viernes, 31 de marzo de 2023

Charlas virtuales

 

El Hombre de Mayor Edad (HME), del doble de la su Joven Amigo Virtual (JAV), con nadie más hablaba de aquellos temas… o, tal vez, ¡ninguno le paraba bolas!

—Ni siquiera los trato con los integrantes de mi familia, siempre atareados, por ende, sin tiempo para cruzar palabras, excepto para uno que otro favor… los cuales hago rápido y lo mejor posible para volver a mi escribidera —resopló HME al otro lado del celular.

Con JAV solía conversar vía WhatsApp, por lo general los sábados después de las siete y media de la noche. Era uno de sus escasos conocidos en el mundo de las artes. Creía que aquel joven tenía potencial y proyección en esa compleja mar de los Sargazos. Por tal razón, quizá, era de los pocos a quien le contestaba llamadas o mensajes.

—Me parece que tampoco charla de estos temas con sus excompañeros de trabajo.

—No. Ni de estos aparejos ni de ninguno. La Mayoría se refugia, los que siguen vivos, en el disperso olvido y la inapelable indiferencia que granjea la sentencia capital cuando se llega a viejo… peor para aquellos que se quedaron cortos en semanas de cotización o que la aseguradora se las refundió o invalidó. Esos están más jodidos que cualquiera. Sé que varios todavía andan de informales rebuscándose el bocado diario…

—Disculpe —lo interrumpió JAV para precisar al respecto—, me imagino que se refiere a la jubilación…

—¡Ja, Jubilación! —gruñó—. Este es otro de los tantos eufemismos sociales utilizado para quien, tras entregar su vida al sistema, cualquiera sea el régimen donde le haya tocado arrugar su juventud, deja de ser, no solo productivo para la entelequia esa de la Economía, sino oneroso… ¡Una carga que nadie quiere llevar! ¡Además de ser difícil, lo reconozco!

—Claro, comprendo. Jubilación es la definición que…

—No te preocupes, JAV —le repuso sin dejarlo concluir—. Nombre acuñado este y aceptado universalmente para tal situación, sin dejar de ser eufemístico. Concepto que, como lo consagra la RAE, es una Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante …decirla cual es. Con mayor razón, lo que significa, implica y duele escuchar a quema ropa.

De temas como este, y otros, HME solía charlar a la distancia con JAV. Pensaba que, tal vez, también lo haría, de presentársele la oportunidad, pero a título de cátedra, con algunos de los estudiantes que, durante más de treinta años, orientó en las aulas universitarias.

—¿Cree que se acuerden de usted? —preguntó JAV.

—De pronto… ¡pero no todos! No faltará quien recuerde que pasó muchos fines de semana leyendo y haciendo los trabajos que nunca faltaban por cuenta mía. Así como otros que obtuvieron notas que no esperaban, reclamaron, consideraron injustas y hasta me amenazaron. Algunos, me imagino, tan pronto vieron en el reporte que pasaron la asignatura, se les borró, no solo lo visto en clase, también, mi nombre, gestos, regaños, consejos e infaltables llamadas a lista.

—Se ha preguntado… ¿qué será de ellos?

—Por allá estarán abrumados en sus colocas gastándose sus vidas bajo asfixiantes presiones que, gracias… o por culpa de mis orientaciones académicas, muchos de esos alocados muchachos buscaron y un buen número en semejante esclavitud remunerada cayeron. De donde, como me pasó, solo saldrán cuando sean viejos, si es que llegan a esta dura e injusta etapa de la existencia humana. Que es cuando, mi Joven Amigo Virtual, como el león cuando lo alejan de la manada al perder su capacidad y músculos para proveer seguridad y defenderse, solo espera que lo rodeen y devoren las hienas… y entre más rápido suceda, menos es el padecer y la angustia.

—¿Cuántos estudiantes tuvo?

—Hice ese cálculo hace poco.

—¿Y?

—La cifra de mis exalumnos superó los veinticinco mil, mal contados… tal vez, cerca de los treinta mil, si incluimos cursos remediales, dirección de tesis, asesorías extracurriculares y otras cargas que un docente universitario tiene que hacer fuera del salón.

—¡Impresionante! Se debe sentir orgulloso por ese logro.

—No sé si orgulloso. Esa vez me sentí culpable por la sin salida laboral y profesional a la cual los encaminé y ellos, o al menos la mayoría, tal vez los más aplicados y confiados, siguieron a pie juntillas mis consejos mohosos. ¡¿Cómo no creerle al egregio profesor que quemándose las pestañas para obtener títulos es el mejor camino para alcanzar el éxito y la felicidad?!

Con algo de sorna, también, solía recordar y compartirle a su joven contertulio virtual que, además de medallas e instintivos, entre estas un galardón de la Presidencia de la República, en una de esas universidades le otorgaron una placa de profesor emérito, así como una reseña con las galas de su carrera profesional y docente en un voluminoso libro institucional.

—Mamotreto conmemorativo que por ahí conservo… no sé bien dónde lo puse la última vez que lo desempolvé.

Era evidente que a HME los recuerdos se le comenzaban a difuminar, casi a la par con la acelerada pérdida de la visión y la audición; en concomitancia con el avance implacable de los efectos acumulados en su cuerpo, producto de, entre otras cosas, aquellos tres exquisitos y refinados polvos blancos que consumió toda su vida.

—Dieta universal, JAV, que, junto con otros tantos ‘nutrimentos’ masivos, letales a mediano y largo plazo, pese a ser mortales para la salud, sus poderosas industrias impiden su proscripción formal, mientras los medios, a la caza de pauta nutritiva, los entronizan como ambrosías para los dioses en la voluble e ignara mente del consumidor.

Sumatoria de achaques que lo consumían lenta y paulatinamente, con una o dos grageas, gotas y cucharadas paliativas por cada diagnóstico, agosto al costo de las farmacéuticas, amén de la tosecita que le daba cada vez que hablaba largo.

—Muchacho, desgasté mi garganta y mi vida dando clases en la nocturna, por una parte, así como vigilando con cachiporra el erario para que los amos del Estado no se embolsillaran todo y al menos dejaran lo del funcionamiento institucional —le compartió aquella vez a su contertulio.

Por esta razón, por lo de su voz que se le apagaba cuando platicaba con JAV o durante las contadas entrevistas que daba, mojaba la palabra con agua mezclada con mil de abejas bien diluida.

—Por aquello de la prediabetes… regalo acumulado en mis vísceras, JAV, producto de la ingesta desde niño de uno de aquellos ultra procesados polvos blancos, el salido del trapiche de caña. Tan delicioso, adictivo y perverso como ese otro que les da sabor a las comidas, tal vez porque lo extraen de las aguas del mar o de la corteza terrestre, así como mejor sazón al trillo del trigo y de otros vegetales. Este, el tercero de los venenos exquisitos.

Achaques y situaciones que JAV, quizá, comenzó a notar, sin jamás tocarle a fondo el tema. Aprendió que cuando a HME le preguntaban asuntos que lo incomodaban o de los que nunca soltaba prenda, acudía al estruendoso silencio, su mejor evasión. En ocasiones desviaba la conversación con maestría y elegancia hacia otros montes.

Durante sus frecuentes charlas virtuales JAV comenzó a notar que, a veces, a su amigo virtual de letras lo aquejaban olvidos repentinos, sobre todo de situaciones recientes o en frases que dejaba a mitad de camino y que de pronto retomaba tiempo después. Incluso, que hasta en las siguientes tertulias virtuales se acordaba.

—Discúlpame, muchacho, por esta latencia larga que ahora más que antes me acompaña y se empecina en quedarse a mi lado más de lo que quisiera o necesito —le decía HME cuando esto sucedía.

—No se preocupe, a todos nos suele pasar.

—Me comentabas que hay por ahí alguien a quien valdría la pena escucharle las hazañas de su vida…

—Sí, usted es el indicado para convertir esa historia en una gran novela. Tal vez la número 23… ¿o 24?

—Si le quitamos el adjetivo, sí… sería la 24.

—Le dije a esa persona que usted es el indicado para escribirla… a su estilo, desde luego y si le parece.

