sábado, 26 de octubre de 2019

Un galardón resbaloso - microrrelato

Sinopsis


Microrrelato finalista en el Premio Bookers 2019

Un premio literario en Los Ángeles es declarado desierto. A uno de los finalistas, ausente en la ceremonia, pues es de otro país y no pudo viajar, le conceden un galardón de consolación. Ahí comienza el drama porque el envío al destinatario, quien lo espera con ansia, por parte de la persona que lo recibió en su nombre, se vuelve una verdadera odisea al viajar este a su ciudad de origen: Washintong D.C. Luego viene la remisión por correo postal del paquete a Nueva York. Encomienda que le debe llegar en una fecha específica a una tercera persona, de paso por esa ciudad, quien lo recogerá, si le llega a tiempo, de lo contrario, el riesgo de perderse es muy alto.

Historia narrada en versión microrrelato, ¡en solo cien palabras!

Disponible en: https://bookers-app.com/book/0336dcbab05b9d5ad24f4333c7658a0e. En esta plataforma podrá acceder a infinidad de libros para leerlos gratis, además, de ser escritor, podrá publicar sus obras. Anímese, un abrazo literario.
Gracias.

miércoles, 2 de octubre de 2019

El frío del olvido, reseña de Revista Latina NC

"El frío del olvido es una novela de ficción histórica que abarca el periodo de 1886 a 2007, en cuanto a los hechos ahí desarrollados. Sin embargo, cual premonición, se prolonga en el tiempo al menos por dos o tres periodos de idéntica duración al que el cura párroco de Oroguaní predijo, a partir del Sábado Santo de 1918, cuando imprecó a toda la sociedad Mencino.
es precisamente Olegario Arturo Mencino quien antes de cumplir la media centuria de años decidió investigar la razón por la cual su vida ha sido difícil y sin logros significativos, pese a sus denodados esfuerzos. Para ello encontró en Gilda, su desvalida progenitora, una fuente de información que le permitió reconstruir, con fantástica metodología, fundada en el deseo y el desamor, no solo su comprometedora historia familiar, sino la de todo un país sumido en un apabullante letargo económico, moral y político (nostalgia social). Aciago destino propiciado, al parecer, por álgidos y fieros egocentrismos e intestinas idolatrías, rivalidades y guerras partidistas iniciadas desde la mitad del siglo IXX; aún vigentes, aunque mutadas; así como por la acción de la fatal imprecación de aquel ortodoxo cura de Oroguaní, a comienzos del siglo XX, el de la ignominia nacional. Centuria durante la cual casi toda su población se enfermó del alma.
El padre Sarmiento, párroco municipal, al ser objeto de una pesada burla dirigida por Bernardo Mencino, un poderoso y malcriado delfín político liberal oriundo de aquel pueblo, y bisabuelo de Olegario Arturo, le impartió a este la Triada Maldita del Poderoso Tres, con implicaciones sobre su inmediata descendencia y, al menos, hasta el tercer nivel de su influencia política, social y económica.
 Maldición con tendencia pandémica esta que, como lo sentenció ese sacerdote, una vez finalizado el plazo inicial de la imprecación, se repitió y es probable que se repita, no una, sino varias veces, y con mayor desolación, dependiendo de las condiciones morales de la sociedad de cada entonces, cada vez peores, como lo describe y presagia numéricamente el autor.
La historia se desarrolla en su primera parte en Oroguaní, un bucólico pero convulso municipio ubicado al occidente del departamento Central, a orillas del Magdala, el río de la patria, la segunda concluye en la fría y caótica ciudad capital de un país subcontinental, como es citado en la obra. Tiene como hilo conductor, en cada momento histórico de aquella sociedad, los amores y desamores, las penurias y dificultades, así como los odios, egoísmos e incomprensiones de los protagonistas: los marcados Mencino. Todos, con un común denominador: el romanticismo fraguado con la penuria asistencial. Rasgos y características con los cuales cada uno de ellos nace, vive, ama e inexorablemente ofrenda su vida… ¡Todos condenados a morir en el frío del olvido y la inasistencia familiar, social y estatal!
 Marcada fatalidad nacional esta, pese a estar “parados” y tener ancestrales derechos sobre una inmensa y sin igual riqueza vernácula, poco a poco extraída y aprovechada por ávidos foráneos, auspiciados por rapaces gobernantes, tocados funcionarios y avaros connacionales, al cual más, contagiados con la maldición del Poderoso Tres, la Triada Maldita con la que desde el Sábado Santo de 1919 el padre Sarmiento imprecó al gamonal Bernardo Mencino, luego de que este, para vengarse, a su vez, de aquel párroco español, y sentar un precedente de su poderío político, económico y social, amenazado por el reverendo, le hizo una horrenda broma llamada El Grito del Diablo.
Puede decirse que esta es una narración romántica que explica con burlona picardía retrospectiva y preocupante pronóstico, a través de sus paradójicos y desesperados personajes, las posibles razones por las cuales una nación entera, con tendencia subcontinental y presa de nostalgia social: enferma del alma, estaría condenada a reproducir una y otra vez su calamitosa historia, sin posibilidad, quizá, de remediar o salir de la encrucijada; pese a tener a lo largo y ancho de su tropical geografía inmensos e incalculables recursos de toda índole, en particular, de orden natural, geoestratégicos, incluso humanos.


