongada, y por demás injusta, entre potencias a la siga de mayores rendimientos económicos a costa de la salud y hasta de la vida, sobre todo las de los sin nada, también las de los que dicen tener algo, pero que jamás les será suficiente, siendo esta su mayor pobreza, lastre social y condena inexorable. Es posible que este efecto, el del virus en letal soporosa mezcla con la abrumadora tecnología y la insatisfacción perenne, sea más notorio... ¡y dramático!, para los que llevan arriba de cinco décadas de vida.

Estos, de mozos, incluso de adultos jóvenes, por las décadas del setenta, ochenta y noventa, cómo, cuándo se iban a imaginar que alguien con algún tipo de aparato, desde allá, desde la intimidad de su hogar, o desde cualquier refundido rincón (con mayor razón en estos tiempos de encarcelada agonía cuando hay que andar huyendo del contagio vaporoso) escribiese un mensaje y este le llegase al instante a un montón de personas, impactándoles hasta los tuétanos.

Tanto para bien como para mal, la enredadera de la tecnología esto hoy lo hace posible... siempre y cuando haya conexión y el sistema imperante en cada país, mediante sus escuchas soslayadas, así lo permitan.

Es una realidad inapelable y la mayoría de cincuentenos, y otro tanto de ahí para arriba, lo están viviendo... y a veces sufriendo con añejada nostalgia. Como les pasó a varios amigos de antaño que pertenecen a uno de esos grupos de WhatsApp, entre la infinidad que existe alrededor de este mundo preso del fabricado biológico aquel, de la nostalgia social que desestabiliza el ánimo, así como de la maraña de la cual, tal parece, nadie escapa.

Uno de esos mensajes lo escribió Israel hace poco, tal vez sin imaginarse, como tampoco pretender el desencadenamiento que entre sus amigos provocó.

—¡Cómo extraño aquellos tiempos en que en este grupo nos la pasábamos mamando gallo y compartiendo mensajes anodinos, a veces algunos pasados de pornografía, política destructiva, religión y, en general, cosas buenas, malas y regulares! Sin embargo, ahora mismo da tristeza abrir el chat y encontrar noticias lamentables de todos los talantes... entre otros, los que dan cuenta de la pérdida de amigos, familiares y conocidos a quienes atacó el COVID o alguna de las tantas maluquezas de la vejez.  Siento tristeza por personas que, como Jaime Lazo, parte para siempre. A pesar de que hace muchos años dejé de verlo, el aprecio por él se mantiene vivo, jamás disminuyó. Mis saludos a su familia, así como a cada uno de los integrantes de esta, la hoy tan golpeada comunidad de amigos, conocidos desde las postrimerías de los años setenta.

Mensaje que casi al instante Mauricio respondió desde alguna parte, tal vez desde su fortín de guerra virtual:

—Sí, Israel, muy cierto. Estas noticias parten el alma y el corazón. La tristeza nos embarga... pero es una realidad que día a día tenemos que vivir de ahora en adelante, cada vez más seguido e impactante, mientras nos llega el turno de salida. Por eso tenemos que estar preparados y en paz con todos y con todo, así como con nuestro Padre Celestial.

Poco menos de dos minutos después, y desde alguna otra parte, talvez desde el lugar donde prepara sus clases de electrónica aeronáutica, Carlos se despachó:

—Mauricio e Israel, cordial saludo, comparto sus escritos, todavía más por lo que acabo de pasar en mi dolorosa urgencia que me implicó someterme a un cateterismo, para el cual no estaba preparado... ¡¿y quién lo puede estar?! Sin embargo, lo superé... ¡gracias a DIOS! Por lo que ustedes dicen, y por muchas otras situaciones de la vida, es por lo que debemos disfrutar del día a día, ¡mientras podamos! Un saludo especial para todos y «compartamos un tintico virtual», como dice Jorge cada mañana por este canal, abrazos y saludos, amigos míos.

Descargado por fin de las labores de transportación aérea que ejerció desde los años ochenta hasta casi los veinte de esta desbordada centuria, y así como habla, Cañitas escribió, quién sabe desde dónde, tal vez desde su pueblo natal en las entrañas de las montañas en eterna primavera:

 —Doctor Israel... y también para todos mis Aeroamigos, muy bueno es recordar esos momentos hermosos que vivimos de cuando muchachones. Leyendo lo que publican evoqué cuando en los cursos de capacitación y promoción nos volvíamos a encontrar y, luego de clase, sobre todo los viernes, y no pocas veces entre semana, nos sentábamos en la tiendecita de don Augusto, era la primera después de nuestra alma máter, a disfrutar de unos muy buenos aguardienticos.

—Allá en esa tiendecita más de uno se pegó una que otra tremenda borrachera —replicó Pablo a la distancia ignota, seguramente muy abrigado para evitar el frío que tanto lo afecta y del que se debe cuidar para evitar posibles recaídas.

—Así fue, me consta, más de uno se emborrachó en esa tiendecita de don Augusto —apuntó Toño, quizá desde los Llanos de Oriente, su refugio desde cuando superó aquello que lo postró en la juventud y adultez temprana, por lo que, en agradecimiento, y para evitar reincidir, se dedicó a rescatar jóvenes de la calle, afectados con aquella complicación, tan rentable para los mercaderes de la muerte y la devastación social—. Además, porque a todos nos fiaba. Él sabía que cuando nos pagaban, allá caímos siempre, y no solo a saldar la cuenta, sino a pegarnos otra borrachera y a dejar gran parte del sueldo.

—A don Augusto, además, también le gustaba el aguardientico... recuerdo a dos jóvenes muy bonitas que nos atendían —agregó Eduardo, probablemente desde, según él: «la capital petrolera», refiriéndose a un caluroso y lejano poblado al sur del país. Por allá se compró una casa veraniega y se fue a pasar la cuarentena nacional huyéndole al contagio, el que al fin y al cabo lo atrapó por esos lares y casi se lo lleva, de no ser por su fortaleza física y las gestiones hospitalarias de una de sus hijas, la médica, amén de la cadena de oraciones del grupo.