—Gracias, JAV, por tener de nuevo ese detalle conmigo. Cosa que te agradezco. Mira que la primera vez que me sugeriste a otra persona para lo mismo, para que la escuchara y le escribiera su historia, esta resultó más que impresionante e interesante. Aunque, para hacerla más movida, le puse lo mío. Por eso lo asumí y, bueno, por ahí tengo la obra terminada, inédita… hasta cuando le llegue su momento para publicarla.

—Sí, lo entiendo. Al final esa persona incumplió parte del acuerdo… Por eso me imagino que la tiene guardada.

—JAV, algo similar me pasó con otro encargo por el estilo, en otro país, en condiciones similares. La persona fuente, cuando por fin interactuamos, no le gustó mi cara flaca ni mis reglas. Entonces, desistió. Esa obra jamás la terminé… quedó en veremos. Diferente a la primera que me recomendaste.

—Espero pronto leer esa novela relacionada con la primera persona que le sugerí. Debe ser interesante, ¿verdad?   

—Es una novela que, pese a tener algunos visos de realidad, es de ficción social. Por lo tanto, cualquier parecido con la realidad…

—Eso es claro, señor: ¡No deja de ser más que una casualidad!

—Así es. Es posible que alguien atisbe briznas de la realidad o que quiera reclamar algo al interior de las páginas de esta en particular o de cualquiera de las otras en general. Esto o aquello otro que esgrima alguien en relación con mis obras, solo sería el producto de su macondiana creatividad, de su imaginación subcontinental. Quimeras, meras quimeras.

—Estoy de acuerdo con usted.

—En todas mis obras, pero en especial en esa que hace un año terminé, inédita hasta cuando sea su momento, así como en la que estoy escribiendo a título referencial, inspirado en tu magno e irrepetible proyecto artístico planetario, amigo de letras, el genio es el pincel de la trasfiguración literaria y el único responsable creador de la magia presente desde el inicio hasta el desenlace. Esa, esta y todas mis novelas: escritas o en desarrollo, ¡van por que van, sea como sea, mi Joven Amigo Virtual! En su momento serán publicadas sí o sí. Estén o no de acuerdo aquellos que sientan que las inspiraron, que les pertenece, que dieron la idea, que se crean parte del elenco o lo que sea. Son novelas de mi autoría exclusiva.

—Lo tengo claro desde antes de haberle sugerido aquel primer proyecto. Esas son sus reglas, no solo las que tiene, también, las que deja expresas con quien sea, antes, durante y después de cada obra, llámela referencial, vocal, de ficción o como sea. Tengo claro, también, su concepto de trasfiguración literaria.

—Con esta, la transfiguración literaria, como lo sabes, desde luego que, si bien es cierto que tomo uno que otro lugar, paisaje, circunstancia social o características de personas del mundo real, al momento de llevarlos al libreto, todo lo difumino y convierto en escenarios, épocas y personajes universales. Es decir, que pueden llegar a existir aquí, allá, donde quiera y que el lector, al dejarlos entrar a su alma, les dará su propia interpretación, personificación, ubicación… ¡contexto!, según sus concepciones o intereses.

—Esto hace parte de su magia. Por eso le propongo la historia de esta otra persona que, me parece, tiene aspectos interesantes, como para una gran novela.

—Por lo general, Joven Amigo, cada ser humano encarna una, varias o muchas historias dignas de plasmar en letras ecuménicas. De hecho, la vida es un carnaval novelado. Lo que sucede es que son pocos los que están dispuestos a plasmarlas sin esperar o cobrar denarios a cambio… Como, ¡triste verdad!, también: pocos los lectores disponibles. ¡Cada día son menos!

—¡Es verdad!

—Por eso, JAV, cuando escucho o leo lo que alguien me comparte, como lo hizo la primera persona que me recomendaste, así no tenga los subes y los bajes que hagan interesante la historia, con la trasfiguración literaria que suelo usar, por intrascendente que sea la información que me llegue, es mi responsabilidad ponerle el chile, la sal, la cúspide, el abismo, la picardía o el anzuelo que engarce al lector.

—Lo sé. Entonces, ¿qué le digo a esta otra persona?

—Primero, esto que te acabo de sustanciar. ¡Son las reglas! Segundo, si le parece y acepta, que una vez tenga el material que me suministre sin compromiso alguno: mensajes escritos, audios, videos, fotos, notas… lo evalúo y, de ser el caso, si pasa este filtro, pueda que lo mezcle con otras historias. Si me gusta la mixtura resultante y es impactante, armo un libreto con cronograma y, dependiendo del turno, comienzo a escribirla. En este momento hay dos por delante, además del proyecto planetario en el que estamos comprometidos, con el cual iremos como hasta mediados del próximo año, es decir, unos quince meses más. Sin embargo, dependiendo de la historia, podría saltarse el turno… Si es que antes el tintineo en mi cabeza o alguna de las otras tres sierpes enchipadas dentro de mi cuerpo no aceleran su infernal chillido o su tarascada letal durante alguna de estas frías madrugadas tropicales. Tú lo sabes, mi querido JAV, ¡biógrafo y legatario literario escogido!

—¡Gracias!, es un honor inmerecido... le digo, no sé si sea el más indicado para alguno de esos menesteres. Sobre todo, el de este segundo encargo, que hasta hoy me manifiesta con abierta claridad.

—Esta fue la única razón por la cual te acepté como amigo virtual hace unos años en mi vida refundida y por demás solitaria. Tú lo sabes y, por favor, disculpa mi franqueza e interés expósito. Fue por ese potencial de gestor planetario cultural que atisbé en ti, que te abrí las puertas de mi Escondite Literario Tropical y de mi pasión tapada: ¡escribir! Por lo cual, desde el comienzo de nuestra amistad virtual te manifesté que tú serías mi biógrafo. Aunque lo reconozco: ¡sí, lo hice de manera solapada! Por ello, entiendo que nunca has querido soltar palabra al respecto y no me extrañaría ni molestaría que jamás lo hicieras.

—Cada vez que usted lo decía, lo confieso… ¡le digo!, la idea no me disgustaba ni la consideraba descabellada. Aunque, discúlpeme, no me atrevería a comprometerme. Menos, ahora, que es para pensarlo y repensarlo con eso de ser su legatario literario escogido. Que, si bien es cierto, ¡le digo!, creo entender, no solo el concepto, también, su comprometedor alcance. Además, la responsabilidad que estos encargos implican me sobrecoge y asusta, ¡de verdad!

—Mira, JAV, entenderé y aceptaré sin reprocharte nunca si, por lo que sea, jamás acoges mis solicitudes. Hace parte de tu libre albedrío, ¡ni más faltaba!

—Cuestión que le agradezco…

—Créeme, te entenderé. Si nunca lo haces, por la razón que sea, ¡no importa!, seguiremos de amigos de letras toda la vida. Incluso, más allá de los adioses del olvido.

—Mi amistad sincera sí está garantizada por siempre, pase lo que pase.

—Sin embargo, JAV, es importante que te diga, aunque sé que lo sabes, que tú eres el único amigo literario cercano que tengo, así sea virtual, en capacidad y disposición de hacerme estos mandados. Eres la única persona en el mundo que conoce, ¡más que nadie!, de mi existencia y obras imperfectas e incorregibles. Tal vez, el único, entre los pocos amigos que tengo y con quien me comunico y le acepto llamadas, a quien le puedo interesar en este esponjoso campo de las letras. Tal y como lo comprobaste en la Internet cuando buscaste alguna referencia mía para incluirme en esa interesante enciclopedia virtual. Te dije que no buscaras porque no toparías nada sobre mí, mucho menos por cuenta de críticos de renombre… ni de ninguno. ¿Qué encontraste?

—Muy poco…

—Eres prudente, JAV. ¡No encontraste nada! Así las cosas, amigo, si no lo haces tú, si no te encargas de mi legado literario, ¿quién más lo haría? ¿Quién en unas docenas de años hablaría y escribiría con conocimiento de causa de aquel ignoto novelista suramericano que a comienzos del siglo XXI pintó con frases la nostalgia de una sociedad camino a la hecatombe? Autor desconocido quien solo quería de pago y premio ser leído, porque para eso escribía y hasta una iniciativa de donar sus libros en todas las bibliotecas del planeta tenía.

—Sí, pero…

—Si no eres tú, mi querido Joven Amigo Virtual, dime: ¿quién se encargaría de esta ilusa manda?

—¡Quizá sus hijos o nietos!