Esta cuarta novela que publica Wilson Rogelio Enciso encaja literariamente con las tres anteriores: La iluminada muerte de Marco Aurelio Mancipe, finalista en el IV Premio Internacional de Novela Contacto Latino (2016) y segundo puesto como mejor novela de ficción histórica en el Premio Internacional del Libro Latino – ILBA – (2019), Con derrotero incierto (2016)Enfermos del alma (2018). Incluso, en parte también encaja con su compilación de narraciones románticas: Amé en silencio, y en silencio muero (2017). Es decir, se aprecia en esta, en El frío del olvido, la continuación de la saga, de doce novelas en total que tiene escritas (ocho inéditas), sobre la historia política novelada, trasfigurada con el pincel de su aguda y afilada narrativa, de un país único en el mundo, pero sumido en su marasmo; en donde sus dispares habitantes, la mayoría sin nada, aunque siempre “felices” y en perenne jolgorio, pese a tenerlo todo, de todo carecen, excepto de imbuido desamor patrio y odio fraterno; sin saber a ciencia cierta la razón del uno, menos del otro. Lo cual, tampoco les importa de manera alguna, así sientan que los afectan y arrastran hacia la anunciada y patrocinada hecatombe nacional; de la que solo unos pocos, los de siempre, han sacado, sacan y sacarán hostigosos beneficios.
Hecatombe social, tal y como la anunció el doctor Uribia Morales, personaje itinerante en todas las novelas de Wilson Rogelio Enciso, y a quien en esta, en El frío del olvido, también se le anuncia que le pasará lo que le tiene que pasar, precisamente durante la elevación en una misa de Estado...
Esencia y temas literarios estos de Wilson Rogelio Enciso que son evidentes y recurrentes, no solo en sus novelas, también, en cada uno de los cuentos, historias y relatos que tiene publicados, entre estos, cinco en Revista latina NC: “Puerto perdido” (mayo, 2019), “Sin padre” (junio, 2019), "Lágrimas sobre París", (Julio 2019), "Elecciones en el gallinero" (agosto 2019) y "Con la esperanza viva" (septiembre 2019), otros tantos en wapttpad.com:  (https://www.wattpad.com/user/WilsonRogelioEnciso) y en Contacto Latino Comunidad Artística: https://www.contacto-latino.com/.

Hay que mencionar que el prólogo de El frío del olvido es una bella pieza poética en prosa impregnada con la magia de la literatura latinoamericana. Este lo escribió Jorge Mario Camacho Sarmiento, galardonado poeta, escritor y periodista colombiano. Ahí el poeta logró hacer una sinopsis muy completa de cada una de las dos partes de la obra: La rural, con sabor a nostalgia campesina y aromoso café, titulada: “Orquídeas en el paraíso”, y la de la fría y caótica penumbra citadina: “Orquídeas en el asfalto”.
La ingente labor de edición y publicación corrió a cargo de Ani Palacios Mc Bride, presidenta de Pukiyari Editores y Contacto Latino, en Columbus, Ohio; prolija escritora peruana varias veces ganadora del ILBA.
Todas las obras del Wilson Rogelio Enciso, y desde luego esta nueva: El frío del olvidoque Revista Latina NC recomienda de manera muy especial, están disponibles en Amazon.com, en todas sus plataformas: Libro de bolsillo (tapa dura), e-Book y Kindle.
El enlace para solicitarlas es el siguiente, recomendando que se afilien a la Biblioteca Kindle de Amazon.com, lo cual les da derecho a leer, sin costos adicionales, no solo las obras de este autor, sino muchas más:
Quienes quieran contactarse con el autor lo pueden hacer por correo a: wrenciso@yahoo.com, mediante sus páginas: wrenciso.com y  https://sites.google.com/site/wilsonrogelioenciso/home o en redes sociales: @wrenciso."

Reseña literaria publicada por Revista Latina NC, Agosto 2019.