—Eduardo, me imagino que se refiere a Tatiana y a Adriana, las hijas de don Augusto —complementó Pablo.

—A mí me gustaba una que era gordita y blanquita —escribió Toño.

—Ella es Tatiana, la que le fiaba los almuerzos, Toño, —le precisó alguien más que participaba en la reunión virtual, pero quien aparecía sin nombre, solo su número del celular en el directorio del que seguía sin participar, también a distancia, la conversación escrita.

—Esas dos jóvenes terminaron casadas con colegas nuestros, de otros cursos... creo que todavía viven con ellos —precisó Pablo.

—En esa tiendita, además de aguardientico y almuerzos —Eduardo compartió un audio con un halo de nostalgia, casi visible—, vendían unos roscones muy ricos, así como los mejores bocadillos con queso que me haya comido en toda mi vida.

—En esa tiendecita —escribió Jorge, quizá al lado de su reina y su princesa—, disfrutamos mucho de los desayunos y almuerzos que vendían, hasta que por lo riguroso de las licencias les cancelaron el permiso de restaurante.

—Me contaron que a Pablo le gustaba una de las primas de las hijas de don Augusto, ¡la bizca! —irrumpió Juan, como siempre, con dejo de sarcasmo, como solía hacerlo.

A continuación, escribieron unos cuantos mensajes sobre aventuras donjuanescas de aquella época, así como chistes y bromas que se hacían unos a otros y, en especial, trajeron a colación lo de ciertas jóvenes muy populares en las inmediaciones de su aula máter, quienes buscaban en aquel grupo de amigos diversión pasajera, algunas, otras, quizá, la esperanza de un futuro promisorio con alguno de ellos.

—Definitivamente, yo era muy ingenuo, nunca me di cuenta de esas historias —escribió Lucho, tal vez desde su cómodo apartamento en el norte de la ciudad capital.

—Lucho, ¡pues claro!, porque eras el más joven, juicioso e inocente del grupo, ‘el chupo’, como te bautizamos —le respondió alguien—. Además, «yo llegué solo», o eso era lo que solías decir para evadir compromisos riesgosos cuando te proponíamos ciertas pilatunas que por tu edad nunca te animaste a hacer con nosotros, los mayores.

—¡Qué relatos tan bonitos! —escribió Mario resguardado en el Batán, ya bastante recuperado, y a quien fue el primero de aquel grupo a quien le dio el COVID que casi se lo lleva.

—Sé que se acuerdan de nuestro líder y querido amigo Eutimio, que en paz descanse, y quien para ese entonces decía andar sin plata —retomó la palabra escrita Cañitas tras dejar que los otros lo hicieran por un buen rato, algunos con nostalgia, otros con gracejo o burla, pero, eso sí, como fuera, la nostalgia se hacía cada vez más notoria en cada palabra que aparecía en la pantalla—. Él fue nuestro calanchín, por lo que, si donde don Augusto se acababa el guaro, iba y nos lo compraba en otra parte.

—En la siguiente tienda, pegada a la de don Augusto, también vendían cervecita y aguardiente —agregó Álvaro.

—Así es, Álvaro, allá también nos jalamos unas cuantas... —al rato le respondió Cañitas—. Lo cierto es que Eutimio, con sus orejitas pequeñas y su jeep viejo de color azul, me acuerdo cómo si fuera hoy, andaba con la Biblia bajo el brazo, porque desde antes de graduarnos se le dio por leerla toda, y varias veces. Con unas hojas se suponía que identificaba el salmo que de pronto nos quería compartir, o donde nos decía que iba o había parábolas interesantes.

Como Cañitas escribía mensajes entrecortados, entre otros tantos que se le cruzaron de otros participantes, uno fue el del Muñeco Sierra, el de la voz sonora que se escuchaba hasta cinco cuadras de distancia. Le decían así porque a todos sus amigos más cercanos los trataba de esa manera cariñosa: ¡mis muñecos!  

—Hola, ¡mis muñecos! —escribió, tal vez desde las orillas del río de la patria, en su tierra natal, donde fue candidato al concejo en las pasadas elecciones—, aprovecho para saludarlos y darles agradecimientos por el apoyo brindado a mi sobrino. En cuanto al comentario de la tienda de don Augusto, recuerden que ellos antes la tenían diagonal a la Virgen, al lado izquierdo. Era una casa de bahareque, de color blanco y verde. Allá nos prestaban una habitación para cambiarnos de ropa y descansar... De esa y de la nueva casa, pegada a nuestra alma máter, a donde luego se trasladaron, tengo un buen recuerdo de Chuchito Arteaga, que en paz descanse. Su partida aún no la supero, ¡casi que ni la creo! Ahí él solía quedarse a tomarse algunas cervezas, por lo que no entraba a clase de inglés. Le alcahueteé varias veces y le presenté trabajos y notas en grupo. En el 2008 me encontré en esa tienda a Eutimio, fue la última vez que lo vi. Entonces, lo invité a departir unas cervecitas. Estuvimos hablando y recordando viejos tiempos. Además, me dijo que estaba trabajando en la emisora del pueblo —a través de la lectura de su mensaje se percibía, no solo el murmullo del majestuoso río y su olor a bocachico, sino el hervor de la nostalgia con la cual estaba escribiendo, era evidente—. Ese recorderis fue muy agradable, así como emotivo es compartirlo ahora con ustedes, ¡mis muñecos del alma!