—Mira, JAV, con mis hijos cometí el mismo error de buena voluntad que con mis estudiantes.

—¿Cómo es eso?

—Sencillo. A unos y a otros les repetí e inculqué en la mollera el mismo trillado discurso y los encaminé por la manida senda aquella…

—Se refiere a…

—Que solo el estudio, los títulos y el trabajo estable garantizaban la felicidad y el éxito.

—Pero…

—Como te dije antes en relación con mis estudiantes, JAV, mis hijos me hicieron caso y siguieron el ejemplo que les di. Sí, todos son profesionales brillantes, posgraduados, con trabajos importantes y remuneración por encima del promedio.

—¿Entonces?

—Aunque jamás lo digan, porque quizá ni lo asimilen, les falta aquello para lo cual no les di consejos ni les mostré el camino.

—Se refiere a…

—¡Ser felices!, JAV. Vivir la vida a tiempo antes de que se les haga tarde… como me pasó a mí.

—Pero…

—Ahora ellos trabajan para otros, en multinacionales, por lo que hacen parte de ese amorfo ejército industrial productivo cuyos soldados ni tiempo tienen para disfrutar triunfos, es decir: lo ganado en batallas ajenas. Menos ahora que, por lo de la incubada pandemia, trasladaron sus trincheras de esclavitud laboral a la intimidad de sus hogares. Sí, amigo, sus jornadas de trabajo se mezclan con sus alquiladas existencias las veinticuatro horas. Además, haciéndose cargo de los costos directos funcionales que antes los sufragaba la empresa. Esto, mi querido JAV, sin contar la pérdida de la privacidad e intimidad que las labores empresariales les quitaron a las actividades familiares. Por eso no los culpo si nunca tienen tiempo para este viejo cascarrabias. Menos, si jamás leen mis garabatos. Según ellos, aunque nunca me lo dicen, tras ¡jubilarme! me dediqué a la nada rentable labor de la escribidera para ocuparme y no querer hacer nada más, así como negar que estoy desocupado… ¡un viejo inservible y terco!

—Entiendo, pero… le digo, usted debe asimilar, también, que sus hijos viven nuevos tiempos, otros escenarios, oportunidades, tecnologías… ¡la Internet!

—Sí, debutan a diario en la arena del Circo Romano, amigo, el cual, ahora es interactivo… En cuanto a mis nietos, ellos todavía están en una edad que les imposibilita dilucidar y menos asumir el meollo de este asunto. Quizá sus mentes frescas capten algo del mensaje que les reitero de vez en cuando…

El Hombre Más Viejo hizo un alto. El Joven Amigo Virtual, al otro lado del celular y a más de mil doscientos cincuenta kilómetros lo escuchó suspirar… ¡tal vez llorar!, supuso. Al pasar veinte o treinta eternos segundos en aturdidor silencio, consideró prudente intervenir.

—Se refiere, amigo, cuando les dice a sus nietos que en la memoria del computador guarda los tesoros del abuelo.

—Mis nietos, cuando crezcan, quizá entiendan a qué me refiero con esta frase y la asimilen. Para entonces, o antes, de ser posible, ojalá estés para ayudarlos a desenterrar la huaca… así te hayas encumbrado, como todo parece que acaecerá ¡y pronto! Evita que la altura y el elogio te cambien e impidan seguir llamando los sábados al anochecer.

—Intentaré hacer todo lo que esté a mi alcance en cuanto a sus mandados…

—Espero, muchacho, que al menos logres diseñar la nariz de la efigie con lo tratado en estas charlas virtuales, con el material que has conseguido, cuando no construido, con esas espigas dispersas que hay por ahí y con mis envíos para lo del artículo de la enciclopedia aquella… Sí, dizque para mi aparición en las arenas del nuevo Coliseo interactivo donde dices que mis frases imperfectas e incorregibles debieran debutar... Por todo, posible o no, ¡gracias!

Relato publicado en Revista Latina NC

sábado, 25 de marzo de 2023

Pañuelo, peinilla y plata

 

AEROAMIGOS ESUFA 52 - 22


 Aquel lunes 27 de marzo de 1978 quedó impreso por siempre en las membranas de nuestras existencias.

Cuarenta y cinco años hace de esto y, de verdad, ¡carambas!, es increíble que los que aún quedamos de aquella entusiasmada muchachada lo evoquemos con la intensidad y la emoción de entonces… y hasta más, en algunos casos. Como me ocurre y sé que a otros tantos que me gustaría mencionar les pasa igual. Sin embargo, si digo el nombre de alguno, sería injusto dejar de mencionar el de todos los integrantes de aquellas dos escuadrillas, la D y la E, cada una de tres elementos en las que nos agruparon.

 Ese día, la mayoría acompañados de algún familiar y con una historia social a cuestas, ¡tan parecidas todas!, llegamos maleta en mano con la ilusión y la resolución de dar un paso inmenso hacia la esquiva oportunidad de construir un futuro algo mejor, no solo para nosotros. Sabíamos que nuestros seres amados así lo tenían fincado en sus almas y guardadas esperanzas.

Ellos confiaban ciegamente en nosotros como la base del progreso, no solo del nuestro, también, el del entorno familiar.

Casi todos lo logramos, hicimos nuestra parte en la medida de lo posible… con algunas excepciones pintadas con el ebúrneo pincel de la nostalgia social que, en ese entonces, incluso ahora, se empeña en quitarle el crisol al arcoíris.

Durante esos dos años de academia en nuestra amada e inolvidable alma máter: ESUFA, ¡cuántas historias bonitas, así como otras tantas difíciles se nos presentaron, vivimos, sorteamos! ¡Cuánto aprendimos! Sobre todo, el valor inmortal de la solidaridad que aún nos mantiene unidos, estemos donde estemos, en grupo o en soledad.

De aquella época quedaron infinidad de anécdotas que guardamos en el corazón. Si las contáramos o escribiéramos saldrían cuartillas y cuartillas, además de aguar los ojos con cada una.

Amén de la inspección de los zapatos brillantes, la ropa limpia colocada en cuadro, sin arrugas y la cómoda organizada, llega al recuerdo esa frase que nos decían como requisito para la ansiada y esquiva salida de fin de semana con la maletica azul aquella:

—¡A la vista pañuelo blanco, peinilla negra y plata en el bolsillo!

Aunque hoy parezca fácil este último requisito de salida, para más de uno, en aquel entonces, lo de la plata a la vista era el requisito más complejo. Sin embargo, gracias al préstamo de algún compañero solidario, esto al fin se sorteaba y raudo corríamos hacia la puerta muralla y de ahí al pueblo para abordar el bus que nos llevaba a la ciudad a vernos con nuestros amados familiares, amigos y novias.

¡Ah!, fotografía social de aquella época, indeleble en nuestras almas, de imposible olvido, que nos sirvió para amasar los ingredientes de nuestros futuros. El de algunos más ecuménicos, plausibles, históricos, beneméritos, modestos y hasta recónditos que el de los otros. Pero, eso sí, todos bajo el sello inmortal de la amistad que nos granjeó tal época que, si nos tocara repetir esa etapa de nuestras vidas, seguro que lo haríamos con gusto.

Volveríamos gallardos al crisol donde se fraguó, no solo el sello y el galardón inmortal de los Aeroamigos 52-22, en especial, la esencia de lo que ahora somos y dejaremos de herencia para las nuevas generaciones. 


jueves, 9 de marzo de 2023

Enfermos del alma, Prólogo

 
Julio L. Calderón

En esta su décima octava obra literaria, titulada “Enfermos del Alma*”, que es la sexta de su particular saga sobre un país subcontinental, Wilson Rogelio Enciso una vez más tiene el detalle de llevarnos a bordo de su galeón navegando por los entresijos de su fantasía e imaginación.

Con su acostumbrada maestría, nos presenta a su personaje principal, Rodrigo García Ronderos, un empleado de una cervecera que tras jubilarse quiere alcanzar su altruista sueño de toda la vida: llevar la cultura a los lugares más pobres de su país, a través de la literatura.

Hecho que se le trunca a Rodrigo al enamorarse de una bella y mala persona, y que lo lleva a terminar en un psiquiátrico donde se inicia el thriller de esta magnífica obra, colocando el autor en el punto de mira de las multinacionales farmacéuticas y lobbies de este mismo campo.