martes, 1 de octubre de 2019

Con la esperanza viva



Tal vez fueron más de cien compatriotas cercanos a Ángel los que lograron aferrarse y guarecerse, a su manera, en la impersonal y fría metrópoli, ciudad capital del vecino país que lo acogió. Lo consiguieron gracias a la incógnita, solidaria y desinteresada gestión “diplomática y humanitaria” de aquel espigado cincuentón de oscura tez. También lo hicieron otros tantos que a su vez llegaron con la jalada ayuda de aquellos. Unos y otros aseguraban que a su patria, tal vez, evitarían volver, en tanto el manto de esa nostalgia social, que todo lo cubría y les enfermaba el alma, siguiera empecinado sobre sus praderas, llanos, montañas, selvas y poblaciones… inmensa y rica nación, para entonces, inmersa en el frío del olvido subcontinental.
Quizá ninguno de ellos retorne a su patria, al menos pronto, excepto de paseo, o a visitar a sus familiares y amigos, a no ser que en la mágica Macondo, de un momento a otro, muy posible según los oscuros nubarrones que se anuncian en el firmamento, comience a llover a cántaros, hasta represar sus fieras aguas, para, luego, incontenibles, desbordarse sin control alguno, modificando y arrasando su rica y delicada dermis nacional, subcontinental; como la del país de donde Ángel proviene y es oriundo.
Lo que a Ángel y a sus coterráneos les ocurría, también lo vivieron, no hace mucho, millares de emigrantes cumbiamberos cuando la del Libertador era un destino promisorio, por lo que muchos partieron hacia allá en busca de un mejor futuro. Se fueron a la siga de la esperanza que en su terruño era muy difícil y más que escasa y cara; por la perenne y patrocinada violencia, ahincada por la ambiciosa y discriminante pugna por el embriagante poder que todo lo avinagra. Entonces, allá echaron endebles raíces al son del joropo, como lo intentan y están haciendo acá, ahora, Ángel y sus paisanos.
El rumbo y los protagonistas cambian, no así las lánguidas como corrosivas pasiones humanas, las de aquí, las de allá, las de ayer, las de hoy y, triste como seguramente, las del mañana. Ahora son los coterráneos de Marcos Vargas, con similares dramas y conflictos internos, los atraídos por el bebedizo contra la epidemia del olvido que preparó Melquiades, el gitano aquel a quien José Arcadio Buendía, en cada marzo, esperaba su llegada, muy a pesar de los problemas que esto le generaba con su prima-esposa Úrsula Iguarán.
Ángel nunca se imaginó que su difícil travesía hasta la capital del país vecino la tuvieran que repetir durante los siguientes años, en condiciones aún más complicadas y lamentables, millares de coterráneos suyos, desarraigados, como última opción de sobrevivencia, frente a la voracidad de la desenfrenada y politizada pasión humana. 

 
Cuando Ángel por fin tuvo el tiquete para viajar a su planeado destino, sintió un extraño e inefable alivio. Algo así como una mezcla entre esperanza y recóndito auto exilio. Según su instinto, ese era el camino menos tortuoso y posible si quería que su situación mejorara; por ende, la de su parentela que dejó en su terruño a la expectativa de su incierta aventura.
Inició su andanza para intentar salir de la encrucijada social que prosperó por doquier. Empalizado contexto que sin él saber con precisión el verdadero motivo, de un momento a otro se le volvió insoportable, además de peligroso. Aunque tampoco buscaba o quería entender sus causas. Intuía que así lo supiera, que así se lo explicaran, y él lo entendiera, o quisiera entender, en nada iban a cambiar las cosas. Por el contrario, sería otro motivo para incrementar el sufrimiento y amargarse más la vida. Prefería seguir en la paliativa ignorancia, poner distancia de por medio y confiar en su instinto batallador.
Intentando dejar de pensar en esas cosas que lo atragantaban, guardó el tiquete y buscó una silla vacía para acomodarse y cerrar los ojos. Estaba cansado. Sabía que le quedaba más de la mitad del recorrido hasta el esperanzador destino que acuñó en su mente. Desfallecer estaba fuera de su inventario, pese a ser consciente de tener casi todas las condiciones en su contra. Excepto, quizá, su resolución y empeño, así como la apremiante necesidad de hacerlo.
El bus salía, de ahí, de la terminal de aquella ciudad fronteriza, en unos treinta y cinco minutos. Tenía un hambre atroz. Desde cuando salió de su casa tan solo comió una vez, por el camino. Intentaba a toda costa tasar los pocos billetes con los que emprendió tan incierto viaje, «aunque necesario», se lo repetía para darse aliento.
Además, también se dijo, retomando maquinalmente el incómodo pensamiento anterior, que esa era la única manera, la única esperanza para intentar superar la crisis. Embrollo por el que tanto él como su núcleo familiar atravesaban… y todo su entorno, según la percepción que tenía sobre el desconcierto reinante en su engarrotado país. Calenturienta concepción que su espíritu le decía que ignorara, que le quitara importancia para que no lo fuera a apabullar y lo llevara a la verdadera sin salida en la que estaban muchos de sus connacionales.
Intentó, una vez más, evitar pensar así. Quería concentrarse en su plan. Sin embargo, el sumo de la verdolaga insistía en traerle sus álgidas y calladas concepciones. Quizá fue el sopor en el que lo sumió el clima fronterizo el que lo hizo rumiar sobre el panorama que, según su empírica interpretación y conclusión, en su país todo iba a seguir igual, sin mejoraría a la vista y, tal vez, peor y por mucho tiempo. Recordó que fue ese argumento, luego de pensarlo y explicárselo a su parentela, a su manera, el que lo empujó a tomar la decisión de emigrar hacia el mellizo país, hermanos de historia, corrupción, dolor y sangre. 
Luego de dejarles a sus familiares gran parte de su disminuido patrimonio para que subsistieran mientras él comenzaba a enviar, Ángel partió con unos escasos billetes entre el bolsillo. Dinero que al cruzar la frontera convirtió a la moneda de aquel país, y que tras la compra del tiquete para la capital de este, su destino, «mi primer gasto en tierra extranjera», pensó, se redujo a quince mil pesos, en billetes, más unas monedas de diferente nominación que sumaban tal vez otros dos mil, calculó. En ese momento ni siquiera quiso contabilizarlas, intuía que ahí, estas tampoco sumaban gran cosa.
Tras unos catorce minutos de fieras y  calladas conjeturas, el cansancio iba logrando adormecer su espigado y moreno cuerpo, desparramado sobre una silla plástica, pero la incursión a la sala de espera de una vendedora de jugosos y frescos duraznos lo despabiló. Los ofrecía y exhibía en un canasto de mimbre, tanto en bolsas como sueltos, por unidad.
El perfume, la tersura y lo visualmente provocativo de aquel manjar natural, junto con el coro de sus gruñidos gástricos, se confabularon para que Ángel le preguntara el precio a la mujer, ataviada a la usanza de aquel departamento fronterizo. Ella de inmediato le ofreció y le dijo que el paquete de diez duraznos costaba dos mil. Sin embargo, le insistió, que si llevaba tres de estos, se los dejaba en cinco mil. Oferta que la mujer acompañó con uno que le dio de prueba.
Ángel, sin pensarlo, devoró aquel fruto, agradeciéndole y comentándole a la ventera que llevaba muchas horas sin probar bocado.
—Vengo desde la capital de mi país —le dijo a la ventera—, con destino a la del suyo, en el altiplano… voy a tratar de abrirme paso —y agregó—: y le confieso que solo me quedan como quince mil pesos.