—En más de una ocasión me percaté de que esas hojitas dentro de la Biblia no eran para separar en donde iba, tampoco, para marcar parábolas especiales —continuo el mensaje entrecortado de Cañitas—, eran esquelas que Eutimio tenía para enviárselas a una amiguita del pueblo. Alguna vez me dijo: «Cañitas, ayúdeme a escribir algunos versos de amor. Usted sabe que poco coordino el pensamiento con los escritos que quiero enviarle a esa diva...». Por supuesto que le ayudé, ¡y más de una vez! ¡Ay!, cursitos, sí, lo hice más de una vez en esa gran mesa de la tienda de don Augusto donde nos reuníamos a departir... Qué ratos tan agradables vivimos en aquellos tiempos, doctor Israel Páez, Henrry: Tarzán, mi hermanito Eduardo, mi Guti del alma, Golondrino Torres, Israel López, quien también descansa en paz... y muchos más. No saben cuánto los extraño. Leyendo al doctor Páez me entraron ganas de un amarillito para calmar el vacío... porque cuando leo lo que todos escriben por aquí, siento sus voces en mis orejas y se me acelera el mango. Sí, lo reconozco, me dio nostalgia y recordé también al doctor Wilson, sobre todo por lo de los escritos que publica periódicamente y nos comparte... espero que este también lo plasme... ¡discúlpenme las berracas lágrimas!, con la tristeza que se siente al recordar aquellos momentos idos y que solo volverán al echar hacia atrás la mirada del recuerdo, o al leerlos de su pluma de oro... «Un súper abrazo para todos, toditos, todos», como dice Henry... y sin jamás olvidar a mi otro gran hermano Jorgito ‘Manotas’, también a Villalobos, otro integrante de nuestra hermosa mesa del recuerdo. ¡Son tantas las remembranzas de aquella época cuando los encuentros y los amigos eran reales y cercanos y las bebetas eran siempre en compañía! Bueno... y antes de que me dé la chilladera y me toque empacarme aquí solito otro amarillito en las rocas, recuerdos para sus hermosas familias, los quiero y los extraño mucho. Espero volverlos a ver... ¡siquiera una vez más!, como en aquellos tiempos y en torno a esa vieja mesa donde don Augusto, quien también descansa en paz.

 Tal vez por las evocaciones de los queridos y jamás olvidados Eutimio, Chuchito y Jaime, o quizá por lo tarde que era: once y media de la noche, de pronto por la nostalgia social que se hizo más notoria, casi visible y olorosa a rancio pasado, o por la recomendación del especialista en medicina familiar que todos en aquel grupo de WhatsApp, para entonces, consultaban por los achaques y la reformulación cuatrimestral, en el sentido de no trasnochar, ni tener sobresaltos u otras cuestiones para evitar peligrosas subidas de tensión, o infartos como el reciente que sufrió Carlos, la pantalla se fue quedando muda, en estridente silencio escrito.

Relato publicado en Revista Latina NC

sábado, 10 de julio de 2021

Enjundia nacional

 

Enjundia nacional



Jóvenes, gracias por estar aquí, por exponer sus puntos y tesis, así como por su disposición a escucharme. Me agrada que algunos traigan ceñida al cuerpo la bandera nacional. Esto me motiva a comenzar diciéndoles que esa insignia sigue y debe seguir siendo nuestro principal símbolo de congregación como país, pese a su significado inicial o razón de ser en aquel tiempo, difusos y en disputa entre los posibles principios que originaron la gesta emancipadora de comienzos del siglo XIX y la admiración romántica de aquel general por la emperatriz de Rusia en ese entonces.

Este pabellón tiene más que ganado nuestro respeto y nos debe seguir infundiendo, antes que cualquier otro sentimiento: fuerza, unión y razón de celebración, construcción y empeño, en las buenas y en las malas. Si lo dejase de ser, ¡carambas!, de verdad que estaríamos en problemas todavía más serios, no solo de identidad como país, se pondría de manifiesto, ¡más!, nuestra falta de amor patrio y las falencias en la organización política para autorregularnos y seguir figurando en el mapamundi como un estado social de derecho, por ende, libre y soberano.

Sí, juventud, lo reconozco, como lo comentan algunos allá, los de atrás, porque necio e imposible sería negarlo, que aquellos principios de igualdad, libertad, respeto por los derechos humanos, acatamiento del orden republicano y el reconocimiento de la singularidad nacional que inspiraron a los gestores de la independencia doscientos y tantos años atrás, siguen vigentes, sin alcanzarse por completo, sin logros verdaderos ni duraderos para las mayorías. Por el contrario, las causas de los estallidos de entonces, y otras tantas, siguen campeándose por doquiera, en cada rincón de la patria, así como en algunos meandros y morichales, quizá con mayor encarnizamiento, como a más de uno de ustedes le ha tocado soportar en carne propia, además de haber visto caer a su vera compañeros heridos, muertos o desaparecidos... ¡tanto de un lado como del otro! Ahora más triste y doloroso porque los causantes del actual desbarajuste ya no son los chapetones de antaño.

Tampoco hay que pasar por alto que algunos connacionales hicieron y hacen de la inequidad el mejor de sus negocios, sin importarles, tal vez, que con ello agigantan y aceleran el deslave de la loma triádica donde vivimos. Estos en la cima, otros en el piedemonte y un buen número en la sima, los valles, las llanuras y las selvas; las que se anegan de dolor y sangre cada vez que arriba en el monte llueve a cántaros, silban los fusiles o el Estado imprime y esgrime normas que solo favorecen a unos pocos, casi siempre a los de siempre.

¿Qué cómo lo hacen si son tan solo unos cuantos, mientras que los afectados constituimos mayoría?

Miren, la receta es casi la misma que la de entonces, la que se gestó durante la Patria Boba y se evidenció y esgrimió en las dos subsiguientes imitaciones de República, en la fugaz Confederación, en la Regeneración con la que finalizamos la pesadilla social del siglo XIX, también en la centuria de la ignominia durante el XX, con mayor negra eficacia la aplicada durante el advenimiento al desequilibrio en estas tres décadas del XXI.