El autor muestra aquí los oscuros recovecos de estas empresas, sembrando en el lector una duda que ya muchos poseen: ¿Será posible que en un acto de mala praxis algunos laboratorios farmacológicos, con tal de vender específicos medicamentos sobre los que tan solo ellos poseen la exclusividad de creación y venta, inoculen intencionadamente en la población ciertas enfermedades que tan solo pueden ser curadas con los nombrados medicamentos por una simple cuestión de un mayor enriquecimiento personal?

En esta obra tal hecho se hace realidad, viéndose envuelto, sin quererlo, el personaje principal en una trama de políticos corruptos, por lo que es vigilado y perseguido tanto por la agencia de seguridad nacional del país, como por los sicarios de una protegida por el estado cruel organización farmacéutica. Situación que obliga a Rodrigo a asociarse con una serie de personajes, quienes le ayudarán a defenderse de la pavorosa persecución y ataque por parte de los esbirros del estado y la organización.

Gracias a su muy peculiar lingüística y expresiones tan características, el lector puede diferenciar a Wilson Rogelio Enciso de otros autores. Él, con esta novela, se deja acceder con facilidad, por lo que nadie tendrá problema alguno para entender e internalizar lo que en sus páginas habita. Este es un libro que llega a todos. Lo cual apoyo y además defiendo a ultranza en mi particular día a día, pues pienso y creo firmemente que el arte, la cultura y el conocimiento deben llegar a todos por igual, siendo indiferente su riqueza o estatus social. Es por ello por lo que “Enfermos del Alma” será, también, un libro de todos, que es como tendrían que ser la mayoría de los libros.

Prologo de Julio López Calderón, escritor español, autor de: “Caminante peregrino de la libertad”, “Cazador de almas” y “Navegando entre universos de colores”.

* Novela publicada en junio de 2018


jueves, 2 de febrero de 2023

La Morenita

 


Cuento esta historia porque me parece bonita y digna de que trascienda. Lo hago con el respeto que todas y cada una de las personas se merecen, tengan o no creencias de estas, aquellas o ninguna. Al final, cada uno sacará sus conclusiones. Me enteré de esta porque el autor, quien me autorizó para que le hiciera retoques y la difundiera sin decir su nombre, la compartió por WhatsApp en la familia, de la cual hago parte de alguna manera.

“Resulta, querida familia, que la hermana de mi esposa nos encargó una Morenita bendecida para colocarla en una gruta que hizo especial para ella en la casa que construyó en algún municipio colombiano cerca de la gran ciudad y que inauguraría para los primeros días de noviembre de 2022 con una misa en compañía de su familia.

A mediados de octubre tuvimos las medidas exactas del sitio donde sería colocada la Virgencita. Entonces, nos fuimos un sábado hasta su santuario aquí en CDMX, compramos la efigie más bella que encontramos, acorde con la talla indicada, la hicimos bendecir, la empacamos y llevamos a nuestro apartamento. Primera estación.

Era obvio que, a nosotros, por temas laborarles, se nos imposibilitaba llevarla para el día de la inauguración de la casa. Tampoco, para la misa de aniversario de fallecidas de las abuelitas de mi esposa y mi cuñada a mediados de noviembre, ni siquiera para comienzos de diciembre cuando tenían programada otra fecha de encuentros familiares.

En nuestros planes y deseos estaba llevarla nosotros a mediados de diciembre, para cuando viajáramos a Colombia, como cada año. Por esta razón, decidimos comprarle una maleta donde la guardamos bien envuelta para protegerla y garantizar que llegara intacta a su destino.

Por casualidades de la vida o energías limpias que mueven a las personas y encarnan acontecimientos inesperados y bellos, mi hermana, mi cuñado y un sobrino vinieron a pasar unos días de vacaciones en CDMX, con hospedaje en mi apartamento y con tiquetes de regreso para el 2 de noviembre. Ellos practican una religión diferente a la católica, son cristianos devotos. Por lo tanto, nunca pensamos en ellos para encargarles la llevada de la imagen de la Virgen. Evitaríamos incomodarlos, no solo por el peso y volumen adicionales que les implicaría, en particular, sino por los preceptos del credo que profesan en relación con imágenes y ritos católicos.

 Sin embargo, curvas tienen las carreteras, olas el mar y brisas hay en las alturas... eso sí, todas por alguna razón están ahí y cumplen un propósito. El 2 de noviembre, cuando estaban con las dos maletas en la puerta de mi apartamento, rumbo al aeropuerto para el regreso, les pregunté:

—¿Pesaron las maletas?

—¡No! —contestó mi cuñado.

—Es mejor que lo hagan —les dije—, porque si llevan más de lo autorizado tienen problemas y les toca pagar el exceso.

En efecto, las dos maletas excedían lo autorizado, por los recuerdos y regalos que llevaban de regreso.

—Ahora, ¿qué hacemos? —preguntó mi hermana—. Habrá que sacar cosas.

—¿Revisaron con la aerolínea si hay alguna opción o algo parecido en cuanto a maletas? —les preguntó mi esposa.

—¡No! —contestó mi cuñado—. Compramos los tiquetes con solo dos maletas con peso estándar. No creímos necesario incluir otra maleta... cuestión de costos, tuvimos descuento en los tiquetes por llevar solo dos.

—La ropa y las cosas de nuestro hijo decidimos que las acomodaríamos en las nuestras —aclaró mi hermana.

—No imaginamos que lo que compramos para llevar pesara tanto y excediera lo permitido —adicionó mi cuñado.

 —Permítanme los tiquetes y reviso —dijo mi esposa—. Es probable que se pueda hacer algo. En última instancia pagamos desde aquí una tercera maleta.

Mi esposa revisó en la página de la aerolínea y... ¡qué sorpresa!, ¡tenían derecho a una tercera maleta y sin costos adicionales! ¿Cómo o por qué? ¡Nunca lo supimos... al parecer!

—Siendo así —les dije—, por aquí tengo otra maleta para que dividan el peso entre las tres.

Me refería a la maleta en la cual pensábamos llevar la efigie. Fui con ellos hasta la alcoba, me subí en una butaca, bajé la maleta, saqué el paquete donde estaba la Virgencita. Fue cuando mi hermana me preguntó:

—¿Qué hay en ese paquete?

Le conté que era una Virgencita para mi cuñada... y la síntesis de la historia.

—Siendo así —me dijo mi hermana—, esta maleta es grande y ahí cabe, no solo el sobrepeso de las dos maletas, sino la Virgencita.

—¡Claro, cuñado, nosotros se la llevamos!

 Mi esposa y yo teníamos planeado llevarla a mediados de diciembre, pero, tal vez, Ella tenía otros planes. Se habrá dicho:

—«En esta maleta me voy ya para la gruta que me mandaron a construir y donde me van a poner luego de la misa y la bendición del 5 de noviembre. ¡El lugar que merezco y adonde pertenezco! ¡¿Cómo les voy a fallar a esa señora, a su familia y a la casa que me está esperando, donde me necesitan y confían en mí?!»

Familia, quizá por eso apareció en la aerolínea el cupo para esa tercera maleta ¡y sin costo adicional! La misma en donde desde octubre aguardaba la bella Morenita.

Mi hermana y mi cuñado acomodaron las cosas y la efigie en esa maleta, de tal manera que estuvo en un pueblo cerca de la capital, donde ellos viven, casi tres días antes de la inauguración y bendición de la casa de mi cuñada. Sin embargo, aquel municipio no solo queda al otro externo de la ciudad capital, sino del municipio donde mi cuñada construyó la casa.

Ahora faltaba que mi hermana se la llevara a mi suegro al apartamento en la ciudad capital y él hasta donde su otra hija. Pero él y toda su familia ya estaban en la casa nueva de mi cuñada cuando la Morenita llegó a su conjunto residencial. Por lo que la recibieron los celadores. Esta sería su tercera estación.

Enterados mis suegros y mi cuñada coordinaron para que un mensajero la recogiera allí y la llevara a un apartamento algo cerca donde vive una tía del esposo de mi cuñada. Cuarta estación.

Ella tenía planeado viajar el 5 de noviembre en la mañana para la inauguración de la casa, la misa, la llegada y bendición de la Virgencita. Cuando el mensajero llegó con el encargo ella no estaba. La recibió el celador de la tarde, viernes 4 de noviembre, y la ubicó, no en el casillero del respectivo apartamento, por el tamaño, sino en una bodega.