Continúe leyendo este relato, cuyo final es inesperado, en Revista Latina NC

martes, 24 de septiembre de 2019

La iluminada muerte de Marco Aurelio Mancipe


"Prólogo
Cuando esta novela con título original “De mala prosapia” llegó a mis manos y leí sus primeras páginas quedé enganchada. Encontré un sabor reminiscente de los grandes de la literatura latinoamericana de fines del siglo pasado que me incitó a continuar leyendo. Sabía que en mis manos tenía un libro de un autor que tal vez era desconocido en ese momento, pero a quien nuestro IV Concurso Internacional de Novela Contacto Latino podría reconocer.
Junto con docenas y docenas de manuscritos, esta novela con auténtico sabor costumbrista colombiano pasó de mis manos a la de los jueces para su evaluación y deliberación. Las palabras de Wilson Rogelio Enciso estaban sueltas en plaza.
A los pocos meses me enteré que el escritor español y juez Luis Miguel Helguera San José valoró esta novela en primer puesto durante la primera ronda de selecciones. Helguera San José escribió al respecto: “Muy buena novela, cerrada y diferente, en la línea del realismo mágico y muy bien narrada, historia familiar de raíces profundas con ecos de Orwell (1984), de misteriosos submundos con una estructura aparentemente sencilla, pero que al acabar la novela se aprecia que está concebida como un todo. Muy buen trabajo”.
“De mala prosapia” no llegó a alcanzar el soñado primer puesto del concurso, pero quedó finalista, y es así como regresó a nuestras manos.
La rebautizamos “La iluminada muerte de Marco Aurelio Mancipe”, un título que honra su estirpe y expresa añoranza de una literatura trabajada palabra por palabra, con manos de artesano, como la que nos regala Wilson Rogelio Enciso.

La idea es sencilla: El abogado Villarte y el curandero Iluminado indio Guarerá fraguan una estrategia para apoderarse del patrimonio del iletrado gamonal Marco Aurelio Mancipe cuando éste, afectado por una sensación de muerte, acude al despacho del jurisconsulto para hacer su testamento. Lo que acontece entre estos tres es lo que lleva a la historia a extremos que parecen tomadura de pelo; pero en el entorno de la novela todo va, y hasta parecería la revancha del universo contra Mancipe, quien además de controlar su región por las buenas o por las malas, ha procreado bajo “contrato” con su padre, y para que él y su díscola esposa recibieran cada vez más grandes y mejores propiedades, cinco engendros; cada cual con monstruosos hábitos y extravagantes prácticas.
Cerrando y apretando cada vez sobre su marca, Mancipe, el Iluminado le hace consumir pútridos brebajes, seguidos de remedios de corta intervención, que lo van matando de a pocos. Asimismo, envía a su pueblo a los inescrupulosos “Servidores de la Iglesia de Dios”, quienes, basándose en la fe y en augurios subcontinentales, no solo hacen que el pueblo acuda al “Templo de Asistencia Espiritual Gratuita” en donde se les alela, sino que tejen una filigrana de rumores sociales que genera anodinos e interminables conflictos.
Nos complace pues presentar al mundo “La iluminada muerte de Marco Aurelio Mancipe”. Esperamos que la disfruten y que su lectura los incite a conocer más acerca de la obra de Wilson Rogelio Enciso."
 Ani Palacios, presidenta Sociedad de Escritores de Columbus, Ohio, Estados Unidos.

Novela disponible para su lectura, sin costo,  en: 

https://www.wattpad.com/user/WilsonRogelioEnciso.

También, en todas las plataformas de Amazon.com, así como impresa por demanda en tiendas en Internet.


miércoles, 11 de septiembre de 2019

Puerto Perdido


Puerto Perdido
Este relato es mera ficción,
aunque parezca sacado de la realidad.