Etapas de la historia con tristes denominadores comunes hábilmente manipulados y controlados por las respectivas minorías en su momento, gestoras-guardianas de la imprecada manda nacional de la inequidad. El primero es el fraccionamiento atizado e irremediable (irreconciliable) en el núcleo político imperante en el momento, producto de la ambición desaforada de los detentores del poder, sin quererlo ni dejarlo compartir con otros que no sean de los mismos; de ahí el bipartidismo tétrico que luego se difuminó en crepúsculos, aunque todos procedan de la misma rendija. Luego, y en combinación con este, está la abrumadora y mantenida ignorancia política (y en todos los ámbitos) de las masas, sometidas al catecismo y al evangelio como única alternativa de salvación del alma y justificación de vivir pobre y morir para alcanzar, por fin, la dicha prometida: una mejor vida. El tercero es el más lesivo, quizá por el que existen y se promueven los anteriores. Me refiero al sarcoma incurable llamado ¡corrupción!, el mayor de todos los males que afectan a la nación, al Estado, por ende, al territorio que podría hacerse trizas, como en otras épocas. Recordemos que cada vez que esto pasa, lo primero que hacen cuando se enfrentan a muerte los que antes eran connacionales, es diseñar y elaborar, cada cual, su nueva bandera... ojalá que eso no nos vuelva a suceder, ¡ni ahora ni nunca!     

Que, ¿cuál, entonces, es el remedio, si es que lo hay, para salir del actual atolladero?

Aunque lo expuse de manera tácita y apretada al comienzo, la alternativa sigue siendo, de al menos dos que hay que emprender, primero acudir al poder y a la enjundia de nuestra bandera y lo que ella implica, eso sí, agregándole al potaje medicinal nacional otros brebajes vernáculos.

¿Que sea más claro y explique mejor en qué consiste la vaina?

¡Claro, joven, así lo hare!

Miren, los colores de la bandera los llevamos en el corazón. Nos han unido en las buenas y en las malas. Nos han hecho vibrar, llorar, gritar de emoción y henchir de orgullo en muchas ocasiones; no solo a los que nos consideramos buenos y jamás hemos roto un plato de la vajilla, al menos que sepamos o que reconozcamos de dientes para fuera... también, a aquellos que por cualquier motivo están al otro lado. Al fin y al cabo, somos connacionales, ¡carajo!, si nos lo proponemos podemos encontrar una salida, antes de que nos sigamos matando unos a otros cuales pendejos.

Sí, sí, les dije que eran al menos dos alternativas. Permítanme precisar las cosas... ¡gracias!

La primera es rescatar el amor patrio en cada uno de nosotros y sentir y avivar en el alma nuestra bandera, nuestra identidad, ¡lo que somos! Si no lo hacemos por nuestra cuenta, creen ustedes que los vecinos o los de más allá: gringos, chinos, rusos... ¿lo van a hacer por nosotros? ¡Mamola!, como decía aquel pintoresco político subcontinental. Los chapetones actuales vendrán de muchas partes, no solo con gusto, pero no a resolvernos la sangrienta pelotera en la que andamos, sino a ver qué queda del mortango y les pueda servir para llevarse, ojalá al menor costo y preferiblemente gratis si nos descuidamos, tal y como ha pasado tantas veces.

Entiendo, también, que la protesta, hoy por hoy, además de ser un mecanismo normativo es, al parecer, como veo que ustedes lo asumen y esgrimen, la única vía para hacerse notar y reclamar derechos. Eso está bien, pero esta pierde su esencia cuando aparece el desorden, con mayor razón ante la destrucción, provenga de donde provenga. Es menester interiorizar y hacer entender que la solución lejos está de acabar con todo, que todo es válido, que nada de lo que hay sirve para nada y que nadie es dueño de nada, cuando lo somos todos. 

Foto tomada del periódico El Querendón, Wilson Escobar Gaviria

Por favor, no se alteren, permítanme redondear la idea... gracias.

Es evidente que la protesta en la calle puede exacerbarle el ánimo al más tranquilo y aplomado de los manifestantes. Más, todavía, cuando hay incitación inusitada para subir de nivel y causar desorden, destrozos, heridos y hasta muertos. En esos momentos pocos lograr dilucidar su origen, intención y consecuencias colectivas e individuales. Aunque sé que ustedes lo saben lo tengo que decir: al dañar la infraestructura pública o privada, antes que ganancia, que de ganancia no produce nada, esto constituye pérdida y por partida triple, además de la deslegitimación del reclamo y la justificación para la intervención del Estado a como dé lugar para recuperar el orden y proteger el bien común.

Por favor... permítanme ilustrar la idea, ¡por favor!, sé que el tema acalora, pero es necesario decirlo aquí... ¡gracias!

Miren, esos bienes o servicios que algunos destruyen son más que necesarios y útiles, en particular cuando son públicos; puesto que lo privado, también siendo necesario y útil, lo asume a costo ingente el particular afectado. Este, cuando no es que se quiebra injustamente, se lo traslada al precio de sus bienes o servicios para que todos terminemos sufragando el daño causado por unos pocos. En cuanto a los públicos, esos están ahí es para satisfacer necesidades colectivas, más que evidentes ¡sufridas! Fueron posibles gracias a los impuestos, tasas y contribuciones que nosotros: ustedes, sus padres y ¡todos! alguna vez hicimos y seguiremos haciendo. Al dañarlos o destruirlos esa necesidad vuelve a sentirse con mayor énfasis, lo que en el balance social se registra como detrimento. Entonces, como se le va a requerir y hay que recomponerlos o reconstruirlos, la Administración de turno lo tendrá que hacer, lo que implica un costo adicional que saldrá del mismo bolsillo popular mediante un nuevo y mayor gravamen que todos pagaremos de alguna manera, y más gravoso que antes.

Me atrevería a asegurar que los únicos que se benefician con la destrucción de la cosa pública son los contratistas, pues ellos no lo van a hacer o suministrar gratis, o simplemente por amor a la patria. Su negocio es invertir para obtener dividendos. También, se beneficia con la destrucción de la cosa pública la enconchada corrupción, por aquello de las prebendas, coimas y todas esas alimañas que infestan por doquiera el aparato estatal... Como lo dije, esta, la corrupción, constituye el mayor problema de la política nacional al que hay que darle caza y erradicarlo, el verdadero enemigo que hay que combatir hasta exterminarlo, así esté agazapado en las normas... dígase de presupuesto, contratación, control fiscal o figuras similares que habrá que depurar cuando ustedes los jóvenes vayan llegando de manera paulatina y democrática al poder.