Cuando esta señora regresó a las 8 de la noche, avisada por celular de su misión de recibir y llevar al otro día el encargo, preguntó en portería que si había llegado una encomienda. El celador que acababa de recibir turno miró en el casillero y le dijo que no había nada. La señora subió a su apartamento y le informó a su sobrino la novedad.

La preocupación, tanto en una y otra parte, se hizo presente. A las 10 de la noche el mismo celador subió con la encomienda al apartamento y la entregó. Al siguiente día, sábado 5 de noviembre, la Morenita llegó a su gruta a la 1 p.m., media hora antes del inicio de la misa y bendición de la nueva casa de mi cuñada.

Milagro, coincidencias del destino, etéreas energías limpias de aquí o allá... ¡sea lo que sea! o como cada cual lo asuma, el domingo 6 de noviembre, luego de casi toda una vida de diferencias y casi poca y nada interacción entre ellos, menos, durante los últimos catorce meses tras el fallecimiento de su señora madre, mi suegro se reencontró con sus dos hermanas en aquella casa a donde estas fueron por invitación suya, quien le prometió en su lecho de muerte a su madre que le satisfaría su último deseo, en el sentido de reconciliarse y permanecer unidos... como tal parece que sucederá tras abrazarse frente a la gruta de la bella Morenita que el día anterior llegó de México.”

Historia basada en hechos reales y mágicos a la vez, según versión de Diego Ortiz Mimo. Disponible en Revista One Stop.



miércoles, 1 de febrero de 2023

Aquellas aves negras

 


Hay algo que quiero complementarle, hermano, antes de iniciar con lo mío. Es en relación con lo que usted dijo en alguno de sus relatos anteriores. No solo el tiempo es, hoy por hoy, nuestro mayor y más caro activo. Tal vez, igual de valiosas, quizá más, son nuestras experiencias. Así como la infinidad de aportes que en silencio le hemos hecho a este bello país… y en la alborotada época cuando lo hicimos: último cuarto del siglo XX y primera década del XXI.

Experiencias, logros y errores que hay que compartir para que el mundo los conozca y la juventud saque de ahí los frutos que a bien tenga. Son tantas las historias de este grupo de viejones, como usted nos dice, que vale la pena que las escuche y las cuente todas. Por ejemplo, entre tantas, las del viejo Gordillo. Esas sí que son interesantes y merecedoras de elogios para que no sucumban en el olvido de la historia patria. Porque él sí que cogió a pecho aquello de que: “…llegado el caso, morir por defenderla”.

Bueno, ahora sí, a lo que vinimos y gracias por escucharme, aún más, por escribir la parte de mi vida que le voy a contar.

Aquellas aves negras que por doquiera que huela a muerto sobrevuelan y aterrizan con certeza sobre la carroña, guiadas por una más grande, siempre me parecieron, además de feas y sucias, de mal agüero. Aunque, según dicen por ahí, su sangre fresca es un prodigio para curar el cáncer.

Le confieso, hermano, que con nadie he compartido estas sensaciones. Hoy lo hago con usted porque me lo pregunta, para que las escriba, si así lo quiere y las dé a conocer, que, si a alguien le pueden ayudar, servir de algo, que así sea. Estoy seguro de que no soy el único supersticioso en este país, por aquí todos somos agoreros. Lo que pasa es que, como muchas otras cosas no las reconocemos, las escondemos por vergüenza, por el qué dirán, queriendo sacarlas a grito herido.

En estas subcontinentales tierras muchos llevamos adentro aquello de que al levantarnos el primer pie que hay que colocar en el piso es el derecho. O esa vaina de no pasar por debajo de una escalera y nada que ver con el número trece, mucho menos si se conjuga con un viernes. Ni qué decir respecto a ver un gato negro, que se nos rompa un espejo o que se le apague el cirio a la novia durante el casorio, entre un centenar de creencias macondianas por el estilo.

Por eso quiero iniciar contándole sobre la aparición que por desobediente tuve de niño por allá en La Vega, el pueblo de mis padres. Vivencia que iré hilvanando a lo largo de mi relato. ¿Sabe qué, hermano?, hoy, al atar cabos y sargentos, encuentro claro el sentido premonitorio del asunto. Recapitulando, pienso que si en cada momento particular de mi vida les hubiese dado mayor importancia a esas señales… las cosas, tal vez, hubiesen salido diferentes.

Pero para que la gracia sea registrada como milagro alguien se lo tuvo que pedir antes a un santo o candidato a serlo. Si esta se da sin oración o petición anticipada solo se queda a título de casualidad, suerte o predisposición.

Por lo tanto, en cuanto a mi suerte, lo que fue, fue. Como lo acuñó mi compañero “El Grillo” en su impactante relato que usted le escribió, relacionado con su viaje a Panamá en agosto del 79.

 Lo cierto es que esa aparición agorera, en forma de guala gigante, del tamaño de una persona adulta, de cuyos efectos aún no me libro, estuvo en mi mente antes y después de cada vicisitud que se me presentó en la vida. Me imagino y espero que ahí vaya a estar en las que faltan por llegar.

En mi cabeza pernocta desde aquel atardecer cuando, de regreso del paseo que con mis padres hicimos a la Laguna el Tabacal, por el camino real, decidí correr para ser el primero en llegar al pueblo. Mi madre gritó que me devolviera, que aún faltaba trecho. Aunque la escuché con nitidez la desobedecí. Más rápido seguí hasta una revuelta, a menos de trescientos metros de la entrada al cementerio en donde, sobre la copa de un guásimo, una guala abrió sus alas enormes.

Aquella aparición era intimidante, me generó miedo y me hizo parar la carrera. Volteé a mirar para sentir la protección familiar. Imposible, porque la curva del camino que nos separaba impedía vernos. Sentí que mi cuerpo comenzaba a ser objeto de un inevitable tremor, sin embargo, en lugar de retroceder avancé. Aún no sé por qué lo hice. ¡Cosas de chino, me imagino!

En respuesta a mi decisión de seguir, la aparición comenzó a crecer, aún más, a la vez que fue tomando la forma de una mujer, ¡de una bruja! que de una sola zancada llegó al piso, cerca, muy cerca, tal vez, de donde yo quedé paralizado y sin sentido. Cuando lo recuperé, el médico del centro de salud me estaba haciendo oler algo, tal vez era alcohol.

Mis padres nunca me dijeron si cuando me hallaron aún estaba la guala. Tampoco les pregunté ni les dije nada cuando me insistieron en que les contara qué pasó. Atiné a inventar que me resbalé y caí, nada más. Para entonces iba a cumplir los siete años y como me lo repetía todo el mundo comenzaría a tener uso de razón, por lo que, al siguiente febrero, ingresaría a la escuela primaria.

Hermano, esa misma sensación de vértigo la volví a experimentar, muchos años después, en el 79, durante el receso de mis estudios con motivo de la Semana Santa, a un año de lograr el título de especialista en seguridad de instalaciones aéreas. Desazón momentánea e inesperado recuerdo que tuve allá, en mi casa del barrio Muzú.

Esa vez, hermano, también hice omiso caso de tal premonición.

Eran las 10:30 de la mañana cuando un amigo de infancia llegó en moto y me invitó a dar una vuelta por los alrededores. Aún tenía la sensación de desvanecimiento percibida minutos antes al evocar, como cada que algo me suele pasar, la imagen de la guala en el guásimo del cementerio de La Vega. Sin embargo, por ese imparable motor interno que nos desboca me encaramé de pato en la moto y partimos.

Durante el recorrido nos encontramos con uno de los hermanos de aquel amigo, así como con otros conocidos suyos, todos en moto. En la que iba, fuera del que la conducía, en medio se acomodó su hermano.

Alguien, no recuerdo con precisión quién, habló de ir a un pueblo vecino a comer nada más ni nada menos que la irresistible morcilla rellena. Invitación que mejoró cuando dijo que la acompañaríamos con chicha. Viandas estas tradicionales y famosas de aquel municipio ubicado en las goteras sureñas de la capital.

