lunes, 31 de enero de 2022

Libro abierto

 

¡Ay, amor!, cada página de mi existencia es de tu dominio, incluso lo escrito antes de nuestro idilio. Lo aquí plasmado, cuando no es que en mis ojos de antaño los has leído, sé que en las heridas de mis añoranzas lo has percibido... y lo que de pronto no, de mis labios ha brotado cada que lo has pedido.

  Bien sabes, amor, que hasta el día que juntamos nuestros destinos mi camino lejos estaba de ser el jardín de las alegrías... y lo reconozco: aunque no en todo en mucho he fallado, como seguido te lo he contado; y te lo volveré a decir si me lo pides otra y otra vez, aunque al reiterarlo me embargue la melancolía.

Antes de ti a la vera del camino, y no pocas veces por doquiera, como bien sabes, me tropecé con filudos guijarros y espinas fieras. Algunos de aquellos, y sobre todo estas, al encontrarnos persistían adheridas a mi piel y caminar difícil me hacían, incluso respirar con tranquilidad me impedían...

Eso fue hasta cuando llegaste tú y de un buen número de estas y de aquellos me ayudaste a despejar. Entonces, mi paso de nuevo fue seguro y mi caminar erguido al ir de tu mano firme cogidos, por lo que la esperanza y las metas a nuestros ojos volvieron.

¡Ay, amor!, sabes que ahora lo único que me importa es tu presente y ese futuro hermoso en construcción para nosotros... aunque no del todo fácil.

Mi pasado consignado en el libro de mi vida para ti siempre abierto ha estado. Disponible, sin pretender esconderte nada, porque nada tengo que ocultarte, mucho menos vergüenzas... de esas que la gente suele decir que son inconfesables. Que si las hubiera... también te las hubiese compartido para evitarte el dolor de saberlo por casquivana o malintencionada boca ajena.

Mi vida es un libro abierto para ti, con tal de jamás quebrantar la chispa del amor y la confianza que nos prendó. Esa pasión que, por la misma razón, quiero mantener incólume sin acometer jamás, a no ser que sea por voluntad tuya, querer siquiera leer ni una brizna de tu ayer.

De ti me importa saber y necesito entender tan solo a partir del instante mismo cuando te conocí. Te amo así, sin saber ni pretender averiguar tu historia antes de mí. Porque, haya sido lo que haya sido fue lo que te condujo hasta aquí para mostrarme la senda que me facilita dejar en el olvido ¡mi pasado sin ti!, que más que triste ¡fue sufrido!

Disponible en Revista Latina NC


lunes, 3 de enero de 2022

La otra banda

 



De ida el guía nos dijo que aquel lugar era La Otra Banda. En ese momento algo de curiosidad me causó tal denominación. Sin embargo, con la mente puesta en mi propósito de llegar a la Biblioteca Municipal de Higüey, en la provincia de La Alta Gracia, destino literario de ese día, pronto lo olvidé.

De regreso vi la valla con el nombre a la entrada del caserío. Cada letra tenía impresa una foto alusiva a la región. En unas se resaltaba la caña de azúcar y las paredes de bambú de las casas. La letra B lucía una vaca blanquinegra y en las otras aparecían platos típicos, manjares y productos.

En ese momento el guía se empeñaba en justificarnos el motivo por el cual no le gustaba el fútbol, según él, por lo de los empates, diferente al deporte de su fascinación: el beisbol, en el cual siempre hay un ganador, así se tenga que alargar el partido lo que sea menester.

Vuelta mi curiosidad no aguanté y le interrumpí su disertación deportiva:

—Franklin, ¿me puede explicar, por favor, la razón por la cual este caserío lleva un nombre tan particular, ¡enigmático!, como lo es casi todo en la isla?

—Hace muchos años, cuando por aquí solo había uno que otro rancho, algunos vinieron y se robaron un marrano enorme. Para podérselo cargar lo sacrificaron. Pero era demasiado pesado, por lo que lo partieron por la mitad para llevarse solo una parte. Cuando llegaron a Higüey alguien les preguntó que dónde estaba lo que faltaba. Entonces, aquellos contestaron que la otra banda se les quedó allá. Desde entonces, este sitio fue bautizado así: La Otra Banda, y así se quedó.

lunes, 6 de diciembre de 2021

El regalo esperado




Ese sábado 20 de noviembre Anita llegó por demás animada a la casa del poeta y su esposa. Cuando la patrona le preguntó por el motivo de tanta euforia, le respondió:

—Imagínese, doña Maribel, que, por fin, este año, me toca armar el pesebre y el árbol de Navidad donde los García Jiménez... este fin de semana compran todo y entre el miércoles y el viernes de la otra semana me encargaron hacerlo...

—Pero, no entiendo tanta dicha, Anita—la interrumpió la patrona—, porque, la semana pasada, cuando le dije que lo tenía que hacer hoy aquí, y casi todos los años cuando llegan estas fechas, también donde los Rubiano, siempre deja entrever disgusto, lo mismo que en enero al momento de recoger, empacar y guardar. Además, siempre se alegraba porque los García Jiménez no celebraban esas festividades.