Usaré la siguiente expresión para precisar la estrategia que es menester esgrimir en estos momentos de enjundia nacional: Juventud, la mejor herramienta de brega social que hay que usar es la inteligencia política en masa, antes que cualquier otra exposición de fuerza popular, menos si esta puede llegar a desorden. Ustedes lo saben: las maniobras básicas que usa el Gobierno para garantizar el orden público frente a las protestas populares cuando por cualquier circunstancia pasan de pacíficas al desmán son: dividir o desacreditar las bases del núcleo de la organización alzada en reclamo, la intervención de la fuerza pública con todo su poder legal a su alcance, así como el inexorable desgaste y cansancio de los reclamantes al correr el tiempo sin logros efectivos a la vista. Esto, que recuerde, ha funcionado siempre, sin que, al final, jóvenes, el problema se erradique. Por el contrario, este se enquista en la dermis poblacional hasta volverse crónico y supurante. Por lo anterior, es importante no desfallecer a esta altura del juego político en el cual han ingresado. Los que están en el Gobierno y sus mandantes eso esperan, es su última carta: que ustedes desfallezcan ante lo difícil e intrincado de este juego que ellos saben jugar a largo plazo, porque llevan en estas más de dos centurias.  

Lo afirmo porque lo he vivido al menos desde el 74, así como investigado en los anales de la historia patria desde las primeras escaramuzas que hubo para asentar la República que hoy de alguna manera vemos erigida. Obra todavía en construcción y susceptible, desde luego, de recomponer, terminarla y encaminarla en función del bien común, el de todos, no solo el de unos pocos. Esto último, gobernar a favor de unos pocos, en síntesis, es la esencia de la cólera que recorre las ciudades y que atisbo en la mirada del desconsuelo de todos y cada uno de ustedes, jóvenes... porque sé que también saben que, más hoy que ayer, a gritos y puñetazos solo se consiguen moretones, lastimaduras y hasta pérdidas lamentables de lado y lado, amén de profundizar los odios fraternales insanos que los mismos de siempre, la enconchada minoría, con las mismas de siempre: “triquiñuelas y jugaditas”, nos han inoculado y convertido en cultura tropical... la médula del continuo subdesarrollo subcontinental.

Podrían decirme que mi postura es ambigua, que el camino es ahincar la manifestación como hasta ahora, y tal vez con más vehemencia para lograr que la prensa ambidiestra publique otros cuantos titulares amarillistas y el mundo sordomudo al fin se conmueva de la situación. Creo que no es por ahí.

Entonces, volviendo a lo básico, que es la propuesta que les traigo, lo primero que sugiero es rescatar y sentir el amor por la patria. Porque este es el ingrediente principal de la bandeja para el almuerzo a servirle a la mesa a esta sociedad; el adherente social. El segundo, nos guste o no, es el político, la proteína. Tenemos que despertar masivamente ese componente de participación democrática... sobre todo en ustedes, ¡los jóvenes!, quienes aún tienen políticamente el alma limpia y las manos sin chiquero; que las deben mantener así al llegar al poder. De lo contrario, la triste historia se repetiría.

Sí, lo sé. Un gran número de los políticos actuales, casi la mayoría, hacen parte del problema y las dificultades por las cuales atravesamos...

Lo entiendo...

¡Por eso!, porque la inmensa mayoría, sobre todo los jóvenes vía abstención en las urnas y con marcada ausencia en los escaños públicos, han dejado en las manos de los de siempre esa responsabilidad fundamental... y estos solo piensan en lo suyo: en apañar y jamás soltar el poder en todas y en cada una de sus manifestaciones.

Sí, señor, así es, ¡a los viejos!, como lo masculla allá entre muelas el joven de la bandera al revés. Entonces, la alternativa viable y más factible es la participación masiva de la juventud al interior del Estado, ahora que está encabritada. Ustedes, los jóvenes, se tienen que organizar en colectivos políticos para irse apropiando de cuanto espacio estatal sea posible. De esa manera irán logrando con paciencia y lógica lo que a nosotros los viejos nos quedó grande: construir una país equitativo y recíproco para nosotros mismos, una nación educada, entusiasta, recíproca y echada pa’lante, sin esos distingos odiosos que fragmentan y enfrentan a las mayorías, y siempre a favor de unos pocos, los mismos causantes de esta debacle en la que nos hundimos.

Por favor, piénsenlo con cabeza fría: este es el camino para consolidar una nación y un estado sin calcos, sin modelos copiados de ninguna parte, propio, ajustado a sus raíces, recursos y expectativas de su gente. Un país en el cual quepamos todos, con igualdad de oportunidades para ser lo que nos nazca ser dentro del orden lógico de la convivencia ciudadana sana, el respeto por la vida y por el medio ambiente, así como contar con la garantía y la oportunidad de surgir, de crecer entre nosotros como personas de intelecto, como esa sociedad civilizada y pujante que decimos ser.

Para lograrlo, reitero: tendrán que, una vez vayan escalando en la estructura del poder nacional, generar y aplicar las medidas efectivas para castigar sin tapujos al corrupto como al peor delincuente social, que lo es al meterse con lo más sagrado de la patria: el erario. Igual sanción merece el que arremete contra la integridad y la vida de los connacionales. Para esto es fundamental salvaguardar la división del poder político nacional y el ejercicio autónomo y cristalino de los entes de vigilancia y control, rescatándolos del embreado cautiverio presupuestal y politiquero en el cual están hundidos.