Sin pensarlo dos veces y con el gusto ensalivado, producto de la monomanía que suscita la fritanga, incentivada por el espíritu aventurero, contrario a la mesura, al cuidado y a la premonición, fuimos a mi casa y saqué, para alardear, una bota de cuero. Minutos después la motorizada y ruidosa caravana iba a la siga del gastronómico destino por la Autopista Sur.

Una vez saciados nuestros antojados paladares y apetitos, compramos la vernácula bebida para hacerles honor a nuestros ancestros, los Chibchas, dijimos y nos reímos. No satisfechos con aquel artesanal y fermentado bebedizo, alguien apareció con una botella de aguardiente. Entonces, con la irreverencia y el reto a la lógica que parecen caracterizar y gobernar los espíritus de los jóvenes, robándoles la facultad de pensar bien, buscando, además, causarse daño y desafiar a quien se lo inste hacer ver o impedir que lo haga, mezclamos en la bota las dos bebidas.

Los fermentos de la chicha con la que bajamos la fritanga, sin darnos cuenta, les pusieron alas a nuestros espíritus aventureros. Pronto, alguien propuso seguir el paseo hacia un corregimiento del siguiente municipio. Además, insistió, que para hacer el viaje más interesante nos fuéramos por el lado de la Industria Militar, a campo traviesa, dejando de esa manera la carretera pavimentada.

 Hasta ese momento solo obraban en nuestros cuerpos el colesterol de la picada engullida en uno de los toldos de la plaza principal y los fermentos de la chicha. La ignita mezcla de licores, el ancestral y el moderno, seguía su exótica fragua en la bota. Ninguno la había probado, aún.

Al salir del casco urbano y coger el carreteable observé que una bandada de aquellas aves negras iba sobre nosotros. Una de estas, la más grande y vieja, hasta se me hizo parecida a la guala de aquel guásimo en La Vega.

Las aves agoreras aquellas se nos insinuaban, cual subcontinental premonición, al sobrevolarnos en triada formación. Lo hicieron por un buen rato. Además, en tres oportunidades, comandadas por la guala mayor, descendieron y se posaron, cada vez más cerca, nunca a menos de cien metros adelante, a un lado del maltrecho camino, como queriéndonos detener.

Nunca les pregunté a los otros si también vieron y sintieron lo que yo. Creo que no. La señal de vida, tal vez, era solo para mí. Reiterada indicación que en esa ocasión tampoco acaté. De haberlo hecho, quizá, nunca lo sabré, me habría evitado aquel calvario.   

Cuando cruzamos por frente de la guardia de la fábrica militar ninguno de los integrantes de la seguridad nos dijo nada. Se limitaron a mirarnos y vernos pasar, por lo que seguimos de largo. Un buen trecho más adelante el paso era imposible. Entonces, decidimos regresar, pero antes paramos en un sitio plano. Desde ahí volví a ver la bandada que insistía en volar sobre nosotros y allá, sobre un enorme pino totalmente seco, en la rama más alta, se posó la guala mayor, con sus enormes alas abiertas y sus ojos puestos en mí.

Aunque en ese momento alojé algo extraño en mí interior, lo que me hizo saborear, una vez más, el gusto amargo de la premonición y avivar una sensación de angustia, tampoco le hice caso alguno al anuncio más que evidente. Mucho menos les iba a compartir tal circunstancia a los demás. Pensé que atar lo de mi experiencia de niño desobediente en La Vega con este suceso, siendo ya un hombre adulto, formado, no dejaba de ser más que una tontería producto de mi imaginación. 

Ya no era el niño que iba a cumplir siete años. Tenía pleno uso de razón… algo afectado, eso sí, por el fermento de la chicha en combinación con la euforia y el descontrol que animaban las pasiones contaminantes de aquel grupo.

Nos bajamos de las motos y empezamos a repartir el refajo de la bota. Su sabor era a verdolaga quemante, mientras que su olor tenía un ligero parecido a panela quemada derretida, por lo que solo libé un sorbo. Sabor y olor que le tomé a la bebida, no sé si fue por el amargo que tenía en mi alma, provocado por la visión de aquella bandada de buitres que se negaba a dejarnos, volando en círculos sobre nosotros. Acíbar en la boca que casi me hace trasbocar cuando vi que la guala mayor se posó, desafiante, en lo alto del pino seco, sin quitarme, ni por un instante, su penetrante mirada premonitoria.

Tras unos minutos y una vez los demás desocuparon la bota, emprendimos desenfrenado y ensordecedor regreso hacia la ciudad capital.

Unos metros después de pasar raudos por frente del complejo industrial militar aquel, sentí el traqueteo de los fusiles, así como el silbido magenta de las ojivas en los oídos. Sinfonía de la muerte que nos hizo entrar en pánico. El amigo que estaba conduciendo la moto en la que yo iba aceleró la marcha. Lo mismo hicieron los otros cuatro conductores.  

Como las otras motos solo llevaban dos personas pudieron acelerar al máximo y se perdieron de inmediato en la distancia. En la nuestra éramos tres, por tal razón se nos dificultaba movernos con la misma velocidad de aquellas. Tampoco podíamos zigzaguear. Por fortuna alcanzamos un camión pequeño cargado con cantinas de leche, lo pasamos y esa fue nuestra trinchera.

 Ya a salvo me di cuenta de que el muchacho que iba sentado en la mitad, entre el conductor y yo, estaba desmayado. Situación que incrementó mi desespero. Peor, aún, cuando, al intentar moverme para reanimarlo sentí húmedo mi glúteo izquierdo. Me palpé y supe que estaba herido.

Miré al cielo y vi que aquellas aves negras, comandadas por la más grande, se quedaron en la distancia. Aquellos chulos iban volando en sentido contrario al nuestro, rumbo a lontananza. La líder dejó de mirarme. Sentí su vacío.

Desde entonces y en las reiteradas veces que las he vuelto a ver, incluso, con solo presentirlas, reviso bien lo que estoy haciendo o pretendo hacer. En algunas oportunidades me han sustraído de evidentes situaciones particulares. En otras, quizá, ni me he percatado de lo que me han salvado o evitado. Eso sí, cuando las ignoro, las cosas nunca me salen del todo bien.

 Al llegar al primer barrio de la capital me sentí mareado, por lo que obligué a parar al que iba conduciendo. Lo hizo, preciso, frente a una estación de policía. Ahí comenzó mi calvario.

Sin sentido fui ingresado a la ambulancia. Durante el desplazamiento los paramédicos me resucitaron y terminaron llevándome a un hospital público en el centro de la capital. Desde el inicio del recorrido, durante el ingreso y estadía en ese centro hospitalario estuve escoltado por efectivos del Departamento de Inteligencia de la Policía Nacional.

La seguridad de la Industria Militar reportó que habíamos espiado sus instalaciones y vulnerado su seguridad. Por lo tanto, sospecharon que éramos integrantes de algún grupo subversivo. Hipótesis surgida a partir de informaciones de inteligencia militar que tenían sobre una posible incursión, a darse por esos días, por parte de milicianos urbanos, para hostigar la seguridad de aquel cantón.

Nunca supe, o quise profundizar, si alguno de los otros integrantes del paseo motorizado fuera miembro de alguna organización insurgente. Tampoco, si fue casual o intencional la decisión de coger camino por esa estratégica y protegida zona militar; además, la de haber parado en ese lugar desde donde se podía, en efecto, observar con claridad hacia el interior de la fábrica de municiones, explosivos y armas militares.

Excepto de mi amigo, el conductor de la moto, el que pasó por frente de mi casa y me invitó a dar la vuelta. De él, por la investigación de la que fui objeto por tal percance, supe que estaba retenido en la Brigada de Inteligencia Militar. Creo que luego se probó su inocencia.

 Como le dije, hermano, ese fue el inicio de mi calvario. Desde el momento cuando pasamos de ida por frente a la guardia militar se activó la alarma de inteligencia en la guarnición de la ciudad capital sobre un posible atentado físico o de espionaje por parte de milicias subversivas. Situación que dieron por confirmada, minutos después cuando, tras la parada en el llano y la ingesta del refajo, cruzamos raudos de regreso sin escuchar el supuesto alto que habrían dado los centinelas, por lo que recibieron la orden de disparar a discreción.