Anita llevaba más de doce años asistiendo dos días por semana en la casa de los Botero. Suele ir los martes y sábado a realizar las labores de arreglo y aseo del apartamento. Esta pareja, tras la partida de los hijos mayores, conviven con la intermedia, quien decidió ser soltera y sin hijos. Trabaja en una multinacional comercial desde cuando se graduó en Negocios Internacionales, por lo que, antes de la pandemia, se la pasaba casi todo el tiempo viajando por el mundo, actividad andarina que tras la supuesta nueva normalidad va retomando paulatinamente, por lo que los viejos regresaron a su callada soledad de pareja en senectud.

El poeta Botero, como Anita escucha que llaman al patrón, es un sesentón pensionado de una universidad pública en la ciudad, parco, nada hablador. Ahora se dedica, casi todo el tiempo, a leer y escribir en su estudio, con vistas al intenso y plomizo sur de la ciudad. De allí solo sale a tomar el sol o a sus pausas activas cuando su esposa, doña Maribel, le dice que Anita va a limpiar, que el almuerzo está servido u otros menesteres que a veces se presentan.

—Su esposo, señora Maribel —le dijo la empleada un día—, casi no habla ni sale del estudio, creo que tampoco escucha ni le importa lo que nosotras garlamos... ¡es silencioso como un gato pardo y parece una sombra!

—Estoy acostumbrada, es como si fuera sordomudo. Habla lo estrictamente necesario... ¡a veces ni siquiera responde lo que se le pregunta! Anda en su mundo con sus amigos de toda la vida: ¡los libros! Por tal razón, me gusta que venga, ojalá fueran más días, para tener con quien ejercitar la lengua... porque a usted no la calla nadie, habla hasta por los codos, ¡más que yo!, cosa que le agradezco, Anita.

Los lunes y jueves Anita hace lo propio en la casa del coronel Carlos Rubiano y su señora Rosana. Los miércoles y viernes va al apartamento de los García Jiménez, la pareja más joven y acomodada de las que tres que atiende.

Anita, entre la selva de chismes en la que suele tranzarse con la esposa del poeta, alguna vez le compartió que doña Rosana: «¡La que no hace nada!, como ella misma se presenta», enfatizó la empleada, se casó cuando aquel tan solo era capitán. Han estado juntos desde entonces, y hasta cuando, al no ser llamado a general, se retiró de coronel antiguo. Durante toda su carrera aquel oficial cargó con ella de guarnición en guarnición. Por esa razón, se resignó a eso... a ser la esposa de un militar, cuidar de sus hijos, administrar el hogar y no hacer nada más que acompañarlo a donde quiera que él era trasladado. Un año después de retirado del servicio activo el Gobierno le encargó al coronel Rubiano la Dirección Nacional Civil de Rescate de Víctimas, un establecimiento público adscrito al sector Defensa para la asistencia de la sociedad en todo tipo de emergencias.

En otra charla, Anita también le contó a doña Maribel que los García Jiménez, los dueños de la cadena MERCA-G.J., no tenían hijos y que jamás vestían el arbolito de Navidad, tampoco armaban pesebres, ponían luces ni celebraban esas festividades. A diferencia de los otros dos hogares en donde Anita trabajaba y le tocaba, en noviembre, sacar, desempolvar, limpiar y armar esos cachivaches y, en enero, quite, limpie, empaque y guarde.

—Esa gente ricachona es bien extraña —le dijo esa vez Anita a doña Maribel—, aunque hay motivos de fondo para ser como son, hasta donde doña Gladys me ha compartido. A ella le gusta hablar conmigo, como usted, señora Maribel, porque, siendo la contadora del negocio, atiende desde el apartamento que les arreglo, por lo que sacamos raticos para platicar. Diferente a don Pedro, quien sale temprano y regresa bien tarde, de lunes a lunes. Él es el gerente general y está al frente de los ocho locales que hay regados por la ciudad.  

—Dígame una cosa, Anita —le preguntó esa vez doña Maribel—, ¿le han contado la razón de fondo por la cual no tienen hijos ni celebran las fiestas de Navidad?

—Así es, en estos últimos ocho años, así como usted, ella saca sus ratos de entre los libros de contabilidad y me cuenta a pedazos la historia, no solo de su matrimonio con don Pedro, sino lo de la triple tragedia que vivió en el 85, con la avalancha del volcán nevado...

—¡Ay!, ¡por Dios!, acaso...

—Ella no solo fue una de las víctimas del lodo que produjo aquel volcán que arrasó y sepultó su pueblo y toda su familia en el 85, sino que, como si fuera poco, al sobrevivir y ser encontrada entre le barro que casi se la traga, cuando tan solo tenía cinco años y unos meses, fue llevada a un albergue, casi inconsciente, muy confundida, con la mente nublada, y así duró por largo rato. Ahí, en ese sitio, ese mismo día de su rescate, algún parroquiano, al verla, le dijo a los socorristas y a las autoridades que atendían la emergencia, que esa niña, al parecer, era Gladys, la hija de los Jiménez, quienes vivían a menos de una cuadra arriba de la iglesia, sector que quedó bajo metros de lodo y piedra...