¿Que, cómo hacerlo? Ustedes, jóvenes, los que demostraron con ahínco este nivel de disgusto social con duras jornadas de protesta durante esta época histórica, ahora es cuando deben, insisto, organizarse y comenzar a apersonarse del espacio político nacional. Háganlo pensando en la patria, en la familia y en el futuro de los suyos. Allá en las urnas deben irle arrebatando el poder de las manos anquilosadas a esos “viejos” mañosos y aparentemente enfrentados para descrestar calentanos. Con tretas como esta, el enfrentamiento entre los cabecillas de uno y otro extremo, y con otros del centro que “ni son chicha ni limonada”, durante casi doscientos años se han rotado el poder y la riqueza nacional entre los mismos. Siempre a su favor, solo para ellos, mientras Juan Pueblo, cuando no está preso de la apatía, embobado con el fútbol o preñado por la desesperanza que generan la pobreza generalizada, la falta de oportunidades y la nostalgia social subcontinental, se enfrenta a tientas en la oscuridad histórica contra sus congéneres. Estos, tan o más pobres que él, pero, eso sí, todos uchados por aquellos que, de la zarabanda, de las heridas y las muertes de los vaciados sacan partido, sin importarles que unos y otros, a la final, marchemos hacia el despeñadero de donde difícil será emprender retorno o encontrar una salida viable, si es que no se hace algo ahora.

Sí, lo sé. Echar a andar esa alternativa política no es tarea fácil... como lo refunfuñan y manifiestan entre muelas los aquí ubicados en la primera línea de este auditorio callejero improvisado. Tampoco rápida, ni de hoy para mañana, como lo quisiera y necesita el pueblo, sobre todo ustedes, los jóvenes. Todo implica un proceso social lento y por etapas... así como disciplina, paciencia e insistencia.

¡Claro!, la primera de estas es en las urnas, en las elecciones. Hay que cambiar las caras y los apetitos de los candidatos, para que los próximos no sean los de siempre, sino algunos de los líderes aquí presentes, así como los de las barricadas a lo largo del país. Pero, eso sí, capaces de entender la necesidad nacional, de anteponer sus intereses personales y darlo todo por el gran colectivo social. Luego, y una vez en el Congreso y en el Ejecutivo, legislando, reglamentando y administrando a favor del constituyente primario; lo que implica modificar costumbres que se han vuelto normas y prácticas administrativas perversas e inequitativas, ¡casi todas!

Tanto para la organización de los colectivos, el proceso electoral y el buen gobierno que se necesita y se esperaría de ustedes, es preciso desechar las malas artes de los asesores, empresarios y políticos mañosos de siempre.

Miren, fuera de algunos funcionarios buenos, ¡que existen y trabajan de buena fe y con criterio!, en la sociedad hay un ejército enorme de profesionales, de tecnócratas, de gente ilustrada, laboriosa y honrada que casi no se muestra, ni siquiera en elecciones porque saben que ninguna propuesta de los de siempre es diferente a lo de siempre. Con toda seguridad, sabiéndolos tamizar y juntar, con ellos lograrán un equipo inmejorable de asesores y trabajadores oficiales para estas duras lides cuyo objetivo es la función pública para todos y cada uno de los habitantes de este hermoso y rico país.

Sería inconsciente si nos les dijera que, una vez con la responsabilidad de gobernar, tienen que estar preparados para sortear sin desfallecer, ni mucho menos morir en el intento, ante varios hechos sociales, subcontinentalmente tan nuestros, en especial los correspondientes a ciertos grupos de connacionales con talantes diferentes, para nada constructivos. Miren, así ustedes lo hagan bien o mal al acceder al poder, que espero y confío en lo primero, siempre se toparán con innumerables contradictores, con personas a disgusto o insatisfechas con las gestas de su administración. A la par, en el duro camino, y no pocas veces ingrato trajín gubernamental, también hallarán a quienes tienen por oficio no hacer nada distinto a estar en contra de todo y a vivir en entropía.

Aunque estos dos grupos son de inmenso cuidado y requieren la atención oportuna y necesaria para intentar que sus acciones causen la menor mella en el cascarón social, incluso, de ser posible encarrilarlos y tornarlos útiles para la sociedad y el Estado, es a las bandas criminales, sea cual sea su denominación, modo de operar y fuente integral de apoyo que tengan, a las que, o las someten a como dé lugar, o estas seguirán con su reinado de terror y muerte a lo largo del país... comenzando por cada uno de ustedes y sus líderes a quienes declararán objetivo militar, si es que ya no lo han hecho. De esa manera han actuado en las últimas tristes y ensangrentadas décadas; algunas de estas organizaciones malandrinas lo hacen, incluso, con el aval soterrado de autoridades proclives y el de uno que otro oscuro empresario a la siga de riqueza aún más fácil.

Tampoco faltarán otros personajes singulares que actuarán cuales palos entre las ruedas. A estos los reconocerán porque suelen destilar envida, cuando no desconfianza, por todo lo que los demás vayan logrando. Estos están prestos a desprestigiar al que sea, así como a atacar con sevicia y mala intención a la institucionalidad del momento, ¡la que sea! Se trata de gente que padece del síndrome de la propensión marginal por el caos social y el ¡jódanse todos! Características, estas dos, que a su vez tienen todos los integrantes de los grupos de connacionales que les he referenciado y que, sea lo que sea, hay que saber regir y meter en cintura, jóvenes. He ahí uno de los grandes retos de todo gobernante.

En cualquiera de los casos anteriores recuerden que hay que ser suave con la persona, ¡pero fuerte y decidido con el problema! Para lograrlo es menester esgrimir el arma de gobierno fundamental: escuchar a tiempo hasta el grito de los mudos y resolver lo que sea menester y esté al alcance de la hacienda patria, comunicándoles a todos y sin tapujos.

Lo anterior implica entender, por ende, actuar en consecuencia, el concepto prístino de gobierno y su praxis mediante la función pública. Gobernar es, antes que servirse o lucrarse a expensas de un país, un acto de servicio transparente y público en función del orden y del todo y para todos, no en beneficio de algunos pocos, lo que produce y agrava la nostalgia social en la cual estamos inmersos. Razón por la que hay que quitarle la miel a las curules...

Lo que les quiero decir, jovencita... y gracias por solicitarme que lo diga sin metáforas ni símiles; les prometo que trataré de exponérselos en síntesis masticables y digeribles; es que, una vez organizados los colectivos sociales para participar en las elecciones, es menester, antes que nada, saber escoger a los candidatos. Esto requiere sensatez y apoyo cristalino de los interesados en el cambio, quienes son los por siempre afectados, como ahora ustedes, los jóvenes. Para esta labor y la posterior de gobierno reitero lo del colectivo de asesores y buenos funcionarios del que hablé hace poco. Deben evitar los colados y los infiltrados que buscarán guindárseles con propuestas tan atractivas como almizcleras, lo que a la postre pondría rancio el pan, lo haría intragable para cualquiera y volverían a las calles los malestares de estómago, como ahora.