Cuando mi amigo de infancia y conductor de la moto finalmente accedió a parar, lo hizo porque me escuchó que tanto su hermano como yo íbamos heridos y caeríamos si no frenaba de inmediato. Creo que paró frente a la estación de policía sin darse cuenta. Lo hizo ante el grito que le pegué, segundos antes de desmayarme y caer al piso, junto con el otro herido, lo que alertó a los agentes de guardia de la estación que reaccionaron de inmediato al ver dos cuerpos sangrando tirados en el piso.

Los uniformados estaban avisados por la alarma del cantón industrial militar, provocada por la supuesta banda de motociclistas insurgentes que, decía la radiada información: “Tras vulnerar la seguridad de nuestras instalaciones omitieron la voz de alto, por lo que tuvimos que disparar, con alta probabilidad de haber herido por lo menos a uno”.

Los agentes llamaron a los paramédicos para que se encargaran de los dos heridos en franco desangre, además de detener a mi amigo para interrogarlo. Ante su solicitud le permitieron hacer una llamada. Lo hizo a su casa. No solo les contó y pidió ayuda para él y su hermano, sino que les dijo que fueran hasta la mía y pusieran al tanto a mi familia.

Enterados en mi hogar, mi hermano mayor fue hasta el hospital para hacerme trasladar a la clínica que me correspondía. Los agentes que me custodiaban se mostraron renuentes a tal cambio. Reiteraban que no me dejarían trasladar. Insistían que al ser yo un integrante de alguna milicia revolucionaria, quien además había atentado contra la seguridad de un cantón militar, tenía que permanecer en ese hospital público. Luego de algunas aclaraciones y verificaciones que estos realizaron fui remitido, en compañía de mi hermano, a la clínica. Allá me intervinieron los dos impactos de fusil G-3 que recibí.

El primero fue en el glúteo izquierdo. Esa ojiva se alojó entre un tendón, a milímetros de la vejiga. Me dijo el médico que, si la hubiera siquiera rozado, mi vida se había esfumado en cuestión de minutos. El segundo fue en la espalda. Esta ojiva se incrustó entre una costilla y la columna. De haber tocado la espina dorsal estaría inválido. Par de inseparables amigas estas que aún permanecen fieles dentro de mi cuerpo. Me acompañarán hasta el día del adiós.

Por suerte o predisposición la investigación para aclarar los hechos y coordinar con las autoridades respectivas fue asesorada por el sargento Cruz, a quien cariñosamente todos le decíamos Natacha, por sus dotes de buena gente. Nos conocíamos porque él era uno de mis instructores en la escuela donde adelantaba el curso de Seguridad en Instalaciones Aeroportuarias.

  De no ser por él, tal vez me habría enredado más de lo que estaba y mi calvario habría terminado en crucifixión.

No sé por qué razón el ser humano cuando es joven, también de viejo, piensa que, al desviar las cosas, al decir mentiras, al no hacerle frente a las vainas tal y como son, resulta mejor, evita las consecuencias del mal obrar o de hacerlas a escondidas. Se cree, erróneamente, que engañando o embarrándola más es la forma expedita y efectiva para salirse del problema. ¡Pues no es así!

Esto me lo hizo entender Natacha.

La vaina fue que al principio me agarré a decir mentiras sobre los hechos. Las que ni sé por qué carajos las dije, además de ser inverosímiles, traídas de los cabellos. Manifesté, por ejemplo, que nos dispararon, sin ningún motivo, desde un carro negro. Que íbamos en sano juicio… ¡Por Dios!

El sargento Cruz, por supuesto, con todos los datos recolectados por los agentes de inteligencia, así como por las otras autoridades que estaban investigando los hechos, además, conocedor de primera mano de mi obvia inocencia en el asunto, frente a la sarta de embustes que comencé a decir en la primera indagación, me llamó aparte y me pegó el más vehemente y oportuno rapapolvo que jamás había recibido, ni vuelto a recibir y que espero jamás tenga que escuchar, menos necesitar. Aunque uno nunca sabe.

Me dijo, entre tantas cosas que hoy recuerdo con agradecimiento infinito, palabras más, palabras menos:

—Mire, indio hijo de puta, por su bien y la de su familia diga la verdad para que no lo metan a la cárcel.

Dura, oportuna, contundente e imborrable lección de vida.

Como era obvio, al continuar la diligencia dije tal cual había pasado todo. Lo único que obvié fue lo de los chulos y la guala mayor aquella. No me pareció oportuno decírselo ni siquiera a Natacha. Pensé en ese momento que si me refería a esas apariciones de pronto me harían pasar un buen rato en el psiquiátrico.

El otro herido, el hermano de mi amigo, alguien me dijo tiempo después que el impacto le comprometió un pulmón. Sin embargo, al parecer, tras la cirugía se recuperó.

En agosto de ese año y una vez Eliberto, Jorge, Eduardo y ciento treintaicuatro alumnos más partieron hacia Panamá para su última fase de formación en aviación, los que estudiábamos temas de seguridad nos quedamos en la escuela.

Hasta entonces pasaron cinco meses de investigación relacionada con el incidente. Embrollo del cual fui absuelto del todo. Lo que me permitió, en marzo del 80, graduarme y a partir de ese momento ir escalando en el arduo pero bonito oficio de la seguridad de instalaciones aéreas, hasta alcanzar, cerca de veinte años después, uno de los más altos escalones de mi profesión, antes de jubilarme.

De aquella investigación salí absuelto de todo… excepto de dos cosas. La primera, la cual fue pasajera y que hoy casi nadie recuerda. Ni siquiera mi compañero Luis Sánchez quien no perdona una, tampoco Iván y creo que ninguno de aquel bonito grupo de seguridad aeroportuaria. Se trata del vergonzoso episodio que en la escuela me hicieron pasar los amigos de las motos a los que llamaron para justificar mi conducta e inocencia en aquel impase, como requisito para que yo pudiera continuar en el curso, el cual llegué a ver en peligro. Pensé que no lograría terminarlo por aquel paseo.

Estos amigos, cuando fueron citados, llegaron, no solo en sus ruidosas y vistosas motos, sino ataviados con chaquetas y pantalones de cuero, adornados con sobresalientes remaches de acero reluciente. Las autoridades académicas, luego de escucharlos y verificar mi versión, además de corroborar mi inocencia en la situación, me llamaron a parte y me sugirieron que cambiara de amistades para evitar, en un futuro, que me metieran en problemas.

Con directivos y profesores el asunto quedó ahí, más no así con los compañeros de estudio y luego de trabajo. Estos, hasta hace unos diez años, tras retirarme de la actividad de la seguridad, me seguían levantando por la estrafalaria pinta de mis amigos motorizados.

La segunda se relaciona con mis dos amigas, las ojivas, las que aún llevo incrustadas en mi cuerpo. Como el expresidente Samper, a quien Jorge, el héroe discreto, le salvó la vida en el aeropuerto El Dorado, tras el atentado en el cual murió José Antequera.

Por estas dos amigas inseparables, no solo cada vez que tengo que pasar por algún arco de seguridad que detecte metales, me toca soportar incomodidades, vergüenzas, demoras y dar explicaciones, casi inverosímiles, sino que sigo, y seguiré siendo el blanco perfecto de todo tipo de mofas agudas.

En especial de aquellos con los que compartí mi formación en la juventud, experiencia y vida laboral. Ellos, no solo saben las intimidades del caso, sino que conocen el sitio exacto de la primera, la que traigo incrustada en mi muslo izquierdo.

Aun así, los aprecio y estaré siempre atento y contento ante cualquier situación que lleguen a requerir.

Sobre todo, a estas alturas del paseo cuando la amistad y los recuerdos de toda una vida son medicinales. Los mejores remedios para disipar y paliar las penas, los achaques y los avances de las maluqueras que, inexorables, van conquistando, día a día, la geografía de nuestras andadas humanidades.

 Este relato subcontinental, en parte contado por Mauricio Triviño, 

es una mezcla entre realidad y ficción. Fue publicado en Revista Latina Nc el 31-01-2023


miércoles, 4 de enero de 2023

Yo también construí un imperio

 

Relato literariamente ajustado que me contó Eliberto Gerena, q.e.p.d. 
Otras situaciones de su vida viajan insertas en algunas novelas por ahí.