—Bueno, al menos ella sobrevivió y alguien la reconoció...

—El problema, doña Maribel, es que ella no se llamaba Gladys Jiménez, ni vivía al lado de la iglesia, sino mucho más abajo, donde también las casas quedaron sepultadas, pero no tanto como las otras.

—Me perdí, Anita... ¡me perdí! ¿Cómo así que ella no era Gladys Jiménez, como, según me cuenta, así aún se llama?

—Así es, señora Maribel. Ella dice que su verdadero nombre es Juanita Sierra. Que es hija de una madre soltera y con quien vivía en una casa de familia donde aquella humilde mujer atendía los quehaceres domésticos. Que ella se salvó porque su dormitorio, el que compartía con su mamá, quien esa noche aún no subía a acostarse, quedaba en un zarzo, en la parte más alta de la casa, que fue lo único que quedó medio visible después de la avalancha. Allá la encontraron exhausta... los demás habitantes murieron, incluida su madre.

Según le dijo doña Gladys a Anita esa vez que hablaron sobre ese tema, y ante la misma pregunta que, al respecto, también le hizo doña Maribel a su empleada:

—Los rescatistas le colocaron en la planilla oficial el nombre de Gladys Jiménez, y así le tocó quedarse de por vida. La razón: así lo aseguró el parroquiano que dijo haberla reconocido, quien jamás volvió a aparecer. Además, porque, tanto los Jiménez como la familia donde trabajaba su mamá, todos murieron, no quedó huella de ninguno. Por ende, dieron por desaparecida, porque jamás encontraron el cuerpo, a la niña de la empleada de servicio, es decir, a ella, a Juanita Sierra, además de no estar bautizada ni registrada en ninguna parte. Cuando, al fin se le fue despejando la mente y trató de explicar quién era ella, repitiendo sin ser escuchada que su nombre era Juanita Sierra, además de tan solo ser una muchachita de menos de seis años, afectada por la catástrofe, nadie le hizo caso.

Con el paso del tiempo Juanita se resignó y acostumbró a ese otro nombre, con mayor razón cuando, dos años después de la avalancha, el Bienestar Familiar la dio en adopción a una familia acomodada que estuvo dispuesta a las dos solicitudes que hizo: Que le mantuvieran esa identidad, la de Gladys Jiménez, y que nunca celebraran la Navidad en la casa a donde la llevaran, mucho menos que armaran pesebres o árboles navideños, ni que le dieran regalos por ningún motivo.

—Señora Gladys, discúlpeme —Anita le preguntó a su patrona cuando le comentó esa parte de la historia—, ¿Por qué?

—Antes de responderle, Anita —le dijo esa vez doña Gladys, y Anita le repitió la historia a la esposa del poeta Botero en su momento—, le anticipo que esta fue una de las dos condiciones que también le puse a Pedro para aceptarlo como marido, ya cuando crecí y me ennovié con él. La primera, que nada de navidades, regalos ni cosas relacionas. Tampoco, nada de hijos... al menos, hasta cuando lograra saber el contenido del regalo esperado aquel. Ese que alcancé a ver entre una caja rectangular que mi tío Gilberto Sierra y mi prima Asunción le llevaron a mamá días antes de la Navidad del 85, supuestamente para mí, pero que solo me entregarían el 25 de diciembre por la mañana al despertarme, cuando me hicieran bajar a la sala donde iban a colocar el pesebre, el árbol y los demás regalos para los de la casa... y el mío.

En la casa donde trabajaba la mamá de Juanita Sierra había tres niñas, hijas de los dueños, de cuatro, seis y ocho años. Cada una de ellas tenía muñecas de diversos materiales y motivos, entre una infinidad de juguetes que, hasta con cuarto aparte contaban, el que también sepultó la avalancha. Pero, las que a Juanita más le gustaban eran unas muñecas de fique, en especial, la de la niña mayor. Se trataba de una campesina vestida a la usanza de la región, tal vez de unos veinte a veinticinco centímetros de largo. Esa era muy tierna, con una carita angelical; llevaba un sombrero de ala ancha, trenzas largas, blusa de satín, cintas rojas, enaguas con arandelas de color blanco, faldón negro con ribetes y encajes de colorines, así como alpargatas y un ramito de flores en sus manitas.

Las hijas de los patrones nunca le permitían a Juanita jugar con las cosas de ellas, mucho menos con las muñecas. Situación que la mamá de Juanita se percató, porque solía encontrarla llorosa cada vez que las niñas le hacían mofas y le impedían siquiera tocar sus juguetes. Por esta razón, como lo pudo percatar a hurtadillas Juanita, su madre ese año comenzó a ahorrar en una alcancía de barro, de tal manera que, para comienzos de octubre, cuando en su presencia rompió el marranito y le dijo, mientras contaba las monedas y unos pocos billetes arrugados:

—Esto es para su regalo de Navidad... para que no le vuelva a pedir nada prestado a esas niñas engreídas.