Los así postulados a cargos públicos deben gozar de, entre otras tantas, estas cualidades principales: Conocer las necesidades del conglomerado, no precisamente de oídas o en estadísticas, sino que las hayan vivido... ¡qué digo vivido: padecido en carne propia! Querer servirle al país antes que servirse de él, mucho menos lucrase, vanagloriarse ni perpetuarse con el triunfo electoral, la nómina oficial ni con los contratos. Además, carácter para reconocer lo que es prioritario y posible hacer, y hacerlo sin demora una vez electo o nombrado, así como para decir con franqueza y oportunamente lo que no esté a su alcance ejecutar, por impopular que sea, antes que prometer embustes o cosas ilusorias para ganarse el favor del elector o cumplirle la orden al jefe político o al patrón... que de tenerlos deja de ser un candidato o funcionario bueno y confiable, sobre todo, si tal adalid es uno de los actuales que militan en los dos extremos, o en el resbaladizo intermedio.

Las campañas de los postulantes a cargos de elección popular deben blindarse de cualquier apoyo privado, nacional y extranjero, que implique recompensa o componenda una vez elegidos. La democracia no es una empresa para invertir a la espera de réditos, que suelen salirle siempre más que caros a los contribuyentes. El Estado debe garantizar y blindar el proceso electoral, sin dejarse manosear por ningún particular, sea quien sea, tenga el poder que tenga.

En cuanto a los candidatos a trabajos oficiales estos deben ingresar mediante el proceso de selección vía carrera pública, sea cual sea la rama del poder o el órgano de control o vigilancia estatal. Lo que implica satisfacer al menos estos, de varios, requisitos esenciales e inherentes al mérito: formación académica y experticia inherentes para el cargo, así como una hoja de vida pulcra, sin mancha alguna ni recomendación de ninguna índole. Las nominaciones de empleados de confianza que llaman de ‘libre nombramiento y remoción’, así como los recomendados de alguien, constituyen la cuota inicial de la ignominia oficial y la primera hebra suelta en el costal usado por los corruptos. 

Percibo... además de que es evidente, que la fatiga los apremia tras tantas jornadas de dura resistencia en estas calles, tal y como lo reflejan sus rostros asoleados, jóvenes. Entonces, para no alargar este cuento remataré diciéndoles que deben tener en cuenta que esos candidatos a elegir para que se encarguen del futuro del país, al que hay que recomponer de la sequía de equidad en la que está postrado, así como los asesores y empelados de su campaña y gobierno, han de tener claro que el salario que ganarán tendrá que dejar de ser esa golosina empalagosa que enajena conciencias y endurece vísceras. Los emolumentos de todo funcionario tienen que ser acordes con la economía del país y proporcionales a los de la clase trabajadora; desde luego: suficientes y justos para llevar una vida familiar digna.

¡Qué vergüenza y desatino social es que un congresista, magistrado, ministro, directivo estatal y otros cargos públicos con privilegios similares y desproporcionados ganen cuarenta y hasta cincuenta veces lo que un maestro de escuela, una enfermera o un profesional del palustre! Además, es menester entender y aplicar que, como lo hace el trabajador común en la sociedad, aquellos dignatarios de su paga se paguen sus gastos, gustos y placeres; además, ¡que ellos mismos carguen sus paraguas y carteras! No como ahora que del erario sacan hasta para lo de la señora del servicio privado en sus casas, también, para el mercado, el celular, el carro, la gasolina, el mandadero... incluso, hasta para los helados de la primera comunión de sus sobrinos.      

El programa de campaña de un candidato, que debe ser su plan de gobierno con proyección hacia el mediano y largo plazo, así roten el ejecutivo y los legisladores, tendrá que evidenciar y cumplir garantías inalienables como, entre otras: estabilidad política nacional, libertad de empresa, crecimiento económico, seguridad y bienestar social para todos... Es decir, planes, programas y proyectos que conlleven y mantengan algo tan sagrado para una nación como lo es la paz y el progreso general, no solo el de la economía, también el de la gente del común, él máximo activo de toda empresa y nación.

Juventud, si así lo hiciere, esgrimiendo el crisol del orden, la equidad, la transparencia y el respeto, ¡la patria se lo agradecerá en un futuro mediato! De lo contrario, en unos años sus hijos, los hijos de sus hijos y los de estos... y al menos durante cinco generaciones más, tendrán que volver cada vez más seguido, vaciados y emberracados a estas barricadas, a las primeras líneas, a los puntos de resistencia y ser carne de cañón de las tanquetas y de las balas ‘perdidas’ de los informales cada vez más armados y protegidos por el Estado agarrotado. Entonces, aquellos, su progenie, envueltos en la bandera de la patria, tal vez al revés, a título de protesta, con atisbo triste y lánguido al regresar a casa, si es que regresan, los mirarán, como ustedes ahora a sus viejos, y en silencio artero les recriminarán por el país que les medio construyeron y dejaron vuelto añicos.


En su mano, juventud, está la carta de navegación con la solución democrática para corregir el rumbo de esta nación y colocarle un norte acorde a nuestra patria... o para permitir la perpetuación del caos que solo es rentable, ¡y de qué estrambótica manera!, para unos pocos, para los mismos enfermos del alma que de la fragmentación social, de la enconchada corrupción, de la ignorancia política generalizada y del supurante y perenne conflicto entre hermanos pobres, los sin nada contra los casi con algo, se han beneficiado hasta el hostigo; y lo seguirán haciendo si ustedes, los jóvenes, no toman ya la sartén por el mango, ante el terrible fracaso político y gubernamental de estos dirigentes cacrecos que únicamente piensan en un estado fortín, con un gobierno de bolsillo que solo los beneficie a ellos y a los suyos. Delfines estos, casi todos, quienes, en estos momentos, mientras ustedes están aquí en estas barricadas improvisadas y endebles, ellos disfrutan y dilapidan en el exterior las fortunas de sus padres que han sido extraídas de la amada patria que, de no hacer ahora algo como lo aquí sugerido, esta seguirá por siempre herida y sangrantes sus venas abiertas, casi supurantes.