En algún caprichoso recodo, por ahí, a orillas del bravo río de la patria, el tiempo se detuvo... solo la supurante historia nacional de las últimas décadas ulula por doquiera, protegida por un enjambre de insaciables mosquitos, y un calor que seca hasta las lágrimas, incluso antes de que estas se asomen a las ventanas del alma compungida.
Allá, en ese recóndito paraíso de olvido nacional y nostalgia social irredimible, me topé en mi literario andar con una joven estudiante de algún distante colegio público. Odilia del Pilar, por darle nombre, estaba junto a su madre y abuela... mujeres viudas que encarnan épocas e historias de vida tan, pero tan subcontinentales, como ignoradas. O, tal vez: ¡escondidas! Nunca se sabe, aunque todos lo griten en amordazado y cómplice silencio.
Me temo que sus duras vivencias, pinceladas en calendarios diferentes, se repitan una y otra vez, aquí o allá, por obra y gracia de las pasiones inflamadas, los odios sin olvido y los apetitos voraces, ¡insaciables!, de algunos pocos que rigen los destinos de una sociedad movida por fieros resortes invisibles.
En ese alejado paraje ribereño, el cual algún día fue un poblado con un puerto concurrido, el trepidar de las armas y los gritos  de la muerte silenciaron las conciencias de sus habitantes, y hasta del paisaje. A tal extremo, que dejó de ser pueblo, por ende puerto, mucho menos concurrido. El paso del tiempo borró hasta su nombre de los mapas, más no de las molleras de algunos pocos viejos que por ahí subsisten. Pero, ellos prefieren, también, instar hundirlo en el amargo olvido, mientras se escabullen por entre los charrascales que se engullen las derruidas construcciones de antaño. Evitan dejarse ver, con mayor razón: ¡dar declaraciones! Las que hace poco eran más que letalmente comprometedoras, se dijera lo que se dijera. Y, tal vez, todavía los sean, ¡nunca se sabe!
El efluvio de la muerte se agazapa entre la maraña que circunda la vereda, a la espera de una nueva noche de negra gala revestida.
Hoy, solo un batallón de invisibles e infectos zancudos patrulla las altas e intrépidas pasturas, dispuesto a no dejar que nadie entre y se entere de la magenta barbarie que por allí ulula, supurante y lastimera. Visitante que, conmovido, sorprendido u horrorizado, de pronto salga y le cuente al mundo lo que allí pasó. Es un riesgo que no deja de ser incómodo para algunos, todavía. Sobre todo, para ciertos poderosos como enconchados innombrables…
Sí, allá, donde el caluroso entorno de aquel rugiente río nos subyuga con su exótica belleza, prodigio y casi inagotable riqueza natural; donde la bermeja historia reciente se esconde en cada hoja del charrascal, de esas que cuando no es que pican, cortan o laceran la piel del esporádico y arriesgado forastero; allá, en Puerto Perdido, por llamar de alguna manera a ese recóndito edén hundido en lontananza, vive… o, mejor sería decir: ¡sobrevive! aquella dulce joven estudiante; a más de veinte kilómetros de distancia de su colegio; quien solo espera que le permitan edificar una nueva, bonita y prometedora historia. La suya, pero sin ese olor a rabias ni a odios enchipados en cada recodo del majestuoso río, o entre sus guásimos que lo vieron y lo saben todo.
Sí, que le dejen construir a Odilia del Pilar un futuro digno, en paz, sin legadas culpas, sin manchadas como incontrolables ambiciones, las que les son tan tristemente ajenas... y, sin embargo, al parecer, le marcan su destino.
Bella joven esta, heredera de un pasado nacional abyecto, impregnado en su piel canela, así como en esos rizos alborotados que, juvenilmente coquetos, ondean con la brisa del sedimentado río de la patria, testigo de ese acontecer infame, imborrable en los rostros de su abuela y de su madre. Desconocidas, sobrevivientes y valerosas mujeres aquellas, que lo perdieron casi todo durante esa guerra extraña, y con quienes la sociedad tiene una inmensa deuda por pagar. Si es que la ignominia social puede ser redimida alguna vez.