A finales de octubre su tío Gilberto bajó de la capital, junto con su hija Asunción, dos años mayor que Juanita, a llevarle algunos encargos a su hermana. Además, una cajita rectangular envuelta en papel regalo, de unos treinta centímetros de largo por unos diez de alto y otro tanto de ancho. Juanita la alcanzó a ver antes de que su madre Juana la cogiera y guardara en un baúl, al cual le echó candado.

Ese baúl y su contenido misterioso también lo devoró el volcán.

—Entonces, Anita —retomó la charla inicial la esposa del poeta Botero frente a la efusividad de su empleada ese sábado 20 de noviembre cuando estaba programado armar el arbolito, el pesebre y colocar las luces en el balcón de aquel último piso del conjunto residencial con vistas al sur de la gran ciudad capital—, por lo que deduzco, ¿al fin doña Gladys... o Juanita Jiménez, resolvió el tema del regalo que ella supone que le llevó su tío una semana antes de la avalancha?, ¿cómo lo hizo?

—Señora Maribel —le respondió Anita—, así como le conté a usted parte de la historia de doña Gladys, quien prefiere seguirse llamando así: ¡Gladys!, también se la participé a la esposa del coronel. A él, a don Carlos, luego de colgar el uniforme, lo encargaron de la dirección de esa agencia que rescató a Juanita dentro del barro hace treinta y seis años, cuando le cambiaron el nombre. Parece ser que doña Rosana también le participó la historia a su marido. Él se interesó y por su conducto, y varias veces de forma directa, me sugirió que le preguntara y le precisara otros detalles a doña Gladys... sobre todo, del supuesto tío Gilberto y de su prima Asunción. Hasta donde tengo entendido, el tío murió, más no así la prima. A ella la ubicaron aquí en la capital y terminó por desenredar la piola; en especial, en cuanto al contenido y destinatario de la cajita, que, en efecto, según la prima de doña Gladys... era una muñeca de fique, una campesina que su tía le pidió a su padre que le comprara y le llevara para el regalo de Juanita en esa Navidad.

—Entiendo, por eso, entonces, Anita, este año vestirán el árbol y harán el pesebre donde los García Jiménez... ¿y lo de los hijos, ahora que se develó el misterio?

—Hasta hoy doña Gladys solo sabe que en la caja, en efecto, iba su muñeca campesina de fique que le mandó a comprar su madre. Con eso, como le dio su palabra a don Pedro antes de casarse, esa parte de su negación quedó sin efecto y va a cumplir de ahora en adelante vistiendo el pesebre y armando el arbolito... responsabilidad que, como en los otros dos apartamentos donde trabajo, son mías... Lo que no sabe doña Gladys es la segunda y tercera parte del caso resuelto.

—¡Ay, no!, Anita, cuente, cuente que me estallo.

—Para el 24 soy la encargada de preparar la cena... además de llevarle el primer regalo que recibirá doña Gladys; ese que tanto ha esperado en silencio...

—¡La muñeca de fique!, ¡la campesina!

—Así es, entre una cajita igual a la que le llevó su tío, envuelta en papel regalo. Pero, no solo eso...

—¡¿Hay más?!

—Ese mismo día, después de la entrega de los regalos, don Pedro le comunicará que está haciendo gestiones para adoptar dos niñas en el Bienestar, una de seis años, de nombre Juanita, y su hermanita de tres, Teresa. Son preciosas, ya fui a verlas.

—Me imagino que por la edad de doña Gladys... es poco aconsejable un embarazo.

—Sí, señora, así es.

—¡Qué historia tan simpática y humana, Anita! —se escuchó la voz sonora del poeta Botero, ahora parado en la puerta de su estudio—, ¡poesía social! Le agradezco que nos la hubiese compartido. Quizá se la cuente a un amigo cronista para que la escriba y publique, si los García Jiménez lo permiten... hágame el favor y les pregunta la siguiente vez que vaya a su casa.

 

          


sábado, 6 de noviembre de 2021

Dictadura global

 

Ese día tenía el segundo control de endodoncia, como me lo recordó la agenda de la aplicación de mi celular cuando me desperté al amanecer. Decidí ir y volver a la cita en taxi. Con el paso del tiempo me incomoda más conducir por la ciudad atafagada, cual selva de cemento, contagiada de nostalgia social, por ende, con cada vez más personas poco y nada civilizadas, apartadas de la racionalidad de la cual nos ufanamos.

En la esquina del conjunto abordé un taxi. De ahí al consultorio suelen ser veinte minutos, máximo treinta, según el tráfico. Puede llegar a ser más, dependiendo del clima social del momento. Por eso iba con casi dos horas de anticipación.

Por la forma educada como me saludó y preguntó mi destino, me percaté de que el conductor, bien vestido, era todo un personaje: «Tal vez por la edad... un poco mayor que yo, y hasta pensionado también debe ser, por lo que se distrae manejando taxi para no aburrirse en casa...», pensé con sorna.

—Muy gentil, señor —le respondí mientras me acomodaba en el asiento posterior, costado derecho, para tener mejor acceso a la conversación que, con toda seguridad vendría—, me puede llevar a la Clínica Odontológica de la EPSS Sanamos, por favor.