Entonces, estas cerca de cinco mil palabras tan solo serán, como muchas otras que hay por ahí refundidas o proscritas en la historia patria oculta que no se cuenta en clase ni se escribe en textos escolares oficiales, otra entre incontables fotografías literarias de un momento agónico en un mágico país enfermo de nostalgia social que lo tenía todo, como tantos otros pueblos de por aquí junto y en distintos lares una vez se cruza el piélago de las nostalgias humanas. Naciones estas, eso sí, aquí y allá, bajo la voracidad insaciable de algunos que encuentran lucrativos nichos de mercado en la anarquía, la inequidad y la muerte de ciudadanos atembados.  

Palabras que quizá nadie vuelva a escuchar, comentar, tampoco a leer, no solo por aquel síndrome del desgano patrocinado por la lectura y la ilustración que padece la gente en estas dehesas pulverulentas, sino porque hasta contagiosas podrían ser declaradas por el régimen imperante en cada jurisdicción nacional: «¡Peor que los estragos del incontrolable virus!», dirán.  

 Relato disponible en Revista Latina NC

   

miércoles, 9 de junio de 2021

Trilogía social

Foto tomada de ElQuerendón.com, Wilson Escobar Gaviria

Años atrás y tras la partida de los tres hijos mayores, quienes se casaron y formaron toldo aparte, en el hogar de los García Mora solo quedaron los dos viejos y Felipe, el menor. Este estaba recién postgraduado, pero aún sin empleo ni oportunidades laborales a la vista debido a los embates de la pandemia. María y Eugenio eran pensionados, sin embargo, él, para completar el sustento y mantenerse en el filo del estrato 4, es decir, en la clase media, rasguñaba con Uber uno que otro peso en su vehículo particular.

Sorteando afugias aquí y allá la familia sobrevivía y mantenía aquel apartamento adquirido treinta años atrás mediante una hipoteca casi de por vida. Lapso durante el cual la pagaron con ingentes esfuerzos y muchos sacrificios, a la vez que lograron darles estudio a sus cuatro hijos.

Sin tal vez presentirlo, las cosas estaban por cambiarles, precisamente a partir de esa mañana.

—Señora, ¿este hombre fue quien la atracó? —le preguntó el patrullero a María señalándole al herido.

—Sí, para mi fortuna fue él, y no aquellos —respondió, aún despavorida.

Como cada 30 de mes María sacó su mesada del cajero del centro comercial cercano. Sin saber que era seguida cruzó la avenida, tomó por el andén norte, el de la barda azul del conjunto donde vivía. A mitad de cuadra, bajo los arbustos, un hombre joven, cuchillo en mano, la abordó, le rapó la cartera y emprendió veloz carrera.

En la esquina dos malandros que lo seguían sin mediar palabra lo acuchillaron para robarle lo robado.

Cuando les contó la historia a su esposo e hijo estos se alarmaron, pero más allá de reconvenirla por haber ido sola y decirle que no lo volviera hacer sin alguno de ellos, no hablaron más del tema. Ahí paró el asunto, o tal vez eso creían, porque en aquel barrio de clase media todos se sentían seguros, casi nunca pasaba nada extraño. Tampoco, por aquel sector, hasta entonces, había manifestaciones, bloqueos o disturbios sociales, como sí por el centro y otros lugares capitalinos. En el último año poco frecuentes por el tema del virus y las cuarentenas obligatorias decretadas por el gobierno de la capital.   

Dispuesto a protegerse de la brisa capitalina con el tapabocas, y de paso evitar multas por parte de la policía del cuadrante, Felipe salió hacia la tienda, a dos cuadras, a comprar lo del desayuno, como todos los días.

Al llegar a la esquina vio a unas veinte personas corriendo despavoridas hacia él.

Una nube de gas irritó sus ojos, mientras estruendos de aturdimiento y silbidos de proyectiles respondieron sus dudas. Entonces, ¡se devolvió!

—¿Trajiste el mandado? —preguntó su mamá.

—En la calle hay pedreas y disparos.

Esa noche en la televisión los García Mora se enteraron de que dos vecinos suyos, gente de bien, como ellos, conocidos de tiempo atrás, fueron acribillados frente a la tienda del barrio donde Felipe compraba todas las tardes lo del desayuno.

Según las noticias, debido a los bloqueos a las entradas de la ciudad, los precios de los productos básicos de la canasta familiar se incrementaron de manera significativa, por lo que ni juntando lo de sus mesadas y restringiendo en gastos no esenciales alcanzaba la plata. Entonces, dos semanas después, cuando al parecer la protesta nacional se dilataba, o eso era lo que mostraban los noticieros, Eugenio salió de su conjunto a trabajar con su vehículo.

Prendió el aplicativo de Uber una vez estuvo en la portería del conjunto. En el siguiente barrio, a pocos minutos, un usuario requería el servicio. Aceptó la carrera y se encaminó hacia allá.

Tres cuadras antes de llegar al lugar Eugenio escuchó disparos, gritería y vio gente que corría despavorida huyéndole a otros cuantos que los perseguían y les disparaban de manera indiscriminada con armas de corto y largo alcance. Detuvo la marcha, intentó devolverse en reversa. Detrás del suyo ya había muchos más. Los conductores de estos, al no tener alternativa, salieron de sus vehículos y emprendieron carrera al lado de los que estaban siendo perseguidos. Eugenio decidió imitarlos.

Apagó el motor, se bajó, cerró la puerta... cuando escuchó:

—Ese es uno de los indios... ¡denle duro!

Solo alcanzó a dar tres zancadas detrás de los perseguidos y los conductores que también dejaron sus carros en la vía cuando una cosquilla erizó su cuerpo. Un proyectil se incrustó en su espalda.