Lágrimas sobre París


Lágrimas sobre París



Varias semanas llevaba sin ver a Gertrudis Magola, unos siete años menor que yo. A ella le incomoda este segundo nombre, como a mí también el Rosana. Somos compañeras de danzas en el salón cultural del barrio desde hace unos tres años cuando ingresó al grupo, nos conocimos e hicimos amigas. Al divisarla a lo lejos, allá, en el centro comercial cercano al cual solemos ir a tomar tinto, y a poner al día la agenda después de cada rumba, otro de nuestros mata tiempos preferidos, recordé que la última vez que nos vimos me dijo que su hijo le pagó un viaje a Europa. Al reconocerme, su rostro desbordó de contento. De inmediato emprendió veloz carrera hacia mí.
—Hola, Amelia ¡Rosana! —me dijo acentuando a propósito el bendito Rosana—, ¡qué alegría verla, amiga querida!
—El gusto es mutuo, Gertrudis ¡Magola! —le devolví el cumplido.
—Usted sabe que odio el ¡Magola! —me reclamó sin perder la satisfacción que le causó el encuentro.
Sabía que estaba que se reventaba por contarme sobre su viaje.
—Como a mí molestarme el ¡Rosana!, y usted también lo sabe —le respondí, correspondiéndole el abrazo y el beso que me estampó en la mejilla.
—Bueno, bueno… mejor te invito a tomar un café, allí, en el Juan Valdez…
—No que ahí son muy caros…
—Pero no tanto como el que me tocó pagar en la terraza de la torre Eiffiel… ¡El café más caro que me he tomado en toda mi vida!: ¡15 euros! —me dijo con un guardado sollozo que no pudo contener, o que no quiso detener por más tiempo en su corazón. Necesitaba desahogarse de algo, presentí.
Mientras nos dirigíamos hacia esa tienda noté que sus ojos se aguaban. Intenté eludir el tema para evitar el seguro baño de lágrimas que vendría, como cuando me contó en versión resumida su vida, recién conocidas. En esa oportunidad, sin poderlo evitar, me dijo, entre gimoteos, que se tuvo que casar al quedar embarazada, muy joven, antes de los dieciocho, con un hombre cercano a la familia. Aquel era mucho mayor, quien en el poco tiempo que vivió con ella le dio muy mala vida. Además, resultó que tenía otra mujer, con más hijos, y desde mucho antes de seducirla y preñarla.
Cuando ella lo descubrió, el hombre se fue y jamás volvió. Ni ella lo buscó. Los padres de Gertrudis, pese a todo, jamás la abandonaron. Siempre la apoyaron, a ella y a su hijo. Sin embargo, desde entonces, y hasta ahora, en especial su papá, nunca dejó de sobreprotegerla, ni de enrostrarle su equivocación al haberse dejado engatusar por aquel.
—Ni siquiera ahora que soy una cincuentona mi viejo me deja tranquila, ¡ni libre! —me confesó esa vez—. Me vigila, sigue tratando y cuidando el rabo como si fuera una niña… ¡su niña! Me ahuyenta de cualquier manera a cuanto pretendiente se me acerca, con buenas o malas intenciones, mija. Jamás puede volver a tener un novio, mucho menos un mozo. ¿Se imagina, amiga?
—Debe ser que su papá en algo se siente culpable por lo que le pasó, ¿no cree?
—No solo se debe sentir culpable: ¡Es culpable! Aquel era su mejor amigo… en el que confiaba a ojo cerrado. Por eso, luego lo ubicó y le hizo darme una pensión, con la cual vivo y me doy mis lujos, con casi todos los juguetes que una pueda necesitar.
—Me imagino que su carro último modelo, en el que se pavonea, también salió de la tal pensión…
—Tiene razón, como también la tiene mi padre, en cuanto a cuidarme, ahora que mencionó lo del carro.
—Ah, sí… ¿y eso por qué?
—Hace poco conocí a un tipo… hasta buena pinta tenía. ¡Muy chusco! Algo mayor que yo. Mi padre nunca supo de él.
—Entonces, ¿qué pasó?
—A menos de ocho días de estarnos viendo, más precisamente en la segunda cita que tuvimos, el hombre me fue pidiendo el carro prestado dizque para ir a hacer una vuelta en otra ciudad.
—Carito que le hubiese salido, Gertrudis.
—Con él pensaba romper el ayuno de besos y caricias… y todo lo demás. Los cuales, desde cuando mi lujo de marido se fue, no volví a tener, ni a sentir.