—Con inmenso placer, caballero, ¿alguna ruta de su predilección, o nos guiamos por la aplicación?

—¿Cómo está el tráfico?

—Algo complicado, por las lluvias de este octubre... debido al cambio climático, además del aumento de carros, motos, ciclas y gente afanada, por demás estresada por todo y por doquier.

—Entonces, por favor, lo que diga la aplicación... ¡para eso existe!

—Eso es verdad —respondió el conductor, mientras programaba su celular con la información que le suministré.

De ahí al destino y siguiendo la mejor ruta que arrojó la búsqueda, con atajos y demás trucos que indicó el navegador digital de su dispositivo, serían treinta y ocho minutos, por lo que el conductor, tal vez para distraerme y hacer menos tedioso el viaje, me soltó uno tras otro, varios temas que capturaron mi atención y fascinación. Razón por la cual, apenas opinaba o respondía con un «¡Ajá!», o un: «¡Muy interesante!», así como con otras tantas interjecciones que me bulleron durante esos treinta y cinco minutos que al fin y al cabo duró el recorrido, debido a los charcos, trancones e indisciplina social subcontinental.

Tal vez por los temas entreverados que me compartió de manera más que hilada, propio de un experto en cada cosa que exponía aquel sesentón, solo fue hasta cuando estuve frente a la clínica, ya con un pie en el piso, mientras le pagaba el servicio, que se me ocurrió preguntarle por su verdadera profesión. Lo hice, porque su lucidez y dominio al respecto para nada encajaban con su rol de taxista. Fue cuando me soltó en un santiamén el atado que impresionó, aún más, mi imaginación literaria.

El primer tema que abordó don Aristóbulo Roldán, como supe que era su nombre porque así figuraba junto a su foto en la tabla oficial de tarifas ubicada detrás del asiento delantero del pasajero, fue el del cambio climático. Aseguró con firmeza y certeza que «Esta solo es una más de las estrategias de la guerra infame que sufre la humanidad. ¡Confrontación despreciable! —tildó—, arreciada desde comienzos de esta centuria, por demás convulsionada, por las mega potencias que se disputan la hegemonía para imponer ¡una dictadura global sin cortapisas ni oponentes a la vista!, ¡la triste y nueva esclavitud del hombre del siglo XXI!», dijo, sin perder la compostura ni la atención de la conducción por entre aquel enjambre caótico de vehículos.

Expuso con cifras, me imagino que son ciertas, pues citó fuentes, sobre el avance incontenible de la contaminación del agua. Trajo como ejemplo el pudrimiento paulatino del Mediterráneo y el de otros mares, ríos y lagos, producto de las toneladas y toneladas que allá son vertidas a diario: desechos industriales, aguas negras, basuras de toda especie, residuos químicos, nucleares y, en particular, las descomposiciones del petróleo y sus derivados. Cataclismo medioambiental propiciado por obra y gracia, en mayor proporción, por las potencias, por las civilizaciones más avanzados. «Dizque en aras de la economía, el desarrollo y el bienestar general, cuando lo que están logrando es matar la vida en las fuentes hídricas y, con esto, acabar con la mayor reserva estratégica para la humanidad y el equilibrio del planeta... Esto, señor, porque las gotas que se salven o sean conservadas, serán el botín de guerra para el triste ganador en unos pocos años...», sentenció.

Con facilidad e ilación saltó de este tema al de la hambruna generalizada y consecuente mortandad perenne de inermes en buena parte del mundo, a lo cual llamó: «Esta es la segunda forma vergonzosa de guerra global por cuenta de los mismos actores: los oscuros amos de las potencias, y con idéntico objetivo: la dominancia mundial a ultranza...».

Sustentó, también con cifras y fuentes, la manera como «...la pobreza en la mayoría de los países, a los cuales llaman eufemísticamente en vías de desarrollo —acentuó—, permite que esas potencias controlen a su antojo a las poblaciones más necesitadas a punta de migajas y miedo, no solo para que hagan y piensen como a aquellos más les conviene, sino en cuanto al número de personas, su ejército de obreros, que los son todos menos ellos, que es ‘pertinente’ que nazcan, existan, se mantengan, les produzca, se enfermen y mueran dónde, cómo y cuándo ellos lo determinen. De esa manera tan cruel engrosan las estadísticas tristes de la miseria humana en cada una de sus respectivas colonias. Lo que esgrimen, a su vez, como arma de poder para instar intimidar a la contraparte e infundir más miedo y autoridad impuesta entre sus vasallos, quienes los terminan idolatrando... ¡Los famélicos entienden que más vale una miga de pan o un salario de ruina que una muerte pendeja!», manifestó esto último algo apesadumbrado.