Revista Latina NC

Ahora, cuando veo y me siento en esta cómoda poltrona, similar a una que tengo en la sala de mi apartamento en La Colina y a las de otras tantas de varios compañeros de aquella alborotada muchachada del 78, año aquel cuando nos conocimos, me lleno de más motivos, me convenzo y enorgullezco de la obra que cada uno de nosotros, a nuestra manera, de la nada, erigimos a lo largo de estos cuarenta y tantos años, ¡mi hermano del alma!

Tal vez por eso, porque en muchas cosas los dos coincidimos, como me acaba de decir cuando me invitó a sentarme... ¡sí!, ¡esta es la silla del rey!, la del ¡rey del hogar!

            Gracias por invitarme a la solemne intimidad de su morada. Sé que poco y nada suele hacerlo. Conmigo usted tuvo esta fina deferencia, quizá porque se lo pedí tras nuestro último como calamitoso encuentro en el Dispensario reclamando medicamentos para nuestras dolamas físicas. Porque las del alma solo en algo se mitigan con la amistad cuando es sincera, con el aprecio desprendido de la familia y hasta con el recuerdo de las cosas que hicimos con amor, sin dañar a nadie y en función del bien.

           Es probable que algunos detalles y bemoles que ahora le contaré, de los que todavía desconoce de mí, y mientras sigo disfrutando de estas espectaculares vistas que tiene aquí en su Escondite Literario Tropical urbano... si es que me lo permiten estas horribles punzadas en mis estropeados riñones que se deshacen por entre esta incómoda sonda, le sirvan para escribir algo, como le gusta y de lo cual soy testigo desde por allá en los ochenta cuando lo acompañé a llevar un manuscrito a esa editorial en el centro de la ciudad. Desde entonces fue su sueño que le publicaran algunas de sus obras y yo en parte cómplice de su ilusión, ¿se acuerda?

Sea como sea, redacte como quiera, lo que a bien considere y cuando sea, cuando lo haga y lo difunda, esté donde esté lo disfrutaré y sé que algunos de mis amados familiares y queridos amigos también lo harán y hasta algo bueno de mí recordarán.

Como le estaba diciendo, adicional a todo lo que de vez en cuando le he dejado entrever, a mi manera construí un imperio, así como en parte usted también veo que hizo lo propio... y lo hicieron otros tantos de nuestros compañeros y amigos de brega. Todos, eso sí, partimos de la nada, inmersos en la carencia económica y social que a nuestras madres asolaba... porque a varios de nosotros fueron nuestras viejas las que nos criaron y dieron el bocado de comida, la yesca y el tesón para salir adelante. Unas porque eran madres solteras, otras: viudas o abandonadas por sus respectivas e irresponsables parejas, ¡todas pobres! o como dice usted: integrantes del inmenso ejército nacional de los sin nada.  

Afugias económicas que no solo adornaban los hogares de estas madres aguerridas y de armas tomar frente a la soledad conyugal y orfandad social. Similar carencia eran las galas de los restantes compañeros de entonces. Casi todos lo que en el 78 llegamos a la academia en Serrezuela teníamos la inculcada esperanza de un mejor mañana mediante esa esquiva oportunidad que se nos presentó para estudiar y salir de una vez a trabajar, servirle a la patria y ponerle la trampa al centavo.

Así este o aquel tuviera o no papás y mamás responsables o familia formal y organizada, la constante entre todos nosotros era la precariedad económica. Heredada pobreza que se nos convirtió en un reto: torcerle pronto el pescuezo y a como diera lugar. Eso sí, mi hermano: ¡honradamente! Como veo que lo hicimos nosotros y otros cuantos de nuestros amigos y compañeros de academia y luego de trabajo… Aunque no a todos nos fue fácil, rápido ni barato. Algunos estamos pagando con salud la cuenta de cobro que nos pasó la vida y nos robó el vigor. Este, como lo puede ver, cada día se nos achicopala y esfuma a mordiscos, ¡inexorable!  

Le digo esto, lo de nuestras viejas y hogares precarios, mi hermano del alma, porque en su momento lo viví, vi y hablé con más de uno de ellos: los Jorge, los Israel, los Lucho, los Eduardo, el Osito, Eutimio, los Fernando, los Iván, entre otros tantos.

Pese a ese difícil comienzo en los ochenta, y aunque algunos se quedaron a la vera del camino por esta u otra razón o sucumbieron frente al azote de la época, por demás áspera y una de las más complejas e injustas de la historia patria nacional, entre esos casi ciento treintaicuatro alborotados muchachones, unos cuantos, como usted y yo, con las uñas y aprovechando cuanta oportunidad existía, cuando no era que tales opciones nos las inventábamos o armábamos, construirnos y consolidamos el más precioso y valioso de los imperios: ¡la familia!

Baluarte del cual hoy mi por siempre amada y abnegada esposa Luz Mery es su principal soporte y estandarte... y lo seguirá siendo cuando yo parta a lontananza. Valiente y gran mujer a quien no solo quiero, admiro, respeto y, como dice nuestro líder Eduardo, a ella sí que «me le quito el sombrero», sino que le ruego, así sea tarde, que me perdone lo que haya por perdonarme.

Sí, lo sé y reconozco. Esa construcción monumental que me llena de orgullo, patrimonialmente invaluable, con el paso de los años y los sacudones de la vida dejó entrever fisuras y grietas por aquello del asentamiento del terreno. Sin embargo, su estructura fundamental sigue siendo sólida y perdurará más allá de cuando nos hayamos ido a la mar de los olvidos. Como apenas es obvio, entre los dos seré el primero en partir con la maletica azul aquella que nos dieron en la escuela y que usábamos en las salidas... ¿la recuerda?

Sí, me iré primero y tal vez más pronto de lo que dicen los matasanos del hospital. Mientras tanto, usted, mi hermano del alma, haciendo honor a su palabra y a la promesa que me acaba de hacer, se tendrá que quedar un rato más para seguir entretejiendo con el pincel de la transfiguración literaria, no solo algunos aspectos, logros y pergaminos públicos obtenidos por esto o aquello. También, cuando sea el momento, según su parecer, para inmortalizar algo de estas confidencias inéditas, hasta hoy guardadas en algún cajón recóndito del viejo gavetero de mi vida... ahora depositadas en sus alforjas de escritor hasta cuando sea menester.

Me alegra y agrada lo que me propone, amigo mío: que lo hará hilvanándolas y entreverándolas en la colorida colcha de retazos de las historias de nostalgia social que a diario lo asaltan por doquiera en nuestra maltrecha sociedad del desaforado consumo y la ambición sin brida. De esa manera, pasado el tiempo y cuando lo plasme, cualquiera ahí me topará, si se lo propone y escarba entre candilejas. Para entonces, por siempre viajaré de lector en lector entre sus novelas de ficción social, relatos subcontinentales, personajes traviesos, hechos y momentos históricos de la vida nacional y latinoamericana... o mejor sería decir: subcontinental.

Sé que todo lo que hoy le dejo en el tintero, mi carreto amigo de pupitre, fila y código E106, lo irá urdiendo poco a poco y solo los juiciosos entre aquellas páginas mi trasegar con sus escenas novelescas asociarán, a su criterio acomodarán y de la manera que consideren o sientan en ese momento en sus almas me juzgarán.

Sí, entre sus letras en un futuro próximo develarán y sabrán que, aunque no fui perfecto ni del todo correcto... ¿y quién lo pude ser?, yo también construí un imperio... no de dinero. Se trata del más caro y bonito de todos, así como invaluable: ¡mi familia! Los seres por quienes hice lo que hice y volvería a hacer lo que fuera si se repitiera la historia de mi vida.

Presiento que por allá, tal vez para finales del 22 o comienzos del 23, antes o después, ¡qué importa!, cuando usted escriba y publique este relato, carreto* amigo mío, a todos ellos los estaré amando y guiando desde la profundidad de la eternidad y el estruendo del silencio de esta mirada tranquila con la cual me voy dichoso porque hice por ellos todo lo que estuvo a mi alcance, además, sin pisar ni pasar sobre nadie.

                 Para entonces, serán el temple y la yesca que inculqué en sus almas los encargados de mover o controlar sus pensamientos, pies y manos, así como de mantener incólume el fortín familiar que a su vez cada uno haya construido, ojalá en tierra propia, bien habida y firme, jamás contra el viento arisco ni la corriente indómita, menos si esta baja turbia y estruendosa.

*Carreto: Persona de baja estatura.