—Desde entonces, Gertrudis… ¿nada de nada con nadie?
—Así es, Amelia: ¡Nada de nada! Ni un beso he vuelto a recibir. Ya no sé a qué saben los labios de un hombre, como tampoco lo que es sentir el femenino placer de ser excitada…
Mientras nos acomodamos en la mesa, con los dos humosos cafés en nuestras manos, recordé que esa vez me lo dijo con profundo sentimiento. Quizá con la misma desazón con la cual ahora tomaba ese primer sorbo. Pero en esta oportunidad lo hizo para intentar diluir el borbotón de pasiones que le comenzaban a atarugar la garganta, noté, sin siquiera poderme imaginar el motivo.
—Amelia, pensé que lo tenía superado… —me dijo.
Yo preferí callar. Intuí que mi mejor y más oportuno aporte, además de manifestación de solidaridad de género, era quedarme callada y escucharla. Así, tal vez, ella podría evacuar esa represada pena que la erosionaba lenta y dolorosamente, tapada con esa jovialidad, parloteo y estridente risa que la caracterizan, mostrándola como una mujer alegre, feliz, realizada, ¡quien todo lo tiene!
—Necesito decírselo, Amelia… algo cambió en mí desde cuando subí a la torre Eiffel. Allá casi todos van a celebrar amores, amistades, pasiones, triunfos y cuanto sentimiento afectivo existe… ¡Yo  lo hice sola!
Volvió a callar. Volvió a libar otro sorbo de café. La secundé. Ahora quien sentía un nudo en la garganta era yo. No sabía qué carajos hacer, mucho menos qué decirle. Opté por seguirla escuchando. Que era, lo comprendí en ese momento, lo único que ella necesitaba de mí: ¡que la escuchara! Al parecer.
—Allá, arriba, entre tantas parejas y grupos de personas desconocidas, todas alegres, viendo esas espectaculares vistas… esos jardines y la plaza del Trocadero, los Campos Elíseos, la Concordia, el Arco de Triunfo, el río Sena… ¡no pude más, mija! Me sentí inmensamente sola y abandonada. ¡Un abandono represado por más de treinta años!
—Entonces…
—Entonces estallé en estridente llanto y dejé volar mis lágrimas sobre París. No me importó que la gente me viera. Y a la gente no le importó, tampoco, que yo estuviera berreando como una magdalena. Pensarían que lloraba de alegría. Fue cuando encontré un sitio en el cual vendían café… ¡Lo necesitaba! Tenía que tomar algo para desatar el nudo que atenazaba mi corazón a punto de reventar, y, así, poder continuar el recorrido.
—Gertrudis, ¿ese fue el café que le costó 15 euros? —fue lo único que atiné a decir.
—Sí, pero valió la pena la inversión —contestó, volviendo a sonreír—, me supo a patria y me recompuso. De lo contrario me hubiese perdido todo lo que me faltaba por ver, recorrer y disfrutar ahí, en París, así como en el resto de preciosos lugares que visité en Europa, y que le recomiendo que vaya a conocer con su marido, ya que todavía lo tiene, antes de que sea demasiado tarde, Amelia, o el frío del invierno les entumezca el alma, ¡y los huesos!
—Y, dígame: ¿qué fue lo que cambió en usted? —le pregunté, ya que me quedaba la duda.
—Amelia, después del café de los 15 euros repasé aquellas esplendorosas vistas parisinas. Entonces, entendí que el ayer pasó y nada puedo hacer por cambiar las cosas, ni es necesario cambiarlas. Y de tercos es intentarlo o seguir viviendo en la historia. Así mismo, que el mañana viene después del hoy, del ahora, que es todo lo que en verdad existe y por lo cual vale la pena vivir a plenitud cada suspiro del día. Entenderlo así, amiga, es descubrir el secreto de la felicidad, esa que se siente cuando miramos hacia cualquier lado desde lo alto de la torre Eiffel… Mágico instante aquel cuando es imposible contener ese inexorable deseo de llorar, ¡de dicha o de tristeza!, ¡no importa!, en tanto sean sentires humanos. He ahí la sensibilidad, facultad que nos diferencia de los demás seres del universo, la cual ojalá nadie nunca perdiera, pues en su reemplazo siempre aflora la bestia que se agazapa en lo más oscuro de nuestro intelecto… y que tanto daño nos hace.