A esta altura del recorrido, casi a mitad de camino y en medio de un trancón monumental en plena autopista longitudinal que hiere la ciudad de extremo a extremo, aquel taxista, cual maestro orientando una cátedra magistral, juntó los dos temas anteriores con el siguiente, también con fuentes y datos, refiriéndose a este como: «La tercera estrategia de guerra inicua contra la humanidad inmersa en su marasmo es la capacidad de las potencias de atacar y controlar a la población con pestes y enfermedades incubadas de manera periódica, como la actual, lanzadas cuales misiles invisibles contra las trincheras masivas del rival indefenso alrededor del orbe, por cada una de las potencias enfrentadas... como si no les bastara la sinfonía de la miseria interpretada por doquiera para su deleite morboso. Esto lo hacen para demostrarse entre sí cuál es la más berraca, por ende, sanguinaria.», dejó escapar un ligero enojo en estas últimas palabras.

Este tema, el de la pandemia, por lo todavía supurante y amenazante, y tal vez por lo cerca de sus impactos; entre estos, varios familiares míos recientemente muertos por el virus e incinerados sin siquiera exequias; a diferencia de los dos primeros que sentía algo lejanos, «¡Problemas de otros!», solía decirme, me permitió dilucidar un poco mejor su postura e información que ya me reburujaba la mollera, sin saber lo que me tenía de colofón.

En ese momento la plataforma de apoyo de su celular indicó que en siete minutos y catorce segundos llegaríamos al destino, porque encontró un atajo con menos atascos.

—Sin embargo, señor —dijo una vez revisó la nueva ruta que aparecía en la pantalla de su celular, encaminándose hacia el desvío—, la peor de las guerras es esta cuarta: la pérdida de la privacidad y la esclavitud del ser humano por cuenta de la información que tragan y regurgitan estos bichos —mostró los cuatro dispositivos colocados de manera improvisada en el frontal del taxi.

—¿Se refiere, don Aristóbulo, a las redes?

—Es el arma perfecta de las potencias para atacar, contraatacar e intentar aniquilar al adversario poderoso, lo cual es poco probable que en el corto plazo suceda, porque cada uno de ellos tiene defensas y contramaniobras tecnológicas inimaginables para eludir cualquier ciber ataque y contraatacar a su vez. Por lo que, entonces, las potencias usan su frondío imperio, además de lo anterior, sobre todo para dominar y someter a sus antojos a las colonias, donde quiera que estén. Señor, el que controle la información, las rutinas y los secretos de la gente controla y se convierte en el amo del mundo. Esas corporaciones, en este momento, de lado y lado, saben todo de nosotros, mientras que nosotros de ellos casi no sabemos nada, ni siquiera nos importa.

—Eso es verdad —atiné a decir.

—¿Sabía usted, señor, que, por ejemplo, en este último año de pandemia, mientras la población mundial en general se empobreció, un buen trecho murió y la que se salvó lisiada quedó, no solo del tuste, también de sus gónadas, los cuatrocientos más ricos del mundo, de los que se tiene noticia, casi todos dedicados a la inteligencia artificial, por ende, a la captura y control de información, aumentaron en más de un cuarenta por ciento sus fortunas? A tal punto, que se tornaron intocables, inexpugnables.

—Algo escuché al respecto... no con tanta precisión de datos.

—Por esta razón, señor, si juntamos las cuatro guerras ajenas en las que está enfrascada la humanidad, que fue de lo que hablamos en este viaje que ya casi termina, todas al servicio de la sinrazón humana, la avaricia perpetua y la depredación del pedacito de universo que tenemos prestado para vivir, me temo que la única conclusión que de esto se puede sacar, es que estamos condenados a un régimen político universal en el que esa minoría poderosa, perversa y egocéntrica, ¡enferma del alma!, lo gobernará todo, con poder inmensurable: ¡el de la información!, sin someterse a ningún tipo de limitación. Además, esos cuatrocientos, tal vez quinientos ultra mega ricos, tendrán la facultad de promulgar y modificar leyes a su voluntad, por lo que todo terminará mal... y más pronto de lo pensado, incluso para ellos, así se escondan en los búnkeres sofisticados y lujosos que vienen construyendo y dotando o en las cápsulas espaciales actualmente en prueba.

—«Hemos llegado al destino, a la Clínica Odontológica de la EPSS Sanamos. La segunda cita de control de endodoncia del pasajero es a las 9:15 a.m., consultorio 402, con la doctora Ayala. Está dentro del tiempo, ¡felicitaciones!» —se escuchó la voz femenina de la aplicación.

 Me quedé sin palabras, por lo que solo pude preguntar, antes de disponerme a salir, por el costo del servicio. Cuando me dijo, abrí mi billetera, extraje algunos billetes y se los pasé, al tiempo que colocaba un pie en el piso. Fue cuando le pregunté:

—Disculpe, don Aristóbulo, usted... ¿qué carrera universitaria estudió y dónde ejerció su profesión?

—Me gradué de economista, hice una maestría en temas históricos y tengo un costalado de otros tantos pergaminos por ahí. Trabajé cuarenta años en el Instituto de Ciencias Económicas en el área de historia aplicada, donde terminé siendo su director, hasta cuando me pensioné...

—Pero —lo interrumpí—, entonces, ¿por qué ahora maneja taxi?

—Porque la verdadera ciencia económica, la historia humana y por lo general todas las del área social solo se viven, aprenden y disfrutan, no solo tras un escritorio o como ratones en una biblioteca, sino compartiendo con personas comunes y corrientes... como usted. En esto llevo siete años y lo considero como la investigación de campo del doctorado que siempre quise hacer sobre el comportamiento inducido de la humanidad y su inapelable autodestrucción en ciernes.

Anonadado, no solo por la conversación que me hizo ameno el recorrido, sino por su formación, experiencia profesional y la conclusión inusitada que me compartió aquel hombre, le di las gracias, me terminé de bajar, cerré la puerta y volteé para subir al andén. Cuando regresé mi vista con ganas de llevarme en la mente la imagen del taxi que me transportó, tal vez cinco segundos después, la calle esta estaba vacía.

lunes, 1 de noviembre de 2021

Matarratón

 Matarratón (sinopsis)

Ca

Carlos Alfredo Pataquiva se enfrentó a la más abyecta de las corrupciones oficiales, encarnada en la persona de David Túnez Congótez, conocido como el Viejo Tigre Montesiano. Este, senador de la República y gestor de las Fuerzas de Autoridad, Defensa y Control de Concordia (FADCC). Además, inescrupuloso hombre de negocios, rico e influyente, gracias a sus zarpazos dentro y fuera de la Administración Pública, que controlaba a como diera lugar, ajustando las normas a la “legalidad” que garantizara sus propósitos y ambiciones… o, cuando la primera estrategia no era suficiente o eficiente, extrajudicialmente, es decir, con entronques burocráticos, manejos electorales, coimas, presiones y, llegado el caso, con el trepidar de las armas que empuñaban sus mercenarios esparcidos a lo largo y ancho del país.

 

Carlos y el Tigre cruzaron sus vidas en el desarrollo de unas actuaciones disciplinarias. Al no acceder a las pretensiones del senador, el investigador entró en la órbita de la ignominia oficial que aquel le tejió, hasta llevarlo tras las rejas, su postrer y fatal destino. Misión que Túnez Congótez le encargó a Oskartes de la Santísima Trinidad Tajada Torres, jefe de procesos disciplinarios en el ministerio público. Oskartes, tras la efectividad en ese encargo, fue promovido por el Viejo Tigre como ministro de la Justicia y la Seguridad Interna de aquel país, a la vez que le abrió espacio como segundo en la jerarquía de la organización criminal (FADCC) que el senador comandaba. También, lo lanzó como candidato a la presidencia.

 

Oskartes asciende en la estructura política, económica y paraestatal que domina al país, amén del soterrado terror y sometimiento que infunden subconscientemente las FADCC, mientras Carlos se consume en la ignominia judicial que cada día le hace más difícil vislumbrar una salida de la encrucijada carcelaria que le procuró Oskartes. Situación que cambia al ingresar al escenario una ONG internacional, en cabeza de Rafael Bornacelli, un viejo conocido de Carlos, quien, tras enterarse de su caso, asume su defensa y avanza rápidamente en procura de su liberación. Sin embargo, enterado Oskartes, procede por todos los medios, pero, no solo para detener la excarcelación...

 

Oskartes gana la presidencia de la República durante dos periodos consecutivos, y dos más como segunda fuerza electoral nacional. Esto lo convirtió en el expresidente con mayor poder e influencia mediática, política y “moral”, incluso tras su muerte, pese al irreversible “descuadernamiento” social, institucional y económico del que fue objeto aquel país subcontinental durante su gestión.



Novela disponible en las páginas de: Autoreseditores y wrenciso.com


jueves, 30 de septiembre de 2021

La guala

 


Entonces tendría siete años. En la casa todos me decían Cáscara de Quiña. Apodo que me puso mi abuela materna dizque por lo inquieto, desobediente y burlón que era.

—A todo le saca gracia y cuento el condenado este —solía decirle mi abuela a cuanta persona iba a la casa, o nos encontrábamos en el pueblo—. Es más, si se descuidan —les advertía a las mujeres, sobre todo a las jóvenes—, en un santiamén se agacha entre las naguas y les echa muela.

Ese domingo en la tarde íbamos de regreso para el pueblo luego de habernos refrescado en una quebrada cercana. Aquel carreteable polvoriento, camino al caserío municipal, tenía al lado y lado, además de curva tras curva, debido a la topografía montañosa, monte, chamizos y árboles de todos los tamaños y especies tropicales.

Como siempre que íbamos de paseo a la quebrada, corría, partía en punta para llegar primero. Cosa que a mi madre y abuela no les gustaba; dadas las entorchadas circunstancias sociales y culturales de la época en todo el país, pero con más ardor enchipado entre connacionales por aquellos lares. Ellas, y todos en el pueblo, sabían que debían tener el ojo avizor para evitar que alguien intentase “algo” terrible contra sus hijos. Muy común en ese entonces por allá, y por toda parte, al parecer.

Pero yo era necio, o tal vez no entendía e inadvertía el peligro. Por ende, poco caso hacía de las amonestaciones. Esa vez salí corriendo al llegar a una curva pronunciada del camino; quería desaparecérmeles y esperarlas adelante, pese al grito de la abuela:

—Muchacho, ¡en esa revuelta, al atardecer, se aparece la guala!