Sin padre


Sin padre



Como lo hacía todos los días, ese lunes 17 de junio ingresé al gimnasio pasadas las cinco y media de la mañana. Tras saludar a la recepcionista crucé por el torniquete de control biométrico rumbo al vestidor de hombres. Ahí solo estaba Arturo, un fortacho cuarentón quien casi nunca fallaba. Asistía más que regularmente a sus rutinas para mantener en forma la prominente musculatura de sus brazos, pecho y espalda. Solía ir con otros dos conocidos suyos, algo más jóvenes que él, con quienes se complementaban en las series de fortaleza, durante al menos dos horas diarias. Estaba solo. «Tal vez sus coequiperos vienen en camino», pensé.
—Hola, buen día —me dijo sonriente y amistoso, como siempre, estirando su mano derecha empuñada para chocar sus nudillos con los míos, en señal de saludo—, ¿a comenzar semana con la dosis diaria de rutina?
—Así es —le respondí—. Esto del ejercicio es un buen vicio…
—Sí, por lo menos no es tóxico ni perjudicial para la salud… como tantas otras cosas que hay por ahí.
—Bueno —le dije abriendo la puerta del guardarropa para dejar mi morral— ¿Cómo le fue ayer? ¿Usted es papá?
—Bien… —me respondió dubitativo— Sí, soy papá, ¿por qué?
—Me imagino que se lo celebraron…
—Celebrar… ¿qué?
Me desconcertó y llamó la atención la inconfesa conmoción que causaron en aquel fortachón y grandulón, algo menos de veinte años menor que yo, mis triviales preguntas y comentarios.
—Pues… ¡el día del padre, hombre!
—Ah… sí, ¡ayer fue el día del padre! —comentó, evitando mi mirada y dejando entrever incomodidad con su comunicación corporal—. Lo que pasa, mi amigo, es que nosotros no celebramos días comerciales...
—Entiendo… —intenté desviar el tema ante mi involuntaria imprudencia, como me percaté en ese momento.
—Dos de mis tres hijos viven fuera del país… con ellos nos comunicamos el último sábado de cada mes, sin falta; y, estamos a mitad de mes. Mi otra hija es casada y anda siempre muy atareada… ella vive aquí en la ciudad, pero, tiene un cargo de mucha presión y responsabilidad en una multinacional, por lo que los fines de semana se los dedica a su esposo e hijo, ¡mi adorado nieto de siete años!
—Lo entiendo… —fue lo único que me salió por el gaznate, aunque intentaba, sin éxito, sacar otras palabras para trancar el desmoronamiento de sentimientos guardados que mi indiscreta pregunta le generó a Arturo. Para colmo, ahí sí no se aparecía nadie en ese vestuario, a esa hora, normalmente, casi todos los días, con alta afluencia de atléticos clientes—. Entonces, nos vemos más lueguito, en la zona de musculación, después de mis treinta y cinco minutos de caminadora.
Preso de la vergüenza, y sin poderlo voltear a mirar, salí de ahí con un lastre que me hundía los pies en el embaldosado piso y me hacía caminar muy lento. Noté, también, que mi respiración estaba muy agitada. El aire que mis pulmones expiraban sollamaba mis fosas nasales. ¡Qué largo se me hizo el trayecto, de no más de veinte metros, entre el vestidor y la zona de ejercitación cardiovascular!
Ejecuté unos cortos y apresurados estiramientos antes de subirme y programar la caminadora. Cuando esta apenas alcanzó la inclinación dada y comenzó a desplazarse la banda transportadora a la velocidad indicada, lo vi. No lucía su sugestiva indumentaria de entrenamiento ceñida al cuerpo. Iba vestido de calle, como si hubiese terminado el ejercicio. Además, llevaba su morral guindado en su hombro derecho. ¡Qué raro: se iba sin haberse ejercitado! Todo así lo señalaba. Lo comprobé cuando tomó en dirección a la puerta. Parecía que sobre su espalda cargara una de las pesas de mayor kilaje con las que a diario se entrenaba. Le observé perdida su mirada e inseguro su caminar, mientras que la angustia ornaba el contorno de su rostro, por lo general alegre.
Paré la caminadora, me quité el seguro y, sin pensarlo, fui a su encuentro, antes de que alcanzara la puerta principal.
—Mire —le dije al abordarlo, tomándolo de su antebrazo—, ¿me acepta un café de los que venden en la tienda del gimnasio?
Arturo se detuvo. Me miró a los ojos. Fue cuando vi allá, al fondo de sus pupilas, una fantasmagórica y aguada tristeza. Era evidente el esfuerzo que aquel fortachón hacía para impedir que sus lágrimas fluyeran; más, todavía, para que sus agazapados sentimientos no se exteriorizaran y se pusiera en evidencia, a pesar de tal musculatura, su escondida sensibilidad humana. Me sentí culpable. Tragué saliva. Entonces, ante la evidente turbación que aquel hombre percibió, ahora en mí, me tomó del brazo y me dijo:
—A ninguno de los dos nos caería mal, en estos momentos, un buen café con canela molida… Vamos, pero, ¡yo invito!
Mientras degustábamos, sorbo a sorbo, la aromosa, cálida y exquisita bebida, Arturo me sustanció su historia. Comenzó desenfundando y disparando sin conmiseración ninguna esta frase que heló mi sangre:
—Lo que pasa, mi buen amigo, ¡es que soy un hombre sin padre!
Lo dijo sin contemplaciones, seguido por un escurrido suspiro, el cual ahogó con el siguiente sorbo de café. Luego prosiguió. Por supuesto que evité interrumpirlo. O no pude, ante la fulminante e inesperada confesión con la que se había despachado de entrada. Sentí que con tal revelación Arturo se descargó de un gran peso que lo arrobaba. Lo noté algo aligerado después de sacar de su pecho aquella frase. Su cotidiana sonrisa comenzó a reverdecer en su rostro.
—Razón por la cual, fechas como la del día del padre, o la de la madre, o la Navidad, así sean meramente comerciales, y lo sé, desde muy niño, quizá desde cuando tengo uso de razón, me impactan demasiado —me miró a los ojos, como buscando asidero para continuar—. Por lo tanto, prefiero pasarlas por alto… que bien complicado y duro es poderlo hacer… como duro y complicado me fue enseñárselo, y hasta exigírselo, a mis hijos… y, peor, aún, a mi nieto; es decir, que no las celebren en mi presencia… que mejor me ignoren en un día como el de ayer. Como en efecto lo hicieron.
Se apuró otro sorbo de café con canela y volvió a suspirar.
—Ayer —acuñó con un dejo de controlada nostalgia—, ni un saludo recibí de él, ¡de mi nieto del alma!
—Entiendo, por lo que me dijo, que es usted una persona huérfana, por lo menos de padre —atiné a balbucear, buscando cambiarle de dirección al espinoso asunto.
—Nada de eso, amigo —me refutó sonriente, asumiendo su tradicional y amistoso gesto—. Un huérfano es aquel a quien se le ha muerto el padre o la madre, o los dos. Yo soy un hombre sin padre, como le dije. Nunca lo tuve. Nunca lo conocí. Nadie, ni siquiera mi madre, me habló de él. Tampoco le he preguntado, ni le preguntaré, menos ahora que es una anciana. Por lo poco que logré concluir, ella quedó embarazada durante una orgía de guerra… de esas que fueron tan comunes durante la segunda mitad del siglo pasado, sobre todo en campos y veredas, efectuadas por gentes armadas, muy malas… connacionales todos, imbuidos en uno u otro bando político, dentro de esa violencia tan insulsa, bárbara e innecesaria que nos manchó la historia y contaminó el destino.
 No sabía qué decir. Me hubiera gustado desviar, como lo intenté, la conversación hacia otro tema; uno cualquiera. Pero él, ya recobrada su compostura, continuó y concluyó, inmisericorde.
—Muchos de esos hombres, entre ellos algunos de mis posibles progenitores, los actores materiales o los intelectuales de aquellas zarabandas de infausta recordación subcontinental, aún hoy gobiernan o dirigen este atembado país; o quizá sean grandes empresarios, banqueros o industriales… los mismos que promueven fiestas como la que acabó de pasar, la de ayer: ¡la del día del padre!