Desde luego que hice caso omiso. Seguí veloz carrera y di la vuelta en el recodo, desapareciendo de la vista de todos… Fue cuando, de la copa de un guamo gigantesco, un inmenso y terrorífico pajarraco negro, tal vez de un metro, o más de longitud, con una cabeza de color rojo encendido y sin plumas, al verme desplegó sus alas, como de tres metros de punta a punta, cubriendo el sol y haciendo que su sombra fría me alcanzara.

Me detuve en el acto. O mejor sería decir: quedé petrificado, sin poder dejar de verle esos ojos negros y chispeantes. Su sombra me cubría, sentí frío. Saqué fuerza de donde no la tenía e intenté avanzar. Le demostraría que no le tenía miedo.

Al adivinar mi intención, pues no pude mover un solo músculo, dio una zancada y puso su pezuña derecha a menos de un metro de donde me encontraba. La otra seguía en la copa del árbol. Expelía un insoportable y fétido olor a azufre. Al estar tan cerca, me percaté, o creo que eso fue lo que vi, que era la bruja horrible que mi abuela describía cuando al atardecer de los venados nos contaba historias de terror, sentados en el quicio del ranchito en el que vivíamos.

Solo desperté, según me dijeron, media hora después de haberme recogido y llevado al centro de salud en el pueblo.

—No tiene nada —dijo la enfermera—, sus signos vitales están en buenas condiciones. Tuvo que haber sido algo que comió y lo indigestó.

Jamás a nadie le hablé de aquel premonitorio y terrorífico espanto.

Disponible en Revista Latina NC


martes, 28 de septiembre de 2021

¡Qué mujer!

 

Hilda María Enciso, 7-11-1935 / 07-09-2021


Ella es mi madre, una mujer sinigual, como ninguna, algo callada, quizá por el recuerdo de una infancia y juventud para nada fáciles, las que tuvo allá en su terruño natal. Pasado del cual pocos supieron; porque muy poco de ello se quejó. Su gran tristeza, esa que desde joven arrastró, que en silencio sufrió y lloró a más no poder, esa añoranza que solo a sus ojos dejaba asomar de cuando en vez, como sus trucos de magia, con nadie compartió.

Pese a su callado y abnegado pasado y por demás duro camino de la vejez fue un ser inmenso. Una mujer ejemplar de quien quiero exaltar sus grandes logros, de entre sus innumerables virtudes... Pero, discúlpenme. Son tantas las hazañas que mamá acumuló en el baúl de sus invaluables tesoros, que se me hace difícil seleccionar solo unas de estas. Sería injusto dejar de mencionar alguna; o dejar esta u otra en los recovecos del olvido, del sinfín de sus representativos aciertos cosechados a lo largo de su vida.

¡Ay!, ¡qué señora esta! Innumerables son sus virtudes y logros, pese a tantos tropiezos que también tuvo. Quizá entre sus más grandes hazañas está el hecho de no amilanarse frente a nada, de no apocarse, de no perder ese talante que a su vez inculcó en nosotros, en sus hijos. Enjundia que le permitió salir avante, soportando sola la pesada brega del destino, sin bajar nunca la cabeza al ser una mujer sin más apoyo que el de su férrea decisión de enfrentar la vida con infinita gratitud y gallardía.

Sí, que lo sepa el mundo: ella nos sacó adelante blandiendo airosa la espada de la honradez, el tesón y el amor por el trabajo digno, la superación, la constancia, la confianza en sí mismos y, sobre todo, la capacidad de crecer y superarnos sin necesidad de ofender ni dañar a nadie.

Familiares, conocidos, amigos: he aquí a una mujer de mil hazañas y arduas batallas dadas, casi todas ganadas a fieras dentelladas. Por lo que, quienes la conocimos y con ella convivimos, seguramente la llevaremos por siempre en el dintel de nuestros corazones, en el primer lugar, a flor de piel de nuestros recuerdos y afectos de infinita gratitud e inflamado orgullo. Máxima gratitud le adeudamos quienes estuvimos bajo su bondadosa y fiel protección, afecto, cercanía, ejemplo y armonía.

Por esto y todo lo que no he podido expresar en este momento, pues el sentimiento horada mi existencia y le desgrana lágrimas a mi compungida alma, así parezca y diga que he superado lo insuperable, madre mía, solo quiero agregar dos cosas para que el mundo lo sepa. Gracias por todo lo que en vida nos diste con desprendimiento y sin ambages de ninguna índole, sacándote el bocado de la boca... ¡literal! Gracias, mamá. Siempre estarás aquí, en mi corazón que desde hoy late a dúo con el tuyo, do quiera que estés y hasta cuando contigo me lleves bajo tu maternal abrigo. También, y porque muchas veces te fallé, además de no haberte logrado dar todo lo que te merecías y que en silencio infinidad de veces te prometí y el lomo me partí para conseguirlo, ¡sin éxito!, por favor… mamá linda, mil veces mil: ¡perdón!

Pronto estaremos de nuevo juntos... entonces será para siempre